El milagro europeo

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[Este ensayo apareció originalmente en The Collapse of Development Planning, editado por Peter J. Boettke]

Entre los escritores sobre desarrollo económico, P.T. Bauer es notable tanto por la profundidad de su conocimiento histórico como por su insistencia en lo indispensable de los estudios históricos para entender el fenómeno del crecimiento (Walters 1989, 60; ver también Dorn 1987). Al revisar la obra de otros teóricos, Bauer se ha quejado de su manifiesta “amputación de la dimensión temporal”:

El trasfondo histórico es esencial para una explicación que merezca la pena del desarrollo económico, lo que es una parte integral del progreso histórico de la sociedad. Pero muchos de los trabajos más publicitados sobre el desarrollo desdeñan en la práctica tanto el trasfondo histórico como la naturaleza del desarrollo como proceso. (Bauer 1972, 324-325)

Demasiados escritores en este campo han sucumbido a la sobreespecialización profesional combinada con la obsesión positivista con datos que resultan ser susceptibles de técnicas matemáticas. El resultado ha sido modelos de desarrollo con poca conexión con la realidad:

Las capacidades y las actitudes, las costumbres e instituciones, no pueden generalmente cuantificarse de una manera reveladora (…) Pero son sencillamente mucho más importantes para el desarrollo que influencias como los términos del comercio, reservas de cambio extranjero, porcentajes de producción de capital o economías externas, temas que llenan las páginas de la literatura de consenso. (Ibíd., 326)

Incluso cuando un escritor parece aproximarse históricamente al tema, la concentración en los datos cuantificables olvidando los factores institucionales y socio-psicológicos subyacentes tiende a torcer la perspectiva cronológica y por tanto a viciar el resultado:

Es erróneo referirse a la situación de Europa en los siglos XVIII y XIX como representando las condiciones iniciales de desarrollo. Por entonces, Occidente estaba influido por las actitudes e instituciones apropiadas para una economía de intercambio y estaba en una edad técnica en un grado mucho mayor que el sur de Asia hoy en día. Estas actitudes e instituciones habían ido apareciendo gradualmente durante un periodo de ocho siglos. (Ibíd., 219-220)[1]

En la base de la aproximación criticada por Bauer parece haber un holismo metodológico que prefiere manipular agregados mientras ignora a los actores humanos individuales y las instituciones que generan sus acciones. Aun así, “Las diferencias en las capacidades y actitudes de la gente y en sus instituciones son de largo alcance y están profundamente asentadas y explican en buena medida las diferencias en el rendimiento económico y en niveles y tasas de progreso material” (Ibíd., 313-314; cursivas añadidas).

La crítica de Bauer dirige así la atención a la necesidad de estudiar ambos siglos de la historia europea que preceden a la Revolución Industrial y “las interrelaciones entre instituciones sociales, políticas y jurídicas” en ese periodo (Ibíd., 277).[2] Aquí su evaluación se une a una impresionante erudición que ha aparecido en años recientes destacando precisamente estos puntos.

El “milagro europeo”

Mientras que sería erróneo sugerir la existencia de ningún análisis monolítico, una serie de investigadores preocupados por la historia del crecimiento europeo han tendido a converger en una interpretación que destaca ciertos factores distintivos. Por comodidad hablaremos por tanto de ellos, a pesar de sus diferencias, como formando una escuela de pensamiento. El punto de vista puede considerarse como el “institucional” o, por usar una de las obras más conocidas en este campo, la aproximación del “milagro europeo”.[3]

El “milagro” en cuestión consiste en un hecho sencillo pero crucial: Fue en Europa (y las extensiones de Europa, sobre todo, Estados Unidos) donde los seres humanos alcanzaron por primera vez un crecimiento económico por cabeza durante un largo periodo de tiempo. De esta manera, la sociedad europea evitó la “trampa maltusiana”, permitiendo sobrevivir a nuevas decenas de millones y a la población en su conjunto escapar de la miseria sin esperanza que había sido el destino de la gran masa de la raza humana en tiempo pretéritos. La pregunta es: ¿por qué Europa?

Una posible respuesta, que ha disfrutado durante mucho tiempo de apoyo poderoso en círculos intelectuales en Occidente y entre funcionarios en países subdesarrollados, estaba muy influenciada por ideas socialistas e incluso marxistas.[4] Explica el crecimiento extraordinario de Europa mediante el avance más o menos espontáneo de la ciencia, combinado con una “acumulación primitiva” de capital, mediante el imperialismo, la esclavitud y el comercio de esclavos, la expropiación de los pequeños granjeros y la explotación de la clase trabajadora nacional. La conclusión estaba clara. El crecimiento extraordinario de Europa fue a expensas de incontables millones de esclavizados y oprimidos y la experiencia europea debería servir a quienes toman las decisiones en países subdesarrollados más como una advertencia que como un ejemplo.

Sin embargo los contribuidores al nuevo modelo rechazan esta leyenda venerable. Preocupados como están por la historia económica comparativa, han buscado los orígenes del desarrollo europeo en lo que ha tendido a diferenciar a Europa de otras grandes civilizaciones, particularmente las de China, India y el Islam. En un grado u otro, su respuesta a la pregunta ¿por qué Europa? Ha sido: Porque Europa disfrutaba de una relativa falta de limitaciones políticas. Como expresaba explícitamente Jean Baechler, en una obra pionera:

La primera condición para la maximización de la eficiencia económica es la liberación de la sociedad civil con respecto al estado (…) La expansión del capitalismo debe su origen y razón de ser a la anarquía política. (Baechler 1975, 77, 113; cursivas originales)

 

El carácter único de Europa

John Hicks esbozaba parcialmente esta aproximación a finales de la década de 1960 (Hicks 1969).[5] En Una teoría de la historia económica, Hicks señalaba las “necesidades principales” de la fase mercantil y expansiva del desarrollo económico (la protección de la propiedad y la aplicación de los contratos) y declaraba:

La economía mercantil, en su primera fase, fue una huida de la autoridad política, excepto en la medida en que creaba su propia autoridad política. Luego, en la fase intermedia, cuando volvía formalmente bajo la autoridad política tradicional, esa autoridad no era lo suficientemente fuerte como para controlarla. (Ibíd., 33, 100)

Sin embargo la explicación de Hicks resultaba ser demasiado esquemática, aparte de limitarse al análisis económico e ignorar deliberadamente factores políticos, religiosos, científicos y otros (ver Bauer 1971). Aproximadamente al mismo tiempo que Hicks, David Landes estaba pergeñando los esencial del nuevo punto de vista. Al buscar la respuesta a la pregunta de por qué se produjo la explosión industrial en Europa occidental, destacaba dos factores “que separaban a Europa del resto del mundo (…) el ámbito y eficacia de la empresa privada y el alto valor dado a la manipulación racional del entorno humano y material” (Landes 1970, 14-15). “El papel de la empresa privada en Occidente”, en opinión de Landes, “es tal vez único: más que cualquier otro factor, creó el mundo moderno” (Ibíd., 15).

¿Pero qué fue lo que permitió florecer a la empresa privada? Landes apuntaba la circunstancia que sería vital para la nueva interpretación: la radical descentralización de Europa:

Debido a este papel crucial como comadrona e instrumento de poder en un contexto de múltiples políticas en competencia (el contraste es entre los imperios omnicomprensivos de Oriente y el Mundo Antiguo), la empresa privada en Occidente poseía una vitalidad social y política son precedentes o equivalentes. (Ibíd.; cursivas originales)

Sí se producían incursiones dañinas del gobierno y la situación en algunos lugares de Europa condicionaban una preferencia social por los valores militares; “sin embargo, en general, el lugar de la empresa privada era seguro y mejoraba con el tiempo y esto se ve en las disposiciones institucionales que gobernaban la obtención y gasto de la riqueza” (Ibíd.).

Una condición previa de la expansión económica era la definición y defensa de lo derechos de propiedad frente a la autoridad política. Esto ocurrió pronto en Europa. Landes contrasta el método europeo de impuestos regulares (supervisados por asambleas representativas de las clases gravadas) con el sistema de “extorsión” que prevalecía en “los grandes imperios asiáticos y los estados musulmanes de Oriente Medio (…) donde multas y extorsiones no eran solo una fuente de ingresos rápidos, sino también un medio de control social, un dispositivo para acabar con las pretensiones de  nuevos ricos y extranjeros y aplastar su desafío a la estructura establecida de poder” (Ibíd., 16-17).[6]

Las ideas de Landes, esquematizadas brevemente en unas pocas páginas de introducción a su Progreso tecnológico y revolución industrial, de han desarrollado enormemente por la nueva escuela. El resultado es una interpretación general de la historia occidental que puede explicarse como sigue:

Aunque los factores geográficos desempeñaron un papel, la clave para el desarrollo occidental ha de encontrarse en el hecho de que, aunque Europa constituía una sola civilización (la cristiandad latina) estaba al mismo tiempo radicalmente descentralizada.[7] Frente a otras culturas (especialmente China, India y el mundo islámico), Europa comprendía un sistema de jurisdicciones y poderes divididos y, por tanto, en competencia.

Después de la caída de Roma, no fue capaz de aparecer en el continente ningún imperio universal. Esto es de la máxima importancia. Siguiendo el dicho de Montesquieu, Jean Baechler apunta que “todo poder político tiende a reducir todo lo que le es externo y se necesitan poderosos obstáculos objetivos para impedir que lo consiga” (Baechler 1975, 79). En Europa, los “obstáculos objetivos” los proporcionaban en primer lugar las autoridades políticas en competencia. En lugar de experimentar la hegemonía de un imperio universal, Europa evolucionó como un mosaico de reinos, principados, ciudades-estado, dominios eclesiásticos y otras entidades políticas.

Dentro de este sistema, era muy imprudente para cualquier príncipe intentar infringir los derechos de propiedad de la manera habitual en cualquier otro lugar del mundo. En rivalidad constante entre sí, los príncipes veían que las expropiaciones directas, los impuestos confiscatorios y el bloqueo del comercio no quedaban sin castigo. El castigo era verse obligados a ser testigos del progreso económico relativo de sus rivales, a menudo mediante el movimiento del capital, y de los capitalistas, a reinos vecinos. La posibilidad de “salida”, facilitada por la compacidad geográfica y, especialmente, por la afinidad cultural, actuó para transformar al estado en un “depredador limitado” (Anderson 1991, 58).

La descentralización del poder también llegó a marcar las disposiciones nacionales de varias políticas europeas. Aquí varios expertos piensan que el feudalismo (que generó una nobleza basada en el derecho feudal en lugar del servicio al estado) desempeñó un papel esencial (ver, por ejemplo, Baechler 1975, 78). Mediante la lucha por el poder dentro de los reinos, nacieron los cuerpos representativos y los príncipes se vieron a menudo con las manos atadas por cartas de derechos (por ejemplo, la Carta Magna), que se veían obligados a conceder a sus súbditos. Al final, incluso dentro de los relativamente pequeños estados de Europa, el poder estaba disperso entre estados, órdenes, pueblos aforados, comunidades religiosas, cuerpos, universidades, etc., cada uno con sus propias libertades garantizadas. El estado de derecho se establecería en buena parte del continente.

Así que hay un acuerdo general en que lo esencial para crear los cimientos para el milagro europeo fueron, en palabras de Jones, “el recorte del comportamiento fiscal del gobierno depredador” y “la limitación de la arbitrariedad establecida en una arena política en competencia” (Jones 1987, xix, xxi). Con el tiempo, los derechos de propiedad (incluyendo los derechos a la propia persona) llegaron a estar definidos con precisión, permitiendo a los propietarios conseguir más beneficios de la inversión y las mejoras (North 1981). Con la disposición más libre de la propiedad privada llegó la posibilidad de innovaciones constantes, probadas en el mercado. Aquí también fue altamente favorable el sistema de estados rivales. Las naciones europeas funcionaban “como una serie de sociedades anónimas con propuestas implícitas que listaban recursos y libertades” de forma que daban garantías “contra la supresión de la novedad y la heterodoxia en el sistema en su conjunto” (Jones 1987, 119).  Apareció una nueva clase social, compuesta por mercaderes, capitalistas y fabricantes “con inmunidad frente a la interferencia por las formidables fuerzas sociales opuestas al cambio, el crecimiento y la innovación”  (Rosenberg y Birdzell 1986, 24).

La economía acabó alcanzando un grado de autonomía desconocido en otros lugares del mundo, excepto durante periodos breves. Como dice Jones:

El desarrollo económico en su forma europea requería sobre todo libertad ante actos políticos arbitrarios respecto de la propiedad privada. Bienes y factores de producción tenían que ser libres para intercambiarse. Los precios tenían que establecerse por intercambio incondicional si había que tener señales no distorsionadas de qué bienes y servicios se demandan realmente, dónde y en qué cantidad. (Jones 1987, 85)

El sistema que protegía la propiedad y el desarrollo de la propiedad privada evolucionó en Europa de forma lenta (durante al menos “los ocho siglos” mencionados por Bauer). Por tanto, bastante lógicamente, los historiadores económicos preocupados por “cómo se hizo rico Occidente” han dirigido una gran parte de su atención al periodo medieval.

La importancia de la Edad Media

El estereotipo de la edad media como “la Edad Oscura” alimentado por los humanistas del Renacimiento y los filósofos de la Ilustración, por supuesto, ha sido abandonada desde hace mucho por los historiadores. Aun así, los escritores de “consenso” sobre desarrollo económico a quienes critica Bauer han ignorado en buena medida la importancia de la edad media para el crecimiento europeo, algo que tiene tanto sentido como empezar la explicación de los éxitos económicos y culturales de los judíos europeos en el siglo XVIII. Sin embargo los historiadores europeos, siguiendo los pasos del gran historiador belga Henri Pirenne (Pirenne 1937), han hecho una estimación bastante diferente del periodo medieval. Carlo M. Cipolla afirma que “los orígenes de la Revolución Industrial se remontan a esa profundo cambio en ideas estructuras sociales y sistemas de valores que acompañó al auge de las comunidades urbanas en los siglos XI y XIII” (Cipolla 1981, 298).

De la Europa desde finales del siglo X al siglo XIV, Robert S. Lopez escribe:

Aquí, por primera vez en la historia, una sociedad subdesarrollada tuvo éxito en desarrollarse, principalmente por sus propias fuerzas (…) creó las condiciones materiales y morales indispensables para mil años de crecimiento virtualmente ininterrumpidos y, en más de una manera, sigue con nosotros. (Lopez 1971, vii)

Lopez compara la evolución europea con la de una civilización vecina, el Islam, donde las presiones políticas ahogaron el potencial para un progreso económico:

Los primeros siglos de expansión islámica abrieron grandes perspectivas para mercaderes y comerciantes. Pero no dieron a los pueblos la libertad y el poder que era indispensable para su progreso. Bajo la rienda cada vez más firme de las aristocracias militares y territoriales, la revolución que en el siglo X había estado a la vuelta de la esquina perdió impulso y fracasó. (Ibíd., 57)

En Europa, mientras se expandían comercio e industria, la gente descubría que “el comercio prospera en la libertad y se aleja con las restricciones; normalmente las ciudades más prósperas son aquellas de que adoptaron las políticas más liberales” (Ibíd., 90). El “efecto demostración” que ha sido un elemento constante en el progreso europeo (y que pudo existir precisamente porque Europa era un sistema descentralizado de jurisdicciones en competencia) ayudó a difundir las políticas liberales que trajeron la prosperidad a los pueblos que se aventuraron primero a experimentar con ellas.

Investigadores como Cipolla y Lopez, intentando entender el desarrollo europeo en la edad media, hacen referencias constantes a ideas, sistemas de valores, condiciones morales y elementos culturales similares.[8] Como ha destacado Bauer, es una parte de la evolución europea característica que no puede separarse de su historia institucional. Respecto de la Edad Media, se atribuye una gran importancia, en opinión de muchos autores, al cristianismo. Harold J. Berman (Berman 1974)[9] ha destacado que con la caída de Roma y la conversión final de germanos, eslavos, magiares y otros, las ideas y valores cristianos impregnaron toda la floreciente cultura europea. Las contribuciones cristianas van desde la mitigación de la esclavitud y una mayor igualdad dentro de la familia a los conceptos de derecho natural, incluyendo la legitimidad de la resistencia a gobernantes injustos. El derecho canónico de la Iglesia ejerció una influencia decisiva en los sistemas legales occidentales: “fue la iglesia la que enseñó primero al hombre occidental cómo era un sistema legal moderno” (Ibíd., 59).

Además, Berman centra la atención en un desarrollo crítico que empezó en el siglo XI: la creación por el papa Gregorio VII y sus sucesores de una poderosa “iglesia corporativa y jerárquica (…) independiente de emperadores, reyes y señores feudales” y por tanto capaz de desbaratar la búsqueda de poder de la autoridad temporal (Ibíd., 56).[10] De esta manera, Berman refuerza el análisis de Lord Acton del papel central de la iglesia católica en la generación de la libertad occidental y en recortar cualquier concentración de poder como la que marcó a otras grandes culturas y creando así la Europa de jurisdicciones divididas y en conflicto.[11]

En una gran síntesis, Law and Revolution, Berman ha destacado las facetas legales del desarrollo cuyos aspectos económicos, políticos e ideológicos han examinado otros investigadores (Berman 1983): “Quizá la característica más propia de la tradición legal occidental es la coexistencia y competencia de diversos sistemas legales dentro de la misma comunidad. Es esta pluralidad de jurisdicciones y sistemas legales lo que hace de la supremacía de la ley algo necesario y posible” (Ibíd., 10).[12]

La obra de Berman sigue la tradición del gran investigador inglés, A.J. Carlyle, que, en la conclusión de su monumental estudio del pensamiento político de la edad Media, resumía los principios básicos de la política medieval: que todos (incluido el rey) están sometidos a la ley; que un gobernante ilícito no es un rey legítimo, sino un tirano; que no hay justicia donde no hay comunidad; que existe un contrato entre el gobernante y sus súbditos (Carlyle y Carlyle 1950, 503–26).

Otra investigación reciente ha respaldado estas conclusiones. En su última obra póstuma, el distinguido historiador del pensamiento económico, Jacob Viner, apuntaba las referencias a los impuestos de Santo Tomás de Aquino “los tratan como un acto más o menos extraordinario de un gobernante que probablemente no sea moralmente ilícito” (Viner 1978, 68–69). Viner apuntaba a la bula papal medieval, In Coena Domini (evidentemente republicada cada año hasta finales del siglo XVIII), que amenazaba con excomulgar a cualquier gobernante “que gravara con nuevos impuestos o aumentara los viejos, excepto en casos apoyados en el derecho o por un permiso expreso del papa” (Ibíd., 69). En todo el mundo occidental, la Edad Media dio lugar a parlamentos, dietas, estados generales, cortes, etc., que sirvieron para limitar los poderes del monarca.[13] A.R. Myers apunta:

Casi en todas partes en la cristiandad latina, en un momento u otro, se aceptó por los gobernantes el principio de que, aparte de los ingresos normales del príncipe, no podían crearse impuestos son el consentimiento del parlamento (…) Utilizando el poder de la bolsa [los parlamentos] influían a menudo en las políticas de los gobernantes, especialmente restringiendo sus aventuras militares. (Myers 1975 29-30)

En una síntesis reciente la investigación medievalista moderna, Norman F. Cantor ha resumido la herencia de la Edad Media europea en términos de sorprendente similitud con los empleados por los actuales historiadores institucionales:

En el modelo de sociedad civil, la mayoría de las cosas buenas e importantes tienen lugar por debajo del nivel universal del estado: la familia, las artes, la enseñanza y la ciencia; la empresa y el proceso tecnológico. Son obra de individuos y grupos y la implicación del estado es remota y desapegada. Es el estado de derecho el que elimina la insaciable agresividad del y corrupción del estado y da libertad a la sociedad civil por debajo del nivel del estado. Así ocurre que el mundo medieval fue uno en que los hombres y mujeres creaban sus destinos con poca o ninguna implicación del estado durante la mayor parte del tiempo. (Cantor 1991, 416)

Sin embargo un factor altamente importante en el desarrollo de Occidente, posiblemente ligado al cristianismo, no ha sido tratado por los más nuevos historiadores económicos. Es la relativa falta de envidia institucionalizada en la cultura occidental. En un trabajo apoyado por Bauer, el sociólogo Helmut Schoeck ha dirigido la atención hacia la omnipresencia de la envidia en las sociedades humanas (Schoeck [1969] 1987). Entendida como una grave amenaza por aquellos hacia quien se dirige, normalmente genera un comportamiento complejo para evitar la envidia: el intento de eliminar los peligros de la envidia maligna negando, disfrazando o suprimiendo cualquier cosa que la provoque. Las consecuencias antieconómicas de la envidia socialmente permitida (e incluso estimulada) y la reacción de evitar la envidia apenas son cuantificables. Sin embargo, está claro que pueden ser muy dañinas. A partir de estudios antropológicos, Schoeck destaca el daño que puede infligir la envidia institucionalizada en el proceso de crecimiento económico y técnico (Ibíd., p. 73). La cultura occidental, según Schoeck, ha sido en cierto modo capaz de inhibir la envidia en un grado notable. El porqué esta menos claro. Schoeck liga este hecho a la fe cristiana: “Debe haber sido uno de los logros más importantes, aunque fuera inintencionado, para preparar a los hombres y hacerlos capaces de acciones innovadoras cuando proporcionaba al hombre por primera vez seres sobrenaturales que sabía que lo podían envidiarle ni ridiculizarle” (Ibíd., 79). Aun así, la evidente variación en la envidia socialmente permitida en distintas sociedades cristianas (por ejemplo, en Rusia, frente la Europa occidental) sugiere que la presencia de la fe cristiana por sí sola no es una explicación adecuada.

Casos de estudio del desarrollo

Evidentemente no toda Europa progresó al mismo ritmo. En particular, en el periodo moderno Holanda e Inglaterra se convirtieron en los países que marcaron el paso en el crecimiento económico, mientras que otros países decaían. Estos hechos también pueden explicarse en el modelo.

Los Países Bajos se habían beneficiado desde hacía mucho del sistema legal heredado de los duques de Borgoña. Estos, que gobernaron en colaboración con unos estados generales activos,[14] habían promovido un sistema comercial e industrial abierto, basado en la protección de los derechos de propiedad. En el auge de la “Holanda del Norte” (las Provincia Unidas u “Holanda”) tenemos un ejemplo casi perfecto del milagro europeo en funcionamiento. Primero, el área había sido una participante importante en los desarrollos económicos, políticos, sociales y culturales europeos durante siglos. Como ha observado Cipolla, “El país que en la segunda mitad del siglo XVI se rebeló contra el imperialismo español y luego ascendió al papel de la nación más dinámica económicamente de Europa, no era sino un país subdesarrollado en el principio” (Cipolla 1981, 263). Al deber su independencia al sistema de estados descentralizados de Europa, se convirtió en un ente político descentralizado, sin rey ni corte: una “comunidad sin cabeza” que combinaba garantías de derechos de propiedad, estado de derecho,  tolerancia religiosa y libertad intelectual con un grado de prosperidad equivalente un temprano Wirtschaftswunder moderno. No sorprende que Holanda ejercitara un efecto demostrativo poderoso. Como dice K.W. Swart:

Tanto extranjeros como holandeses podían creen que la República de Holanda era única al permitir un grado de libertad sin precedentes en los ámbitos de la religión, el comercio y el predominio económico que constituyeron el verdadero milagro de la República de Holanda. (Swart 1969, 20)

El éxito del experimento holandés fue percibido con gran interés,  especialmente en Inglaterra, donde el terreno ya estaba bien preparado para aceptar la idea de que la prosperidad es una recompensa de la libertad. Las profundas raíces del individualismo económico, y por tanto del desarrollo, en la historia medieval inglesa han sido destacadas por Alan Macfarlane (Macfarlane 1978 y 1987).[15] En el periodo moderno temprano, el derecho común, que había evolucionado durante muchos siglos, actuaba como garante de la inviolabilidad de la propiedad y de la libre entrada en la industria y el comercio frente a las políticas de los primeros reyes Estuardo. A la vista de las usurpaciones autoritarias, actuaron Sir Edward Coke y sus compañeros juristas, en palabras de North y Thomas, “para poner la creación de derechos de propiedad lejos del capricho real; para incluir los derechos existentes de propiedad en un cuerpo de derecho impersonal protegido por los tribunales” (North y Thomas 1973, 148). Crucial en los casos tanto de Holanda como de Inglaterra fue la conservación, frente a intentos de intromisión real, de las asambleas representativas tradicionales decididas a negar al gobernante el derecho a gravar a voluntad. Aquí el lado antiautoritario explotó (y desarrolló aún más) el discurso heredado cuyos conceptos clave incluían “libertades”, “derechos”, “el derecho natural” y “la constitución”.

La decadencia de España, por otro lado, también se tiene en cuenta en el modelo. La confiscación de las propiedades de judíos y moros por la corona española fue, según North y Thomas:

Solo un síntoma de la inseguridad de todos los derechos de propiedad (…) la apropiación, la confiscación o la alteración unilateral de contratos fueron fenómenos recurrentes que acabaron afectando a todo grupo dedicado al comercio o la industria, así como a la agricultura (…) Como ninguna propiedad estaba segura, la retraso económico fue la consecuencia inevitable. (Ibíd., 131)

La decadencia económica de España, a su vez, proporcionaba un efecto negativo de demostración que desempeñaba un papel importante en las decisiones políticas de otros países.

El tema de la autonomía del mercado y la inhibición del estado-depredador como factores importantes en el crecimiento económico se ha llevado a cabo en el examen de culturas no europeas. Por ejemplo, Baechler dice que “cada vez que China se dividía políticamente, florecía el capitalismo” y mantenía que la historia japonesa manifiesta condiciones que se aproximan a las de Europa (Baechler 1975, 82–86). Anderson, después de analizar el crecimiento económico en la historia de la China Sung y el Japón Tokugawa, así como de Holanda e Inglaterra, concluye que el elemento común es que “se produjeron cuando se relajaron las limitaciones gubernamentales sobre la actividad económica” (Anderson 1991, 73-74).[16]

No hace falta decir que aunque hace falta mucha más investigación sobre desarrollo económico en la historia de las civilizaciones no europeas, la evidencia sugiere hasta ahora un fuerte apoyo al sentido básico de la aproximación institucional.

Comparación de Europa con Rusia

El significado del milagro europeo puede verse mejor si la evolución europea se compara con la de Rusia. Colin White lista, como factores determinantes del retraso ruso “pocos recursos y un entorno hostil de riesgo (…) una tradición política y herencia institucional poco propicias, diversidad étnica y la debilidad de esos grupos clave en limitar el poder del estado, como la iglesia y la oligarquía territorial” (White 1987, 136). Después de la destrucción del Rus de Kiev por los tártaros y el auge de Moscovia, Rusia se caracterizó durante siglos por la virtual ausencia del estado de derecho, incluyendo la seguridad para personas y propiedades.

La falta de derecho (así como la pobreza) de la Rusia Moscovita era notable. Cuando el emisario de Isabel I preguntó a Iván el Grande acerca del estatus de sus súbditos, se le dijo: “Todos son esclavos” (Besançon, en Baechler, Hall y Mann 1988, 161). Iván IV, el Terrible, aniquiló las florecientes repúblicas comerciales de Novgorod y Pskov y soltó a su Opríchnina (guardia pretoriana de Iván) sobre el reino para una frenética carnicería que llegó a representar lo que era permisible en el estado moscovita. Alain Besançon destaca secamente: “De las tres leyendas (rumana, alemana y rusa) que muestran, bajo el disfraz de Drácula, el reino de Vlad el Empalador, solo la rusa canta las alabanzas del príncipe” (Ibíd.).

La nobleza en Rusia era una nobleza al servicio del estado, sin ninguna base independiente. Como observa White: “Rusia nunca fue verdaderamente feudal en el sentido europeo occidental del término” (White 1987, 10). Comparada con Europa y Estados Unidos, también las villas eran “simplemente otra rama del estado” (Ibíd., 137-138). Las diferencias entre Rusia y Occidente pueden verse en sus respectivas ideas del “absolutismo”. El concepto de Iván IV es sobradamente conocido. Puede compararse con el de un escritor político en Occidente que es famoso como defensor del absolutismo real, Jean Bodin. Alexander Yanov ha apuntado que, con toda su fe en el absolutismo:

Bodin consideraba a la propiedad de los ciudadanos como su posesión inalienable, en cuya disposición no había menos soberanía que en la de un monarca gobernando a su pueblo. Gravar a los ciudadanos con una parte de su propiedad inalienable sin su consentimiento voluntario era, desde el punto de vista de Bodin, un simple robo. (Yanov 1981, 44-45) [17]

Con respecto a esto, Yanov informa de una anécdota significativa. Un diplomático francés en una conversación con un colega inglés afirmaba su creencia en el principio enunciado por Luis XIV de que el rey era de dueño último de toda la propiedad dentro de su reino (un principio que ni siquiera el Rey Sol se atrevió a aplicar). El inglés contestó: “¿Estudió usted derecho público en Turquía?” (Ibid., 44 n. 17)

El hecho de que Rusia recibiera el cristianismo desde Bizancio en lugar de desde Roma afectó a todo el desarrollo de la historia de Rusia (Pipes 1974, 221-243). En palabras de Richard Pipes, la iglesia ortodoxa en Rusia se convirtió, como cualquier otra institución, en “la servidora del estado”. Pipes concluye, respecto de las “relaciones entre estado y sociedad en la Rusia anterior a 1900”:

Ninguno de los grupos económicos o sociales del viejo régimen fue capaz o estuvo dispuesto a resistirse a la corona y desafiar su monopolio del poder político. No fueron capaces de hacerlo porque, al aplicar el principio patrimonial, es decir, al afirmar en la práctica su derecho a todo el territorio de los reinos como propiedad y a todos sus habitantes como siervos, la corona impedía la formación de bolsas independientes de riqueza o poder. (Ibíd.,  249)

La ideas del liberalismo llegaron a Rusia por fuerza desde Occidente. Fue al escuchar las lecciones de derecho natural en la Universidad de Leipzig como Alexander Radishchev aprendió por primera vez que podían ponerse límites al poder del zar (Clardy 1964, 37-38). El inicio del cambio a una política económica orientada al mercado antes de la Primera Guerra Mundial se atribuye por Besançon al hecho de que los ministros rusos leían a los economistas liberales (Besançon, en Baechler, Hall y Mann 1988, 166).

La caída de la historiografía marxista

La filosofía marxista de la historia está llena de múltiples contradicciones y ambigüedades, a menudo estratégicas. Aun así, si el “materialismo histórico” tiene algún contenido importante en absoluto es como una interpretación tecnológica de la historia (Mises 1957, 106-112; Bober 1962, 3-). Aunque Nathan Rosenberg haya negado que Marx sostuviera que “los factores tecnológicos son, por decirlo así, la variable independiente en la generación de cambio social, que constituye la variable dependiente” (Rosenberg 1982, 36; ver también 34-51),[18] el peso de las evidencias está muy en contra de él.

Según Marx, Engels y los teóricos de la “edad de oro” de la Segunda Internacional, la historia procede básicamente mediante cambios en las “fuerzas productivas materiales” (la base tecnológica) que hacen obsoleto el “sistema de producción” existente (el sistema de propiedad). Debido a los cambios tecnológicos, el modo de producción se ve obligado a cambiar; con él, todo lo demás (toda la “superestructura” legal, política e ideológica de la sociedad) se transforma también (Marx [1859] 1969b, 8-). Como dijo apriorísticamente Marx: “El  molino de viento genera una sociedad de señores feudales, el molino de vapor una sociedad de capitalistas industriales” (Marx [1847] 1969a, 130).

El marxismo, por supuesto, ha estado sometido durante generaciones a una refutación devastadora desde muchos frentes distintos, y no menos respecto de su filosofía de la historia. La más nueva comprensión de la historia europea es sin embargo particularmente destructiva de sus afirmaciones fundamentales, en el sentido de dirigir la atención a la peculiar superficialidad del “materialismo histórico”. Esta nueva comprensión insiste en que debe explicarse  el colosal crecimiento de la tecnología en Occidente en el pasado milenio y en que la explicación que proporciona es en términos de la matriz institucional y moral que apreció en Europa a lo largo de muchos siglos.[19] Máquinas nuevas y más productivas no aparecen misteriosa y espontáneamente, ni fue la expansión espectacular del conocimiento técnico y científico de alguna manera inevitable. Como ha resumido Anderson las evidencias: “el inmovilismo científico y técnico que siguió a los notables logros de la dinastía Song o al florecimiento del primer Islam, indica que la investigación científica y la tecnología no poseen necesariamente en sí mismas el dinamismo sugerido por la experiencia europea” (Anderson 1991, 46). Por el contrario, tecnología y ciencia aparecieron a partir de una serie de elementos políticos, legales, filosóficos, religiosos y morales en lo que el marxismo ortodoxo ha despreciado tradicionalmente como la “superestructura” de la sociedad.

Conclusiones

Según el economista indio del desarrollo R.M. Sundrum, si queremos entender cómo puede promoverse el desarrollo hoy en los países más pobres, debemos entender el proceso histórico que transformó en el pasado a los países desarrollados y por qué este proceso no tuvo lugar en otros lugares (citado en Arndt 1987, 177). También es la postura en la que ha insistido P.T. Bauer. Rechazando la “aproximación atemporal” al desarrollo económico, Bauer ha acentuado los muchos siglos requeridos para el crecimiento económico en el mundo occidental y la interacción de varios factores culturales que fueron su condición previa. Lo más importante, en opinión de Bauer, es que en el mundo occidental evolucionaron instituciones y valores que favorecían la propiedad privada y el mercado, establecían límites a la arbitrariedad y la depredación del estado y estimulaban la innovación y la sensación de que los seres humanos son capaces de mejorar su destino mediante sus acciones en el mercado.

Recientemente, W.W. Rostow, en un resumen de la carrera de Bauer, le reprendía por no “tener adecuadamente en cuenta el extremadamente grande e inevitable papel del estado en las primeras fases del desarrollo” (Rostow 1990, 386).[20] Esa crítica no es sorprendente al venir de uno de los líderes de lo que Bauer ha atacado durante años como el “consenso espurio”. Aun así encuentra poco apoyo en la obra de los historiadores de los que nos ocupamos aquí. (Por alguna razón, Rostow ignora todo este cuerpo de investigación en muy larga historia de las teorías del crecimiento económico; Ibíd., passim). Aunque algunos de estos autores darían un papel importante al estado en ciertas áreas (particularmente en definir y aplicar derechos de propiedad), esto es coherente con el punto de vista de Bauer. Además, el impulso general de su obra (que destaca la importancia de la limitación de la acción del estado en el desarrollo de Occidente) tiende a corroborar la postura de Bauer más que la de Rostow. Por ejemplo, Peter Burke, escribiendo sobre uno de los primeros ejemplos de desarrollo europeo (los estados mercantiles del norte de Italia y Holanda) los describe como “culturas pro-empresa en las que los gobiernos hacían relativamente poco para frustrar los designios de los mercaderes o dificultar el crecimiento económico, una característica negativa que al mismo tiempo daba a esos países una ventaja importante sobre sus competidores” Burke en Baechler, Hall y Mann 1988, 230). William H. McNeill apunta que “dentro de la propia Europa, aquellos estados que dieron más espacio al capital y el emprendimiento privados prosperaron más, mientras que sociedades mejor gobernadas en las que el bienestar por un lado y la guerra por otro reclamaban una mayor proporción de recursos disponibles, tendían a quedarse atrás”. Como líderes del crecimiento McNeill cita “a esos territorios notablemente mal gobernados como Holanda e Inglaterra” (McNeill 1980, 65). Y F.L. Jones toma como principio guía en la explicación del crecimiento un famoso pasaje de Adam Smith: “Poco más es un requisito para llevar a una estado al máximo grado de opulencia desde la barbarie más baja, salvo la paz, los bajos impuestos y una administración tolerable de justicia; todo lo demás lo proporciona el curso natural de las cosas” (Jones 1987, 234-235, citado en Stewart [1793] 1966, 68).

El nuevo paradigma generado por la obra de estos y otros investigadores ya ha ayudado a producir más grandes obras de investigación y síntesis.[21] No hace falta decir que hacen falta muchos más estudios. Pero es probable que más investigación proporcione una sustanciación adicional del punto de vista representado categóricamente por el profesor Bauer. Como observa Anderson: “El énfasis en alejarse de los puntos limitadores en una dirección fructífera de investigación sobre por qué algunas sociedades experimentaron desarrollo económico y otras no” (Anderson 1991, 73-74). En cualquier caso, el tema continuará siendo de un muy grande interés teórico para los investigadores y para muchos millones en el mundo subdesarrollado, un asunto de vida o muerte.


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[1] Cf. Roberts (1985, 75), que escribe de “la liberación general de la economía”, que estaba en camino a la autonomía en Europa occidental en 1500, si autonomía significa regulación por precios proporcionando señales no distorsionadas de demanda y un agrado importante de seguridad en la propiedad frente a la confiscación arbitraria por reyes, lores o ladrones.

[2] Cf. Rosenberg (1976, 286), que plantea la pregunta de por qué la civilización europea occidental fue capaz de evolucionar hacia una poderosa combinación única de valores culturales, sistemas de incentivos y capacidades organizativas, y remarca: “Es improbable que lleguen respuestas interesantes a esta pregunta desde una sola disciplina de ciencia social”.

[3] Las obras principales en este campo incluyen North y Thomas (1973); Baechler (1975); North (1981); Rosenberg y Birdzell (1986); Jones (1987); Baechler, Hall y Mann (1988), especialmente los ensayos de Michael Mann, John A. Hall, Alain Besançon, Karl Ferdinand Werner y Peter Burke; y Jones (1988). Resúmenes de algunas investigaciones son proporcionados por Anderson (1991) y Weede (1988) y (1990, 40-59). Ver también Osterfeld (1992, 43-46). El ensayo de McNeill (1980) hace un uso creativo de los conceptos fundamentales de la aproximación.

[4] F.A. Hayek en la década de 1950 se refería a “una interpretación socialista de la historia que ha gobernado el pensamiento político durante las últimas dos o tres generaciones y que consiste principalmente en una visión concreta de la historia económica”. Ver Hayek (1954, 7).

[5] La idea de una fuerte conexión entre la libertad relativa de la sociedad europea y su éxito económico puede, por supuesto, remontarse a autores muy anteriores, incluyendo los de tradición histórica whig. Aquí se le considera en el contexto de la historiografía reciente, sobre todo la económica.

[6] Un tema secundario (Landes 1970, 21-22) es el carácter de la Weltanschauung europea.  Landes apunta el énfasis en la racionalidad en la cultura europea, en relación otras, estimulado por elementos del cristianismo y que en último término puede remontarse al desprecio del judaísmo por la magia y la superstición.

[7] Cf. Baechler (1975, 74): Europa era “una sociedad basada en la misma civilización moral y material que nunca acabó en unidad política, en resumen, en un imperio”.

[8] Cf. Douglass C. North, «Ideology and the Free Rider Problem», en North (1981, 45-58).

[9] Agradezco a Leonard P. Liggio que llamara mi atención sobre este ensayo.

[10] Cf. Roberts (1985, 67-69), sobre la reforma gregoriana y su comentario 68-69: “la conservación de un idea de libertad  y su transmisión al futuro debe así algo incalculable a las peleas entre iglesia y estado”.

[11] Ver el gran ensayo de Lord Acton, “La historia de la libertad en el cristianismo” (Acton 1956): “A ese conflicto de cuatrocientos años [entre la Iglesia y los gobernantes temporales] debemos el auge de al libertad civil (…) aunque la libertad no era el fin por el que luchaban, era el medio por el que poder temporal y el espiritual llamaban a las naciones en su ayuda. Los pueblos de Italia y Alemania obtuvieron sus franquicias, Francia consiguió sus Estados Generales e Inglaterra su Parlamento en las diversas alternativas de la disputa y mientras duró impidió el auge del derecho divino” (86-87).

[12] Cf. Chirot (1986, 23): “la principal razón para la racionalización legal de Occidente fue por tanto la lucha larga, indecisa y de múltiples bandos entre reyes, nobles, la iglesia y los pueblos”.

[13] Ver A.R. Myers (1975, 24), que dice de estos cuerpos parlamentarios: “florecieron en un momento u otro en todo reino de la cristiandad latina. Los primeros aparecieron claramente hacia el final del siglo XII en el reino hispano de León, en el siglo XIII en Castilla, Aragón (y también en Cataluña y Valencia), Portugal, Sicilia, el Imperio y algunos de los estados constituyentes como Brandemburgo y Austria y en Inglaterra e Irlanda. En el siglo XIV (…) en Francia (…) Holanda, Escocia, más estados alemanes e italianos y Hungría; en el siglo XV (…) en Dinamarca, Suecia y Polonia”.

[14] Cf. Chirot (1986, 18): “los estado generales borgoñones se reunieron 160 veces entre 1464 y 1567, ejercitando grandes poderes fiscales y defendiendo los derechos de villas y mercaderes”.

[15]  Cf. Baechler (1975, 79): “Si la estructura política general de Occidente era favorable a la expansión económica, sería más notables en el país en el que el poder político estuviera más limitado y tolerada la máxima autonomía de la sociedad civil”. Ese país, según Baechler, era Inglaterra.

[16] Ver también los capítulos sobre la China Sung y Japón en Jones 1988.

[17] Comparar con Carlyle y Carlyle (1950, 512): “Y lo más notable es que Budé, que estableció en Francia la doctrina de la monarquía absoluta en los términos más extravagantes, debería al mismo tiempo sentirse obligado a dirigir la atención al hecho de que los reyes franceses se sometieran al juicio del Parlamento de París y de que Bodin debería haber contestado que los jueces deberían ser permanentes e irremovibles, excepto por procesos legales, porque el reino debía estar gobernado por leyes y no por la mera voluntad del príncipe”.

[18] Rosenberg dice que la interpretación tecnológica de la filosofía marxista de la historia se basa en unas pocas “afirmaciones apriorísticas, a menudo lanzadas en el calor del debate” (1982, 36). Sin embargo en ningún lugar de su ensayo alude al locus classicus del tema, el prólogo de Marx a Una contribución a la crítica de la economía política (Marx [1859] 1969b).

[19] Anderson (1991, 41) rechaza el cambio tecnológico como una variable independiente que explique el crecimiento económico: “La tecnología se ve más apropiadamente como dependiente de la estructura institucional y la disponibilidad de capital, incluyendo ‘capital humano’ expresado como una mano de obra formada, capaz y sana. La disponibilidad de capital es a su vez dependiente de una serie de instituciones favorables”.

[20] El tono desdeñoso de Rostow en su trato a Bauer npueden habervisto afectado por la crítica devastadora de Bauer de la obra magna de Rostow, Las etapas del crecimiento económico. Ver Bauer (1972: 477-489).

[21] Ver, por ejemplo, Roberts (1985): Chirot (1986) y Kennedy (1987, 19-20), donde el autor de este célebre libro escribe del “crecimiento descentralizado y en buena parte no supervisado del comercio y los mercaderes y puertos y mercados [en Europa] no hay forma en que esos desarrollos económicos puedan suprimirse completamente (…) no existía autoridad uniforme en Europa que pudiera detener en la práctica este o aquel desarrollo comercial; ningún gobierno central cuyo cambio en prioridades pudiera causar el auge o caída de un sector concreto; ningún saqueo sistemático y universal de empresarios y emprendedores por recaudadores de impuestos que retardara tanto la economía como en la India mogol”.


Publicado el 10 de mayo de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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