Mises reseña El hombre, la economía y el estado

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[Esta reseña apareció originalmente en New Individualist Review, otoño de 1962. Fue reimpresa en Economic Freedom and Interventionism]

La mayoría de lo que hoy cae bajo la etiqueta de ciencias sociales son apologías mal disfrazadas de políticas de gobiernos. Lo que dijo una vez el filósofo George Santayana (1863-1952) sobre un profesor de filosofía de la Universidad entonces Real Prusiana, de Berlín, de que a este hombre le parecía “que el trabajo de un profesor era caminar fatigosamente un camino público de sirga con una carga legal”, es hoy verdad en todas partes para la mayoría de los nombrados para enseñar economía. Tal y como lo ven estos doctores, todos los males que aquejan a la humanidad los causan la codicia de explotadores, especuladores y monopolistas avariciosos, que son supremos en la dirección de asuntos en la economía de mercado. La principal tarea del buen gobierno es someter a estos canallas suprimiendo su “libertad económica” y sometiendo todos los asuntos a las decisiones de la autoridad central. Un control público completo de las actividades de todos (ya se le llame planificación, socialismo, comunismo o cualquier otro nombre) se alaba como la panacea universal.

Para hacer factibles estas ideas se tenía que proscribir como ortodoxo, clásico, neoclásico y reaccionario todo lo que ha producido la economía antes de la aparición del New Deal, el Fair Deal y la Nueva Frontera. Cualquier conocimiento de economía pre-keynesiana se considera como bastante inapropiado e impropio de un economista actualizado. Podría hacer que aparecieran fácilmente en su mente algunos pensamientos críticos. Podría animarle a reflexionar, en lugar de adoptar mansamente los lemas vacíos de gobiernos y grupos poderosos de presión. De hecho, no hay ya en los escritos y enseñanzas de los que hoy en día se hacen llamar “economistas” ninguna comprensión de cómo funciona el sistema económico como tal. Sus libros y artículos o describen, analizan ni explican los fenómenos económicos. No prestan atención a la interdependencia y mutualidad de las diversas actividades de individuos y grupos. En su opinión, existen distintas esferas económicas que han de ser tratadas en general como dominios aislados. Disuelven la economía en una serie de campos especiales, como economía del trabajo, agricultura, seguros, comercio exterior, comercio interior y así sucesivamente. Estos libros y artículos tratan sobre el nivel de los salarios, por ejemplo, como si fuera posible tratar este tema independientemente de los problemas de los precios de los productos, intereses, pérdidas y ganancias y todos los demás temas de la economía. Reúnen, sin la menor idea de para qué propósito lo hacen. Una vasta matriz de datos estadísticos e históricos del pasado reciente, que prefieren calificar como “presente”. No entienden en absoluto la interconexión y determinación mutua de las acciones de los diversos individuos cuyo comportamiento genera la aparición de la economía de mercado.

Los escritos económicos de las últimas décadas proporcionan una triste historia de progresivo deterioro y degradación. Incluso una comparación de las publicaciones recientes de muchos autores más mayores con sus escritos anteriores muestra un avanzado declive. Las pocas, muy pocas, buenas contribuciones que aparecen en nuestra época se desdeñan como pasadas de moda y reaccionarias por los economistas del gobierno, se boicotean por las universidades, las revistas académicas y los periódicos y se ignoran por el público.

Esperemos que el destino del libro de Murray N. Rothbard, El hombre, la economía y el estado (Princeton: D. Van Nostrand, 1962) sea distinto. El Dr. Rothbard ya es muy conocido como autor de varias excelentes monografías. Ahora, como resultado de muchos años de meditación sagaz y perspicaz, se une a las filas de los economistas eminentes publicando una obra voluminosa, un tratado sistemático de economía.

La principal virtud de este libro es que es un análisis completo y metódico de todas las actividades comúnmente llamadas económicas. Ve estas actividades como acción humana, es decir, como esfuerzo consciente hacia fines elegidos recurriendo a medios apropiados. Este conocimiento expone los esfuerzos inútiles del tratamiento matemático de los problemas económicos.

El economista matemático intenta ignorar la diferencia entre fenómenos físicos, por un lado, en cuya aparición y consumación el hombre es incapaz de ver el funcionamiento de ninguna causa final (y que pueden estudiarse científicamente solo porque ahí prevalece una regularidad perceptible en su concatenación y sucesión), y los fenómenos praxeológicos, por el otro, a los que falta esa regularidad pero son concebibles para la mente humana como resultados de búsqueda a propósito de fines concretos escogidos.

Las ecuaciones matemáticas, dice Rothbard, son apropiadas y útiles cuando hay relaciones cuantitativas constantes entre variables no motivadas; son inapropiadas en el campo del comportamiento consciente. En unas pocas brillantes líneas echa abajo el principal dispositivo de los economistas matemáticos, que es la idea errónea de sustituir los supuestamente anticuados conceptos de causa y efecto por los conceptos de determinación mutua y equilibrio. Y demuestra que los conceptos de equilibrio economía de rotación constante no se refieren a la realidad; aunque indispensables para cualquier investigación económica, son simplemente herramientas mentales para ayudarnos en el análisis de la acción real.

Las ecuaciones de física describen un proceso a lo largo del tiempo, mientras que las de economía no describen un proceso en absoluto, sino simplemente el punto final de equilibrio, una situación hipotética que está fuera del tiempo y a la que nunca se llegará en la realidad. Además, no pueden decir nada acerca de la vía por la que se mueve la economía en dirección a la posición final de equilibrio. Como no hay relaciones constantes entre ninguno de los elementos que estudia la ciencia de la acción, no hay medición posible y todos los datos numéricos disponibles tienen sencillamente un carácter histórico: pertenecen a la historia económica y no a la economía como tal. El lema positivista: “la ciencia es medición” no se refiere en modo alguno a las ciencias de la acción humana; las afirmaciones de la “econometría” son vanas.

En todos los capítulos de su tratado, el Dr. Rothbard, adoptando lo mejor de las enseñanzas de sus predecesores y añadiendo a ellas observaciones muy importantes, no solo desarrolla la teoría correcta sin dejar de ocuparse en refutar todas las objeciones planteadas alguna vez contra estas doctrinas. Expone las mentiras y contradicciones de la interpretación popular de los asuntos económicos. Así, por ejemplo, a ocuparse del problema del desempleo, apunta: en toda la explicación moderna y keynesiana de este asunto, el eslabón perdido es precisamente el nivel salarial. No tiene sentido hablar de empleo o desempleo sin referencia a un nivel salarial. Cualquier oferta de servicio laboral que se lleve al mercado puede venderse, pero solo si los salarios se establecen al nivel que liquide el mercado. Si un hombre quiere emplearse, lo hará, siempre que el nivel salarial se ajuste de acuerdo con lo que Rothbard llama su valor de producto marginal descontado, es decir el nivel actual del valor que los consumidores (en el momento de la venta final del producto) atribuyan a su contribución a la producción. Siempre que el que busque empleo insista en un salario superior, permanecerá desempleado. Si la gente rechaza ser empleada excepto en lugares, ocupaciones o con los salarios que quieran, es probable que estén escogiendo desempleo para periodos sustanciales. Toda la trascendencia de este estado de cosas se pone de manifiesto si se presta atención al hecho de que, bajo las condiciones presentes, los que ofrezcan sus servicios en el mercado laboral representan a la inmensa mayoría de los consumidores cuya compra o abstención de compra acaba determinando el nivel de los salarios.

Menos exitoso que sus investigaciones en los campos de la praxeología y la economía en general. Son las observaciones ocasionales respecto de la filosofía del derecho y algunos problemas del código penal. Pero el desacuerdo con sus opiniones con respecto a estos asuntos no puede impedirme calificar la obra de Rothbard como una contribución histórica a la ciencia general de la acción humana, la praxeología y su parte más importante prácticamente y hasta ahora mejor elaborada, la economía. A partir de ahora, todos los estudios esenciales en estas ramas del conocimiento tendrán que tener completamente en cuenta las teorías y críticas expuestas por el Dr. Rothbard.

La publicación de un libro estándar sobre economía plantea de nuevo una pregunta importante, que es ¿para quién se escriben ensayos de esta importancia: solo para especialistas, estudiantes de economía o toda la gente?

Para responder a esta pregunta, tenemos que tener en cuenta que a los ciudadanos, en su aspecto de votantes, se les reclama determinar en definitiva todos los temas de políticas económicas. El hecho de que las masas ignoren la física y no sepan nada importante acerca de la electricidad no obstruye los esfuerzos de los expertos que utilizan las enseñanzas de la ciencia para la satisfacción de los deseos de los consumidores. Desde varios puntos de vista, se puede deplorar la insuficiencia e indolencia intelectual de las multitudes. Pero su ignorancia respecto de los logros de las ciencias naturales no pone en peligro nuestro bienestar espiritual o material.

Es bastante diferente en el campo de la economía. El hecho de que la mayoría de nuestros contemporáneos, las masas de semibárbaros liderados por supuestos intelectuales, ignore todo lo que ha logrado la economía es el principal problema político de nuestro tiempo. No tiene sentido engañarnos. La opinión pública estadounidense rechaza la economía de mercado, el sistema capitalista de libre empresa que proporcionó a la nación el máximo nivel de vida nunca logrado. El control público completo de todas las actividades del individuo es prácticamente el objetivo de ambos partidos nacionales. El individuo va a ser privado de su responsabilidad y autonomía moral, política y económica y convertido en un peón en los planes de una autoridad suprema que apunte a un propósito “nacional”. Su “riqueza” va a recortarse en beneficio de lo que se llama el “sector público”, es decir, la maquinaria operada por el partido en el poder. Hordas de autores, escritores y profesores universitarios están ocupadas denunciando supuestos defectos del capitalismo y exaltando las virtudes de la “planificación”. Llenos de un ardor casi religioso, la inmensa mayoría está defendiendo medidas que paso a paso llevan a los métodos de administración practicados en Moscú y en Pekín.

Si queremos evitar la destrucción de la civilización occidental y la vuelta a la miseria primitiva, debemos cambiar la mentalidad de nuestros conciudadanos. Debemos hacerles darse cuenta de lo que deben a la muy denostada “libertad económica”, el sistema de libre empresa y el capitalismo. Los intelectuales y aquellos que se hacen llamar ilustrados deben utilizar sus superiores capacidades cognitivas y poder de razonamiento para la refutación de ideas erróneas sobre problemas sociales, políticos y económicos y para la diseminación de una comprensión correcta de la economía de mercado. Deben empezar por familiarizarse con todos los asuntos implicados para enseñar a quienes están ciegos por la ignorancia y las emociones- Deben aprender para conseguir la capacidad de ilustrar a los muchos equivocados.

Es un error lamentable por parte de nuestros más valiosos contemporáneos creer que la economía puede dejarse a especialistas de la misma manera en que varios campos de la tecnología pueden dejarse tranquilamente en manos de quienes han decidió hacer de alguna parte de ella su vocación. Los asuntos de la organización económica son asunto de todos los ciudadanos. Enseñarles en la medida en que cada uno pueda es tarea de todos.

Ahora un libro como El hombre, la economía y el estado ofrece a todo hombre inteligente una oportunidad de obtener información fiable respecto de las grandes controversias y conflictos de nuestro tiempo. Indudablemente no es fácil de leer y reclama el completo ejercicio de nuestra atención. Pero no hay atajos para la sabiduría.


Publicado el 18 de marzo de 2009. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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