Hegel: el estado como voluntad de Dios

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[An Austrian Perspective on the History of Economic Thought (1995)]

Normalmente, el esquema determinista deja útiles vías implícitas de escape a sus creadores y defensores, que de alguna manera son capaces de alzarse contra el férreo determinismo que nos aflige al resto. Hegel no fue distinto, excepto en que sus vías de escape fueron demasiado explícitas. Mientras que Dios y el absoluto se refieren al hombre como un organismo colectivo en lugar de a sus raquíticos y despreciables miembros individuales, de vez en cuando aparecen grandes hombres individuales, hombres “para la historia del mundo”, que son capaces de encarnar atributos de lo absoluto más que otros y actuar como agentes importantes en el siguiente gran Aufhebung histórico (el siguiente gran avance del hombre-Dios o del espíritu mundial en su “autoconocimiento”). Así, en un tiempo en que los muy patriotas prusianos estaban reaccionando violentamente contra las conquistas imperiales de Napoleón y movilizando sus fuerzas contra ellos, Hegel reaccionó de forma muy diferente. Hegel escribió en éxtasis a un amigo que había visto personalmente a Napoleón cabalgando por la calle: “El Emperador (este espíritu mundial) cabalgando en su caballo por la ciudad para pasar revista a sus tropas, es realmente una sensación maravillosa ver un hombre así”.[1]

Hegel estaba entusiasmado con Napoleón debido a su función histórica mundial de proporcionar un estado fuerte a Alemania y el resto de Europa. Igual que la escatología fundamental y dialéctica de Hegel prefiguraban el marxismo, lo mismo hizo su filosofía más directamente política de la historia. Así, siguiendo al escritor romántico Friedrich Schiller, Hegel, en un ensayo de 1795, afirmaba que el equivalente de un comunismo temprano o primitivo era la antigua Grecia. Schiller y Hegel alababan a Grecia por la supuesta homogeneidad, unidad y armonía de sus polis, que ambos autores concebían muy erróneamente como libres de toda división del trabajo. El consecuente Aufhebung interrumpió esta maravillosa unidad y fragmentó al hombre, pero (la parte buena de la nueva etapa histórica) sí llevaría al crecimiento del comercio, los niveles de vida y el individualismo. Además, para Hegel, el estado entrante, anunciado por su filosofía, proporcionaría una reintegración del hombre y el estado.

Antes de 1796, Hegel, como muchos otros jóvenes intelectuales en toda Europa, estaba encantado con la Revolución Francesa, el individualismo, la democracia radical, la libertad y los derechos del hombre. Sin embargo, pronto, también como muchos intelectuales europeos, Hegel, desilusionado por la Revolución Francesa, se abonó al absolutismo reaccionario del estado. En particular, Hegel estuvo muy influido por el estatista escocés, Sir James Steuart, un jacobita exiliado en Alemania durante buena parte de su vida, cuya Investigación de los principios de política económica (1767) se había visto muy influida por los mercantilistas ultra-estatistas alemanes del siglo XVIII, los cameralistas.  Hegel leyó la traducción de los Pirincipios de Steuart (que se habían publicado en 1769-72) de 1797 a 1799 y tomó notas extensas. Hegel estuvo influido particularmente por dos aspectos del punto de vista de Steuart. Uno sostenía que la historia se producía en etapas, “evolucionando” determinísticamente de una etapa (nómada, agrícola, comercial, etc.) a la siguiente. El otro tema esencial era que la intervención masiva del estado y su control eran necesarios para mantener una economía comercial.[2] No sorprende que la principal desilusión de Hegel con la Revolución Francesa proviniera de su individualismo y falta de unidad bajo el estado. Prefigurando otra vez a Marx, resultaba especialmente importante para el hombre (el organismo colectivo) superar la fe ciega inconsciente y tomar “conscientemente” el control de “su” vía fatal al estado. Así que Hegel fue no solo un gran admirador de Napoleón, el poderoso conquistador del mundo, sino asimismo de Napoleón el detallado regulador de la economía francesa.

Hegel hacía bastante evidente que lo que realmente necesitaba el nuevo estado fuerte en desarrollo era una filosofía comprensiva, a la que contribuía el Gran Filósofo para darle su poderosa coherencia y legitimidad como norma. De otra manera, como explica el Profesor Plant, “un estado así, falto de comprensión filosófica, aparecería como una imposición meramente arbitraria y opresiva a la libertad de los individuos para seguir su propio interés.

Solo tenemos que intentar adivinar una vez  cuál se supone que debería ser esa filosofía o ese Gran Filósofo. Y así, armado con la filosofía hegeliana y el propio Hegel como manantial y gran líder, “desaparecería este aspecto extraño del estado progresista moderno y no se vería como una imposición, sino como un desarrollo de la autoconciencia. Al regular y codificar muchos aspectos de la práctica social, da al mundo moderno una racionalidad y predecibilidad que no poseería en caso contrario”.[3]

Armado con tal filosofía y tal filósofo, el estado moderno llevaría su postura designada divinamente a ola culminación de la historia y la civilización, como Dios en la tierra. Así, “El Estado moderno, probando la realidad de la comunidad política, cuando se comprende filosóficamente, podría por tanto verse como la más alta articulación del Espíritu o Dios en el mundo contemporáneo”. Así que el estado es “una manifestación suprema de la actividad de Dios en el mundo” y “el Estado está por encima de todo, es el Espíritu que se conoce a sí mismo como la esencia y realidad universal” y “El Estado es la realidad del reino del cielo”. Y finalmente: “El Estado es la Voluntad de Dios”.[4]

De las distintas formas de estado, la monarquía es la mejor, ya que permite a “todos” los súbditos ser “libres” (en sentido hegeliano) a sumergir su ser en la sustancia divina, que es el estado autoritario monárquico. La gente solo es “libre” cuando son partículas insignificantes de esta sustancia divina unitaria. Como escribe Tucker, “la concepción de la libertad de Hegel es totalitaria en un sentido literal del término. El mundo-yo debe experimentarse como la totalidad del ser o, en palabras de Hegel, debe elevarse a ‘una totalidad autocomprensiva’ para alcanzar la conciencia de la libertad. Todo lo que no llegue a ser esto supone alienación y la pena de la finitud”.[5]

Según Hegel, la evolución final del hombre-dios, el gran paso final en la totalidad y el infinito, está al alcance de la mano. El estado más evolucionado en la historia del mundo existía entonces: la existente monarquía prusiana bajo el rey Federico Guillermo III.

Asó ocurría que la apoteosis de Hegel de la existente monarquía prusiana coincidía exactamente con las necesidades de ese monarca. Cuando el rey Federico Guillermo III fundó la nueva Universidad de Berlín en 1818 para ayudar en el apoyo y propaganda de su poder absoluto, ¿qué mejor persona para la cátedra de filosofía que Friedrich Hegel, el divinizador del poder del estado? El rey y su partido absolutista necesitaban un filósofo oficial para defender al estado de los odiados ideales revolucionarios de la Revolución Francesa y justificar sus purgas de reformistas y liberales clásicos que le habían ayudado a derrotar a Napoleón. Como dice Karl Popper:

Hegel fue nombrado para atender esta necesidad y lo hizo reavivando las ideas de los primeros grandes enemigos de la sociedad abierta [especialmente Heráclito y Platón] (…) Hegel redescubrió las ideas platónicas que quedan detrás de la revuelta permanente contra la libertad y la razón. El hegelianismo es el renacimiento del tribalismo (…) [Hegel] es el “eslabón perdido”, por decirlo así, entre Platón y las formas modernas de totalitarismo. La mayoría de los totalitarios (…) conocen su deuda con Hegel y todos ellos han sido educados en la atmósfera cerrada del hegelianismo. Se les ha enseñado a adorar al estado, la historia y la nación.[6]

Sobre la adoración del estado por Hegel, Popper cita pasajes estremecedores y reveladores:

El Estado es la Idea Divina al existir en la tierra (…) Debemos por tanto adorar al estado como la manifestación de lo divino en la tierra (…) El Estado es la marcha de Dios por el mundo (…) El estado debe comprenderse como un organismo (…) Al Estado completo pertenecen, esencialmente, la conciencia y el pensamiento. El Estado sabe lo que quiere (…) El Estado (…) existe por sí mismo (…) El estado la vida moral realmente existente y percibida.[7]

Todas estas voces son bien calificadas por Popper como “grandilocuente e histérico platonismo”.

Buena parte de este estaba inspirado por los amigos e inmediatos predecesores filosóficos de Hegel, hombres como los veteranos Fichte, Schelling, Schlegel, Schiller, Herder y Schleiermacher. Pero fue tarea propia de Hegel emplear sus turbias doctrinas en la tarea de tejer apologías al poder absoluto del estado prusiano existente. Así, el admirador discípulo del Hegel, F.J.C. Schwegler, revelaba lo siguiente en su Historia de la filosofía:

Sin embargo, toda la fama y actividad [de Hegel] datan realmente solo desde su llamada a Berlín en 1818. Allí creó a su alrededor una numerosa, ampliamente extendida y (…) cada vez más activa escuela; también allí adquirió, con sus conexiones con la burocracia prusiana, reconocimiento político de sus sistema como filosofía oficial, no favoreciendo siempre la libertad interna de su filosofía o de su mérito moral.[8]

Con Prusia en el foco central, el hegelianismo fue capaz de asolar toda la filosofía alemana durante el siglo XIX, dominando en todas las áreas, menos las católicas del sur de Alemania y Austria. Como dice Popper, “habiéndose convertido así en un tremendo éxito en el continente, el hegelianismo difícilmente podía dejara de conseguir apoyo en Gran Bretaña por parte de quienes [creían] que un movimiento tan poderoso debe después de todo tener algo que ofrecer”. De hecho, el hombre que presentó primero a Hegel a los lectores ingleses, el Dr J. Hutchinson Stirling, señalaba con admiración, el año después de la victoria relámpago sobre Austria, “¿No realmente a Hegel, y especialmente a sus filosofía de la ética y la política, a quien Prusia debe esa poderosa vida y organización que está hoy desarrollando rápidamente?”[9] Por fin, el contemporáneo y conocido de Hegel, Arthur Schopenhauer, denunciaba la alianza de estado y filosofía que llevó al hegelianismo a convertirse en una fuerza poderosa en el pensamiento social:

Se utiliza mal la filosofía, desde el lado del estado como una herramienta, desde el otro lado como un medio de ganancia. (…) ¿Quién puede creer realmente que la verdad también verá así la luz, como un subproducto? (…) Los gobiernos hicieron de la filosofía un medio para servir a sus intereses de estado y los intelectuales hicieron de ella un comercio.[10]

Además de la influencia política, Popper ofrece una explicación complementaria a la de otra manera desconcertante extensión de la influencia de G.W.F. Hegel: la atracción de los filósofos por la jerga y palabrería resonante, casi por sí misma, unida a la candidez del público crédulo. Así, Popper cita una declaración del hegeliano inglés Stirling: “La filosofía de Hegel, era, por tanto, (…) una investigación del pensamiento tan profunda que era en su mayor parte ininteligible”. ¡Profunda por su misma ininteligibilidad! ¡La falta de claridad como virtud y prueba de profundidad! Popper añade:

Los filósofos han mantenido a su alrededor, incluso hoy en día, algo de la atmósfera del mago. La filosofía se considera como una cosa extraña y abstrusa, que se ocupa de cosas de las que se ocupa la religión, pero no de una forma que pueda ser “revelada a bebés” o a la gente común: se considera demasiado profunda como para eso y debe ser la religión y la teología de los intelectuales, de los instruidos y los sabios. El hegelianismo se adapta admirablemente a estas opiniones: es exactamente lo que esta superstición popular supone que ha de ser la filosofía.[11]

 


[1] Citado en Raymond Plant, Hegel (Bloomington, Ind.: Indiana University Press, 1973), p. 120.

[2] Hegel estuvo también influido por el gran rival de Steuart, Adam Smith, pero desgraciadamente en la dirección errónea. De La riqueza de las naciones Hegel concluía que la división del trabajo había traído al hombre la miseria de la especialización, la alienación, etc. Más interesante es que, de la famosa frase del amigo de Smith, el Rev. Adam Ferguson sobre que los acontecimientos son “el producto de la acción humana, pero no del designio humano”, Hegel obtuvo la idea de que cada individuo es agente de la  búsqueda del espíritu mundial sin ser consciente de ello. Es el famoso concepto de Hegel de “astucia de la razón” que funciona a lo largo de la historia.

Por su parte, Ferguson llegó a su famosa frase no analizando el libre mercado, como quiere Hayek, sino en un intento de demostrar que la revuelta en Escocia en 1745, que casi consigue llevar al poder a los temidos jacobitas católicos, estaba siguiendo inconscientemente el propósito benévolo de Dios de sacudir a los presbiterianos escoceses (suponiendo por supuesto que fuera la verdadera Iglesia de Dios) a salir de su apatía religiosa. En resumen, los católicos escoceses, buscando conscientemente fines malévolos, estaban siguiendo inconscientemente los designios de Dios. Un bien a partir de un aparente mal. Igualmente, cuando Hegel alabó a Napoleón como el hombre “histórico mundial”, veía a Napoleón pretendiendo buscar el mal pero avanzando inconscientemente en el designio benévolo de Dios. Ver Richard B. Sher, Church and University in the Scottish Enlightenment (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1985), pp. 40-44.

[3] Plant, op. cit., nota 6, p. 96.

[4] Ver ibíd., pp. 122, 123, 181.

[5] Robert C. Tucker, Philosophy and Myth in Karl Marx (Cambridge: Cambridge University Press, 1961), p. 39, n. 3, pp. 54-55. E.F. Carritt apunta que, para Hegel, la “libertad” es “desear sobre todas las cosas servir al éxito y gloria de su estado. Al desear esto, están deseando que se haga la voluntad de Dios”. Si un individuo piensa que debería hacer algo que no sea para el éxito y gloria de su estado, entonces, para Hegel, “debería obligársele a ser libre”. “¿Cómo puede una persona saber qué acción redundará en la gloria del estado? Para Hegel, la respuesta era sencilla. Cualquier cosa que reclame el gobernante, ya que ‘el mismo hecho de ser gobernantes es la señal más segura de la voluntad de Dios de que sea así’”. ¡Una lógica impecable, de verdad! Ver E.F. Carritt, «Reply» (1940), reimpreso en W. Kaufmann, (ed.), Hegel’s Political Philosophy (Nueva York; Atherton Press, 1970), pp. 38-39.

[6] Karl R. Popper, The Open Society and its Enemies (5ª ed., Princeton, NJ: Princeton University Press, 1966), II, pp. 30-31. [Publicado en España como La sociedad abierta y sus enemigos  (Barcelona: Paidós, 2010)]

[7] Ibíd., p. 31.

[8] Ibíd., p. 33.

[9] En 1867. Ver ibíd., p. 34.

[10] Ibíd., p. 33.

[11] Ibíd., pp. 27, 30. Para una explicación de aquello a lo que se refiere Popper como el “estilo scherzo” de su capítulo sobre Hegel, ver ibíd., pp. 393-395.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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