Monarquía, democracia y orden natural: una visión austríaca de la era americana

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Una reseña del libro de Hans-Hermann Hoppe.

A Don Gonzalo Fernández de la Mora le gustaba recalcar en sus escritos políticos la irrelevancia de las formas políticas a la hora de facilitar una buena o mala gestión política. El estudio de las formas políticas, monarquía o república, es uno de los aspectos más descuidados en la moderna ciencia política, tanto que ni siquiera nadie se molesta como Fernández de la Mora en resaltar su irrelevancia, dando por hecho que son otros los factores que inciden en el buen o mal discurrir político. Don Gonzalo quedaría pues sorprendido si pudiese leer un libro, como este que reseñamos en el que la diferencia entre monarquía y democracia o sólo no es irrelevante sino que es un factor decisivo a la hora de conseguir una buena gobernanza.

El núcleo del libro de Hoppe es la comparación de la monarquía, no la constitucional que el casi iguala a la democracia sino la tradicional, y la democracia, concretada en los regímenes políticos occidentales, aplicando un criterio muy querido por los economistas de la escuela austriaca, de la que el autor es uno de sus principales exponentes vivos, que es la preferencia temporal. El estudio de la preferencia temporal, esto es la importancia que tiene la orientación de la acción humana hacia el largo o el corto plazo es bien conocida en la teoría económica, sobre todo a la hora de determinar los tipos de interés y las políticas económicas, pero poco cultivada en el resto de las ciencias sociales. Sociólogos como Barber o Banfield la aplicaron al estudio de la estratificación social afirmando que son las diferencias en la preferencia tempo- ral las que estructuran a los distintos estratos sociales, en el sentido de que las clases bajas tendrán una muy alta preferencia temporal prefiriendo la satisfacción inmediata de las necesidades mientras las clases más elevadas serán capaces de diferir esas satisfacciones en aras de obtener una satisfacción mayor en el consumo. Politólogos como Hayek, Alexander Smith o los teóricos de la Public Choice inciden en cambio en la miopía temporal que afecta a los modernos gobiernos democráticos incapaces de pensar más allá de la próxima convocatoria electoral, llegando a proponer el aumento del espacio de tiempo a discurrir entre una y otra elección para facilitar una mejor perspectiva electoral al político. Pero nadie había aplicado el criterio de la preferencia temporal a la hora de comparar formas políticas antes que Hoppe, aunque Mancur Olson en su último libro, Poder y prosperidad, se había acercado bastante al afirmar que un gobierno con una perspectiva temporal a largo plazo tendería a abusar menos de sus súbditos. La tesis de Hoppe se funda sobre la distinta perspectiva temporal con que cuenta la monarquía, en la cual la organización estatal es propiedad del rey y de su familia siendo por tanto el estado una organización privada, y la democracia contemporánea en la cual la propiedad del estado es pública. De ahí Hoppe deduce que el monarca estará interesado en conservar y capitalizar el valor de su propiedad buscando mantener e incrementar a largo plazo su valor, mientras que los detentadores del poder en la democracia al saberse poseedores temporales del disfrute de las rentas estatales tenderán a pensar a más corto plazo no importándoles, por tanto, la disminución a largo plazo del valor capitalizado de las riquezas nacionales. Al rey le interesará que el valor de las propiedades de sus súbditos se incrementen, garantizándose así unas rentas impositivas crecientes a largo plazo mientras el político en la democracia buscará obtener el mayor número de beneficios fiscales a corto plazo sin interesarse por su valor futuro, pues nada les puede beneficiar un incremento en su valor futuro que ellos en nada va a beneficiar.

Hoppe ilustra este proceso con la comparación entre una monarquía austrohúngara en la que el proceso civilizatorio llega a su plenitud con la deriva descivilizadora que acontece en la llamada era americana, que abarca el siglo XX desde la intervención americana en la 1ª guerra mundial , que se caracteriza por el incremento desmesurado del intervencionismo militar norteamericano en todo el mundo, con el incremento de la violencia urbana y la degeneración moral de la sociedad norteamericana causada en buena medida por el desmesurado incremento en el tamaño del estado de bienestar en todo el mundo occidental. La intervención externa se justifica en nombre de la democracia, mientras que la extensión de medidas sociales populistas se justifica, según Hoppe, por la extensión de derechos políticos a la totalidad de la población, de ahí que Hoppe no dude en realizar un durísimo alegato contra los procesos democratizadores negadores de la libertad. Siguiendo este razonamiento Hoppe se opone también a un gobierno democrático mundial que conduciría según él a una coalición electoral ganadora de chinos e indios para obligar a una redistribución de las “excesivas” rentas de los ricos europeos y norteamericanos de la misma forma que este proceso se dio en el interior de las sociedades de occidente. Conviene de todas formas apuntar que Hoppe, en la línea de autores como Kuehnelt-Leddihn, Felix Somary o incluso Ortega que distinguen entre democracia y libertad, esto es entre la democracia como forma de gobierno fundamentada en el criterio de mayoría y las libertades que se asocian a ella, como libertad de empresa, expresión y asociación que pueden darse o no en una democracia. Ortega nos diría que democracia responde a la pregunta de quien detenta el gobierno mientras que liberalismo responde a la pregunta de qué tamaño tiene el gobierno, siendo ambos aspectos independientes, aunque puedan coincidir en muchas ocasiones. A Hoppe lo que le interesa es que tamaño tiene el estado, para él de hecho no debería existir, no quien detenta el poder último en él, aunque en su libro quiere demostrar como la monarquía garantiza mejor las libertades, que la democracia. La prueba estaría en que ninguna monarquía superó históricamente el listón del 10% de gasto público en relación al PIB mientras que la modernas democracias oscilan todas entre el 40 y el 65% del PIB consumido por el estado, lo que implica que la libertad de disponer del esfuerzo del trabajo de un individuo es cada vez menor, y por tanto se limita la capacidad de la sociedad civil de realizar iniciativas al margen del estado.

El debate entre monarquía y democracia conforma el núcleo del libro. La originalidad de Hoppe descansa en la aplicación del principio de la preferencia temporal al estudio de las formas políticas, mientras que su defensa de la monarquía y su crítica a la democracia descansan principalmente en críticos contemporáneos de la democracia como Bertrand de Jouvenel o Eric von Kuehnelt-Leddihn o en teóricos de la monarquía altomedieval como Fritz Kern, en quien se inspira al defender la visión de la ley como algo que el rey ejecuta y no crea. No puedo dejar de resaltar la similitud de muchos de los argumentos que usa Hoppe con los usados por el malogrado traductor de Fritz Kern al español y antiguo catedrático de la universidad de Santiago de Compostela, Ángel López- Amo y Marín (a quien Hoppe probablemente no conozca pues no está traducido) , quien en su desafortunadamente olvidada obra sobre la monarquía social anticipa muchos de sus argumentos sobre las virtudes moderadoras de la ley de origen divino o las críticas al democratismo. Hoy en día no sería factible, el mismo Hoppe lo reconoce, volver a hablar de derecho divino pero el derecho divino, cuando la gente aún creía en él tenía la virtud de limitar la arbitrariedad del poder del gobernante. Al venir la ley de Dios el gobernante no podía alterarla a su gusto ni legislar arbitrariamente como se hace hoy día, sino que tenía que adaptarse a una ley preexistente y aparentemente eterna. A Marsilio de Padua le debemos la idea de que la ley debe venir del pueblo, convirtiéndose el rey en su intérprete y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Nostalgias aparte el libro de Hoppe hace a mi entender otras dos importantísimas aportaciones al debate académico. La primera, la distinción entre propiedad pública y ausencia de propiedad. Es comúnmente entendido que de la propiedad estatal o pública no se puede excluir a nadie pues es de todos. Hoppe matiza que es de todos los ciudadanos del país, no de la humanidad entera y que de hecho se puede y se debe excluir. El Palacio de la Moncloa o la facultad de políticas en la que trabajo son lugares de titularidad pública pero esto no implica que un grupo de vagabundos pueda acampar dentro pues no es ese su cometido. De la misma forma las calles y plazas de una nación son de los ciudadanos de esa nación que las construyeron con sus impuestos y mientras no llegue la ansiada por Hoppe privatización de los espacios públicos, los propietarios de ellas tienen derecho a regular y a prohibir, si así lo desean, la entrada en ellas de extranjeros no deseados. De ahí que Hoppe critique con dureza las políticas de fronteras abiertas sin consentimiento de los nacionales que lo único que conseguirían sería una expropiación de los derechos de propiedad de los nativos.

En segundo lugar Hoppe critica los privilegios que las democracias otorgan a aquellas personas que están inferidas de autoridad pública. En la monarquía existían privilegios para los detentadores del poder político y sus familias, al mismo tiempo que el acceso a dichos cargos estaba cerrado. Todo esto conducía a que el pueblo viese a los gobernantes como una clases aparte y se precaviese contra sus preten- siones de mayores tributos o prestaciones personales. La democracia formalmente no excluye a nadie del acceso a los cargos, lo que hace que los contribuyentes no les vean como una clase aparte, a pesar de lo que Calhoun nos enseñó en su Disquisición sobre el gobierno, y permite, por lo tanto, una mayor intrusión de la casta gobernante en la vida y hacienda de los ciudadanos (el elevado nivel de impuestos actual o el servicio militar obligatorio son inventos de la era democrática impensables en épocas supuestamente más tiránicas). Pero lo peor es que la democracia no excluye el privilegio y esta es la otra gran aportación de Hoppe. Gracias a la democrática invención del derecho público o derecho administrativo el agente de la autori- dad en cuanto detentador de un poder estatal cuenta con privilegios como el de que su palabra valga más que la de un un ciudadano corriente (caso de las multas de tráfico o de las inspecciones administrativas), tenga derecho a expropiar haciendas (expropiación forzosa, impensable en el antiguo régimen, como nos recuerda Bruno Leoni en su magnífico La libertad y la ley) o a ser exento de responsabilidades penales entre otros muchos privilegios sancionados por la norma administrativa en nombre de artificiosos conceptos como bien común o interés general, que nadie, salvo el agente estatal, es capaz de definir con precisión.

A pesar de que concuerdo con buena parte del libro, este merece también a mi entender algunas críticas. La menor es el tono poco políticamente correcto que usa el libro, no por referirse a temas como las desigualdades raciales en determinados comportamientos, que podrían entrar dentro del ámbito de lo discutible, sino por mezclar en sus ejemplo conductas moralmente reprobables como la delincuencia con conductas que según las creencias de cada cual puedan ser o no inmorales pero que, como es el caso de la homosexualidad entran dentro del ámbito de la conducta privada y, de no haber agresión por medio, no pueden ser catalogadas con tanta dureza como en el texto se hace. El problema es que esto dificulta enormemente su difusión en ámbitos académicos y hace al libro, un libro de extraordinaria calidad e interesantísimo, presa de chascarrillos y críticas fáciles (y eso que la espléndida traducción de Jerónimo Molina facilita esta labor, pues busca equivalentes en castellano que suavizan la excesiva aspereza del original, al menos esa es mi impresión). Sin embargo, la crítica más importante debe hacerse a su concepto de élite natural. Hoppe hace suyas unas desafortunadas expresiones de Mises y de Etienne de La Boetie al considerar a la masa como brutos , palurdos e imbéciles en una durísima y elitista crítica a los valores democráticos. Pecan aquí nuestros autores de cierta incongruencia, pues las masas son imbéciles ¿pero para qué?, ¿para hacer zapatos, construir puentes o será, para hacer lo que Hoppe y Mises saben hacer, esto es opinar de los asuntos públicos?No considero a Hoppe un gran zapatero, ni un gran productor de almendras, por lo tanto, Hoppe será un palurdo y un bruto en esos ámbitos de la misma forma que el zapatero o el pescador lo será en el ámbito del estudio de las formas políticas. El problema es que Hoppe (y Mises) como la mayoría de los intelectuales contemporáneos entienden que el criterio de pertenencia al mundo de los aristoi es el de entender , saber o estar relacionado con los asuntos del público gobierno. El hecho es, y esto Hoppe no lo comenta en su libro, que las élites “naturales”, que históricamente rigieron la humanidad y conformaron sus ideas, son élites vinculadas al poder estatal., esto es su cercanía al poder coercitivo del estado es lo que las constituye en élites, no unos supuestos valores que ellas pudieran poseer. En ausencia de poder estatal no hay ninguna garantía de que las “palurdas y brutas” masas no escogieran espontáneamente a élites muy distintas de las que hoy las clases intelectuales reputan como tales, pudiendo estar éstas constituidas por cantantes, deportistas, playboys o líderes religiosos (y no tendrían porque ser peores que las actuales vinculadas a la predación estatal). No existen ni se pueden definir a priori unos rasgos objetivos que identifiquen quién puede o no pertenecer a tal élite. Hoppe se aparta aquí de las ideas de Rothbard, que tenía una visión más positiva de las masas que su maestro Mises o la de su sucesor en la cátedra de Las Vegas, el autor del libro (sólo hay que leer sus escritos sobre el movimiento poujadista en Francia para ver con que simpatía recibía la aparición de movimientos populistas antitecnocráticos).

En conclusión estamos ante un libro interesantísimo y espléndido, que dice grandes verdades y plantea grandes debates pero que por desgracia no creo que tenga muchos lectores fuera de los ámbitos libertarios (donde por cierto, está teniendo un éxito enorme siendo traducido a varios idiomas) porque es un libro de difícil encaje, al menos a día de hoy, en los muros de nuestra academia y eso que es un libro muy superior a la inmensa mayoría de lo que se publica por estos pagos y que merece ser leído con detenimiento.

 

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