El euro: la insensatez de una moneda política

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Los mercados financieros siguen subiendo y bajando basándose en las últimas noticias de Europa. Mientras escribo este artículo, los grandes acontecimientos son: la falta de voluntad de Eslovaquia para contribuir a un fondo de rescate y la quiebra de Dexia, el banco franco-belga con unos activos de casi 700.000 millones de dólares. Como la crisis de la deuda soberana se ha intensificado en los últimos meses, se vuelve una posibilidad real que el mismo euro se hunda pronto.

Incluso si se las arreglase para escapar por la mínima y sobrevivir —con la ayuda de inyecciones masivas de los contribuyentes por el camino—, la vulnerabilidad del euro pone de relieve la insensatez de una moneda política. Más que cualquier otra moneda en la historia, el euro ha sido una creación de los tecnócratas que trabajan para los Estados-nación modernos. Que el euro bien podría estar en su lecho de muerte apenas una década después de su nacimiento, demuestra la inutilidad de la planificación central. Un sistema monetario duradero, libre de crisis recurrentes, sólo puede surgir espontáneamente de los intercambios voluntarios en el mercado.

La Unión Europea y el euro fueron creados oficialmente por el Tratado de Maastricht en 1993. Además de los objetivos políticos y culturales, la UE y la moneda única, que entró en circulación en 2002, fueron pasos importantes en el esfuerzo de convertir a Europa en una zona económica unificada, con los Estados Unidos como modelo.

Antes de la introducción del euro, una gran empresa con sede en Francia que, por ejemplo, tuviese una fábrica que pagase a trabajadores en Italia, y comprase piezas de maquinaria en Alemania, era vulnerable a las oscilaciones en el tipo de cambio entre el franco, la lira y el marco. Pero con una moneda única la empresa podría centrarse en sus clientes y líneas de producto, en lugar de preocuparse por el mercado de divisas. Esta estabilidad en todo el continente proporcionaría (supuestamente) a los negocios europeos las mismas ventajas que disfrutan las empresas con sede en los Estados Unidos, ya que los estadounidenses utilizan el dólar en todos y cada uno de los cincuenta estados.

Dado que la capacidad de una moneda para facilitar las transacciones sólo aumenta en la medida en que más gente la usa, en principio se podría esperar que las naciones que adoptasen el euro desearan que se uniese el mayor número posible de sus vecinos. Sin embargo, en realidad, había unas reglas formales (los denominados criterios de Maastricht, o también «criterios de convergencia”), que los nuevos aspirantes necesitaban cumplir antes de adoptar el euro. Estas reglas establecen normas para las tasas de inflación de los países, los déficits presupuestarios, la deuda pública, los tipos de cambio y las tasas de interés a largo plazo.

A primera vista, parece extraño que los creadores de una nueva moneda desearan restringir su uso. Insisto, el objetivo de una unión monetaria es reducir los costes de transacción entre las personas que la utilizan. De esta manera, parecería que estos beneficios sólo aumentarían a medida que el grupo creciese.

Sin embargo, intervienen otros factores, lo cual entendieron los diseñadores del euro (aunque sólo de manera imperfecta). En particular, el euro es una moneda fiduciaria, es decir, que la imprenta puede ser utilizada para alcanzar fines políticos. Esto explica por qué los gobiernos que ya utilizan el euro son reacios a admitir gobiernos relativamente despilfarradores en su club: existe el peligro de que los miembros más derrochadores secuestren directamente la política monetaria, o de que requieran un rescate monetario (como estamos viendo en la práctica).

Los beneficios de un patrón mercancía

Nótese que estos problemas potenciales no existirían bajo un patrón mercancía completamente respaldado. Por ejemplo, supongamos que los creadores del euro, en vez de leer la obra de los teóricos monetarios dominantes, como Robert Mundell, hubiesen estudiado las propuestas de Ludwig von Mises en La teoría del dinero y del crédito. En este universo alternativo las autoridades de Bruselas estarían dispuestas a emitir nuevos billetes de euro para cualquier persona o institución (incluidos gobiernos y bancos centrales) que les entregase la cantidad fijada en oro.

Bajo este esquema miseano las autoridades monetarias mantendrían el cien por cien del oro para respaldar la moneda; la cantidad requerida de oro real para respaldar cada euro en curso estaría depositada en las cámaras acorazadas de Bruselas. En este escenario las autoridades de Bruselas no se preocuparían por la solvencia ni los hábitos de gasto de las instituciones que solicitasen nuevos euros. En tanto que los solicitantes entregasen la cantidad exacta de oro físico, las autoridades estarían encantadas de imprimir el correspondiente número de euros.

La razón para esta despreocupación es que ninguno de los usuarios del euro —si estuviese respaldado al cien por cien por oro— podría afectar al poder adquisitivo del mismo, porque no podría influir en la futura “política monetaria” con respecto a la divisa. Si la gente de la Región A utilizase el euro, no se vería afectada por, digamos, una suspensión en el pago de bonos por algún gobierno de la Región B que también utilizase el euro. Los euros en curso, así como los que fuesen emitidos en un futuro, tendrían una tasa de conversión en oro constante, sin importar la solvencia fiscal de un usuario particular del euro.

En caso de que el experimento mental miseano sea demasiado fantasioso, tenemos un ejemplo mucho más pedestre (aunque imperfecto): los gobiernos estatales de los Estados Unidos y su uso del dólar. Si el gobierno estatal de California o Illinois suspende el pago de los miles de millones de dólares de los bonos en circulación que han emitido, a nadie le preocupa que esto pueda llevar a un hundimiento del dólar mismo, o que los estados relativamente austeros (como Idaho) elijan abandonar la “dólar-zona” y adoptar una nueva moneda.

Al analizar la lógica de la situación, se hace evidente que la razón para la diferencia es que la Reserva Federal (al menos en el pasado) no rescataría a los gobiernos insolventes. Que quede claro, la gente de Idaho podría verse afectada por una suspensión de los pagos en los bonos estatales de California, pero no porque ambas áreas usen dólares como moneda.

Sin embargo, si la Fed empezase a rescatar gobiernos estatales insolventes, entonces puede que los diferentes estados de la “dólar-zona” se pusieran en guardia. La gente de Idaho se daría cuenta de que estaba pagando precios más altos porque la Fed estaba creando de la nada miles de millones de nuevos dólares para apoyar el mercado de bonos estatales. En este entorno una coalición de gobiernos estatales austeros podría pedir a sus socios despilfarradores la adopción de medidas de austeridad, o si no, los estados austeros abandonarían el uso del dólar.

Tal como ilustra este experimento mental, podemos imaginar aquí en los Estados Unidos una situación análoga a la crisis europea. Todo lo que haría falta es la voluntad de la Reserva Federal para emitir dólares extra porque los gobiernos miembro incurriesen en déficits fiscales. Actualmente no unimos las finanzas de los gobiernos estatales y el destino del dólar porque la Fed hasta ahora no ha alterado sus políticas basándose en el gasto de los estados. Bajo un sistema de patrón mercancía completamente respaldado, esta independencia de las políticas monetaria y fiscal sería más absoluta y habría prevenido una crisis como la que ahora se desarrolla en Europa.

Los que han seguido el tratamiento de estos problemas por parte de los economistas de la corriente dominante saben que la convertibilidad en oro apenas ha sido considerada como una solución a la crisis del euro. De hecho, Paul Krugman recientemente echaba la culpa de la crisis a los intentos de colocar a los países europeos un “nuevo régimen de patrón oro”.

Es una interpretación sorprendente. ¿Cómo es posible que Krugman coja una moneda fiduciaria, explícitamente diseñada por tecnócratas desde el primer momento y sin conexión histórica con ningún dinero mercancía, y la denuncie como un moderno patrón oro?

La respuesta es que Krugman confía en la teoría dominante de la zona monetaria óptima. Esta teoría intenta perfilar las jurisdicciones óptimas para las diferentes monedas fiduciarias. En este acercamiento, el inconveniente de que una región demasiado extensa utilice la misma moneda, es que la cantidad “óptima” de inflación puede variar dentro de la misma, provocando una innecesaria penuria económica y por tanto conflicto político.

Krugman y muchos otros creen que la solución “obvia” para esta crisis sería que Grecia devaluase su moneda. Esto le facilitaría la devolución de sus deudas y haría las exportaciones griegas más competitivas, estimulando así el crecimiento económico.

Por desgracia, el problema (según gente como Krugman) es que Grecia no es dueña de su propio destino económico. Puesto que adoptó el euro, ahora no tiene el poder para propiciar su salida del problema. Así, los griegos están condenados a sufrir austeridad fiscal y una dolorosa deflación de los sueldos y los precios (también conocida con el engañoso nombre de “devaluación interna”).

Ahora podemos comprender la (tibia) conexión que Krugman y otros establecen entre la situación actual en Europa y el patrón oro clásico. Bajo este último, si un país imprimiese demasiado dinero, sus precios internos crecerían más rápido que los de sus iguales. El país experimentaría un déficit comercial mientras sus exportaciones s relativamente caras. El flujo saliente de oro del país forzaría a las autoridades a restringir la política monetaria hasta que los sueldos y los precios hubiesen caído (si no en términos absolutos, al menos relativos a los niveles de otras naciones) y la competitividad internacional hubiese sido restaurada. Bajo el patrón oro clásico la moneda de cada país estaba sujeta a un tipo de cambio fijo con el oro, por lo que ningún país podía ganar ventaja devaluando su moneda. Todos los ajustes para asegurar patrones de comercio sostenibles tenían que ocurrir mediante cambios en los precios y salarios relativos, no mediante fluctuaciones en los tipos de cambio.

Mayor integración

La teoría dominante de la zona monetaria óptima arroja luz sobre otra (supuesta) lección sacada de la presente crisis: la necesidad de una unión fiscal entre los países de la eurozona. Por ejemplo, Mario Draghi, responsable entrante del Banco Central Europeo, afirmó recientemente que Europa necesita “dar un importante paso adelante en la integración política y económica”. La teoría dominante enseña que no es óptimo que haya una sola moneda abarcando zonas con gobiernos que apliquen políticas fiscales distintas, y de ahí la “obvia” conclusión de que los gobiernos europeos deben quedar bajo el control de un solo organismo.

Como de costumbre, una intervención lleva a otra.  Tras apropiarse y después suprimir las monedas elegidas por el mercado (oro y plata), los gobiernos europeos han subido el listón en los últimos años al crear una nueva moneda fiduciaria. Aun cuando las aparentes garantías han fallado de manera rotunda —Grecia y varios de los otros gobiernos participantes ni de lejos cumplen los criterios de Maastricht— la supuesta solución es la creación de un poder incluso más centralizado, menos controlado todavía por la gente que es gobernada.

Están estafando a los europeos. No necesitan sacrificar todavía más soberanía política en favor de un grupo internacional de burócratas y banqueros. El sueño del euro —una zona económica integrada con una moneda estable— puede ser alcanzado mediante los principios del liberalismo clásico: comercio libre y dinero sólido. Los continuos experimentos con sistemas de dinero fiduciario nos llevarán a través de una perpetua serie de crisis, hasta que nos dejen con una sola moneda fiduciaria global, cuyo emisor no rinda ninguna cuenta a los desafortunados ciudadanos forzados a usarla. De acuerdo con muchos observadores cínicos, después de todo, éste puede ser el plan último.

Traducido del inglés por Juan Manuel Navas. El artículo original se encuentra aquí.

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