Marx como utópico

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[An Austrian Perspective on the History of Economic Thought (1995)]

A pesar de la afirmación de Marx de ser un “socialista científico”, burlándose de todos los demás socialistas a los que rechazaba como moralistas y “utópicos”, debería aclararse que el propio Marx estaba aún más en la tradición utópica mesiánica de lo que estaban los “utópicos” en competencia. Pues Marx no solo veía una sociedad futura que pondría fin a la historia: afirmaba haber encontrado el camino hacia esa utopía determinada inexorablemente por las “leyes de la historia”.

Pero sin duda Marx era un utópico, y uno muy fiero. Un marchamo de toda utopía es un deseo militante de poner fin a la historia, de congelar a la humanidad en un estado estático, de poner fin a la diversidad de todo el libre albedrío humano y de ordenar la vida de todos de acuerdo con el plan totalitario utópico. Muchos de los primeros comunistas y socialistas establecieron sus utopías fijas con un gran y absurdo detalle, determinando el tamaño de los dormitorios de todos, la comida que tomarían, etc. Marx no era tan tonto como para hacer eso, pero todo su sistema, como apunta Thomas Molnar, es “la búsqueda de la mente utópica para la estabilización de la humanidad o, en términos gnósticos, su reabsorción en lo eterno”. Para Marx, esta búsqueda de la utopía era, como hemos visto, un ataque explícito a la creación de Dios y un feroz deseo de destruirla. La idea de aplastar a las muchas y diversas facetas de la creación y de volver a una unidad supuestamente perdida con Dios empezó, como hemos visto, con Plotino. Como resume Molnar:

En esta visión, la propia existencia es una herida en el no ser. Filósofos desde Plotino a Fichte y posteriores han sostenido que la reabsorción del universo polícromo en el Uno eterno sería preferible a la creación. Lejos de esta solución, proponen disponer de un mundo en el que el cambio se pone bajo control de forma que pone fin a un perturbador libre albedrío y a los cambios no autorizados de la sociedad. Aspiran a volver del concepto lineal judeo-cristiano al ciclo greco-hindú, es decir, a una permanencia eterna, sin cambios.

El triunfo de la unidad sobre la diversidad significa que, para los utópicos, incluyendo a Marx, “la sociedad civil, con su perturbadora diversidad, puede abolirse”. Molnar luego hace el interesante apunte de que cuando Hayek y Popper rebaten el marxismo demostrando

que ninguna mente (ni siquiera la de un Politburó equipado con supercomputadoras) puede supervisar los cambios en el mercado y su miríada de componentes de individuos y sus interacciones, yerran el tiro. Marx está de acuerdo con ellos. Pero quiere abolir el mercado y sus componentes económicos, así como los intelectuales (‘legales, filosóficos, religiosos, estéticos’), para restaurar un mundo simple, un panorama monocromo. Su economía no es economía sino un instrumento de control total.[1]

Todo santo y bueno, pero, como ha demostrado la historia de los países comunistas, no hay muchos seguidores de Marx dispuestos a crear un mundo en el que no sea posible ningún cálculo económico y por tanto en el que la producción de desplome y se produzca una inanición universal.

Sustituyendo en Marx a la voluntad de Dios o la dialéctica hegeliana del espíritu mundano o la idea absoluta, está el materialismo monista. En su suposición esencial, como indica Molnar, “de que el universo consiste en materia más una especie de ley inmanente unidimensional en la materia”. En ese caso, “el propio hombre está reducido a un complejo pero manipulable agregado material, viviendo en compañía de otros agregados y formando superagregados cada vez más complejos llamados sociedades, cuerpos políticos, iglesias”. Las supuestas leyes de la historia, se deducen por tanto por los marxistas científicos como supuestamente evidentes e inmanentes dentro de esta misma materia.

El proceso marxista hacia la utopía es, por tanto, que el hombre adquiera conocimiento de su propia verdadera naturaleza y luego reordenar el mundo de acuerdo con esa verdadera naturaleza. De hecho, Engels proclamó explícitamente el concepto hegeliano del hombre-Dios: “Hasta ahora, la pregunta que se ha hecho siempre: ¿Qué es Dios? Y la filosofía alemana [hegeliana] lo ha resuelto así: Dios es el hombre. (…) El hombre puede ahora disponer el mundo de una manera verdaderamente humana, de acuerdo con las demandas de su naturaleza”.[2]

Pero este proceso está plagado de contradicciones: por ejemplo, y esencialmente, ¿cómo puede una mera materia tener ideas en su naturaleza? Como dice Molnar, “¿pues cómo puede la materia tener ideas? Y si tiene ideas, no es del todo materia, sino materia y algo más”.

En este proceso supuestamente inevitable de llegar a la utopía comunista proletaria después de que la clase proletaria se haga consciente de su verdadera naturaleza, ¿cuál se supone que es el propio papel de Karl Marx? En la teoría hegeliana, el propio Hegel es el personaje histórico final y más grande, el hombre-Dios de los hombres-Dioses. Igualmente, Marx en su visión queda como el punto focal de la historia como el hombre que trajo al mundo el conocimiento crucial de la verdadera naturaleza del hombre y de las leyes de la historia, sirviendo así como la “comadrona” del proceso que pondría fin a la historia. Molnar:

Como otros escritores utópicos y gnósticos, Marx está mucho menos interesado en las etapas de la historia hasta la actualidad (el narcisista ahora de todos los escritores utópicos) que en las etapas finales cuando el tiempo se hace más concentrado, cuando la tragedia llega a su desenlace. De hecho, el escritor utópico concibe la historia como un proceso liderado por él, que, como comprensor, se encuentra en el centro de dicha historia. Es natural que las cosas se aceleren durante su vida y lleguen a un hito: él domina el Antes y el Después.[3]

El logro de la utopía marxista es además dependiente del liderazgo y gobierno de la camarilla marxista, poseedora del conocimiento especial de las leyes de la historia, que procederá a transformar la humanidad en el nuevo hombre socialista mediante el uso de la fuerza. En la tradición judeo-cristiana, la existencia del mal se da por descontada por el libre albedrío del individuo. En sistemas monistas deterministas, por el contrario, se supone que toda la historia está determinada por leyes fijas y por tanto, el mal solo puede ser aparente, pero realmente actúa en un sentido más profundo como servidor del bien superior. Todo el mal aparente debe ser realmente bueno y servir para algún tipo de plan determinado, ya sea el desarrollo del Dios-hombre o una versión atea del mismo. La coacción del pueblo por una camarilla para crear un nuevo hombre socialista no puede ser mala o inaceptable en una sociedad justa. Por el contrario, imponer ese régimen es tarea de la vanguardia marxista, los servidores de la próxima etapa inevitable de la historia. Es una tarea para la historia, esa supuesta entidad a la que supuestamente sirve la camarilla y que está destinada a juzgar las acciones del pasado, a juzgarlas como morales o inmorales, como desarrolladoras del nacimiento del futuro histórico supuestamente inevitable o de frustrar ese nacimiento. En resumen, la historia o la camarilla tienen el privilegio y tarea de juzgar a cualquier persona o movimiento como “progresista” (es decir, que avanza en la marcha determinada de la historia) o “reaccionario” (retrasando esa marcha inevitable).

[1] Thomas Molnar, «Marxism and the Utopian Theme», Marxist Perspectives (Invierno de 1978), pp. 153-154. El economista David McCord Wright, aunque sin ahondar en las raíces religiosas del problema, destacaba que un grupo de la sociedad, los estatistas, busca “el logro de un patrón estatista ideal fijo de organización social técnica. Una vez se alcance o se aproxime mucho ese ideal, solo tendrá que repetirse inacabablemente a partir de entonces”. David McCord Wright, Democracy and Progress (Nueva York: Macmillan, 1948), p. 21.

[2] Molnar, op. cit., nota 30, pp. 149, 150-151.

[3] Ibíd., pp. 151-152.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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