Auge y depresión en la antigua Roma

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El gran logro del gobierno que organizó Augusto fue la paz romana. Bajo éste y sus sucesores durante casi 400 años, el imperio mantuvo a raya a la hordas que amenazaban con destruir la civilización occidental. Durante este tiempo, la cultura grecorromana quedó tan firmemente establecida y estuvo tan extendida que fue capaz de sobrevivir a la desintegración del imperio que había sido su guardián. El legado de Grecia y Roma pasó así a convertirse en los cimientos de la vida del mundo moderno.

Para sus contemporáneos, la llegada de Augusto fue bienvenida como algo nuevo y glorioso que había ocurrido a la humanidad. Después de un siglo de cruel confusión, la humanidad parecía despertarse de una larga pesadilla. El cínico Tácito, que aún añoraba el sueño republicano, dice que el nuevo gobernante había “atraído las mentes de los hombres con las bendiciones de la paz”. Veleyo Patérculo, defensor de Cicerón, cuenta lo que hizo Augusto “por la República, el pueblo romano y el mundo”.

“Las guerras civiles”, dice,

habían acabado después de veinte años, se terminó con las guerras exteriores, se restauró la paz, el bullicio de las armas se calmó en todas partes. Se restauró la validez de las leyes, la autoridad de los tribunales y la dignidad del Senado. (…) La agricultura volvió a los campos, el respeto a la religión; se aseguró entonces a la humanidad la libertad ante la ansiedad y a cada ciudadano sus derechos de propiedad. Las leyes antiguas se reformaron útilmente y se aprobaron nuevas leyes para el bien general.

Esta misma sensación recibió una imperecedera forma poética en Horacio y Virgilio. Aparentemente, el entusiasmo por el régimen expresado en la ciudad de Roma se extendió al imperio, y con razón. Buena parte del gobierno interior se confiaba a provincia, colonias de la corona y reinos dependientes.

“La gran ventaja”, escribe F.E. Adcock,

que el principado había conferido al mundo mediterráneo era la libertad de vivir su propia vida, de mantener su propia variedad de costumbres e instituciones. (…) Lo característico del periodo [de la paz imperial] fue la lealtad a Roma, no sólo porque esta lealtad no tenía rival, sino porque Roma se merecía recibirla.

Es un hecho sencillo, en palabras de John Buchan en su Augusto, que  en muchas partes de la cuenca mediterránea (en Siria y Palestina, en Asia Menor, en Tracia y Macedonia) había un nivel de comodidad y seguridad bajo Augusto que no existe hoy. En la última parte de esta era, tenemos el tributo de Epícteto, nacido esclavo: “César [Augusto] ha ganado para nosotros una paz profunda. No hay guerras ni batallas, ladrones ni piratas y podemos viajar y navegar a todas horas del este al oeste”.

Aún podemos leer la inscripción de un pequeño pueblo en Asia Menor alabando a Augusto como “gobernante de tierra y mar; benefactor y salvador de todo el cosmos”.

Suetonio, el biógrafo cotilla, nos cuenta el viaje final de Augusto hasta la costa de Capri. El anciano estaba reconfortado al escuchar los gritos de un barco que estaba llegando desde Alejandría diciendo que “vivían por él, navegaban por él, disfrutaban por él de su libertad y de todas las riquezas que tenían”.

Este reinado ilustrado duró 45 años. Es como si Grover Cleveland, que tomó posesión en 1885, hubiera continuado en el cargo con cada vez más poder hasta la primera parte de la administración de Herbert Hoover en 1930. La gente supuso que el imperio duraría eternamente. El poeta Tíbulo acuñó la duradera expresión “la ciudad eterna”.

Pocos años después, las monedas romanas incluían el lema “Æternitas” y una inscripción encontrada en Asia Menor habla de un decreto garantizado “por la eternidad del imperio de los romanos”.

Aquí debe hacerse una puntualización. Hablamos de la paz romana como iniciada en el reinado de Augusto. Probablemente no le pareciera paz a la cabeza responsable del gobierno. Hacían falta frecuentes expediciones militares para someter a pueblos indómitos. Había luchas en las fronteras de todo el imperio. Una revuelta en la península balcánica unos pocos años antes de su muerte resultó ser tan formidable que se dice que el cansado gobernante, ya entrado en años, consideró suicidarse. Ésta se vio seguida por una desastrosa campaña contra los germanos más allá del Rin, en la que el general romano Varo perdió tres legiones y se quitó la vida. Fue un golpe terrible para el orgullo de Augusto y su biógrafo romano nos cuenta que durante meses vagaría gritando “Varo, devuélveme mis legiones”.

El efecto de la derrota fue de largo alcance. El ejército se retiró del Rin y el emperador hizo una solemne advertencia a sus sucesores de que no sobrepasaran ese río. Había razones para esta política con base en la economía y la necesidad de paz del imperio para organizar y absorber las turbulentas provincias ya adquiridas. Estas razones apelaban con especial fuerza a un hombre viejo y desilusionado que había perdido el gusto y la energía para más aventuras. Pero resulta fascinante especular con lo que podría haber pasado si Roma hubiera cruzado el Elba en Hamburgo y luego del Vístula en Danzig. Hubiera tenido que defender una frontera de solo 800 millas del Báltico al Mar Negro, en lugar de una del doble de longitud desde la desembocadura del Rin en el Mar del Norte a la del Danubio en el Mar Negro. Esa expansión hacia el este habría puesto a Prusia bajo la influencia de la civilización romana. Prusia podría haberse hecho europea como hizo Roma con el sur de Alemania y Austria, con consecuencias que llegarían hasta hoy.

A pesar de estas guerras periféricas, Italia estuvo siempre pacificada, junto con la mayoría del imperio. El mundo no ha aprendido aún a mantener la paz con algo similar al éxito de los primeros emperadores romanos. El contento del pueblo bajo el gobierno romano es un inmenso homenaje a la justicia y eficiencia del gobierno establecido por Augusto. Por ejemplo, en la Galia, con el extenso sistema de carreteras construidas en tiempos del primer imperio, el comercio se desarrolló rápidamente y el pueblo prosperó. El tributo pagado a Roma era ligero en comparación con el coste de las viejas guerras tribales. Es significativo que después de que Bretaña se estableciera en el siglo II como provincia romana, las únicas tropas necesarias lo fueron para protegerla ante invasiones. Los colonos estaban orgullosos de ser ciudadanos del imperio.

“En todo el mundo”, escribe un investigador alemán, el profesor F. Oertel, en la Cambridge Ancient History,

hubo una interpenetración, un suavizado de diferencias hasta un grado no soñado antes. (…) Si contemplamos los hechos desde el punto de vista del imperio, nuestro veredicto debe ser que, a pesar de todos los peligros que tiene latentes un capitalismo exagerado, la industria y el comercio cumplieron con la tarea que les impuso Augusto, la tarea de hacer del imperio una unidad, haciendo así posible su supervivencia durante los siguientes siglos.

La prosperidad asociada con Augusto naturalmente contribuyó al prestigio que conllevaba su nombre. Los negocios se habían visto terriblemente dificultados por el desastre general de los últimos años de la república. Con el establecimiento de una paz firme bajo un gobierno honrado y competente y con prácticamente un libre comercio a lo largo del imperio (pues los bajos impuestos a los puertos no eran aranceles proteccionistas), iba a producirse un reavivamiento de los negocios. Pero cuando Augusto volvió a la capital tras Actium encontró a Roma empobrecida y su estructura económica desorganizada por la guerra civil. Para aliviar la situación, recurrió a una política con la que Estados Unidos se familiarizaría en la década de 1920. Al encontrar condiciones similares, la administración Coolidge recurrió al dinero fácil. Los tipos de interés se mantuvieron artificialmente bajos para animar a pedir prestado y hacer que mejoraran los negocios. Esta política llevó a una expansión exagerada de los créditos bancarios que hizo posible el salvaje auge que culminó en el pánico de 1929 y la consiguiente depresión. A una escala más modesta, Augusto adoptó una política de dinero fácil. Los resultados fueron idénticos a los de Coolidge. La política promovió un auge inflacionista seguido por duros tiempos deflacionistas y el pánico del año 33. En ambos caso, el auge empezó en una administración, mientras que sus frutos aparecieron en otra.

Cualquier investigador de la historia económica de Roma debe resignarse a la desconcertante dificultad de la ausencia de informes públicos y estadísticas empresariales. La información ha de recopilarse pacientemente por azares y a menudo por notas exasperantemente indefinidas de escritores contemporáneos que tenían escaso interés por la economía. Incluso una fuente tan poco prometedora como el tratado de Cicerón sobre Deberes morales tiene que ser investigada para ciertos ejemplos referidos a alguna política económica del pasado. Por suerte, el metódico Augusto dejó un registro enormemente útil de sus transacciones financieras. Pocos meses antes de su muerte, preparó un resumen de su administración, un discurso de despedida, que fue leído en el Senado, con la solicitud de que fuera inscrito en tablas de bronce ante su mausoleo. Estas tablas han desaparecido, pero el documento se copió en los muros de muchos templos del imperio. La mejor copia que nos ha llegado se conoce como la inscripción de Ancira (“la reina de las inscripciones”, la llamó Mommsen). Se encontró tanto en latín como en griego en los muros de un templo en Ancira, en Asia Menor, al que me he referido al describir la exposición augustea. De ella podemos deducir enormes gastos públicos que contribuyeron temporalmente a la prosperidad en Roma que siguieron naturalmente al establecimiento de la paz romana.
Durante sus primeros 20 años, Augusto gastó desaforadamente. Tenía la fortuna de César para gastar y ésta se vio complementada por el rico tesoro confiscado en Egipto. Como dijo Suetonio: “Cuando trajo los tesoros reales de Egipto a Roma, el dinero se hizo tan abundante que el tipo de interés bajó y el valor de las propiedades aumentó grandemente”.

De otra autoridad, Dión, aprendimos que los tipos de interés cayeron del 12% al 4% y “aumentó el precio de los bienes”, efectos familiares del dinero fácil.

Los impuestos en Italia eran bajos. Augusto quería un impuesto sobre la tierra, pero la influyente oposición de los terratenientes le hizo que abandonara el plan. Sin embargo, fue capaz de imponer un impuesto del 1% en las ventas por subasta, un impuesto del 4% en la venta de esclavos, un impuesto del 5% a la liberación de esclavos y un impuesto del 5% a las herencias o legados indirectos por encima del equivalente a cinco mil dólares.

Sus gastos aparecen con detalle en la inscripción de Ancira. Pagó el equivalente a 30 millones de dólares por terreno para sus veteranos. Hizo repetidamente donaciones de dinero a los pobres, tal vez esperando aplacarlos mientras buscaban empleo. Además instituyó grandes obras públicas, en parte para aliviar el desempleo, en parte por su amor natural a lo magnífico. Sus obras públicas repararon todas las carreteras en Italia y las calles en Roma. Ayudó a muchas ciudades con donaciones de acueductos, baños, templos y edificios públicos. La creación de empleo se tomó tan en serio que en la última parte del siglo I el gobierno rechazó utilizar un nuevo invento para mover grandes columnas en Roma porque se temía que el nuevo dispositivo ahorraría mano de obra y dejaría a los hombres sin empleos.

Según estima el profesor Frank, en cuatro años fluyó al público el equivalente a 50 millones de dólares. Toda Italia compartió la prosperidad. Se realizaron enormes operaciones constructivas privadas y públicas en las ciudades.

Indudablemente, muchas de las nuevas fortunas del periodo tuvieron su origen en el aumento de los valores inmobiliarios y en la rápida expansión de las ciudades debido a la facilidad en el crédito, el aumento en su circulación y la sensación de seguridad en la tenencia de propiedades que produjo el restablecimiento de la paz.

Todo esto recuerda curiosamente a lo que ocurrió en los años de auge en Estados Unidos.

Un paralelo más se encuentra en la política monetaria de Augusto, que recuerda la política de Coolidge de mantener los créditos bancarios abundantes y baratos. El gobierno poseía minas de oro y plata. El producto estaba disponible para su acuñación. Durante los primeros 20 años del régimen, se abrieron varias cecas en España, una grande en Lyon, en la Galia, y hubo grandes acuñaciones en la ceca de Roma. Indudablemente, esta política contribuyó a la expansión de los negocios y el auge.

Una clase de la población no compartió la prosperidad general. El fracaso romano en realizar un desarrollo industrial apropiado y la presencia en la ciudad de un gran número de esclavos, mantuvo un desempleo continuo. La condición de los desempleados y los no empleables era un problema perentorio. Había que cuidar de ellos si no podía encontrarse trabajo en las obras públicas o en los asentamientos coloniales. Incluso durante las guerras civiles, había resultado necesario continuar con la distribución gratuita de grano. De hecho, las ayudas habían aumentado desde la muerte de César de los 150.000 que había dejado a las antiguas cifras de 320.000.

Augusto introdujo de nuevo un examen de medios y redujo el número a 200.000. Suetonio habla de una crisis cuando el gobierno, para reducir los gastos de las ayudas, expulsó a los residentes extranjeros, excepto a médicos y maestros. Un estadista tan sabio no podía evitar darse cuenta del los efectos empobrecedores del sistema.

“Escribió”, dice su biógrafo,

que se inclinaba por abolir para siempre la distribución pública del grano, pues el pueblo había llegado a depender de ello y había dejado de labrar los campos; pero no siguió adelante porque estaba seguro de que, por un deseo de agradar al pueblo, se reavivaría en un momento u otro.

En otras palabras, la situación se había ido de las manos. Muchas personas preferían la ayuda a los salarios. A partir de entonces, durante la prosperidad imperial, el número de ayudas continuó en torno a las 200.000. Casi 300 años después la prestación se extendió y se hizo hereditaria. Se entregaba dos libras de pan diarias a todos los ciudadanos registrados que lo solicitaran. Además, se distribuía cerdo, aceite de oliva y sal gratuitos cada cierto tiempo. Cuando se fundó Constantinopla, el derecho de ayuda se asoció a las nuevas casas para estimular la construcción.

El auge augusteo, como se ha dicho antes, fue parcialmente el resultado de un gran programa de gasto. Fue posible principalmente por el botín cobrado en Egipto. Pero el dinero acabó terminándose. En sus últimos años, Augusto gastó mucho menos en edificios públicos y entretenimiento popular que en los primeros. Las guerras que hemos referido resultaron ser una fuerte rémora financiera. Grandes cantidades de dinero volvieron a las provincias para pagar productos de lujo importados por los ricos. Con el agotamiento de las minas, se controló el flujo de oro y plata a las cecas. La acuñación, según las estimaciones del profesor Frank, cayó a alrededor del 5% de su ritmo anterior. Fue deflación de verdad. Aumentaron los intereses y cayeron los precios. El siguiente emperador, Tiberio, con una economía rígida, acabó consiguiendo equilibrar el presupuesto sin aumentar los impuestos; en algunos casos fue capaz de reducirlos. Cuando su representante en Egipto aportó más dinero del debido a los impuestos imperiales normales, le indicó que quería que se esquilara a sus ovejas, no que se las afeitara. Hombre severamente concienzudo (a pesar de las escandalosas historias que hacían circular sus enemigos), Tiberio se arriesgó a la impopularidad en la capital al recortar los costosos fastos públicos que su predecesor había pensado que eran necesarios para mantener al pueblo de buen humor.

Su actitud ahorradora se aprecia en un incidente relatado por Tácito. La aristocracia creía que las antiguas familias tendrían que estar subvencionadas, si era necesario, para mantener una clase gobernante apropiada. Un senador derrochador llevó a sus cuatro hijos jóvenes al Senado e hizo una reclamación pública al emperador de que les concediera dinero. Los senadores estaban de acuerdo: no era su dinero el que iba a entregarse. Tiberio asumió una opinión más responsable. “Si todo hombre pobre va a venir a esta cámara”, replicó, “y pedir dinero para su hijo, no podrán satisfacerse todas las demandas y el tesoro público quedará vacío”.

Sin embargo, a la vista de la actitud generosa del Senado, flaqueó y concedió a cada hijo el equivalente a 10 mil dólares. El asunto permite apreciar la impopularidad de Tiberio en Roma, en contraste con la popularidad que le hizo ganarse en provincias su eficiente administración. La falta de gracia de sus palabras estropeaba el efecto de su generosidad. Tácito las consideraba un indicador del “temperamento agrio” del emperador. El cuidadoso Augusto podría haber rechazado hacer la concesión, sin generar resentimiento. Solía decirse de dos presidentes estadounidenses que Benjamin Harrison podía hacerse enemigos por la forma en que decía que sí, mientras que William McKinley podía hacerse un amigo por la forma en que decía que no.

Pero esta política esencial de gasto prudente de Tiberio, que continuó igual que la deflación augustea, produjo tiempos duros, que culminaron con el pánico del 33. Encontramos el relato en Tácito. Dice que las leyes de Julio César sobre la usura y la tenencia de tierras no se habían aplicado durante mucho tiempo. En el año 33, los deudores preocupados, tal vez empujados por picapleitos, empezaron a demandar por usura a sus acreedores. Hubo tantos casos que el gobierno dio un plazo de 18 meses en los que los demandados podían arreglar sus asuntos de acuerdo con la ley. Esto precipitó una crisis, porque se reclamaron los préstamos y cayeron los precios de los terrenos.

Para reforzar el mercado, se recuperó la ley cesariana y se ordenó a los prestamistas invertir dos tercios de su capital en territorio italiano. El efecto del edicto fue el contrario del que se pretendía. Con un mercado a la baja, la reinversión en tierras se pospuso a causa de los bajos precios y el desplome continuó. Así que el gobierno estableció una Home Owners’ Loan Corporation, la HOLC moderna. Tal vez sus operaciones se parecieron más a las de la Reconstruction Finance Corporation, la RFC, pues sus préstamos probablemente sólo iban a los grandes operadores. Se autorizó a prestar a terratenientes con problemas el equivalente a 5 millones de dólares del tesoro, sin intereses, por un periodo de hasta tres años. Esto ayudó a estabilizar el mercado y acabó con la crisis. No era una civilización industrial compleja. Así que los resultados del pánico no fueron tan devastadores y duraderos como los del pánico que acabó con los años de auge en Estados Unidos.

Se produjeron dos experimentos más en este periodo, propios del New Deal. Se creó bajo Domiciano una Agricultural Adjustment Administration, la familiar AAA, en el año 91 y una Farm Credit Administration, la FCA, pocos años después bajo Nerva y Trajano. Los granjeros italianos, especialmente los grandes terratenientes, habían descubierto que el vino y el aceite eran más rentables que el trigo. Cuando el cultivo de las viñas estaba en sus inicios, el bloque granjero italiano había sido capaz de inducir al gobierno en distintos momentos a restringir la plantación de viñedos en las provincias. Sin embargo, la competencia provincial había continuado. En el año 91 hubo una mala cosecha de trigo y una sobreproducción de vino. Para estimular la producción de trigo y al mismo tiempo proteger los intereses de los vinateros, el Departamento de Agricultura creó una AAA. Decretó que no se plantarían más viñas en Italia y que se destruirían la mitad de los viñedos en las provincias. Estados Unidos estaba siguiendo el precedente romano cuando arrancó el algodón el 1933. La aplicación fue diversa. De acuerdo con la opinión del profesor Rostovtzeff, la industria del vino italiano recibió ayuda “al menos en cierta medida”. Pero las medidas adoptadas “no consiguieron salvar el progreso de la agricultura en Italia en general”.

Puede inferirse el fracaso de la posterior acción del gobierno bajo Nerva y Trajano a principios del siglo II. Buscaban atraer capital a la agricultura y ayudar a los granjeros establecidos con préstamos baratos. Se forzó a los senadores a invertir al menos un tercio de su capital en terrenos italianos (la vieja panacea) y se creó una Farm Credit Administration. Bajo esta FCA, se permitió a los granjeros conseguir del gobierno títulos hipotecarios al 5%, que era menos de la mitad del tipo comercial rural.

Trajano había conquistado la Dacia, la Rumanía moderna. El país tenía minas productivas y un gran tesoro acumulado. El profesor Frank estima que el botín que obtuvo Trajano era el equivalente a 100 millones de dólares. Bajo el influjo de la inesperada ganancia en la Dacia, el gobierno procedió a lo grande. El dinero no se necesitaba en Roma. Así que se utilizó para establecer el mayor fondo filantrópico de la historia hasta la Fundación Rockefeller.

El tamaño de las familias pobres había disminuido, porque no se podía mantener a los hijos. Las repercusiones se estaban sintiendo en la industria italiana, que necesitaba un mercado interior más grande. El gobierno ansiaba desesperadamente animar el crecimiento de la población. Decidió que los intereses de los préstamos de la FCA deberían ir a comisarios de pueblos en toda Italia para pagar a familias pobres para ayudar al mantenimiento de sus hijos. La historia muestra lo que pasó con esta enorme filantropía. Fue desapareciendo gradualmente bajo la repetida devaluación del denario. Los intereses eran suficientes sólo para atender los gastos del personal administrativo en la “oficina de caminos y alimentación”.

[The New Deal in Rome (1939; 2009)]

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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