Menger explica los orígenes del dinero

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Prólogo de Doug French
La comprensión pública de lo que es el dinero y sus orígenes ha involucionado tanto que las autoridades monetarias pueden ahora inflar impunemente, con la consecuencia en último término de la destrucción de la división de del trabajo deshaciendo todo el progreso de la humanidad hasta la fecha. El ciudadano medio debe confiar en la inteligencia de hombres y mujeres que trabajan en secreto en los bancos centrales en todo el mundo con lo que pretende ser dinero: papel y dígitos en pantallas de computadoras. Estos bancos son los principales contratantes de economistas formados académicamente. Pero bajo la guía de los educados keynesianamente, los bancos centrales realizan operaciones monetarias que atienden las necesidades de fondos demandadas por políticos para sus fines igualmente políticos.

Las esperanzas, los sueños y los niveles de vida de millones de personas se ven afectados diariamente por estos burócratas sin rostro que supuestamente saben con exactitud qué botones monetarios hay que pulsar para asegurar nuestra prosperidad. Sin embargo, la historia demuestra que los banqueros centrales no tienen más que una estrategia para curar todo, especialmente sus errores pasados: imprimir más dinero, con lo que sus planes de estabilización tienen los resultados opuestos.

Con que todos pudieran leer y entender el ensayo que tienen en sus manos [The Origins of Money], descrito por el ganador del Premio Schlarbaum de 2009, Jesús Huerta de Soto, en su Dinero, crédito bancario y ciclos económicos como “la mejor y quizá más brillante sinopsis de la teoría de Menger del origen evolutivo del dinero”.

Escrito el mismo año en que testificó ante la Comisión Monetaria de Austria-Hungría, Carl Menger explica que no son los edictos del gobierno los que crean el dinero, sino el mercado. Los individuos deciden cuál es el bien más comerciable para usarlo como medio de intercambio. “El propio hombre es el principio y fin de cada economía”, escribía Menger, y así pasa cuando se decide qué se va a usar como moneda.

Fue Menger quien desarrolló un teoría completa de las instituciones sociales que aparecen por las interacciones entre humanos, cada uno con su propio conocimiento subjetivo y experiencias. Es la evolución espontánea de estas acciones humanas la que crea instituciones a través de las cuales los individuos descubren ciertos patrones de conducta que ayudan a cada persona a obtener sus objetivos más eficientemente. Nada es más importante para esta evolución que el desarrollo del dinero, haciendo posible la división del trabajo y alcanzable la satisfacción de deseos.

En su testimonio ante la Comisión Monetaria en 1892, Menger urgía un retorno a un dinero sólido y ofrecía recomendaciones específicas para alcanzar este objetivo, pero Menger fue, en palabras de Hans F. Sennholz,

“siempre escéptico acerca del conocimiento e inteligencia de las autoridades políticas que dirigían la reforma. Pero tenía una fe constante en los principios y leyes del mercado que derivan de las elecciones subjetivas de los hombres”. [1]

Y mientras que los economistas afuera de la escuela austriaca dejaban fuera las acciones de los individuos al formular sus teorías y argumentos, la contribución de Menger a la economía empezaba en ese mismo punto. El trabajo de Menger ofreció la base para toda la Escuela Austriaca y la piedra angular para la teoría monetaria, preparando el camino a Mises, Hayek y Rothbard.

Por desgracia, las economías mundiales continúan alternando continuas expansiones y crisis mientras el dinero está en manos de los banqueros centrales. Y aunque se acuse al libre mercado de los recientes desastres financieros, no puede haber libre mercado si el dinero está controlado y pervertido por el estado. Menger ofreció la respuesta hace más de un siglo: un dinero sólido y por tanto un economía sólida, sólo puede ser un producto del mercado.

Introducción de Carl Menger
Hay un fenómeno que ha atraído desde antiguo y en un grado particular la atención de filósofos sociales y economistas prácticos: el hecho de que ciertos productos (en civilizaciones avanzadas, piezas acuñadas de oro y plata, junto con documentos posteriores que representan esas monedas) se hayan convertido en medios de intercambio aceptables universalmente. Es obvio hasta para la inteligencia más sencilla que debe darse algo a cambio de algo que nos sea más útil. Pero que toda unidad económica en una nación debería estar dispuesta a intercambiar sus bienes por pequeños discos de metal aparentemente inútiles como tales, o documentos que los representen, es un proceso tan opuesto al decurso ordinario de las cosas, que no podemos sino maravillarnos cuando incluso un distinguido pensador como Savigny lo encuentra directamente “misterioso”.

No debe suponerse que la forma de la moneda o documento empleado como moneda corriente constituya el enigma de este fenómeno. Debemos alejarnos de estas formas y volver a etapas anteriores de desarrollo económico, o incluso a lo que sigue ocurriendo en país aquí y allá, donde vemos metales preciosos sin acuñar utilizados como medio de intercambio, e incluso ciertos productos, ganado, pieles, cubos de té, bloques de sal, conchas, etc.; al seguir viendo este fenómeno, seguimos teniendo que explicar por qué el hombre económico está dispuesto a aceptar cierto tipo de producto, incluso si no lo necesita, o si su necesidad ya está cubierta, a cambio de todos los bienes que lleva al mercado, aunque sin duda lo que necesita es lo que pide en primer lugar, con respecto a los bienes que pretende adquirir en el curso de sus transacciones.

Y desde aquí se desarrolla, desde los primeros ensayos de una contemplación reflexiva del fenómeno social a nuestro tiempo, una cadena ininterrumpida de elucubraciones acerca de la naturaleza y cualidades específicas del dinero en su relación con todo lo que constituye el tráfico. Filósofos, juristas e historiadores, así como economistas e incluso naturalistas y matemáticos se han ocupado de este notable problema y no hay pueblo civilizado que no haya aportado su cuota a la abundante literatura existente. ¿Cuál es la naturaleza de esos pequeños discos o documentos, que en sí mismos no parecen servir para ningún fin útil y que, sin embargo, en contradicción con el resto de la experiencia, pasan de una mano a otra a cambio de los productos más útiles, por el que todos están dispuestos a entregar sus mercaderías? ¿Es el dinero un miembro orgánico del mundo de los productos o una anormalidad económica? ¿Tenemos que atribuir su valor comercial a las mismas causas que condicionan a otros bienes o son un producto distinto de la convención y la autoridad?


[1] Hans Sennholz, «The Monetary Writings of Carl Menger», en The Gold Standard: An Austrian Perspective, Llewellyn H. Rockwell, Jr., ed. (Lexington, Mass.: Lexington Books, 1985), p. 33.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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