Los “grandes líderes” fueron genocidas

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[Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal • De Ralph Raico • Auburn, Alabama: The Ludwig von Mises Institute, 2010 • 246 páginas. Este artículo fue originalmente publicado en LewRockwell.com]

Los grandes líderes de la historia, por apreciación unánime, suelen ser aquéllos que generan los mayores derramamientos de sangre. La mayoría de los líderes de opinión intentan desvincularse de personajes como Hitler, Mao o Stalin y de todos los de su clase. Porque ¿quién podría dudar que tales personajes han sobresalido en la historia moderna debido a las víctimas que han provocado? No obstante, en occidente, particularmente en Estados Unidos, historiadores, periodistas, expertos y, muy en especial, políticos tienden a admirar a los líderes en directa relación con los poderes que han reivindicado para sí y que han ejercido, poderes que generalmente tienen que ver con asesinar y declarar diversos tipos de guerras.

«Uno de los legados más perniciosos de Hitler, Stalin y Mao», menciona Ralph Raico en su libro, «es que cualquier líder político responsable por menos de las, digamos, 3 o 4 millones de muertes que a ellos se adjudican, queda libre de toda culpa. Pero difícilmente esta apreciación podría ser correcta y nunca lo ha sido» (pág. 163). Se trata de una aguda observación, pertinente incluso si consideramos a los “civilizados” líderes de los Estados Unidos y a sus aliados. Ni hablar de los carniceros comunistas de segunda clase que siguen disfrutando de seguidores que los veneran.

Si a los historiadores, tanto conservadores como liberales, se les pide clasificar a los presidentes estadounidenses, suelen mencionar a aquellos mandatarios que dirigieton guerras en los primeros lugares de sus preferencias y a los que disfrutaron de años relativamente pacíficos para la República al final de la lista. Dentro de una amplia gama de posibilidades, quienes opinan suelen adorar a ambos presidentes Roosevelt pero se desvanecen ante la sola idea de tener a otro Truman en la Casa Blanca. Pobre del buen Warren Harding, cuyos años al mando de la nación fueron prósperos y de relativa libertad, pues unánimemente se lo califica como una de las mayores decepciones. No obstante Woodrow Wilson, su antecesor, cuyo gobierno dejó en herencia más de 100.000 muertos, una Primera Enmienda pulverizada, una economía nacionalizada, sin mencionar las catastróficas consecuencias diplomáticas en todo el mundo, fue uno de los mejores presidentes de la historia, según la aparente opinión generalizada.

En el siglo XX fueron los demócratas quienes hicieron los mayores esfuerzos por expandir el poder, desde la Era Progresista y el New Deal hasta la Gran Sociedad. Y fueron además, tal vez no por mera casualidad, los principales responsables de las peores guerras a las que se debió enfrentar la nación: las dos Guerras Mundiales, Corea y Vietnam. Sin embargo -ciertamente antes de la administración de George W. Bush, si no muchísimo antes-, la táctica republicana fue reivindicar aquel feroz hambre de poder de los presidentes demócratas y criticar a los demócratas modernos por traicionar sus raíces del siglo XX como el partido del poder por excelencia.

Precisamente después de que Bush pronunciara su segundo discurso inaugural en enero de 2005, en el que defendió un activo rol wilsoniano en materia de política exterior para el siglo que comenzaba, el presentador del programa de debate radial conservador Rush Limbaugh comentó:

Lo que el presidente hizo hoy fue dar argumentos para la divulgación de la libertad humana, para la defensa de la dignidad humana, luchas que fueron alguna vez, en gran medida, de dominio del liberalismo. Repasemos por un momento las intervenciones de Franklin Delano Roosevelt y observemos la cantidad de veces que menciona a Dios en sus discursos inaugurales. Volvamos incluso a John F. Kennedy: «Lucharemos contra cualquier enemigo. Iremos a donde necesitemos ir. Haremos todo lo que sea preciso por divulgar la libertad». Pero, un momento: Kennedy no podría ser un demócrata liberal hoy en día. Simplemente no podría. Truman tampoco. Personajes como éstos estaban comprometidos con el triunfo de la libertad en el mundo y a eso aludirían sus palabras en nuestros días, de cuya divulgación ha asumido la tarea el conservadurismo.

Durante años, los libertarios se acostumbraron a describir este tipo de conservadurismo como “neoconservadurismo”, es decir, una degeneración de la especie original que había adoptado de la izquierda sus ansias de intervencionismo para llevar a cabo la revolución democrática, muy especialmente, de los marxistas trotskistas. Sin embargo, durante la Guerra Fría, el conservadurismo oficialista de William F. Buckley no estuvo particularmente inclinado en favor de la postura antibélica de la Vieja Derecha. Actualmente, la mayoría de los conservadores parece sentirse mucho más atraída por el estilo de gobierno de Roosevelt, particularmente en el extranjero, de lo que lo está por el anti intervencionismo. Aunque el precio de la guerra sea la libertad interna y los conservadores tengan presente esta desventaja, la mayoría elige las glorias de la guerra y del imperio por sobre la sencilla serenidad de la paz y el republicanismo, tal como pudo observarse en el hecho de que casi todos los expertos conservadores más prominentes prefirieran a uno de los republicanos del gran gobierno belicista que a Ron Paul en las primarias republicanas.

No hay duda alguna que la comprensión que se tenga de la historia de la nación determina la respectiva visión de las relaciones exteriores. Estados Unidos se encuentra actualmente comprometido en casi media docena de guerras, lo que es ampliamente considerado como nada fuera de la común. Hay en juego una comprensión enmascarada de la historia estadounidense en la aceptación de los ciudadanos de su imperio. Todas las principales guerras se venden a la opinión pública con advertencias sobre la necesidad de detener al próximo Hitler del mundo. En la mitología de guerra estadounidense, Hitler es el mayor enemigo de la decencia humana que jamás haya pisado la faz de la Tierra y, al mismo tiempo, la amenaza permanente que resucitará en la forma de un Noriega, un Milosevic, un Saddam o un Gaddaffi, si es que Estados Unidos no monta guardia. Hitler es un ser sin comparación y, simultáneamente, el demonio con respecto al cual comparar a todos los demás dictadores.

Sin embargo, tan importante como la demonización de los más grandes archienemigos históricos de Estados Unidos es la glorificación de los mayores súper héroes del escenario mundial. Woodrow Wilson, Franklin Roosevelt, Harry Truman y (tal vez sea posible llamarlo estadounidense, al menos honorario) Winston Churchill se erigen como gigantes en el relato habitual del progreso internacional. A pesar de sus defectos –algunos de los cuales los historiadores admiten con facilidad, orgullosos de la ecuanimidad y del sofisticado matiz de su análisis-, estos hombres representan el bien tanto como Hitler representa el mal. De igual forma, las grandes guerras que estos supuestos prohombres propiciaron han llegado a representar la virtud y la redención tanto como los nazis han sido la cara de la barbarie.

Sin embargo, Ralph Raico discrepa. En su magnífico libro Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal, este respetable historiador introduce al lector en el lado oscuro de tan venerados líderes. Su obra podría ser catalogada como una antihagiografía, pero quizás ése sea un término demasiado grandioso para lo que, en cierta forma, no pretende ser un proyecto tan presuntuoso. Basta con describir en justicia lo que realmente hicieron estos hombres poderosos para destruir las interpretaciones de cualquier libro de texto. Pero Raico ha cumplido su hazaña con maestría, abarcando con gran agudeza una enorme cantidad de material escrito y con un profundo conocimiento de la historia local, de entramados internacionales, de alianzas en continuo cambio, del poder político y de la economía.  Todo ello acompañado de una entendible afición del autor por las grandes tradiciones de la civilización occidental y una pluma sugerente –al mismo tiempo accesible, ingeniosa y erudita, con los matices polémicos precisos- hacen de este libro un aporte magnífico a la biblioteca de cualquiera interesado en historia moderna, política exterior estadounidense o el devenir de la libertad del hombre.

Un mundo seguro para la muerte y la destrucción

La Primera Guerra Mundial fue un momento determinante en la era moderna. Marcó la muerte definitiva de la Europa monárquica, la introducción de la guerra moderna en el escenario mundial y el nacimiento de un atemorizante sistema bélico y de gobierno. Para Estados Unidos constituyó uno de los hechos más transformadores de su historia, tal vez incluso más que la guerra de Lincoln o la propia Segunda Guerra Mundial. Fue una tragedia indecible que costó la vida a casi 20 millones de personas y abrió la puerta al totalitarismo ruso y luego alemán. No existe otro acontecimiento en nuestra historia más importante que estudiar que éste, por lo que resulta triste que en las escuelas públicas estadounidenses tienda a ser pobremente enseñado o sin el énfasis que se merece en comparación con su secuela más popular.

Raico llama a la Primera Guerra Mundial “el momento decisivo” en el primer capítulo de su libro. Con tan sólo 52 páginas, este capítulo es el mejor resumen de la Primera Guerra Mundial de tal extensión que he leído en toda mi vida. Aunque se esté bastante familiarizado con el tema, merece la pena revisarlo pues contiene muchas notas interesantes a pie de página, con verdaderas “perlas” de información que muy probablemente resultarán desconocidas para muchos. Y para quienes no hayan leído muchos libros sobre esta guerra, este capítulo les ofrecerá el mejor panorama general sobre la materia para leer de una sola vez que puedan encontrar, con un énfasis especial en la experiencia estadounidense.

Raico escarba en las raíces de la Primera Guerra Mundial hasta llegar al surgimiento del Imperio Alemán en la era de Bismarck, describe la aparición de los pactos de mutua defensa que pronto demostraron no ser más que horrorosos desastres, analiza la diplomacia en evolución entre Alemania, Francia y Rusia, además de la carrera naval entre Alemania e Inglaterra, la importancia de la guerra en los Balcanes y las tensiones existentes entre los diversos poderes europeos materializadas en las aventuras coloniales de África. Se refiere también al violento surgimiento de la dinastía Karadjordjevic en Serbia y a su hostilidad territorial con Austria-Hungría, lo que culminó en el asesinato del archiduque Francisco Fernando, además del juego de “quién se rinde primero” entre Rusia y Alemania donde, trágicamente, ninguno de los dos dio su brazo a torcer.

Inmediatamente después de acabada la guerra, toda la culpa fue atribuida a Alemania, postura que continúa hasta hoy en algunos círculos intelectuales. Sin embargo, Raico descubre que

no existe evidencia alguna de que Alemania haya desencadenado deliberadamente una guerra europea en 1914, la que se habría estado preparando por años: no la hay en documentos políticos tanto diplomáticos como internos, ni en planes militares, ni en actividades de organismos de inteligencia ni en las relaciones entre los Estados Mayores alemán y austríaco. (pág. 14)

Los agresivos objetivos rusos, por otra parte, han sido muy poco enfatizados. Lo cierto es que Rusia estaba, al menos, empecinado en la guerra: “Rusia consideraba a Alemania un enemigo inevitable, porque nunca aprobaría la toma de los Estrechos ni la creación de un frente de los Balcanes liderado por Rusia cuyo objetivo fuera la desaparición de Austria-Hungría» (pág. 8). El papel que cumplió Gran Bretaña en aumentar el derramamiento de sangre y en determinar el resultado de la guerra tampoco ha sido lo suficientemente enfatizado. «La participación de los británicos en la guerra fue crucial. En diversas formas, Gran Bretaña selló el destino de las Potencias Centrales. Además, sin su intervención, Estados Unidos nunca se habría involucrado» (pág. 17).

Lo que es aún peor, la brutalidad británica en la guerra al menos se equipara con la brutalidad alemana. Debido al propagandista Informe Bryce, el cual exageró al extremo las atrocidades germanas en la Bélgica neutral, la impresión que surgió en aquellos tiempos –y que perdura hasta nuestros días- fue la de una Alemania fuera de toda norma con respecto al mundo civilizado en su participación en la Gran Guerra. Sin embargo, fue Londres el responsable del “peor ejemplo de barbarie de toda la guerra, además de las masacres de armenios». Nos referimos al bloqueo alimentario contra Alemania, que costó la vida a 50 veces más personas, particularmente civiles, que las muertes provocadas por la tan discutida guerra submarina de Alemania contra Gran Bretaña» (págs. 198, 202). Todo ello ocurrió en un contexto donde los británicos habían definido como zona de guerra todo el Mar del Norte, “en flagrante transgresión a la legislación internacional» (pág. 24). En un artículo sobre esta materia, Raico puntualiza que en «diciembre de 1918, el Ministerio de Salud alemán calculó en 763.000 los fallecidos a causa del bloqueo» (pág. 201).

En definitiva, la guerra significó una masacre inconmensurable en todo el continente europeo. En otro capítulo, Rico menciona:

En 1916, «la cuenta del carnicero», como la llamaba Robert Graves, terminó por caducar en las batallas de Verdún y Somme. Los neoconservadores sin estudios, quienes en 2002 y 2003 se burlaron de Francia diciendo que era una nación de cobardes, al parecer no escucharon nunca sobre Verdún, donde medio millón de víctimas francesas fueron el precio a pagar por mantener a los alemanes arrinconados. Ya el primer día de la batalla de Somme, genialidad del mariscal de campo Douglas Haig, los británicos perdieron más vidas que en cualquier otro día en la historia del imperio, incluso más que en la conquista de la India y Canadá en su conjunto (pág. 232).

Casi la mitad de los análisis sobre la Primera Guerra Mundial se focaliza en Estados Unidos. Como es su costumbre, en este aspecto Raico también desacredita la clásica presentación bidimensional de los acontecimientos, disipando los mitos comunes. Por ejemplo, aunque no constituye causa directa del ingreso a la guerra de Estados Unidos, uno de los argumentos claves fue y sigue siendo el hundimiento del Lusitania por parte de Alemania, que trasladaba pasajeros estadounidenses. En su defensa ante Estados Unidos “los alemanes puntualizaron que la guerra submarina se generaba en respuesta al bloqueo alimentario ilegal; que el Lusitania sólo trasladaba municiones; que éste estaba registrado como crucero auxiliar de la Armada Británica; que las naves mercantes británicas habían sido lanzadas a la embestida o abierto fuego al emerger los submarinos alemanes; y que el Lusitania estaba armado» (pág. 27).

No obstante los llamados a la paz por personas ilustres como William Jennings Bryan, el Presidente decidió entrar alegremente en la guerra de la mano de su adorada Gran Bretaña. Wilson, quien alguna vez dijera: “no puedo imaginarme el poder como algo negativo sino positivo”, utilizó la guerra como una oportunidad para expandir ampliamente el poder en la región central (pág. 18). Y así lo hizo, con el estrafalario Coronel Mandel House –alter ego de Wilson- como permanente telón de fondo. Raico les hace un gran favor a sus lectores familiarizándolos con este granuja. «Jamás elegido por votación popular para ejercer cargos públicos, [House] se convirtió, sin embargo, en el segundo hombre más poderoso del país” (pág. 20). El propio Wilson se encargó de confirmar la importancia de tan misterioso personaje: «El señor House es mi segundo de a bordo. Mi yo independiente. Sus pensamientos y los míos son uno solo» (pág. 21).

Durante la Primera Guerra Mundial, la deuda estadounidense aumentó de alrededor de mil millones de dólares a cerca de veinticinco mil millones, una gran variedad de sectores económicos fueron nacionalizados, se crearon miles de oficinas burocráticas gubernamentales y la tasa de impuesto a la renta alcanzó el 77%. La libertad económica estadounidense nunca volvería a recuperar los niveles previos a la guerra. Las libertades civiles debieron soportar el más duro golpe desde la guerra de Lincoln. Raico analiza el encarcelamiento de Eugene Debs y otros personajes por el solo hecho de criticar la guerra, los llamados a enrolarse o la alianza Estados Unidos-Gran Bretaña. Durante la guerra, la libertad de expresión sufrió un duro revés en muchas naciones, pero la ofensiva de Wilson contra quienes discrepaban tuvo características particulares: «En 1920, Estados Unidos -el Estados Unidos de Wilson-, era el único país involucrado en la Guerra Mundial que aún se negaba a aceptar una amnistía general para los prisioneros políticos» (pág. 41).

Tras la firma del Tratado de Versalles -con una Alemania superada por las culpas de la guerra, una población resentida, desmoralizada y brutalizada y los cambios territoriales originados luego de alcanzada la paz-, los hechos no derivaron en la instauración de la democracia a nivel mundial ni en el fin efectivo de la guerra, como se había prometido, sino en mayores conflictos, más brutalidad, autoritarismos y, en definitiva, una guerra mucho más grave que la Primera Guerra Mundial. Podrá sonar políticamente incorrecto, pero el antiguo orden europeo, no obstante todas sus injusticias, había sido arrasado, dando paso a males mucho peores:

De no haber ocurrido la guerra, los prusianos de la dinastía Hohenzollern muy probablemente se habrían mantenido a la cabeza de Alemania, con su espléndida variedad de reyes y nobles subordinados a cargo de los estados germanos menores.  Cualquiera hubieran sido los logros obtenidos por Hitler en las elecciones del Reichstag, ¿podría haber erigido su totalitarismo, su dictadura exterminadora en medio de una poderosa superestructura aristocrática? Muy probablemente no. En Rusia, por su parte, unos cuantos miles de revolucionarios comunistas que seguían a Lenin se enfrentaron a la poderosa Armada Imperial Rusa, la más grande del mundo. Para que Lenin pudiera tener algún grado de éxito, aquella espléndida armada debía ser primero pulverizada, que es precisamente lo que los alemanes hicieron en el marco de la guerra. Por lo tanto, un siglo XX sin esta Primera Guerra Mundial podría perfectamente haber significado un siglo sin nazis ni comunistas. Imagínese por un segundo ese panorama (págs. 1–2).

El análisis de Raico sobre este momento decisivo en la historia de la humanidad por sí solo hace que el libro merezca la pena ser leído. Su análisis crítico de varios libros nuevos relacionados con la Primera Guerra Mundial y su favorable comentario de The Western Front de T. Hunt Tooley también se incluyen en Great Wars and Great Leaders, lo que termina de demostrar su gran interés por este crucial tema.

Los celebrados asesinos de la Segunda Guerra Mundial

Sin duda alguna, Franklin Roosevelt ha sido mucho más ensalzado que Wilson. Los liberales de izquierda adoran prácticamente todo lo que tenga que ver con él. Los conservadores, por su parte, aunque no lo toleran, admiran su liderazgo durante la guerra internacional más sangrienta en la que haya participado Estados Unidos. Este libro de Raico no profundiza en Roosevelt. Si le interesa saber su opinión al respecto, le recomiendo su excelente serie de artículos para la Future of Freedom Foundation llamados «FDR — The Man, the Leader, the Legacy

Sin embargo, en distintos pasajes del libro, se pueden encontrar varias “joyas” que los críticos de Roosevelt disfrutarán.  Uno de sus capítulos es un tributo a John T. Flynn, héroe liberal de la Vieja Derecha. Raico debilita el mito del New Deal por medio de la historia de la oposición a Flynn. Originalmente progresista, Flynn terminó por sentirse horrorizado con la centralización del poder de los años 30. «En lugar de abrir la economía a las fuerzas de la competencia, Roosevelt parecía empecinado en crear carteles, principalmente por medio de la Ley de Recuperación Nacional (NRA, por sus siglas en inglés), a la que Flynn consideraba una copia del Estado Corporativo de Mussolini» (pág. 209). En respuesta a las críticas de Flynn, aquel hombre en la Casa Blanca se transformó en un déspota descarado: «El Presidente de los Estados Unidos escribió una carta personal al editor de una revista para exigir que Flynn fuera excluido de las columnas de todos los periódicos de circulación diaria, de las revistas mensuales y de las publicaciones trimestrales a nivel nacional que se preciaran de respetables» (pág. 210). Citando a Robert Higgs y a otros, Raico explica que el New Deal efectivamente no puso fin a la Gran Depresión, validando así las críticas contemporáneas a Flynn sobre el Presidente.

Raico también analiza la argucia en las sombras de Roosevelt para tramar la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial -cuando el pueblo estadounidense no quería tener nada que ver con ella-, especialmente por la puerta trasera a través de la guerra con Japón, además de su nefasta intención de entrar en la guerra incluso antes de ser reelegido justamente a partir de su promesa de mantener a los estadounidenses fuera de ella: «El 10 de junio de 1939, Jorge VI y su esposa, la Reina Isabel, visitaron a los Roosevelt en Hyde Park. En conversaciones privadas con el rey, Roosevelt prometió su total apoyo a Gran Bretaña en caso de guerra» (pág. 73).

En otro capítulo se analiza la función del comité America First: el más grande movimiento antibélico de toda la historia del país, formado para evitar que se repitiera la calamidad de Wilson. Muchos habían sospechado algún tipo de engaño por parte de Franklin Delano Roosevelt en el período previo al ingreso de Estados Unidos a la guerra y, en su momento, se los calumnió por ello. Sin embargo,

hoy en día el historial de permanentes engaños de Roosevelt para con el pueblo estadounidense no da cabida a ambigüedades. En este sentido, antiguos revisionistas, como Charles Beard, han sido completamente reivindicados. Los historiadores partidarios de Roosevelt –al menos aquellos que no lo alaban directamente por sus nobles mentiras- han debido recurrir a eufemismos (pág. 222).

Aunque Roosevelt es más querido que su sucesor, también es muy probablemente más despreciado. Sin embargo, si existe algún otro Presidente de la edad moderna peor que Roosevelt, ése es sin duda alguna Harry Truman. El aporte informativo de Raico con respecto al régimen tirano de este Presidente es notable.

El autor explica en qué forma el Fair Deal de Truman no fue más que un avance fascista de las desastrosas políticas de Roosevelt. El autor analiza los intentos de Truman por enrolar en el ejército a trabajadores de ferrocarriles en huelga y su dictatorial expropiación de empresas siderúrgicas. Con gran persuasión explica de qué manera el legado de Truman en ayuda internacional, el desarrollo de la OTAN y la postura posguerra estadounidense con respecto a Israel son lacras que hasta el día de hoy constituyen una pesada carga para la nación.

Sin embargo, el mayor pecado de Truman se encuentra en el terreno de la guerra. En primer lugar, debemos considerar la forma en que puso fin al conflicto con Japón: introduciendo la guerra nuclear en el mundo. Raico expone brillantemente el tema de Hiroshima y Nagasaki, deshaciéndose de los habituales argumentos relativos a la importancia militar de ambas ciudades y centrándose en los cálculos utilitarios y terroristas de los genocidios. Hasta el día de hoy escuchamos que las bombas nucleares salvaron vidas. Pero Raico puntualiza:

La ridículamente inflada cifra de medio millón de personas como saldo de víctimas –más que el total de estadounidenses fallecidos en todos los frentes de la Segunda Guerra Mundial- es ahora repetida de manera rutinaria en instituciones de educación superior y libros de textos y usada con ligereza por comentaristas ignorantes. (pág. 136)

Raico elabora la cuestión del principio moral: «Quien aún pueda incomodarse con tan macabro análisis costo-beneficio (vidas de inocentes japoneses a cambio de vidas de soldados aliados) podría reflexionar sobre el juicio del filósofo católico G.E.M. Anscombe, quien insistía en la supremacía de las reglas morales» (pág. 138).

En cualquier caso, Raico explica que los japoneses estaban dispuestos a rendirse, con el solo deseo de retener a su emperador, a quien tenían que mantener a cualquier precio. Cita a los oficiales superiores que se opusieron al ataque nuclear por considerarlo innecesario y bárbaro. Y concluye diciendo: «la destrucción de Hiroshima y Nagasaki fue un crimen de guerra peor que cualquier otro que los generales japoneses hayan perpetrado en Tokio o Manila. Si Harry Truman no fuera considerado un criminal de guerra, entonces nadie en este mundo lo sería» (pág. 142).

Además, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, el mundo fue testigo de la despreciable colaboración de Truman con Stalin al llevar a cabo una atrocidad incomprensible: «En los primeros meses de Truman como Presidente de los Estados Unidos, su país y Gran Bretaña iniciaron la repatriación forzada de decenas de miles de soviéticos –y de muchos que ni siquiera lo eran- a la Unión Soviética, donde fueron ejecutados por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD, por sus siglas en ruso) o arrojados en manos del Gulag» (pág. 132).

Sin embargo, al parecer no fue suficiente para Truman poner fin a un conflicto mundial de manera tan macabra, asesinando masivamente en alianza con Stalin. Tuvo la audacia de volverse luego contra Stalin y utilizar su anterior alianza a modo de pretexto para lanzar su siguiente cruzada mundial. Un hecho que resulta obvio para Raico pero que los liberales de izquierda suelen olvidar es que Truman fue responsable de dar inicio a la Guerra Fría y de afianzar el moderno imperio estadounidense y el complejo militar-industrial:

Entre lo más pernicioso de todo se encuentra el nacimiento de un imperio político y militar estadounidense durante la presidencia de Truman. Sin embargo, este hecho no fue simplemente consecuencia involuntaria de supuestas amenazas soviéticas. Incluso antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, altos funcionarios de Washington ya trazaban planes para proyectar el poderío militar estadounidense a lo largo y ancho del planeta. Para comenzar, Estados Unidos dominaría los océanos Atlántico y Pacífico y todo el Hemisferio Occidental, por medio de una red de bases aéreas y navales. Como complemento, se crearía un sistema de derechos de tránsito aéreo y de instalaciones de aterrizaje desde el norte de África hasta Saigón y Manila. Planes de este tipo se extendieron hasta los primeros años de la administración Truman. Sin embargo, no existía garantía alguna de que el Congreso y la ciudadanía aceptaran invertir tan radicalmente nuestras políticas tradicionales. Fue el enfrentamiento con la Unión Soviética y con el “comunismo internacional”, iniciado y definido por Truman y prolongado luego por cuatro décadas, lo que facilitó la oportunidad y otorgó los fundamentos para la consumación de los sueños globalistas (págs. 105–106).

En medio de la guerra internacional más sangrienta en la que había participado el país, en lugar de restablecer una postura pacifista, Truman fortaleció el papel global de Estados Unidos de carácter imperial. Su colaboración con Grecia y Turquía generó la declaración de la Doctrina Truman, la que nos agobia hasta hoy día. Y luego se produjo el primer conflicto armado de importancia emprendido por Estados Unidos, apenas transcurridos cinco años desde el cese al fuego de la Segunda Guerra Mundial.

La Guerra de Corea arraigó el estilo presidencial imperial moderno más que ningún otro conflicto bélico anterior. Para empezar, Truman no consultó con el Congreso sino que se lanzó a la guerra por sí solo. Antes de Truman, el principio de que el Congreso, no el Presidente, era el que declaraba la guerra estaba “tan bien establecido” que incluso Woodrow Wilson y Franklin Roosevelt, no precisamente minimizadores de las prerrogativas del Ejecutivo, se sometieron a él y acudieron al Congreso para consultar sobre sus declaraciones de guerra» (pág. 120). Sin embargo, a partir de Corea, el Presidente ha tenido el poder unilateral de involucrarse en guerra tras guerra.

La guerra de Truman en Corea se encuentra entre las más letales de todas las aventuras internacionales de Estados Unidos y desató horrorosos efectos de corto plazo y terribles consecuencias de largo plazo. Raico la resume de la siguiente forma:

La Guerra de Corea duró tres años, costó la vida a 36.916 estadounidenses y dejó heridos a más de 100.000. Además, hubo millones de coreanos muertos y se devastó la península, especialmente en el norte, donde la Fuerza Aérea de Estados Unidos pulverizó la infraestructura de la sociedad civil –con un enorme “daño colateral”-, lo que se ha vuelto desde entonces su emblemático método de combatir. Hoy en día, casi medio siglo después de finalizado el conflicto, Estados Unidos sigue apostando tropas a modo de “método disuasivo” en otras de sus avanzadas imperiales (pág. 122).

Ahora bien, otro líder aliado de la Segunda Guerra Mundial se ha erigido como el hombre más admirado del momento, sino del siglo, incluso más que Franklin Roosevelt o Harry Truman. Hablamos, qué duda cabe, de Winston Churchill, quien es adorado por los estadounidenses hasta nuestros días, especialmente por los conservadores nacionalistas, como una especie de ejemplo emblemático de audaz y heroico liderazgo. El principal mito que rodea su personalidad se relaciona con su voluntad de oponerse a Hitler, en comparación con el supuestamente débil Chamberlain, cuya rendición al parecer animó la aparición del régimen nazi. Pero en todas las alabanzas a Churchill existe una premisa básica: fue un ser humano perspicaz, valiente y decente. Una vez más debemos agradecer a Raico por venir al rescate.

«Winston Churchill fue un hombre sanguinario y un político sin principios» escribe Raico. Ensalzar de tal manera al líder británico “es corromper toda norma de honestidad y moralidad en la política y en la historia» (pág. 101). Además,

Churchill era racista, sin lugar a dudas, y su racismo alcanzó grados mucho más profundos que el de la mayoría de sus contemporáneos. Es curioso que su visión del mundo se parezca a la de su antagonista, Hitler, a pesar de su evidente punto de vista darwiniano, su apasionamiento por la guerra hasta situarla en un lugar central de la historia humana y su racismo, además de su obsesión por los “grandes líderes” (pág. 59).

Duras palabras. Pero Raico las sustenta.

Churchill comenzó como conservador, se convirtió en liberal y volvió a ser conservador. A lo largo de su carrera política, su único principio rector permanente fue el afianzamiento del poder.  En primer lugar, para explicar a los conservadores por qué deberían cuestionar el legado de Churchill, Raico puntualiza que, incluso antes de la Primera Guerra Mundial, “Churchill era uno de los principales promotores del Estado de Bienestar en Gran Bretaña» (pág. 61). En concomitancia con los socialistas de la Fabian Society, Sidney y Beatrice Webb, Churchill supervisó el Ministerio de Comercio, donde “además de presionar por la instalación de una variedad de planes de seguro social, creó el sistema de intercambios laborales nacionales. Para estos efectos, escribió al Primer Ministro Asquith con el fin de plantearle la necesidad de “difundir un tipo de red germanizada de intervención y regulación estatal” en el mercado laboral británico» (pág. 64). Décadas después, a principios de los años 50, el para entonces ya Primer Ministro Churchill continuaba apoyando el Estado de Bienestar y ganándose la buena voluntad de los sindicatos.

Sin embargo, la guerra fue el gran amor de Churchill. Al convertirse en primer lord del Almirantazgo en 1911, “rápidamente se alió al partido que favorecía la guerra» (pág. 65). Fue un líder entusiasta durante la aplicación del bloqueo alimentario, jactándose con candidez, según sus propias palabras, que el objetivo era “hacer morir de hambre a toda la población (hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos, sanos y enfermos) hasta que se rindiera” (pág. 198). Recordando el episodio de la ayuda humanitaria de Herbert Hoover a Polonia, Raico destaca que Churchill se movilizó especialmente para impedir dicha ayuda a los polacos con el fin de manipularlos: «La encomiable política de Churchill de hacer morir de hambre a civiles fue entonces ampliada a pueblos ‘amigos’. Los polacos recibirían alimento sólo si se levantaban contra los alemanes y los expulsaban» (pág. 203).

Algunos estudiosos sospechan que Churchill tramó el naufragio del Lusitania. Sin embargo,

de lo que sí hay certeza es que las políticas de Churchill posibilitaron muchísimo su hundimiento. ElLusitania era un buque de pasajeros de servicio regular que viajaba con municiones de guerra; Churchill había dado órdenes a los capitanes de las naves mercantes, incluidas las de línea regular, de embestir los submarinos alemanes que se encontraran y los alemanes estaban al tanto de ello. (pág. 67)

Una generación más tarde, Churchill tuvo injerencia directa en llevar a Estados Unidos nuevamente a la guerra con Alemania. Los líderes británicos consideraban la posibilidad de una paz negociada con Alemania, una vez iniciadas las hostilidades, lo cual muy posiblemente habría permitido salvar la vida de muchos. Pero esto no fue suficiente para Churchill, cuya «meta de la victoria total podía lograrse solamente con una condición: que Estados Unidos se involucrara en otra guerra mundial. De más está decir que Churchill puso su mayor ahínco en asegurarlo» (pág. 74). En 1940, Churchill envió a su agente de inteligencia, cuyo nombre en clave era Intrépido, a Nueva York a infiltrarse en el movimiento antibélico e intervenir sus teléfonos. Auspició la propaganda a favor de Gran Bretaña y en contra de Alemania en el cine estadounidense. También «influyó para endurecer las políticas de Estados Unidos relativas a Japón, especialmente en los días previos al ataque de Pearl Harbor» (pág. 78).

Esto resulta altamente probable, dada la absoluta insensibilidad de Churchill para con la vida humana durante la guerra, particularmente la de ciudadanos que no fueran británicos. Su falta de compasión se extendió incluso a los propios aliados:

Después de la caída de Francia, Churchill exigió que los franceses entregaran su flota naval a Gran Bretaña. Los franceses se negaron, argumentado que preferían torpedear sus naves antes de permitir que cayeran en manos alemanas. Contraviniendo el consejo de sus oficiales navales, Churchill ordenó a las naves británicas que se encontraban frente a las costas de Argelia abrir fuego. Cerca de 1.500 marinos franceses resultaron muertos. (pág. 89)

Sin embargo, a Churchill le entusiasmaba mucho más matar alemanes, especialmente en “los terroríficos bombardeos a ciudades que, a la larga, costaron la vida a cerca de 600.000 civiles y dejaron alrededor de 800.000 gravemente heridos» (pág. 89). La descripción que hace Raico en su libro de la destrucción deliberada de decenas de ciudades germanas es potente y desgarradora.

Con respecto a la mentada audaz visión de futuro y osadía de Churchill en comparación con la aparente pusilánime insensatez de Chamberlain,

todas las tonterías sobre la “visión de futuro” de Churchill durante los años 30 al oponerse a los «apaciguadores», es decir, a la larga, la política del gobierno de Chamberlain (rearmarse lo más rápidamente posible, mientras se tanteaban las posibilidades de paz con Alemania) era más realista que la de Churchill (pág. 71).

En lo que respecta a su opinión sobre otros grandes líderes, Churchill siempre admiró más el poder que la libertad. Durante la Segunda Guerra Mundial, sólo Churchill pudo desbancar a Roosevelt en su repulsiva admiración por el peor asesino en la historia de la humanidad: Stalin. «El apogeo de su obsesión se produjo en noviembre de 1943, durante la Conferencia de Teherán, cuando Churchill obsequió a Stalin la espada de Stalingrado. A quienes les competa definir la palabra ‘obscenidad’ tal vez deseen ponderar el episodio que describo» (pág. 57).

Al finalizar la guerra se produjo la limpieza étnica, la repartición de los despojos, el endurecimiento de la garra de Stalin sobre su nuevo imperio. Churchill fue cómplice de la expansión soviética y de los traslados forzosos de poblaciones. Ocurrieron muchas atrocidades.

La expulsión de alrededor de 12 millones de alemanes de sus tierras ancestrales en Prusia Oriental y Occidental, Silesia, Pomerania, las montañas Sudetes y los Balcanes constituyeron algunos de los hechos más graves. Dicha expulsión obedeció a los acuerdos alcanzados en Teherán -donde Churchill propuso que Polonia fuera “movida hacia occidente”- y al beneplácito de Churchill con el plan del líder checo Eduard Beneš de efectuar una “limpieza étnica” en Bohemia y Moravia. Entre un millón y medio y dos millones de civiles alemanes murieron en el proceso.

Hechos como los descritos cuestionan la moralidad de la Segunda Guerra Mundial, de la supuesta “buena guerra”, y también socavan el clásico tratamiento dado a grandes líderes como Roosevelt, Truman o Churchill, cuyas acciones permitieron tales genocidios y crímenes de guerra.

Portazo a los marxistas y defensa de la cultura germana

Las victoriosas fuerzas rusas arrasaron con todo a su paso al finalizar la Segunda Guerra Mundial, llevando a cabo una de las atrocidades en época de guerra más grandes y menos cuestionadas como tales de los tiempos modernos. «Las violaciones masivas perpetradas por las tropas soviéticas fueron probablemente la peor cara de la guerra.  Mujeres húngaras, polacas y alemanas –desde niñas pequeñas hasta ancianas- fueron reiteradamente ultrajadas, en algunos casos hasta matarlas» (págs. 95-6).

Es por todos sabido que el régimen de Stalin fue brutal. Sin embargo, en ciertos círculos académicos y periodísticos ha existido largamente una especie de favoritismo hacia los comunistas que exige algún tipo de explicación. Da la impresión que los actos genocidas soviéticos fueran sopesados en una escala distinta a las atrocidades cometidas por los nazis. Ciertamente, los estadounidenses empáticos con el régimen soviético suelen ser bien recibidos en comparación con quienes sienten aparente simpatía por el régimen nazi. Raico compara la manera en que los historiadores se refieren a la era McCarthy con la forma en que abordan la demonización de los miembros del comité America First en la era Roosevelt:

Para muchos conservadores que respaldaron al Senador McCarthy a principios de los años 50, se trató básicamente de una represalia por el torrente de calumnias que habían sufrido antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Los conservadores de la posguerra disfrutaron enfatizando las inclinaciones y conexiones comunistas de aquellos que los habían difamado calificándolos de portavoces de Hitler. A diferencia de los líderes anti guerra que nunca fueron nazis, los dardos del McCarthyismo apuntaron generalmente a despreciables defensores de Stalin, algunos de ellos verdaderos agentes soviéticos (pág. 226).

Sin ser un defensor de la Guerra Fría, como resulta evidente en su incisiva crítica a Truman, Raico navega a contracorriente de la opinión popular debido a sus tajantes críticas al comunismo. En la era Lenin, los intelectuales estadounidenses se preocuparon de lavar la imagen del régimen bolchevique. Y durante y después de la Segunda Guerra Mundial, la propaganda bélica propició la tendencia de evaluar el estalinismo con más matices que el hitlerismo. Pero el comunismo, tanto en la teoría como en la práctica, es un ataque absoluto a la libertad. «El marxismo, con sus raíces en la filosofía hegeliana”, escribe Raico, “fue una sublevación del todo consciente contra la doctrina de los derechos individuales del siglo anterior» (pág. 144). De esta forma, no sorprende que el primer Estado comunista se volviera totalitario a poco de haberse iniciado.

Raico se deshace de la noción implícita, postulada por liberales de izquierda y neoconservadores (además, por cierto, de marxistas), de que Stalin habría traicionado el proyecto socialista más que continuar en el punto a donde llegó Lenin. Lenin es el “punto flaco” de muchos modernistas que consideran que su régimen representó, al menos en parte, un mejoramiento con respecto al antiguo orden zarista. Pero esto es absurdo. La brutalidad del comunismo es innegable y pudo observarse desde el primer momento:

La cantidad de ejecuciones a manos de la Checa soviética, que equivalen a igual número de asesinatos por ordenamiento legal perpetrados en el período comprendido entre fines de 1917 y principios de 1922 –ni siquiera considerando a las víctimas de los Tribunales Revolucionarios, del Ejército Rojo propiamente tal ni los asesinatos de insurgentes-, han sido estimadas en 140.000. A modo de referencia, consideremos que la cantidad de ejecuciones políticas durante el represivo régimen zarista entre 1866 y 1917 fue de alrededor de 44.000, incluidos los hechos ocurridos durante y después de la Revolución de 1905 (con la diferencia que las personas ejecutadas habían sido sometidas a juicio), y la cifra de víctimas del Reinado del Terror durante la Revolución Francesa fluctuó entre 18.000 y 20.000. Claramente, de la mano del primer Estado marxista, una nueva criatura llegaba al mundo.

Pero esto no es todo:

En el período leninista –es decir, hasta 1924- también se producen la guerra contra el campesinado, que formó parte del denominado “Comunismo de Guerra”, y una terrible escasez de alimentos, que culminó en la hambruna de 1921, como resultado del intento por hacer realidad el sueño marxista.  La estimación menos pesimista del costo de vidas humanas que arrojaron tales episodios bordea las 6 millones de personas (pág. 150).

A propósito del Comunismo de Guerra, “no se trató de una mera improvisación” cuyos horrores debieran adjudicarse al caos general que reinaba en Rusia en ese entonces.  El sistema fue así deliberadamente pensado y, por sí solo, ayudó a generar el mencionado caos”, escribe Raico en un excelente capítulo dedicado a León Trotsky (pág. 169). Trotsky «siempre sintió cierta atracción por los intelectuales de la que los demás líderes bolcheviques carecían» (pág. 165). Raico explica por qué razón, tal como Lenin sólo es mejor que Stalin por un mero asunto de grados, Trotsky también representa una ideología del mal que no debiera ser favorablemente considerada.

A pesar del intento de muchos por defender su punto de vista como propio del intelectualismo más que de la brutalidad, no existe excusa alguna para que Trotsky no hubiera entendido lo que el comunismo produciría en la práctica. «No era meramente probable por cuestiones intrínsecas que el marxismo en el poder significaría el reinado de los funcionarios públicos (¿dado el aumento del poder del Estado a gran escala contemplado por los marxistas, qué otra cosa podía esperarse?), sino también había sido previsto por autores de sobra conocidos para un revolucionario como Trotsky» (pág. 168). Él sabía que una clase dominante terminaría imponiéndose a la sociedad en nombre de los trabajadores y se veía a sí mismo como parte de ella.

«Cuando Trotsky promovió la formación de ejércitos de trabajadores esclavos en funciones industriales, lo hizo creyendo que su deseo era el deseo del proletariado» (pág. 175). Fue un asesino y un tirano que mató a menos personas que Lenin o Stalin sólo porque no tuvo más oportunidades. Sin embargo, Stalin es quien se lleva todas las palmas: «se estiman 20 millones de víctimas fatales a consecuencia de la policía soviética –sólo en el período de Stalin-, de los métodos colectivistas, de la hambruna, de las ejecuciones y del Gulag» (pág. 155).

Si los asesinos soviéticos han sido tratados con bastante benevolencia, Raico considera que no ocurre lo mismo con los alemanes, quienes han sido injustamente calumniados como pueblo entero por causa del dominio nazi durante 12 años. En «Nazifying the Germans”, Raico humaniza a un grupo étnico al que la corrección política, sigue permitiendo ridiculizar y deshumanizar.

Hay mil años de historia “en la otra cara” del Tercer Reich. En términos culturales, Alemania no es cualquier cosa, considerando también a los austríacos (al menos hasta 1866, Austria era tan parte del territorio alemán como lo eran Bavaria o Sajonia). Desde la imprenta al automóvil, desde el motor a reacción a la creación de ramas completas de la ciencia, la contribución alemana a la civilización europea ha sido del todo significativa. San Alberto Magno, Lutero, Leibniz, Kant, Goethe, Humboldt, Ranke, Nietzsche, Carl Menger, Max Weber…. En fin, no estamos precisamente hablando de personajes menores en la historia del pensamiento humano.

Y por supuesto, además está la música (pág. 158).

«Nazifying the Germans» no es más que otra joya en una deslumbrante corona de grandes obras. Vale la pena leer las críticas sobre el libro de Raico, al igual que el prólogo a cargo de Bob Higgs. Sin embargo, el grueso del libro se refiere a los grandes criminales de Estado de la era moderna, en particular, de la primera mitad del siglo XX, uno de los períodos más oscuros de la historia humana. Desmitificar la Primera Guerra Mundial, bajar del pedestal a Churchill, resumir los argumentos contra Truman y explicar los horrores en términos prácticos del comunismo a la luz de su degeneración teórica son todos esfuerzos valiosos que avalan la obra de este gran experto, versado en historia, con conocimientos de teoría económica, familiarizado con la jerga de intelectuales jurídicos y de disidentes revisionistas, moralmente comprometido con la dignidad y la libertad humana y dispuesto a defenderlas de sus más importantes enemigos históricos: la guerra y el poder del Estado. Excepcionalmente, Raico califica en todos estos frentes y su libro constituye un verdadero tesoro.


Publicado el 23 de noviembre de 2011. Traducido del inglés por Sandra Cifuentes Dowling. El artículo original se encuentra aquí.

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