Albert Jay Nock: El hombre olvidado de la Antigua Derecha

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Para una previa generación de estadounidenses disconformes con la ideología predominante del liberalismo de izquierda, la lectura de las «Memorias de un hombre superfluo» de Albert Jay Nock constituía un ritual de iniciación, habiendo aparecido éstas en 1943; y no fue William F. Buckley el único en verlas como un texto trascendental, decisivo para su formación personal.

Tenemos aquí, en un mismo saco, una ilustración del nivel de aprendizaje que se había perdido con la educación en masa; un retrato de lo que piensa del mundo moderno un verdadero disidente político frente a nuestro período colectivista, y un razonamiento exhaustivo en favor del propio significado de la libertad y del civismo – todo ello proveniente de un hombre que ayudó a forjar la respuesta intelectual de la Derecha frente al triunfo del estado guerrero y de bienestar social de Franklin Delano Roosevelt.

Estaban destinadas a ser un clásico leído por muchas generaciones por venir, pero entonces la doctrina oficial cambió. En lugar de ver a la guerra como parte del problema, como una especie de socialismo, el «National Review» condujo a la Derecha estadounidense por una senda inclinada diferente. El libro de Nock quedó prontamente enterrado al surgir el estado de la Guerra Fría, el cual requería que los conservadores rechazaran cualquier cosa que se pareciera el individualismo radical – incluso el del tipo aristocrático de Nock – y que abrazaran en cambio los valores de nacionalismo y militarismo de Wilson y F.D. Roosevelt.

En lugar de las «Memorias» de Nock, se instaba a los jóvenes conservadores a leer recuentos personales de comunistas que se habían convertido pasando a respaldar a la Guerra Fría (p.ej. Whittaker Chambers), como si entusiasmarse con las glorias de las ojivas nucleares representase algún tipo de valeroso avance intelectual. Hoy en día, si por algo se conoce a Nock (1870-1947) es por los libertarios y por su ensayo clásico «Nuestro enemigo, el Estado» (1935), así como por su maravillosa y pequeña biografía, «El Señor Jefferson» (1926). Ambas son grandes obras. También fue el fundador de «The Freeman» (El Hombre Libre) en su primera encarnación (1920-1924), que hizo valer los más altos niveles literarios y que con su radicalismo puro provocó una controversia interminable.

Sin embargo, es con las «Memorias«, este maravilloso tratadillo – parte autobiografía, parte enseñanza ideológica – que se nos entrega la completa visión mundial de Nock; y no únicamente su política, sino también su cultura, su vida y su entendimiento del hombre y del lugar de éste en el universo. La lectura del libro hoy resulta muy tonificante, aunque así sea tan solo porque prueba la poca relación que existe entre el actual «movimiento conservador» y su ancestro de mediados de siglo en la Antigua Derecha. También resulta instructivo para los libertarios el descubrir que en el anarquismo hay algo más que desvaríos infantiles contra el poder policial.

La frase «hombre de letras» se arroja al aire superficialmente en estos días, pero A.J. Nock fue uno auténtico. Nacido en Scranton, Pennsylvania, recibió en el hogar desde su más tierna infancia instrucción del griego y del latín; era increíblemente versado en todos los campos, un aristócrata natural en el mejor sentido de ese término.

Combinaba un sentido cultural del viejo mundo (detestaba la cultura popular) con un anarquismo político que veía al estado como el enemigo de todo lo civilizado, lo hermoso y lo verdadero; y aplicaba este principio de forma constante, en oposición a las economías de bienestar social manejadas por los gobiernos, a la consolidación y, por sobre todo, a la guerra.
En la introducción a mi edición, Hugh MacLennan compara las «Memorias» con «The Education of Herny Adams» (La Educación de Henry Adams) y expresa la esperanza de que las mismas sean «un día reconocidas como el pequeño clásico que son». Bien, yo puedo predecir que ese momento no está cerca. Dado su contenido, consistencia, insistencia en decir la verdad, y en particular, por su tremendo poder persuasivo, sorprende que el libro se haya impreso e incluso que se nos permita leerlo.

¿Cuales rasgos de carácter debe poseer un hombre de Derecha para seguir a Nock? Debe ser ferozmente independiente, al tiempo de creer en el poder de la autoridad social; debe amar la tradición pero odiar al estado y todo cuánto éste hace; debe creer en la libertad radical y a la vez no dudar nunca de la inmutabilidad de la naturaleza humana y las leyes naturales; debe ser antimaterialista en su propia vida mientras defiende la libertad económica sin hacer concesiones; debe ser un elitista y antidemócrata, y no obstante despreciar las élites que mantienen poder ilícito, y debe ser realista acerca de los tenues prospectos del cambio, al tiempo de conservar un fuerte sentido de la esperanza y entusiasmo por la vida.

No estoy seguro de poder creer que alguien, salvo Murray Rothbard, haya sostenido consistentemente una posición nockiana después de la muerte de Nock. Son las «Memorias» de Nock las que proveen una total inmersión en su genio. Consideremos el principal instrumento literario de Nock: llevar un tópico común, hacer una observación casual y algo estrafalaria al respecto, una que se gane nuestros afectos, y luego sorprender y conmocionar conduciendo el punto hasta impartir un golpe mortal contra algún gran mal que ha sido ampliamente subestimado:

«Otro vecino, un viejo inglés patriarcal de barba blanca, mantenía un gran banco de colmenas de abejas. Recuerdo que golpeaba incesantemente un olla de lata para dirigirlas cuando se estaban agolpando, y recuerdo que yo me preguntaba ociosamente quien habría sido el primero en descubrir que eso era lo que había que hacer, y porqué las abejas tenían que aceptarlo. Se me ocurrió que si las abejas fueran tan inteligentes como irrisoriamente se les atribuye, en vez de movilizarse para beneficiar al viejo Reynolds lo picarían con ganas y luego se escaparían volando para ocuparse de sus cosas. Siempre pienso en ello cuando veo una hilera de soldados, y me pregunto porqué el sonido de un tambor no los incita a dispararle a sus oficiales, lanzar lejos sus rifles, irse a casa, y ponerse a trabajar».

En el transcurso de su narrativa de 325 hojas, emplea este mecanismo casual una y otra vez, hasta que uno empieza a captar el mensaje de que hay algo profundamente errado en el mundo, y lo más errado de todo es el estado.

Desde la perspectiva de Nock, es el estado el que deja afuera todo lo que es decente, hermoso, civilizado. Esto lo demuestra Nock, no a través de la deducción sino a través de historias tranquilas y entretenidas sobre lo rica, variada y productiva que puede ser la vida cuando el estado no interfiere.

En una sociedad sin estado, por ejemplo, la «corte de gustos y buena educación» sería quien guiara el funcionamiento de la sociedad, y esta «corte» tendría un papel mucho más grande en la sociedad que la ley, la legislación o la religión. Si esa corte no estuviera funcionando porque la gente es demasiado incivilizada o demasiado mal educada como para mantenerla, no habría nada que el estado pudiera hacer para estimular a las personas. No importa cuan baja sea una civilización, solo puede ser llevada más abajo a través de la actividad del estado.
A pesar de ser un yankee de pura raza y de la vieja escuela, rechazaba por completo lo que pasó a convertirse en el rasgo que define su clase: el impulso de tratar de mejorar a los demás importunándolos y coaccionándolos:

«Una de las cosas más ofensivas acerca de la sociedad en la cual últimamente me encontraba era su monstruoso prurito por cambiar la gente. Me parecía una sociedad conformada por misionarios congénitos, evangelistas y propagandistas natos, volcada a re-estructurar, re-formar y estandarizar a la gente de acuerdo a un patrón inventado por ellos – y qué patrón ese, ¡Dios mío!, cuando uno se ponía a examinarlo. Me parece, en suma, una sociedad fundamental y profundamente mal educada. Experimentar un poco de ella fue suficiente para convencerme de que la herejía de Caín no dejaba de tener razón o mérito, y esa convicción pronto maduró en un gran horror contra cualquier intento de cambiar a alguien; o expresándome mejor, contra todo deseo de cambiar a alguien, porque eso es lo importante. El intento es relativamente insignificante quizás, porque por lo general se convierte en su propia perdición, pero en el momento en que uno desea cambiar a alguien, uno pasa a ser como los socialistas, vegetarianos, prohibicionistas; y esto, como dice Rabelais, ‘es terrible de pesar'».

En vista de estas posturas, difícilmente sorprende que no tuviera más que desprecio por la política, la cual, entonces y ahora, busca manejar no sólo a la sociedad sin también al pensamiento:

«Mi primera impresión de la política fue desfavorable; y mi falta de favor se incrementó al ir notando después que la gente que me rodeaba siempre hablaba de la política y de los políticos en tono de desprecio. Ello era comprensible. Si todo lo que yo había visto de manera casual… era de esencia política, si era parte integrante de llevar a cabo el gobierno del país, entonces, era obvio que una persona decente no podía encontrar un lugar en la política, ni siquiera el lugar de un votante ordinario, porque las fuerzas de la ignorancia, la brutalidad y la indecencia la superarían en número de diez a uno.»

Sin embargo, con la infalible aptitud de Nock para el radicalismo, su lógica lo lleva a avanzar por el camino del anarquista:

«No obstante, aquí había una anomalía. Se suponía que respetáramos a nuestro gobierno y sus leyes, pero todo indicaba que quienes estaban a cargo de la conducción del gobierno, de la elaboración de sus leyes, eran los cerdos más terribles; desde luego, las propias condiciones de su cargo, les impedían ser otra cosa.»

Nock puede sorprender a los lectores que se creen capaces de anticipar las parcialidades de un anarquista tradicional. A veces, los aristócratas derechistas del viejo estilo que se extienden elocuentemente al expresarse sobre las virtudes de la tradición, caen en extraños hábitos izquierdistas de alabar en demasía al medio ambiente como algo glorioso y virtuoso por si mismo y que de alguna forma se merece que lo dejen tranquilo. Nock no tenía ningún interés en esta rara desviación. Fijémonos en su experiencia con los bosques y la naturaleza:

«En esos años [viviendo en áreas rurales] indubitablemente construí y fortifiqué la singular inmunidad contra la enfermedad y la dolencia que habían durado toda mi vida; pero también en esos años, mi indiferencia congénita hacia la naturaleza en el paisaje salvaje y natural, rocas, arroyuelos, bosques y colinas de santuario, se endureció hasta convertirse en una aversión permanente. Como los Goncourts, sólo puedo ver a la naturaleza como enemigo; un enemigo muy respetado, pero enemigo. ‘Soy amante del conocimiento’, dijo Sócrates, ‘y los hombres que viven en la ciudad son mis maestros, y no los árboles o el campo.'»

Así, Nock no era en modo alguno un Tory (conservador) estadounidense, aunque su visión cultural era tan intelectual como la de cualquier aristócrata terrateniente. Es más, contrariamente a los anarquistas socialistas y a la mayoría de los conservadores de hoy, Nock entendía y creía en la importancia crucial, incluso en la centralidad, de la libertad económica:

«Si se estableciera un régimen de completa libertad económica, a éste le seguiría automáticamente la libertad social y política; y hasta que el mismo se establezca, no puede haber libertad social ni política. Aquí nos percatamos de la razón por la que el Estado jamás tolerará el establecimiento de la libertad económica. Con el ánimo del más puro fraude consciente, el Estado le ofrecerá en todo momento a su pueblo ‘cuatro libertades’, o seis, o cualquier número; pero jamás les dejará tener libertad económica. Si lo hiciera, estaría firmando su propia sentencia de muerte, porque, como lo dijo Lenin, ‘es tonto cualquier intento de conciliar el Estado con la libertad.’ Siendo nuestro sistema económico lo que es, y siendo el Estado lo que es, toda la palabrería a las masas sobre los ‘pueblos libres’ y las ‘democracias libres’ no es más que un cúmulo de payasadas vulgares».

De hecho, él incluso entendía puntos de economía que la mayoría de los conservadores actuales han perdido totalmente. Este es Nock, comentando sobre la economía de burbuja de la década de 1920:

«Muchos sin duda recordarán la ‘nueva economía’ incubada en el ejercicio del consulado del señor Coolidge, por la cual se demostraba incuestionablemente que el crédito se podía acumular en pirámide sobre el crédito indefinidamente, y que todas las manos podían enriquecerse sin que nadie realizara ningún trabajo. Entonces, cuando esta teoría seductora explotó con un sonoro reporte en 1929, empezamos a escuchar acerca de la economía de la escasez, la economía de la abundancia, y luego apareció el más endiablado de los ‘planes’, las nociones sobre reactivación (cebar la bomba) y las disquisiciones sobre la posibilidad de que una nación gastara todo para enriquecerse … Continuamente, desde 1918, la gente en todas partes ha estado pensando en términos de dinero, y no en términos de productos básicos; y esto ocurre a pesar de la más espectacular evidencia de que pensar así es una absoluta locura. La única vez que fui millonario, fue cuando me pasé unas pocas semanas en Alemania en 1923. Yo era el orgulloso poseedor de una cantidad alarmante de dinero, pero escasamente podía comprar algo con él».

Y, sobre la política fiscal:

«Otra noción extraña que impregna a pueblos enteros es que el Estado tiene dinero propio, y en ningún otro lado está más arraigado este absurdo que en los Estados Unidos. El Estado no tiene dinero. No produce nada. Su existencia es meramente parasítica, mantenida por la tributación; es decir, mediante impuestos forzados sobre la producción de otros. El ‘Dinero del Gobierno’ sobre el cual oímos tanto en estos días, no existe; no hay tal cosa. A uno le parece especialmente gracioso ver con cuanta amplitud una ingenua ignorancia de este hecho subyace a las medidas perniciosas de la ‘seguridad social’ que le han sido impuestas al pueblo estadounidense. En varios planes de pensiones, de seguros contra enfermedad, accidente, desempleo y quien sabe qué, uno nota que se supone que el gobierno pague un monto determinado a un fondo, el empleador otro monto, y el trabajador otro tanto…. Pero el gobierno no paga nada, porque no tiene nada con que pagar. Al final la verdad de estos planes es que el trabajador se paga su propia parte directamente, paga la parte del patrono en el precio incrementado de productos, y paga la parte del gobierno, a través de los impuestos. El trabajador paga toda la factura, y cuando uno toma en cuenta además los costos desmedidamente incrementados del corretaje burocrático y el papeleo, uno ve que lo que el beneficiario trabajador obtiene del arreglo, es prácticamente la modalidad más costosa de seguro que se pudiera inventar de manera sistemática para mantener a sus promotores fuera de la cárcel».

Un especial aporte del libro de Nock lo constituye su amplia crítica de los movimientos de reforma previos al «Nuevo Trato» que culminaron en la Era Progresista. Aunque una vez se había identificado como un verdadero liberal en el sentido jeffersoniano, él seguía de cerca las primeras etapas de la corrupción del liberalismo, cuando éste pasó a significar no la libertad sino algo totalmente distinto. El vio el error esencial que el movimiento liberal estaba cometiendo:

«Los liberales, en general – puede haber algunas excepciones, pero no conozco de quienes se trata – participaron en la agitación por un impuesto sobre la renta, desatendiendo completamente el hecho de que ello significaba escribir el principio del absolutismo en la Constitución. Tampoco pensaron por un momento en los deplorables efectos sociales de un impuesto sobre la renta; yo nunca oí, ni una sola vez, que se discutiera este aspecto del asunto. Los liberales también tomaron parte activa en la promoción del movimiento ‘demócrata’ para la elección popular de los senadores. Desde luego no se necesitaba gran perspicacia para ver que estas dos medidas llevarían nuestros sistemas políticos directamente al colectivismo, tan pronto como algún Eúbulo, algún hombre de masas superdotado de sagacidad, maniobrara para posicionarse como líder popular; y como era de esperarse, esto no tardaría en suceder».

Con el tiempo, desde luego, el movimiento de la reforma liberal comenzó a adoptar una visión moderada de la retórica de clases y guerra de la Izquierda socialista, y mientras más persistía esta actitud, más se convertía el proceso político en una lucha no entre la libertad y el poder, sino entre dos versiones de estado dominante:

«Lo que yo veía era simplemente un forcejeo entre dos grupos de hombres de masas, uno grande y pobre, y el otro pequeño y rico, y a juzgar por los niveles de sociedad civilizada, ninguno de ellos más meritorio o prometedor que el otro. El objeto del forcejeo eran las ganancias materiales acumuladas gracias al control de la maquinaria del Estado. Es más fácil apropiarse de la riqueza que producirla; y mientras el estado se apropia de la riqueza bajo la forma de un privilegio legalizado, tanto más continuará la lucha por ese privilegio».

Desde el punto de vista de Nock, la Gran Depresión y las dos guerras mundiales le ensillaron a los Estados Unidos una nueva fe en el estado, y junto con ello vino un cambio en las lealtades de la gente, pasando de ellos mismos, sus familias y sus comunidades, al Gran Proyecto Nacional, sea lo que esto fuere. Hoy en día vemos la misma cosa, en la derecha y en la izquierda, cuando el cuestionar cualquier aspecto de la guerra contra el terrorismo te marca como hereje contra la religión nacional. Nock no tendría ninguna conexión con ello:

«Estoy profundamente agradecido porque en mis años de formación jamás tuve contacto con ninguna institución que estuviera bajo el control del Estado; ni en el colegio, ni en la universidad, ni siquiera en mis tres años de estudio irregular de postgrado. Jamás nadie intento indoctrinarme con visiones inspiradas en el Estado – o, de hecho, con cualquier visión – de patriotismo o nacionalismo. Nunca me coaccionaron para rendirle culto a la bandera o a un héroe, jamás fui atrapado en ninguna avalancha de palabrería acerca del deber para con el país de uno, jamás fui pervertido por ninguno de los inventos rutinarios empollados por sinvergüenzas para inducir una devoción sintética por el territorio nativo de uno y lealtad a quienes ocupan sus empleos. Por tanto, cuando más tarde aparecieron ante mí los varios aspectos del patriotismo y del nacionalismo contemporáneo, mi mente estaba totalmente libre de prejuicios y mi visión de aquéllos no estuvo afectada por ninguna distorsión emocional».

Entonces, ¿qué es el patriotismo sino fe en el gobierno de uno? ¿Se puede considerar al patriotismo de alguna forma como virtud, para el hombre civilizado, y de ser así, en qué consiste? Consideremos este pasaje inmensamente poderoso:

«¿Qué es el patriotismo? ¿Lealtad a un punto en un mapa, marcado desde otros puntos mediante rayas azules o amarillas, el punto donde uno nació? Pero el nacimiento es mero accidente; de seguro, uno no es para nada responsable de haber nacido en este o ese punto. Flaubert vertió una corriente de ironía corrosiva sobre esta idea del patriotismo. ¿Es lealtad a un conjunto de empleados políticos, a un rey y su corte, un presidente y su burocracia, un parlamento, un congreso, un «Duce» o un «Fuhrer«, una «camorra» de comisarios? Yo diría que depende totalmente de cómo son los empleados y qué hacen. Ciertamente, nunca había visto a ninguno que atrajera mi lealtad; debería sentirme totalmente degradado si algún vez pensara que lo pudieran hacer. ¿Significa el patriotismo la lealtad a un sistema político y sus instituciones, constitucionales, autocráticas, republicanas, o lo que sea? Sin embargo, si hay algo que la historia ha dejado incuestionablemente en claro es que desde el punto de vista del individuo y su bienestar, éstos no son más que nombres. La realidad que a fin de cuentas encontramos encubierta por ellos, es la misma para todos por igual. Si al árbol se le conoce por sus frutos, lo que creo que se considera una buena y sólida doctrina, entonces el mérito peculiar de un sistema, si es que tiene alguno, debe aparecer reflejado en las cualidades y condiciones de la gente que vive bajo el mismo; y mirando a los pueblos y los sistemas del mundo, inevitablemente no encuentro la razón del porqué una persona tendría que ser leal a un sistema en vez de a otro. A primera vista podríamos ver que no existe gracia salvadora en ningún sistema. Cualquier mérito o demérito que se le atribuya a alguno de ellos radica en la forma en que es administrado.

«De manera tal que, cuando la gente habla de lealtad al país de uno, lo que hay que preguntarles es a qué se refieren. ¿Qué es el país de uno? El señor Jefferson dijo con desdén que los ‘comerciantes no tienen país; el simple punto donde se ubican no constituye un vínculo tan fuerte como aquél del cual derivan sus ganancias’. Pero uno podría preguntarse ¿Porqué tendría yo que tenerlo? Este motivo de patriotismo me parece perfectamente sensato, ¿y si resulta sensato para los comerciantes, porqué no para otros que no sean comerciantes? Si tiene validez con respecto a las ganancias materiales, ¿porqué no tenerla con respecto a las ganancias espirituales, las ganancias culturales, intelectuales y estéticas? Como principio general, debo señalar que el país de un hombre está donde más se respetan las cosas que él ama. Es posible que las circunstancias le hayan impedido poner pie alguna vez en ese país, pero sigue siendo el suyo».

En los primeros años de la república norteamericana, el patriotismo y la lealtad estaban fundamentalmente dirigidos al pueblo o al condado de uno, dadas las altas probabilidades de ser este el lugar donde más se respeta lo que uno más ama. Algo como el patriotismo nacional era desconocido. Éste surgió impuesto bajo la consolidación. Conforme a la actual visión conservadora del patriotismo, de que nuestros amores deben ser dictados por el estado, no habría argumento contra la idea de que debemos ser patriotas para con la OTAN o las Naciones Unidas. Nock tenía lo siguiente que decir acerca de la consolidación global:

«Algunos de los espíritus más aventureros, aparentemente bajo los efectos de la inspiración del señor Wilson, llegaron incluso a proponer que se educara a toda la humanidad para establecer un Estado Mundial que sustituiría al Estado nacionalista separatista; bajo el principio, al parecer, de que si una cucharada de ácido prúsico te mata, la botella es precisamente lo que necesitas para que te haga mucho bien».

Nock también sería un disidente de la Derecha de hoy en materia de la libertad de asociación, la cual veía como la verdadera esencia de la propia libertad.

«Sé, no obstante, que el problema de la no minoría en cualquier lugar puede arreglarse, con la precondición de que se establezcan dos preliminares. Primero, que el principio de la igualdad ante la ley se mantenga sin subterfugio y con el mayor vigor. Segundo, que este principio sea definitivamente entendido como no portador de implicaciones sociales de ningún tipo. ‘Yo compraré contigo, venderé contigo, hablaré contigo, caminaré contigo, etc.’, dijo Shylock, ‘pero yo no comeré contigo, no beberé contigo, ni rezaré contigo’. Estas dos preliminares exigen una concepción de los derechos naturales y legales mucho más clara de la que creo que alguna vez prevalezca en los Estados Unidos».

A veces se nos presenta a Nock como un hombre sombrío, desesperanzado con respecto a su país. Parece haber verdad en ello, pero lo que más impresiona es la forma como se las arregló para mantener su frente en alto y encontrar una alegría personal en la lucha contra el mal, o por lo menos, exponiéndolo al máximo posible.

«Todo lo que he hecho para lograr una vida feliz, ha sido seguir mi nariz… Aprendí temprano con Thoreau que el hombre es rico en proporción al número de cosas que puede permitirse dejar en paz; y en vista de ello, siempre me he considerado extremadamente adinerado. Todo lo que alguna vez le pedí a la vida fue la libertad para pensar y decir exactamente lo que yo quisiera, cuando quisiera, y como quisiera. Siempre he tenido esa libertad, con una inmensa cantidad de ñapa sin compromisos; y habiéndola tenido, siempre sentí que bien podía darme el lujo de dejar a todo lo demás en paz. Es cierto que uno nunca puede obtener algo por nada; es verdad que en una sociedad como la nuestra quien toma el curso que yo he tomado debe reconciliarse con el estatus de un hombre superfluo; pero a mí el precio no me parece en modo alguno exorbitante y lo he pagado gustosamente, sin sombra de duda de que estaba obteniendo una buena ganga.»

Hay aspectos de Nock que llaman a la corrección. Sus impresiones con respecto al matrimonio y a la familia son muy poco convencionales, por ejemplo, y a veces lleva muy lejos su noción del «sobrante», pareciendo apoyar la pasividad ante un despotismo en crecimiento. Se rehusó a unirse a los movimientos antibélicos, no porque estuviera en desacuerdo con su meta, sino por que no creía que su participación hiciera ningún bien.

Mas aquí es donde su ejemplo es más instructivo que su teoría, Nock luchó contra el estado con las armas más poderosas que tenía: su mente y su pluma. A pesar de su afirmación, el no era superfluo en modo alguno, sin esencial, incluso indispensable, como los son todos los grandes intelectuales libertarios.

Pásele las «Memorias» a un estudiante de veinte años y usted tendrá una buena oportunidad de armarlo contra toda una vida de necedades, bien sea que provengan de la tediosa Izquierda que ama la redistribución y el colectivismo, o de la fraudulenta Derecha que está completamente ciega ante la imposibilidad de conciliar la guerra y el nacionalismo con el verdadero espíritu de libertad estadounidense.


Publicado originalmente el 12 de octubre de 2007. Traducido del inglés por Andrea Rondón. El artículo original se encuentra aquí.

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