¿Existiría la coacción sobre «crímenes sin víctima» en una sociedad libre?

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Todos los que somos anarquistas de libre mercado y seguidores de la tradición iusnaturalista compartimos que coaccionar a criminales que dañen los derechos de propiedad ajenos es algo justo y ético, no así, respecto a los llamados «crímenes sin víctimas» (este término se usa en el lenguaje popular y por ello lo voy a usar, pese a ser contradictorio, ya que un criminal es aquel que daña derechos de propiedad ajenos, por lo que esos “criminales” son simplemente personas quizá no virtuosas). Pero, dentro de esa tradición iusnaturalista hay diversas posturas que consideran que es necesaria una cierta coacción a individuos desviados, que serían aquellos con una moralidad perversa, pero no criminales (me remito a lo anterior, defino no criminal como aquel que no daña los derechos de propiedad ajenos) para preservar el bien común y la moralidad, es decir, la virtud. Por lo tanto, las preguntas a las que habría que responder son: ¿se condenarían los «crímenes sin víctima» en una sociedad libre, entendida a mi parecer como una sociedad en la que no existiese el monopolio de la violencia? ¿Es virtuoso obligar a los hombres a ser virtuosos? ¿Habría incentivos económicos a perseguir «crímenes sin víctima» debido a la no externalización de los costes? Para ello, voy a intentar explicar qué es la ley natural entendida como nos la enseñó Santo Tomás de Aquino. Segundo, analizaré las situaciones respecto a la interpretación de la ley natural que pueden darse en una comunidad libre y, tercero, presentaré la remoción física de Hans-Hermann Hoppe como la solución para preservar el bien común y la moralidad sin usar la coacción.

La ley natural, según el Catecismo de la Iglesia Católica, expresa el sentido moral original que permite al hombre diferenciar el bien del mal, la verdad de la mentira. Nos muestra el camino que debemos seguir para practicar el bien y alcanzar el fin. Según Santo Tomás de Aquino:

(…) no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar. Esta luz o esta ley, Dios la ha dado al hombre en la creación.

Consecuentemente, está presente en el corazón de todo ser humano y es universal en sus preceptos. Si la ley natural no fuese universal, sería injusta, por lo que no sería una ley. También cabe añadir que la ley natural es inmutable en sus principios, e incluso renegando de ella, como ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, sigue en el corazón humano. El mayor problema de la ley natural es que sus preceptos no son percibidos por todos, sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla alguna de error. Por ello, en diversas sociedades a lo largo de la historia se han dado situaciones inmorales y repugnantes, como la esclavitud o la pedofilia, y se siguen dando, como el maltrato a la mujer y a los homosexuales en diversas comunidades islámicas. Eso no invalida la ley natural, ya que en el fondo de su corazón saben que están obrando mal.

Uno de los mayores problemas es que en el debate sobre la ley natural, parte del bando religioso, argumenta que es necesaria la fe para entenderla, por lo que, el bando ateo, o simplemente agnóstico, ha dicho que la fe debe quedar alejada del discurso racional y, por ende, la ley natural. Esta afirmación de ambos bandos es falsa. Al ser universal, inmutable y descubrirse mediante la razón, se extrae que todo ser humano, sea cristiano, musulmán o ateo, puede descubrir la verdad escrita en la ley natural y llegar a ser una persona virtuosa, siempre que cumpla con sus preceptos. Como Murray Rothbard explica basándose en las enseñanzas de Santo Tomás:

La declaración de que hay un orden de ley natural, en resumen, deja abierto el problema de si Dios ha creado o no ese orden y la afirmación de la viabilidad de la razón humana para descubrir el orden natural deja abierta la cuestión de si esa razón fue dada o no al hombre por Dios. La afirmación de un orden de leyes naturales discernibles por la razón no es, en sí misma, ni pro ni antirreligiosa.

Una vez entendida la ley natural hay que trasladarse a la ley humana. Aquí es donde hay más problema. Santo Tomás define la ley humana como las leyes hechas por humanos cuando viven en comunidad. Básicamente la ley humana es una interpretación más específica de la ley natural, centrada en los supuestos de aquella en los que es necesario aplicar la fuerza. Según Santo Tomás, la ley sirve para saber los supuestos en los que la audacia humana sea frenada, que la inocencia sea salvaguardada en medio de la maldad, y que el temor del castigo impida que los malos causen daño. La ley humana, por tanto, es siempre coactiva. Cuando tú castigas a un violador o a un asesino, estás siempre coaccionando. Entonces, el debate está en qué supuestos se puede coaccionar y quién puede hacerlo. Santo Tomás no está muy a favor de coaccionar crímenes menores (vicios, ofensas, mentiras… es decir, los llamados crímenes sin víctima) diciendo que la ley humana intentaría prohibir todos los vicios, aunque primarían los que implicasen agresión a otros. Pero, Santo Tomás no indicó hasta dónde se podía coaccionar ni quién, es más, dejó los límites y las decisiones a la comunidad. Él nunca negó la ley privada, pero el término «comunidad» ha sido erróneamente usado por defensores del poder y no de la autoridad. Explica Rothbard:

Como ya hemos indicado, el gran fallo de la teoría de la ley natural —desde Platón y Aristóteles, pasando por los tomistas, hasta Leo Strauss y sus actuales seguidores— es haberse inclinado en el fondo más del lado estatista que del individualista. Esta teoría «clásica» de la ley natural sitúa el lugar del bien y de las acciones virtuosas en el Estado, con estricta subordinación de los individuos a las instancias estatales. Y así, a partir del correcto dictum de Aristóteles de que el hombre es un «animal social» y de que su naturaleza se desenvuelve mejor en un clima de cooperación social, los clásicos se deslizaron ilegítimamente hacia la identificación virtual de la «sociedad» con el «Estado» y consideraban, por consiguiente, al Estado como el lugar principal de las acciones virtuosas.

Considerar al Estado como monopolista de la ley es incorrecto y no entra dentro de la ley natural. O al menos, no como lo especificaron los escolásticos. La ley humana la crea una autoridad basándose en la ley natural, pero explican que cada hombre es libre de entender que no es justa e incumplirla. Por eso, llegaríamos a un punto donde a priori la autoridad no tendría ningún derecho a no ser castigada por esos mismos crímenes (contrariamente a lo que ocurre con el Estado) y podría existir perfectamente competencia entre autoridades y leyes. Por lo tanto, así se llegaría a una sociedad libre o anarquista. El punto que no gusta oír a muchos anarquistas es que podrían existir leyes humanas positivas, o simplemente costumbres no escritas, que condenasen vicios o «crímenes sin víctimas» siempre que emanasen de una autoridad y fuesen ampliamente aceptadas. Por eso, vamos a analizar supuestos que podrían ocurrir y dar argumentos económicos y éticos en contra de la coacción cuando hablamos de «crímenes sin víctima».

Como ya hemos visto, la ley humana no deja de ser una interpretación de la ley natural. Si la comunidad interpretase que tuviese que haber una agencia monopolística que vigilase el cumplimiento de esas leyes, nos quedaríamos exactamente en la situación actual en donde existe el Estado. La anarquía, o la ausencia de poder debido a la ausencia de monopolio en la ley, debe ser mayoritariamente apoyada por el pueblo y por las élites en general. Al eliminarse el juez final forzoso, también conocido como Estado, llegaríamos a una situación similar en donde la ley sería similar a la tradicional «common law». En este sistema, los jueces serían personas muy cultas y de buena moral, por lo que, en casos de disputa, su veredicto prevalecería sobre ambas partes, ya que su veredicto gozaría de legitimidad. Básicamente serían los intérpretes de la ley natural.

Las sentencias judiciales condenarían principalmente a asesinos, violadores y ladrones. ¿Por qué si no habría un juez final forzoso? Porque, según la ley natural, es autoevidente que se debe aplicar la coacción en los supuestos que impliquen agresión. Todas las sociedades a lo largo de la historia han condenado estos supuestos, con excepciones de pecadores que renegaron de la ley natural, porque en nuestro corazón sabemos que matar, violar o asesinar está mal. Una sociedad anarquista sería anarquista porque los individuos que la compondrían serían generalmente virtuosos y de buena moral, y cumplirían con las cuatro virtudes cardinales: justicia, templanza, fortaleza y prudencia. No hay ningún argumento sólido para indicar que en anarquía habría asesinatos, robos y violaciones en mayor medida que con la existencia de Estado, tampoco para indicar que no existirían, ya que siempre han existido y existirán individuos que se desvíen de la ley natural. O peor aún, decir que se tolerarían. Aunque nos pusiésemos en el supuesto de que una sociedad no condenase esos crímenes, sería ampliamente aislada y rechazada, por lo que esa comunidad, llena de gente malvada, tendería a desaparecer.

Ahora, vamos con las normas de convivencia, que forman parte de la tomista ley humana. La teoría austrolibertaria, que solo matiza qué son los derechos de propiedad y cuándo ha habido una agresión, dice que en cada propiedad privada cada uno pondría sus normas, siempre que no contradijesen la ley natural. En una comunidad de propietarios, los futuros propietarios se adscribirían voluntariamente a unas normas básicas de convivencia, pudiendo quedar temporalmente ligados los descendientes que heredasen la propiedad. Por matizar que las leyes privadas no pueden contradecir la ley natural, Rothbard hace una muy buena crítica a esas leyes que permitirían cometer cualquier barbaridad por el mero hecho de encontrarte en tu propiedad con el argumento de que la respuesta a un crimen siempre debe ser proporcional, o al menos, tender hacia la proporcionalidad. El argumento que da es que si un niño roba unas chuches en una tienda, el dueño no tiene derecho a dispararle, ya que no sería una respuesta proporcional, lo que haría que tampoco fuese justa. En ese supuesto se condenaría al dueño de la tienda por asesinato.

El problema viene cuando no está todo privatizado o no hay unas normas claras de convivencia, lo que crearía conflictos. Para ello, a priori, existirían normas no escritas que reposarían sobre la costumbre y el sentido común. No tiene por qué ser necesario que existan leyes escritas, es decir, positivas, pero podrían existir. Esas leyes estarían ampliamente aceptadas o emanarían de una autoridad, que serían esos mismos jueces de buena moralidad. Es autoevidente entender que no puedes circular por el carril contrario, tampoco puedes conducir muy borracho, pegar palizas a tu perro ni pasear desnudo por un parque por el que pueden pasar niños. Todos esos supuestos serían ampliamente rechazados, ya que, como se ha explicado antes, toda norma reposa en nuestra interpretación y comprensión a través de la razón de la ley natural, en lo que consideramos en nuestro corazón correcto. Que existan individuos desviados respecto a estas normas no implica que se deban tolerar estas desviaciones. He de añadir que la aplicación de esas leyes tradicionales, costumbristas o hasta positivas no tiene por qué ser mediante el uso de la fuerza, se podrían aplicar mediante un simple «no lo hagas» o «no eres bienvenido aquí» dicho por alguna autoridad o mediante el rechazo y la presión social, que implicaría la autoexpulsión de ese individuo de la comunidad, como dice Hans-Hermann Hoppe y mencionaré más abajo.

Para seguir con la tesis, vamos a puntos más grises, como pueden ser el uso de determinadas sustancias, la distribución de pornografía o la prostitución. Según la teoría austrolibertaria, pese a ser supuestos inmorales, no se podría usar la coacción para castigarlos ya que realmente no dañan ningún derecho de propiedad ajeno. No sería igual en el caso de que adquirieses una propiedad en una comunidad donde por contrato se prohibiese la prostitución o el consumo de heroína ya que estarías vinculado al cumplimiento del contrato. Pero, en la realidad, si en una comunidad no completamente privatizada (como pienso que sería) los individuos demandasen esas leyes y los jueces considerasen que esos supuestos fuesen punibles según la ley natural (la justificación sería que no nos llevan a ningún fin natural), entonces se podrían condenar. Esto podría pasar perfectamente, por eso, quiero recordar que la anarquía es nuestra condición natural, no un paraíso terrenal. Los males del mundo seguirían existiendo (creo que menos que ahora, por eso soy anarquista) y seguiría habiendo injusticias.

El primer problema de la condena de los vicios, o «crímenes sin víctima», está en la virtud. Pese a muchas discrepancias, no es virtuoso que unos hombres condenen a otros por sus vicios. Para los católicos, en Juan 8:1-8:11, se puede apreciar cómo Jesús salvó a una mujer adúltera de ser apedreada. Iban a apedrear a la mujer, a lo que Jesús replicó el famoso: «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra». Por lo que huyeron, y Jesús dejó marchar a la mujer diciéndola: «Ni yo te condeno. Vete. No peques más». Como las leyes no son solo para los católicos, cualquier persona que use la razón para descubrir la ley natural puede entender que no hay virtud en el uso desproporcionado e injusto de la fuerza. La virtud está en la solidaridad y, por eso, lo correcto es ayudar a ese individuo a alejarse de sus vicios, lo que llevaría a lo ya mencionado antes. Eso sí, en caso de persistencia, habría que recurrir por obligación moral al ostracismo social.

El segundo problema de la condena de los vicios es el económico. Al encontrarnos en un sistema de ley totalmente descentralizado, en el caso de que se decidan perseguir esos vicios, los costes de perseguirlos los asumiría el demandante, por lo que podría ser muy costoso. Esto lo explica muy bien Albert Esplugas (él define esas leyes como «leyes anti-liberales», definición que no comparto, ya que el liberalismo no sigue la teoría del castigo austrolibertaria):

(…) que las leyes anti-liberales se provean ahora en un contexto descentralizado en el que no se externalizan los costes instituye incentivos que dificultan, en comparación con un contexto estatista democrático, la prevalencia de leyes anti-liberales, aunque éstas obedezcan a las preferencias de la mayoría. ¿Por qué razón? Porque en un escenario de ley privada los consumidores tienen que pagar por las leyes anti-liberales que demandan, mientras que en un contexto estatista-democrático pueden demandar lo mismo y pasar la factura a los demás. Emitir un voto a favor de un partido prohibicionista que quiere perseguir el consumo de droga y de pornografía cuesta poco.

Por lo tanto, si en una comunidad quisieses perseguir un vicio, donde tal persecución legal esté legitimada socialmente, tendrías que asumir los costes de patrullar y comprobar que se hiciese efectiva la ley, además de los costes de las prisiones. La conclusión a la que llega Esplugas es:

Por este motivo el estadio intermedio que describíamos no parece sostenible a menos que las preferencias de esta mayoría prohibicionista sean muy intensas y estén realmente dispuestos a costear lo que vale imponerlas a toda la población. Es más razonable pensar que sus preferencias serán intensas en lo que se refiere a la protección de su persona y su propiedad, pero más tenues con respecto a lo que hacen los demás en su casa, y que en consecuencia estarán dispuestos a pagar solo por los servicios que les protegen de las agresiones y se resignarán a que los consumidores de droga y pornografía hagan lo que les plazca en sus hogares. El resultado en este caso acabaría siendo una sociedad libre, una sociedad donde la población demandara leyes liberales, no tanto por convicción como por conveniencia.

En conclusión, si mediante la interpretación que demandase la comunidad y diesen los jueces sobre los «crímenes sin víctima» se quisiese utilizar la coacción, sería costoso y, seguramente, aquellos demandantes desistirían, no porque creyesen que es lo correcto, sino por puro interés económico.

Entonces, la solución para preservar la virtud en una comunidad no sería la imposición legal positiva ni la persecución. Hoppe explica claramente la solución, que sería la remoción física:

Un orden social libertario no puede tolerar ni a los demócratas ni a los comunistas. Será necesario apartarlos físicamente de los demás y expulsarlos de la sociedad. Del mismo modo, en un pacto instituido con la finalidad de proteger a la familia, no puede tolerarse a quienes promueven formas de vida alternativas, no basadas en la familia ni en el parentesco, incompatibles con aquella meta.

Lo que es importante aclarar es que Hoppe en ningún momento menciona la coacción como medio para promover la virtud, sino que explica que a aquellas personas que promoviesen formas de vida hedonistas, cortoplacistas o que simplemente atentasen contra la propiedad privada habría que removerlas físicamente. La remoción física lo único que implicaría sería decirle al mal vecino que no está cumpliendo con las normas morales de la comunidad, por lo que sería condenado al ostracismo social y presionado para abandonar la comunidad. El ostracismo social no implicaría coacción, por lo que sería totalmente legítimo en una sociedad libre, además de ser la solución para condenar socialmente a aquellos individuos desviados de la ley natural cuyo objetivo fuese destruir el modo de vida de las personas virtuosas.


Referencias

https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s1c3a1_sp.html

https://bazar.ufm.edu/murray-rothbard-la-ley-natural-desde-artistoteles-platon-fueron-todos-estatistas-locke-baso-la-ley-natural-la-libertad/

https://mises.org/es/library/introduccion-la-ley-natural

https://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/30/es-viable-el-anarcocapitalismo-albert-esplugas-boter.html

https://mises.org/library/democracy-god-failed-1

https://libertarianchristians.com/2021/04/05/the-libertarian-aquinas/

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