Rothbard y la naturaleza del estado

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En su artículo “Anatomy of the State”, Murray Rothbard define el estado como “esa organización de la sociedad que intenta mantener un monopolio del uso de la fuerza y la violencia y un área territorial determinada; en particular, es la única organización en la sociedad que obtiene sus ingresos, no por contribución voluntaria o pagos por servicios prestados, sino por coerción” (p. 57). El estado, de acuerdo con Rothbard, tiene dos propiedades fundamentales: el uso de la violencia y el territorio. De hecho, el estado no sólo se compone de un grupo de gente que reclama el derecho al uso de la violencia coactiva, sino que afirma que la violencia es habitualmente algo endémico en el territorio que gobiernan.[1]

Volveré más tarde sobre el territorio en este mismo ensayo. Primero me gustaría ocuparme de la otra parte de la definición del estado de Rothbard. ¿Cuál es esa “organización” que reclama el monopolio de la violencia? En otras palabras, ¿cuál es el aparto del estado? Empezamos a encontrar una respuesta en el análisis de Rothbard del comportamiento de los estados. En su libro Hacia una nueva libertad, Rothbard dice “si queremos saber cómo consideran los libertarios al estado y sus actos, pensemos simplemente en el estado como una banda criminal y todas las actitudes libertarias se pondrán lógicamente en su lugar”. La razón por la que Rothbard ve al estado como una banda criminal es sencilla: “el derecho a la autopropiedad afirma el derecho absoluto de cada hombre, en virtud de ser humano a ‘poseer’ su propio cuerpo, es decir, a controlar ese cuerpo libre de interferencias coactivas” (Hacia una nueva libertad). Así, para Rothbard nadie puede reclamar el derecho a agredir la propiedad, especialmente el cuerpo de otra persona. Es así de simple.

La perspectiva rothbardiana es particular porque rechaza interpretar las acciones de los estados como pertenecientes a una clase especial de acción humana. Rothbard mantiene a todos dentro del mismo patrón de conducta, mientras otros dan consideraciones morales especiales a las acciones de los estados. Por ejemplo, si una persona que no está investida como poseedora de la autoridad del estado amenaza a otra persona con violencia para apoderarse de su propiedad se le considera un criminal. Sin embargo, si la misma acción la realiza quien tiene autoridad del estado no es considerado como un criminal. Nadie puede negar que las acciones son las mismas, aun cuando las intenciones sean diferentes. La diferencia en estas acciones es simplemente asunto de cómo se interpretan las mismas. Cuando el estado comete actos de agresión, se consideran generalmente como aceptables. Cuando cualquier otro comete actos de agresión, se consideran generalmente como inaceptables. Pero las acciones son las mismas.

Si se legitiman las acciones de los estados simplemente interpretando sus acciones de forma distinta de todas las demás acciones, podemos empezar a ver la esencia de su existencia. Los estados solamente existen como una clasificación particular de la acción humana. Realmente no hay estado del que hablar. Cuando hablamos de “el estado”, ni siquiera estamos hablando acerca de un grupo de individuos, como alguien lo ha llamado. Hablamos de la interpretación de ciertas acciones por parte de cierta gente a la que generalmente se le atribuye una capacidad especial de actuar en maneras en que se prohíbe actuar a otros. En lugar del “aparato del estado” deberíamos en realidad llamar a este fenómeno la “designación del estado”. “Aparato del estado” es sólo un término de convertir algo en real que da un falso sentido de solidez al mismo estado.[2]

Aquí va un ejemplo de lo que quiero decir con “designación del estado”. Cuando el Presidente George W. Bush abandonó el cargo, el Presidente Obama continuó las diversas guerras iniciadas por Bush. El reconocimiento de Obama como presidente empezó a justificar su autorización de las muertes de distintas personas consideradas como enemigas de los Estados Unidos, aunque, si Obama hubiera autorizado y financiado el bombardeo de civiles pakistaníes antes de prometer su cargo, eso habría sido considerado generalmente como algo abyecto. Sin embargo, desde que Obama obtuvo la designación como “presidente”, pareció perfectamente natural a la mayoría autorizar y financiar las mismas acciones que le habrían ocasionado censura como “civil”.  Las acciones no cambian en este caso, sólo su interpretación.

Pasa lo mismo con Bush. Si siguiera financiando y autorizando el bombardeo de civiles pakistaníes, como ahora hace Obama, sería acusado como criminal. Ahora Bush no dispone de la designación del “gobierno” que le ofrecía inmunidad para acciones que se considerarían abyectas ahora que es un civil. Pasa lo mismo con cualquier otra acción del estado: la autoridad de actuar como “el estado” es meramente un asunto de una persona que recibe el reconocimiento como miembro de una clase especial. No hay autoridad que exista fuera de esta designación. No hay estado más que en la mente de la gente.

Actuando como estado

Sin embargo, al decir que el estado es una forma en que son interpretadas ciertas acciones de cierta gente por parte del público en general, no estoy diciendo que todas las acciones de los funcionarios del estado sean necesariamente el estado. Por ejemplo, el Presidente Obama puede emitir una orden ejecutiva y así actuar como estado. Sin embargo, no duerme como estado, fuma como estado y anda como estado. Sólo sus acciones que pertenezcan al uso aceptado de la coacción violenta se consideran como pertenecientes al mismo estado. Esto nos lleva a otro asunto: los estados tienen sus límites, pero no donde normalmente pensamos que caen. Cuando un agente del estado actúa en una forma que no se interpreta como un acto aceptable de control estatal, esa persona podría, a su vez, ser acusada por el propio estado, considerando que ante el abuso no hay otro recurso que apelar a otros funcionarios del estado. Es decir, que un policía puede atacar a la gente siempre que lo haga en formas que hayan sido consideradas aceptables por la gente en general. Si cruza esa línea, deja de actuar como estado.

En Estados Unidos, los tribunales tienen la última palabra en estos asuntos. No es verdad que la aprobación de los tribunales dé a una acción, por la mera expresión de su veredicto, la designación del estado. El veredicto de los tribunales es simplemente el método eficaz del estado de dar forma a la opinión pública en un asunto. En otras palabras: los tribunales fallan, la gente lo acepta y la designación del estado se redefine de forma que ahora incluye las acciones que el tribunal consideró apropiadas. En cierto modo, el pueblo ha subcontratado su conciencia a los tribunales.

Aquí hay otro ejemplo que demostraría aún más la naturaleza imaginaria de la autoridad estatal. He escrito una constitución. Aquí va entera: “Palmer es el jefe del mundo. Haced lo que diga o sino seréis castigados”. Estas palabras evidentemente no implican que todo el mundo me pertenezca. Entonces, ¿por qué otros documentos otorgan una autoridad similar a otros? La respuesta es muy simple: porque suficiente gente reconoce su afirmación de autoridad. En otras palabras, quienes reclaman esta autoridad tienen sobre ella una designación, una que les da licencia para actuar con coacción violenta sin esperar represalias. Cualquier intento de represalia casi con seguridad no tendrá esa designación y se encontrará con el oprobio. A mi constitución le falta la autoridad putativa para producir la aceptación necesaria para dominar el mundo. Ésa es la única diferencia entre mi constitución y las otras.

Territorio

¿Qué pasa con la segunda parte de la definición del estado de Rothbard? ¿Qué pasa con el territorio? Si la gente quiere seguir las órdenes de otro, es cosa suya. El mero hecho de dar órdenes a la gente no hace de alguien el estado. Las designaciones del estado pueden ser problemáticas, primero, porque se obligan a cumplir con violencia y, segundo, cuando se ligan al territorio. El territorio es un medio de recortar porciones de humanidad y recursos naturales para el control de los estados. No puede renegarse del control del estado, porque este control está ligado a la geografía, no a la humanidad. Por ejemplo, un estado no reclama controlar la vida o propiedad de los pelirrojos y deja a todos los no pelirrojos a los demás estados.

Las reclamaciones de los estados sobre vidas y propiedades se definen geográficamente. Las fronteras se generan donde  terminan las pretensiones de violencia de un estado y empiezan las de otro. Y así podemos ver que las comunidades nacionales las crean los estados y no al contrario. Es como decir que “Nosotros, el Pueblo” no creamos el gobierno de EEUU. El gobierno de EEUU crea la comunidad de estadounidenses reclamando cierto territorio como suyo. Las fronteras pueden moverse y lo hacen, y cuando las fronteras se mueven, las comunidades nacionales se redefinen por la reclamación por parte de un estado del dominio sobre el territorio y el pueblo adquiridos. Por tanto, no sólo reclaman la autoridad de controlar a otros: algunos reclaman la autoridad de controlar  toda la gente y los recursos dentro de un área geográfica arbitrariamente determinada.

Hay otra lección importante a aprender de mi falsa constitución anterior. Las constituciones se supone que dirigen las acciones de quienes tengan las designaciones del estado. Se dice que las constituciones restringen a los estados, les dan poderes o ambas cosas. Yo digo que las constituciones no hacen nada de eso. Las constituciones no pueden convertirse en ley si alguien no hubiera reclamado ya la capacidad de ejercer violencia en el territorio. Las constituciones no pueden preceder a los estados: los estados deben preceder a las constituciones. Por tanto, las constituciones no crean y dan poderes a los estados.

E indudablemente las constituciones no restringen la autoridad del estado. Como dijo correctamente una vez George Bush, la constitución es sólo un “maldito trozo de papel”. Los trozos de papel no pueden controlar las acciones de los humanos por su mera existencia. Entonces, ¿qué hacen las constituciones? Bueno, si los estados sólo existen en las mentes de la gente, quizá las constituciones sólo existan para moldear  las mentes de la gente que resida en el territorio sobre el que rija esa constitución. Quizás las constituciones existan como punto de referencia para la gente cuando busquen justificación para que la autoridad actúe con la violencia que se otorga a ciertas personas en nombre del estado.  En otras palabras, las constituciones sirven para hacer que el estado se concrete, para dar la apariencia  de una base para un fenómeno que sólo flota en las mentes de la gente, un punto de referencia corpóreo para justificar una entidad puramente discursiva.

Las acciones de quienes tengan la designación del estado no están dirigidas por las constituciones. Sólo están restringidas por lo mismo que les da la vida: la voluntad del pueblo de tolerarlas en su territorio. Quizá la agresión del estado sea como un líquido: algo que fluye cuando no se contiene. Quizá sea suficiente decir que la agresión siempre fluye hasta el punto donde se ve contenida por el deseo recalcitrante del pueblo de libertad. Así, quienes tengan la designación del estado pueden hacer todo lo que las haga salir impunes, con o sin autoridad constitucional. Y si quienes tienen la designación del estado están limitados sólo por la voluntad de los que están en su territorio, podemos ver que para cambiar el gobierno, antes hay que cambiar lo que la gente piensa acerca del gobierno.

En resumen, no hay estados como se había entendido hasta ahora. Sólo existe la voluntad de algunos de poner las acciones de ciertas personas en una categoría especial de la acción humana. Y los límites de la voluntad del pueblo de aceptar la agresión están cambiando constantemente. Como los estados son creados y dirigidos dentro de los límites de lo que la gente acepte como adecuado, como sólo existen en el vacío creado por la tolerancia pública a la agresión, la única forma que queda de cambiar el estado es persuadir a la gente para que vuelva a pensar el programa.

[1] La violaciones al derecho exclusivo del estado al uso de la violencia en cierto territorio son muchas y frecuentes. Sin embargo, el estado moderno se define más fácilmente por el territorio sobre el que gobierna.
[2] Quizá este falso sentido de solidez se vea mejor cuando una nación conquistadora se “apropia” del aparato estatal de un pueblo conquistado. No hay nada que apropiarse. Esto sólo muestra el grado de aceptación en que la gente está dispuesta a aceptar su dominación.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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