La resistencia pacífica

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Siempre que me entristezco por la política interna (hay mucho de lo que desesperarse) ocurre algo grande que me recuerda el alegato por el optimismo a largo plazo, que se refiere a la asombrosa expansión de la división del trabajo globalmente y en maneras que no eran siquiera posibles hace unos pocos años.

El mundo ha cambiado para permitir que cada vez más gente en todos los rincones del globo coopere en su mutuo beneficio. La misma perspectiva es inspirar a la gente que reclame su libertad para hacer mejores sus vidas. En comparación con esta actividad, el desagradable comportamiento de los estados nación parece un ridículo anacronismo que será arrollado por la fuerzas de la historia.

Y cuando estos ejemplos dan en la diana, es mucho mejor.

Así, por ejemplo, estaba preparando la cena hace un par de noches y sonó el Skype de mi iPhone y era un joven de una alejada área rural de Australia. Tenía un encantador acento que apenas podía entender pero estaba lleno de sonrisas y exuberancia. Le enseñé mi casa y él me enseñó su cuarto bastante yermo, lleno de cosas informáticas.

Después de las cortesías nos pusimos al trabajo. Estaba negociando con él para arreglar un pequeño módulo de nuestro software de la Academia Mises, el que genera certificados de finalización. Había respondido a un correo solicitando un experto. Era la última persona que habría esperado que realizara este trabajo.

En sólo diez minutos envió su módulo reparado y estaba muy bien hecho con un código elegante, junto con una factura por su trabajo. Nunca habría imaginado que esto fuera posible ni siquiera hace unos pocos años. Pero con la tecnología de las comunicaciones mejorando drásticamente, las posibilidades de colaboración internacional, de formas sorprendentes, están cada vez más a mano.

No tengo que trasladarme allí y él no tiene que trasladarse aquí. Nos hemos encontrado a través de una mínima mención en una red social. Y como si fuera magia, hemos tenido una oportunidad de intercambio. Todos ganamos. El mundo es un lugar más bello.

Lo mismo pasó con unos desarrolladores en la India que ahora están haciendo los libros electrónicos del Instituto Mises a un precio muy barato y con gran conocimiento. Esto habría sido impensable sólo hace unos pocos años. Pero la tecnología está haciendo que ocurra.

Nunca rebajen las consecuencias de las relaciones económicas globales. Es lo que hace que el mundo gire. Es el motor del progreso y el productor de paz y comprensión. Juntos podemos cooperar para hacer del mundo un lugar mejor. Expandamos este modelo multiplicado por cien, por mil, por un millón y crearemos una fuerza gloriosa para la mejora de toda la raza humana. Es el método humano de la resistencia pacífica.

¿Cómo puede compararse con esto cualquier estúpido programa o regulación del gobierno? Todas las acciones del estado nacional palidecen en comparación con el significado de la globalización de la comunicación y el comercio. En la era digital, estamos descubriendo que todos los pueblos del mundo tienen más en común entre sí que lo que cada uno de nosotros tenemos en común con los estados que nos gobiernan.

Por eso una revolución en un país es una revolución en todos los países. Los gritos de libertad de un hombre son los gritos de libertad de todos nosotros.

Estos avances están teniendo lugar delante de nuestras narices. Son los más importantes desde la Revolución Industrial y nuestros nietos verán en sus libros de historia sobre estos tiempos como un punto decisivo. Tenemos realmente la fortuna de vivirlos y experimentarlos.

Y no sólo se trata del mundo digital en acción. Hyundai es una compañía automovilística de Corea que abrió una fábrica en Montgomery, Alabama, en 1986. La fábrica costó 1.400 millones de dólares. Esa fábrica de Montgomery emplea hoy a 2.650 personas. Opera todo el día entre semana y la jornada laboral del sábado. Tiene una empresa filial, Kia, que abrió otra fábrica en Georgia en 2010 y emplea aún a más gente.

Como consecuencia de estas fábricas, se crean suministradores de piezas cada pocas semanas. Hoy en día se han inaugurado 138 negocios sólo para proveer a estas empresas y miles de otros negocios deben su flujo de ingresos a su presencia. Durante la Gran Recesión, Hyundai contrataba mientras Detroit despedía. Hyundai y Kia están ahora por encima de la Ford Motor Company y son la cuarta fabricante de automóviles del mundo. Hyundai sola fabricó 300.000 coches en Montgomery el pasado año. Y por esta razón la tasa de desempleo es muy baja en Alabama, a pesar de que se han ido las empresas textiles.

Se han abierto diez restaurantes coreanos en Montgomery y se han mudado allí muchos miles de coreanos. Están financiando iglesias, orquestas sinfónicas y teatros. Sus niños están tomando lecciones de violín y tocando en orquestas, trayendo la música clásica a un territorio donde nunca había enraizado.

Pensemos en cómo esta historia va contra los planes del gobierno. Se supone que los estadounidenses son patriotas y siempre comprarán coches fabricados por estadounidenses. La gran amenaza a esta idea eran los automóviles importados y casi nadie esperaba la importación de la propia fabricación de coches. Montgomery ha pasado terribles momentos económicos durante unos 50 años y cada alcalde y cada gobernador tenía un plan para recuperarse. Nadie esperaba que viniera desde el extranjero.

Los coreanos no han arruinado la cultura de Alabama sino más bien la han renovado y revitalizado. Los resultados indirectos están muy extendidos, ayudando a proveer no sólo empleos en la fabricación de coches sino en la fabricación de todo, mejorando además el comercio y los restaurantes e incluso las artes. Esta recuperación no fue el resultado de ningún plan del gobierno o el desarrollo de alguna idea organizada centralizadamente. Nunca estuvo sujeta a un debate o votación política.

Es el mercado funcionando. El estado no lo planifica y no puede prever sus acciones y formas. Pero hay algo seguro: es coherente con la elección humana. Somos nosotros los que hacemos o rompemos estos planes empresariales. El mercado tiene el modelo para la organización social. La ley de la asociación, descubierta por David Ricardo y desarrollada por Ludwig von Mises es la que da la energía en este caso. Apunta a las ventajas que producen a todas las partes cuando comercian, incluso cuando un proveedor más eficiente está comerciando con un proveedor mucho menos eficiente. Ambos son más eficientes juntos de lo que serían en caso contrario produciendo aisladamente.

Mises decía que esta ley de la asociación era la responsable de un enorme cambio en la perspectiva de la humanidad. La gente empezó a considerarse a sí misma no como rivales en la apropiación de los limitados medios de subsistencia: en su lugar descubrimos que podemos confraternizar entre sí por el bien de la producción cooperativa.

¿Y cómo se produce esto? No a través de la compulsión. No a través del contrato social. Se produce porque reconocemos que nos interesa juntarnos mediante acuerdos mutuos. Y esta unión se produce por las diferencias entre nosotros, al darnos cuenta de que cada uno tiene algo a lo que contribuir en una relación. No estamos sacrificando nuestro bienestar haciendo esto sino exactamente lo contrario.

El acuerdo y no la fuerza: esto es lo que nos salvará y continuará construyendo la civilización.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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