Defendiendo al rompedor de tarifas

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[Extraído de Defending the Undefendable]

La escena resulta familiar por cientos de películas sobre el mundo del trabajo: el joven trabajador entusiasta llega por primera vez a la fábrica, determinado a ser un trabajador productivo. Con su entusiasmo produce felizmente más que otros trabajadores que llevan en la fábrica muchos años y están cansados, parados y artríticos. Es un “rompedor de tarifas”.

No sin motivo, la antipatía se extiende entre nuestro joven trabajador entusiasta, que se ve cada vez más arrinconado por los demás trabajadores. Se hace arrogante. Por su parte, los trabajadores mayores intentan tratarle con compasión. Pero cuando se resiste, le someten a un trato de silencio y le obligan a un purgatorio laboral.

Al continuar el film, se llega a un momento de clímax cuando el joven rompedor de tarifas recobra el sentido. Esto se produce de varias formas, todas dramáticas. Quizá vea una anciana enferma, un antiguo trabajador de la fábrica o uno lisiado en ésta. Si la película en cuestión es vanguardista, la conversión pueden provocarla los buenos oficios de un gato quejándose en un cubo de basura derribado. En todo caso, el joven ve el error en su comportamiento.

Luego, en la última escena dramática, que normalmente termina con todos los trabajadores (incluido el reformado rompedor de tarifas) caminando cogidos del brazo, un amable trabajador-filósofo entra en escena. Da al joven trabajador un curso de cinco minutos sobre la historia del trabajo, desde la antigua Roma hasta hoy, demostrando la constante perfidia de los “jefes” y probando indudablemente que la única esperanza de los trabajadores reside en la “solidaridad”.

Siempre ha habido, explica una lucha de clases entre trabajadores y capitalistas, con los trabajadores luchando continuamente por salarios y condiciones de trabajo decentes. A los jefes se les retrata como siempre intentando pagar a los trabajadores menos de lo que merecen, aprovechándose todo lo posible hasta que caen agotados. Cualquier trabajador que coopere con los jefes en sus incesantes, despiadados e implacables esfuerzos por “acelerar” a los trabajadores y a forzarles a aumentar sus niveles de productividad, es un enemigo de la clase trabajadora. La película termina con este resumen del trabajador-filósofo.

Esta visión de la economía del trabajo contiene una maraña de falacias que está entremezclada con cada parte basándose en formas complejas en otras. Sin embargo, hay una falacia central.

La falacia central es la suposición de que hay un trabajo fijo a realizar en el mundo. A veces llamada la “falacia de la porción de trabajo”, esta visión económica sostiene que los pueblos del mundo sólo necesitan una cantidad limitada de trabajo. Cuando se supera esta cantidad, no hay más trabajo que hacer y por tanto no habrá más empleos para los trabajadores.

Para quienes sostienen esta opinión, limitar la productividad de los jóvenes trabajadores entusiastas es de una importancia capital. Pues si éstos trabajan demasiado duro, arruinarán a todos. Al “acaparar” la cantidad limitada de trabajo existente, dejan demasiado poco para los demás. Es como si la cantidad de trabajo que se puede hacer fuera como una tarta de tamaño fijo. Si alguna gente se lleva más que su porción, todos los demás sufrirán por tener menos.

Si esta visión económica del mundo fuera correcta, realmente habría cierta justificación para la teoría defendida por el trabajador-filósofo de la película. Habría cierta justificación en insistir en que el trabajador más joven y activo no se lleve más que su porción de la “tarta”. Sin embargo, la adopción de esta teoría ha probado ser ineficiente y antieconómica, con resultados trágicos.

Esta falsa opinión se basa en la suposición de que los deseos de la gente (de bienestar material, ocio y logros intelectuales y estéticos) tienen un límite superior que puede alcanzarse en un tiempo finito y que cuando se alcanza, la producción debe cesar. Nada más lejos de la realidad.

Suponer que los deseos humanos pueden satisfacerse total y definitivamente es suponer que podemos llegar a un punto en que logremos la perfección humana (material, intelectual y estética). ¿El Paraíso? Tal vez. Si pudiera lograrse, sin duda no habría problema de “desempleo”: ¿quién necesitaría un trabajo?

Hay tanto trabajo por realizar como deseos insatisfechos. Como los deseos humanos son, a todos los efectos prácticos, ilimitados, la cantidad de trabajo a realizar es también ilimitada. Por tanto, no importa cuánto trabajo realice el joven entusiasta, ya que no podrá agotar o siquiera mellar apreciablemente la cantidad de trabajo a realizar.

Si el trabajador entusiasta no “quita trabajo a los otros” (porque hay una cantidad ilimitada de trabajo a realizar), ¿qué efecto produce? El efecto de trabajar más dura y eficientemente es aumentar la producción. Con su energía y eficiencia, aumenta el tamaño de la tarta, la tarta que se compartirá así entre todos los que tomaron parte en su fabricación.

El rompedor de tarifas debería también considerarse desde otro punto de vista ventajoso. Consideremos la situación de una familia que naufraga en una isla tropical.

Cuando la familia de robinsones suizos busca refugio en una isla, sus pertenencias consisten sólo en lo que hayan salvado del barco. La magra existencia de bienes de capital más su propia capacidad de trabajo determinarán si sobrevivirán o no.

Si dejamos aparte, toda la superficialidad de las noveles, la situación económica de familia de los robinsones suizos es que afronta una interminable lista de deseos, mientras que los medios a su disposición para su satisfacción son extremadamente limitados.

Si suponemos que todos los miembros de la familia se ponen a trabajar con los recursos materiales a su disposición, descubriríamos que sólo pueden satisfacer algunos de sus deseos.

¿Cuáles serían los efectos del “rompimiento de tarifas” en su situación? Supongamos que uno de los hijos resulta ser un rompedor de tarifas y es capaz de producir el doble diario que los demás miembros de la familia. ¿Sería este joven gamberro la ruina de la familia, “quitaría el trabajo” a los demás miembros y sembraría el caos en la minisociedad que han creado?

Es evidente que el rompedor de tarifas no traerá la ruina a su familia. Por el contrario, se le verá como el héroe que es, pues no hay peligro de que su mayor productividad haga que la familia se quede sin trabajo. Hemos visto que por razones prácticas e incluso filosóficas los deseos de la familia son ilimitados. Difícilmente ésta tendría problemas incluso si varios miembros fueran rompedores de tarifas.

Si el rompedor de tarifas de la familia puede producir diez unidades extra de ropa, puede ser posible que otros miembros dejen de realizar labores de fabricación de ropa. Se les asignarían nuevos trabajos. Habría un periodo de reordenación durante el que se decidiría qué trabajos deberían hacerse.

Pero está claro que el resultado final será una mayor satisfacción para la familia. En una economía moderna y compleja los resultados serían idénticos, aunque el proceso sería más complicado. El periodo de reordenación, por ejemplo, puede llevar algún tiempo. Sin embargo, se mantiene que gracias al rompimiento de tarifas, la sociedad en conjunto se dirigirá a una cada vez mayor satisfacción y prosperidad.


Publicado el 23 de junio de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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