Ámbito y método de la cataláctica

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[Este artículo se ha extraído del capítulo 14 de La acción humana]

1.     La delimitación de los problemas catalácticos

Nunca ha habido ninguna duda ni incertidumbre acerca del ámbito de la ciencia económica. Desde que la gente ha ansiado un estudio sistemático de la economía o de la economía política, todos han estado de acuerdo en que es tarea de esta rama del conocimiento investigar los fenómenos del mercado, es decir, la determinación de los tipos de intercambio mutuo de los bienes y servicios negociados en los mercados, su origen en la acción humana y sus efectos en acciones posteriores.

La complejidad de una definición precisa del ámbito de la economía no deriva de la incertidumbre con respecto a la órbita de los fenómenos a investigar. Se debe al hecho de que los intentos de esclarecer los fenómenos afectados deben ir más allá del ámbito del mercado y las transacciones del mercado. Para concebir completamente el mercado uno está obligado a estudiar la acción de hipotéticos individuos aislados por un lado y comparar el sistema de mercado con una comunidad socialista imaginaria por el otro.

Al estudiar el intercambio interpersonal uno no puede evitar ocuparse del intercambio autista. Pero entonces ya no es posible definir claramente los límites entre el tipo de acción que es el campo propio de la ciencia económica en el sentido más estrecho y otra acción. La economía amplía su horizonte y se convierte en una ciencia general de todas y cada una de las acciones humanas, en praxeología. Aparece la pregunta de cómo distinguir con precisión, dentro del campo más amplio de la praxeología general, una órbita más estrecha de los problemas específicamente económicos. Los intentos fallidos por resolver este de una delimitación precisa del ámbito de la cataláctica han elegido como criterio o los motivos que causan la acción o los objetivos a los que apunta la acción. Pero la variedad y multitud de los motivos que instigan una acción humana no dejan de tener relevancia para un estudio completo de la acción.

Toda acción está motivada por el deseo de eliminar una incomodidad percibida. No importa para la ciencia de la acción cómo califique la gente esta incomodidad desde un punto de vista fisiológico, psicológico o ético. Es tarea de la economía ocuparse de todos los precios de materiales como realmente se pidan y paguen en las transacciones de mercado. No debe restringir sus investigaciones al estudio de aquellos precios resultantes o que probablemente resulten de una conducta que muestre actitudes a las que la psicología, la ética o cualquier otra manera de ver el comportamiento humano atribuyan una etiqueta concreta.

La clasificación de acciones de acuerdo con los diversos motivos puede ser esencial para la psicología y puede proporcionar una forma de medir las valoraciones morales; para la economía es indiferente. Esencialmente lo mismo es válido con respecto a los esfuerzos por restringir el ámbito de la economía a aquellas acciones que buscan proporcionar a la gente cosas materiales tangibles del universo externo. Hablando estrictamente, la gente no ansía los bienes materiales como tales, sino por los servicios que estos bienes pueden proporcionarles. Quieren conseguir el aumento en el bienestar que estos servicios son capaces de producir. Pero si es así, no es tolerable exceptuar de la órbita de una acción “económica” aquellas acciones que eliminan directamente la incomodidad sin la interposición de ninguna cosa tangible y visible. El consejo de un doctor, la formación de un maestro, el recital de un artista y otros servicios personales no son menos objeto de estudio de la economía que los planes de un arquitecto para la construcción de un edificio, la fórmula del científico para la fabricación de un componente químico y la contribución del autor a la publicación de un libro.

El objeto de la cataláctica son todos los fenómenos del mercado con todas sus raíces, ramificaciones y consecuencias. Es un hecho que la gente al tratar con el mercado se ve motivada no solo por el deseo de conseguir alimento, vivienda y disfrute sexual, sino también por multitud de necesidades “ideales”. El hombre que actúa está siempre preocupado tanto por cosas “materiales” como “ideales”. Elige entre diversas alternativas, sin que importe si han de clasificarse como materiales o ideales. En las escalas reales de valor, se entremezclan las cosas materiales e ideales. Incluso si fuera factible dibujar una línea clara entre preocupaciones materiales e ideales, uno debe darse cuenta de que toda acción concreta o apunta a la satisfacción de ambos fines, materiales e ideales, o es el resultado de una elección entre algo material y algo ideal.

El si es posible separar claramente aquellas acciones que buscan la satisfacción de necesidades exclusivamente condicionadas por la constitución fisiológica del hombre de otras necesidades “superiores” puede quedar sin resolver. Pero no debemos olvidar el hecho de que en realidad ninguna comida se valora únicamente por su poder nutritivo ni ninguna ropa o casa solo por la protección que ofrece frente al frío y la lluvia. No puede negarse que la demanda de bienes está ampliamente influida por consideraciones metafísicas, religiosas y éticas, por juicios estéticos de valor, por costumbres, hábitos, prejuicios, tradiciones, cambios en la moda y muchas otras cosas. Para un economista que intentara restringir estas investigaciones a solo aspectos “materiales”, la materia de investigación se desvanece tan pronto como intenta atraparla.

Todo lo que puede sostenerse es esto: La economía se preocupa principalmente del análisis de la determinación de los precios monetarios de bienes y servicios intercambiados en el mercado. Para cumplir esta tarea debe empezar desde una teoría completa de la acción humana. Además, debe estudiar, no solo los fenómenos del mercado, sino asimismo la conducta hipotética de un hombre aislado y de una comunidad socialista. Finalmente, no debe restringir sus investigaciones a aquellos modos de acción que en lenguaje mundano se llaman acciones “económicas”, sino que debe ocuparse también de las acciones que son llamadas “no económicas” en un modo general de hablar.

El ámbito de la praxeología, la teoría general de la acción humana, puede definirse y circunscribirse con precisión. Los problemas específicamente económicos, los problemas de la acción económica en el sentido más esstrechi, solo pueden derivar en general del cuerpo completo de la teoría praxeológica. Los hechos accidentales de la historia de la ciencia de las convenciones desempeñan un papel en todos los intentos de proporcionar una definición del ámbito de la economía “genuina”.

No es el rigor lógico o epistemológico, sino las consideraciones de conveniencia y la convención tradicional las que nos hacen declarar que el campo de la cataláctica o de la economía en el sentido más estrecho es el análisis de los fenómenos del mercado. Esto equivale de declarar: La cataláctica es el análisis de aquellas acciones que se llevan a cabo basándose en el cálculo monetario. El intercambio del mercado y el cálculo monetario están inseparablemente unidos entre sí. Un mercado en el que hay intercambio directo es solo una construcción imaginaria. Por otro lado, dinero y cálculo monetario están condicionados por la existencia del mercado.

Indudablemente una de las tareas de la economía es analizar el funcionamiento de un sistema socialista imaginario de producción. Pero además el acceso a este estudio solo es posible mediante el estudio de la cataláctica, la explicación de un sistema en el que hay precios monetarios y cálculo económico.

La negación de la economía

Hay doctrinas que niegan de plano que pueda haber una ciencia de la economía. Lo que se enseña hoy en día en la mayoría de las universidades bajo el título de economía es en la práctica una negación de esta.

Quien discute la existencia de la economía en la práctica niega que el bienestar del hombre se vea afectado por cualquier escasez de factores externos. Todos, insinúa, podrían disfrutar de la perfecta de todos sus deseos, siempre que se tenga éxito en una reforma que supere ciertos obstáculos producidos por instituciones inapropiadas creadas por el hombre. La naturaleza es generosa; otorga profusamente regalos a la humanidad. Las condiciones podían ser paradisíacas para un número infinito de personas. La escasez es un producto artificial de las prácticas existentes. La abolición de dichas prácticas generaría abundancia.

En la doctrina de Karl Marx y sus seguidores, la escasez es solo una categoría histórica. Es la característica de la historia primigenia de la humanidad que será liquidada para siempre con la abolición de la propiedad privada. Una vez la humanidad haya realizado el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad[1] y por tanto llegado a la “fase superior de una sociedad comunista”, habrá abundancia y por tanto será posible dar “a cada uno según sus necesidades”.[2]

No hay en la enorme marea de escritos marxistas ni la más ligera alusión a la posibilidad de que una sociedad comunista en su “fase superior” pueda tener que afrontar una escasez de factores naturales de producción. El hecho de la desutilidad del trabajo se desvanece con la afirmación de que trabajar, bajo el comunismo por supuesto, ya no será un dolor sino un placer, “la necesidad primaria de la vida”.[3]

Las desagradables experiencias del “experimento” ruso se interpretan como causadas por la hostilidad del capitalismo, por el hecho de que el socialismo en un país no es todavía perfecto y por tanto aún no ha sido capaz de traer la “fase superior” y, más recientemente, por la guerra.

Luego están los inflacionistas radicales, representados, por ejemplo, por Proudhon y Ernest Solvay. En su opinión, la escasez se crea por los controles artificiales a la expansión del crédito y otros métodos de aumentar la cantidad de dinero en circulación, unido al público engañado por los intereses egoístas de clase de banqueros y otros explotadores. Recomiendan el gasto público ilimitado como panacea.

Así es el mito del potencial llenado y abundancia. La economía puede dejar a los historiadores y psicólogos la explicación de la popularidad de este tipo de pensamiento ilusorio y dedicación a soñar despierto.  Todo lo que puede decir la economía sobre esa verborrea es que la economía se ocupa con los problemas que debe afrontar el hombre  teniendo en cuenta que su vida está condicionada por factores naturales. Se ocupa de la acción, es decir, de los esfuerzos conscientes de eliminar en la medida de lo posible la incomodidad sentida. No tiene nada que decir con respecto al estado de cosas en un universo de oportunidades ilimitadas, inalcanzable e incluso inconcebible para la razón humana.

En un mundo así, hay que reconocer que no habría ley del valor, ni escasez ni problemas económicos. Estarían ausentes porque no habría decisiones a tomar, ni acción ni tareas a resolver por la razón. Los seres que habrían prosperado en un mundo así nunca habrían desarrollado el razonamiento y le pensamiento. Si alguna vez se entregara ese mundo a los descendientes de la raza humana, estos seres afortunados verían que su poder de pensar se desvanecería y dejarían de ser humanos. Pues la principal tarea de la razón es ocuparse conscientemente de las limitaciones planteadas al hombre por la naturaleza, es luchar contra la escasez. El hombre que actúa y piensa es el producto de un universo de escasez en el que cualquier bienestar que pueda alcanzarse es el premio al trabajo duro y las tribulaciones, de realiza lo que popularmente se llaman economías.

2.     El método de las construcciones imaginarias

El método específico de la economía es el método de las construcciones imaginarias.

Este método es el método de la praxeología. El que haya sido cuidadosamente desarrollado y perfeccionado en el campo de los estudios económicos en el sentido estrecho se debe al hecho de que la economía, al menos hasta ahora, ha sido la parte mejor desarrollada de la praxeología. Todo el que quiere expresar una opinión acerca de los problemas comúnmente llamados económicos recurre a este método.

El empleo de esta construcción imaginaria no es, ciertamente, un procedimiento exclusivo del análisis científico de estos problemas. El hombre corriente que los trate recurre al mismo método. Pero mientras que las construcciones del hombre corriente son más o menos confusas y embrolladas, la economía trata de desarrollarlas con el máximo cuidado, escrupulosidad y precisión y de examinar críticamente sus condiciones y supuestos.

Una construcción imaginaria es una imagen conceptual de una secuencia de acontecimientos desarrollada lógicamente de los elementos de la acción empleados en su formación. Es un producto de la deducción, que deriva en último término de la categoría fundamental de la acción, el acto de preferir y renunciar. Al diseñar esa construcción imaginaria al economista no le preocupa la cuestión de si refleja o no las condiciones de la realidad que quiere analizar. Tampoco le preocupa la cuestión de si un sistema como el que plantea su construcción imaginaria podría concebirse como realmente existente y funcionando. Incluso construcciones imaginarias que son inconcebibles, contradictorias o irrealizables pueden proporcionar servicios útiles, incluso indispensables, en la comprensión de la realidad, siempre que el economista sepa cómo utilizarlas adecuadamente.

El método de las construcciones imaginarias se justifica por su éxito. La praxeología no puede, como las ciencias naturales, basar sus enseñanzas en experimentos de laboratorio y percepción sensorial de objetos externos. Tuvo que desarrollar métodos completamente distintos de los de la física y la biología. Sería un grave error buscar analogías con las construcciones imaginarias en el campo de las ciencias naturales. Las construcciones imaginarias de la praxeología nunca pueden afrontarse con ninguna experiencia de cosas externas y nunca pueden valorarse desde el punto de vista de dicha experiencia. Su función es servir al hombre en una investigación en la que no puede confiar en sus sentidos. Al comparar las construcciones imaginarias con la realidad no podemos plantear la pregunta de si se corresponden con la experiencia y muestra adecuadamente los datos empíricos. Debemos preguntar si los supuestos de nuestra construcción son idénticos a las condiciones de aquellas acciones que queremos entender.

La principal fórmula para idear construcciones imaginarias es abstraerse del funcionamiento de algunas condiciones presentes en la acción real. Entonces estamos en disposición de entender las consecuencias hipotéticas de la ausencia de estas condiciones y entender los efectos de su existencia. Así concebimos la categoría de acción construyendo la imagen de un estado en el que no hay acción, ya sea porque el individuo se encuentra completamente contento y no siente ninguna incomodidad o porque no conoce ningún procedimiento del que pueda esperarse una mejora en su bienestar (estado de satisfacción). Así concebimos la idea del interés originario por una construcción imaginaria en la que no se hace ninguna distinción entre satisfacciones en periodos de tiempo de igual longitud pero desiguales con respecto a su distancia del instante de la acción.

El método de las construcciones imaginarias es indispensable para la praxeología: es el único método de investigación praxeológica y económica: Es sin duda un método difícil de manejar porque puede fácilmente generar silogismos falsos. Se encuentra al filo de una navaja: en ambos lados yace el abismo del absurdo y el sinsentido. Solo la autocrítica despiadada puede evitar que un hombre caiga de cabeza en estas profundidades abisales.

3.     La economía de mercado pura

La construcción imaginaria de una economía de mercado pura o no intervenida supone que hay división del trabajo y propiedad (control) privada de los medios de producción y que consecuentemente hay intercambio mercantil de bienes y servicios. Supone que el funcionamiento de los mercados no está obstruido por factores institucionales. Supone que el gobierno, el aparato social de compulsión y coacción trata de preservar la operación del sistema de mercado, se abstiene de entrometerse en su funcionamiento y lo protege contra obstáculos por parte de otra gente. El mercado es libre: no hay interferencia de factores extraños al mercado con precios, salarios y tipos de interés.

A partir de estos supuestos, la economía trata de dilucidar el funcionamiento de una economía de mercado pura. Solo en una etapa posterior, tras haber agotado todo lo que pueda aprenderse del estudio de esta construcción imaginaria, se empieza el estudio de los diversos problemas planteados por la interferencia en el mercado por parte del gobierno y otras agencias que emplean coacción y compulsión.

Es asombroso que este procedimiento lógicamente indiscutible, el único apropiado para resolver los problemas que implica, haya sido atacado apasionadamente. La gente lo ha calificado como un prejuicio a favor de una política económica liberal, a la que estigmatizan como reaccionaria, realismo económico, manchesterismo, negativismo y así sucesivamente. Niegan que pueda conseguirse nada para el conocimiento de la realidad dedicándose a esta construcción imaginaria. Sin embargo, estos turbulentos críticos se contradicen al recurrir al mismo método al exponer sus propias afirmaciones. Al reclamar salarios mínimos muestran las supuestas condiciones insatisfactorias de un mercado libre y al reclamar aranceles describen los supuestos desastres producidos por el libre comercio. Por supuesto, no hay otra forma posible de explicación de una medida que limite el libre juego de los factores que operan en un mercado no intervenido que estudiar primero el estado de cosas que prevalecería bajo libertad económica.

Es verdad que los economistas en sus investigaciones han llegado a la conclusión de que los objetivos que la mayoría de la gente, prácticamente incluso toda la gente, trata de obtener por el trabajo y por la política económica pueden realizarse mejor allí donde el sistema de libre mercado no se ve obstaculizado por los decretos del gobierno. Pero no es un juicio preconcebido que derive de una ocupación insuficiente del funcionamiento de la interferencia del gobierno con los negocios. Por el contrario, es el resultado de un análisis cuidadoso no partidista de todos los aspectos del intervencionismo.

También es verdad que los economistas clásicos y sus epígonos solían llamar “natural” al sistema de economía de mercado no intervenida  y “artificial” y “perturbador” al gobierno entrometiéndose en los fenómenos del mercado. Pero esta terminología también era el producto de su cuidadoso escrutinio de los problemas del intervencionismo. Estaba en conformidad con la práctica semántica de su tiempo de reclamar un estado indeseable de asunto sociales “contrario a la naturaleza”.

El teísmo y el deísmo de la época de la Ilustración veía la regularidad de los fenómenos naturales como una emanación de los dictados de la providencia. Cuando los filósofos de la Ilustración descubrieron que también prevalecía una regularidad de fenómenos en la acción humana y la evolución social estaban preparados para interpretarlo igualmente como evidencia del cuidado paternal del Creador del universo. Este era el verdadero significado de la doctrina de la armonía predeterminada expuesta por algunos economistas.[4]

La filosofía social del despotismo paternalista destacaba la misión divina de reyes y autócratas predestinados a gobernar a los pueblos. Los liberales replicaban que el funcionamiento de un mercado no intervenido, en el que el consumidor (es decir, todo ciudadano) es soberano, produce resultados más satisfactorios que los decretos de gobernantes ungidos. Observad el funcionamiento del sistema de mercado, decían, y descubriréis en él la mano de Dios.

Junto con la construcción imaginaria de una economía de mercado pura, los economistas clásicos desarrollaron su contrapartida lógica, la construcción imaginaria de una comunidad socialista. En el proceso heurístico que llevó finalmente al descubrimiento del funcionamiento de una economía de mercado, esta imagen de un orden socialista tenía incluso una prioridad lógica. La cuestión que preocupaba a los economistas era si un sastre podía obtener pan y zapatos si no había ningún decreto público que obligue al panadero y el zapatero a atender sus necesidades. La primera idea fue que hace falta una interferencia autoritaria para hacer que cada especialista sirva a sus conciudadanos. Los economistas se sorprendieron cuando descubrieron que no hacía falta esa compulsión. Al contrastar productividad y rentabilidad, interés propio y bienestar público, egoísmo y altruismo, los economistas se referían implícitamente a la imagen de un sistema socialista.

Su asombro por la dirección “automática”, por decirlo así, del sistema de mercado se debía precisamente al hecho de que se dieron cuenta de que un estado “anárquico” de producción hace que atienda mejor a la gente que con las órdenes de un gobierno omnipotente centralizado. La idea del socialismo (un sistema de división del trabajo controlado y dirigido completamente por una autoridad planificadora) no se originó en las mentes de reformistas utópicos. Estos utópicos más bien buscaban la coexistencia de pequeños cuerpos autosuficiente, como por ejemplo los falansterios de Fourier. El radicalismo de los reformistas les dirigió al socialismo cuando vieron la imagen de una economía dirigida por un gobierno nacional o autoridad mundial, implícita en las teorías de los economistas, como un modelo para su nuevo orden.

La maximización de los beneficios

Se cree por lo general que los economistas, al ocuparse de los problemas de una economía de mercado, son bastante poco realistas al suponer que todos los hombres ansían obtener la mayor ventaja posible. Construyen, se dice la imagen de un ser perfectamente egoísta y racional para el que no cuenta nada que no sea el beneficio. Ese homo economicus puede ser un corredor de bolsa o especulador. Pero la inmensa mayoría es muy diferente. No puede obtenerse ningún conocimiento de la realidad del estudio de la conducta de esta imagen engañosa.

No es necesario volver a realizar una refutación de todas las confusiones, errores y distorsiones propios de esta idea. Las dos primeras partes de este libro han desenmascarado las falacias implícitas. En este momento basta con ocuparse del problema de la maximización de los beneficios.

La praxeología en general y la economía en este campo concreto no supone con respecto a la acción humana nada más que el que el hombre que actúa quiere eliminar la incomodidad. Bajo las condiciones concretas de operación en el mercado, la acción significa comprar y vender. Todo lo que afirma la economía sobre oferta y demanda se refiere a todo caso de oferta y demanda y no solo a la oferta y demanda producida por algunas circunstancias especiales que requieran una descripción o definición particular.

Afirmar que un hombre, ante la alternativa de conseguir más o menos de un producto que desea vender, elige ceteris paribus el precio más alto, no requiere ninguna suposición adicional. Un precio más alto significa para el vendedor una mejor satisfacción de sus deseos. Lo mismo se aplica mutatis mutandis al comprador. La cantidad ahorrada en la compra del producto referido  le permite gastar más en la satisfacción de otras necesidades. Comprar en el mercado más barato y vender en el más caro no es, en igualdad de condiciones, una conducta que presuponga ninguna suposición especial respecto de los motivos y moralidad del actor. Es simplemente el resultado necesario de cualquier acción bajo las condiciones de intercambio del mercado.

En su aspecto de empresario, un hombre es un servidor de los clientes, obligado a cumplir sus deseos. No puede permitirse sus propios caprichos y gustos. Pero los caprichos y gustos de sus clientes por para él la ley definitiva, siempre que estos clientes estén dispuestos a pagar por ellos. Tiene la necesidad de ajustar su conducta a la demanda de los consumidores. Si los consumidores, sin gusto por lo bello, prefieren cosas feas y vulgares, debe, contra sus convicciones, proporcionarles esas cosas.[5]

Si los consumidores no quieren pagar un precio más alto por productos nacionales que por los producidos en el exterior, debe comprar el producto extranjero, siempre que sea más barato. Un empresario no puede conceder favores a costa de sus clientes. No puede pagar salarios más altos de los determinados por el mercado si los compradores no están dispuestos a pagar precios proporcionalmente más altos por productos fabricados en plantas en las que los salarios son más altos que en otras.

Todo es distinto en el hombre en su capacidad de gastador de su renta. Es libre de hacer lo que más le guste. Puede dar limosnas. Puede, motivado por diversas doctrinas y prejuicios, discriminar entre bienes de cierto origen o fuente y preferir el producto peor o más caro al (tecnológicamente) mejor y más barato.

Por norma, la gente que compra no hace regalos al comprador. Pero sin embargo pasa eso. Los límites entre comprar bienes y servicios necesarios y dar limosnas son a veces difíciles de discernir. Quien compra en un mercado de caridad normalmente combina una compra con una donación para un fin caritativo. Quien da unos céntimos a un músico ambulante ciego indudablemente no paga la cuestionable interpretación; simplemente da una limosna.

El hombre al actuar es una unidad. El empresario que posee toda la empresa puede a veces eliminar los límites entre negocio y caridad. Si quiere aliviar a un amigo apurado, la delicadeza de sentimientos le puede impulsar a recurrir a un procedimiento que quite a este último el embarazo de vivir de las limosnas. Da al amigo un trabajo en su oficina aunque no necesite su ayuda o pueda contratar a un oficinista equivalente con menos salario. Así el salario concedido parece formalmente como parte de los desembolsos del negocio. De hecho, es el gasto de una fracción de la renta del empresario. Desde un punto de vista correcto, es consumo y no un gasto pensado para aumentar los beneficios de la empresa.[6]

Hay errores enormes debido a la tendencia a mirar solo cosas tangibles, visibles y medibles y olvidar todo lo demás. Lo que compra el consumidor no es simplemente alimento o calorías. No quiere comer como un lobo, quiere comer como un hombre. La comida satisface mejor el apetito de mucha gente cuanto más apetitosa y gustosa se prepare, mejor se disponga la mesa y más agradable sea el entorno en que se consume. Esas cosas se consideran como sin consecuencias en una consideración exclusivamente ocupada por los aspectos químicos del proceso de digestión.[7] Pero el hecho de que desempeñen un papel importante en la determinación de los precios de los alimentos es perfectamente compatible con la afirmación de que la gente, ceteris paribus, prefiere comprar en el mercado más barato. Siempre que un comprador, al elegir entre dos cosas que químicos y tecnólogos consideran perfectamente iguales, prefiere la más cara, tiene una razón.

Si no se equivoca, paga por servicios que la química y la tecnología no pueden entender con sus métodos concretos de investigación. Si un hombre prefiere un lugar más caro a uno más barato porque le gusta tomar sus cócteles junto a un duque, podemos hacer notar su ridícula vanidad. Pero no debemos decir que la conducta del hombre no se dirija a una mejora en su propio estado de satisfacción.

Lo que hace un hombre siempre se dirige a una mejora en su estado de satisfacción. En este sentido (y no en ningún otro) somos libres de usar el término egoísmo y destacar que la acción es necesariamente siempre egoísta. Incluso una acción dirigida directamente a la mejora de las condiciones de otras personas es egoísta. El actor considera más satisfactorio para él hacer que coma otra gente que comer él mismo. Su incomodidad está causada por el hecho de que otra gente pasa necesidad.

Es un hecho que mucha gente se comporta de otra manera y prefiere llenar su propio estómago y no el de sus conciudadanos. Pero esto no tiene nada que ver con la economía: es un dato de la experiencia histórica. En todo caso, la economía se refiere a todo tipo de acción, sin que importe si motivada por la necesidad de comer de un hombre o de hacer que coma otra gente.

Si maximizar los beneficios significa que un hombre en todas las transacciones de mercado busca aumentar todo lo posible las ventajas obtenidas, es un circunloquio pleonástico y perifrástico. Solo afirma lo que está implícito en la misma categoría de acción. Si significa otra cosa, es la expresión de una idea errónea.

Algunos economistas creen que es tarea de la economía establecer cómo puede conseguirse en toda la sociedad la mayor satisfacción posible de toda la gente o de su mayor número. No se dan cuenta de que no hay método que nos permita medir el estado de satisfacción alcanzado por diversos individuos. Equivocan en carácter de los juicios que se basan en la comparación entre las felicidades de diversas personas. Al expresar juicios arbitrarios de valor, creen estar estableciendo hechos. Uno pueda calificar de justo robar al rico para dar regalos al pobre. Sin embargo, llamar a algo justo o injusto es siempre un juicio subjetivo de valor y como tal puramente personal e imposible de validar o falsar. La economía no pretende pronunciar juicios de valor. Busca conocer las consecuencias de ciertos modos de actuar.

Se ha afirmado que las necesidades fisiológicas de todos los hombres son del mismo tipo y que esta igualdad proporciona un patrón para la medición del grado de su satisfacción objetiva. Al expresar esas opiniones y recomendar el uso de dichos criterios como guía para la política del gobierno, se propone ocuparse de la gente como el criador se ocupa de su ganado. Pero los reformistas no se dan cuenta de que no hay un principio universal de alimentación válido para todos los hombres. Cuál sea el principio de entre los varios que se elija depende completamente de los objetivos que uno quiera alcanzar. El ganadero no alimenta a sus vacas para hacerlas felices, sino para alcanzar fines que les ha asignado en sus propios planes. Puede preferir más leche o más carne o cualquier otra cosa. ¿Qué tipo de hombres quieren criar los ganaderos de hombre: deportistas o matemáticos? ¿Guerreros u obreros de fábricas? Quien haga del hombre el material de un sistema intencionado de cría y alimentación se arrogaría poderes despóticos y usaría a sus conciudadanos como medio para alcanzar sus propios fines, que difieren de los que aquellos están buscando.

Los juicios de valor de un individuo diferencian entre lo que le hace más y menos feliz. Los juicios de valor que pronuncia un hombre acerca de la satisfacción de otro hombre no afirman nada acerca de la satisfacción de este último. Solo afirman qué condición de este otro hombre satisface mejor al hombre que pronuncia el juicio. Los reformistas que buscan el máximo de satisfacción general nos han dicho simplemente qué estado de asuntos de otra gente se ajustaría mejor a ellos mismos.

4.     La economía autista

Ninguna construcción imaginaria ha causado más afrenta que la de un actor económico aislado completamente dependiente de sí mismo. Sin embargo, la economía no puede arreglárselas sin ella. Para estudiar el intercambio personal debe compararse con condiciones bajo las cuales está ausente. Construye dos variedades de la imagen de una economía autista en las que solo hay intercambio autista: la economía de un individuo aislado y la economía de una sociedad socialista. Al emplear esta construcción imaginaria lo economistas no se preocupan acerca del problema de si un sistema así podría funcionar realmente o no.[8] Son completamente conscientes del hecho de que su construcción imaginaria es ficticia.

Robinson Crusoe, que, aun así, puede haber existido y el director general de una comunidad socialista perfectamente aislada que nunca existió, no habrían estado en disposición de planificar ya que la gente solo puede hacerlo cuando recurre al cálculo económico. Sin embargo, en el marco de nuestra construcción imaginaria somos libres de suponer que podrían calcular siempre que esa ficción pueda ser útil para la explicación de un problema específico del que hay que ocuparse.

La construcción imaginaria de una economía autista está en el fondo de la distinción popular entre productividad y rentabilidad al desarrollarse como vara de medir de los juicios de valor. Quienes recurren a esta distinción consideran a la economía autista, especialmente la de tipo socialista, como el sistema más deseable y perfecto de gestión económica. Todo fenómeno de la economía de mercado se juzga en relación con si podría o no estar justificado desde el punto de vista de un sistema socialista. Solo a las acciones que fueran intencionadas en los planes de tal director del sistema son valores positivos y puede atribuírseles el calificativo de productivas. Todas las demás actividades realizadas en la economía de mercado son calificadas como improductivas a pesar del hecho de que pueden ser rentables para los que las realicen. Así, por ejemplo, la promoción de ventas, la publicidad y la banca se consideran actividades rentables pero improductivas.

La economía, por supuesto, no tiene nada que decir acerca de dichos juicios arbitrarios de valor.

5.     El estado de reposo y la economía en rotación constante

El único método de tratar el problema de la acción es concebir que la acción en definitiva pretende producir un estado de cosas en el que ya no haya ninguna acción, ya sea porque todas las incomodidades se han eliminado o porque cualquier eliminación añadida de incomodidad sentida está fuera de lugar. Así que la acción tiende hacia un estado de reposo, de ausencia de acción.

La teoría de los precios analiza por tanto el intercambio interpersonal desde este punto de vista. La gente sigue intercambiando en el mercado hasta que ya no es posible ningún intercambio más porque ninguna parte espera ninguna mejora más de sus condiciones obtenidas mediante un nuevo acto de intercambio. Los compradores potenciales consideran que los precios pedidos por los potenciales vendedores son insatisfactorios y viceversa. No tienen lugar más transacciones. Aparece un estado de reposo. Este estado de reposo, al que podemos llamar estado de reposo simple, no es una construcción imaginaria. Se produce una y otra vez. Cuando cierra la bolsa, los corredores han efectuado todas las órdenes que podían ejecutarse al precio del mercado. Solo aquellos potenciales vendedores y compradores que consideran el precio de mercado demasiado bajo o demasiado alto respectivamente no han vendido o comprado.[9] Lo mismo vale para todas las transacciones. Toda la economía de mercado es un enorme lugar de intercambio o mercado, por decirlo así. A cada instante tienen lugar todas esas transacciones en las que las partes están dispuestas a acceder al precio factible. Solo pueden efectuarse nuevas ventas cuando han cambiado las valoraciones de al menos una de las partes.

Se ha afirmado que la noción del estado de reposo simple resulta insatisfactoria. Se refiere, ha dicho la gente, solo a la determinación de los precios de bienes de los cuales ya hay disponible una oferta definida y no dice nada acerca de los efectos producidos por estos precios sobre la producción. La objeción no tiene fundamento. Los teoremas implícitos en la nación del estado de reposo simple son válidos con respecto a todas las transacciones sin excepción. Es verdad que los compradores de factores de producción se dedicarán de inmediato a producir y muy pronto volverán al mercado para vender sus productos y comprar lo que quieren para su propio consumo y continuar los procesos de producción. Pero esto no invalida el esquema. Este esquema, por cierto, no dice que el estado de reposo dure. La calma indudablemente desaparecerá tan pronto como cambien las condiciones del momento que lo trajo.

La noción de estado de reposo simple no es una construcción imaginaria, sino la descripción adecuada de lo que ocurre una y otra vez en todo mercado.

En este sentido, difiere radicalmente de la construcción imaginaria del estado de reposo final. Al ocuparnos del estado de reposo simple, solo miramos lo que está pasando ahora mismo. Restringimos nuestra atención a lo que ha ocurrido momentáneamente y descartamos lo que ocurrirá después, en el siguiente instante o mañana o más tarde. Solo nos ocupamos de los precios realmente pagados en ventas, es decir, de los precios del pasado inmediato. No nos preguntamos si los precios futuros igualarán o no a estos.

Pero ahora vamos un paso más allá. Prestamos atención a factores que producirán una tendencia a cambios en el precio. Tratamos de descubrir a qué objetivo debe llevar esta tendencia antes de que toda su fuerza motriz se agote y aparezca un nuevo estado de reposo. El precio que se corresponda con este futuro estado de reposo fue llamado precio natural por los economistas antiguos; hoy en día se usa a menudo la expresión precio estático. Para evitar asociaciones equívocas, es más conveniente llamarlo el precio final y por tanto hablar del estado de reposo final.

Este estado de reposo final es una construcción imaginaria, no una descripción de la realidad. Pues el estado de reposo final nunca se alcanzará. Aparecerán nuevos factores perturbadores antes de que se consiga. Lo que hace necesario recurrir a esta construcción imaginaria es el hecho de que el mercado en cada instante se está moviendo hacia un estado de reposo final. Cada nuevo instante posterior puede crear nuevos hechos que alteran este estado de reposo final. Pero el mercado está siempre inquieto en busca de un estado de reposo final concreto.

El precio de mercado es un fenómeno real: es el tipo de intercambio que fue real en el negocio transado. El precio final es un precio hipotético. Los precios de mercados son hechos históricos y por tanto estamos disposición de apuntarlos con exactitud numérica en dólares y centavos. El precio final solo puede definirse definiendo a su vez las condiciones requeridas para su aparición. No puede atribuírsele ningún valor numérico definido en términos monetarios o en cantidades de otros bienes. Nunca aparecerá en el mercado.

El precio de mercado no puede nunca coincidir con el precio final coordinado con el instante en que esta estructura de mercado es real. Pero la cataláctica fracasará lamentablemente en su tarea de analizar los problemas de la determinación del precio si olvidara ocuparse del precio final. Pues en la situación de mercado de la que emerge el precio de mercado hay ya fuerzas latentes operando que continurán generando cambios de precioshasta que, siempre que no aparezcan nuevos datos, se establezcan el precio final y el estado de reposo final.

Restringiríamos impropiamente nuestro estudio de la determinación de precios si miráramos solo a los precios momentáneos del mercado y el estado de reposo simple y olvidáramos el hecho de que el mercado ya está agitado por factores que deben generar más cambios de precios y una tendencia hacia un estado diferente de reposo.

El fenómeno del que tenemos que ocuparnos es el hecho de que los cambios en los factores que determinan la formación de precios no producen todos sus efectos al mismo tiempo. Debe pasar un plazo de tiempo antes de que se agoten sus efectos. Entre la aparición de un nuevo dato y el ajuste perfecto del mercado a él debe pasar un tiempo. (Y, por supuesto, mientras transcurre este periodo de tiempo, aparecen otros datos nuevos).

Al ocuparnos de los efectos de cualquier cambio en los factores que operan en el mercado, no debemos olvidar nunca que nos estamos ocupando de acontecimientos que tienen lugar sucesivamente, con una serie de efectos que se suceden unos a otros. Pero sabemos con seguridad que debe pasar algún tiempo, aunque este periodo puede a veces ser tan pequeño que difícilmente desempeña ningún papel en la vida práctica.

Los economistas se equivocan a menudo al olvidar el elemento del tiempo. Tomemos por ejemplo la polémica respecto de los cambios en la cantidad de dinero. A alguna gente solo le preocupaba sus efectos a largo plazo, es decir, con los precios finales y el estado de reposo final. Otros miraban solo los efectos a corto plazo, es decir, los precios en el instante que seguía al cambio en los datos. Ambos se equivocaban y sus conclusiones estaban por tanto viciadas. Podrían citarse muchos ejemplos más del mismo fallo.

La construcción imaginaria del estado de reposo final se caracteriza por prestar toda la atención al cambio en la sucesión temporal de acontecimientos. En este sentido difiere de la construcción imaginaria de la economía en rotación constante, que se caracteriza por la eliminación de los cambios en los datos y del elemento temporal. (Es inconveniente y equívoco llamar a esta construcción imaginaria, como es habitual, la economía estática o el equilibrio estático y es un mal error confundirla con la construcción imaginaria de una economía inmóvil).[10]

La economía en rotación constante es un sistema ficticio en el que los precios de mercado de todos los bienes y servicios coinciden con los precios finales. No hay en este marco ningún cambio en los precios: hay una perfecta estabilidad de precios. Las mismas transacciones de mercado se repiten una y otra vez. Los bienes de orden superior pasan en las mismas cantidades a través de las mismas etapas de procesamiento hasta que por fin los bienes de consumo producidos llegan a las manos de los consumidores y se consumen. No se producen cambios en los datos del mercado. Hoy no difiere de ayer y mañana no diferirá de hoy. El sistema está en un flujo perpetuo, pero sigue siempre en el mismo lugar. Gira constantemente en torno a un centro fijo, rota constantemente. El estado de reposo simple se deshace una y otra vez, pero se restablece instantáneamente al nivel anterior. Todos los factores son constantes, incluyendo los que producen el repetido desorden del estado de reposo simple. Por tanto, los precios (normalmente llamados precios estático o de equilibrio) también permanecen constantes.

La esencia de esta construcción imaginaria es la eliminación del paso del tiempo y del cambio perpetuo en los fenómenos del mercado. La idea de cualquier cambio con relación a la oferta y demanda es incompatible con esta construcción. Solo cambios que no afecten a la configuración de los factores determinantes del precio pueden considerarse en este marco. No es necesaria que la gente del mundo imaginario de la economía en rotación constante sean hombres inmortales, que no envejezcan y no proliferen. Somos libres de suponer que nacen niños, crecen y finalmente mueren, siempre que las cifras de población y de personas en cada grupo de edad permanecen constantes. Luego la demanda de productos cuyo consumo se limita a ciertos grupos de edad no se altera, aunque los individuos de los que se origina no sean los mismos.

En realidad nunca hay un sistema de economía en rotación constante. Sin embargo, para analizar los problemas del cambio en los datos y de un movimiento no constante y con variación irregular, debemos compararla con un estado ficticio en el que ambos se hayan eliminado hipotéticamente. Por tanto es absurdo mantener que la construcción de una economía en rotación constante no aclara condiciones dentro de un universo cambiante y se solicite a los economistas que sustituyan con un estudio “dinámico” su supuesta dedicación exclusiva a lo “estático”. El llamado método estático es precisamente la herramienta mental apropiada para el examen del cambio. No hay medio de estudiar los fenómenos complejos de la acción que no sea abstraerse antes completamente del cambio, introducir luego un factor aislado que provoque un cambio y finalmente analizar sus efectos bajo la suposición de que todo lo demás permanece igual. Por tanto, es absurdo creer que los servicios prestados por la construcción de una economía en rotación constante son más valiosos cuanto más se corresponda el objeto de nuestros estudios, el ámbito de la acción real, a esta construcción con respecto a la ausencia de cambio. El método estático, el empleo de la construcción imaginaria de una economía en rotación constante, es el único método adecuado de analizar los cambios y ver si son grandes o pequeños, rápidos o lentos.

Las objeciones hasta ahora planteadas contra el uso de la construcción imaginaria de una economía en rotación constante se equivocan completamente. Sus autores no entienden en qué aspectos es problemática esta construcción ni por qué puede fácilmente engendrar errores y confusión.

La acción es cambio y el cambio está en la secuencia temporal. Pero en la economía en rotación constante se eliminan el cambio y la sucesión de acontecimientos. Acción es tomar decisiones y afrontar un futuro incierto. Pero en una economía en rotación constante no hay decisiones y el futuro no es incierto, ya que no difiere del estado presente conocido. Un sistema tan rígido no está poblado por hombres vivos tomando decisiones y responsables de errores: es un mundo de autómatas sin alma que no piensan, no es una sociedad humana, es un hormiguero.

Sin embargo estas contradicciones irresolubles no afectan al servicio que presta esta construcción imaginaria para los únicos problemas para cuyo tratamiento es al tiempo apropiado e indispensable: el problema de la relación entre los precios de los productos y los de los factores requeridos para su producción y los problemas implícitos del emprendimiento y las pérdidas y ganancias. Para entender la función del emprendimiento y el significado de las pérdidas y ganancias, construimos un sistema en el que están ausentes. Esta imagen es solo una herramienta para nuestro pensamiento. No es la descripción de un estado de cosas posible y realizable.

Incluso queda fuera de lugar llevar la construcción imaginaria de una economía en rotación constante hasta sus consecuencias lógicas últimas. Pues es imposible eliminar al emprendedor del panorama de una economía de mercado. Los diversos factores complementarios de producción no pueden reunirse espontáneamente. Tienen que combinarse con los esfuerzos voluntarios de hombre que apunten a ciertos fines y estén motivados por la necesidad de mejorar su estado de satisfacción. Al eliminar al emprendedor se elimina la fuerza motriz de todo el sistema de mercado.

Luego hay una segunda deficiencia. En la construcción imaginaria de una economía en rotación constante, están implícitos el intercambio indirecto y el uso de dinero. ¿Pero qué tipo de dinero puede ser? En un sistema sin cambios en el que no hay incertidumbre alguna acerca del futuro, nadie tiene que tener efectivo. Todo individuo conoce exactamente qué cantidad de dinero necesitará en cualquier fecha futura. Por tanto está en disposición de prestar todos los fondos que reciba de tal manera que los préstamos venzan en la fecha en que los necesitará.

Supongamos que hay solo dinero oro y solo un banco central. Con el sucesivo progreso hacia el estado de una economía en rotación constante, todos los individuos y empresas restringen paso a paso sus existencias de efectivo y las cantidades de oro así liberadas pasan a tener un uso no monetario (industrial). Cuando se alcanza finalmente el equilibrio de la economía en rotación constante, no hay más existencias de efectivo, no se usa más oro para propósitos monetarios. Individuos y empresas poseen títulos frente al banco central, los cuales vencen precisamente en la cantidad que necesitarán en las fechas respectivas para la liquidación de sus obligaciones. El banco central no necesita ninguna reserva, ya que la suma total de los pagos diarios  de sus clientes equivale exactamente a la suma total de dinero retirado. Todas las transacciones pueden de hecho efectuarse mediante transferencias en las cuentas del banco sin recurrir al efectivo.

Así que el “dinero” de este sistema no es un medio de intercambio: no es dinero en absoluto, es simplemente numerario, una unidad etérea e indeterminada de contabilidad de ese carácter vago e indefinible que la imaginación de algunos economistas y los errores de muchos hombres corrientes han atribuido al dinero. La interposición de estas expresiones numéricas entre vendedor y comprador no afecta a la esencia de las ventas: es neutral con respecto a las actividades económicas de la gente. Pero la noción de un dinero neutral es inaplicable e inconcebible en sí misma.[11] Si utilizáramos la inadecuada terminología empleada en muchos escritos económicos contemporáneos, tendríamos que decir: El dinero es necesariamente un “factor dinámico”, no hay especio para el dinero en un sistema “estático”. Pero la misma noción de una economía de mercado sin dinero es contradictoria.

La construcción imaginaria de una economía en rotación constante es una noción limitadora. En su marco no hay en realidad ya ninguna acción. La reacción automática sustituye esfuerzo consciente del hombre que piensa en busca de la eliminación de la incomodidad. Podemos emplear esta problemática construcción imaginaria solo si no olvidamos nunca para qué propósitos está pensada para servir. Queremos ante todo analizar la tendencia, que prevalece en toda acción, hacia el establecimiento de una economía en rotación constante; al hacerlo, debemos siempre tener en cuenta que esta tendencia no puede nunca alcanzar su objetivo en un universo que no sea perfectamente rígido e inmutable, es decir, en un universo que esté vivo y no muerto.

En segundo lugar, tenemos que comprender en qué aspectos difieren las condiciones de un mundo vivo en el que hay acción de las de un mundo rígido. Esto solo lo podemos descubrir por el argumentum a contrario proporcionado por la imagen de una economía rígida. Así se nos lleva a la idea de que ocuparse de las condiciones inciertas del futuro desconocido (es decir, especular) es propio de cada acción y que las pérdidas y ganancias son características necesarias de la acción que no pueden eliminarse por ningún pensamiento optimista. Los procedimientos adoptados por aquellos economistas que son completamente conscientes de estas ideas fundamentales pueden llamarse el método lógico de la economía en contraste con la técnica del método matemático.

Los economistas matemáticos desdeñan ocuparse de las acciones que, bajo la suposición imaginaria e irrealizable de que no aparecerán más datos nuevos, se supone que produce la economía en rotación constante. No advierten al especulador individual que busca, no el establecimiento de una economía en rotación constante, sino beneficiarse de una acción que ajusta mejor la dirección de los asuntos a la consecución del fin buscado al actuar, que es la mejor eliminación posible de incomodidad. Destacan exclusivamente el imaginario estado de equilibrio que todo el complejo de dichas acciones alcanzaría en ausencia de cualquier cambio adicional en los datos. Describen este equilibrio imaginario con diversas ecuaciones diferenciales simultáneas. No se dan cuenta de que el estado de cosas que están tratando es un estado en el que ya no hay ninguna acción, sino solo una sucesión de acontecimientos provocados por un motor místico. Dedican todos sus esfuerzos a describir, con símbolos matemáticos, diversos “equilibrios”, es decir, estados de reposo y la ausencia de acción. Tratan el equilibrio como si fuera un ente real y no una idea limitadora, una mera herramienta mental. Lo que están haciendo es jugar en vano con símbolos matemáticos, un pasatiempo inapropiado para adquirir ningún conocimiento.[12]

6.     La economía inmóvil

La construcción imaginaria de una economía inmóvil se ha confundido a veces con la de una economía en rotación constante. Pero en realidad estas dos construcciones son diferentes.

La economía inmóvil es una economía en la que la riqueza y la renta de los individuos permanecen sin cambios. Con esta imagen, los cambios son compatibles, lo que sería incompatible con la construcción de la economía en rotación constante. Las cifras de población pueden aumentar o caer siempre que se vean acompañadas por un aumento o caída correspondiente en la suma de riqueza y renta. La demanda de algunos productos puede cambiar, pero estos cambios deben producirse tan lentamente que la transferencia de capital de aquellas ramas de la producción que van a restringirse a las que van a expandirse de acuerdo con ellos pueden realizarse no reemplazando equipo utilizado en las ramas menguantes y por el contrario invirtiendo en las que están en expansión.

La construcción imaginaria de una economía inmóvil lleva a dos construcciones imaginarias más: la economía en progreso (en expansión) y la economía en retroceso (menguante). En la primera, la cuota por cabeza de riqueza y renta de los individuos y la cifra de población tienden a un valor numérico más alto, en la segunda, hacia un valor numérico más bajo.

En la economía inmóvil, la suma total de todos los beneficios y las pérdidas es cero. En la economía en progreso la cantidad total de beneficios excede la cantidad total de pérdidas. En la economía en retroceso la cantidad total de beneficios es más pequeña que la cantidad total de pérdidas.

La precariedad de estas tres construcciones imaginarias se ve en el hecho de que implican la posibilidad de medir riqueza y renta. Como esas mediciones no pueden hacerse y no son siquiera concebibles, está fuera de lugar aplicarlas a una clasificación rigurosa de las condiciones de la realidad. Siempre que la historia económica se aventura a clasificar la evolución económica dentro de un periodo de tiempo de acuerdo con el esquema inmóvil, en progreso o en retroceso, recurre en realidad a la comprensión histórica y no “mide”.

7.     La integración de las funciones catalácticas

Cuando los hombres tratan los problemas de sus propias acciones y cuando la historia económica, la economía descriptiva y la estadística económica al informar de las acciones de otra gente, emplean los términos empresario, capitalista, terrateniente, trabajador y consumidor, hablan de tipo ideales. Cuando la economía emplea los mismos términos, habla de categorías catalácticas. Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores y consumidores de la teoría económica, no son hombres vivos que se encuentren en la realidad de la vida y la historia. Son la encarnación de distintas funciones en las operaciones del mercado.

El hecho de que tanto los hombres que actúan como las ciencias históricas aplican en su razonamiento los resultados de la economía y de que construyen sus tipos ideales basándose y referenciando categorías de la teoría praxeológica, no modifica la distinción lógica radical entre tipo ideal y categoría económica. Las categorías económicas se refieren a función puramente integradas, los tipos ideales se refieren a acontecimientos históricos. El hombre que vive y actúa combina necesariamente diversas funciones. Nunca es simplemente un consumidor. Es además un empresario, terrateniente, capitalista o trabajador o una persona sostenida por lo ganado por esa gente. Además, las funciones del empresario, terrateniente, capitalista y trabajador se combinan muy a menudo en las mismas personas.

La historia trata de clasificar a los hombres de acuerdo con los fines que buscan y los medios que emplean para alcanzar esos fines. La economía, explorando la estructura de la acción en el sociedad de mercado sin ninguna consideración a los fines que busca la gente y los medios que emplea, trata de discernir categorías y funciones. Son dos tareas diferentes. La diferencia puede mostrarse mejor explicando el concepto cataláctico del empresario.

En la construcción imaginaria de la economía en rotación constante no queda espacio para la actividad empresarial, porque esta construcción elimina cualquier cambio de datos que pueda afectar a los precios. Tan pronto como se abandona esta suposición de rigidez en los datos, se aprecia que la acción necesariamente ha de verse afectada por todo cambio en los datos. Como la acción se dirige necesariamente a influir en un futuro estado de cosas, aunque a veces solo al futuro inmediato del próximo instante, está afectada por todo cambio incorrectamente previsto en los datos que se produzca en el periodo de tiempo que va desde su inicio al fin del periodo al que pretende proveer (periodo de provisión).[13]

Así que el resultado de la acción es siempre incierto. La acción es siempre especulación. Esto es verdad no solo con respecto a la economía de mercado sino también para Robinson Crusoe, el actor aislado imaginario, y para las condiciones de una economía socialista. En la construcción imaginaria de una sistema en rotación constante nadie es empresario ni especulador. El cualquier economía real y viva todo actor es siempre empresario y especulador; la gente de la que cuidan los actores (miembros menores de la familia en la sociedad de mercado y las masas de una sociedad socialista), aunque no sean ellos mismos actores y por tanto no sean especuladores, están afectados por el resultado de las especulaciones de los actores.

La economía, al hablar de los empresarios, no tiene a la vista hombres, sino una función definida. Esta función no es la característica particular de un especial grupo y clase de hombres, es propia de cada acción y afecta a cada actor. Al encarnar esta función en un personaje imaginario, recurrimos a un artificio metodológico. El término empresario utilizado por la teoría cataláctica significa: hombre que actúa, visto solo desde la perspectiva de la incertidumbre propia de cada acción. Al usar este término, no se debe olvidar nunca que toda acción está incluida en el flujo del tiempo y por tanto implica una especulación. Capitalistas, terratenientes y trabajadores son necesariamente especuladores. Lo mismo le pasa al consumidor al proveer futuras necesidades por anticipado. Del plato a la boca, se pierde la sopa.

Tratemos de llevar la construcción imaginaria de un empresario puro hasta sus últimas consecuencias lógicas. Este empresario no posee ningún capital. El capital requerido para sus actividades empresariales se lo prestan los capitalistas en forma de préstamos monetarios. El derecho, es verdad, le considera el propietario de varios medios de producción comprados desplegando las sumas tomadas prestadas. Sin embargo sigue sin tener propiedad, ya que la cantidad de su activo se equilibra con su pasivo. Si tiene éxito, el beneficio neto es suyo. Si fracasa, la pérdida debe recaer en los capitalistas que le han prestado los fondos. Ese empresario sería, de hecho, un empleado de los capitalistas que especula en su nombre y se lleva una porción del 100% en los beneficios netos sin verse afectado por las pérdidas. Pero incluso si el empresario está en disposición de proporcionarse una parte del capital requerido y toma prestado solo el resto, las cosas no son esencialmente diferentes. En la medida en que las pérdidas incurridas no puedan atribuirse a los fondos propios del empresario, recaen en los capitalistas prestatarios, sean cuales sean los términos del contrato. Un capitalista es también siempre en la práctica un emprendedor y un especulador. Siempre corre el riesgo de perder sus fondos. No existe una inversión completamente segura.

El terrateniente autosuficiente que cultiva su propiedad solo para mantener a su propia familia está afectado por todos los cambios que influyen en la fertilidad de su granja o sus necesidades personales. Dentro de una economía de mercado, el resultado de las actividades de un granjero está afectado por todos los cambios respecto de la importancia de su terreno para proveer al mercado. Ningún propietario de ningún medio de producción, ya esté representado por bienes tangibles o en dinero, se mantiene indemne ante la incertidumbre del futuro. El empleo de cualquier bien tangible o dinero para la producción, es decir, la provisión para el futuro, es en sí mismo una actividad empresarial.

Las cosas son esencialmente las mismas para el trabajador. Nace propietario de ciertas habilidades; sus facultades innatas son un medio de producción que se ajusta mejor a algunos tipos de trabajo, peor a otros y nada en absoluto a otros más.[14] Si ha adquirido la habilidad necesaria para realizar ciertos tipos de trabajos, con respecto al tiempo y gastos materiales empleados en esta formación, está en la situación de un inversor. Ha hecho un gasto con la expectativa de verse compensado por un resultado adecuado. El trabajador es un empresario en la medida en que sus salarios se determinan por el precio que permite el mercado para el tipo de trabajo que realiza. Este precio varía de acuerdo con el cambio de condiciones de la misma forma que varía el precio de cualquier otro factor de producción.

En el contexto de la teoría económica, el significado de los términos afectados es este: Empresario significa hombre que actúa respecto de los cambios que se producen en los datos del mercado. Capitalista y terrateniente significan hombre que actúa respecto de cambios en valor y precio que, aunque todos los datos del mercado permanezcan iguales, se producen por el mero paso del tiempo como consecuencia de la distinta valoración de los bienes presentes y los bienes futuros. Trabajador significa hombre respecto del empleo del factor de producción trabajo humano. Así que todas las funciones están bien integradas: el empresario obtiene beneficios o sufre pérdidas; los propietarios de medios de producción (bienes de capital o tierra) ganan interés original; los trabajadores ganan salarios. En este sentido, desarrollamos la construcción imaginaria de la distribución funcional como distinta de la distribución histórica real.[15]

Sin embargo la economía siempre ha usado y aún sigue usando el término “empresario” en un sentido distinto del que se le asocia en la construcción imaginaria de la distribución funcional. También califica de empresarios a quienes ansían especialmente beneficiarse ajustando la producción a los cambios esperados en las condiciones, los que tienen más iniciativa, los más aventureros y con mejor ojo para la masa, los pujantes y promovedores pioneros de las mejoras económicas. Esta noción es más estrecha que el concepto de un empresario como se usa en la construcción de la distribución funcional; no incluye muchos ejemplos que incluye esta última. Es embarazoso que deba usarse el mismo término para significar dos ideas distintas. Hubiera sido más conveniente emplear otro término para esta segunda idea, por ejemplo, el término “emprendedor”.

Hay que admitir que la noción de empresario-emprendedor no puede definirse con rigor praxeológico. (En esto es como la noción del dinero, que también desafía una definición praxeológica rígida – que no sea la noción de medio de intercambio).[16] Sin embargo la economía no puede arreglárselas sin el concepto de emprendedor. Pues se refiere a un dato que es una característica general de la naturaleza humana, que está presente en todas las transacciones de mercado y las marca profundamente. Es el hecho de que distintos individuos no reaccionan a un cambio en las condiciones con la misma rapidez y de la misma manera. La desigualdad de los hombres, que se debe a las diferentes tanto en sus cualidades innatas como en las vicisitudes de sus vidas, se manifiesta también de esta manera. Hay en el mercado líderes y otros que solo imitan los procedimientos de sus conciudadanos más ágiles. El fenómeno del liderazgo no es menos real en el mercado de lo que lo es en cualquier otra rama de las actividades humanas. La fuerza motriz del mercado, el elemento que tiende hacia una innovación y mejora incesante la proporciona la inquietud del emprendedor y su ansia por ganar beneficios tan grandes como sea posible.

Sin embargo no hay peligro de que el uso equívoco de este término pueda generar ninguna ambigüedad en la exposición del sistema cataláctico. Allí donde puedan surgir dudas, pueden resolverse con el empleo del término emprendedor en lugar de empresario.

La función empresarial en la economía inmóvil

El mercado de futuros puede aliviar al emprendedor de una parte de su función empresarial. Tan pronto como el empresario se cubre con transacciones apropiadas al futuro frente pérdidas que pueda sufrir, deja de ser un empresario y la función empresarial se traslada a la otra parte del contrato. El hilador de algodón que, comprando algodón en rama para su taller, vende la misma cantidad por adelantado ha abandonado una parte de su función empresarial. Ya no se beneficia ni pierde por cambios en el precio del algodón que se produzcan en ese periodo. Por supuesto, no deja completamente de servir a la función empresarial. Sin embargo le afectan aquellos cambios en el precio del hilo en general o en el precios las cuentas y tipos especiales que fabrica y que no se generen por un cambio en el precio del algodón en bruto. Aunque hile solo como subcontratista por una remuneración acordada, sigue en una función empresarial con respeto a los fondos invertidos en su equipo.

Podemos construir la imagen de una economía en la que las condiciones requeridas para el establecimiento de mercados de futuros se llevan a cabo para todo tipo de bienes y servicios. En esa construcción imaginaria, la función empresarial está completamente separada de todas las demás funciones. Aquí aparece una clase de empresarios puros. Los precios determinados en los mercados de futuros dirigen todo el aparato de producción. Los que negocian futuros solo obtienen beneficios y sufren pérdidas. El resto de la gente está asegurada, por decirlo así, contra los posibles efectos adversos de la incertidumbre del futuro. Disfrutan de seguridad en este aspecto. Los jefes de las diversas unidades de negocio son en la práctica empleados, por decirlo así, con una renta fija.

Si suponemos además que esta economía es una economía inmóvil y que todas las transacciones de futuros se concentran en una sola corporación, es evidente que la cantidad total de las pérdidas de esta corporación es igual exactamente que la cantidad total de sus ganancias. Solo tenemos que nacionalizar esta corporación para producir un estado socialista sin pérdidas ni ganancias, un estado se seguridad y estabilidad imperturbable. Pero esto se produce solo porque nuestra definición de economía inmóvil implica igualdad en la suma total de pérdidas y de ganancias. En una economía cambiante debe producirse un exceso o bien de ganancias o bien de pérdidas.

Sería una pérdida de tiempo dar vuelta a esas imágenes supercomplejas que no avanzan en el análisis de los problemas económicos. La única razón para mencionarlas es que reflejan ideas que están en el fondo de algunas críticas realizadas contra el sistema económico del capitalismo y algunas son planes engañosos sugeridos para un control socialista de los negocios.

Ahora bien, es verdad que el plan socialista es lógicamente compatible con las irrealizables construcciones imaginarias de una economía en rotación constante y una economía inmóvil. La predilección con la que los economistas matemáticos se ocupan casi exclusivamente de las condiciones de estas construcciones imaginarias y del estado de “equilibrio” implícito en ellas, ha hecho a la gente inconsciente del hecho de que son formas de pensar irreales, contradictorias e imaginarias y nada más. Indudablemente no son modelos apropiados para la construcción de una sociedad viva de hombre que actúan.

 

 

Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.



[1] CF. Engels, Herrn Eugen Duhrings Umwalzung der Wissenschaft (7ª ed. Stuttgart, 1910), p.306.

[2] Cf. Karl Marx, Zur Kritik des sozialdemokratischen Parteiprogramms von Gotha, ed. Kreibich (Reichenberg, 1920), p. 17. [Crítica del programa de Gotha]

[3] Ibíd.

[4] La doctrina de la armonía predeterminada en la operación de un sistema de mercado no intervenido no debe confundirse con el teorema de la armonía de los intereses correctamente entendidos dentro de un sistema de mercado, aunque haya algo de similitud entre ellas. Cf. más adelante, pp. 673-682.

[5] Un pintor es un empresario si trata de pintar cuadros que puedan venderse al mayor precio posible. Un pintor que no se adapta al gusto del público comprador y, desdeñando todas las consecuencias desagradables, se permite guiarse solamente por sus propios ideales es un artista, un genio creativo. Cf. más arriba, pp. 139-140.

[6] Esa superposición de límites entre desembolosos empresariales y gasto de consumo se estimula a veces por condiciones institucionales. Un gasto debitado a cuenta de los gastos comerciales reduce los beneficios netos y por tanto la cantidad de impuestos a pagar. Si los impuestos absorben el 50% de los beneficios, el empresario caritativo solo gasta el 50% de lo donado de su propio bolsillo. El resto se carga al Departamento de Ingresos Internos.

[7] Es verdad que una consideración desde el punto de vista de la fisiología de la nutrición no consideraría esas cosas como nimias.

[8] Nos estamos ocupando aquí de problemas de teoría, no de historia. Podemos por tanto abstenernos de refutar las objeciones planteadas contra el concepto de un actor aislado refiriéndose al papel histórico de la economía familiar autosuficiente.

[9] Para simplificar no consideramos las fluctuaciones de precios a lo largo de la jornada laboral.

[10] Ver más adelante, pp. 250-251.

[11] Cf. más adelante, pp. 416-419.

[12] Para más examen crítico  de la economía matemática, ver más adelante, pp. 350-357.

[13] Cf. más adelante, p. 481.

[14] En qué sentido puede verse el trabajo como un factor no específico de producción, ver más arriba, pp. 133-135.

[15] Destaquemos de nuevo que todos, hombres comunes incluidos, a ocuparse de los problemas de la determinación de la renta siempre recurren a esta construcción imaginaria. Los economistas no la inventaron, solo purgaron las deficiencias peculiares de la idea popular. Para un tratamiento epistemológico de la distribución funcional, cf. John Bates Clark, The Distribution of Wealth (Nueva York, 1908), p. 5, y Eugen von Bohm-Bawerk, Gesammelte Schriften, ed. F. Weiss (Viena, 1924), p. 299. El término “distribución” no debe engañar a nadie; su empleo en este contexto se explica por el papel desempeñado en la historia del pensamiento económico por la construcción imaginaria de un estado socialista (cf. más arriba, p. 240). No hay nada en el funcionamiento de una economía de mercado a lo que pueda llamarse apropiadamente distribución. Los bienes no se producen primero y se distribuyen después, como sería el caso en un estado socialista. La palabra “distribución” aplicada en la expresión “distribución funcional” cumple con el significado asociado a la “distribución” hace 150 años. En el inglés actual, “distribución” significa dispersión de bienes entre consumidores realizado por el comercio.

[16] Cf. más bajo, p. 398.


Publicado el 5 de junio de 2008. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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