Entendiendo la Economía Austríaca

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«Comenzando en 1870 en Viena, Austria», escribe el profesor Kirzner, «la escuela se distinguió por su énfasis en los elementos subjetivos del análisis económico, en la importancia del tiempo en los procesos de producción, y en el papel del error y la incertidumbre en los fenómenos económicos».

La economía austríaca debe su nombre al hecho histórico de que fue fundada e inicialmente elaborada por tres austriacos: Carl Menger (1840-1921), Friedrich von Wieser (1851-1926) y Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914). Los dos últimos desarrollaron la teoría de Menger, aunque Böhm-Bawerk, en particular, hizo importantes contribuciones adicionales.

La gran obra de Menger, traducida al Inglés (¡pero no hasta 79 años después!) bajo el título de Principios de economía política , fue publicada en 1871. Por coincidencia, ese mismo año W. Stanley Jevons en Inglaterra, publicó su Theory of Political Economy. Ambos autores desarrollaron independientemente el concepto que ahora se conoce como «utilidad marginal». (Menger nunca utilizó el término. Jevons lo llamó «grado final de utilidad.» Fue Wieser, quien empleó por primera vez el término alemán Grenznutzen, que se traduce como «utilidad marginal»).

Sin embargo, como pocos economistas estadounidenses o británicos leyeron el original en alemán, pasaron muchos años antes de que el alcance real de la revolución iniciada por Menger se hiciera realidad fuera de países de habla alemana. Porque fue Menger quien, reconociendo más plenamente las implicaciones del concepto de utilidad marginal, abrió nuevos caminos y, por así decirlo, dio la vuelta a la antigua economía clásica.

Menger insiste a lo largo de su obra en que el valor es esencialmente subjetivo, y que por tanto, la economía debe ser en su mayor parte una ciencia subjetiva. Los productos no tienen ningún valor inherente a sí mismos. Se valoran, porque ayudan a satisfacer alguna querencia o necesidad humana. Una determinada cantidad o unidad de un determinado bien satisfará el deseo o necesidad más intenso de un hombre. Aquél puede también desear una segunda, tercera o cuarta adicional. Pero después de que cada unidad es consumida o empleada, su deseo o necesidad de una unidad adicional del mismo bien puede ser menos intensa y, puede, finalmente, quedar completamente satisfecha.

De ello se desprende que cada incremento de ese bien a su disposición tendrá un valor reducido para él. Pero como ninguna de las unidades de la cantidad total disponible de ese bien puede tener un valor mayor en intercambio que cualquier otra (de la misma calidad), se deduce, además, que ninguna otra unidad valdrá más en el mercado que la «última» unidad del suministro. Así, en una comunidad dada el valor de cambio de un incremento dado de cada bien será determinado por la relación entre la cantidad total disponible y la intensidad de la necesidad o deseo humano que satisfaga.

Hasta el momento esto puede parecer poco más que un refinamiento de la vieja doctrina clásica de que el valor y el precio se determina por la oferta y la demanda. Parece meramente afirmar la doctrina en términos subjetivos en lugar de objetivos. Pero entonces Menger trata de señalar algunas de sus implicaciones. Los valores de los bienes son mutuamente interdependientes. El pan es valorado por responder a una necesidad de consumo directo. La harina es valorada por ser necesaria para cocer el pan. El trigo es valorado por ser necesario para producir harina. Arados, semillas, tierra y mano de obra son valorados por ser necesarios para producir trigo, y así sucesivamente.

Los valores también son interdependientes, ya que, por ejemplo, si una de las materias primas necesarias para la producción de un producto final falta, esa falta reduce la utilidad y el valor de las demás materias primas necesarias.

Los productos deseados y listos para su uso directo o consumo son llamados por Menger «bienes de primer orden». Las materias primas y otros factores necesarios para producir los primeros son llamados «bienes de segundo orden». Los materiales, maquinaria, mano de obra y otros factores necesarios a su vez para producir estos bienes de segundo orden se llaman bienes de tercer orden, y así sucesivamente. Estos bienes de segundo, tercero, y otros órdenes superiores son valorados por los bienes de consumo que producen.

Así, mientras que la doctrina clásica de Ricardo sostuvo que el valor «normal» de los bienes de consumo era determinada por su «costo de producción», la doctrina austríaca sostiene que el «costo de producción» en sí mismo es determinado en última instancia por el valor de los bienes de consumo.

Estas dos doctrinas pueden ser reconciliadas en parte en la afirmación de que aunque lo que un bien ha costado producir no puede directamente determinar su valor, lo que costará producirlo determinará la cantidad que se siga fabricando. Es el límite que el costo de producción pone a la cantidad total de un bien producido lo que determina su valor marginal y por lo tanto su precio de mercado. Por lo tanto existe una tendencia constante de los costos marginales de producción y del precio de mercado a igualarse, pero no porque los primeros determinen directamente el segundo.

Algo debería decirse también en relación a la clara distinción entre los conceptos ricardiano y austriaco del «costo». El ricardiano (y el empresario moderno) piensa en los costos como un gasto de dinero. Sin embargo, el economista austriaco tiene un concepto mucho más amplio, lo que los economistas ahora llaman costos de «oportunidad» o costo de «oportunidad perdida». Tales costos existen, por supuesto, no sólo en los negocios sino en todas nuestras decisiones y acciones en la vida. El costo de aprender francés en un período dado es renunciar a aprender alemán, o aprender menos matemáticas, o renunciar un poco al tenis o al bridge, etc.

Menger hace hincapié en la importancia del tiempo y el papel de la incertidumbre en todo el proceso productivo. También señala que ni un solo bien, por muy abundante que sea, puede mantener la vida y el bienestar, sino que estos dependen de la producción de combinaciones de productos de diferentes tipos en las proporciones adecuadas. Y señala, por último, que no puede esperarse que el proceso de producción vaya a una velocidad adecuada a menos que exista una adecuada protección de la propiedad.

El valor económico de los bienes, repito, depende de las cantidades respectivas en relación con las necesidades humanas que satisfacen. Que no necesariamente dependen de la cantidad de trabajo invertido en su producción. Para citar a Menger en sus Principios de economía política,

Si hubiera una sociedad donde todos los productos estuvieran disponibles en cantidades que excedieran su demanda, no habría bienes económicos ni «riqueza». Por lo tanto tenemos la curiosa contradicción de que el aumento continuo de los objetos de la riqueza tendrían, como consecuencia final necesaria, una disminución de la riqueza. (P. 109-10)

(En otras palabras, Menger señaló más de un siglo atrás, una falacia básica en las ahora de moda estadísticas de ingreso nacional.)

El valor de los bienes surge de su relación con nuestras necesidades, y no es inherente al propio producto. (p. 120)

La objetivación del valor de los bienes, que es totalmente subjetivo por naturaleza, sin embargo, ha contribuido grandemente a la confusión sobre los principios básicos de nuestra ciencia. (p.121)

La importancia que los bienes tienen para nosotros y que nosotros llamamos valor es una mera designación. (p. 139)

No hay ninguna conexión necesaria y directa entre el valor de un bien y si, el trabajo y otros bienes de orden superior se aplicaron en su producción. Si un diamante fue encontrado accidentalmente o se obtuvo de un pozo de diamantes con el empleo de un millar de días de trabajo es completamente irrelevante para su valor. (p. 146)

Menger va más allá y discute cómo los bienes superiores, incluidos los bienes de capital, obtienen su valor:

Es evidente que el valor de los bienes de orden superior es siempre y sin excepción determinado por el valor potencial de los bienes de orden inferior, en cuya producción sirven. (p. 150)

Él esboza una teoría del interés, pero la deja vaga. En la página 156 de Principios de Economía nos dice, «Hemos llegado a una de las verdades más importantes de nuestra ciencia, la «productividad del capital».

Pero él enfatiza en que esta productividad se produce sólo a través del paso del tiempo, y que por lo tanto, el valor de mercado de los productos actualmente existentes y disponibles están en «descuento» en comparación con el valor esperado de mercancías equivalentes en el futuro.

Una teoría de la preferencia temporal

Esto sugiere que Menger se inclinaba más hacia una «preferencia temporal» que a una teoría productiva del interés, aunque la distinción entre estas teorías no se agudizó de manera explícita hasta la publicación de Böhm-Bawerk Valor, capital, interés en 1884 y su Teoría positive del capital en 1888. Böhm-Bawerk puso gran énfasis en la productividad superior de los procesos «indirectos» de producción, y por lo tanto (después de una brillante demolición de las teorías de la productividad de interés) terminó por ofrecer una teoría del interés que combinaba la productividad y la preferencia temporal. Casi todos los «austriacos» hoy en día, no obstante, siguiendo el ejemplo de Frank A. Fetter y después de Ludwig von Mises, apoyan una teoría basada únicamente en la preferencia temporal.

Para volver a Menger: sus Principios de economía política más tarde presentan una «teoría del cambio». En ésta señala que los hombres no compran o venden o intercambian entre sí meramente por una «propensión de los hombres al trueque y al intercambio», como se deduce de Adam Smith, sino porque cada uno busca maximizar sus satisfacciones intercambiando lo que valora menos por lo que valora más. De esta manera la satisfacción de todos es mayor. El intercambio es por tanto una parte integral de todo el proceso de producción. Lo que se produce es valor. Toda la teoría de Menger sobre el precio, repito, se desarrolla sobre la base de «el carácter subjetivo de valor».

El último capítulo de los Principios de Menger es sobre «La teoría del dinero». Ésta no discute explícitamente temas tales como las tasas de interés o la inflación, sino que trata exclusivamente con los fundamentos, sobre todo el del origen y la evolución del dinero: «El dinero no es el producto de un acuerdo entre hombres economizadores ni el producto de actos legislativos. Nadie lo inventó «(p. 262). Se desarrolló a partir del trueque. Debido a que muy pocas veces sucedió que A y B tenían y estaban dispuestos a ofrecer exactamente lo que el otro quería, apareció el trueque triangular e indirecto. Los hombres primero ofrecían sus productos especializados a cambio de productos más «vendibles» y más ampliamente demandados, con la esperanza de que pudieran intercambiar estos últimos por aquellos que ellos particularmente querían. Como resultado, estos bienes más vendibles se hicieron aún más vendibles a causa de esta demanda adicional. El más vendible de todos, finalmente se convirtió en «dinero». Históricamente, todo tipo de productos han sido utilizados como dinero, aunque más tarde se concretó en monedas de pesos precisos de cobre, plata u oro.

El dinero no es una «medida de valor», aunque es legítimo llamarlo «medida de precio». Es el único producto en el que todos los demás se puede evaluar sin los procedimientos indirectos. Es la forma más adecuada en la que la gente puede guardar y almacenar parte de su riqueza. El derecho de moneda ha sido generalmente dejado a los gobiernos, a pesar de que «ellos con frecuencia y en gran medida han hecho mal uso de este poder» (p. 283).

Quizá he parecido dedicar una cantidad desproporcionada de espacio a Menger, pero las especiales contribuciones de la economía austríaca se pueden comprender con mayor claridad, me parece a mí, si comenzamos entrando en detalle en aquellas de su originador.

El primer sucesor importante de Menger como economista «austriaco» fue Friedrich von Wieser, que, a partir de 1884, publicó varios libros detallando, redondeando, y refinando la teoría de Menger sobre el valor, aclarando especialmente los problemas del costo, la «imputación», y la distribución.

El siguiente gran sucesor fue Eugen von Böhm-Bawerk, cuyas contribuciones pioneras en Capital e Interés, de 1884, y en Teoría positiva del Capital, de 1888, ya han sido mencionadas. Además, Böhm-Bawerk escribió una brillante demolición del Das Kapital de 1896 de Marx, en una obra relativamente corta primero traducida al Inglés bajo el título La conclusión del sistema marxiano. En este ensayo, Böhm-Bawerk expuso particularmente las falacias de la teoría laboral del valor de Marx y sus teorías de la «explotación», que éste último había derivado como supuesto corolario de los errores de Ricardo. Cabe destacar que fue el análisis desde la economía austríaca lo que hizo que la refutación de Böhm a Marx fuera tan concluyente. Ninguna refutación basada en los supuestos de la vieja economía clásica podría haber sido tan devastadora.

Tras la muerte de sus tres fundadores -Menger, Wieser y Böhm-Bawerk- la economía austríaca cayó en un largo eclipse. Fue más descuidada que refutada. Los economistas de habla inglesa comenzaron a dedicarse a asuntos tales como el tratamiento matemático de los problemas del «equilibrio general». El punto de vista austríaco fue revivido principalmente por un hombre, un austríaco de nacimiento, así como «austriaco» por convicción – Ludwig von Mises (1881-1973). Él hizo sentir su influencia, tanto por sus trabajos escritos como por sus enseñanzas orales. Entre sus primeros alumnos y seguidores distinguidos estuvieron Gottfried Haberler, Machlup Fritz, Oskar Morgenstern, Lionel (ahora Lord) Robbins, y, el más influyente de todos, FA Hayek (b. 1899).

Ludwig von Mises fue prolífico, pero sus principales aportaciones se hicieron en tres obras maestras. Éstas fueron La teoría del dinero y del crédito, publicada por primera vez en alemán en 1912, El socialismo , también publicada por primera vez en alemán en 1922, y La acción humana, que surgió de una primera versión alemána de 1940, pero que no fue publicada en la versión reescrita en Inglés por el propio Mises hasta 1949.

La Acción Humana de Mises

Aunque ahora hay un satisfactorio número de hábiles jóvenes economistas estadounidenses escribiendo en la tradición austríaca, La acción humana sigue siendo la presentación más completa, poderosa y unificada de la economía austríaca en un volumen único. Mises siempre reconoció generosamente su deuda con sus predecesores. Él recordó en una pequeña autobiografía (Autobiografía de un liberal, 1978) que alrededor de la Navidad 1903 leyó los Principios de Economía política de Menger por primera vez. «Fue la lectura de este libro», escribió, «lo que hizo un ‘economista’ de mí.»

Me llevaría demasiado tiempo detallar y explicar todas las contribuciones a la economía que hizo Mises, y me contentaré con mencionar sólo dos. Él fue el primero en demostrar que era imposible para el socialismo llevar a cabo el «cálculo económico», e hizo una de las contribuciones más importantes de cualquier economista para resolver el problema del «ciclo económico».

Debido a que Mises rechazó sin concesiones al intervencionismo estatal en todas sus formas, adquirió la reputación de un » extremista de laissez-faire» durante la mayor parte de su vida, y fue ignorado escandalosamente por la mayoría de los economistas académicos. Pero debido a que Hayek elaboró ​​sus propias ideas en una forma más conciliadora, sus escritos atrajeron más la atención del mundo académico, y saltó a la prominencia en 1931 con su propia contribución a la teoría del ciclo económico, Precios y producción, en líneas similares a la de Mises. En consecuencia, dicha teoría se conoce como la teoría de «Mises y Hayek».

Hayek es también un escritor prolífico, pero a pesar de que ha escrito volúmenes sobre dinero, ciclos económicos, inflación, y Pure theory of capital (1941), nunca ha intentó escribir un libro comprehensivo sobre los principios económicos. En los últimos años volvió su atención principalmente a los ámbitos de la política, la ética y el derecho, y ha escrito tratados profundos y ampliamente debatidos sobre Los fundamentos de la Libertad (1960) y una obra en tres volúmenes, Derecho, legislación y libertad, completado en 1979. Él fue más influyente durante su propia vida de lo que lo había sido Mises, y fue galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1974.

El grupo de entusiastas economistas «austriacos» de hoy, aunque reconocen su gran deuda con Mises, no tratan su Acción humana como la última palabra sobre el tema, sino que exploran una amplia gama de problemas económicos con nuevo vigor. Murray Rothbard (n. 1926), un estudiante de Mises, produjo un tratado de dos volúmenes, El Hombre, La Economía y El Estado (1962), en las líneas de Mises, con una claridad notable de exposición, y haciendo importantes contribuciones propias, señalando las falacias, por ejemplo, en las teorías predominantes sobre el «precio de monopolio.»

Israel M. Kirzner (1930), profesor de economía en la Universidad de Nueva York, otro antiguo alumno de Mises, aunque no ha realizado un libro exhaustivo de «principios», ha explorado problemas individuales en cinco volúmenes separados: The economic point of view (1960), Market theory and the price system (1963), Un ensayo sobre el capital (1966), Competencia y empresarialidad (1973), y Perception, Opportunity, and Profit (1979). Su trabajo se distingue por su gran erudición, rigor sistemático, y la precisión de sus afirmaciones. Él ha traído nueva luz a todos los problemas que ha tratado.

Por último, ninguna referencia a los escritores individuales sería adecuada si no incluyera al profesor Ludwig M. Lachmann (N. 1906). A pesar de ser uno de los economistas austriacos más originales y profundos que aún viven, su trabajo todavía no ha alcanzado el reconocimiento que merece. Entre sus libros principales están Capital and its structure (1956, reeditado en 1978), The legacy of Max Weber (1971) y Capital, Expectations, and the Market Process (1977).

Sus escritos se caracterizan por su énfasis en el papel de las expectativas y por su cabal aplicación de un «subjetivismo radical.»

Las restricciones de espacio me permiten sólo enlistar los nombres de media docena del ahora cada vez mayor grupo de importantes economistas «austriacos»: SC Littlechild, Gerald P. O’Driscoll, Jr., Mario J. Rizzo, Sennholz Hans, Sudha R . Shenoy, y Lawrence H. White. Pero una lista tan arbitrariamente corta debe omitir una serie de nombres injustamente.

Los economistas «austriacos», más consistentemente que los de cualquier otra escuela, han criticado casi todas las formas de intervención gubernamental en el mercado -en especial la inflación, los controles de precios, y los esquemas de redistribución de la riqueza o los ingresos- porque reconocen que estos siempre conducen a la erosión de incentivos, a las distorsiones de la producción, a la escasez, a la desmoralización, y otras consecuencias similares deploradas incluso por los creadores de los programas. Pero los juicios personales de valor de la política gubernamental no son por supuesto una parte esencial de la teoría austríaca.

La actual y vigorosa Escuela Austríaca no se contenta con seguir exponiendo los principios desarrollados por Menger y Mises, sino que está constantemente haciendo frente a nuevos problemas, o en una indagación más a fondo de los viejos. Esto es dramáticamente evidente en un reciente volumen, New Directions in Austrian Economics (1978), editado por M. Louis Spadaro, con contribuciones de 11 autores. El propio profesor Spadaro, en su ensayo final, describe algunos de los problemas aún no resueltos que los austriacos deben explorar. En cierto sentido, sin embargo, prácticamente todas las 11 contribuciones hacen lo mismo.

He oído decir (por un economista de otra escuela) que no hay tal cosa como la economía austríaca; sólo hay buena o mala economía. Pero de la misma manera podemos decir que no hay tal cosa como economía ricardiana, economía marxista, economía keynesiana, y así sucesivamente. Este tipo de declaración, a pesar de ser cierto en un sentido, es falso en otro. Es una falacia en lo que implica que si algo es clasificado de acuerdo a una característica, no puede serlo de acuerdo con ningún otra. Es como decir que no hay personas, como los norteamericanos o los japoneses, sólo hay hombres y mujeres. Los que se llaman economistas «austriacos» se dan esta etiqueta, debido a sus orígenes históricos, pero también creen que sus tesis fundamentales son verdaderas, y ofrecen más promesas que ninguna otra para seguir avanzando en la ciencia económica.

Tal vez debería decirse algo acerca de las principales diferencias entre la economía austríaca y lo que hoy podemos llamar economía «ortodoxa» o «corriente principal de economía». La dificultad radica en que la «corriente principal» de economía sería en sí misma difícil de definir. Los economistas siguen divididos en una serie «escuelas» identificables: los neoclásicos, los keynesianos, los de la Escuela de Chicago, los de la Escuela de Lausana, y así sucesivamente. Los límites de espacio me impiden ir a las doctrinas distintivas de cada una de estas escuelas. Pero una diferencia relevante de los austriacos respecto de todas las anteriores descansa en su método de razonamiento. Los austriacos hacen énfasis en el individualismo metodológico. Es decir, no sólo comienzan enfatizando las acciones, las preferencias y las decisiones, sino que lo hacen respecto de las acciones, las preferencias, y las iniciativas de carácter individual. Los economistas ortodoxos se preocupan por la «macroeconomía», con medias y agregados; y los de la Escuela de Lausana, tratando de reducir la economía a una ciencia «exacta», y por lo tanto, buscando cuantificarlo todo, están obsesionados con complicadas ecuaciones matemáticas que tratan de instaurar las condiciones de «equilibrio general».

Ahora bien, el «equilibrio general» es definido por estos economistas (cuando lo es) con frases muy abstractas y obscuras; pero para los legos podría ser definida como una condición en la cual las decenas de miles o millones de productos y servicios resultan en las cantidades y proporciones exactas en las que son relativamente buscados por los productores o los consumidores, para que no haya «escaseces» o «excedentes». Todos los precios reflejen los costos, y no hay más beneficios en la fabricación de un producto básico que en la de cualquier otro. (De hecho, no hay beneficio «puro» en absoluto). Estos economistas admiten que esta condición no existe en ningún momento, pero sostienen que hay una tendencia constante a largo plazo hacia el equilibrio, porque cuando hay un beneficio inusual en la producción de algún bien, los productores producirán más de éste, y cuando hay una pérdida en la producción de otros bienes, los productores producirán menos del mismo, o lo transferirán a producir más de otra cosa.

Ahora bien, el concepto de equilibrio (o mucho mejor, el concepto de Mises de una «economía de rotación uniforme») puede tener gran utilidad como una herramienta de pensamiento. Somos a menudo más capaces de analizar mejor los problemas del cambio, si partimos de la suposición ficticia de un estado de cosas en la que algunos cambios son hipotéticamente eliminados. Pero esto es una construcción puramente imaginaria, una ficción útil. Nunca se debe confundir con la realidad.

Mientras que un cierto «equilibrio» entre el costo marginal de la producción y el precio de mercado de cualquier producto es una condición que rara vez se alcanza, aunque sea momentáneamente, un «equilibrio general» en la producción relativa, el precio de la oferta, y el precio de la demanda de todos los bienes y servicios es una condición que nunca se alcanza, ni siquiera por un instante de tiempo.

El concepto en sí es extremadamente nebuloso. Los economistas neoclásicos de hoy parecen tener una obsesión con la creación de complicadas ecuaciones algebraicas que estipulen las condiciones de equilibrio o de las relaciones funcionales bajo «competencia perfecta» y similares, pero es difícil precisar exactamente lo que sus X y Y representan. No pueden referirse a las cantidades físicas, porque no se puede añadir manzanas a caballos, o un montón de relojes de oro a una tonelada de arena. Se podría añadir o comparar las relaciones entre las cantidades y los precios, pero ¿cuál sería el significado del total, o cualquiera de las partes que lo componen? El precio, incluso de un solo producto, se diferencia de hora en hora, de un lugar a otro, y de una operación a otra. El valor de la misma moneda fluctúa y cambia constantemente su relación de cambio con los productos básicos. Si nos limitamos a añadir o comparar «valores», entonces debemos reconocer que los valores son puramente subjetivos. Que son imposibles de medir ya que son diferentes en cada individuo.

Si pasamos por encima de estas dificultades fundamentales, ¿a dónde llegaremos? Incluso si asumimos que puede haber una tendencia persistente y a largo plazo hacia el equilibrio general, debemos admitir que también hay una tendencia persistente, a corto plazo, y largo plazo hacia la persistencia del desequilibrio.

Esto no es sólo así porque exista una tendencia de los empresarios a rebasar la marca, al aumentar o reducir la producción en respuesta a las señales del mercado y a las ganancias, sino porque los empresarios individuales, lejos de responder automáticamente, están en constante adquisición de nuevos conocimientos, alerta a las nuevas oportunidades, cambiando de métodos y reduciendo los costos de producción, mejorando los productos, innovando -produciendo bienes totalmente nuevos o invenciones. Y los consumidores también están en constante aprendizaje, cambiando de gustos, y exigiendo nuevos productos para satisfacer nuevas necesidades. Por lo que los economistas austríacos rara vez hablan del equilibrio del mercado, sino del proceso del mercado.

Mi propia sospecha es que la enorme atención que ahora se dedica a estipular las condiciones matemáticas del «equilibrio general» es una búsqueda del fuego fatuo, de cuestionable utilidad para resolver cualquier problema económico real.

Pero el espacio me impide entrar detalladamente en demasiados contrastes. Permítanme resumir brevemente las tesis principales de la Escuela Austríaca de nuevo, esta vez no en mis propias palabras o en las de Menger, sino en las de dos prominentes «austriacos» con vida.

«Comenzando en 1870 en Viena, Austria», escribe el profesor Kirzner, «la escuela se distinguió por su énfasis en los elementos subjetivos del análisis económico, en la importancia del tiempo en los procesos de producción, y en el papel del error y la incertidumbre en los fenómenos económicos».

El resumen del profesor Lachmann es muy similar:

La primera, y más importante característica, de la economía austríaca es un subjetivismo radical, hoy en día ya no limitado a las preferencias humanas sino extendido a las expectativas… En segundo lugar, la economía austríaca muestra una aguda consciencia de las múltiples facetas del tiempo que están involucrados en la compleja red de relaciones interindividuales… En la revolución subjetiva de la década de 1870 el primer paso en la dirección del subjetivismo fue tomada cuando se percibió que el valor, lejos de ser inherente a los bienes, constituye una relación entre la mente evaluadora y el objeto de su examen. (New Directions in Austrian Economics, pp 1-3)

Todo el resto de la economía austríaca se desprende de estas ideas básicas. Permítanme concluir con mi propia opinión de que cualquier análisis económico que no incorpore estos puntos de vista no puede ser completamente sólido.

Lecturas recomendadas

Aquellos que no tienen conocimiento previo de la economía austríaca, y quisieran un texto corto y sencillo escrito en la líneas de esta perspectiva, podría comenzar con Essentials of economics de Faustino Ballvé (126 páginas; Irvington-on-Hudson, NY: Fundación para la Educación Económica). Una introducción más avanzada, y bastante reciente (1979), que explica el punto de vista austríaco específicamernte, es The fallacy of the mixed economy por Stephen C. Littlechild (85 páginas, San Francisco, California: Cato Institute).

Sorprendentemente, el original Principios de Economía Política, publicado por primera vez en 1871 por Carl Menger, fundador de la economía austríaca (328 páginas), todavía constituye una excelente introducción, no muy técnica y de fácil lectura a los principios básicos de la escuela.

Por supuesto, el trabajo más completo y con más autoridad sobre teoría austríaca moderna es La acción humana, de Ludwig von Mises. Algunos pueden encontrar difícil su lectura. Un trabajo muy claro en dos volúmenes y escrito 13 años después de La acción humana por un alumno de Mises, Murray N. Rothbard: El Hombre, La Economia y El Estado.

Para el lector interesado en los últimos desarrollos de la economía austríaca puedo recomendar dos libros: uno es Los fundamentos de la economía austríaca moderna dirigida por Edwin G. Dolan, con la contribución de media docena de autores (1976). El otro es New Directions in Austrian Economics, dirigida por Luis M. Spadaro con contribuciones de 11 autores (1978).

La mayoría de estos libros anteriores ya se han mencionado en el texto. El lector también puede consultar provechosamente otros mencionados allí, especialmente los volúmenes de Kirzner y Lachmann.

Traducido del inglés por Celia Cobo-Losey. El artículo original se encuentra aquí.

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