[Parte 4 de “La tradición de la secesión en Estados Unidos”, un escrito presentado en la conferencia de 1995 del Instituto Mises “Secesión, estado y economía”]

Con el colapso del imperialismo europeo y la resurrección en la ONU de las doctrina wilsoniana de la autodeterminación de los pueblos (que es ella misma sencillamente una expresión posterior de la doctrina secesionista de la Declaración de Independencia), los leviatanes consolidados del mundo moderno ya no tienen la legitimidad que tuvieron en otro tiempo. Los movimientos secesionistas son fuertes donde permanecen unidades políticas identificables, como Quebec en Canadá, los escoceses en Gran Bretaña y los vascos en España. La experiencia ha demostrado que la secesión no lleva a la anarquía, como insistía Lincoln. Noruega se secesionó pacíficamente de Suecia (1905), igual que hizo Singapur de Malasia (1965). Igualmente, la secesión de Quebec de Canadá no debería llevar al caos o la guerra.
La secesión ya no puede descartarse a priori como han hecho los defensores del estado moderno. Y ciertamente no puede descartarse en el caso de uniones federales como Canadá, EEUU, Gran Bretaña, Brasil y Alemania, todas los cuales tienen unidades políticas con la maquinaria administrativa y las capacidades para el autogobierno. El reconocimiento de un derecho legal de secesión para esas unidades, establecido en la formación de una unión a gran escala (como la que reconocía la Constitución Confederada) tendería a conservar distintas culturas y modos de vida, haría más justo el funcionamiento de esas uniones y, si fuera necesario, haría su disolución más ordenada y humana.
El debate actual sobre la Unión Europea se parece al debate de 1787-89 entre Federalistas y Antifederalistas, temiendo los últimos que la Constitución acabaría en un nacionalismo consolidado y los primeros que aseguraban que esto nunca podría ocurrir. Uno espera que esto no degenere en algo como la disputa a gritos entre sureños que afirmaban que la Constitución no era un régimen consolidado y los norteños unionistas que lo era y siempre lo había sido. Pero podría pasar. Uno ya escucha de la izquierda la afirmación de que la Unión Europea es un instrumento para conseguir derechos humanos y que los poderes entregados a la Unión no pueden recuperarse. Esa fue exactamente la doctrina de Lincoln. Salvo que se piense y afronte directamente el derecho de secesión, uno puede imaginar a Europa repitiendo la historia de melancolía de Estados Unidos con una minoría de estados buscando secesionarse de una Unión que se ha convertido en opresiva de una forma que no podían imaginarse y una mayoría poderosa dispuesta a traerlos coactivamente de vuelta a la Unión en nombre la “última mejor esperanza en la tierra” para proteger los derechos humanos.
Publicado el 4 de febrero de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original en inglés se encuentra aquí.