El conservadurismo en el pensamiento de Hans-Hermann Hoppe: primera parte

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Esta es la primera parte de un trabajo de investigación más extenso.

Introducción

Un autor de la importancia de Hans-Hermann Hoppe, a pesar de su claridad conceptual y pedagógica, puede necesitar de tanto en tanto un esfuerzo adicional para ser explicado y desenredado de la mejor manera para aquel que desee conocer profundamente su gran obra. Pues tocará resumir, analizar, comentar y criticar su pensamiento sobre el conservadurismo.

En su libro Democracy: The God That Failed (Democracy)[1] de 2001, Hoppe propone una segunda propuesta del conservadurismo que describe su pensamiento sociocultural del conservadurismo que llamaré en este artículo conservadurismo 2. Y lo llamaré así porque su primer trabajo sobre el conservadurismo es aquel de 1988 en su libro A Theory of Socialism and Capitalism (TSC); en este, el conservadurismo es una forma de socialismo. A este último llamaré conservadurismo 1. Aparte de estos trabajos, cubriré otros que contienen escritos relacionados al estudio de este artículo. Asimismo, me tomaré el tiempo de analizar los cambios o ulteriores reevaluaciones relevantes de su pensamiento que pudieran encontrarse sobre los asuntos relacionados al estudio general llevado a cabo aquí.

Primero expondré el conservadurismo 1, su capítulo 5 de TSC. Pero antes dejaré que Hoppe defina algunos términos que utiliza en TSC y que serán importantes para un mejor entendimiento de lo que seguirá en este trabajo. Empiezo con su teoría natural de la propiedad:

(…) A diferencia de los cuerpos, que nunca están «sin dueño», sino que siempre tienen un dueño natural, todos los demás recursos escasos pueden permanecer efectivamente sin dueño. Este es el caso mientras permanezcan en su estado natural, sin que nadie los utilice. Solo se convierten en propiedad de alguien una vez que son tratados como bienes escasos, es decir, tan pronto como son ocupados en ciertos límites objetivos y puestos en un uso específico por alguien. Este acto de adquirir recursos que antes no tenían dueño se llama «apropiación original». Una vez que los recursos sin dueño son apropiados, se convierte en una agresión cambiar sin permiso sus características físicas o restringir el rango de usos del propietario a los que puede destinar estos recursos, siempre y cuando un uso particular no afecte las características físicas de la propiedad de otra persona, así como en el caso de los cuerpos. Solamente en el curso de una relación contractual, es decir, cuando el propietario natural de un bien escaso está explícitamente de acuerdo, es posible que alguien más utilice y cambie cosas adquiridas previamente. Y solamente si el propietario original o anterior transfiere deliberadamente su título de propiedad a alguien más, ya sea a cambio de algo o como un regalo, esta otra persona puede convertirse en propietario de tales cosas. No obstante, a diferencia de los cuerpos, que por la misma razón «natural» nunca pueden quedar sin dueño y tampoco pueden ser completamente separados por el propietario natural, sino solo «prestados» mientras dure el acuerdo de los propietarios, naturalmente, todos los demás recursos escasos pueden ser «enajenados» y se puede renunciar a un título de propiedad para ellos de una vez por todas.[2]

Y a continuación sus definiciones de capitalismo puro y socialismo:

Un sistema social basado en esta posición natural sobre la cesión de derechos de propiedad es, y será llamado desde ahora capitalista puro. Y dado que sus ideas también pueden discernirse como las ideas dominantes del derecho privado, es decir, de las normas que regulan las relaciones entre personas privadas, también podría denominarse un sistema de ley privada puro. Este sistema se basa en la idea de que para que no sean agresivas, las reclamaciones de propiedad deben estar respaldadas por el hecho «objetivo» de un acto de apropiación original, de una titularidad anterior o por una relación contractual de beneficio mutuo. Esta relación puede ser una cooperación deliberada entre propietarios o la transferencia deliberada de títulos de propiedad de un propietario a otro. Si se altera este sistema y en su lugar se instituye una política que asigne derechos de control exclusivo sobre medios escasos, por parciales que sean, a personas o grupos de personas que no puedan apuntar ni a un acto de uso previo de las cosas en cuestión, ni a una relación contractual con algún usuario-propietario anterior, entonces esto se llamará socialismo (parcial).[3]

Espero que esto sea suficiente, junto al resto del trabajo, para entender y juzgar el resto del análisis en cuanto al pensamiento de Hoppe sobre el conservadurismo.

A. Conservadurismo 1

Definiendo y explicando el conservadurismo 1[4]

Hoppe comienza con un recuento histórico que, a grandes rasgos, va más o menos así:

Antes del siglo XVIII en Europa, y en el mundo, existía el sistema feudal y el absolutismo (feudalismo a mayor escala). Este orden social feudal se caracterizaba por un señor regional que reclamaba la propiedad de un territorio que incluía los recursos y bienes, y con frecuencia las personas en él, sin apropiación original ni contrato con estas. Las partes del territorio y los bienes habían sido ya ocupados, usados y producidos por otros; por lo que estas reclamaciones de los señores feudales se derivaban de la nada. Y así, «arrendar la tierra y otros factores de producción a los propietarios naturales a cambio de bienes y servicios unilateralmente fijados por el amo feudal tenía que ser ejecutada contra la voluntad» de los primeros de manera violenta, con ayuda de militares nobles que eran recompensados al participar y compartir la explotación y sus frutos. Entonces, para el hombre común sometido, este orden significaba «tiranía, explotación, estancamiento económico, pobreza, hambruna y desesperanza».

Hubo resistencia a este orden, y no fue la población campesina sino los mercaderes y comerciantes «quienes se volvieron los opositores activos del sistema feudal». El comercio de un lugar a otro debilitaba la subordinación a los señores feudales. Pero los mercaderes y comerciantes requerían un sistema legal estable e internacionalmente válido para sus negocios. Uno para todo tiempo y lugar, para definir propiedad y contrato y facilitar «la evolución de las instituciones de crédito, banca y seguros, esencial en cualquier negocio comercial de gran escala». Esto causó friega porque los señores feudales eran los «últimos representantes de sistemas legales regionales variados y arbitrarios». Los mercaderes, ahora disidentes del orden feudal, eran entonces perturbados por la casta de la nobleza militar que intentaba controlarlos. Para hacer frente a esto, los mercaderes se organizaron y establecieron «puestos comerciales fortificados en los mismísimos confines de los centros de poder feudal». La extraterritorialidad parcial atrajo cada vez más campesinos «que huían de la explotación feudal y la miseria económica», surgían pequeños pueblos que motivaban el desarrollo de actividades «que no podrían haber emergido dentro de los confines del orden feudal. Esto se pronunciaba más en la relativa debilidad de los poderes feudales y donde el poder se dispersaba entre muchos señores feudales «a veces muy pequeños y rivales».

Continuando el relato, Hoppe comenta:

(…) Fue en las ciudades del norte de Italia, las ciudades de la Liga Hanseática y en las de Flandes que el espíritu del capitalismo floreció por primera vez, y el comercio y la producción alcanzaron sus niveles más altos.

Sin embargo, esta emancipación parcial del feudalismo fue solo temporal, y la reacción y el declive prosiguieron, en parte por las debilidades internas de la nueva clase comerciante, pues la forma de pensar feudal «estaba demasiado arraigada en las mentes de los hombres»: los rangos asignados de subordinación, de poder, y de que el orden debía imponerse coercitivamente. Entonces, se establecieron nuevas regulaciones y restricciones (ya burguesas) en los recientes centros comerciales, formándose «gremios que limitaban la libre competencia y una oligarquía mercante emergió».

Para liberarse de la intervención feudal explotadora, los mercaderes buscaron aliados naturales, encontrando tales dentro en la casta feudal que, al alinearse con la clase mercantil, buscaba «extender su poder más allá de su alcance actual a expensas de otros señores feudales más pequeños». Para esto, se otorgaron exenciones de obligaciones, que había para los subordinados del dominio feudal a los centros urbanos emergentes, dándose así su «existencia como lugares de libertad parcial» y la protección feudal vecina. Con el éxito de la alianza en debilitar a los amos locales, el aliado extranjero de los pueblos mercantes «se había establecido como el verdadero poder fuera de su territorio tradicional», avanzaba y se establecía así una monarquía: un rey imponía sus reglas abusivas en el ya existente sistema feudal. Nacía el absolutismo y volvía el declive económico, hasta que a finales del siglo XVII e inicios del XVIII el feudalismo estuviera bajo un verdadero y duro asedio. Esta vez no era tan solo el intento de los mercaderes para lograr relativa libertad para sus negocios, sino cada vez más «una batalla ideológica luchada contra el feudalismo».

Se había llegado a una mejor comprensión del concepto de libertad, y de la misma para la prosperidad económica, gracias a la reflexión «sobre las causas del auge y caída del comercio y la industria que se habían experimentado», y un mayor estudio de la ley romana, en especial de la ley natural, que habían sido redescubiertas durante «la lucha de los mercaderes para desarrollar una ley mercante internacional y justificarla contra los alegatos rivales de la ley feudal». Mientras estas ideas llegaban a muchas más personas, la legitimidad del viejo orden disminuía, cediéndose gradualmente «el paso a la idea de una sociedad contractual». Pues así, se produjeron entonces La Gloriosa en Inglaterra (1688), la Revolución americana (1776) y la Revolución francesa (1789), que probaron «que el viejo orden no era invencible, y encendieron una luz de esperanza para avanzar aún más en el camino hacia la libertad y la prosperidad». Así emergía el movimiento ideológico llamado ‘liberalismo’ que se volvió por más de medio siglo «la fuerza ideológica dominante en Europa Occidental». Fue el partido de la libertad y la propiedad privada, que asignaba al Estado tan solo «el rol de hacer cumplir estas reglas naturales». Aunque quedaban residuos del sistema feudal por todas partes, el liberalismo «representaba una sociedad liberalizada, desregulada y contractualizada, interna y externamente, es decir, tanto en asuntos domésticos como en asuntos y relaciones exteriores». Bajo la presión de las ideas liberales, las sociedades europeas se liberaban progresivamente de restricciones feudales. El liberalismo «se volvió el partido de la Revolución Industrial, que fue causada y estimulada por este mismo proceso de liberalización». Se experimentó un desarrollo económico a un ritmo jamás antes conocido, florecieron la industria y el comercio, se alcanzaron nuevas cotas en la formación y acumulación de capital. Se hizo posible sostener a una población importante que hubiese muerto de hambre bajo el feudalismo y esperar, con el crecimiento poblacional inferior al crecimiento del capital, una pronta mejora en los estándares de vida.

Ante este trasfondo abreviado de la historia, el conservadurismo, «como forma de socialismo y su relación con las dos versiones de socialismo originadas en el marxismo, puede ser visto y apreciado». Todas las formas de socialismo son respuestas ideológicas al desafío del avance liberal, pero sus posiciones frente a este y al viejo orden son considerablemente distintas. Este avance había estimulado el cambio social a un ritmo y alcance desconocido hasta entonces, y con la liberalización de la sociedad, cada vez más solo quienes produjeran de manera más eficiente y menos costosa para los consumidores, y basados exclusivamente en relaciones contractuales sobre los factores de producción (incluido el recurso humano), podían mantener una posición social adquirida anteriormente. Con esta presión, temblaban los imperios productivos construidos por la fuerza. Y dado que

la demanda de los consumidores a la cual la estructura productiva debía adaptarse (y no viceversa) cambiaba constantemente, y el surgimiento de nuevos emprendimientos se volvía progresivamente menos regulado (en la medida en que era el resultado de apropiación original y/o contrato), ya nadie contaba con una posición relativa segura en la jerarquía de ingreso y riqueza.

La movilidad social aumentó significativamente, los dueños de factores productivos y de servicios laborales ya no eran inmunes a los cambios en la demanda.

Hoppe finaliza su introducción histórica así:

El viejo marxismo y el nuevo socialismo socialdemócrata fueron la respuesta igualitarista a este desafío del cambio, la incertidumbre y la movilidad social. Como el liberalismo, apreciaron la destrucción del feudalismo y el avance del capitalismo. Se dieron cuenta de que fue el capitalismo el que liberó a la gente de los abusivos lazos feudales y producía enormes mejoras en la economía; y entendieron que el capitalismo, y el desarrollo de las fuerzas productivas traído por él, era un paso evolutivo necesario y positivo en la vía hacia el socialismo. El socialismo, como lo conciben esas dos corrientes, comparte las mismas metas del liberalismo: libertad y prosperidad. Pero supuestamente el socialismo da un paso adelante sobre los logros del liberalismo al suplantar al capitalismo (…) en su más alto grado de desarrollo por una economía racionalmente planificada y coordinada que previene que las inseguridades derivadas de este cambio se sientan a nivel individual. (…) Es precisamente al hacer que los individuos se vuelvan insensibles al cambio por medio de medidas redistributivas que el incentivo de adaptarse rápidamente a cualquier cambio futuro desaparece, y por tanto el valor, en términos de la valoración de los consumidores, de la producción generada caerá. Y es precisamente debido a que un plan general suplanta lo que parecen ser múltiples planes descoordinados entre sí, que la libertad individual es reducida y, mutatis mutandis, el dominio de un hombre sobre otro se ve incrementado.

Habiendo hablado de los orígenes, las características ideológicas de este conservadurismo 1 van quedando claras, entonces, Hoppe nos dice que este es la respuesta reaccionaria y antiigualitaria «a los cambios dinámicos puestos en marcha por una sociedad liberalizada: es antiliberal y, en vez de reconocer los logros del liberalismo, tiende a idealizar y glorificar el viejo sistema feudal como algo ordenado y estable». El conservadurismo 1 es el «heredero ideológico del feudalismo», y como este último «debe ser descrito como socialismo aristocrático», entonces el conservadurismo 1 «debe ser considerado como el socialismo del establishment burgués».

Hoppe cuenta que la idea del conservadurismo 1 es detener o frenar los cambios y procesos de movilidad social traídos por el liberalismo y el capitalismo tanto como sea posible y recrear en su lugar «un sistema social ordenado y estable en el que cada uno permanezca con seguridad en la posición que el pasado le había otorgado». Y entonces, para lograrlo (y de aquí su esencial caracterización como una forma de socialismo), el conservadurismo 1 debe y aboga «por la legitimidad de medios no contractuales en la adquisición y retención de propiedad y el ingreso derivados de ella, ya que fue precisamente el apoyo exclusivo en relaciones contractuales lo que causó la mismísima permanencia del cambio en la distribución relativa del ingreso y la riqueza». Remarca, entre otras cosas, que el conservadurismo 1 también ejerce su influencia «al mantener el statu quo y permitir que las cosas continúen siendo hechas de acuerdo a las viejas tradiciones».

Pues así, con todo lo dicho hasta aquí, se puede decir que el conservadurismo 1 es un fenómeno socialista post monárquico-feudal y que sus inicios y asentamiento coinciden aproximadamente con los del liberalismo post revolucionario. Obviamente, esto no significa que las monarquías y los órdenes feudales se acabaron de la noche a la mañana, resulta evidente en este análisis y recuento de Hoppe que este proceso de cambio fue generalmente un proceso gradual. Y fue ante este proceso de cambio estimulado por el movimiento político-ideológico del liberalismo que el conservadurismo 1 se ha opuesto desde entonces.

Siguiendo con Hoppe, también explica que, de acuerdo a la teoría natural de la propiedad, nadie es dueño del valor que otros atribuyen a su propiedad, ni tiene nadie, por tanto, nunca, ningún derecho a preservar o restaurar el valor de su propiedad. Pero como el conservadurismo 1 apunta a tal preservación o restauración y su distribución relativa, entonces esto sólo es posible si ocurre una redistribución en la asignación de títulos de propiedad. De esta manera, para esta meta del conservadurismo 1, debe darse una redistribución de títulos de propiedad «desde los usuarios-propietarios de recursos escasos hacia personas que, cualesquiera fuesen sus méritos pasados como productores, no hicieran uso actual o no hayan contratado aquellas cosas cuya utilización habían llevado al cambio en la distribución dada de valoraciones». Esta meta sólo puede lograrse «a costa de una caída relativa generalizada en el valor general de los bienes recién producidos y de los bienes antiguos mantenidos, es decir, una menor riqueza social».

El conservadurismo 1, además, concede privilegios a los que tienen entre los no productores y perjudica especialmente «los intereses de los que no tienen entre la gente productiva»; de esta manera, «tiende a encontrar seguidores principalmente entre los primeros y propaga desesperanza, desazón y resentimiento» entre los segundos.

Los conservadores, por ejemplo, en Estados Unidos, con personajes como W. Buckley y I. Kristol, adhieren nominalmente a la institución de la propiedad privada, pero ignoran los derechos de los propietarios siempre y cuando «se considere necesario para proteger los poderes políticos y económicos establecidos contra la erosión en el proceso de competencia pacífica». Y en la política exterior «exhiben la misma falta de respeto por los derechos de propiedad privada a través de su defensa de una política de intervencionismo agresivo».

Para este conservadurismo 1, ocupado con la preservación del statu quo de posiciones de ingreso, riqueza y estatus social, los impuestos representan un instrumento demasiado «progresista» para alcanzar sus objetivos. Y aunque los impuestos estarán presentes de todas maneras, usará también medidas políticas que prometan que los cambios de tales posiciones no ocurran o sean menos evidentes. Existen tres tipos de políticas para eso: los controles de precios, las regulaciones y los controles de comportamiento, todas medidas socialistas como son los impuestos.

A continuación, expondré en qué consisten estas políticas conservadoras según Hoppe.[5]

Los controles de precios[6]

Debido a que el conservadurismo 1 intenta mantener una serie estatus y posiciones constituidas o anteriores para mantener así las posiciones relativas de productores y otros en cuanto a la distribución del ingreso y la riqueza, el conservadurismo 1 intentará entonces controlar los precios. Ya que si estos cambian, esto haría que las posiciones de quienes proveen ciertos bienes y servicios también cambien y así el orden vigente establecido sería víctima de disrupciones no deseadas por aquellos productores de tales bienes y servicios.

Por tanto, al controlar los precios, se intenta precisamente mantener el orden establecido. Así, con la fijación de precios, si la demanda de un bien aumenta (ceteris paribus), esta fijación se convierte en un precio máximo efectivo. A los productores ya no se les permite subir los precios para hacer frente al exceso de demanda y la venta a precios superiores se ha vuelto ilegal. Esto generará escasez. Y como la rentabilidad aquí no ha cambiado debido a que los precios no pueden subir, tampoco se podrá atraer capitales adicionales para hacer frente a esta situación, e incluso se impedirá la salida de capital de otras líneas de producción debido a que la escasez de aquel primer bien haría que parte de la demanda se regara a otros productos que se volverían así más rentables, irrumpiendo de nuevo con el orden establecido que se pretendía mantener. Esto pasaría sucesivamente, haciendo que cada vez más las primeras urgencias de los consumidores sean menos satisfechas. El empobrecimiento relativo aumentaría y la calidad de vida decaería.

Por otro lado, si la demanda de un bien disminuye (ceteris paribus), esta fijación se convierte en un precio mínimo efectivo. A los productores no se les permite vender a precios inferiores que se han vuelto ilegales. Esto generará un exceso de la oferta y tales precios artificialmente altos también impedirán u obstaculizarán, como los precios máximos, una asignación económica racional de recursos solamente posible a través de los precios de libre movilidad. Al final, con el control de precios, así sea solo parcial, la producción es disociada de la demanda y los consumidores se ven sin otra alternativa que la de consumir y ver suplantada sucesivamente una oferta arbitraria de bienes y servicios por otra. Los recursos se irán desperdiciando en áreas productivas de menor importancia a expensas de otras de mayor importancia según las valoraciones de los consumidores.

Los productores en líneas de producción no controladas o con precios mínimos se benefician a expensas de los productores en líneas controladas o con precios máximos.

Por otro lado, Hoppe comenta la admiración general de los conservadores por el espíritu social unificador de la economía de guerra que se caracteriza normalmente por controles de precios a gran escala.

Sobre los precios máximos y mínimos, Hoppe matiza que si bien el congelamiento de precios resulta en precios máximos o mínimos, los conservadores favorecen los controles de precios mínimos en la medida en que se considera todavía más urgente impedir la erosión de la posición de riqueza absoluta de uno en lugar de la relativa.

Pero a pesar de todo, la empresarialidad seguirá latente, y nuevos productos, productores y tecnología pueden seguir apareciendo. Y estos, por no haber estado bajo el control de precios, harán de nuevo al orden establecido incapaz de impedir totalmente los cambios sociales que estos nuevos elementos puedan traer. Así, entonces, el conservadurismo 1 necesita una segunda herramienta, las regulaciones, para hacer frente a las disrupciones en la estructura productiva, la sociedad y la distribución relativa de ingreso y riqueza.

Las regulaciones[7]

Las regulaciones tendrán como objetivo regular precisamente el efecto que los nuevos productos, productores e innovaciones tengan sobre el orden establecido. El conservadurismo 1 prefiere las regulaciones por encima de los impuestos porque estos últimos son una herramienta demasiado «progresista» para una política conservadora. Permitir que los cambios causados por las innovaciones sucedan y luego aplicar los impuestos para restablecer el viejo orden no será muy conveniente para su propia psicología social de evitar u obstaculizar los cambios en primer lugar.

Estas innovaciones pueden ser entonces aprobadas, controladas y monitoreadas por personas que no sean precisamente innovadores ni nuevos productores, y así filtrar estas innovaciones mediante categorías predefinidas de estándares de producción y de productores que vayan, por supuesto, acorde a las establecidas por las estrategias o políticas conservadoras de hacer que los cambios se den a un ritmo mucho más lento del que tendrían en ausencia de tales regulaciones.

Las regulaciones se traducen finalmente en una redistribución relativa de títulos de propiedad de innovadores, productores y nuevos productores hacia no innovadores y no productores de nuevos productos que se benefician al permitirse que las ganancias de tales nuevas invenciones sean socializadas parcialmente, ya sea por carteles implementados por el gobierno o mediante políticas regulatorias que hagan que los beneficios de tales invenciones puedan ser primero extendidos al resto de productores; todo esto mientras los innovadores son víctimas de la socialización de las pérdidas o desventajas de no innovar ni fabricar nuevos productos, haciendo que los incentivos para tales comportamientos productivos también disminuyan. Esto hará que los esfuerzos empresariales para satisfacer más y mejor a los consumidores y, por tanto, mejorar la calidad de vida de todos, se vean cada vez menos incentivados y que el ahorro y la inversión decaigan, y mutatis mutandis, el consumo se incrementará relativamente respecto al ahorro y la inversión sin una mejora en los niveles de ingreso y riqueza y en la calidad y precio de los bienes y servicios en favor de los consumidores que hubiese habido en ausencia de las medidas mencionadas.

Los controles de precios y las regulaciones afectan en lado de la oferta, causando la descoordinación de la producción que en primer lugar tenía el objetivo de corresponder precisamente la demanda; impidiendo u obstaculizando el mecanismo de reasignación efectiva de recursos propio de un sistema de precios libres.

Un tercer instrumento, quizás el más característico del conservadurismo 1, es aquel de los controles de comportamiento.

Los controles de comportamiento[8]

Si bien las dos políticas anteriores descoordinan u obstaculizan la coordinación de la producción con la demanda y afectan principalmente el lado de la oferta, la tercera está destinada a regular el lado de la demanda, haciendo, por un lado, que las insatisfacciones de los consumidores se hagan menos evidentes con el declive de la producción y calidad de los bienes y servicios y, por otro lado, que terceros se beneficien a expensas de quienes —en su virtud de consumidores aislados o intercambiadores no comerciales— no infrinjan los derechos de propiedad ni la integridad física de nadie más ni tampoco exijan la participación de quienes no contratarían ni intercambiarían con los perjudicados por los controles de comportamiento si no consideraran ventajosa dicha relación. De esta manera, son beneficiados mediante medios coactivos aquellos que no quieran tolerar ciertos comportamientos no violentos de quienes en su libertad deseen realizarlos.

Estos controles de comportamiento consisten en un conjunto de leyes y prohibiciones que regulan los usos no agresivos que los actores pueden hacer de sus derechos de propiedad y que, cuando destinados a los usos sobre el propio cuerpo, desincentivan la inversión en este como capital humano al disminuir el valor que los usuarios pueden atribuirle para satisfacer sus necesidades.

Los perdedores de la redistribución puesta en marcha por los controles de comportamiento serán los usuarios y/o productores de aquello que cuyo consumo o producción esté impedido, mientras que se beneficiarán relativamente aquellos que no producen ni consumen aquellos bienes o que son satisfechos con el hecho de que otros sean perjudicados.

En su máxima expresión, el conservadurismo 1 significaría un sistema social en que todo esté prohibido con excepción de los estilos vida tradicionales. Así, el conservadurismo 1 completaría su objetivo de mantener un orden establecido (de estatus sociales y posiciones relativas de ingreso y riqueza) protegido contra los cambios sociales y la movilidad social que acaecerían o seguirían acaeciendo en ausencia de las políticas conservadoras explicadas hasta aquí.

Finalmente, Hoppe advierte que la validez de las conclusiones en este capítulo 5 deben ser establecidas con independencia de la experiencia, pero que la realidad es una «en que todo tipo de políticas —conservadoras, socialdemócratas, marxista-socialistas y también liberal-capitalistas— están tan mezcladas y combinadas que sus respectivos efectos no pueden ser usualmente conectados limpiamente con causas concretas», y sostiene que todo debe ser desenredado y conectado nuevamente a través de medios teóricos.

Ahora, habiendo llegado hasta aquí, se pueden ofrecer algunas ilustraciones.

Algunas ilustraciones[9]

Hoppe cuenta que debido a su pasado feudal, puede notarse que en Europa se ha propiciado en general el conservadurismo 1 en forma de regulaciones y controles de precios en ejemplos más claros como Italia y Francia, donde están plagados de ambos. Sin embrago, un socialismo más redistributivo como el de la socialdemocracia es más común en los países del norte. Uno de los objetivos del conservadurismo 1 parece haber sido alcanzado en los niveles de desigualdad que se mantienen en Francia o Italia —en cuanto a que preservan estas diferencias coercitivamente— y que estos son niveles difíciles de encontrar en Alemania o Estados Unidos. Nuevamente, el precio de preservar así estas desigualdades ha sido una caída relativa de la riqueza social.

Por otra parte, en Europa Occidental, los mismos partidos socialistas fueron infectados en buena medida por el conservadurismo 1 bajo la influencia de sindicatos de obreros, imponiéndose elementos socialistas-conservadores como regulaciones y controles de precio. En otros comentarios Hoppe cuenta que Estados Unidos (libre de un pasado feudal y en donde no ha habido nunca un partido conservador genuino) no es más rico de lo que es ni tiene el vigor económico del siglo XIX justamente, y en mayor medida, por las cada vez más influyentes políticas conservadoras antes que por las políticas socialistas redistributivas.

El nazismo y el fascismo como socialismo conservador[10]

Hoppe cuenta en otras cosas, que no se tiene suficientemente en cuenta que tanto el nazismo como el fascismo fueron movimientos socialistas-conservadores.[11] Preocupados por los cambios dinámicos puestos en marcha por una economía libre, ambos movimientos se opusieron fervientemente al liberalismo. Si bien socialistas, no eran marxistas, ya que en lugar de internacionalistas y pacifistas eran nacionalistas y ávidos de la conquista militar. Tanto el nacionalsocialismo alemán como el fascismo en Italia lograron apoyo público entre propietarios varios debido a que a diferencia de los marxistas que querían trastornar el orden establecido, ellos buscaban preservar tal orden.[12] En Alemania, aunque se mantuvo nominalmente la propiedad privada, se instituyeron organismos de control para dirigir la economía, se controlaron precios y salarios, se implementaron los trabajos forzosos y el servicio militar obligatorio. Incluso una sensación de prosperidad fue alcanzada por su economía de guerra, pero esto no fue más que una ilusión en una economía en que los incentivos en la producción para no disociarse de la demanda eran impedidos u obstaculizados por la planificación central que en última instancia controlaba qué se producía, quién producía, cómo y a quién se vendía y a qué precios.

Los problemas del liberalismo[13]

Para completar un mejor entendimiento del conservadurismo 1, es provechoso conocer más de la visión de Hoppe sobre el liberalismo en TSC. Y en este afán, tener en cuenta su análisis de que el inicio del declive del liberalismo se debió a:

  • las falencias e inconsistencias ideológicas internas del liberalismo;
  • las desviaciones y divisiones provocadas por las aventuras imperialistas de los distintos Estados nacionales;
  • y el atractivo de las diferentes versiones del socialismo con sus promesas de seguridad y estabilidad para corresponder a la gente disgustada por el cambio dinámico y la movilidad.

También comenta que, a mediados del siglo XIX, cuando el liberalismo seguía siendo una fuerza ideológica dominante, los términos «economista» y «socialista» llegaron a ser generalmente considerados antónimos.

Exponiendo la imperfección de la teoría liberal e insistiendo sobre otra verdaderamente consistente con la libertad y la justicia, Hoppe explica que la misma lógica que llevaría a aceptar «la producción de seguridad por parte de la empresa privada como la mejor solución económica al problema de la satisfacción del consumidor» también lleva, en cuanto a lo moral e ideológico, a abandonar la teoría política del liberalismo clásico y adherir a la teoría del libertarismo (anarquismo de propiedad privada). El liberalismo clásico «aboga por un sistema social basado en las reglas fundamentales de la teoría natural de la propiedad» que defiende el libertarismo, pero quiere que una agencia monopolista las aplique (el Estado), una organización que no depende en exclusividad del apoyo voluntario y contractual de los consumidores, sino que tiene el derecho a fijar e imponer unilateralmente sus propios ingresos sobre los consumidores (los impuestos) para hacer su trabajo en la producción de seguridad. No obstante, esto es inconsistente, puesto que si los principios de la teoría de la propiedad natural son válidos, el Estado es ilegítimo (y si, en cambio, los negocios basados ​​en el uso de la fuerza y ​​los medios no contractuales en la adquisición de recursos fueran válidos, uno debería rechazar la teoría natural de la propiedad):

Es imposible sostener ambas afirmaciones y no ser inconsistentes a menos que, por supuesto, se pueda proporcionar un principio que sea más fundamental que la teoría natural de la propiedad y el derecho del Estado a la violencia agresiva (…). Sin embargo, el liberalismo nunca proporcionó tal principio, ni nunca podrá hacerlo, ya que (…) argumentar a favor de cualquier cosa presupone el derecho de uno a estar libre de agresión. Dado así que los principios de la teoría natural de la propiedad no pueden ser discutidos argumentativamente como principios moralmente válidos sin reconocer implícitamente su validez, por la fuerza de la lógica, uno se compromete a abandonar el liberalismo y aceptar en su lugar a su hijo más radical: el libertarismo (…).

Así termina mi resumen y análisis del conservadurismo 1, el socialismo del conservadurismo en TSC.[14]


Notas

[1] Todas las citas compartidas de este libro serán aquellas de su traducción al español en Monarquía, democracia y orden natural, Unión Editorial, 2013.

[2] Véase Hans-Hermann Hoppe, A Theory of Socialism and Capitalism, Mises Institute, 2010, pp. 28-29. Traducción personal.

[3] Ibíd., p. 29.

[4] Ibíd., pp. 90-98.

[5] Hoppe también comenta acerca de estas políticas en otro artículo:

El conservadurismo, por ejemplo, apunta a preservar una distribución determinada de riqueza y valores e intenta traer bajo control aquellas fuerzas que podrían cambiar el statu quo mediante controles de precios, regulaciones, y controles de comportamiento.

Véase Hans-Hermann Hoppe, «From the Economics of Laissez Faire to the Ethics of Libertarianism Man», en Economy, and Liberty: Essays in Honor of Murray N. Rothbard, Walter Block y Llewellyn H. Rockwell, Jr., eds., Ludwig von Mises Institute, 1988. Traducción personal.

[6] Véase Hans-Hermann Hoppe, A Theory of Socialism and Capitalism, Mises Institute, 2010, pp. 99-104.

[7] Ibíd., pp. 104-107.

[8] Ibíd., pp. 104-107.

[9] Ibíd., pp. 110-112.

[10] Ibíd., pp. 112-114.

[11] Quizá no sea ninguna casualidad que Hayek haya precisado lo siguiente en su Camino de servidumbre:

El libro de Fried, Ende des Kapitalismus, es quizá el producto más característico de este grupo de Edelnazis, como se les llamaba en Alemania, y es particularmente inquietante su semejanza con tanta parte de la literatura que vemos en la Inglaterra de hoy, donde podemos observar el mismo movimiento de aproximación entre la derecha y los socialistas de la izquierda, y casi el mismo desprecio por todo lo que es liberal en el viejo sentido. El «socialismo conservador» (y, en otros círculos, el «socialismo religioso») fue el slogan con el que un gran número de escritores prepararon la atmósfera donde triunfó el «nacionalsocialismo».

Véase Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre: Textos y documentos, Unión Editorial, 2008, PDF, p. 161.

[12] En cuanto a preservar tal orden establecido y la relación entre socialismo y conservadurismo y la militarización nacionalista e imperialista en Alemania e Italia, Rothbard escribió:

Los historiadores han reconocido desde hace tiempo la afinidad y la íntima unión existente entre el socialismo de derecha y el conservadurismo tanto en Italia como en Alemania donde esa fusión se plasmó por primera vez en el bismarckismo, después en el fascismo y por último en el nacionalsocialismo realizando el programa conservador del nacionalismo, del imperialismo, del militarismo, de la teocracia y del colectivismo de derecha que conservó e incluso consolidó el imperio de las antiguas clases privilegiadas.

Véase Murray N. Rothbard, Egalitarianism as a Revolt against Nature, and Other Essays, Ludwig von Mises Institute, 2000 (1974), pp. 30-31. Traducción de Juan José Gamón Robres.

[13] Véase Hans-Hermann Hoppe, A Theory of Socialism and Capitalism, Mises Institute, 2010, pp. 92, 224, 239-40. Traducción personal.

[14] En línea con este análisis general, Hoppe comenta en otro trabajo que el socialismo igualitario y el conservadurismo compiten «entre sí en el sentido de que defienden patrones de redistribución algo distintos, pero sus esfuerzos competitivos convergen y se integran en el apoyo conjunto al estatismo y la redistribución estatal». Véase Hans-Hermann Hoppe, «The Economics and Sociology of Taxation», Journal des Economistes et des Etudes Humaines 1, número 2, 1990. Traducción personal.

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