Un libro que cambia todo

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En una entrevista grabada en vídeo en mi oficina, antes de que el equipo encendiera la cámara, un hombre tuvo que quitar mis posters de Picasso de la pared. Probablemente tuvieran derechos de autor, dijo.

Pero el tipo que los pintó murió hace 30 años. Además, son míos.

No importa. Tenían que desaparecer.

¿Qué pasa con el pobre tipo que pintó la pared detrás de los posters? ¿Por qué no tiene derechos de autor? Si elimino la pintura, ahí está la pared desnuda y su creador. Detrás de la pared están los tableros, que sin duda tienen propietario. Para evitar el matorral de la “propiedad intelectual”, tal vez tenga que sentarme en el jardín, pero está el problema del tipo que cortó la hierba. Y luego hay que considerar al inventor del césped.

¿Hay algo erróneo en este panorama?

El avisado dice que no. Es solo que así son las cosas. No nos toca cuestionar, sino obedecer. Lo mismo pasa con todos los despotismos en la historia humana. Se entremezclan tanto con la tela de la vida diaria que los absurdos dejan de cuestionarse. Solo un puñado de personas atrevidas son capaces de pensar siguiendo líneas completamente distintas. Pero cuando lo hacen, la tierra tiembla a nuestros pies.

Ése es el caso de Against Intellectual Monopoly (Cambridge University Press, 2008), de Michele Boldrin y David Levine, dos atrevidos profesores de economía en la Universidad Washington en St. Louis. Han escrito un libro que probablemente cambie vuestro mundo, como hizo con el mío. (También está publicado en su sitio con permiso del editor).

Con la piratería y las luchas sobre propiedad intelectual en las noticias diarias, es hora de preguntarse sobre este asunto, su relación con la libertad, los derechos de propiedad y la eficiencia. Tienes que pensar seriamente dónde te posicionas.

No es uno de esos asuntos indiscutibles para los libertarios, como el salario mínimo o los controles de precios. El problema es complicado y resolverlo requiere pensarlo cuidadosamente. Pero es esencial que todos lo piensen y no hay mejor herramienta para romper los grilletes intelectuales que este libro.

El asunto es imposible de evitar, desde las graves advertencias que tienes del FBI al inicio de “tu” DVD a los carteles que advierten a los niños que no descarguen nunca una canción a los escandalosos acuerdos que transfieren miles de millones de una empresa a otra. Incluso afecta a los escandalosos precios que pagamos por las medicinas en la farmacia. El tema de la “propiedad intelectual” es una parte omnipresente de la vida moderna.

Algunas de las tácticas del estado policial empleadas para aplicar la PI tienen que hacer aprensivo a cualquiera con conciencia. Indudablemente te habrás preguntado sobre lo correcto e incorrecto en todo esto, pero, si eres como la mayoría de la gente, te imaginas que los derechos de autor y patentes son coherentes con la justicia que produce dar al innovador lo que le corresponde. En principio, parecen bien, aunque la ley podría necesitar reformas.

La primera vez que pensé críticamente sobre temas de propiedad intelectual fue leyendo en abstracto sobre ella hace muchos años. La postura austriaca tradicionalmente ha estado a favor de los derechos de propiedad en general, pero ha tendido a oponerse a las patentes, basándose en que son concesiones públicas de privilegios monopolísticos. Machlup, Mises y Rothbard (así como Stigler, Plant y Penrose) han explicado el tema, pero sin gran extensión y con diversos niveles de cauteloso escepticismo.

Eso cambió en 2001 con la publicación del artículo y hoy libro de Stephan Kinsella, “Contra la propiedad intelectual”. Hacía una argumentación teórica sólida de que las ideas no son escasas, no requieren racionamiento y no disminuyen con su divulgación, así que no pueden realmente calificarse de propiedad. Toda PI es injusta, escribía. Es incoherente con la ética libertaria y contraria a un mercado libre. Defiende una derogación completa de todas las leyes de propiedad intelectual.

El argumento me chocó inicialmente como una tontería a primera vista. A medida que lo consideraba, mi propia opinión cambió gradualmente: no es una tontería, pensé, pero sigue siendo teorizar en las nubes sin ninguna relación con la realidad. El artículo de Kinsella apareció antes de la explosión del interés público por este tema. El régimen de patentes entretanto se había vuelto completamente loco, con casi 200.000 patentes emitidas cada año en Estados Unidos, y medio millón más en otros países (con 6,1 millones de patentes en vigor en todo el mundo) y grandes empresas recaudando enormes cantidades con ellas.

Y el asunto del derecho de autor ha llevado a una lucha masiva entre generaciones: la gente joven vive “pirateando” música, películas, software, mientras que los mayores consideran que esta práctica presagia el fin del sistema capitalista tal y como los conocemos. La industria musical ha gastado miles de millones tratando de contener el problema y solo ha conseguido generar el enfado del consumidor y unas terribles relaciones públicas.

El artículo de Kinsella continuó persiguiéndome personalmente. Me llevó cerca de seis años, pero finalmente trabajé todos los problemas teóricos y acabé adoptando su opinión, así que podríamos decir que estaba predispuesto a oír lo que estos autores tuvieran que decir. De lo que no me había dado cuenta hasta encontrar el libro de Boldrin/Levine era del largo alcance y lo radicales que eran las implicaciones de una visión detallada de lo que es realmente la PI.

No se trata solo de decidir lo que crees desde una perspectiva teórica o política. No se trata solo de pensar que los “piratas” no están realmente violando la ley moral. Entender completamente lo que dicen estos autores cambia la forma en la que miras la tecnología, la historia, las idas y venidas del desarrollo económico e incluso quiénes son los buenos y los malos en la historia de la civilización.

Kinsella se ocupa hábilmente de los aspectos teóricos, mientras que Against Intellectual Monopoly realmente no entra en la teoría con mucho detalle. De lo que se ocupa este libro maravilloso es de la práctica en el mundo real de la regulación de la propiedad intelectual ahora y en la historia. Puedo garantizar personalmente que ninguna objeción concreta que pienses haber podido hacer a su tesis no se contempla en estas páginas. Su defensa es como el sol que derrite toda la nieve durante muchas millas en todas direcciones.

Las implicaciones son completamente devastadoras y todos los días en que he hojeado el libro de Boldrin/Levine he tenido la sensación de estímulo intelectual que se produce raramente en la vida: esa sensación que te hace querer pillar a alguien en la calle y contarle lo que dice el libro. Te ayuda a entender muchas cosas que previamente habían estado confusas. La claridad emergente que produce haber entendido su obra equivale a lo que debe sentirse cuando oyes o ves por primera vez. Si tienen razón, las implicaciones son pasmosas.

Su tesis principal es aparentemente sencilla. Los derechos de autor y las patentes no son parte del orden competitivo natural. Son producto del derecho positivo y la legislación, impuestos a instancias de los ganadores en el mercado como medio para excluir la competencia. Son concesiones públicas de monopolios y, como economistas clásicos con una disposición a favor del mercado, los autores están contra el monopolio porque aumenta los precios, genera estancamiento económico, inhibe la innovación, roba a los consumidores y recompensa los intereses especiales.

Lo que han hecho es aplicar este modelo convencional de monopolio a una de las formas más duraderas del viejo mundo de privilegios institucionales mercantilistas/monopolistas, una forma superviviente del privilegio mercantilista del siglo XVI. La PI es como una presa en el río del desarrollo, o tal vez grandes rocas que impiden el flujo.

También están a favor de su derogación total, pero su alegato va mucho más allá de lo teórico. Te convencen de que es esencial una reforma radical, implacable, revolucionaria y de largo alcance para nuestro bienestar social actual y futuro.

Los resultados son deslumbrantes y completamente convincentes. Reto personalmente a cualquiera que piense que cree en las patentes o el derecho de autor a leer este libro y ocuparse de él. Por esta razón, me encanta que el Instituto Mises esté ofreciendo ahora el libro para darle máxima divulgación posible.

No estoy seguro de qué aspecto de su alegato es el más poderoso. He aquí unos pocos ejemplos:

Demuestran que gente como James Watt, Eli Whitney y los hermanos Wright no son héroes de la innovación, como dice la leyenda, sino mercantilistas en busca de rentas que entorpecieron dramáticamente la causa del desarrollo económico. Esta gente gasto enormes recursos prohibiendo a terceros mejorar “su” producto y hacerlo disponible a un precio más barato. En lugar de promover la innovación y la rentabilidad, la detuvieron, incluso a costa de sus propios sueños empresariales.

Los autores demuestran que todo gran periodo de innovación en la historia humana ha tenido lugar en ausencia de propiedad intelectual y que todo problema de PI ha acabado estancando los sectores a los que se aplica. Pensemos en los primeros años de la red, en la que la tecnología de código abierto inspiraba un desarrollo precipitado, hasta que patentes y derechos de autor se impusieron con la resultante cartelización de los sistemas operativos. Incluso hoy, las mayores innovaciones en las comunicaciones digitales provienen del muy rentable movimiento del código abierto.

Es imposible desarrollar software sin tener problemas de PI y los grandes participantes viven de la PI y no de la innovación. Entretanto, el sector más rentable e innovador de la web, el sector pornográfico, no tiene acceso a tribunales y aplicación de PI a causa del estigma asociado a él. No es casual que la ausencia de PI coincida con el crecimiento y la innovación. La relación es causal.

Y fijémonos en los sectores que no tienen acceso a PI, como el diseño de ropa y la arquitectura y la perfumería. Son enormes y se mueven rápido y fabulosamente. Los que se mueven antes siguen haciendo mucho dinero, sin competencia coactiva. Boldrin y Levine especulan además con que la PI está detrás de uno de los grandes enigmas del último milenio: el estancamiento de la música clásica. Este sector está seriamente afectado y limitado por la PI.

Se responde a otros misterios. ¿Por qué no hay ninguna composición musical notable en Inglaterra después de 1750? ¿Por qué la literatura inglesa fue tan popular en Estados Unidos en las aulas del siglo XIX? Podía importarse sin restricciones de derechos de autor (y por tanto venderse barata) mientras que los autores estadounidenses utilizaron PI y limitaron su mercado. Y consideremos lo irónico de que Disney, que se basa fuertemente en la PI, empezó y obtuvo grandes beneficios contando de nuevo cuentos de dominio público.

Abundan ejemplos como éste. Uno se pregunta si la historia moderna de la literatura y el arte tiene que reescribirse completamente. Se os ocurrirán ejemplos que no se explican en este libro, como la ficción de fans. Es técnicamente ilegal, hasta donde puede saberse, tomar un personaje con derechos de autor y contar una historia sobre él aunque la historia sea original. Y aún así los sitios de ficción de fans de Harry Potter disfrutan de decenas de millones de accesos mensuales. Uno aloja 5.000 obras de ficción de fans, algunas de hasta 1.000 páginas. La aplicación ha sido desigual e impredecible.

Y sí, el libro se ocupa del chico del póster del mundo de la PI: las medicinas. Muestran muchas evidencias de que la PI no hace aquí nada por promover la innovación y extender la disponibilidad y es en buena parte responsable de los evidentemente altos precios de las medicinas que están llevando al sistema hacia la socialización.

Los autores investigan la muy extraña tendencia de los capitalistas a diagnosticar erróneamente la fuente de sus beneficios en un mundo de PI, gastando mucho más en atacar a los piratas de lo que habrían ganado en un mercado libre. Demuestran además que la PI es una forma de explotación y expropiación que es muy peligrosa para la propia civilización.

En resumen, han partido de lo que parecería una preocupación para gente rara y la han convertido en el centro de la discusión sobre el propio desarrollo económico.

¿Qué pasa con la conclusión habitual de que la PI debería abolirse? Los autores ahuyentan nuestros temores. El desarrollo de la PI se produjo en el siglo XVI como mecanismo de los gobiernos para aplicar un control político y castigar a los disidentes. La causa de este “derecho de propiedad” fue luego asumida por individuos en los siglos XVIII y XIX como parte de la revolución liberal por los derechos individuales. En el siglo XX se transfirió de nuevo a empresas que se convirtieron en propietarias efectivas a través de los derechos de autor. Los creados ya no poseían nada y se dejaban golpear y abusar por sus propias empresas editoras y productoras.

La tesis de Boldrin y Levine n realidad refuerza esta opinión. Te hace preguntarte durante cuanto tiempo autores y creadores mantendrán el absurdo de que alguna empresa tenga una exclusividad aplicada por el estado a usar la obra de otros durante más de 100 años. Por fortuna, la era digital esta forzando la situación y alternativas como Creative Commons (equivalente en general a lo que existiría en un mercado libre) se están volviendo cada vez más populares. A medida que se hace más evidente la tiranía, el libre mercado va respondiendo.

No, los autores no son realmente austriacos y ni siquiera estoy seguro de que pueda llamárseles libertarios, pero entienden el proceso competitivo en formas que harían enorgullecerse a Hayek y Mises. Al pensar más en su libro, me parece que éste podría sugerir una revisión de la tería liberal clásica. Hemos pensado tradicionalmente que la cooperación y la competencia eran los dos pilares del orden social; puede añadirse un tercero: la emulación. Además, sin duda hay aquí trabajo que hacer que integre la teoría del conocimiento de Hayek con el problema de la PI.

Si al libro le falta algo, es precisamente lo que proporciona Kinsella: una teoría sólida tras el análisis práctico. Pero como Kinsella ya ha proporcionado ésta, el valor añadido de aplicación al mundo real es enorme. Tengo un pequeñísimo punto negro en él sobre su comentario de pasada de las marcas comerciales, que me sorprende por lo erróneo. En lo demás, este libro remueve montañas.

En las próximas semanas escribiré en el blog acerca de este libro capítulo a capítulo y Mises.org pretende hacer una serie de extractos del mismo. Por ahora, dejadme decir que un libro como éste aparece muy raramente. Against Intellectual Monopoly es un manifiesto relativamente pequeño sobre economía que debe absolutamente ser comprendido y entendido por toda persona pensante sin excepción.


Publicado el 16 de enero de 2009. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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