Bastiat no fue lo suficientemente lejos

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“El cristal roto”, un ensayo escrito por Frédéric Bastiat (1801-1850), era el primero de una docena de ensayos cortos recogidos bajo el título de “Lo que se ve y lo que no se ve”. En estos ensayos, Bastiat nos advierte contándonos que para evaluar adecuadamente el resultado completo de un acontecimiento, debemos tener en cuenta todos los efectos del mismo, es decir, lo obvio (lo que se ve) y también lo no tan obvio (lo que no se ve). “El cristal roto” es el más famoso de estos instructivos ensayos y se cita a menudo por parte de los libertarios como una lección precisa sobre análisis crítico económico. De hecho, Henry Hazlitt emuló el episodio del cristal roto en su libro “La economía en una lección”, citando dicho episodio como la primera lección de economía aplicada.

En sus doce ensayos, Bastiat revela metódicamente las falacias de la doctrina política establecida en su día identificando en que erraban sus defensores considerando (lo que no se ve) en la políticas que defendían. Demostraba como el fallo en contar con los efectos no visibles llevaba a conclusiones económicas no válidas. A veces no vemos los efectos negativos de un acontecimiento positivo visible y otras veces no vemos los efectos positivos de un acontecimiento negativo visible. En otras palabras, a menudo vemos los beneficios y no el daño, como el que procede de los impuestos. Otras veces vemos el daño y no los beneficios, como cuando usamos máquinas que ahorran mano de obra.

Mi crítica actual no significa que minimice la importante lección que Bastiat estaba mostrando, sino más bien criticar las conclusiones que deducía en la lección que daba en “El cristal roto”. Así pues, mi intento realmente fortalece la lección básica que ofrece la obra de Bastiat profundizando aún más en lo que verdaderamente no se ve en “El cristal roto” con la esperanza de animar al lector a hacer lo mismo y usar ese conocimiento productivamente para analizar los acontecimientos económicos con mayor profundidad y extensión.

Aunque la narración de Hazlitt del episodio del cristal roto es más contemporánea, la esencia de su análisis coincide con el desarrollado por Bastiat. Así que mi crítica también valdría para el análisis de Hazlitt.

Bastiat critica el consuelo miope de la masa al Sr. B, de que accidentes como “un cristal roto”, hacen que la industria funcione. Después de todo, “¿Qué pasaría con los cristaleros si los cristales nunca se rompieran?” Él apunta a los invisibles zapatos que el Sr. B no comprará con sus seis francos, que usó en su lugar para pagar al cristalero.

En esencia, Bastiat demuestra que la potenciación de la industria del cristal es lo que se ve, mientras que el desaliento de la industria del zapato es lo que no se ve. Rechaza la conclusión errónea de la masa, que implica que hay un beneficio en romper cristales, identificando un efecto oculto equivalente. Así,

“Y si se tiene en cuenta lo que no se ve, porque es un hecho negativo, igual que lo que se ve, porque es un hecho positivo, se entenderá que ni la industria en general, ni la suma total de trabajo nacional se ven afectados, se haya roto el cristal o no”.

Bastiat argumenta que no se puede mejorar una economía destruyendo propiedades porque los acontecimientos que se producen como consecuencia de esa destrucción impiden los acontecimientos que se habrían producido en caso contrario. Concluye que si tenemos en cuenta lo impedido, es decir, lo que no se ve, no habrá ganancia neta total. Bastiat limita su análisis a un resultado equivalente y así yerra en estimar cualquier pérdida neta real para la comunidad en conjunto por la destrucción de la propiedad.

Donde los espectadores ven un juego de suma positiva, Bastiat ve un juego de suma cero. Por desgracia, Bastiat acaba demasiado pronto su análisis, dejándonos sólo la noción de que la destrucción no es rentable. Así, “‘romper, estropear, desperdiciar, no es favorecer el trabajo nacional’ o, más en breve ‘la destrucción no es un beneficio’”.

Yo argumento que no sólo es que la destrucción de la propiedad “no es un beneficio”, sino que realmente es un déficit para la comunidad. Al plantear el caso, lo que Bastiat no tiene en cuenta en un acontecimiento impedido y no realizado que es más sutil que los zapatos invisibles, no tiene nada que ver con el dinero y, cuando se incluye en el análisis, genera un juego de suma negativa. No importa si el cristal se rompe deliberadamente, como en la versión de Hazlitt, o accidentalmente, como en la versión de Bastiat del “cristal roto”.

Si el cristal no se hubiera roto, la masa asumiría que el cristalero no habría ganado seis francos. Esta idea es incorrecta y Bastiat no la refuta en su ensayo.

Bastiat yerra no indicando qué podría estar haciendo el cristalero si no estuviera reparando el cristal del Sr. B. Si el cristalero no estuviera reparando el cristal del Sr. B, estaría haciendo otra cosa, posiblemente instalando una nueva ventana en una casa nueva. Si estuviera instalando una nueva ventana en una casa nueva, también habría ganado seis francos o algo así por su tiempo y esfuerzo. Sin el cristal roto, tanto el Sr. B como el cristalero habrían sido capaces de hacerse con un nuevo par de zapatos o los bienes equivalentes.

Bastiat identifica el efecto negativo que no se ve con la industria del calzado. Así, “Si el cristal no se hubiera roto, el comercio del zapatero (o algún otro) se habría favorecido en la cantidad de seis francos: esto es lo que no se ve”. Aquí Bastiat vuelve a errar pues el comercio del zapatero (o algún otro) se habría visto favorecido por los mismos seis francos, aunque más indirectamente por medio del cristalero.

Para aclararlo, digamos que el cristalero compraba zapatos al mismo zapatero al que el Sr. B habría comprado su calzado. Así que, con el cristal roto y reparado, el cristalero simplemente está llevando los zapatos que no compró el Sr. B. Luego resulta que la industria del calzado (u otra industria) no se ve menos potenciada aunque el cristal se rompa o permanezca intacto. La prosperidad de la comunidad parece igual, pues no hay ganancia o pérdida neta. Entonces, ¿qué hay de malo en la destrucción de un cristal más allá de una reordenación de pagos y una sustitución de beneficiarios?

El efecto que no se ve de la destrucción no se limita a los desaparecidos zapatos que el Sr. B no comprará, vestirá y disfrutará, sino, más importante, la desviación del tiempo y el esfuerzo del cristalero de un proyecto que habría aumentado la prosperidad de la comunidad en su conjunto a un proyecto que simplemente ha restaurado a la comunidad a la misma situación en que estaba antes de la destrucción. El efecto del cristal roto más sutil que no se ve es el cristal perdido de una nueva casa o un bien o servicio equivalente que el cristalero podría haber producido en otro caso y que alguien estaría disfrutando.

Para reforzar esta conclusión e identificar más claramente el acontecimiento que no se ve más significativo que olvidó Bastiat, digamos que sólo hay una persona en el pueblo capaz de instalar y reparar cristales, pero las necesidades de los servicios de ese individuo son muy infrecuentes. Durante el tiempo en que esta persona no está reparando e instalando cristales, se dedica a pescar para vivir. Sin embargo, cuando está reparando cristales no puede pescar y cundo no pesca, alguien no come peces. Por tanto, lo que aquí no se ve es el pez que no se capturó ni fue disfrutado cuando el cristalero estaba reparando cristales rotos.

Para llegar a donde queremos con un ejemplo aún más simple, supongamos una sola persona en nuestro escenario. Esa persona se hornea su pan y no hay nadie más que él para reparar su cristal cuando se rompe. Si decide que el cristal es más importante que el pan que pueda hornear, reparará el cristal y dejará de comer el pan que no ha tenido tiempo de fabricar. Es una elección ¡o el cristal o el pan! Incluso si reparara su cristal durante su tiempo de ocio de lectura, estaría abandonando ese otro placer al reparar su cristal. El tiempo y la energía son finitos y si se desvían de A a B, entonces A no se producirá ni disfrutará.

La frase final de Bastiat del cliché “¿qué pasaría con los cristaleros si nadie rompiera nunca cristales?” es la cuestión quintaesenciada planteada por los espectadores al inicio del ensayo. La pregunta, así planteada, supone que menos cristaleros en la comunidad sería la triste consecuencia si sus servicios se necesitaran menos a menudo. Es vital dar una respuesta que invalide dicha suposición, pero Bastiat no presenta ninguna.

Es verdad que si nadie rompiera nunca un cristal, habría menos necesidad de cristaleros y la industria de los cristaleros tendría menos trabajadores. Sin embargo quienes en otro caso habrían sido cristaleros estarían trabajando en sectores en que se necesiten más su tiempo y energías. Mantener viva una industria destruyendo propiedades elimina a quienes ahora trabajan en empleos de poco valor, es decir, reparando y restaurando propiedades, de empleos en trabajos productivos que incrementan la riqueza general de los miembros de la comunidad. Sería tan absurdo romper cristales para mantener ocupados a los cristaleros como quemar zapatos para mantener ocupados a los zapateros.

Demasiado a menudo, la gente considera al trabajo en sí mismo como un beneficio. Esta opinión deriva de un error común de que los trabajos, independientemente de lo que se haga en ellos, son buenos para la sociedad porque esa actividad mantiene ocupada a la gente, viva a la industria y fluyendo al dinero. Ese concepto es una falacia. Si el trabajo es beneficioso, deberíamos echar abajo cada casa de la comunidad, digamos París, como dice Bastiat en broma, para crear empleo. Por supuesto nos damos cuenta inmediatamente de la tontería de emplear esos medios como forma de mejorar la comunidad. Imaginamos un trastorno inmenso para la gente que tendría ahora que desviar su tiempo y energías de lo que estén haciendo para restaurar la comunidad como estaba antes de la destrucción masiva.

Sin embargo, una vez que empieza la reconstrucción, algunos pueden pensar, como hacía la masa en la escena de Bastiat, que todo no es malo, pues todos están trabajando y ganado dinero. Igual que en tiempo de guerra, tenemos sensación de prosperidad porque trabajamos duro, produciendo tanques, barcos y multitud de otros materiales bélicos, pero perdemos de vista los automóviles, yates y otros incontables bienes útiles que no se producen y disfrutan. Perdemos todas estas cosas que no se ven, que se habrían producido por quienes ahora desfilan pelean y trabajan para otro fin. El trabajo por sí mismo no crea prosperidad, tampoco el dinero. La prosperidad se obtiene produciendo bienes y servicios que valora la gente.

En Lo que se ve y lo que no se ve, Bastiat nos advierte de que si no tenemos en cuenta todos los efectos relacionados con un acontecimiento económico concreto, probablemente llegaremos a conclusiones sobre éste que no son válidas. Aunque la lección sigue siendo de importancia primordial, sin embargo debemos, al exponer dicha lección, modificar el ejemplo del “cristal roto” de Bastiat teniendo en cuenta lo que el cristalero habría hecho si no se hubiera roto dicho cristal. El efecto que no se ve que falta en el análisis del “cristal roto” es la desviación de tiempo y energía del esfuerzo de mejora de la comunidad (lo que no se ve) a uno de restauración (lo que se ve).

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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