El burócrata como votante

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[Burocracia (1944)]

El burócrata no es solo un empleado público. Bajo una constitución democrática, es al mismo tiempo un votante y como tal parte del soberano, su jefe. Está en una situación peculiar: es a la vez jefe y empleado. Y su interés pecuniario como empleado se impone sobre su interés como jefe, ya que obtiene de los fondos públicos mucho más de lo que contribuye.

Esta doble relación se convierte en más importante al aumentar la gente en nómina del gobierno. El burócrata como votante está más ansioso por obtener un aumento que por mantener el presupuesto equilibrado. Su principal preocupación aumentar su nómina.

La estructura política de Alemania y Francia, en los últimos años anteriores a la caída de sus constituciones democráticas, estuvo en muy gran medida influida por el hecho de que para una parte considerable del electorado el estado era la fuente de rentas. No solo estaba la enorme cantidad de empleados públicos y los empleados en las ramas nacionalizadas de los negocios (por ejemplo, ferrocarriles, correos, telégrafos y teléfonos), estaban los receptores de prestaciones de desempleo y seguridad social, así como los agricultores y algunos otros grupos a los que el gobierno subvencionaba directa o indirectamente.

Su principal preocupación era obtener más de los fondos públicos. No les preocupaban los asuntos “ideales” como libertad, justicia, la supremacía de la ley y el buen gobierno. Pedían más dinero, eso era todo.

Ningún candidato al parlamento, las dietas provinciales o los ayuntamientos podía arriesgarse a oponerse al deseo de aumentos de los empleados públicos. Los distintos partidos políticos trataban de imponerse a los otros en generosidad.

En el siglo XIX los parlamentos estaban decididos a restringir lo más posible el gasto público. Pero ahora el ahorro resulta algo despreciable. El gasto sin límite se considera una política inteligente. Tanto el partido en el poder como la oposición luchan por la popularidad a través de la largueza. Crear nuevos cargos con nuevos funcionarios se califica como una política “positiva” y todo intento de impedir el despilfarro de fondos públicos de desprecia como “negativismo”.

La democracia representativa no puede subsistir si una gran parte de los votantes están en la nómina del gobierno. Si los miembros del parlamento ya no se consideran mandatarios de los contribuyentes, sino diputados de los que reciben salarios, subvenciones y otras prestaciones del tesoro, la democracia está condenada.

Esta es una de las antinomias propias de los asuntos constitucionales actuales. Ha hecho a mucha gente desesperar sobre el futuro de la democracia. Como se han convencido de que la tendencia hacia mayores interferencias del gobierno en los negocios, hacía más cargos con más funcionarios, hacia más prestaciones y subvenciones, es inevitable, no podrían sino perder la confianza en el gobierno por el pueblo.


Publicado el 26 de septiembre de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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