Yo, el lápiz

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Mientras me sentaba contemplando el maravilloso diseño de un lápiz ordinario, el pensamiento me vino a la cabeza: Apostaría a que no hay una sola persona en el mundo que sepa cómo hacer algo tan sencillo como un lápiz.

Si esto pudiera demostrarse, reflejaría de forma visible el milagro del mercado y ayudaría a dejar claro que todas las cosas fabricadas no son sino manifestaciones de intercambios de energía creativa, que todas ellas son, de hecho, fenómenos espirituales. ¡Las lecciones de economía política que esto podría enseñar!

A eso siguió el inolvidable día en la fábrica de lápices, empezando en el muelle de descarga, cubriendo cada fase de incontables transformaciones y concluyendo con una entrevista al químico.

Si ustedes hubieran visto lo que yo, también habrían iniciado una calurosa amistad con ese asombroso personaje, YO, EL LÁPIZ.

Al ser un escritor por derecho propio, dejo a YO, EL LÁPIZ hablar por sí mismo:
Yo soy un lápiz de grafito, el típico lápiz de madera tan conocido por todos los que saben leer y escribir.

Escribir es al mismo tiempo mi vocación y mi distracción; eso es todo lo que hago.

Pueden preguntarse por qué debería escribir una genealogía. Bueno, para empezar, mi historia es interesante. Y, además, soy un misterio: más que un árbol o un atardecer o incluso un relámpago. Pero, por desgracia, se me da por hecho por quienes me usan, como si fuera un mero incidente sin antecedentes. Esta actitud desdeñosa me relega al nivel de un lugar común. Es un tipo de grave error en que la humanidad no puede persistir mucho tiempo sin peligro. Pues, como observaba el sabio G.K. Chesterton: “Estamos pereciendo por el deseo de preguntas, no por el deseo de maravillas”.

Yo, el lápiz, si bien en apariencia soy algo sencillo, merezco tu asombro y admiración. En realidad, si ustedes consiguen darse cuenta del milagro que vengo a simbolizar, podrán ayudar a la libertad que desgraciadamente la humanidad va poco a poco perdiendo. Tengo una profunda lección que enseñar. Y puedo transmitirla mejor que lo que un automóvil, un aeroplano o una lavadora de platos podrían hacerlo, en virtud de ser aparentemente algo muy simple.

¿Simple? Sin embargo, ni una sola persona sobre la tierra sabe cómo hacerme. Esto suena fantástico ¿no es cierto? Especialmente cuando se toma conciencia de que alrededor de quinientos millones de unidades como yo son producidas en los Estados Unidos cada año.

Tómenme y obsérvenme. ¿Qué es lo que ven? Sus ojos no encontrarán gran cosa: hay un poco de madera, barniz, la etiqueta, la mina de grafito, algo de metal y una goma de borrar.

Innumerables antecedentes

Igual que ustedes no pueden remontar su árbol familiar muy lejos, tampoco para mí es posible nombrar y explicar todos mis antecesores. Pero me gustaría sugerir los suficientes de ellos para darles la impresión de la riqueza y complejidad de mi origen.

Mi árbol familiar comienza con lo que de hecho es precisamente un árbol: un cedro de fibra recta que crece en el norte de California y Oregon. Contemplen ahora todos aquellos elementos que la tarea de cortar el árbol y transportar los troncos hasta la vía del ferrocarril requiere: sierras, camiones, sogas y muchos otros pertrechos. Piensen en todas las personas y en las innumerables técnicas que intervinieron en su fabricación: en la extracción del mineral, la obtención del acero y su conversión en sierras, ejes, motores; el cultivo del cáñamo y su paso por todas las etapas hasta llegar a la soga pesada y resistente; los campamentos de los obreros con sus camas y comedores. Bueno, ¡incontables miles de personas han puesto una mano en cada copa de café que beben los leñadores!

Los troncos son transportados hacia un aserradero en San Leandro, California. ¿Pueden ustedes imaginar a todos aquellos individuos que participan en la fabricación de los vagones, los rieles, los motores del ferrocarril y en la instalación de los sistemas de comunicación? Estas legiones están entre mis antecedentes.

Consideren las tareas que se llevan a cabo en el aserradero de San Leandro. Los troncos de cedro son cortados en pequeñas láminas de menos de un cuarto de pulgada de grosor cada una. Las mismas son secadas y entintadas por las mismas razones por las que las mujeres ponen rouge en sus rostros: la gente prefiere que yo luzca hermoso y no de un blanco pálido. Las láminas de madera son enceradas y secadas en un horno nuevamente. ¿Cuántos conocimientos intervinieron en la fabricación de la tina y de los hornos, en la generación de calor, en la luz y la energía, las poleas, los motores, y en todas las cosas que la fábrica requiere? ¿Incluimos a los que realizan la limpieza de mis ancestros? Sí, y también a quienes vertieron el concreto para edificar la represa hidroeléctrica que suministra energía a la fábrica.

No olviden a los ancestros presentes y distantes que han colaborado en transportar 60 cargas de listones por toda la nación.

Una vez en la fábrica de lápices (4.000.000$ en maquinaria y edificaciones, capital acumulado por padres economizadores y ahorradores) a cada tablilla se le hacen ocho caras mediante una compleja máquina, después de lo cual otra máquina pone grafito en otra tablilla, aplica pegamento y pone otra tablilla encima, un bocadillo de grafito, por decirlo así. Siete hermanos y yo somos formados mecánicamente a partir de este bocadillo de madera.

Mi mina en sí misma es compleja. El grafito es extraído de Ceilán. Tengan presente a los mineros y a todos aquellos que produjeron sus diversas herramientas y a los que elaboraron las bolsas de papel en las cuales el grafito es transportado y a quienes fabricaron las cuerdas con las cuales se atan las bolsas y a aquellos que las cargaron y a los que fabricaron esos barcos. Inclusive los encargados del faro que guía las naves y los operarios del puerto participaron en mi nacimiento.

El grafito es mezclado con arcilla proveniente de Mississippi en la cual el hidróxido de amonio es utilizado en el proceso refinado. Posteriormente, agentes humectantes son añadidos, tales como sebo sulfurado, que es grasa animal químicamente tratada como ácido sulfúrico. Luego de pasar por numerosas máquinas, la mezcla finalmente luce como salida de un picador de carne, y pasan a ser cortadas a medida, secadas y horneadas por varias horas a una temperatura de 1000 grados Celsius. Para aumentar su resistencia y suavidad, las puntas son tratadas con una mezcla caliente que incluye cera proveniente de México, parafina y grasas naturales hidrogenadas.

La madera de cedro recibe seis manos de esmalte. ¿Tienen idea de cuáles son todos los ingredientes del esmalte? ¿Se le ocurriría a alguien pensar que las refinerías de aceite de castor forman parte de él? Pues así es. Al mismo tiempo, el proceso a través del cual se logra que el esmalte tenga un atractivo color amarillo, involucra las habilidades de más personas que las que alguien podría llegar a enumerar.

Observen la etiqueta. Hay una película formada aplicando calor a negro de carbón mezclado con resinas. ¿Cómo se hacen las resinas y qué es, por Dios, el negro de carbón?

Mi pequeña porción de metal, la férula, está hecha de cobre. Piensen en todos aquellos que se dedican a la extracción de zinc y del cobre, y en quienes conocen las técnicas para producir finas y brillantes láminas con ambos elementos naturales. Los negros anillos que se observan en mi cuerpo, son de níquel negro. ¿Qué es el níquel negro y cómo se le aplica? As su vez, la historia completa de por qué el centro de mi cuerpo no posee níquel negro demandaría páginas enteras para explicarla.

Luego llega el momento de mi “coronación”, a la que poco elegantemente se le conoce en el mundo comercial como “la arandela”, la parte que los individuos utilizan para borrar aquellos errores que cometen conmigo. Un ingrediente llamado “factice” es lo que constituye esa parte de mí ser. Es un producto de características similares al caucho, hecho con un aceite proveniente de las Antillas Holandesas, mezclado con cloruro sulfurado. La llamada “goma”, contrariamente a la opinión popular, se utiliza solamente para pegar. Existe también, numerosos agentes vulcanizadores y aceleradores. Por ejemplo, la piedra pómez proviene de Italia, y el pigmento que le otorga a la arandela su color es cadmio sulfurado.

Nadie sabe

¿Quiere alguien desafiar ahora mi afirmación inicial de que ningún individuo sobre la Tierra sabe cómo fabricarme?

En realidad, millones de seres humanos han participado en mi creación, cada uno de los cuales sólo conoce muy poco del resto. Pero no hay un solo individuo entre todos esos millones de seres, incluyendo al presidente de la compañía de lápices, que contribuya a mi elaboración más que una infinitesimal parte del conocimiento. La única diferencia que existe entre el minero que extrae el grafito en Sri Lanka y el leñador en Oregon está en el tipo de conocimiento que ambos poseen. Ni el minero ni el leñador pueden ser dejados de lado, ni tampoco el químico en la fábrica o el trabajador en el pozo de petróleo, al ser la parafina un derivado del petróleo.

He aquí un hecho pasmoso: ni el minero que extrae el grafito, ni quienes conducen o fabrican los barcos o trenes o camiones, ni quien posee en funcionamiento la máquina que talla mis partes metálicas, realizan su tarea porque me quieren. Ellos me quieren aún menos de lo que puede llegar a hacerlo un alumno de primer grado. En realidad, entre esta vasta multitud existe algo en común, que nada tiene que ver con la circunstancia de que alguna vez hayan visto un lápiz o aún de que sepan o no cómo utilizarlo. Su motivación es algo que está más allá de mi propia existencia. Cada uno de estos millones de individuos observa que pueden intercambiar su pequeña parte de conocimiento respecto de cómo se produce un lápiz, por aquellos bienes y servicios que necesitan o desean, pudiendo yo encontrarme o no entre esos bienes.

No hay mente maestra

Existe aún un hecho más pasmoso: La ausencia de una mente maestra, de alguien dictando o dirigiendo por la fuerza todas esas incontables acciones que me permiten cobrar vida. Ni el más mínimo rastro de tal clase de persona puede encontrarse. En cambio, hallamos a la Mano Invisible de Adam Smith trabajando. Este es el misterio al cual me refería al comienzo de mi relato.

Se ha dicho que “sólo Dios puede hacer un árbol”. ¿Por qué estamos de acuerdo? ¿No es porque nos damos cuenta de que no podemos fabricar uno? De hecho, ¿podemos siquiera describir un árbol? No podemos, salvo en términos superficiales. Podemos decir, por ejemplo, que cierta configuración molecular se manifiesta como un árbol. ¿Pero qué mente hay entre los hombres que pueda siquiera registrar, no digamos dirigir, el cambio constante de moléculas que transpiran en la vida de un árbol? ¡Una hazaña así es completamente impensable!

Yo, el lápiz, soy una compleja combinación de milagros: un árbol, zinc, cobre, grafito, etc. Pero a todos estos milagros que se ponen de manifiesto en la Naturaleza se le ha añadido un milagro más aún más extraordinario: la configuración de creativas energías humanas, millones de pequeños conocimientos dando forma a una natural y espontánea respuesta a una necesidad y a un deseo humano y en ausencia de cualquier clase de mente maestra. Como sólo Dios puede hacer un árbol, insisto en que Dios me pudo hacer. El hombre no puede dirigir estos millones de conocimientos para hacerme existir como no puede juntar moléculas para crear un árbol.

Lo expresado es lo que quise decir cuando escribí, “si consiguen darse cuenta del milagro que vengo a simbolizar, podrán ayudar a la libertad que desgraciadamente la humanidad va poco a poco perdiendo.” Si alguien es consciente de que estos conocimientos se armonizarán natural y automáticamente dando forma a actividades creativas y productivas, en respuesta a las necesidades y demandas de los individuos, y en ausencia de toda mente maestra gubernamental y coercitiva, esa persona poseerá un ingrediente absolutamente esencial para la libertad: fe en la libertad individual. La libertad es imposible sin esa fe.

Una vez que el gobierno toma para sí el monopolio de alguna actividad creativa, como por ejemplo el servicio de correos, la mayoría de los individuos creerá que la correspondencia no podrá ser eficientemente despachada por particulares actuando libremente. He aquí el motivo: Cada uno admitirá que por sí mismo no puede conocer todas las facetas que involucra la entrega de correspondencia. Será consciente también de que ningún otro individuo sabe tampoco cómo hacerlo. Estas percepciones son en realidad correctas. Nadie posee suficiente conocimiento para desarrollar un servicio nacional de correos, del mismo modo de nadie posee los suficientes conocimientos como para poder fabricar un lápiz. Ahora bien, ante la falta de fe en la libertad individual, ante el desconocimiento de que millones de pequeños conocimientos natural y milagrosamente confluirán para satisfacer una necesidad del mercado, la opinión pública arribará erróneamente a la conclusión de que el correo puede ser repartido por una “mente maestra” gubernamental.

Abundancia de testimonios

Si yo, un lápiz, fuera el único artefacto que pudiera ofrecer testimonio acerca de lo que los hombres y mujeres pueden llegar a alcanzar cuando se les permite comerciar libremente, entonces quienes tienen poca fe tendrían un justo motivo. Sin embargo, observamos que el despacho de correspondencia es algo relativamente simple si se le compara, por ejemplo, con la fabricación de un automóvil o de una calculadora o con decenas de miles de otras cosas.

En las áreas donde los individuos han sido dejados en libertad, ellos han logrado trasladar la voz humana alrededor del mundo en menos de un segundo; hacer llegar un evento visualmente y con movimiento hasta el hogar de cualquier persona al mismo tiempo en que está ocurriendo; trasladar 150 pasajeros de Seattle a Baltimore en menos de cuatro horas; enviar gas de Texas a tu caldera en Nueva York a precios increíblemente baratos y sin subvenciones; transportar cuatro libras de petróleo desde el Golfo Pérsico hasta la Costa Occidental -media vuelta al mundo- por menos dinero que el que cobra el gobierno por despachar una simple carta hasta la vereda de enfrente.

La lección que tengo para transmitir es ésta: déjese a las energías creativas fluir libremente. Simplemente organícese a la sociedad para actuar en armonía con esta lección. Procúrese que la organización jurídica remueva todos los obstáculos lo más que pueda. Permítase que los conocimientos surjan libremente. Téngase esa fe en que los hombres y mujeres libres responderán a la Mano Invisible. Esa fe será ampliamente confirmada. Yo, el lápiz, aparentemente tan simple, ofrendo el milagro de mi creación como testimonio de que esa fe resultará muy práctica, tan práctica como lo son el sol, la lluvia, un cedro y la buena tierra.


Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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