Los gobiernos prosperan con expectativas bajas

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Has llegado a un nivel de notoriedad en economía cuando una línea o ley tiene tu nombre. Decid lo que queráis decir acerca de la Ley de Say, pero la mayoría de nosotros conocemos al menos la versión concisa en seis palabras: “La oferta crea su propia demanda”, que constituye un resumen considerable de la exposición original de Say que cumplió 200 años este mismo año.

La Ley de Gresham también es muy conocida, aunque su popularidad ha declinado en nuestra época fiduciaria. La idea de que el dinero malo (sobrevalorado por el gobierno) desplaza al dinero bueno era más evidente entre las masas en el siglo XIX, porque el dinero bueno seguía siendo de curso legal por aquel entonces. Era papel pero podía realmente redimirse por un material existente. La adición de dinero no respaldado por nada en una economía se reconoce como un intento vil de transferir riqueza de los productivos a los no productivos y como la causa del ciclo económico. Hoy, aunque la adición de dicho dinero tenga los mismos efectos, es una política estandarizada, cortesía de la Reserva Federal.

En general, el dar a leyes el nombre de personas es mucho mejor que darle nombre a líneas. Cuando una curva recibe el nombre de alguien en economía, normalmente ilustra alguna verdad matemática trivial que no añade mucho a nuestra comprensión del mundo. Por ejemplo, las curvas de Engel son un básico en la mayoría de los textos intermedios de microeconomía. Simplemente muestran la relación entre renta y consumo para distintos tipos de bienes. Por desgracia para Engel, la idea de que compramos más todoterrenos y menos Yugos al aumentar nuestros ingresos no ilumina a nadie. Lo que es sorprendente es que alguien decidiera hacer un gráfico con esta relación.

¿Y quién puede olvidar la famosa curva de Laffer que demuestra cómo los trabajadores trabajan menos cuando aumentan los impuestos? Esta idea no original constituyó mucho del apoyo intelectual a las políticas del lado de la oferta de la década de 1980 y se vendió a los políticos avariciosos por su capacidad de explicar un forma de aumentar los ingresos hacer crecer el gobierno. Gracias a Arthur Laffer, la oposición filosófica de toda una generación a los impuestos se basa únicamente en la idea de que el único tipo impositivo malo es el que no maximiza los ingresos. Su notoriedad está bien ganada.

Pero la mía no. Como joven economista, todavía tengo tiempo para realizar algún acto profesional que me haga ganar notoriedad. Por supuesto, preferiría notoriedad de la buena, así que la creación de la curva de Westley está fuera de lugar. Mi propia Ley de la Economía Política está lista. Para que prenda como una verdad generalmente aceptada, tanto en la profesión económica como en la cultura en general, debe, como las leyes de Say y de Gresham, ser sencilla, evidente para todos y (hasta hoy) no declarada.

Por suerte he ideado una ley que cumple estos requisitos. La Ley de Westley dice que el gobierno crece con expectativas bajas. Es mi billete a la fama: una declaración de que el emperador no lleva ropa que todos saben que es verdad pero, en la era del estado Leviatán, nadie quiere oír. Significa que los consumidores aplican patrones mucho más bajos a lo que produce el gobierno, no importa lo que sea, que los que aplican a la producción que generan los mercados privados. Como consecuencia, la vida es más costosa, peligrosa y corta.

Abundan los ejemplos de mi Ley en acción. Uno sencillamente tiene que tomar un periódico local para verla funcionando. Leed aquí acerca del último escándalo en la escuela pública o allí acerca de las últimas cifras de deuda nacional. No es simplemente que los gobiernos fallen, lo que es un poco demasiado evidente en una declaración a formularse como ley (y sería verdad alcanzaran o no los gobiernos unos presupuestos equilibrados).

Mi Ley destaca la dicotomía de que los gobiernos fallan porque los individuos les permiten hacerlo, mientras que al tiempo los mercados no lo hacen porque los individuos rechazan ofrecerles la misma tolerancia.[1] De esto se deduce que el gobierno debe mantener expectativas bajas para que continúen sus actividades y que cuanto mayor sea el gobierno, mayor será el grado de expectativas bajas que permeen la cultura.

Por eso los apologistas del gobierno hacen horas extras para demonizar a los mercados. Se aseguran de que las expectativas altas se ponen en otro lugar argumentando que las diferencias relativas en los sectores privado y público no son grandes. Consideremos una historia reciente de portada en el Washington Post, denostando a Wall Street por el colapso de la economía argentina hace un año y medio. Ese devastador colapso financiero, dice el relato, se debió al exceso de ventas de Argentina por gestores de inversión y monetarios a lo largo de la década de 1990 en busca de ganancias financieras a corto plazo.[2]

No hace falta decir que el Post acusaba a Barclays Capital, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Credit Suisse, First Boston, Merrill Lynch y otros por alimentar la burbuja que estalló y arruinó la economía y no a la clase política argentina, los banqueros centrales en Washington y Buenos Aires y los préstamos multimillonarios del Banco Mundial y el FMI soportados por los contribuyentes, que proporcionaron la liquidez y el riesgo moral necesarios para vender Argentina como un vehículo de inversión demasiado grande para caer. Aunque nadie niega que las empresas promovieran a Argentina como una economía emergente digna de inversión de capital, el mismo hecho de que los sectores privados estén asumiendo responsabilidades por el colapso económico, y no los actores del sector público que desempeñaron un papel mucho mayor, ejemplifica mi Ley en acción.[3]

La Ley fue también evidente (y no reconocida) este mismo año con el desgraciado estallido en pedazos del transbordador espacial Columbia  durante la reentrada. Cualquiera con algo de idea de cómo está organizada la Nasa no se verá sorprendido por la tragedia, pero los defensores de la agencia espacial hicieron horas extras para asegurar al público que esos acontecimientos eran la excepción, no la regla. Técnicamente, es verdad, ya que desde que el transbordado espacial ha estado en operación, más vuelos han aterrizado correctamente (111) que los que se han estrellado (2). Pero si se aplicara el porcentaje de despegues de transbordadores respecto de los accidentes, por ejemplo, a los viajes en avión, veríamos mucho más que 20 accidentes diarios solo en el aeropuerto de La Guardia en Nueva York (según David Owen en Slate). La razón, por supuesto, es que esperamos más de las aerolíneas del sector privado que de la NASA del sector público. Si las expectativas públicas para la NASA aumentaran, entonces disminuiría el apoyo al monopolio de la NASA en los viajes espaciales.

Respecto de los fracasos del gobierno, los de la NASA son más importantes que otros debido al papel que desempeña su burocracia en proporcionar relaciones públicas positivas para toda actividad del gobierno. Cuando pone a un hombre en la luna, envía el mensaje de que el gobierno puede realmente conseguir grandes cosas, aunque esto se mucho más la excepción que la regla. Pero cuando fracasa en público, el impulso es preguntarse si no debería reconsiderarse el nivel de expectativa para toda actividad del gobierno.

Esa reconsideración hace mucho que se retrasa en la sociedad estadounidense. Los costes a corto plazo de permitirla serían sin embargo grandes para los millones de estadounidenses cuyas vidas dependen del sector público. El gobierno crece con expectativas bajas porque hace que entren los dólares de los impuestos y salgan las nóminas y como consecuencia, simplemente no compensa a muchos cuestionar su eficacia. De hecho, hay una relación inversa entre expectativas y financiación del gobierno. Si Engel estuviera vivo, probablemente la reflejaría en un gráfico.

Pero yo no. No me interesa alcanzar su notoriedad. Prefiero la de J.B. Say y Thomas Gresham.


[1]Uno puede oír las risitas de los bandos izquierdista y los neoconservadores (que no difieren en filosofía, sino en grado): “¿qué quieres decir con que los mercados no fallan? ¿Has oído hablar de Enron?” Bueno, sí. Pero las fuerzas del mercado han cerrado Enron, una acción que sugiere un mercado sano y en funcionamiento. El caso de Enron prueba mi Ley. L idea de permitir los mismos estándares que en realidad cerraron Enron aplicada a cualquier programa público acabaría con Washington tal y como lo conocemos.

[2] “En esos tiempos”, escribe el Post, “las empresas de  Wall Street vendían a Argentina como una de las economías más activas del mundo mientras acumulaban grandes comisiones por vender las acciones y bonos del país. Así se sembraron las semillas de uno de los colapsos económicos más espectaculares en la historia moderna, una debacle en la que Wall Street desempeñó un papel protagonista”. Uno pensaría que, después de calentamiento global, el acto más malvado que podría realizar una gestor monetario es ensalzar los vehículos de inversión.

[3] “ha llegado el momento de entonar nuestro mea culpa”, dijo Hans-Joerg Rudloff, presidente de comité ejecutivo de Barclays Capital en una conferencia de ejecutivos bancarios y de intermediación en Londres hace unos pocos meses (citado en el Washington Post). “Argentina evidentemente se parece mucho a Enron” al demostrar que “las cosas que se han hecho y dicho en nuestro sector que resultaron ser falsas, nos dieron ventaja”.


Publicado el 7 de agosto de 2003. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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