Lord Keynes y la Ley de Say

0

I

La mayor contribución de Lord Keynes no consistió en desarrollar nuevas ideas, sino en “escapar de las viejas”, tal y como él mismo lo reconoce en el Prólogo de la Teoría General. Los keynesianos nos dicen que su aportación inmortal consiste en la completa refutación de lo que se ha conocido como la Ley de Say sobre los mercados. La refutación de esta ley, afirman, constituye la esencia de todas las enseñanzas keynesianas; el resto de proposiciones de su doctrina siguen necesariamente la lógica de esta profunda observación y se derrumbarían en caso de que la futilidad de su ataque a la Ley de Say pudiera ser demostrado. [1]

Es importante darse cuenta de que lo que se llama “la Ley de Say” fue, en primer lugar, una refutación de las doctrinas populares que se mantuvieron durante las épocas precedentes al desarrollo de la economía como una rama del saber humano. No fue una parte integral de la nueva ciencia económica, tal y como la enseñaron los clásicos. Era más bien un preliminar: la exposición y eliminación de ideas confusas e insostenibles que oscurecían las mentes de las personas y constituían un serio obstáculo a un razonable análisis de la realidad.

Siempre que las empresas empeoraban, el comerciante medio tenía dos explicaciones a mano: el mal había sido causado por la escasez de dinero o por la sobreproducción general. Adam Smith, en un famoso pasaje de “La Riqueza de las Naciones”, enterró el primero de estos mitos. Say se concentró en la reflexiva refutación del segundo.

En la medida en que una cierta cosa es todavía un bien económico y no un “bien libre”, su oferta no es, claro está, absolutamente abundante. Hay todavía necesidades insatisfechas que, a través de la mayor oferta del bien en cuestión, podrían satisfacerse. Todavía hay gente que estaría dispuesta a obtener más de ese bien de lo que actualmente tienen. Por tanto, con respecto a los “bienes económicos” no puede haber nunca una absoluta sobreproducción. (Y la economía estudia sólo los bienes económicos, no los bienes libres como el aire que, al no constituir el objetivo de la acción humana finalista, no son producidos, y para los que el uso de términos como subproducción o sobreproducción es simplemente un sinsentido).

Con respecto a los bienes económicos puede haber solamente sobreproducción relativa. Mientras que los consumidores demandan unas ciertas cantidades de camisas y zapatos, las empresas han producido, digamos, una cantidad demasiado elevada de zapatos y demasiado pequeña de camisas. Esto no constituye una sobreproducción generaliza de todas las mercancías. A la sobreproducción de zapatos le corresponde una subproducción de camisas. En consecuencia, el corolario no puede ser una crisis generalizada en todos los sectores de la economía. El resultado será un cambio en la ratio de intercambio entre zapatos y camisas. Si, por ejemplo, con anterioridad un par de zapatos podía comprar cuatro camisas, ahora podrá adquirir solamente tres. Mientras que la operación es negativa para los zapateros, es positiva para los productores de camisas. Los intentos de explicar la depresión global del comercio refiriéndose a una supuesta sobreproducción general son, por tanto, falacias.

Las mercancías, decía Say, se pagan en última instancia no con dinero, sino con otras mercancías. El dinero es solamente el medio de intercambio generalmente empleado; juega sólo el papel de intermediario. Lo que, en definitiva, el vendedor quiere recibir a cambio de las mercancías vendidas son otras mercancías.

Por tanto, toda mercancía producida es como si fuera un precio para otras mercancías producidas. La situación del productor de cualquier mercancía mejora con un incremento de la producción de las restantes. Lo que puede dañar los intereses del productor de una cierta mercancía es su incapacidad de anticipar la situación futura del mercado. Ha sobreestimado la demanda del público por su mercancía y ha subvalorado la demanda por otras mercancías. Los consumidores no tienen piedad por un empresario tan inepto; adquirirán sus productos sólo a precios que le provocarán pérdidas y le forzarán, si no corrige a tiempo sus errores, a salir del negocio. Por otro lado, aquellos empresarios que hayan tenido éxito en anticipar correctamente las demandas del público, obtendrán beneficios y se situarán en la posición de incrementar sus actividades empresariales. Esto, dice Say, es la realidad subyacente detrás de las afirmaciones confusas de los que afirman que la dificultad no está en producir, sino en vender. Sería mucho más adecuado reconocer que el problema primero y principal de los empresarios es el de producir de la manera mejor y más barata aquellas mercancías que satisfarán las necesidades del público más urgentes de entre las no satisfechas todavía.

Así, Smith y Say demolieron las más viejas e ingenuas explicaciones del ciclo económico, tal y como fueron concebidas por las charlatanerías populares de los empresarios ineficientes. Cierto es, con todo, que su aportación fue meramente negativa. Explotaron la creencia de que la repetición regular de períodos de crisis estaba causada por la escasez de dinero y la sobreproducción general. Sin embargo no elaboraron ninguna teoría del ciclo económico. La primera explicación de este fenómeno fue propuesta mucho después por la Escuela Monetaria inglesa.

Las importantes contribuciones de Smith y Say no eran del todo nuevas y originales. La historia del pensamiento económico nos permite encontrar algunos de sus puntos esenciales en autores más antiguos. Esto de ninguna manera supone una crítica a los méritos de Smith y Say. Fueron los primeros en tratar la cuestión de una manera sistemática y en aplicar sus conclusiones al problema de las depresiones económicas. Fueron también, por tanto, contra quienes los partidarios de las espurias doctrinas populares dirigieron sus ataques. Sismondi y Malthus escogieron a Say como el objetivo de sus apasionadas invectivas cuando trataron -en vano- de recuperar los desacreditados prejuicios populares.

II

Say emergió victorioso de sus polémicas con Malthus y Sismondi. Demostró la veracidad de su argumento, mientras que sus adversarios no hicieron lo propio con los suyos. De ese momento en adelante, durante el resto del s. XIX, el reconocimiento de la verdad contenida en la Ley de Say era la marca distintiva de todo economista. Aquellos autores y políticos que responsabilizaban a la escasez de dinero de todos los males y defendían la inflación como panacea, pronto dejaban de ser calificados como economistas, sino, en su lugar, de “excéntricos monetarios”.

La batalla entre los campeones del dinero sólido y los inflacionistas duró varias décadas. Pero dejó de ser considerada una batalla entre diversas escuelas de economistas. Se veía como un conflicto entre economistas y antieconomistas, entre hombres razonables y fanáticos ignorantes. Una vez todos los países adoptaron el patrón oro o el patrón de cambio-oro, la causa de la inflación parecía haber perdido la batalla para siempre.

La economía no se contentaba con las enseñanzas de Smith y Say sobre los problemas mentados. Desarrolló un sistema integrado de teoremas que convincentemente demostraron la absurdidad de los sofismas inflacionistas. Trazó en detalle las inevitables consecuencias de un incremento en la cantidad de dinero en circulación y de la expansión crediticia. Elaboró la teoría monetaria o del crédito circulante del ciclo económico, que claramente demostraba cómo la regularidad de las depresiones económicas viene provocada por los repetidos intentos de estimular la economía a través de la expansión del crédito. Por tanto, probó de manera concluyente que las crisis, cuya aparición los inflacionistas atribuyen a la insuficiente oferta de dinero, es, por el contrario, el resultado necesario de los intentos de eliminar la supuesta escasez de dinero a través de la expansión del crédito.

Los economistas tampoco se contentaron con el hecho de que una expansión crediticia da lugar en primera instancia a un boom económico. Indicaron cómo ese boom fabricado debe inevitablemente colapsarse después de un tiempo y dar lugar a una depresión general. Esta demostración hizo un llamamiento de atención a los estadistas que intentaban promover el bienestar eterno de una nación. No pudo influir sobre los demagogos que no estaban interesados en nada más que en ganar las elecciones y a quienes no les interesaba en absoluto qué pudiera ocurrir dentro de dos días. Pero es precisamente esta gente la que ha conseguido el poder supremo en la vida política de esta era de guerras y revoluciones. Resistiendo las enseñanzas de los economistas, la inflación y la expansión crediticia ha sido elevada a la categoría de principio rector de la política económica. Casi todos los gobiernos están ahora mismo comprometidos el gasto desbocado, y financian sus déficits imprimiendo cantidades adicionales de papel moneda inconvertible y con una expansión crediticia sin límites.

Los grandes economistas fueron los precursores de las nuevas ideas. La política económica que recomendaban discrepaba con la practicada por los gobiernos y partidos políticos de su época. Como regla general, muchos años, incluso décadas, pasan antes de que la opinión pública acepte las nuevas ideas propagadas por los economistas y antes de que se implementen los correspondientes cambios en la política.

Todo esto fue distinto en el caso de la “nueva economía” de Lord Keynes. Las políticas que defendía eran las que casi todos los gobiernos, incluido el británico, habían ya adoptado muchos años antes de que la Teoría General se publicara. Keynes no era un innovador y un campeón de los nuevos métodos de manejar los asuntos económicos. Sus contribuciones consistían más bien en proporcionar una justificación aparente a las políticas que gozaban de la simpatía del poder a pesar de que todos los economistas las calificaran de desastrosas. Su logro fue la racionalización de las políticas que ya se estaban practicando. No fue un “revolucionario”, tal y como algunos de sus adeptos lo han llamado. La “Revolución Keynesiana” tuvo lugar mucho antes de que Keynes la aprobara y construyera una justificación pseudocientífica para ella. Lo que realmente hizo fue escribir una apología de las políticas predominantes entre los gobiernos.

Esto explica el rápido éxito de su libro. Los gobiernos y los partidos políticos en el poder lo recibieron de manera entusiasta. Especialmente satisfecho estaba un nuevo tipo de intelectual, “el economista gubernamental”. Su mala conciencia les había atormentado. Eran sabedores del hecho de que estaban llevando a cabo políticas que todos los economistas condenaban como contrarias a sus objetivos y desastrosas. Ahora se sentían relajados. La “nueva economía” reestableció su equilibrio moral. Hoy en día ya no se avergüenzan de ser los impulsores de las malas políticas. Se glorifican a sí mismos. Son los profetas de una nueva fe.

III

Los exuberantes epítetos que los admiradores de su trabajo le han dedicado no pueden oscurecer el hecho de que Keynes no refutó la Ley de Say. La rechazó de manera emocional, pero no aportó un solo argumento sólido para invalidar su lógica.

Ni siquiera Keynes intentó refutar a través del razonamiento discursivo las enseñanzas de la economía moderna. Prefirió ignorarlas, eso es todo. Nunca encontró una crítica seria en contra del teorema de que un incremento en la cantidad de dinero no puede tener otros efectos que, por un lado, favorecer a unos grupos a la expensa de otros, y, por otro lado, impulsar la mala inversión y el consumo de capital. Se hallaba totalmente perdido cuando intentaba ofrecer algún argumento para refutar la teoría monetaria del ciclo económico. Todo lo que hizo fue reavivar los dogmas autocontradictorios de las varias sectas inflacionistas. No añadió nada a las prensunciones vacías de sus predecesores, desde la vieja Escuela de Birmingham de los Partidarios de los chelines pequeños a Silvio Gesell. Simplemente tradujo los sofismas -cien veces refutados- al cuestionable lenguaje de la economía matemática. Pasó por alto silenciosamente todas las objeciones que hombres de la categoría de Jevons, Walras y Wicksell -por nombrar sólo a unos pocos- opusieron a las soflamas de los inflacionistas.

Lo mismo pasa con sus discípulos. Piensan que insultando a “aquellos que son incapaces de admirar la genialidad de Keynes” como “lerdos” o “fanáticos de mente estrecha”[2] pueden sustituir el razonamiento económico sólido. Creen que han demostrado su argumento despreciando a sus adversarios como “ortodoxos” o “neoclásicos”. Muestran la más supina ignorancia al pensar que su doctrina es correcta por ser nueva.

De hecho, el inflacionismo es la más vieja de todas las falacias. Fue muy popular con anterioridad a Smith, Say y Recardo, contra cuyos escritos los keynesianos no pueden proporcionar ninguna objeción salvo que son “viejos”.

IV

El éxito sin precedentes del keynesianismo se debe al hecho de que proporciona una justificación aparente a las pólíticas de gasto deficitario de los gobiernos contemporáneos. Es la pseudofilosofía de quienes sólo piensan en destruir el capital acumulado por las generaciones precedentes.

Con todo, ninguna efusión de estos autores, por brillante y sofisticada que sea, puede alterar las perennes leyes económicas. Ellas trabajan y se cuidan a sí mismas. A pesar de todas los apasionados discursos de los portavoces gubernamentales, las consecuencias del inflacionismo y expansionismo, tal y como fueron descritas por la escuela “ortodoxa”, están convirtiéndose en realidad. Y entonces, muy tarde eso sí, incluso la gente más sencilla descubrirá que Keynes no nos enseñó a ejecutar el “milagro de transformar las piedras en pan”[3], sino el método nada milagroso de comernos el maíz para sembrar.


[1] P. M. Sweezy en The New Economics, Ed. by S. E. Harris, New York, 1947, p. 105.
[2] Profesor G. Haberler, Opus cit., p. 161.
[3] Keynes, Opus cit., p. 332.

Print Friendly, PDF & Email