Por qué el libertario debe ser provida

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El libertarismo es una filosofía política que se basa en el principio llamado «axioma de no agresión».

El credo libertario descansa sobre un axioma central: ningún hombre ni grupo de hombres puede cometer una agresión contra la persona o la propiedad de alguna otra persona. A esto se lo puede llamar el «axioma de No-Agresión». «Agresión» se define como el inicio del uso o amenaza de uso de la violencia física contra la persona o propiedad de otro. (Rothbard, 1995, p. 39).

El libertario pro vida considera el aborto provocado como criminal porque reconoce que viola este principio al iniciar la máxima expresión de la violencia física, el asesinato, contra una persona aún nonacida.

Aquel que se considera libertario y a la vez defiende la despenalización del aborto lo hace tratando de escapar de las restricciones de este principio usando una serie de argumentos acumulativos.

La finalidad de este ensayo es refutar todos esos argumentos, que estarán divididos en cuatro puntos, de la manera más clara, detallada y objetiva posible con el fin de demostrar que realmente el libertario debe ser pro vida si quiere ser coherente con los principios que defiende el liberalismo.

1. El no-nacido no es una persona y por lo tanto se puede iniciar violencia contra él.

¿Qué es una persona? Si nos fijamos en la Real Academia Española (2020) encontramos que su primera definición es “individuo de la especie humana”, por lo que en ese caso para responder la pregunta tendríamos que determinar si el no-nacido es un individuo de la especie humana desde la concepción, pero dado que cuando hablamos de penalización o despenalización hablamos de derecho jurídico nos interesa la otra definición que nos otorga la RAE: “Sujeto de derecho.” (ibíd.).

¿Para el libertarismo quien es sujeto de derecho?

Desde su origen en John Locke el liberalismo se ubicó en la tradición iusnaturalista de los derechos, esto significa conceptualizar los derechos como independientes de los dictámenes del estado y la ley escrita; no como una creación artificial humana sino como una realidad ontológica inherente a la naturaleza humana. Si los derechos son inherentes a la naturaleza humana y no a otra naturaleza significa que el ser humano es el único capaz de ser sujeto de derecho, y lo es en función de su pertenencia a la especie humana. Murray Rothbard (1995), autor del manifiesto libertario, escribe:

El hombre tiene derechos porque son derechos naturales. Se fundamentan en su propia naturaleza (…) Los derechos naturales, como hemos venido subrayando, son absolutos, pero hay un aspecto en el que son relativos: son relativos a la especie humana. Una ética de los derechos para el género humano es esto cabalmente: es una ética para todos los hombres, con independencia de la raza, la religión, el color o el sexo. Es una ética para la especie hombre. (p. 221)

Que los derechos se fundamentan en la naturaleza humana es una conclusión que deriva de observar que de manera natural los seres humanos tienen unas cualidades, principalmente la voluntad y el raciocinio, que son mecanismos exclusivos de su especie para sobrevivir, organizarse y progresar, y que la única forma de ejercer estas cualidades efectivamente es mediante los derechos. “Los derechos son condiciones de la existencia requeridas por la naturaleza del hombre para sobrevivir de manera adecuada.” (Rand, 2006, p. 137)

En el caso de Kant (2003) la exclusividad de los derechos del ser humano esta explicada también en su capacidad de moralidad, que no es independiente del raciocinio:

La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo; porque sólo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así, pues, la moralidad y la humanidad en cuanto que ésta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad (pp. 74-75)

La gran mayoría de los autores que dieron forma al libertarismo han defendido esta concepción de los derechos de manera similar, el ya nombrado Locke (2006) escribe en su segundo tratado:

El estado de naturaleza tiene una ley de naturaleza que lo gobierna y que obliga a todos; y la razón, que es esa ley, enseña que siendo todos los hombres iguales ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones (p. 12)

En la obra más famosa de Bastiat (2009) encontramos:

Hemos recibido de Dios el don que los encierra a todos, la vida: la vida física, intelectual y moral. Pero la vida no se sostiene por sí misma. Quien nos la dio nos dejó el cuidado de mantenerla, desarrollarla y perfeccionarla. Para ello nos ha dotado de un conjunto de facultades maravillosas; nos ha sumergido en un medio de elementos diversos. Mediante la aplicación de nuestras facultades a estos elementos se realiza el fenómeno de la asimilación, de la apropiación, por el que la vida recorre el círculo que le ha sido asignado. Existencia, facultades, asimilación — en otros términos, personalidad, libertad, propiedad—, tal es el hombre. De estas tres cosas puede decirse, al margen de toda sutileza demagógica, que son anteriores y superiores a toda legislación humana. La personalidad, la libertad y la propiedad no existen porque los hombres hayan proclamado las leyes, sino que, por el contrario, los hombres promulgan leyes porque la personalidad, la libertad y la propiedad existen. (p. 181)

Bastiat, como muchos de los integrantes de la corriente liberal clásica, tiene una gran trasfondo teológico, por eso encuentra el origen de la naturaleza humana en un creador, al igual que lo hace la declaración de independencia de Estados Unidos (1776), quizá el documento gubernamental más libertario de la historia: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”

Al respecto Rand (2006) aclara:

El hecho de que se crea que el hombre es producto de un Creador o de la naturaleza, es decir, la cuestión del origen del ser humano, no altera el hecho de que es una entidad de tipo específico, un ser racional, que no puede funcionar con éxito si se halla bajo coerción, y que los derechos son una condición necesaria de su forma particular de supervivencia. (p. 137)

De esta manera demostró que la defensa de los derechos naturales se puede dar desde una perspectiva completamente atea como la suya, mientras los derechos se apoyen en la naturaleza racional del hombre como punto de origen no importa de dónde provenga esa naturaleza.

Otros autores asociados al libertarismo y defensores del derecho natural son: Nozick, Machan, Hoppe, Kirzner, Rockwell, De Toqueville, Burke, Acton, Montesquieu, Jefferson, Spencer, Spooner, etc.

Aunque no defiendan un mismo sistema de gobierno todos concuerdan con que no es este el que otorga derechos a los ciudadanos sino que se fundan en la propia naturaleza del individuo humano. Si los derechos se fundan en la naturaleza humana significa que no es la arbitrariedad del Estado, ni la Ley vigente, los que deciden quien es sujeto de derecho sino que todo ser humano lo es porque de manera inherente posee derechos.

Entonces después de este repaso de literatura libertaria podemos volver a concluir lo mismo que habíamos hecho con la simple definición de diccionario, si queremos saber si el no-nacido es persona, y por tanto protegido por el principio de no agresión, debemos determinar su pertenencia a la especie humana.

En este momento pueden surgir dos objeciones, la primera es que los diferentes defensores del derecho natural lo hacen en base a una serie de cualidades exclusivas del ser humano como el raciocinio y la voluntad, pero estas cualidades no se encuentran en todo miembro de la especie humana, los niños ya nacidos no las tienen y menos los que todavía no nacen. Pero esta objeción se responde fácil señalando que cuando se habla de «naturaleza humana» no se hace referencia al acto de ejercer las cualidades que son propias del ser humano, sino a la potencialidad de adquirirlas de manera natural. Un niño no hace uso de razón pero su naturaleza es racional. Ya desde el origen del liberalismo Locke (2006) señala esto: “De manera que cuando nacemos somos libres, y somos también racionales; mas ello no quiere decir que ejerzamos ninguna de estas facultades. Es la edad la que, al traer una de ellas consigo trae también la otra.” (p. 64). Milton Friedman (1982):“Los niños son individuos responsables en desarrollo, un creyente en la libertad cree en proteger sus derechos definitivos.” (p. 35) Y Rothbard (1995) también respondiendo al hecho de que los niños durante esa etapa de su vida se encuentran igual de impedidos que los animales para tomar decisiones racionales dice: “si se arguye que tampoco los bebés pueden hacerlo, la réplica es que llegará el día en que lo harán, en que serán personas humanas adultas, y los animales no”. Queda entendido entonces que los derechos naturales se basan en el potencial de la naturaleza humana y no en un acto especifico, por lo que la sola pertenencia a la especie humana sigue siendo criterio valido para definir a una persona.

La segunda objeción implica un desarrollo más largo, y es la siguiente: ¿qué pasa con el libertario que no comparte la visión iusnaturalista de los derechos? Después de todo a diferencia de los iusnaturalistas , los utilitaristas —Mises, Mill— no creen que existan principios objetivos que fundamenten el derecho más allá de la utilidad social que estos conllevan, bien podrían determinar que considerar sujeto de derecho a todo ser humano es un detrimento al bienestar social general y por lo tanto oponerse. Dado que el utilitarismo podría rechazar incluso el principio de no agresión en que se basa toda la argumentación de este ensayo, vamos a dejar su análisis para el final.

Existe sin embargo un autor libertario que rechaza tanto el iusnaturalismo como el utilitarismo: Friedrich Hayek. Sin embargo su postura no solo es compatible con la definición iusnaturalista de persona sino que demuestra lo sólida que es esta.

Claramente Hayek rechaza el iusnaturalismo al decir “no existen justificaciones para representar las normas de recta conducta como naturales en el sentido de que formen parte de un orden de cosas externo o eterno, o como basadas permanentemente en una inmutable naturaleza del hombre” (Hayek, 2006, p. 258), la razón de esto es porque esencialmente Hayek es un subjetivista “Por mucho que nos desagrade nos veremos obligados a concluir que no está al alcance del hombre establecer ningún sistema ético que pueda gozar de validez universal.” (Hayek, 2010, pp. 53-54). Esto se debe a que según su visión el ser humano no está capacitado para comprender las infinitas variables que entran en juego a la hora de construir un sistema ético “ninguna mente humana, ni por tanto ninguna actividad deliberadamente dirigida, será capaz de tomar en consideración la multitud de hechos particulares que, si bien son conocidos por algunos miembros de la colectividad, en su totalidad nunca se encuentran al alcance de nadie en particular.” (Hayek, 2006, p. 35). En su lugar Hayek defiende la evolución cultural como mecanismo de selección de sistemas éticos “Todo lo que podemos saber es que la última decisión acerca de lo que es bueno o lo malo no será hecha por un discernimiento humano individual, sino por la decadencia de los grupos que se hayan adherido a las creencias «equivocadas»” (Hayek, 2014, p. 63). Dentro de este marco los derechos son el resultado de la selección a través del tiempo de grupos que se aplicaron a normas de conducta más aptas que otros para la supervivencia y el desarrollo, o: “prosperaron en mayor medida aquellos colectivos que, sometiéndose a ellas, lograron disponer de más eficaces esquemas de comportamiento” (Hayek, 2010, p. 53)

En conclusión el proceso por el cual se establece el derecho o las «normas de recta conducta» en una sociedad depende de que los efectos de dichas normas sean beneficiosos para esa sociedad, independientemente de que los individuos puedan dar cuenta de los motivos por lo que esto sucede. Pero de ser así ¿cuál es la función del debate filosófico? Pareciera que Hayek nos llama a ser sujetos pasivos que, al asumir nuestro limitado conocimiento, aceptemos cualquier norma o designio jurídico, ya que hasta no ser aplicado no sabremos si es beneficioso para nuestra sociedad.

Pero no es así, Hayek nos da la clave para la crítica de cualquier sistema ético:

Toda crítica de normas debe ser inmanente, queremos decir que el criterio por el que cabe juzgar la adecuación de una norma particular será siempre otra norma que, a tal efecto, se considera incuestionada. (…) Nunca podemos reducir un sistema de normas o todos los valores como un todo a una construcción intencional; antes bien, nuestra crítica deberá siempre detenerse ante algo cuya justificación sea precisamente el fundamento aceptado de esa tradición. Así, pues, únicamente podemos examinar una parte del todo en función de dicho todo que no podemos reconstruir por entero y que en su mayor parte hemos de aceptar sin someter a examen (Hayek, 2006, pp. 212-213)

La clave de la crítica está en mantener la coherencia con los principios ya aceptados de un sistema ético particular, no porque estos principios sean objetivos, sino porque debido a su efectividad existe un consenso entre los defensores de esa ética.

Esta también es la clave para defender la concepción iusnaturalista de persona no solo dentro de las distintas ramas de libertarismo sino también frente a aquellos que no se consideran como tales, ya que se trata de una concepción que fue tan esencial para el desarrollo de la civilización moderna que es aceptada por la gente en general; incluso un documento tan aprobado a nivel internacional como la declaración universal de los derecho humanos proclama que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. (ONU, 1948). El problema es que las personas tienden a ser inconsistentes con los principios en los que creen si suponen que con esto pueden conseguir beneficios inmediatos.

Es evidente que la definición de persona tal como lo aceptamos en occidente es la de individuo perteneciente a la especie humana, no por nada así se encuentra en el diccionario. Si bien el derecho reconoce la existencia de «personas jurídicas», que son colectivos susceptibles a adquirir derechos y obligaciones —como las fundaciones y corporaciones— , estas siempre están precedidas por las «personas físicas», que son los individuos humanos que las componen “Las únicas personas que tienen existencia, estrictamente hablando, son los seres humanos individuales y concretos.” (Enciclopedia jurídica, 2020).

El que quiera negar esta noción de persona descubrirá que se encuentra atado a una concepción que sobrevivió evolutivamente en la civilización occidental debido a su efectividad y que no puede desprenderse de ella sin generar incoherencias ni contradicciones internas dentro de su propio sistema moral.

En la pluralidad de definiciones alternativas de persona que se han ido proponiendo se ha tratado de argumentar que no es la especie lo que define a una persona sino su capacidad de sentir dolor, o tener intereses, o tener conciencia, o tener raciocinio, o sobrevivir por su cuenta, etc.; pero todo esto sin atreverse a defender su conclusión contra reciproca: si un ser humano adulto se encuentra imposibilitado para ejercer estas cualidades, ya sea porque se encuentre inconsciente, en coma, o incluso profundamente dormido, entonces no es una persona y por lo tanto es factible quitarle la vida sin consecuencias legales.

Como salvaguarda se ha tratado de argumentar que, aunque las cualidades no se ejerzan, sí existen las estructuras neurológicas que las permiten. Pero esto se trata de una característica formal, de ningún modo sustancial. Dado que las estructuras neurológicas se desarrollan gradualmente utilizarlas como criterio implicaría también una gradación de«personalidad»,llevándonos no solo a tener suponer que hay «personas que son menos persona que otras», sino a incluir en esta categoría a un gran grupo de seres humanos,que, desde la concepción hasta ya algunos años de nacidos, tienen estructuras neurológicas mucho menos capacitadas para realizar procesos cognitivos que las que tienen algunos animales; un bebe recién nacido tranquilamente puede ser considerado menos persona que un cerdo o una rata.

Esto además de entrar en conflicto con consideraciones morales, también es incoherente con el derecho a la vida —la “fuente de todos los derechos” (Rand, 2006, p. 136)—, ya que por lógica no se puede graduar, no se puede tener un poco de derecho a la vida o mucho derecho a la vida, o se tiene o no se tiene, pero otorgar este derecho, que subyace en el título de persona, con reparo a características formales nos lleva a tener que aceptar esas incoherencias, y no solo esto, sino a otorgar al capricho de los gobernantes de turno el poder para definir el grado de desarrollo neurológico aceptable para ser considerado persona. Y, debido a que desde la concepción a la muerte natural no existen saltos cualitativos en el desarrollo del ser humano, cualquier delimitación legislativa es arbitraria e insostenible.

De ello se desprende la dificultad que tienen las posturas pro aborto para mantener una homogeneidad en su concepción de persona. Utilizando como criterio la conciencia, la capacidad de sentir dolor, la autonomía del feto, o ignorando cualquier criterio si la concepción ocurrió por una violación, tienen fechas tan dispares como la semana 12, la 14, 24, o directamente hasta el nacimiento mismo para aceptar el surgimiento de una persona con su adyacente derecho a no ser asesinada.

A fin de cuentas aunque el adulto que se halla inconsciente tenga el desarrollo neurológico suficiente para satisfacer al pro aborto que analice el caso, sus cualidades en acto siguen siendo nulas, son sus cualidades en potencia las que son plenas (y no en todos los casos). La verdadera defensa de su personalidad no está en sus cualidades actuales sino en la potencialidad de adquirir y/o utilizar esas cualidades de manera natural, que es exactamente lo que defiende el iusnaturalismo al defender la naturaleza racional humana, y lo que nos impulsa a los libertarios a respetar toda vida humana sin reparos en sus capacidades.

En el caso de remplazar la racionalidad por alguna otra cualidad potencial que sí posean otras especies distintas de la humana, como la capacidad de sentir dolor, ampliaríamos la definición de persona más allá de la especie humana; no la reduciríamos a solo alguno de sus miembros como busca hacer la doctrina abortista. Una proposición así puede ser discutida, más debido a que no entra en conflicto con la postura pro vida no se lo va a analizar aquí.

Con esto concluye la demostración del concepto de persona que un libertario defiende —o debería defender— , el iusnaturalismo nos ofrece la mejor definición: individuo perteneciente a la especie humana. No solo porque defiende la dignidad de todo ser humano, independientemente de la subjetividad y arbitrariedad del Estado y la ley escrita, sino también porque evolutivamente ha demostrado su efectividad al instaurarse dentro de todos los sistemas judiciales de occidente e incluso dentro de las concepciones morales de los individuos en general.

Ahora la secuencia argumental se desprende de la filosofía libertaria y pasa a centrarse en las ciencias duras, ya que definimos a persona como individuo de la especie humana debemos determinar si el no-nacido lo es y desde cuándo.

El comienzo de la vida humana

Jerome Lejune, padre de la genética moderna, una vez dijo: “Aceptar el hecho de que luego de que la fertilización ha ocurrido un nuevo humano ha cobrado vida no es más un hecho de parecer u opinión. La naturaleza humana del ser humano desde la concepción hasta la senescencia no es una contención metafísica; es simple evidencia experimental”. (1981, Senado de los Estados Unidos)

Sin embargo quienes tratan de implementar su agenda abortista, científicos incluidos, han llegado a descartar la ciencia a la hora de definir lo que es un ser humano, planteándolo como una cuestión metafísica, sociológica o hasta incluso teológica, pero esto es falso y evasivo. La ciencia, —en especial la genética y la embriología que han tenido avances impresionantes en las últimas décadas— está capacitada para definir tanto a los individuos: “todo ente biológico es un individuo cuando es un organismo, es decir, una entidad integrada por estructuras y funciones, cualquiera que sea su grado de complejidad” (Caspar, 1985, p. 148) Como a la especie humana “Cada tipo de organismo vivo tiene un número específico y un tipo de cromosomas que son característicos de cada miembro de una especie. (El número puede variar solo ligeramente si el organismo va a sobrevivir). El número característico de cromosomas para un miembro de la especie humana es cuarenta y seis” (Irving, 1999), y desde luego que un individuo perteneciente a la especie humana no es otra cosa que un ser humano.

“Casi todos los animales superiores comienzan su vida desde una sola célula, el óvulo fertilizado (cigoto)… El momento de la fertilización representa el punto de partida en la historia de vida, u ontogenia, del individuo”. (Carlson, 1996, p. 3).

“Un embrión, un nuevo ser humano, viene a la vida cuando un zigoto es producido en la fertilización por la combinación de un espermatozoide y un óvulo”. (Moore, Torchia y Persaud, 2015, p. 2)

“El desarrollo de un ser humano comienza con la fertilización, un proceso mediante el cual el espermatozoide del macho y el ovocito de la hembra se unen para dar lugar a un nuevo organismo, el cigoto”. (Sadler, 1995, p. 3)

“La fecundación es un proceso por el cual dos células sexuales (gametos) se fusionan para crear un nuevo individuo con un genoma derivado de ambos padres”. (Gilbert, 2005, p. 197)

“El ser humano se forma genéticamente a nivel molecular, citológico y probabilístico al fusionarse los dos gametos masculino y femenino y estructurar un zigoto que es la célula primordial que contiene todos los genotipos originales a partir de los cuales se desarrollara la vida del nuevo ser”. (Cruz-Coke, 1980, p. 124)

Estas son solo algunas citas de las que se pueden encontrar en cualquier paper o manual de embriología serio, y demuestran el consenso científico respecto a la existencia del ser humano. Quien intenta apartar la ciencia de la discusión lo hace al confundir el término “ser humano” que es una realidad objetiva y observable, con “persona” que efectivamente depende de consideraciones subjetivas que deben ser estudiadas con perspectivas más filosóficas. Pero dado que determinamos que tanto libertarios como no libertarios consideran —incluso inconscientemente para el disgusto de muchos— a todo ser humano como persona, podemos determinar el comienzo de la existencia de ambos mediante criterios científicos.

Para no terminar la sección ignorando interpretaciones que, si bien erróneas, pueden ser sincera ignorancia y no solo rechazo ideológico de la ciencia establecida, se va a responder algunas de las objeciones más escuchadas:

Error 1: Si utilizamos el criterio genético para determinar la existencia del ser humano, entonces los tumores, los órganos o hasta los cabellos son seres humanos porque poseen ADN humano.

Respuesta: El ser humano es un individuo perteneciente a la especie humana, los tumores, órganos y cabellos tienen ADN humano pero no son individuos, son partes de un ser humano, pero no son seres humanos.

Error 2: Los espermatozoides son individuos con ADN humano, por lo tanto también son seres humanos.

Respuesta: Los espermatozoides tienen la mitad de los cromosomas que determinan a la especie humana, por lo tanto no son seres humanos.

Error 3: hasta los 14 días de su concepción existe la posibilidad, remota pero real, de que un embrión pueda desprender dos individuos (gemelación), por lo tanto antes de esa fecha no existe un individuo así que es incorrecto hablar de ser humano desde la concepción.

Respuesta: Si bien etimológicamente individuo significa «indivisible», biológicamente tiene otro significado, de lo contrario animales unicelulares como amebas y bacterias, que sólo se reproducen por división, al igual que numerosas plantas, no podrían ser considerados individuos. También, Si tomamos en cuenta los avances en las técnicas de clonación, el uso etimológico de la palabra llevaría a aceptar que el adulto a partir de cuya célula se generara un clon no sería en realidad un «individuo» y por eso, en última instancia, ningún ser humano sería un individuo.

Todos estos conflictos se resuelven gracias al filósofo y premio Nobel Henri Bergson (1973), quien explica que:

Para tener derecho a hablar de individualidad, no es necesario que el organismo no pueda escindirse en fragmentos viables. Basta con que ese organismo haya presentado cierta sistematización de partes antes de la fragmentación y que esa misma sistematización tienda a reproducirse en los fragmentos, una vez aislados (p. 26).

Dado que los embriones gemelos poseen exactamente la misma sistematización respecto a su desarrollo que la que hubiera tenido el embrión original de no haberse dividido, podemos asegurar que antes del día 14 ya existía un individuo, un individuo perteneciente a la especie humana y por lo tanto un ser humano.

Error 4: El no-nacido es estrictamente dependiente de la madre por lo que no es un individuo, por lo tanto tampoco ser humano.

Respuesta: la dependencia es irrelevante en cuanto a la individualidad ya que hasta los parásitos siguen siendo individuos biológicamente hablando. La dependencia respecto al ambiente se da en todo ser vivo en cualquier etapa de su desarrollo. En los primeros meses de vida de los mamíferos su ambiente obligatorio es el útero materno, pero esto no tiene nada que ver con la individualidad del organismo, acaso tendrá que ver con el derecho que puede ejercer la madre sobre el cuerpo que la habita, pero ese es un argumento moral y no científico, que se tratara posteriormente.

No es la anidación lo que hace al embrión ser un embrión, como no es la leche materna lo que hace del niño un niño, pese a que el embrión y el niño no sobrevivirán sin anidación y sin leche. El embrión tiene en si el principio constitutivo del propio ser, aunque dependa extrínsecamente del útero (Sgreccia, 1998, p. 374).

Error 5: el ser humano es individuo solo cuando es viable fuera del útero materno Respuesta: este argumento asume que la individualidad depende de la viabilidad, en ese caso un adulto cuya vida sea naturalmente inviable, aunque artificialmente sostenible, como cualquier accidentado que se encuentre conectado a cualquier máquina de soporte vital, también dejarían de ser un individuo y por consiguiente no se trataría de un ser humano.

Error 6: El no-nacido es demasiado semejante a los nonatos de otras especies durante gran parte de su desarrollo intrauterino, solo cuando adquiere características observables particulares de la especie humana se puede decir que hablamos de un ser humano.

Respuesta: Este error es más normal de lo que parece, y si bien no es esgrimido de manera articulada, si es defendido a nivel psicológico de la manera siguiente: «la imagen del embrión no concuerda con la imagen mental que poseo sobre los seres humanos, por consiguiente el embrión no es un ser humano». No hace falta aclarar que esto no se trata más que de un psicologismo y que a la ciencia no le importan las interpretaciones subjetivistas y superficiales, no sería pertinente siquiera agregarlo como un error importante de responder, de no ser por el hecho de que antiguamente sí llego a considerarse una argumentación valida. La llamada «Teoría de recapitulación» expuesta por el naturalista Ernst Haeckel (1866) afirmaba que “La ontogenia es una breve y rápida recapitulación de la filogenia” (p. 300), o en otras palabras que un embrión para poder convertirse en ser humano debía primero ser parte de las otras especies inferiores, una a la vez, lo cual se podía identificar debido a su apariencia. Con el avance de la ciencia y con el descubrimiento del genoma humano es fácil darse cuenta porque una teoría así no posee ya validez, sin embargo es curioso como inconscientemente muchos defensores del aborto siguen pensando de manera similar a la hora de negar la humanidad del no-nacido.

2. El no-nacido es una persona, pero el aborto es violencia defensiva, la cual no viola el principio de no agresión ya que este solo se opone al inicio de la violencia y no su uso como respuesta defensiva.

El principio de no agresión no es un principio «Tolstoiano» que se oponga a toda violencia, sino que permite su uso bajo lo que se conoce como «Legítima defensa»

Ayn Rand (2006) escribe “la fuerza únicamente puede usarse como represalia, y sólo contra quienes inicien su uso” (p. 155). Y Rothbard (1995) expone en su libro «La ética de la libertad» “Si todas las personas tienen derecho absoluto a sus propiedades legítimamente adquiridas, se sigue que lo tienen también a conservarlas, esto es, a defenderlas, incluso mediante el recurso a la fuerza, contra invasiones violentas” (p. 121).

De este principio se sigue que Rothbard, a pesar de ser un ávido defensor de los derechos naturales, permita el aborto.

En la mayoría de los casos, los fetos se encuentran en el seno materno con consentimiento de las madres. Ahora bien, si una mujer no desea que se prolongue esta situación, el feto se convierte en «invasor» de su persona y la madre tendría perfecto derecho a expulsarlo de sus dominios (Rothbard, 1995, p. 147).

Con este argumento Rothbard no pone en duda la personalidad del no-nacido, pero si no es deseado le otorga el título de invasor y por lo tanto lo considera un iniciador de violencia contra la propiedad ajena (el cuerpo de la madre) al que también se le puede responder con violencia.

Podríamos preguntarnos si es justa la equiparación del no nacido con un iniciador de violencia, siendo que este todavía no tiene voluntad y por consiguiente no puede tener intención criminal. El mismo Rothbard (1995) exclama que “Nunca se puede recurrir a la violencia contra quienes no son delincuentes, porque equivaldría a invadir los derechos de personas inocentes, lo que sería en sí mismo delictivo y no permisible” (p. 128). ¿Es entonces el no-nacido un delincuente, a pesar de que el no tuvo nada que ver con la circunstancia en la que se encuentra? ¿Existe algo más inocente que alguien que ni siquiera nació?

Pero dado que se puede sostener el argumento pro vida aun asumiendo la postura tan anti intuitiva de que el no-nacido es un delincuente violento vamos a ignorar esas preguntas y en cambio centrarnos en otra: aunque el no-nacido fuera un iniciador de violencia ¿es legítimo asesinarlo como método defensivo?

Pensemos en el caso de que un niño salte la cerca de nuestro terreno para buscar su pelota que ha caído allí dentro, ¿sería legítimo dispararle al descubrirlo porque se encontraba dentro de nuestra propiedad?

Sorpresivamente podemos responder esto con citas del mismo libro en el que Rothbard defiende el aborto.

Todos los seres humanos tienen derecho a la propiedad de sí mismos. ¿En qué argumentos nos apoyamos para decretar que la minúscula invasión de la propiedad de otro acarrea la pérdida total de la propiedad de sí mismo? Propongo otra norma fundamental respecto a los delitos: el delincuente o invasor pierde el derecho sobre sí mismo en la medida o la cuantía en que priva a otro ser humano de los suyos. Si un hombre arrebata a otro una parte de su autoposesión o del ámbito de sus propiedades físicas, pierde, hasta ese mismo límite, los derechos sobre sí mismo. De este principio se deriva inmediatamente la teoría de la proporcionalidad del castigo (Rothbard, 1995, p. 126).

De la teoría de la proporcionalidad se determina que no es lícito en el ejemplo asesinar al invasor porque la propiedad de los niños sobre si mismos vale más que la propiedad que tengamos sobre el espacio físico en el que se encuentran.

¿Y qué sucede en el caso del aborto? ¿La propiedad que tiene la madre sobre sí misma es menor a la que tiene el no-nacido sobre sí mismo? No, pero la cantidad de autoposesión que se arrebata es desproporcional. Mientras el hijo se encuentre en el vientre de su madre estará arrebatando parte de los nutrientes que esta ingiere y dificultando en menor o mayor grado el uso de sus propiedades físicas en general. Todo esto es una situación temporal, que se restablecerá al pasar el periodo de gestación. En cambio el aborto arrebata completamente la propiedad que tiene el hijo sobre sí mismo, elimina su vida, y es una acción definitiva que no tiene recuperación ni futuro alguno.

Si les parece injusto el balance podemos recurrir a otra cita del mismo libro que reza “Un delincuente sólo pierde su derecho a la vida si ha privado de este mismo derecho a su víctima” (Rothbard, 1995, p. 132). ¿Acaso el no-nacido tiene un rango moral menor al de un asesino que su derecho a la vida no debe ser respetado?

Es menester resaltar, para evitar confusiones, que el principio de no agresión equipara a la amenaza explícita de una acción con la acción propiamente dicha, es decir que el delincuente que nos asalta en medio de la calle y nos amenaza con quitarnos la vida si no le entregamos nuestro dinero, a efectos éticos ya nos ha quitado nuestro derecho a la vida por lo que se puede responder con fuerza letal de ser necesario. Por esta causa también es permisible el aborto en caso de que la madre se encuentre en riesgo de muerte a causa de ese embarazo.

Desde luego esto no significa que frente a cualquier complicación asesinar al no-nacido sea válido, como tampoco significa que ante la menor sospecha se le pueda disparar a un extraño: “sería grotesco y absolutamente delictivo disparar contra un hombre que camina por la otra acera porque su hosca mirada parece preludiar un ataque. El peligro tiene que ser inmediato y evidente, podríamos decir que «claro y presente»” (Rothbard, 1995, p. 125). Determinar si el peligro para la vida es inmediato y evidente depende de los profesionales, ya sea de la salud en el caso del embarazo, o jueces y fiscales en el caso de una acción defensiva. Es una discusión técnica que se debe dar en cada caso particular, el libertarismo defiende la existencia de casos justificables y no punibles.

Lo que el libertario no puede justificar es el asesinato de seres humanos por haber sido concebidos en una violación. Ya determinamos que todo ser humano es persona y por consiguiente tiene derecho a la vida. Pretender que algunos seres humanos no tengan este derecho por las condiciones en las que han sido concebidos no solo es defender el aborto sino también el homicidio de personas ya nacidas. Si ser concebido por una violación inhabilita el derecho a vivir ¿por qué esto cambiaría con el nacimiento?

Una postura así solo se puede sostener como una reacción sentimental frente al hecho monstruoso que representa una violación, pero la discusión ética no debe ser dirigida por los sentimientos. La violación de los derechos de un individuo no habilita a ese individuo a violar derechos ajenos, así como alguien al que lo han despojado violentamente de su propiedad no puede recuperarla despojando a un tercero de su propiedad a través de la agresión personal o indirectamente a través de un estado que lo indemnice.

Otro argumento que sostiene Rothbard para defender el aborto son los derechos negativos. Por lo general el libertario solo cree en la existencia del derecho a no ser interferido en sus acciones (obligaciones negativas) y nunca en el derecho a que alguien realice acciones por él (obligaciones positivas). Es por esto que alguien como Rothbard defiende que en una sociedad libertaria “a los padres les asistiría el derecho legal a no tener que alimentar al niño, esto es, a dejarle morir” (Rothbard, 1995, p. 150), allí ningún ser humano tendría derecho a ser mantenido con vida y por lo tanto “Si ningún ser humano ya nacido tiene tal derecho, menos aún lo tienen, a fortiori, los fetos” (Rothbard, 1995, p. 148).

Esta conceptualización le hace daño a la postura libertaria y sufre de dos errores fundamentales.

El primero es que en muchos casos el aborto no es la acción pasiva de dejar de alimentar al no-nacido, sino que es la acción activa de quitarle la vida. Hablamos de las intervenciones que son explícitamente asesinas, como los abortos quirúrgicos que desmiembran al no-nacido dentro del útero, las inyecciones salinas que los envenenan y las succiones que lo licúan en vida.

El segundo es que incluso en aquellos abortos «pasivos» como los abortos por evicción, en los que mediante drogas se estimula el desprendimiento prematuro del no-nacido, se está violando un principio que es propio de una sociedad libertaria llamado «Patria Potestad»

La patria potestad, también llamada responsabilidad parental, se define como el “conjunto de derechos y obligaciones que corresponden a los padres sobre los hijos menores no emancipados o incapacitados, con independencia de su filiación” (Enciclopedia Jurídica, 2020).

Dentro del conjunto de obligaciones se encuentra la de mantener a los hijos con vida, es decir, garantizar su subsistencia. Se trata de una obligación positiva que tienen los padres para con los hijos, y al tratarse de una obligación positiva, tanto Rothbard como otros libertarios están preventivamente inclinados a oponérsele.

Sin embargo es preciso señalar que en realidad todo libertario defiende la existencia de obligaciones positivas: si una persona daña la propiedad de otra el libertario reconocerá que la primera está obligada positivamente a indemnizar a la segunda por ello; si una persona tira a un río a otra el libertario reconocerá que la primera no tiene el derecho de dejar ahogarse a la segunda, sino que más bien tiene una obligación positiva de rescatarla. Del derecho negativo que tienen las personas a que su propiedad no sea vulnerada se desprenden obligaciones positivas en aquellos que las vulneran.

Esto también se aplica para aquellas acciones que inicialmente no representan una agresión. Un padre puede bañar a su hijo de muy corta edad en una bañadera o ponerlo en una piscina para que aprenda a nadar, sin embargo no puede desentenderse de él y dejarlo ahogarse alegando que no tiene ninguna obligación positiva de socorrerlo. Aunque originalmente no haya sido con intención criminal, el hijo fue puesto en una posición de vulnerabilidad por el padre, por lo tanto está obligado positivamente a socorrerlo.

Alegar que los padres no tienen derecho a poner a sus hijos en situación de vulnerabilidad significa que, entre cientos de cosas, no pueden bañarlos ni enseñarles a nadar. Alegar que los padres no tienen la obligación de proteger a los hijos que pusieron en una situación de vulnerabilidad significa que a los padres les asiste el derecho de, entre otras aberraciones, ahogar a sus hijos.

Siguiendo la línea de razonamiento, cuando los padres conciben a un hijo no están cometiendo ninguna agresión ni violación de derechos, pero están colocando a un nuevo ser humano en una situación de vulnerabilidad y dependencia obligatoria, y dada la condición biológica de la especie humana, permanecerá vulnerable y dependiente durante muchos años. Por lo tanto los compele la obligación positiva de cuidar de él hasta que su desarrollo biológico sea el necesario para considerarse fuera de ese estado. Esa es la edad donde se produce la emancipación, que varía dependiendo de la legislación del país pero suele ser alrededor de los 18 años de nacido.

Desde luego que ésta responsabilidad puede ser transferida a quien la acepte de manera voluntaria, así como otra persona puede pagar nuestras deudas si su buena voluntad se lo permite. De ello se desprende la legitimidad de la adopción, ya sea por particulares o mediante instituciones como orfanatos. Énfasis puesto en la voluntad, no se puede obligar a la sociedad a mantener a los hijos ajenos. A cualquiera que viole su responsabilidad parental sin haberla transferido previamente le corresponde una pena adecuada, pero a los hijos no les corresponde ningún sustento que no sea ofrecido de manera voluntaria, a excepción del que se exige a sus padres.

Si se hace énfasis en la voluntad, ¿qué sucede con los hijos concebidos producto de una violación? Si ese ser humano es puesto en una situación de vulnerabilidad y dependencia no se debe a ninguna acción voluntaria de la madre, por lo que no se le puede exigir responsabilidad parental por ello, a no ser que así lo desee la mujer en cuestión.

Por lo tanto el único tipo de aborto que puede ser considerado legitimo (mas no necesariamente moral) es el aborto «pasivo» que se realiza a causa de una violación, en donde no se asesine al no-nacido, sino que se lo «desconecte» de su madre y se lo deje morir, debido a que esta no tiene obligaciones imponibles por la fuerza para con su hijo.

Es interesante pensar qué traerá el avance de la medicina y la tecnología, cuando llegue el momento en que el útero materno no deba ser el medio de desarrollo obligatorio de un no-nacido, sino que podrá gestarse con independencia de ella. En ese caso no habrá necesidad de dejar al hijo rechazado morir sino que se lo traspasará a una incubadora, o quizás al vientre de otra mujer que así lo desee. En ese caso siempre que sea posible el procedimiento se deberá financiar con los bienes secuestrados al violador, como una parte de la obligación positiva que deriva de su acto, sin otorgarle ninguno de los derechos sobre el hijo que los padres normales obtienen de la patria potestad.

3. El no-nacido es una persona y el aborto no es violencia defensiva, pero la penalización es estatista.

Existe el miedo entre los libertarios de ser acusados de estatistas por oponerse a cualquier despenalización. Normal siendo que el Estado tiene el historial de penalizar actividades legitimas como la prostitución o la venta de drogas, que si bien para muchos pueden resultar actividades inmorales, al Estado no les competen por ser interacciones voluntarias. Pero si es que el Estado debiera ejercer alguna función seguro que la defensa de los derechos individuales sería una de ellas.

Habiendo demostrado que el no-nacido es un sujeto de derecho desde la concepción se comprende que al Estado le corresponde la protección de su derecho a la vida, lo mismo que con las personas ya nacidas.

Quien de esto deriva la caricaturesca idea de que se debe fomentar un estado policial que hostigue y persiga a todas las madres para asegurarse de que no vayan a abortar a sus hijos, o que dedique extensivas investigaciones sobre todo aborto para determinar si fueron espontáneos o provocados, lo hace con un pobre entendimiento de cómo funcionan los sistemas jurídicos en Occidente.

Los sistemas jurídicos también protegen a los individuos ya nacidos, penalizando las acciones que representan un daño a sus derechos, y no por eso requieren de una vigilancia permanente sobre todas las personas como si del gran hermano se tratase. Los sistemas jurídicos se sostienen fundamentalmente en el castigo de las acciones criminales; del castigo se deriva la disuasión y esta es la que previene los crímenes, no la constante vigilancia. La vigilancia Estatal puede ser un complemento, pero solo limitada al espacio público. En la privacidad del hogar o de cualquier propiedad privada se debe garantizar la libertad de toda persona a no ser vigilada.

Los sistemas jurídicos tampoco investigan todas y cada una de las muertes del país, sino solo aquellas en las que existe sospecha de haber sido producto de un asesinato. En el caso de los abortos basta con un certificado médico para determinar si se trató de una causa natural o fue provocado, así como basta para la muerte de las demás personas.

Las mujeres que no se presenten a un médico luego de un aborto, cosa nada recomendable para su propia salud, se las podrá inquirir solo si existe alguna denuncia con la sospecha de que haya abortado intencionalmente, siguiendo todo el procedimiento judicial pertinente y respetando todas las garantías constitucionales que tiene cualquier sospechoso de cometer un crimen.

Inquirir a toda persona preventivamente es algo que no se hace con ningún delito y no hay razón para pensar que así lo deba ser con el delito del aborto. En los países donde sigue siendo un delito no se actúa así, ni tampoco se actuó de esa manera en los países donde antiguamente lo fue, como para suponer que se trató de un catalizador de su despenalización.

Para el que sienta un rechazo emocional frente al hecho de tener que hacer pasar por un proceso indagatorio y judicial a una mujer que ha perdido a un hijo, o condenar a una mujer que, empujada por situaciones extremas, cometió el error de haber abortado, le interesara saber que en los círculos pro vida se hace énfasis en la persecución de las clínicas abortistas, de los médicos que realizan esos abortos y de quienes venden o facilitan el acceso a métodos abortivos, antes que a la mujer que permitió el aborto en sí. (Shapiro, 2017)

Siguiendo en la línea de la respuesta emocional antes que la lógica, muchos libertarios optaran por ignorar toda argumentación y solucionar la compleja cuestión con la práctica «Neutralidad Estatal», en la que el Estado ni financie ni persiga el aborto. Con este intento de solución solo se eliminaría la inmoralidad de obligar a quienes se oponen a esa práctica a pagar por ella —Dejando de lado la aparente imposibilidad de despenalizar el aborto sin que esta práctica capte fondos del Estado de alguna u otra manera—, pero no se elimina la inmoralidad de la violación de los derechos naturales del no-nacido.

Si hay algo en lo que la ley no puede pronunciarse neutral es sobre la violación de derechos, y de hecho no lo haría aún con la neutralidad que invoca el libertario despistado. Si ante la apertura de una clínica abortista se levanta una agrupación de pro-vidas dispuestos a acometer contra el edificio y echarlo abajo, la fuerza de la ley se los impediría. La ley reconocería entonces el derecho de las clínicas a existir y realizar abortos, pero no el derecho de los ciudadanos a defender la vida de los no-nacidos, por lo que los reprimiría con la fuerza de un Estado que ellos mismos financian. Una verdadera neutralidad hipotética seria la abstención total del Estado, en donde las clínicas fueran una suerte de «zonas liberadas» donde personal de la clínica y agrupaciones pro vida participen libremente de enfrentamientos armados con el fin de imponerse unos sobre otros.

Reconociendo entonces que la supuesta neutralidad del Estado es en realidad la toma de partido por el derecho a abortar, el libertario podría proponer que la solución es la directa abolición del Estado —que es fundamentalmente la propuesta anarcocapitalista— de esa manera, la toma de partido sería hecha por agrupaciones voluntarias de personas que se apliquen a leyes en común, agrupaciones de las que se podría salir también voluntariamente, como los Tuaths de la Irlanda Celta (Peden, 1971). En ese caso podrían formarse sociedades que defiendan el derecho a abortar y el que no se encuentre de acuerdo simplemente deberá separarse de esa sociedad hacia otra que si respete la vida del no-nacido. Esto si bien elimina la necesidad de neutralidad sigue siendo algo fundamentalmente anti libertario. El Libertario no puede permitir la violación de derechos individuales solo porque esté aceptado por la mayoría. Rothbard (2006) ejemplifica en el manifiesto libertario:

Si, por ejemplo, la Corte A decide que todos los pelirrojos son inherentemente malos y deben ser castigados, es obvio que se trata de una decisión opuesta al libertarismo, que una ley semejante constituiría una invasión a los derechos de los pelirrojos. Entonces, cualquier decisión de este tipo sería ilegal en términos del fundamento libertario, y no podría ser sostenida por el resto de la sociedad”(p. 300).

Notar que Rothbard habla de las cortes privadas de una sociedad sin Estado, incluso en ese caso los sistemas legales no podrían dictar leyes contrarias a los derechos individuales sino que “se haría necesaria la existencia de un código generalmente aceptado y que los tribunales se comprometieran a respetar. El código, sencillamente, insistiría en el principio libertario de no agresión contra la persona o la propiedad” (Rothbard, 2006, p. 301).

El que desconfíe de la idea de que puede sostenerse una sociedad cuyas leyes estén apuntaladas en un código libertario puede leer la defensa que realiza Rothbard en su manifiesto libertario, Pero en definitiva la cuestión no es su aplicación práctica sino la necesidad lógica de que la sociedad respete el principio de no agresión antes de poder llamarla libertaria.

Una sociedad que no respete el derecho a la vida no puede llamarse libertaria, sin importar que tanta libertad económica tengan sus integrantes. A su vez no hay que dejar engañarse por los argumentos falaces que señalan al aborto como una práctica libertaria porque es realizada en países con alto índice de libertad económica. También la censura a la libertad de expresión es realizada de muchas maneras en esos mismos países, y eso no vuelve a estas prácticas deseables para el libertarismo.

4. El no-nacido es una persona, el aborto no es violencia defensiva, la penalización no es estatista, pero la despenalización del aborto traería beneficios económicos.

Toda la argumentación hasta este momento estuvo orientada a demostrar como la despenalización del aborto viola los principios libertarios y por lo tanto se la debe rechazar, pero existen algunos llamados libertarios utilitaristas que niegan la existencia de principios, exceptuando el principio de utilidad, que reza que todo acto humano, norma o institución, deben ser juzgados según la utilidad que tienen, esto es, según el placer o el sufrimiento que producen en las personas (Bentham, 2008).

De esto el liberal John Stuart Mill (2002) deduce que “las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer, y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer”(p. 50).

Liberales de este tipo no se aplicarán al axioma de no agresión si deducen que violarlo es de mayor utilidad para la sociedad en su conjunto, después de todo su lema es «la mayor felicidad para el mayor número», que significa que “en cada caso tenemos que comparar todo el placer y todo el dolor que podamos prever como resultado probable de las distintas alternativas de conducta y adoptar la alternativa que previsiblemente conduzca a la mayor felicidad del conjunto” (Sidgwick, 1874, p. 425).

El liberal utilitario no respeta al individuo humano por su dignidad intrínseca; propone un Estado limitado solo porque observa que son más prósperos que los Estados totalitarios. Su objeción contra la interferencia del Estado en la libertad individual no es de orden moral sino intelectual. El Estatismo no es «Malo», sino que es «ineficiente». En palabras de Mises (2011):

El utilitarismo no se opone al gobierno arbitrario y a la concesión de privilegios personales porque resulten contrarios a la ley natural, sino porque restringen la prosperidad de la gente. Preconiza la igualdad de todos ante la ley, no porque los hombres sean entre sí iguales, sino por entender que tal política beneficia a la comunidad (p. 209).

Es importante comprender cuál es la diferencia clave entre el liberal utilitarista y el iusnaturalista (o deontológico), este último también utiliza argumentos utilitaristas para defender su modelo político, reconociendo que el liberalismo trae prosperidad donde sea que se aplica, pero en última instancia considera eso solo una consecuencia de haber instaurado un sistema justo, bien podría defender los principios libertarios aunque estos no trajeran una prosperidad inmediata u observable. En cambio como al utilitarista solo le interesa esa prosperidad, le es difícil hacer frente a ciertos problemas éticos.

Rothbard (1995) desafía a su maestro Mises con este ejemplo:

Supongamos —y se trata de un supuesto no demasiado inverosímil a la luz de la historia humana— que la mayor parte de una sociedad dada odia y vilipendia a los pelirrojos. Y supongamos además que son muy pocos los de rojizos cabellos. Acto seguido, la gran mayoría de la sociedad decide que sería mucho mejor matar a todos los pelirrojos. Nos hallamos en la situación siguiente: el asesinato de pelirrojos goza de alta estima en las escalas de valor de la gran mayoría de la población. Por otra parte, los pelirrojos son poco numerosos, de modo que su desaparición acarrearía escasas pérdidas de producción en el mercado. ¿En virtud de qué podría Mises rechazar la anterior propuesta, ni como praxeólogo ni como utilitarista liberal? (p. 291).

La única forma en que un liberal utilitarista podría rechazar la propuesta es si con cálculos y proyecciones pudiera demostrar científicamente que el asesinato de algunos pocos pelirrojos sería contraproducente para la economía de esa sociedad que tanto se satisface en su asesinato.

Esto además de ser una tarea sumamente difícil también debería estar acompañada de un respeto elevado hacia la autoridad del investigador por parte de esa sociedad, que debería convencerse de desistir en su accionar genocida solo porque los estudios demuestran que acarrearía perdidas económicas, además de que deberían valorar más esas pérdidas económicas que la represión de sus viscerales instintos.

En cambio el liberal iusnaturalista o deontológico no tiene encrucijadas mayores ya que declara que todo ser humano tiene una dignidad intrínseca que le otorga derecho a vivir, por más que sean parte de una minoría. Y de hecho la mayoría de las personas, incluso las anti liberales, comprenderán esto con simpleza debido a los principios morales elementales con los que se manejan las sociedades modernas.

El hecho de recaer en principios morales o normas establecidas como justificación del accionar es una suerte de pereza intelectual para los utilitaristas, que consideran que “todo agente deberá estar siempre obligado a realizar, entre todas las acciones que puede emprender en cualquier ocasión dada, aquélla cuyas consecuencias totales tengan el mayor valor intrínseco” (Moore, 1912, p. 232). Dado que sin conocer los fines de nuestras acciones no podemos hacer juicios valorativos sobre ellas “Dado que la acción no tiene en sí misma su propio fin, que es más bien un medio al servicio de fines determinados, no se puede hacer un juicio de valor sobre ella, considerarla como buena o mala, sino en relación a sus consecuencias” (Mises, 1989, p. 409).

Se comprende que según esta ideología ni el asesinato de pelirrojos, ni la esclavitud, ni el aborto, que ahora nos compete, podrían ser considerados actos inmorales o ilegítimos si no podemos demostrar que sus consecuencias sean negativas para la mayoría.

Una conceptualización así tiene un error fatal que Hayek (2006) demuestra:

El problema con todo el enfoque utilitarista es que, siendo una teoría que pretende dar cuenta de un fenómeno que consiste en un cuerpo de normas, elimina completamente el factor que hace necesarias dichas normas, a saber, nuestra ignorancia. En verdad, siempre me ha sorprendido que personas serias e inteligentes, como indudablemente eran los utilitaristas, fueran incapaces de considerar debidamente este hecho crucial de nuestra forzosa ignorancia de la mayoría de los hechos particulares y pudiesen proponer una teoría que presupone un conocimiento de los efectos particulares de nuestras acciones individuales cuando, de hecho, la existencia misma del fenómeno que pretenden explicar, el de un sistema de normas de conducta, respondía a la imposibilidad de dicho conocimiento. Parecería que nunca hubiesen captado la importancia de las normas como una adaptación a esta ineludible ignorancia de la mayoría de las circunstancias particulares que determinan los efectos de nuestras acciones y pasasen por alto, de este modo, la lógica misma del fenómeno de la acción guiada por normas(pp. 207-208).

La explicación de Hayek es sencilla, el utilitarismo busca establecer normas en base a las consecuencias que estas tengan, pero el hecho de que existan normas es porque no podemos conocer todas las consecuencias de nuestras acciones, las normas sirven como restricción de lo que se puede hacer sin afectar demasiado negativamente a la sociedad, pero no porque podamos saber de qué manera lo haríamos, sino porque fueron seleccionada evolutivamente aquellas sociedades que se aplicaron a esas normas en particular

La mayoría de las normas de conducta no se derivan, por un proceso intelectual, del conocimiento de los hechos del entorno, sino que constituyen la única adaptación del hombre a estos hechos que se ha conseguido; un «conocimiento» de éstos del que no somos conscientes y que no aparece en nuestro pensamiento conceptual, sino que se manifiesta en las normas que obedecemos en nuestras acciones. Ni los grupos que primero practicaron estas normas ni aquellos que los imitaron tienen por qué haber sabido nunca por qué su conducta tuvo más éxito que la de otros o contribuyó a la persistencia del grupo” (Hayek, 2006, pp. 208-209).

Un estudio bien dirigido podría concluir que el asesinato de pelirrojos fomenta la unidad social, o que la esclavitud es una herramienta de producción efectiva, o que el aborto trae beneficios económicos. Pero las verdaderas consecuencias de violar las normas sancionadas por la moral son inconmensurables, la violación de algunos derechos individuales por conveniencia acarrean una justificación de la violación de derechos en general. “Pocas creencias han destruido más el respeto por las normas del derecho y la moral que la idea de que la ley obliga solamente si se reconocen efectos beneficiosos al observarla en el caso particular de que se trate” (Hayek, 2014, p. 342).

Respecto al aborto se podría discutir si es posible legalizarlo sin que sea subsidiado por el Estado de manera directa o indirecta, si es beneficioso que nazcan menos personas, si hay un problema con tener muchos habitantes en una población o lo problemático es el asistencialismo estatal y la hermeticidad de los mercados que no deja a cada individuo tomar un rol productivo dentro de la distribución del trabajo, o si la sociedad donde se defiende el aborto se vuelve más insensible respecto al valor de la vida humana y del prójimo en general.

Pero en definitiva son todas discusiones técnicas sobre la utilidad observable del aborto. El fin de este ensayo fue hacer un análisis sobre si dentro de un marco verdaderamente libertario es legítimo matar a un ser humano no-nacido, dejando de lado cualquier análisis sobre la conveniencia de esto, ya que como Hayek (2014) afirma “En última instancia, las razones a favor de la libertad, en materia de acción colectiva, son argumentos en pro de principios y en contra de conveniencias” (p. 152).


El material original se encuentra aquí.


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