¿Qué ha hecho el gobierno de nuestro dinero?

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I.- INTRODUCCIÓN

En Economía hay pocos temas más liados y confusos que el del dinero. Abundan las diatribas entre «dinero escaso» frente a «dinero abundante», sobre el papel del Sistema de la Reserva Federal (norteamericana) y del Tesoro (de los EE.UU.), sobre las distintas versiones del patrón oro, etc …. ¿Tiene el gobierno que inyectar dinero en la Economía o debe extraerlo? ¿Qué departamento del Gobierno ha de hacerlo? ¿Debe expandir el crédito o restringirlo? ¿Se ha de volver a implantar el patrón oro? En ese caso ¿Con qué tasa de cambio? Éstas y otras preguntas se multiplican aparentemente sin tregua.

Quizás la torre de Babel de concepciones respecto de la cuestión del dinero surja de la propensión humana a ser «realista», es decir, a estudiar solo los problemas políticos y económicos inmediatos. Si nos involucramos por completo en los asuntos cotidianos, obviamos distinciones fundamentales o dejamos de formular preguntas que son en realidad esenciales. Pronto, se olvidan cuestiones que son básicas y la firme adherencia a los principios es sustituida por una deriva sin sentido. Con frecuencia hemos de ver las cosas con perspectiva y apartarnos de nuestros diarios quehaceres para comprenderlos mejor. Esto es especialmente cierto en Economía, en la que las relaciones son tan intricadas que tenemos que aislar algunos factores, analizarlos, para entonces trazar su forma de operar en el complejo mundo. Éste era el objetivo de la «Economía de Robinson Crusoe», una de las herramientas de la Teoría Económica clásica. El análisis de Crusoe y de Viernes en su isla desierta, tan denostado por los críticos como irrelevante en el mundo actual, permitió realmente llevar a cabo la muy útil función de alumbrar los axiomas básicos de la acción humana.

De entre todos los problemas económicos, el del dinero es posiblemente el más enmarañado, y quizás en el que más necesitemos mantener la perspectiva. El dinero, a mayor abundamiento, es el área de la Economía más incrustada y liada, en la que, durante siglos, más se ha inmiscuido el gobierno. Mucha gente -muchos economistas- habitualmente dedicados al estudio del libre mercado se quedaron atascados en el tema del dinero. El dinero, insisten, es diferente; debe ser suministrado y regulado por el gobierno. Nunca ven el control estatal del dinero como una interferencia en las reglas del libre mercado; un mercado libre del dinero es para ellos impensable. Para ellos son los gobiernos quienes deben acuñar moneda, emitir el papel-moneda, definir el «curso legal», crear bancos centrales, inyectar y extraer dinero del sistema, «estabilizar el «, etc …

Históricamente, el dinero fue una de las primeras cosas que los gobiernos controlaron y la revolución liberal de los siglos XVIII y XIX hizo poca mella en la esfera monetaria. Así que ya es hora de que prestemos fundamental atención a lo que es la sangre de nuestra economía: el dinero.

Empecemos por preguntarnos: ¿Puede organizarse el sistema monetario sobre el principio de la libertad?  ¿Podemos tener un libre mercado del dinero como el de otros bienes y servicios? ¿Cual sería la forma de semejante mercado? ¿Y cuáles los efectos de los distintos controles gubernamentales? Si somos partidarios del libre mercado en otros ámbitos, si queremos eliminar la invasión que el gobierno hace en nuestra persona y bienes, no tenemos tarea más importante que la de explorar las formas y los medios de establecer un mercado libre del dinero.

II.- EL DINERO EN UNA SOCIEDAD LIBRE

1.- El valor de intercambio

¿Cómo surgió el dinero? Está claro que R. Crusoe no necesitaba dinero. No podía haberse comido sus monedas de oro. Ni tampoco tuvieron que preocuparse del dinero Robinson Crusoe y Viernes, que quizás intercambiaran pescado por leña. Pero en cuanto la sociedad se expande más allá de unas pocas familias, el escenario está ya dispuesto para que aparezca el dinero.

Para explicar el papel del dinero, todavía tenemos que ir un poco más atrás, y preguntarnos: ¿Porqué tienen los hombres que realizar intercambio alguno? El intercambio es la base esencial de nuestra vida económica. Sin intercambios, no habría auténtica economía, y, en la práctica, la sociedad no existiría. Es evidente que un intercambio voluntario ocurre porque ambas partes esperan obtener un beneficio de él. Un intercambio es un acuerdo entre A y B consistente en transferir los bienes y servicios de un hombre por los bienes o servicios de otro. Obviamente, ambos se benefician porque cada uno de ellos valora lo que recibe a cambio más de lo que entrega. Cuando Crusoe, supongamos, intercambia algo de pescado por leña, valora la leña que «compra» más que el pescado que «vende», mientras que Viernes, por el contrario, valora el pescado más que la leña. Desde Aristóteles a Marx, los hombres han creído erróneamente que un intercambio registra una especie de igualdad en el valor – que si un barril de pescado se cambia por diez troncos, es porque existe una especie de igualdad subyacente entre ellos -. En realidad, el intercambio solo tuvo lugar porque ambas partes dieron una valoración diferente a los dos productos.

¿Porqué debe ser e intercambio un fenómeno humano tan universal ?  Fundamentalmente, es consecuencia de la gran variedad que existe en la naturaleza: la variedad humana y la dispersión de los recursos naturales. Cada hombre tiene un diferente conjunto de conocimientos y aptitudes, y cada parcela de tierra tiene sus características únicas, sus propios y distintos recursos. Los intercambios se originan a resultas de ese hecho natural externo en que la variedad consiste; harina de Kansas por hierro de Minnesota; los servicios médicos de un hombre por los de otro que toca el violín. La especialización permite a cada hombre desarrollar sus mejores capacidades y hace posible que cada región desarrolle sus propios y particulares recursos. Si nadie pudiera intercambiar, si cada hombre se viera forzado a ser completamente auto-suficiente, es obvio que la mayoría de nosotros moriría de inanición, y el resto apenas conseguiría sobrevivir. El intercambio es la sangre, no solo de nuestra economía, sino de la civilización misma.

2.- El trueque

Con todo, el de bienes y servicios apenas sería suficiente para que una economía pudiera ir más allá de un primitivo desarrollo. Semejante intercambio directo -o trueque- es escasamente mejor que la pura autosuficiencia ¿Porqué motivo? Por una razón: se podría llevar a cabo una producción muy reducida. Si Jones contrata algunos trabajadores para construir una casa, ¿Con qué les pagará? ¿Con partes de la casa, o con materiales de construcción que no pudieran utilizar? Los dos principales problemas son la «indivisibilidad» y la «falta de coincidencia o disparidad de deseos de cada uno, de lo que cada uno quiere». Por tanto, si Smith tiene un arado que le gustaría intercambiar por varias cosas, digamos, por huevos, pan y cierto conjunto de ropas ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría romper el arado y entregar una parte al granjero y otra al sastre? Incluso cuando los bienes son divisibles, es prácticamente imposible que dos personas interesadas en intercambiar cosas puedan coincidir. Si A tiene huevos que vender, y B tiene un par de zapatos, ¿Cómo pueden llegar a un acuerdo si lo que quiere A es un traje ? ¡E imagínense el problema de un profesor de Economía que quiere encontrar un productor de huevos dispuesto a recibir unas cuantas lecciones de Economía a cambio de sus huevos! Es evidente que cualquier tipo de economía civilizada es imposible con intercambios directos.

3.- Intercambio indirecto

Pero el hombre, en el proceso de prueba y error, descubrió el camino que hizo posible una gran expansión de la Economía: el intercambio indirecto. Con el intercambio indirecto, uno vende su producto no por un bien que directamente necesita, sino por otro bien que seguidamente vende, a su vez, para obtener el bien que desea. A primera vista, parece una operación enrevesada y circular. Pero es en realidad el maravilloso instrumento que ha hecho posible el desarrollo de la civilización.

Considérese el caso de A, el granjero, que quiere comprar los zapatos hechos por B. Como B no quiere sus huevos, descubre que lo que quiere B, es, pongamos, mantequilla. A entonces intercambia sus huevos por la mantequilla de C y la vende a B a cambio de los zapatos. Compra la mantequilla no porque la quiere en primera instancia, sino porque le permitirá obtener sus zapatos. Del mismo modo, Smith, propietario de un arado, lo venderá  por un bien que podrá dividir y vender más fácilmente -supongamos, por mantequilla- y cambiará entonces parte de esa mantequilla  por huevos, pan, ropa, etc … En ambos casos, la superioridad de la mantequilla -la razón por la que existe una demanda de mantequilla superior a la  precisa para el consumo- es su mayor «comerciabilidad». Si un bien es más «comercializable» que otro -si todos confían en que será más fácilmente vendible- entonces aumentará su demanda porque será utilizado como un «medio de intercambio». Será el medio por el cual un especialista podrá intercambiar su producto por los bienes de otro especialista.

Pues bien, como ocurre en la naturaleza, al haber una gran variedad de conocimientos y recursos, hay también bienes de distinta comerciabilidad. Algunos bienes son más ampliamente demandados que otros, algunos son más fácilmente divisibles en porciones más pequeñas sin pérdida de su valor, algunos duran largos períodos de tiempo, otros son más aptos para ser fácilmente transportados a lugares distantes, Todas esas ventajas conducen a una mayor comerciabilidad. Está claro que en toda sociedad los bienes más comercializables serán gradualmente elegidos como medio para realizar los intercambios. Conforme vayan siendo más utilizados con ese propósito, su demanda aumentará a consecuencia de ese uso, lo que aumentará aún más su comerciabilidad. El resultado es una espiral que se refuerza a si misma: la mayor comerciabilidad causa un uso más intenso como instrumento de cambio lo que a su vez produce una mayor comerciabilidad, etc … Eventualmente, uno o dos tipos de bienes se acaban utilizando de forma generalizada como instrumento de intercambio -en la mayoría de intercambios- y a esos instrumentos se les llama dinero.

Históricamente, se han utilizado muchos y distintos bienes como dinero: el tabaco en la Virginia colonial, el azúcar en las Indias Occidentales, la sal en Abisinia, el ganado en la antigua Grecia, los clavos en Escocia, el cobre en el antiguo Egipto así como grano, cuentas, té, conchas caurí y anzuelos para la pesca. A lo largo de los siglos  la libre competencia del mercado ha preferido usar como dinero a dos mercancías, el oro y la plata, que han acabado desplazando a las demás. Ambas son comercializables como ninguna, son muy demandados como ornamento y son excelentes en cuanto a las demás necesarias cualidades. En tiempos recientes, al ser la plata relativamente más abundante que el oro, se la ha preferido para los pequeños intercambios, reservando el oro para las transacciones de mayor cuantía. En cualquier caso, lo importante es que sea cual sea la razón, el mercado libremente ha descubierto que son el oro y la plata los tipos de dinero más eficientes.

Este proceso: el progresivo desarrollo de un medio de intercambio en el libre mercado es la única forma en que el dinero puede ser establecido. El dinero no se puede originar de ninguna otra manera, ni porque alguien de repente decida crear dinero a partir de un material que no sirva para nada, ni porque un gobierno decida llamar dinero a ciertos pedazos de papel. El conocimiento de los precios del pasado inmediato en términos monetarios es algo intrínseco a la demanda de dinero; en contraste con los bienes directamente utilizados por los productores o por los consumidores, el dinero  tiene que tener un precio anterior sobre el que asentar su demanda. Pero la única forma de que esto pueda ocurrir se da cuando se empieza por utilizar como medio de trueque a un bien, que tiene un valor intrínseco de uso, y a partir de él, a la demanda que deriva de su directa utilidad (por ejemplo, para ornato en el caso del oro) [1] se le añade la que resulta de su condición de medio para realizar  intercambios. Por consiguiente, el gobierno no tiene poder para crear el dinero de una economía; el dinero sólo puede desarrollarse a través de procesos de libre elección en el seno del mercado.

Una verdad de la mayor importancia con respecto al dinero surge ahora de nuestra discusión: el dinero es una mercancía. Aprender esta simple lección es una de las tareas más importantes que tiene el mundo. Raramente le ha dado la gente ese sentido al hablar del dinero (el de ser una mercancía). El dinero no es una unidad abstracta de cuenta, que se pueda separar de un bien concreto; no es una ficha sin valor sólo útil como medio de cambio; no es un «crédito o derecho contra la sociedad»; no es una garantía de un precio fijo. Es tan solo una mercancía. Difiere de las demás mercancías o bienes en que es principalmente demandado para ser empleado como medio para realizar intercambios. Pero aparte de esto, es una mercancía -y como todas las mercancías, existe en una cierta cantidad, se producen alzas en la demanda de gente que quiere comprarla y tenerla, etc … Como ocurre con todas las mercancías, su «precio» -en términos de otros bienes- viene determinado por la interacción de su oferta total, o disponibilidad, y la demanda total de la gente que quiere comprarlo y conservarlo (La gente «compra» dinero vendiendo sus bienes y servicios para obtenerlo, al igual que «venden» dinero cuando compran bienes y servicios).


[1] Sobre el origen del dinero, cf. Menger, Carl – Principios de Economía (Principles of Economics  – Glencoe, Ill.: Free Press, 1950), pp. 257–71; Ludwig von Mises,  La Teoría del dinero y el crédito, 3ª ed. (The Theory of Money and Credit – New Haven, Conn.: Yale University Press, 1951), pp. 97–123.


Traducido del inglés por Juan Gamón Robres.

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