Recuperando el dinero

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[Este artículo apareció originalmente en The Freeman, septiembre y octubre de 1995]

El dinero es un puesto de mando esencial de cualquier economía y por tanto de cualquier sociedad. La sociedad se basa en una red de intercambios voluntarios, también conocida como la “economía de libre mercado”; estos intercambios implican una división del trabajo en la sociedad, en la que los productores de huevos, clavos, caballos, leña y servicios inmateriales como enseñanza, atención médica y conciertos intercambian sus bienes por los de otros. A cada paso, todo participante se beneficia a cambio inmensamente, pues si se obligara a todos a ser autosuficientes, los pocos que consiguieran sobrevivir se verían reducidos a un lamentable nivel de vida.

El intercambio directo de bienes y servicios, también conocido por “trueque”, es desesperadamente improductivo más allá de su nivel más primitivo y realmente toda tribu “primitiva” encuentra enseguida su camino al descubrimiento de los tremendos beneficios de llegar, en el mercado, a un producto particularmente comercializable, con demanda general, para usarlo como “medio” de “intercambio indirecto”. Si un producto concreto se usa de forma extendida como medio en una sociedad, entonces a ese medio general de intercambio se le llama “dinero”.

El producto-dinero se convierte en una condición en cada uno de los innumerables intercambios en la economía de mercado. Vendo mis servicios como maestro por dinero, uso ese dinero para comprar alimentos, máquinas de escribir o alojamientos para viajar y estos productores a su vez utilizan el dinero para pagar a sus trabajadores, comprar equipos y existencias y pagar la renta de sus inmuebles. De ahí la siempre presente tentación por parte de uno o más grupos de apropiarse del control de la función vital del suministro de dinero.

Se ha elegido muchos bienes útiles como dinero en las sociedades humanas. Sal en África, azúcar en el caribe, pescado en la Nueva Inglaterra colonial, tabaco en la región colonia de la Bahía de Chesapeake, conchas de cauri, azadillas de hierro y muchos otros productos se han utilizado como dinero. No solo estos dineros sirven como medio de intercambio: permiten a individuos y empresas de negocios dedicarse al “cálculo” necesario para una economía avanzada. El dinero de comercia y calcula en términos de unidad monetaria, casi siempre una unidad de peso. Por ejemplo, el tabaco se calculaba en libras. Los precios de otros bienes y servicios podían obtenerse en libras de tabaco: cierto caballo podría valer 80 libras en el mercado. Una empresa podía así calcular si beneficio o pérdida para el mes anterior, podía resultar que su renta el mes pasado fuera de 1.000 libras y sus gastos de 800 libras, para un beneficio total de 200 libras.

Oro o papel del gobierno

A lo largo de la historia, dos productos han sido capaces de superar a todos los demás bienes y ser elegidos en el mercado como dinero: dos metales preciosos, el oro y la plata (con el cobre apareciendo cuando uno de las demás metales preciosos no estaba disponible). El oro y la plata abundan en lo que llamamos cualidades “monetizables”, cualidades que les hacen superiores a todos los demás productos. Tienen una oferta suficientemente escasa como para que su valor sea estable y un alto valor por unidad de peso, por lo que las piezas de oro o plata serán fáciles de transportar y usar en transacciones cotidianas; también son suficientemente raras como para que haya pocas probabilidades de repentinos descubrimientos o aumentos en la oferta. Son duraderos, así que pueden durar prácticamente eternamente y proporcionan así una “almacenamiento de valor” seguro para el futuro. Y el oro y la plata son divisibles, de forma que pueden dividirse en pequeñas piezas sin perder su valor; al contrario, por ejemplo, que los diamantes, son homogéneos, de forma que una onza de oro será de igual valor que cualquier otra.

El uso universal y antiguo del oro y la plata como dinero fue apuntado por el primer gran teórico monetario, el eminente escolástico francés del siglo XIV, Jean Buridan, y posteriormente en todas las explicaciones del dinero hasta los libros de texto sobre banca y moneda hasta que los gobiernos occidentales abolieron el patrón oro a principios de la década de 1930. Franklin D. Roosevelt se unión a esta acción sacando del oro a Estados Unidos en 1933.

No hay ningún aspecto de la economía de libre mercado que haya sufrido más burlas y desdenes de los economistas “modernos”, ya sean abiertamente keynesianos estatistas o supuestos “librecambistas” de Chicago, que el oro. El oro, no hace mucho alabado como la materia prima y cimiento de cualquier sistema monetario sólido, es denunciado habitualmente como un “fetiche” o, como en el caso de Keynes, como una “bárbara reliquia”. Bueno, el oro, es realmente un a “reliquia” de barbarismo en un sentido: ningún “bárbaro” que valore su sal habría aceptado nunca el mentiroso papel y crédito bancario con el que los sofisticados modernos han engañado para que se use como dinero.

Pero los “fanáticos del oro” no son fetichistas: no nos ajustamos a la imagen habitual de avaros pasando sus dedos entre su tesoro de monedas de oro mientras reímos siniestramente. Lo bueno del oro es que él, y solo él, es dinero proporcionado por el libre mercado, por la gente que trabaja. Pues la clara alternativa ante nosotros es: oro (o plata) o gobierno. El oro del dinero del mercado, un producto que debe suministrarse cavándolo del suelo y luego procesándolo, pero el gobierno, por el contrario, proporciona papel moneda o cheques bancarios virtualmente sin coste a partir de la nada.

Sabemos, para empezar, que toda operación del gobierno es derrochadora, ineficiente y sirve al burócrata en lugar de al consumidor. ¿Preferiríamos tener zapatos producidos por empresas privadas en competencia en el mercado libre o por un monopolio gigantesco del gobierno federal? La función de proporcionar dinero no podría gestionarla mejor el gobierno. Pero la situación en el dinero es mucho peor que en los zapatos o cualquier otro producto. Si el gobierno fabrica zapatos, al menos podrían calzarse, aunque pudieran ser caros, ajustarse mal y no satisfacer los deseos de los consumidores.

El dinero es distinto de todos los demás productos: en igualdad de condiciones, más zapatos o más descubrimientos de petróleo o cobre benefician a la sociedad, ya que ayudan a aliviar la escasez natural. Pero una vez que un producto se establece como dinero en el mercado, ya no se necesita más dinero en absoluto. Como el único uso del dinero es para el intercambio y el cálculo, más dólares o libras o marcos en circulación no pueden generar un beneficio social: simplemente diluirán el valor de intercambio de todo dólar o libra o marco existente. Así que es un gran bien que el oro o la plata sean escasos y costosos de aumentar en oferta.

Pero si el gobierno se las arregla para establecer billetes de papel o crédito bancario como dinero, como equivalente a gramos u onzas de oro, entonces el gobierno, como ofertante principal de dinero, es libre de crear dinero sin costes y a voluntad. Como consecuencia, esta “inflación” en la oferta monetaria destruye el valor del dólar o la libra, empuja al alza los precios, dificulta el cálculo económico y coarta y daña gravemente el funcionamiento de la economía de mercado.

La tendencia natural del gobierno, una vez al cargo del dinero, es inflar y destruir el valor de la moneda. Para entender esta verdad, debemos examinar la naturaleza del gobierno y de la creación del dinero. A lo largo de la historia, los gobiernos han estado crónicamente cortos de ingresos. La razón debería estar clara: al contrario que usted y yo, los gobiernos no producen bienes y servicios útiles que puedan vender en el mercado; los gobiernos, en lugar de producir y vender servicios, viven parasitariamente del mercado y la sociedad. Al contrario que cualquier otra persona e institución en la sociedad, el gobierno obtiene sus ingresos de la coacción, de los impuestos. En tiempo más antiguos y sensatos, de hecho el rey era capaz de obtener suficientes ingresos de los productos de sus propias tierras y bosques privados, así como mediante peajes en los caminos. Para que el Estado consiguiera unos impuestos regulares en tiempo de paz hizo falta una lucha de siglos. E incluso después de que se establecieran los impuestos, los reyes se dieron cuenta de que no podían imponer fácilmente nuevos impuestos o tipos más altos en viejas tasas: si lo hicieran, sería muy probable que estallara una revolución.

Controlando la oferta monetaria

Si los impuestos no cubren permanentemente el tipo de gastos deseados por el Estado, ¿cómo puede cubrirse la diferencia? Obteniendo el control de la oferta monetaria o, por decirlo crudamente, falsificándola. En la economía de mercado, solo podemos obtener buen dinero vendiendo un bien o servicio a cambio de oro o recibiendo un regalo; la única otra manera de obtener dinero es dedicarse al costoso proceso de extraer oro del suelo. El falsificador, por otro lado, es un ladrón que intenta beneficiarse mediante dicha falsificación, por ejemplo, pintando una pieza de bronce para que parezca una moneda de oro. Si esta falsificación se detecta inmediatamente, no hace daño real, pero en la medida en que esta falsificación no es detectada, el falsificador es capaz de robar no solo a los productores cuyos bienes compra. Pues el falsificador, al introducir dinero falso en la economía, es capaz de robar a todos al quietar a cada uno el valor de su moneda. Al diluir el valor de cada onza de dólar de dinero genuino, el robo del falsificador es más siniestro y más verdaderamente subversivo que el del bandolero, pues roba a todos en la sociedad y el robo es sigiloso y oculto, de forma que se camufla la relación causa-efecto.

Recientemente, vimos el temible titular: “El gobierno iraní trata de destruir al economía de EEUU falsificando billetes de 100$”. El que los ayatolas tuvieran objetivos tan grandiosos en su mente es dudoso: los falsificadores no necesitan una gran justificación para conseguir recursos imprimiendo dinero. Pero toda falsificación es en realidad subversiva y destructiva, así como inflacionista.

Pero en ese caso, ¿qué hay que decir cuando el gobierno se apropia de la oferta monetaria, deroga el oro como dinero y establece sus propios billetes impresos como único dinero? En otras palabras, ¿Qué hay que decir cuando el gobierno se convierte en el monopolio falsificador legalizado?

No solo se ha detectado la falsificación, sino que el Gran Falsificador, en Estados Unidos el Sistema de la Reserva Federal, en lugar de ser vilipendiado como un ladrón y destructor masivo, es alabado y celebrado como el sabio manipulador y gobernante de nuestra “macroeconomía”, la agencia en la que confiamos para que nos aleje de recesiones e inflaciones y con la que contamos para determinar tipos de interés, precios de capital y empleo. En lugar de tirarle tomates o huevos podridos, el presidente del Consejo de la Reserva Federal, sea quien sea, sea el imponente Paul Volcker o el solemne Alan Greenspan, es alabado universalmente como Mr. Indispensable para el sistema económico y financiero.

De hecho, la mejor manera de penetrar en los misterios del moderno sistema monetario y bancario es darse cuenta de que el gobierno y su banco central actúan precisamente como lo haría un Gran Falsificador, con efectos sociales y económicos muy similares. Hace muchos años, la revista New Yorker, cuando los dibujos aún eran divertidos, publicaba una historieta de un grupo de falsificadores mirando ansiosamente a su imprenta mientras salía de ella el primer billete de 10$. “Tío”, decía uno, “gastar en tiendas del barrio es mejor que recibir un balazo en el brazo”.

Y lo era. Al ir imprimiendo el nuevo dinero los falsificadores, el gasto va a lo que quieran comprar: bienes de consumo para ellos, así como préstamos y otros propósitos de “bienestar general” en el caso del gobierno. Pero la “prosperidad” resultante es falsa, todo lo que ocurre es que más dinero hace que se encarezcan los recursos para los pobres estafados que están al final de la cadena para recibir el nuevo dinero o que ni siquiera lo reciben en absoluto.

El nuevo dinero inyectado en el economía tiene un inevitable efecto de onda: los primeros receptores del nuevo dinero gastan más y suben los precios, mientras que los últimos receptores o la gente con rentas fijas encuentran que los precios de los bienes que deben comprar inexplicablemente en aumento, mientras que sus propias rentas se quedan atrás o siguen igual. La inflación monetaria, en otras palabras, no solo aumenta los precios y destruye el valor de la unidad monetaria: también activa un sistema gigantesco de expropiación de los últimos receptores por parte de los propios falsificadores y otros receptores tempranos. La expansión monetaria es un plan masivo de redistribución oculta.

Cuando el gobierno es el falsificador, el proceso de falsificación no solo puede “detectarse”: se proclama abiertamente como un arte monetario de gobernar para el bien público. La expansión monetaria se convierte entonces en un plan gigantesco de impuestos ocultos, recayendo el impuesto en los grupos de rentas fijas, en aquellos grupos alejados del gasto y las subvenciones públicas y en los ahorradores que son lo suficientemente ingenuos y confiados como para retener su dinero y tener fe en el valor de la moneda.

Se anima a gastar y endeudarse, se desaniman y sancionan el ahorro y le trabajo duro. No solo eso: los grupos que se benefician son los grupos de intereses especiales que están políticamente cerca del gobierno y pueden ejercitar presión para que el nuevo dinero se gaste en ellos de forma que sus rentas aumenten más rápido que la inflación de precios. Las subcontratas del gobierno, los negocios conectados políticamente, los sindicatos y otros grupos de presión se beneficiarán a costa del público inconsciente y desorganizado.


Ya hemos descrito una parte de la huida contemporánea de una moneda sólida de libre mercado a una moneda estatizada e inflada: la abolición del patrón oro por Franklin Roosevelt en 1933 y la sustitución por billetes de papel fiduciario por la Reserva Federal como nuestro “patrón monetario”. Otra parte crucial de este proceso fue la cartelización federal de los bancos de la nación a través de la creación del Sistema de la Reserva Federal en 1913.

La banca es una parte particularmente arcan del sistema económico: uno de los problemas es que la palabra “banco” abarca muchas actividades distintas, con implicaciones muy diferentes. Durante el renacimiento, los Médicis en Italia y los Fugger en Alemania eran “banqueros”; sin embargo, su banca no solo era privada sino que asimismo empezó al menos como una actividad legítima, no inflacionista y altamente productiva. Esencialmente, fueron “banqueros-mercaderes”, que empezaron como mercaderes ilustres. En estas grandes familias bancarias, la parte de crédito o “bancaria” de sus operaciones acabó eclipsando sus actividades mercantiles. Estas empresas prestaban dinero de sus propios beneficios y ahorros y obtenían intereses de los préstamos. De ahí que fueran canales de inversión productiva de sus propios ahorros.

En la medida en que los bancos prestaban sus propios ahorros o movilizaban los ahorros de otros, sus actividades eran productivas e intachables. Incluso en nuestro actual sistema bancario, si compro un CD (“certificado de depósito”) de 10.000$ redimible a seis meses, ganando cierto retorno fijo de intereses, tomo mis ahorros y los presto al banco, que a su vez lo presta a un tipo de interés superior, siendo el diferencial la ganancia del banco por la función de canalizar ahorros en manos de prestatarios dignos de crédito o productivos. No hay problema con este proceso.

Lo mismo es incluso cierto para las grandes casas de “banca de inversión”, que se desarrollaron al florecer el capitalismo industrial en el siglo XIX. Los banqueros de inversión tomarían su propio capital, o capital invertido o prestado por otros, para apoyar empresas en busca de capital vendiendo títulos a accionistas o acreedores. El problema con los banqueros de inversión es que uno de sus principales campos de inversión fue la suscripción de bonos públicos, lo que les puso de cabeza en la política, dándoles un poderoso incentivo para presionar y manipular a gobiernos, de forma que había que gravar con impuestos para pagar sus bonos públicos y los de sus clientes. De ahí la poderosa y torva influencia política de los banqueros de inversión en los siglos XIX y XX: en particular, los Rothschild en Europa y Jay Cooke y la familia Morgan en Estados Unidos.

A finales del siglo XIX, los Morgan lideraron el intento de presionar al gobierno de EEUU para cartelizar industrias en las que estaban interesados, primero ferrocarriles y luego manufacturas: para proteger a estos sectores de los vientos de la libre competencia y para usar el poder del gobierno para permitir que estos sectores restringieran la producción y aumentaran los precios.

En particular, los banqueros de inversión actuaban como un grupo de presión para la cartelización de los bancos comerciales. Hasta cierto punto, los banqueros comerciales prestaban su propio capital y dinero adquirido mediante CD. Pero la mayoría de la banca comercial es “banca de depósitos” basada en un gigantesco engaño: la idea, que creen la mayoría de los depositantes, de que su dinero se encuentra en el banco, listo para ser reclamado en efectivo en cualquier momento. Si Jim tiene una cuenta corriente con 1.000$ en un banco local, Jim sabe que es un “depósito a la vista”, es decir, que el banco se compromete a pagarle 1.000$ en efectivo, a la vista, en cualquier momento en el que quiera “sacar su dinero”. Naturalmente, los Jim de este mundo están convencidos de que su dinero está seguro allí, en el banco, para recuperarlo en cualquier momento. Por tanto, piensan que su cuenta corriente es equivalente a un recibo de almacenamiento. Si pusieran una silla en un almacén antes de irse de viaje, esperarían recuperar su silla cuando presentaran el recibo. Por desgracia, aunque los bancos dependan de la analogía con el almacén, los depositantes son engañados sistemáticamente. Su dinero no está allí.

Un almacenista honrado se asegura de que los bienes entregados a su cuidado estén allí, en su almacén o caja fuerte. Pero los bancos operan de una manera muy diferente, al menos desde los días de bancos de depósito como los Banco de Ámsterdam o Hamburgo en el siglo XVII, que en realidad actuaban como almacenes y respaldaban todos sus recibos completamente con activos depositados, por ejemplo, oro y plata. Desde entonces, los bancos han creado habitualmente de la nada recibos de almacenamiento (originalmente billetes de banco y ahora depósitos). Esencialmente, son falsificadores de falsos recibos de almacenamiento se efectivo o dinero estándar, que circulan como si fueran billetes o cuentas corrientes genuinos y completamente respaldados. Los bancos crean dinero literalmente de la nada, actualmente en exclusiva depósitos en lugar de billetes bancarios. Este tipo de estafa o falsificación se dignifica con la expresión “banca de reserva fraccionaria”, que significa que los depósitos bancarios están respaldados solo por una pequeña fracción del efectivo que prometieron tener a mano y devolver. (Ahora mismo, en Estados Unidos, esta fracción mínima la fija el Sistema de la Reserva Federal en el 10%).

Banca de reserva fraccionaria

Veamos cómo funciona el proceso de la reserva fraccionaria en ausencia de un banco central. Creo el Banco Riothbard e invierto 1.000$ de efectivo (el que sea oro o papel del gobierno no importa ahora). Luego “presto” 10.000$ a alguien, ya sea para gasto en consumo o para invertir en su negocio. ¿Cómo puedo “prestar” mucho más de lo que tengo? Aaah, esa es la magia de la “fracción” en la reserva fraccionaria. Simplemente abro una cuenta corriente de 10.000$ que estoy encantado de prestar a Mr. Jones. ¿Por qué toma Mr. Jones prestado de mí? Bueno, para empezar, puedo cobrarle un tipo de interés inferior que los ahorradores. No tengo que ahorrar el dinero por mí mismo, sino sencillamente falsificarlo a partir de la nada. (En el siglo XIX, habría podido emitir billetes de banco, pero ahora la Reserva Federal monopoliza los billetes). Como los depósitos a la vista en el Banco Rothbard funcionan como equivalentes al efectivo, la oferta monetaria de la nación ha aumentando mágicamente en 10.000$. El proceso inflacionista falsificador está en marcha.

El economista inglés del siglo XIX, Thomas Tooke dijo correctamente que “el libre comercio en la banca es lo mismo que el libre comercio en la estafa”. Pero en libertad y sin apoyo del gobierno, hay algunas dificultades graves en este proceso de falsificación o en lo que se ha llamado “banca libre”.

Primero, ¿por qué debería nadie confiar en mí? ¿Por qué debería nadie aceptar los depósitos a la vista del Banco Rothbard?

Pero segundo, si se confiara en mí y fuera capaz de ganarme la confianza del crédulo, hay otro grave problema, causado por el hecho de que el sistema bancario es competitivo, con libre entrada en su sector. Después de todo, el Banco Rothbard está limitado en su clientela. Después de que Jones tome prestados depósitos a la vista de mí, va a gastar ese dinero. ¿Por qué pagar si no por un préstamo? Antes o después, el dinero que gaste, ya sea en unas vacaciones o para expandir su negocio, se gastará en bienes o servicios de clientes de algún otro banco, digamos el Banco Rockwell. El Banco Rockwell no está particularmente interesado en tener cuentas corrientes en mi banco; quiere reservas, de forma que pueda acumular sus propias falsificaciones sobre reservas de efectivo. Así que si, para simplificar, el Banco Rockwell consigue un cheque para el Banco Rothbard, va a reclamar efectivo de forma que pueda hacer una acumulación falsificadora inflacionista propia.

Pero, por supuesto, no puedo pagar los 10.000$, así que estoy listo. Quebrado. Pillado. En justicia, debería estar en la cárcel por estafador, pero al menos mis falsos depósitos a la vista y yo estamos fuera de juego y fuera de la oferta monetaria.

Por tanto, bajo libre competencia y sin apoyo y fuerza del gobierno no habría sino un ámbito limitado para la falsificación de la reserva fraccionaria. Los bancos podrían formar cárteles para respaldarse unos a otros, pero por lo general los cárteles en el mercado no funcionan bien sin la fuerza del gobierno, sin que el gobierno tome medidas contra competidores que insistan en acabar con el cártel, en este caso, obligando a pagar a los bancos competidores.

Banca centralizada

De ahí el impulso por los propios banqueros para hacer que el gobierno cartelice su sector por medio de un banco central. La banca centralizada empezó con el Banco de Inglaterra en la década de 1690, se extendió al resto del mundo occidental en los siglos XVIII y XIX y finalmente se impuso en estados Unidos por cartelistas bancarios a través del Sistema de la Reserva Federal en 1913. Particularmente entusiastas acerca del banco central fueron los banqueros de inversión, como los Morgan, que fueron pioneros de la idea del cártel y que por aquel entonces se habían expandido a la banca comercial.

En la banca centralizada moderna, se concede al banco central el monopolio de la emisión de billetes de banco (originalmente recibos de almacenamiento escritos o impresos frente a los recibos intangibles de los depósitos bancarios), que son ahora idénticos al papel moneda del gobierno y por tanto el “patrón” monetario en el país. La gente quiere usar efectivo físico, así como depósitos bancarios. Por tanto, si quiero recobrar 1.000$ en efectivo de mi banco, este tiene que ir a la Reserva Federal y sacarlos de su propia cuenta corriente con la Fed, “comprando” 1.000$ de billetes de la Reserva Federal (el efectivo hoy en Estados Unidos) a la propia Fed. En otras palabras, la Fed actúa como un banco de banqueros. Los bancos mantienen depósitos a la vista en la Fed y estos depósitos constituyen sus reservas, sobre las que pueden acumular y lo hacen hasta diez veces la cantidad de dinero en el talonario.

He aquí cómo funciona el proceso de falsificación en el mundo actual. Digamos que la Reserva Federal, como es habitual, decide que quiere expandir (es decir, inflar) la oferta monetaria. La Reserva Federal decide ir al mercado (llamado el “mercado abierto”) y comprar un activo. No importa en realidad qué activo compre, lo importante es que firme un cheque.  La Fed podría, si quisiera, comprar cualquier activo que deseara, incluyendo acciones de empresas, edificios o divisa extranjera. En la práctica, casi siempre compra títulos públicos de EEUU.

Supongamos que la Fed compra 10.000.000$ de títulos del Tesoro de EEUU de algún vendedor de bonos “aprobado” por el gobierno (un pequeño grupo), digamos Shearson Lehman en Wall Street. La Fed firma un cheque por 10.000.000$, que entrega a Shearson Lehman a cambio de 10.000.000$ en títulos de EEUU. ¿De dónde saca la Fed los 10.000.000$ para pagar a Shearson Lehman? Crea el dinero de la nada. Shearson Lehman solo puede hacer una cosa con el cheque: depositarlo en su cuenta corriente en un banco comercial, digamos el Chase Manhattan. La “oferta monetaria” del país ya ha aumentado en 10.000.000$; ninguna cuenta corriente de otro ha disminuido en absoluto. Ha habido un aumento neto de 10.000.000$.

Pero esto es solo el principio del proceso de falsificación inflacionista. Pues Chase Manhattan está encantado de conseguir un cheque de la Fed y se apresura a depositarlo en su propia cuenta corriente en la Fed, que ahora aumenta en 10.000.000$. Pero esta cuenta corriente constituye las “reservas” de los bancos, que ahora han aumentado en toda la nación en 10.000.000$. Pero esto significa que Chase Manhattan puede crear depósitos basados en estas reservas y que, como cheques y reservas filtrados a otros bancos (igual que hacía el Banco Rothbard), cada uno puede añadir su punto inflacionista, hasta que el sistema bancario en su conjunto ha aumentado sus depósitos a la vista e 100.000.000$, diez veces la compra inicial de activos por la Fed. Al sistema bancario se le permite mantener reservas por valor del 10% de sus depósitos, lo que significa que el “multiplicador del dinero” (la cantidad de depósitos que el banco puede expandir por encima de las reservas) es de 10. Una compra de activos de 10 millones de dólares por la Fed ha generado muy rápidamente un aumento multiplicado por diez (100.000.000$) en la oferta monetaria del sistema bancario en su conjunto.

Curiosamente, todos los economistas están de acuerdo en la mecánica de este proceso aunque por supuesto discrepan enormemente sobre la evaluación moral o económica de ese proceso. Pero por desgracia, el público en general, no iniciado en los misterios de la banca, sigue persistiendo en pensar que su dinero permanece “en el banco”.

Así que la Reserva Federal y otros sistemas bancarios centralizados actúan como creadores y aplicadores públicos gigantescos de un cártel bancario; la Fed rescata a bancos con problemas y centraliza y coordina el sistema bancario, de forma que todos los bancos, ya sea el Chase Manhattan o los bancos Rothbard o Roskwell, puedan inflar juntos. Bajo una banca libre, un banco que expanda más allá que sus compañeros está en peligro de quiebra inminente. Ahora, bajo la Fed, todos los bancos pueden expandir juntos y proporcionalmente.

“Garantía de depósitos”

Pero incluso con el respaldo de la Fed, la banca de reserva fraccionaria resultaba frágil y así el New Deal añadió en 1933 la mentira de la “garantía del depósito bancario” para ocultar una absoluta mentira. Cuando el sistema de cajas de ahorro se fue por el desagüe a finales de la década de 1980, se descubrió que la “garantía de depósitos” de la federal Federal Savings and Loan Insurance Corporation (FSLIC) era un completo fraude. La “garantía” era sencillamente la expresión de trampa y cartón para el nombre sin respaldo del gobierno federal. Los pobres contribuyentes finalmente rescataron las Cajas, pero ahora nos queda las anteriormente santificada Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC) para los bancos comerciales, que cada vez se ve más frágil, ya que la propia FDIC tiene menos del uno por ciento del enorme número de depósitos que “garantiza”.

La misma idea de “garantía de depósitos” es un engaño: ¿cómo garantiza uno una institución (la banca de reserva fraccionaria) que es en sí misma insolvente y que se derrumbará cuando la gente acabe entendiendo el engaño? Supongamos que mañana los ciudadanos estadounidenses repentinamente se dan cuenta del engaño bancario y van a los bancos por la mañana y, al unísono, reclaman efectivo. ¿Qué pasaría? Los bancos serían instantáneamente insolventes, ya que solo podrían reunir el 10% del efectivo que deben a sus aturdidos clientes. Tampoco sería en absoluto aceptable el enorme aumento en los impuestos necesario para rescatar a todos. No: lo único que podría hacer la Fed (y esto podría hacerlo) sería imprimir suficiente dinero como para pagar a todos los depositantes de los bancos. Por desgracia, en el presente estado del sistema bancario, el resultado sería una caída inmediata en los horrores de la hiperinflación.

Supongamos que los depósitos bancarios garantizados totales son 1,6 billones de dólares. Técnicamente, en el caso de una corrida bancaria, la Fed podría ejercitar poderes de emergencia e imprimir 1,6 billones de dólares en efectivo para darlos a la FDIC para pagar a los depositantes. El problema es que, envalentonados por este rescate masivo, los depositantes inmediatamente volverían a depositar los nuevos 1,6 billones en los bancos, aumentando las reservas bancarias en 1,6 billones, permitiendo así una expansión inmediata de la oferta monetaria por los bancos multiplicándola por diez, aumentando las existencias totales de dinero bancario en 16 billones de dólares. Rápidamente le seguirían una inflación desbocada y una destrucción total de la divisa.


Para salvar a nuestra economía de la destrucción y del eventual holocausto de la inflación desbocada, nosotros, el pueblo, debemos recuperar del gobierno la función de la oferta monetaria. El dinero es demasiado importante como para dejarlo en manos de los banqueros y los economistas y financieros del establishment. Para alcanzar este objetivo, el dinero debe volver a la economía de mercado, con todas las funciones monetaria a realizar dentro de la estructura de los derechos de propiedad privada y de la economía de libre mercado.

Podría pensarse que la mezcla de gobierno y dinero ha ido demasiado lejos, está demasiado presente en el sistema económico, está inextricablemente atado en la economía como para eliminarlo sin destrucción económica. Los conservadores estás acostumbrados a denunciar a los “terribles simplificadores” que destrozan rodo imponiendo planes simples e inoperantes. Sin embargo,  nuestro mayor problema es precisamente el contrario: la mistificación por la élite gobernante de tecnócratas e intelectuales, que, siempre que aparece algún portavoz público para reclamar recortes fiscales o desregulación a gran escala, habla sarcásticamente de las masas imbéciles que “buscan soluciones sencillas a problemas complejos”. Bueno, en la mayoría de los casos, las soluciones son en realidad claras y sencillas, pero son deliberadamente oscurecidas por gente a la que podríamos calificar como “terribles complicadores”. En realidad, recuperar nuestro dinero sería relativamente sencillo y directo, mucho menos difícil que la enorme tarea de desnacionalizar y descomunizar los países comunistas de Europa Oriental y la antigua Unión Soviética.

Nuestro objetivo puede resumirse sencillamente como la privatización de nuestro sistema monetario, la separación del gobierno del dinero y la banca. El medio principal para realizar esta tarea es también directo: la liquidación del Sistema de la Reserva Federal, la abolición de la banca centralizada. ¿Cómo podría abolirse el Sistema de la Reserva Federal? Elemental: simplemente derogar su concesión federal, la Federal Reserve Act de 1913. Además, las obligaciones de la Reserva Federal (sus billetes y depósitos) eran originalmente redimibles en oro a la vista. Desde las monstruosas acciones de Franklin Roosevelt en 1933, los “dólares” emitidos por la Reserva Federal y los depósitos de la Fed y sus bancos miembros ya no son redimibles en oro. Los depósitos bancarios son redimibles en billetes de la Reserva Federal, mientras que los billetes de la Reserva Federal no son redimibles en nada, o en otros billetes de la Reserva Federal. Aun así, estos billetes son nuestro dinero, nuestro “patrón” monetario y todos los acreedores están obligados a aceptar el pago en estos billetes fiduciarios, sin que importe los depreciados que puedan estar.

Además de cancelar la redención de dólares en oro, Roosevelt en 1933 cometió otro acto criminal: confiscar literalmente todo el oro que tuvieran los estadounidenses, intercambiándolo por “dólares” valorados arbitrariamente. Es curioso que, aunque la Fed y el establishment del gobierno proclaman continuamente la obsolescencia e inutilidad del oro como metal monetario, la Fed (así como todos los demás bancos centrales) se aferran a su oro como salvavidas. Nuestro oro confiscado sigue siendo propiedad de la Reserva Federal, que lo mantiene en depósito en el Tesoro en Fort Knox y otros depósitos de oro. De hecho, desde 1933 a la década de 1970 continuó siendo ilegal para los estadounidenses poseer oro de ningún tipo, monedas o en bruto o incluso en cajas fuertes en el interior o el exterior. Todas estas medidas, supuestamente redactadas para la emergencia de la Depresión, han continuado siendo parte de la gran herencia del New Deal desde entonces. Durante cuatro décadas, cualquier oro que pasara a manos privadas estadounidenses tenía que depositarse en los bancos, que a su vez tenían que depositarlo en la Fed. El oro para propósitos no monetarios “legítimos”, como empastes dentales, perforadoras industriales o joyería, era cuidadosamente racionado para esos fines por el Departamento del Tesoro.

Por suerte, debido a los heroicos esfuerzos del congresista Ron Paul es hoy legal que los estadounidenses posean oro, ya sea en moneda o en bruto. Pero el mal habido oro confiscado y secuestrado por la Fed permanece en manos de la Reserva Federal. ¿Cómo quitar el oro a la Fed? ¿Cómo privatizar las existencias de oro de la Fed?

Privatizando el oro federal

La respuesta se revela por el hecho de que la Fed, que ha prometido redimir sus pasivos en oro, ha estado incumpliendo esa promesa desde el rechazo del patrón oro de Roosevelt en 1933. El Sistema de la Reserva Federal, al incumplirlo, debería liquidarse y la forma de liquidarlo es la forma en que se liquida cualquier empresa insolvente: sus activos de dividen a prorrata entre sus acreedores. Los activos de oro de la Reserva Federal están valorados, el 30 de octubre de 1991, como 11.100 millones de dólares. El pasivo de la Reserva Federal a esta fecha es de 295.500 millones de dólares en billetes de la Reserva Federal en circulación y 24.400 millones en depósitos debidos a bancos miembros del Sistema de la Reserva Federal, para un total de 319.900 millones de dólares. De los activos de la Fed que no son oro, la mayoría son títulos del gobierno de EEUU, que suman 262.500 millones. Deberían liquidarse inmediatamente, ya que son peor que una ficción contable: los contribuyentes se ven obligados a pagar intereses y principal de la deuda que el gobierno federal debe a su propia criatura, la Reserva Federal. El mayor activo restante es divisa del Tesoro, 21.000 millones, que también debería liquidarse, más 10.000 millones en SDR, que son meras criaturas en papel de bancos centrales internacionales y que también deberían abolirse. Nos quedan (aparte de varios edificios y mobiliario y otros activos propiedad de la Fed y que suman unos 35.000 millones) con 11.100 millones de dólares en activos necesarios para pagar títulos por un total de 319.900 millones de dólares.

Por suerte, la situación no es tan sombría como parece, pues los 11.100 millones de dólares del oro de la Fed son una valoración completamente falsa; de hecho es uno de los aspectos más extravagantes de nuestro fraudulento sistema monetario. Las existencias de oro de la Fed suponen 262, 9 millones de onzas de oro; la valoración en dólares de 11.100 millones es el resultado de la evaluación artificial del gobierno de sus propias existencias de oro a 42,22$ la onza. Como el precio de mercado del oro está hoy en torno a los 350$ la onza, ya presenta una mayúscula anomalía en el sistema.

Definiciones y envilecimiento

¿De dónde venían los 42,22$?

La esencia de un patrón oro es que la unidad monetaria (el “dólar”, “franco”, “marco”, etc.) se define como cierto peso en oro. Bajo el patrón oro, el dólar o el franco no son algo en sí mismos, un mero nombre o el nombre de un billete de papel emitido por el Estado o un banco central: es el nombre de una unidad de peso en oro. Es en todos sus aspectos tan unidad de peso como los más genéricos “onza”, “grano” o “gramo”. Durante un siglo antes de 1933, el “dólar” se definió como igual a 23,22 granos de oro; como hay 480 granos en una onza, esto significa que el dólar también se definía como 0,48 onzas de oro. Dicho de otra manera, la onza de oro se definía como igual a 20,67$.

Además de sacarnos internamente del patrón oro, el New Deal de Franklin Roosevelt “envileció” el dólar redefiniéndolo o “aligerando su peso”, haciéndolo equivalente a 13,714 granos de oro, que asimismo definía la onza de oro como igual a 35$. El dólar seguía siendo redimible en oro para bancos centrales y gobiernos extranjeros al peso más ligero de 35$, así que las Naciones Unidos se mantuvieron en una forma híbrida de un patrón oro internacional hasta agosto de 1971, cuando el presidente Nixon completó el trabajo de echar abajo completamente el patrón oro. Desde 1971, la ONU ha estado en un patrón completamente papel moneda; no es casual que haya sufrido un grado de inflación en tiempo de paz sin precedentes desde esta fecha. Desde 1971, el dólar ya no ha estado ligado al oro a un peso fijo y así se ha convertido en un producto distinto del oro, libre de fluctuar en los mercados mundiales.

Cuando el dólar y el oro se separaron, vimos lo más parecido a un experimento de laboratorio que podemos conseguir en asuntos humanos. Todos los economistas del establishment (de los keynesianos a los monetaristas de Chicago) insistieron en que el oro había perdido su valor como dinero, que el oro solo había llegado a su desmesurado valor de 35$ la onza porque su valor estaba “fijado” esa cantidad por el gobierno. El dólar supuestamente confería valor al oro en lugar de lo contrario y si se separaban dólar y oro veríamos que el precio del oro se desplomaría rápidamente a su valor no monetario estimado (para joyería, odontología, etc.) de aproximadamente 6$ la onza. Frente a esta unánime predicción del establishment, los seguidores de Ludwig von Mises y otros “fanáticos del oro” insistían en que el oro estaba infravalorado en 35 dólares devaluados y afirmaban que el precio del oro aumentaría mucho más, tal vez hasta los 70$.

Baste con decir que el precio del oro nunca cayó por debajo de los 35$ y  de hecho  salto hacia arriba, llegando en un momento a alcanzar los 850$ la onza, estableciéndose en años recientes en torno a los 350$ la onza. Y aun así desde 1973, el Tesoro y la Fed han evaluado constantemente su existencia de oro, no a los viejos y obsoletos 35$, sino solo ligeramente por encima, a 42,22$ la onza. En otras palabras, si el gobierno de EEUU hiciera solamente el sencillo ajuste que requiere a todos la contabilidad (evaluar tus activos a su precio de mercado), el valor de las existencias de oro de la Fed ascenderían inmediatamente de 11.100 millones a 92.000 millones.

De 1933 a 1971, el entonces muy grande, pero posteriormente en disminución, número de economistas defendiendo una vuelta al oro pedía principalmente una vuelta a 35$ la onza. Mises y sus seguidores defendían un “precio” superior del oro, ya que los 35$ ya no eran aplicables a los estadounidenses. Pero la mayoría estaba de acuerdo en una cosa: fuera cual fuera la medida de definición, una vez adoptada debería seguirse a partir de entonces. Pero desde 1971, con la muerte de los una vez sagrados 35$ la onza, no hay propuestas. Aunque las definiciones una vez adoptadas deberían mantenerse permanentemente, no hay nada sagrado en ninguna definición inicial, que debería seleccionarse en su punto más útil. Si queremos restaurar el patrón oro, somos libres de elegir cualquier definición del dólar que sea más útil: ya no hay ninguna obligación respecto de las definiciones obsoletas de 20,67$ o 35$ la onza.

Abolición de la Fed

En particular, si queremos liquidar el Sistema de la Reserva Federal, podemos seleccionar una nueva definición del “dólar” suficiente para pagar todos los pasivos de la Reserva Federal a 100 centavos el dólar. En el caso de nuestro ejemplo anterior, podemos ahora redefinir “el dólar” como equivalente a 0,394 granos de oro, o como 1 onza equivalente de 1.217$. Con esa redefinición, toda la existencia de oro de la Reserva Federal podría ser acuñada por el Tesoro en monedas de oro que remplazarían a los billetes de la Reserva Federal en circulación y también constituiría reservas de moneda de oro de 24.400 millones de dólares en diversos bancos comerciales. Se aboliría el Sistema de la Reserva Federal, las monedas de oro circularían ahora reemplazando a los billetes de la Reserva Federal, el oro sería el medio de circulación y los dólares de oro la unidad de cuenta y cálculo, al nuevo tipo de 1.217$ la onza. Se conseguirían de un solo golpe dos grandes objetivos: la vuelta al patrón oro y la abolición de la Reserva Federal.

Por supuesto, un corolario sería la abolición de la ya quebrada Federal Deposit Insurance Corporation. La misma idea de una “garantía de depósito” es fraudulenta: ¿cómo puedes “garantizar” todo un sector que es de por sí insolvente? Sería como asegurar al Titanic después de que impactara con el iceberg. Algunos economistas de libre mercado defienden “privatizar” la garantía de depósito animando a empresas privadas o a los propios bancos a “garantizar” los depósitos de otros. Pero eso no devolvería a los días desagradables de los cárteles bancarios florentinos, en los que cada banco trataba de apuntalar los pasivos de los demás. No funcionaría: no olvidemos que las primeras cajas en caer en la década de 1980 fueron las de Ohio y Maryland, que disfrutaban de los dudosos beneficios de una garantía “privada” de depósito.

Esto apunta un error importante a menudo cometido por libertarios y economistas de libre mercado que creen que todas las actividades del gobierno deberían privatizarse o, como corolario, sostienen que cualquier acción, mientras sea privada, es legítima. Pero, por el contrario, actividades como el fraude, la estafa o la falsificación no deberían “privatizarse”: deberían abolirse.

Esto dejaría todavía a los bancos comerciales en un estado de reserva fraccionaria y, en el pasado, he defendido ir directamente a la banca no fraudulenta del 100% aumentando el precio del oro lo suficiente como para constituir el 100% de los pasivos a la vista del banco. Después de eso, por supuesto, se requeriría una banca al 100%. Con las estimaciones actuales, establecer un 100% para todos los depósitos a la vista de los bancos comerciales requeriría volver al oro a 2.000$ la onza; para incluir todos los depósitos de cuenta corriente haría falta establecer el oro a 3.350$ la onza y para establecer una banca al 100% para todos los depósitos a la vista y de ahorro (que son tratados por todos como redimibles a la vista) requeriría un patrón oro a 7.500$ la onza.

Pero hay problemas con esa solución. Un problema menor es que cuanto mayor sea el nuevo valor establecido del oro respecto del actual precio de mercado, mayor será el consiguiente aumento en la producción de oro. Este aumento causaría una inflación reconocidamente modesta y de un solo golpe. Un problema más importante es el moral: ¿merecen los bancos lo que equivale a un regalo en que la Fed, antes de liquidarse, daría a todos los bancos activos en oro suficientemente grandes como para ser el 100% de sus pasivos? Está claro que los bancos apenas merecen ese tratamiento benigno, ni siquiera en nombre de suavizar la transición a una moneda fuerte: los banqueros deberían considerarse afortunados de no ser procesados por estafa. Además, sería difícil aplicar y controlar una banca al 100% de una forma administrativa. Será más sencillo y más libertario, emplear a los tribunales. Antes de la Guerra de Secesión, los billetes de los bancos de reserva fraccionaria no sólidos en Estados Unidos, si estaban geográficamente lejos de su sede, se compraban con un descuento por parte de los “intermediarios monetarios”, que luego viajaban a las sedes de los bancos y reclamaban una redención masiva en oro de estos billetes.

Lo mismo podría hacerse hoy y más eficientemente, utilizando tecnología electrónica avanzada, al tratar de conseguir beneficios los intermediarios monetarios profesionales detectando bancos poco sólidos y poniéndolos de rodillas. Uno de mis favoritos es el concepto de ligas ideológicas de vigilantes anti-bancos, que controlarían a los bancos, verían los descarriados e irían a televisión a proclamar qué bancos no son sólidos y pedirían a los tenedores de billetes y depósitos a requerir la redención de inmediato. Si las ligas de vigilantes pudieran levantar histeria y las consiguientes corridas bancarias, en las que los tenedores de billetes y depositantes se pelean por sacar su dinero antes de que el banco caiga, mucho mejor: pues entonces, el propio pueblo, y no simplemente el gobierno, cuidaría de los bancos de reserva fraccionaria. Lo importante, debe destacarse, es que a la primera señal de que un banco deje de redimir sus billetes o depósitos a la vista, la policía y los tribunales deben ponerle fuera del negocio. Justicia instantánea, punto, sin piedad ni rescates.

Bajo ese régimen, no debería tardar mucho en que los bancos cayeran o en contraer sus billetes y depósitos hasta llegar a una banca al 100%. Esa deflación monetaria, aunque lleve a diversos ajustes, sería claramente de un solo impacto y evidentemente tendría que detenerse permanentemente cuando el total de los pasivos bancarios se contrajera al 100% de los activos en oro. Una diferencia crucial entre inflación y deflación es que la inflación puede trasladarse a una infinidad de oferta monetaria y precios, mientras que la oferta monetaria solo puede deflacionarse hasta el total del dinero estándar, bajo el patrón oro, la oferta de dinero en oro. El oro constituye un suelo absoluto contra más deflación.

Si esta propuesta parece dura para los bancos, debemos darnos cuenta de que el sistema bancario se dirige a un tremendo desastre en cualquier caso. Como resultado del colapso de las cajas, se ha percibido por fin la terriblemente tambaleante naturaleza de nuestro sistema bancario. La gente habla abiertamente de la FDIC como insolvente y de toda la estructura bancaria cayendo por los suelos. Y si la gente se da alguna vez cuenta de esto en sus huesos, se precipitará a una poderosa “corrida bancaria” tratando de conseguir su dinero de manos de los bancos y ponerlo en sus bolsillos. Y los bancos entonces se tambalearían, porque el dinero la gente no estaría allí. Lo único que podría salvar a los bancos de esa poderosa corrida bancaria es que la Reserva Federal imprima los 1,6 billones de dólares en efectivo y los diera a los bancos, iniciando una inmediata y devastadora inflación desbocada y la destrucción del dólar.

A los liberales de izquierdas les gusta echar la culpa de nuestra crisis económica a la “avaricia de los 80”. Y aun así, la “avaricia” no fue más intensa en la década de 1980  de lo que lo fue en la década de 1970 o en décadas anteriores o de la que habrá en el futuro. Lo que ocurrió en la década de 1980 fue un episodio virulento de déficits públicos y de expansión del crédito por los bancos, inspirada por la Reserva Federal. Al comprar activos la Fed e inyectar reservas al sistema bancario, los bancos multiplicaron alegremente el crédito bancario y crearon nuevo dinero encima de esas reservas.

Se ha prestado mucha atención a la mala calidad de los préstamos bancarios: en préstamos a países quebrados del Tercer Mundo o a planes inmobiliarios hinchados y, en retrospectiva, insensatos y centros comerciales en medio de ninguna parte. Pero los préstamos e inversiones de mala calidad son siempre la consecuencia de la banca centralizada y la expansión del crédito bancario. El demasiado familiar ciclo de auge y declive, euforia y desastre, prosperidad y depresión, no empezó en la década de 1980. Tampoco es una criatura de la civilización o de la economía de mercado. El ciclo de auge y declive empezó en el siglo XVIII con el inicio de la banca centralizada y se ha extendido e intensificado desde entonces, a medida que la banca centralizada se expandía y tomaba el control de los sistemas económicos del mundo occidental. Solo la abolición del Sistema de la Reserva Federal y una vuelta al patrón oro pueden poner fin a los auges y declives cíclicos y finalmente eliminar la inflación crónica y acelerada.

Inflación, expansión del crédito, ciclos económicos, alta deuda pública y altos impuestos no son, como afirman los historiadores del establishment, atributos inevitables del capitalismo o de la “modernización”. Por el contrario, son excrecencias profundamente anticapitalistas y parasitarias incluidas en el sistema por el Estado intervencionista, que recompensa a su banquero y clientes internos con privilegios especiales ocultos a costa de todos los demás.

Crucial para la libre empresa y el capitalismo es un sistema de derechos firmes de propiedad privada, que garantice a todos la propiedad que posean. También crucial para el capitalismo es una ética que estimule y recompense el ahorro, el trabajo duro y la empresa productiva y que desanime la prodigalidad y eche a bajo rigurosamente cualquier invasión de los derechos de propiedad. Y aun así, como hemos visto, el dinero barato y la expansión del crédito corroe esos derechos y esas virtudes. A inflación invierte y transforma valores recompensando el despilfarro y el derroche y burlándose de las viejas virtudes “victorianas”.

Restaurando la vieja república

La restauración de la libertad estadounidense y de la vieja república es una tarea con múltiples facetas. Requiere extirpar de entre nosotros el cáncer del Estado Leviatán. Requiere eliminar a Washington DC como el centro del poder del país. Requiere restaurar la ética y virtudes  del siglo XIX y abandonar nuestra cultura de nihilismo y victimismo y restaurar esa cultura de la salud y la sensatez.

A largo plazo, política, cultura y economía son indivisibles. La restauración de la vieja república requiere un sistema económico construido sólidamente sobre los derechos inviolables de propiedad privada sobre el derecho de cada persona a mantener lo que gana y a intercambiar los productos de su trabajo. Para realizar esa tarea, debemos, repito, tener dinero que se produzca en el mercado, que sea oro en lugar de papel, siendo la unidad monetaria un peso en oro en lugar del nombre de un billete emitido al libre albedrío del gobierno. Debemos tener inversión determinada por ahorro voluntario en el mercado y no por dinero falsificado y crédito emitido por un sistema bancario bribón y privilegiado por el Estado. En resumen, debemos abolir la banca centralizada y obligar a los bancos a cumplir con sus obligaciones tan puntualmente como cualquier otro.

Se ha hecho parecer al dinero y la banca como procesos misteriosos y arcanos que deben estar guiados y operados por una élite tecnocrática. No hay nada de eso. En el dinero, aún más que en el resto de nuestros asuntos, nos ha engañado un maligno Mago de Oz. En dinero, como en otras áreas de nuestra vida, restaurar el sentido común y la vieja república van de la mano.


Publicado el 14 de junio de 2008. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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