¿Por qué convencer cuando puedes usar la violencia?

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Usar la violencia para conseguir un fin es el método que suelen usar los niños. Si a Pablo, de 5 años, tiene un nuevo juguete y Juan, de la misma edad, quiere jugar con la nueva diversión de Pablo, no dialoga con él, ni le propone un trato, o siquiera plantea el hecho de intercambiar su juguete por otro de forma provisional. Simplemente se lo saca de forma violenta. Es el mismo comportamiento que usan los animales. Es más fácil robar la comida de otro animal más pequeño que cazar una pieza viva. Este tipo de actitud es repudiada por la sociedad, y cuando un adulto usurpa la propiedad de otro, sea por los motivos que sea, lo llamamos robo. Y a la persona que lo comete, ladrón.

Desafortunadamente el socialismo engañó a la gente haciéndole creer que el robo y “comportamiento animal” es bueno, incluso necesario, cuando se hace por el bien de todos. Esto lo podemos ver en cualquier conversación de café, donde alguien dice: “si yo fuera gobernante, eliminaría la pobreza” por ejemplo. Este tipo de gente no solo cae en una contradicción y en un simplismo intelectual, sino que no ve que sus acciones llevan siempre a una mayor injusticia.

El Gobierno no produce nada y se financia, en última instancia, por los impuestos. Los impuestos no son voluntarios. Son un tributo al señor del reino —o presidente de la nación— que éste reparte como quiere según su visión o intereses. Una organización que usa la extorsión para pagar sus obras altruistas, es un peligro. Eso significa que tarde o temprano usará esa fuerza para hacer lo que le más le rente o interese a nivel corporativo y personal. Si damos poder al Gobierno para que nos defienda de los lobbies, por ejemplo, los lobbies —que tienen más fuerza que nosotros— usarán ese poder para pedir al Gobierno que les defienda de la gente y barra hacia sus intereses. Si pedimos leyes contra las grandes empresas, estas pedirán leyes que les defiendan de nosotros. Si pedimos un órgano regulador que fiscalice la banca (un banco central), los bancos pedirán al regulador que les defienda de sus clientes y les den dinero. La delegación de poderes en el Estado, al final se acaba volviendo la guerra de todos contra todos. Es la ley de la selva en estado puro. Eso ha conseguido el Estado del Bienestar.

El autor liberal Harry Browne acuñó el término del “Síndrome del Dictador” para referirse a los sueños lineales y absurdos de conseguir un gran fin comunal mediante el uso de la fuerza. ¿No cree que los políticos ya habrían curado al mundo si hubiesen podido para así conseguir más votos? Que no lo hayan hecho significa que es más difícil de lo que usted cree. Imagínese que usted, como presidente del país, promete erradicar la pobreza. Tendría que hacer un plan. Para empezar, saber quién es pobre dentro de su país. ¿Cómo hace algo así? Tendrá que gastarse dinero en algún tipo de censo y seguimiento de control. Eso significa más funcionarios. Si usted anuncia subvenciones y ayudas para los pobres, rápidamente van a aumentar los pobres oficiales del país. Mucha gente se sacará un sobresueldo con tal ayuda. Algunos grupos de presión dirán que la ley es injusta por considerar pobre a personas con rentas demasiado altas. ¿Qué es pobre? ¿El que tiene unas rentas inferiores a 10.000 euros o el que gana hasta 20.000 euros? ¿Y qué pasa con el que gana 21.000 euros? En el momento que nace una ley para defender una “víctima social”, solo se la está haciendo más grande. Todos los que puedan cometer fraude de ley para llevarse la ayuda, lo harán. Y no se les puede culpar. El Estado ha incentivado ese comportamiento. Como decía Frédéric Bastiat: “el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás”.

Otras organizaciones, los lobbies, se volverán abanderadas de la causa contra la pobreza, y pedirán dinero al Gobierno para ayudarle. Posiblemente, el Gobierno tenga que hacer partidas no previstas inicialmente y lucrar a tales grupos “altruistas”. Esto requerirá de más controles, que por más que sean, nunca serán suficientes. Si sale algún escándalo por el desvió de fondos estatales de alguna organización, el Gobierno creará una comisión, más leyes, más control, y en definitiva, más burócratas y más impuestos para alimentar todo el montaje. Ya tenemos hecho todo un sóviet dedicado a comprobar quién es pobre, quién no lo es, cómo se canalizan las transferencias hacia los pobres u organizaciones que ayudan a los pobres, y cómo se ha de gastar ese dinero. Algo que antes lo hacía la gente voluntariamente y sin ningún coste para la sociedad, ahora se ha convertido en su antítesis.

La ayuda a los pobres ahora es sinónimo de robo masivo al ciudadano, latrocinio. Las ayudas han creado más pobres oficiales de los que había inicialmente. Ha empobrecido a la clase media ya que los políticos le han usurpado parte de sus rentas mediante la fuerza. Tenemos más funcionarios que alimentar, menos poder de producción en la economía privada, y ha hecho que las pequeñas organizaciones que antes ayudaban a los pobres sin problemas, ni papeles, ni formularios… ahora sean dependientes del Estado, de sus requisitos, de sus leyes y tengan que destinar parte de sus recursos (personal y dinero) a organizar los requerimientos que ordena el Estado.

No solo eso. Enfoquémoslo desde la función del político. Es decir, usted que es el presidente de la nación. Su idea era maravillosa: “eliminar la pobreza”. Pero qué difícil es hacerlo cuando se institucionaliza una virtud. Usted no firmará la ley, solo ha dado el título. Un ejército de burócratas se dedicará a redactar el borrador con lo que ellos consideran justo. Un grupo de legisladores modificará el borrador para hacerla más “igualitaria”, “democrática” y de paso otorgando más fuerza a otras ramas del Gobierno. En el Congreso cada partido interpondrá sus intereses para defender a su votante y partido mismo. Probablemente luego pasará al Senado, y luego otra vez al Congreso. Otros lobbies interferirán para quedarse con parte del pastel. Y al final una bonita idea altruista, que se resumía en un título (eliminar la pobreza), ha quedado en varios tomos de leyes con intereses de todos los grupos del Poder que solo han hecho complicar algo que la sociedad ya hacía por sí misma. La beneficencia no la inventó el Estado, ¡es anterior!

Y después la traca: el Gobierno se queda sin dinero para pagar, y simplemente no lo hace o tarda meses en dar las ayudas. Incluso el pobre al que queríamos ayudar ni siquiera recibe el dinero; sino el “enchufao”, el amigo del político, o el del lobby de turno. Se ha creado el socialismo de amigotes.

Y ahora multiplique todo esto por tantos otros programas estatales que tenemos. El de la integración, el de la igualdad, ecologismo, la enseñanza, la dignidad, el tercer mundo, la alianza de civilizaciones, el del escudo antimisiles, el de ayuda al lobo de no sé qué región, el programa para una vivienda digna…

El Síndrome del Dictador no tiene nada que ver con el altruismo, sino con la violencia, la pobreza intelectual y económica de una sociedad. Cuando intentamos imponer el bien, la democracia, la dignidad y cualquier valor por medio de la obligatoriedad, estamos perjudicando a otras personas, los pagadores de impuestos por ejemplo. No podemos obligar a la gente a que sea altruista a punta de pistola. Convencer a alguien mediante la violencia no es una virtud. Es confundir amor con violación. El método del Gobierno, el del robo a gran escala, no cabe en una sociedad civilizada. Eso son cosas que hacen los animales, los niños pequeños, los gamberros o terroristas. Una sociedad pacífica es la que expulsa la violencia de su seno y usa la persuasión en lugar de la fuerza para llegar a objetivos reales. Una auténtica sociedad pacífica es la que más alejada está de la fuerza del Estado.

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