Libertad contra guerra: Una breve historia

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[La Conferencia John Bartel. Presentada en el Cumbre de Seguidores del Instituto Mises 2012: “La verdad sobre la guerra: Una aproximación revisionista”. Se puede ver aquí un vídeo de esta conferencia]

En su libro, Anatomy of the State, Murray Rothbard escribía:

Igual que las dos interrelaciones básicas y mutuamente exclusivas entre hombres son la cooperación pacífica y la explotación coactiva, la historia de la humanidad, particularmente su historia económica, puede considerarse como una competición entre estos dos principios.[1]

La competición ha sido desigual. En el mundo antiguo, los imperios dominaban la vida política. Sistemas despiadados de esclavitud, robo y guerra gobernaban el mundo. Una excepción en un territorio rodeado por dichos imperios fueron las tribus de Israel. Incluso advertidas por el propio Dios de la miseria que sufrirían si renunciaban voluntariamente a la libertad de la que disfrutaban bajo la política descentralizada de los jueces para tener un rey terrenal que las gobernara, reclamaron su propia esclavitud. Es instructivo que el premio que los israelitas consideraban que merecía la pena pagar era tener un rey que los liderara en la batalla. Con Saúl como rey, Israel ya no disfrutó de periodos de paz como bajo los jueces, sino que estuvo constantemente en guerra. Como había advertido Samuel, Saúl tomo a sus hijos como soldados, sus hijas y sirvientes y sirvientas como esclavos, lo mejor de sus tierras, productos y rebaños y así redujo a los israelitas a la servidumbre.[2]

Los israelitas no serían el último pueblo en sucumbir a los cantos de sirena de la guerra. Acerca de la importancia de la guerra como dispositivo para agrandar el poder del estado en su competición contra la libertad, Rothbard escribió:

En la guerra, el poder del Estado se lleva a su extremo y, bajo los lemas de “defensa” y “emergencia” puede imponer una tiranía sobre el público a la que podría resistirse abiertamente en tiempo de paz. Así que la guerra proporciona muchos beneficios al Estado y en realidad toda guerra moderna ha traído a los pueblos en guerra un legado permanente de un aumento en las cargas del Estado sobre la sociedad.[3]

La guerra no solo extiende enormemente las transferencias de riqueza utilizadas por el estado para potenciar su gobierno, sino que avanza en la ideología pro-estado. Como el estado vive parasitariamente de la producción de sus rehenes, los que se benefician de las transferencias de riqueza del estado deben ser siempre una minoría de la población. La mayoría deben ser víctimas del estado y, por tanto, debe orquestarse su aceptación de la depredación por el estado  o, si no, el estado está listo. La legitimidad del estado debe fabricarse y mantenerse mediante la ideología. Desde el despotismo oriental a la hegemonía estadounidense, el estado nunca ha dejado de atraer, con su poder y su botín, a aquellos que creen su apología. Pero su letanía de afirmaciones (que nuestros gobernantes son sabios y su gobierno beneficioso, que nuestros gobernantes nos protegen de terribles peligros, que nuestros gobernantes mantienen la gloriosa tradición de nuestros ancestros, que nuestros gobernantes encarnan los intereses de la sociedad, que nuestros gobernantes están nombrados por Dios, que nuestros gobernantes traen ciencia y razón a la sociedad y así sucesivamente ) nunca explican cómo esas afirmaciones cambian la hegemonía por asociación voluntaria, el asesinato por la defensa, el secuestro por la asociación voluntaria y los impuestos en ofertas de libre albedrío. Si el estado es la fuente de la que fluyen todas las bendiciones sociales, ¿por qué sus defensores recurren a crear culpabilidad en el exitoso y la envidia en el que no tiene éxito para fortalecer su poder?

Vemos a través de las mentiras y sofismas de la ideología pro-estatal porque hemos aceptado la verdad planteada por quienes defienden la libertad. Extrapolando nuestra experiencia, podemos ver que una ideología anti-estatal es una condición necesaria para establecer y mantener la libertad. Las ventajas que tiene sobre la ideología pro-estatal son, primero, que apela a los intereses de la mayoría y, segundo, se basa en la verdad acerca de la naturaleza de la acción humana. Mientras que la libertad es coherente con la acción humana, el estado se basa en una contradicción, que es que la única forma de tener una institución para proteger nuestros derechos es establecerla sobre la violación de nuestros derechos.

Los antiguos israelitas tenían una ideología con las características necesarias para mantener a raya el poder estatal, como una ley superior ante la que todos los hombres son responsables y una forma de gobierno descentralizada.  Durante unas pocas generaciones, los reyes de Israel estuvieron en cierto modo constreñidos por la ley superior. Pero creció la maldad de los reyes que les siguieron, se acabó olvidando la ley y se extinguieron las libertades de los israelitas.[4]

Llevó vario siglos para que el mundo fuera testigo de otra chispa de libertad. Fue encendida por Solón en Atenas y sus ascuas brillaron más durante el reinado de Pericles. Pero la libertad solo duró mientras vivieron Pericles y su generación. Según Lord Acton, el sistema ateniense no protegió a las minorías y puso al estado bajo el derecho. La democracia de Atenas, al final, llevó a una lucha de clases, que acabó con el sistema. La Guerra del Peloponeso extinguió tanto a Pericles como a las ascuas de la libertad ateniense.[5]

Los estoicos en Roma redescubrieron el concepto de la ley superior a la que están sometidos todos los hombres. En su formulación superior, en manos de Cicerón, Séneca y Filón, los estoicos afirmaban que hay una comunidad universal de los hijos de Dios y debería obedecerse su voz. La libertad se encuentra en obedecer las leyes naturales de Dios. Bajo una ideología mejor que la de los griegos, la consiguiente lucha por la libertad duró mucho más en Roma que en Atenas. Pero nunca llegó en la práctica a las nobles expresiones que alcanzó en la teoría.[6] Acton escribió:

Individuos y familias, asociaciones y dependencias eran tan importantes que el poder soberano las consumía para sus propios fines. Lo que era el esclavo a manos del amo, lo era el ciudadano a manos de la comunidad. Las obligaciones más sagradas se desvanecían ante el bien público. Los pasajeros existían para el bien del barco.[7]

En la cumbre de su poder, antes de que las guerras del imperio acabaran con su libertad embrionaria y su prosperidad, Roma encontró el semillero de la libertad en los hombres libres de las comunidades teutonas. Cuando sus líderes se convirtieron al cristianismo, convirtieron a sus pueblos. Después de la caída de Roma, persistieron sus formas políticas descentralizadas al resistir la iglesia la centralización del poder del estado, permitiendo un largo periodo de incubación para el nacimiento de la libertad.[8]

Su momento llegó en el siglo X, cuando los escandinavos pasaron de las invasiones agresivas de Europa al comercio pacífico. En el siguiente siglo, el Mediterráneo fue seguro para la navegación europea. Venecia y las ciudades del norte de Italia florecieron al expandir las rutas comerciales y extender la división del trabajo de las ciudades al campo. Las ciudades de la Hansa hicieron lo mismo en el norte de Europa. Como escribió Henri Pirenne, Europa se convirtió en una región de ciudades construidas mediante capital.[9]

El florecimiento del comercio en Europa se vio reforzado por el desarrollo de una ideología pro-libertad elevada a alturas nunca vistas antes por la doctrina cristiana de la persona individual. El propio Dios tomó una naturaleza humana y vivió como un hombre. Jesucristo sufrió y murió para garantizar la salvación de cada persona individual. En el cielo, Dios glorificará a cada persona con un cuerpo espiritual para vivir en comunión con los demás. Las naciones prosperan y decaen, pero la persona individual vivirá eternamente.

Como ha demostrado Harold Berman, la iglesia refundió el derecho canónico siguiendo líneas más favorables a la propiedad y los contratos privados en el siglo XI. El derecho canónico actuó como levadura en los distintos sistemas legales, tanto civil como mercantil.[10] Berman escribía:

Tal vez la característica más distintiva de la tradición legal occidental es la coexistencia y competencia en la misma comunidad de diversas jurisdicciones y sistemas legales. Es esta pluralidad de jurisdicciones y sistemas legales la que hace a la supremacía del derecho al tiempo necesaria y posible.

El pluralismo legal deriva la diferenciación de la forma política eclesiástica de las formas políticas seculares. La iglesia declaraba su libertad del control secular, su jurisdicción exclusiva en algunos asuntos y su jurisdicción concurrente en otros. (…) El propio derecho secular estaba dividido en varios tipos en competencia, incluyendo derecho real, derecho feudal, derecho señorial, derecho urbano y derecho mercantil.[11]

Al irse extendiendo la protección legal de la propiedad privada, lentamente y con seguridad, de la iglesia y los mercaderes a todos, se llevó el progreso económico a las masas. La pequeña revolución industrial, engendrada por la protección de la propiedad privada y los contratos, atrajo la atención de investigadores para explicar el funcionamiento de la floreciente economía. Juan Buridán y Nicolás Oresme escribieron en el siglo XIV obras explicando la actividad económica en el marco de la sociedad como un orden natural producido por el funcionamiento de leyes que Dios había creado en la naturaleza de las cosas. Asimismo el derecho natural llegó a formar la base del derecho creado por el hombre en la Alta Edad Media. Como escribía Berman:

En la era de formación de la tradición legal occidental, predominaba la teoría del derecho natural. Se creía por lo general que el derecho humano derivaba definitivamente y se probaba en definitiva por la razón y la conciencia. De acuerdo no solo con la filosofía legal del momento sino asimismo con el propio derecho positivo, cualquier ley positiva, dictada o consuetudinaria, tenía que ser conforme al derecho natural o si no le faltaría validez como ley y podía no considerarse. Esta teoría se basaba en la teología cristiana, así como en una filosofía aristotélica. Pero también se basaba en la historia de la lucha entre autoridades eclesiásticas y seculares y en las políticas del pluralismo.[12]

Cuando aparecía la guerra en el contexto de esta ideología cristiana pro-libertad, simplemente ralentizaba en lugar de detener el impulso de la libertad. La Guerra de los Cien Años empezó a consolidar el poder del estado y a estimular la ideología pro-estado. Las fuerzas reaccionarias eran lo suficientemente fuertes como para dar paso a la era del absolutismo real. El auge del estado-nación amenazó a la libertad como no lo había hecho nada en occidente desde el poder del estado en Roma. Mientras que los escritores mercantilistas daban voz a la ideología pro-estado de los siglos XVI y XVII, los últimos escolásticos contestaban con opiniones pro-libertad.

La Escuela de Salamanca desarrolló una visión de derecho natural de la política y la economía. El fundador de la escuela, Francisco De Vitoria, argumentaba que todas las personas merecen la misma protección legal de sus personas y propiedades. Como ha escrito Tom Woods:

Vitoria argumentaba que el derecho a apropiarse de las cosas de la naturaleza para uso propio (es decir, la institución de la propiedad privada) pertenecía a todos los hombres independientemente de su paganismo o fueran cuales fueran los vicios bárbaros que pudieran poseer. Los indios del Nuevo Mundo, al ser hombres, eran por tanto iguales a los españoles en asuntos de derechos naturales. Poseían sus tierras por los mismos principios por los que los españoles poseían las suyas.[13]

La visión del derecho natural de los escolásticos fue asumida por Grocio en sus opiniones sobre derecho internacional en el siglo XVII y la ideología pro-libertad se vio más refinada en la visión de los derechos naturales de Locke y Jefferson en los siglos XVII y XVIII.

América demostró ser una tierra fértil para el reavivamiento de la libertad. El poder del estado fue incapaz de limitar las inclinaciones de la gente que tenía una ideología pro-libertad hacia la vida con respecto a la propiedad privada y los contratos en el territorio abierto y a políticas descentralizadas en la América colonial. Los estados-nación tenían que contentarse con limitaciones sobre su poder dadas las posibilidades de que sus víctimas potenciales fueran a escapar de sus depredaciones.

Durante su apogeo en el siglo XIX, el liberalismo clásico colmó a la gente con los frutos de la libertad, la paz, la prosperidad y el florecimiento humano. Pero la ideología pro-libertad refinada por los liberales clásicos no estaba libre de impurezas. Su defecto fatal se manifestó en la centralización del poder del estado mediante la Constitución de EEUU que estableció la forma de estado-nación sobre la forma política descentralizada de los 13 estados. Como ha escrito Hans Hoppe:

La filosofía política liberal-clásica (personificada por Locke y mostrada en su forma más importante en la Declaración de Independencia de Jefferson) era ante todo una doctrina moral. A partir de la filosofía de los estoicos y los últimos escolásticos, se centraba en torno a la idea de la autpropiedad, la apropiación original de recursos dados por la naturaleza (sin dueño), la propiedad y el cotnrato como derechos humanos universales implícitos en la naturaleza del hombre como animal racional. En el entorno de los gobernantes principescos y reales, este énfasis en la universalidad de los derechos humanos ponía a la filosofía liberal naturalmente en oposición radical a todo gobierno establecido. Para un liberal, todo hombre, ya fuera rey o campesino, estaba sometido a los mismos principios universales y eternos de justicia y un gobierno o podía derivar su justificación de un contrato entre propietarios privados o no podía justificarse en absoluto.[14]

Trágicamente, a partir de la proposición verdadera de que un orden social liberal requiere que sus miembros utilicen violencia defensiva para eliminar las agresiones contra personas o propiedad, los liberales clásicos concluían incorrectamente que debía haber un proveedor monopolístico de violencia defensiva. Dada su opinión de que el estado es esencial para un orden social liberal, el poder del estadio mantuvo un bastión desde el que poder superar de nuevo de la libertad.

Ese momento llegó en 1914. Como escribía Rothbard:

Más que en cualquier otro periodo, la Primera Guerra Mundial fue el punto crítico de inflexión para el sistema empresarial estadounidense. Fue un “colectivismo bélico”, una economía totalmente planificada dirigida en buena parte por los intereses de las grandes empresas a través del instrumento del gobierno central, que sirvió de modelo, precedente e inspiración para el capitalismo corporativo de estado para el resto del siglo XX.[15]

Como preludio a su destrucción en la Gran Guerra, la ideología pro-estado realizó un ataque frontal contra la libertad en el siglo XIX. Hunt Tooley ha apuntado el papel de las ideologías que llevaron a la guerra en su libro The Western Front.[16] Como apuntaba Ralph Raico en su reseña del libro de Tooley:

Tooley se ocupa hábilmente de las corrientes intelectual y cultural de la Europa prebélica. Contribuyendo a la inclinación a la violencia había un nietzschianismo bastardo y el anarcosindicalismo de Georges Sorel, pero sobre todo el darwinismo social (en realidad, solo darwinismo) que enseñaba el eterno conflicto entre las razas y tribus humanas como el de otras especies.[17]

Incluso en Estados Unidos, la ideología pro-estado se las había arreglado para alejar durante la Era Progresista al pensamiento cristiano  de su forma pro-libertad. Richard Gamble documenta esta degeneración en su libro The War for Righteousness.[18] Como escribía Raico en su reseña del libro de Gamble:

Al final del siglo XIX, los protestantes progresistas, a menudo influidos por la teoría de la evolución, predicaban la sucesiva reconstrucción de la iglesia, de la sociedad estadounidense y finalmente de todo el mundo. Rechazando el calvinismo de la vieja escuela, rechazaban asimismo la distinción agustiniana entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre.  La Ciudad del Hombre iba a convertirse en la Ciudad de Dios, aquí en la tierra, mediante un compromiso con un cristianismo redefinido y activista socialmente.[19]

La Gran Guerra desató las fuerzas colectivistas del socialismo y el fascismo en todo el mundo occidental. Como ha escrito Raico:

La Primera Guerra Mundial fue el punto de inflexión del siglo XX. Si no se hubiera producido la guerra, los Hohenzollern prusianos probablemente habrían permanecido como cabezas de Alemania, con su panoplia de reyes y nobles subordinados a cargo de los estados alemanes menores. Lo que hubiera obtenido Hitler en las elecciones al Reichstag, ¿podrían haberle hecho erigir su dictadura totalitaria y exterminadora en medio de esta poderosa superestructura aristocrática? Es muy improbable. En Rusia, los pocos miles de comunistas revolucionarios de Lenin se enfrentaban al inmenso ejército imperial ruso, el mayor del mundo. Para que Lenin tuviera alguna posibilidad de éxito, primero había que pulverizar ese gran ejército, que es lo que hicieron los alemanes. Así que sería un siglo XX sin nazis ni comunistas. Imaginadlo. Fue el punto de inflexión en la historia de nuestra nación estadounidense, que bajo el liderazgo de Woodrow Wilson evolucionó hacia algo radicalmente distinto de lo que había sido antes.[20]

En ningún aspecto fue más manifiesta la transformación radical que en el derecho. La trama legal de occidente, tejida durante más de un milenio, se deshilachó en la Gran Guerra. Harold Berman escribía:

que los distintos regímenes legales de todas estas comunidades (local, regional, nacional, étnica, profesional, política, intelectual, espiritual y otras) sean devorados por el derecho del estado nación (…) es, de hecho, el mayor peligro propio del nacionalismo contemporáneo. Las naciones de Europa, que se originaron por su interacción mutua en el contexto del cristianismo occidental, se separaron cada vez más entre sí en el siglo XIX. Con la Primera Guerra Mundial, se separaron violentamente y destruyeron los lazos comunes que les habían mantenido unidas hasta entonces, aunque fuera débilmente. Y al final del siglo XX sufriremos la historiografía nacionalista que se originó en el siglo XIX y apoyó la desintegración de una herencia legal occidental común.[21]

Incluso en el país en que la libertad brillaba con más fuerza, la guerra resultó ser una potente fuerza de retrogresión. Como escribía Rothbard:

Los historiadores han tratado generalmente a la planificación económica de la Primera Guerra Mundial como un episodio aislado dictado por los requisitos del momento y con poca más importancia. Pero, por el contrario, el colectivismo bélico sirvió como inspiración y modelo para un poderoso ejército de fuerzas destinadas a forjar la historia de los Estados Unidos del siglo XX.[22]

La Primera Guerra Mundial destrozó la economía mundial que se había construido durante el siglo XIX bajo el liberalismo clásico. Como han demostrado Maurice Obstfeld y Alan Taylor en su libro Global Capital Markets: Integration, Crisis, and Growth, el grado de integración de la economía mundial aumentó de moderadamente bajo en 1860 a moderadamente alto en 1914. La Primera Guerra Mundial desintegró al economía mundial hasta un nivel de integración significativamente menor del que había alcanzado en 1860. En 1929, el nivel estaba muy por encima del de 1860, igual que estaba por debajo de 1860 en 1918. Al final de la Segunda Guerra Mundial (que fue una continuación de la Primera Guerra Mundial), el nivel de integración era la mitad del nivel de 1860. El nivel de integración de la economía mundial ha llegado a sobrepasar el de 1914 solo en el siglo XXI.[23] Llevó 70 años lograr lo que la libertad puede hacer en unos pocos días.

La Gran Guerra destruyó el patrón oro clásico y dio paso a una era de divisas fiduciarias. Las consecuencias han sido las hiperinflaciones y depresiones. Como han documentado Steve Hanke y Nicholas Krus, de los 56 apisodios de hiperinflación de la historia, solo uno se produjo antes de 1920.[24] Y como han demostrado George Selgin, William Lapstras y Lawrence White, los 100 años de la política monetaria de la Reserva Federal han generado más inestabilidad económica y financiera que bajo el menos defectuoso Sistema de Banca Nacional anterior a la Fed.[25]

La Gran Guerra hizo pedazos el mundo liberal clásico y dio paso a un siglo de auge del estado colectivista. La civilización occidental, habiendo dado a luz la libertad y criándola, sacrificó a sus descendientes antes de que tuviera la oportunidad de crecer hasta la madurez en todo el mundo. En lugar de libertad, la hegemonía estadounidense ha extendido el corporativismo a las cuatro esquinas de la tierra.

Como nosotros, nuestros antecesores trabajaron para avanzar en la ideología pro-libertad durante los días oscuros en que esta ha sido eclipsada por el poder del estado. Su estrategia implicaba la creación de instituciones independientes. Christopher Dawson, en su libro The Crisis of Western Education, ha demostrado que los movimientos intelectuales del Renacimiento y la Ilustración se desarrollaron fuera del estado. Dawson escribía:

En Inglaterra y Estados Unidos, la relación tradicional entre iglesia y escuela y el sistema medieval de independencia corporativa siguió sobreviviendo a pesar de los ataques de los reformistas educativos y políticos. Los abusos del antiguo sistema y el olvido de la educación primaria no fueron ciertamente menos flagrantes en Inglaterra de lo que fueron en el continente. Pero la fortaleza el principio voluntario y la falta de un estado autoritario centralizado hizo que el movimiento reformista en Inglaterra siguiera una trayectoria independiente y creara sus propias organizaciones e instituciones.[26]

Para restaurar la libertad en nuestro tiempo, debemos crear empresas genuinamente privadas e instituciones educativas independientes. Mediante organizaciones como el Instituto Mises, podemos poner de nuestra parte en el siglo XXI para invertir la marea del estado colectivista creado en el siglo XX, igual que nuestros antecesores hicieron en echar abajo el absolutismo real en el siglo XVIII. No debemos repetir sus errores. Esta vez nuestra ideología pro-libertad debe adoptar sus implicaciones lógicas y rechazar al estado, de raíz. Solo entonces, se llevará a cabo el potencial de la vida, la libertad y la propiedad en el florecimiento de toda la raza humana.


[1] Murray Rothbard, Anatomy of the State, (Auburn, Ala.: Mises Institute, 2009), p. 53.

[2] Samuel I, 8.

[3] Rothbard, Anatomy of the State, p. 45.

[4] Reyes I y Reyes II.

[5] Lord Acton, Essays in the History of Liberty, Vol. 1 (Indianapolis: Liberty Classics, 1985), pp. 12-13.

[6] Acton, Essays in the History of Liberty, pp. 24-25.

[7] Acton, Essays in the History of Liberty, p. 18.

[8] Acton, Essays in the History of Liberty, pp. 30-33.

[9] Henri Pirenne, Medieval Cities (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1925) [Publicado en España como Las ciudades de la edad media (Madrid: Alianza Editorial, 2010)]; ídem, Economic and Social History of Medieval Europe (Londres: Routledge, 1936) [Publicado en España como Historia económica y social de la Edad Media (Madrid: Fondo de Cultura Económica de España,1977)] y Acton, Essays in the History of Liberty, pp. 35-36.

[10] Harold Berman, Law and Revolution (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1983).

[11] Berman, Law and Revolution, p. 10.

[12] Berman, Law and Revolution, p. 12.

[13] Tom Woods, How the Catholic Church Built Western Civilization (Washington: Regnery Pub., 2005), p. 139. [Publicado en España como Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental (Madrid: Ciudadela, 2010)].

[14] Hans Hoppe, Democracy, the God that Failed (New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers, 2001), p. 225.

[15] Murray Rothbard, War Collectivism: Power, Business, and the Intellectual Class in World War 1 (Auburn, Ala.: Mises Institute, 2012), p. 7.

[16] Hunt Tooley, The Western Front: Battle Ground and Home Front in the First World War (Nueva York: Palgrave Mcmillan, 2003).

[17] Ralph Raico, Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal (Auburn, Ala.: Mises Institute, 2010), p. 230.

[18] Richard Gamble, The War for Righteousness: Progressive Christianity, the Great War, and the Rise of the Messianic Nation (Wilmington, Del.: ISI Press, 2003).

[19] Raico, Great Wars and Great Leaders, p. 193. Cursivas originales.

[20] Raico, Great Wars and Great Leaders, pp. 1-2.

[21] Berman, Law and Revolution, p. 17.

[22] Rothbard, War Collectivism, p. 34.

[23] Maurice Obstfeld y Alan Taylor, Global Capital Markets: Integration, Crisis, and Growth (Cambridge: Cambridge University Press, 2004).

[24] Steve Hanke y Nicholas Krus, “World Hyperinflations”, Cato Working Paper (Washington: Cato Institute, 2012). La excepción fue en Francia durante la revolución en 1795.

[25] George Selgin, William Lastrapes y Lawrence White, “Has the Fed Been a Failure?” Cato Working Papers (Washington: Cato Institute, 2010).

[26] Christopher Dawson, The Crisis of Western Education (Steubenville, Oh.: Franciscan Press, 1989), p. 67. [Publicado en España como La crisis de la educación occidental (Madrid: Rialp, 1962)].


Publicado el 20 de noviembre de 2012. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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