No caer en lo “gratuito”

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Los costes de oportunidad de lo “gratuito”

P.J. O’Rourke bromeaba una vez: “Si creéis que la atención sanitaria es cara ahora, esperad a ver lo que cuesta cuando es gratuita”. La verdad tras el humor de O’Rourke es el coste de oportunidad de lo “políticamente gratuito”.

Incluso gente relativamente brillante que no ha estudiado nunca economía se da cuenta de que detrás de la redistribución de riqueza del gobierno tienen enormes costes de oportunidad tanto para los ciudadanos que pagan en realidad los desembolsos del gobierno y para la gente que los recibe.

Los recursos son escasos y algo solo puede ser gratuito si no hay oportunidad de tener o hacer nada más (Lee, 1999). Cuando una personsa pobres decide tener hijos recibir ayuda social, esta persona estrecha o incluso elimina su oportunidad de hacer algo más productivo como trabajar, mejorarse, alejarse de la desesperanza y la dependencia que proviene de que el gobierno dirija su vida.

Uno de los autores de este artículo tuvo la oportunidad de sentarse en una oficina de la Seguridad Social para corregir una fecha errónea de nacimiento en los registros de esta. Esto le obligó a esperar en una habitación llena de receptores de ayudas que estaban allí para recibir su cheque mensual del gobierno. Era fascinante y triste ver lo abatida que estaba esa gente mientras esperaba para conseguir un cheque del gobierno para vivir. Lamentaban estar allí, tener que esperar y soportar la indiferencia de los empleados de la Seguridad Social. Una vez se cobraba el cheque, el alivio y la alegría duraría solo hasta que se acabara el dinero. Dudamos de que el gobierno, e indudablemente no los receptores de ayudas, calcularan este tiempo perdido y humillación personal como los costes de oportunidad de ser rescatados financieramente por el gobierno federal.

El gobierno cabalgando al rescate de gente incapaz/reticente a ocuparse de sí misma está lleno de paradojas. La palabra “rescate” viene la literatura terapéutica en la que un terapeuta rescata a un paciente con problemas (ver Watzlawick, Weakland y Fisch, 1975). A menudo aparece un nuevo problema porque la persona rescatada lamenta el hecho de que el rescatador tenga reunido lo suficiente como para poder ayudarle y el rescatador lamenta el hecho de que las personas rescatadas no aprecien su ayuda.

Una visión económica de lo políticamente gratuito

Como lemmings en el mar, el mundo occidental ha respondido a promesas políticas de cosas gratuitas, tanto desde sus gobierno como de los negocios en formas sin precedentes. Hemos dedicado varias semanas de viajar por Europa durante los últimos dos veranos y cuando preguntábamos a la gente sobre su querido sistema de atención sanitaria, la gran mayoría respondía: “Bueno… ¡es gratis!” ¿Pero lo es realmente? La mayoría de los europeos trabajan al menos hasta julio para sus gobiernos y en Escandinavia el impuesto personal de la renta, las retenciones y el IVA rondan el 80%. Los europeos también admitían que los ricos en sus países que tienen cáncer o problemas cardiacos viajan frecuentemente a EEUU para pagar y recibir tratamiento que les salve la vida.

Mises (1990, p. 51) nos advertía acerca de la “inverificable escasez del tiempo, así como de los recursos” y nos aconsejaba actuar sabiamente al tomar decisiones. El uso de “gratis” es fundamentalmente un truco retórico que ha sido utilizado por dictadores, déspotas y mercaderes sin escrúpulos durante muchísimos siglos. En Predictably Irrational, Dan Ariely (2008, p. 55) nos advierte acerca del alto precio del coste cero, apuntando que los gratuito es un botón emocional, una fuente de excitación irracional, pero raramente gratis. El 24 de septiembre de 2014, la portada del Wall Street Journal incluía una historia de Robin Sidel titulada “‘Free’ Checking Costs More” en la que el autor informa que los clientes acuden a los bancos a conseguir su cuenta corriente “gratuita” y luego se sorprenden al saber que dicha cuenta gratuita obliga a depositar cientos de dólares y que estos permanezcan en el banco en una cuenta sin intereses.

Lo gratuito es asimismo un componente clave del arsenal retórico populista, y no solo de los Hugo Chávez del mundo. Los progresistas políticos de ambos lados del pasillo de la política estadounidense continúan usando lo “gratuito” para conseguir ventajas con los votantes. Es interesante que la Comisión Federal de Comercio publique una guía §251.1 advirtiendo a los consumidores sobre el uso de la palabra “gratis al vender cosas (http://ftc.gov/bcp/guides/free.htm).

(2) Como el público comprador busca continuamente la mejor compra y considera que la oferta de productos o servicios “gratis” es una oferta especial, todas ellas deben realizarse con extremo cuidado para evitar cualquier posibilidad de que los consumidores se vean confundidos o engañados.[1]

Suponemos que esta regulación podrá a la exportavoz de la Cámara, Nancy Pelosi, en contra de la FTC cuando, después de que el Tribunal Supremo ratificara la parte del mandato individual de la Propuesta de Atención Sanitaria Universal, reclamara a los jóvenes, especialmente a los de orientación artística, que abandonaran sus trabajos y buscaran lo que les apasionara porque la atención sanitaria sería gratuita a partir de ahora. Los gobiernos de todo el mundo tan ofrecido prestaciones gratis a sus ciudadanos durante siglos, algo que Grecia ha perfeccionado como una nueva ciencia social.

Los orígenes de lo gratuito

Aristóteles, en su Política, creía que la existencia humana es inherentemente política y planteaba la idea de que los libros deberías ser gratuitos. Pero como todos los recursos son escasos, la oferte de bienes o servicios gratuitos, especialmente del gobierno, debería hacer sonar una alarma. Mises (1944, p. 84) nos advertía de que los gobiernos pretenden tener poderes místicos “para acordar favores a partir de una inextinguible cuerno de la abundancia. Es al tiempo omnisciente y omnipotente. Puede ser una varita mágica que crea felicidad y abundancia. La verdad es que el gobierno no puede dar si el gobierno toma de alguien. Una subvención [prestación] nunca se paga por el gobierno con sus propios fondos, es a costa del contribuyente”.

Debemos entender que el atractivo de lo “gratuito” tanto para legisladores como para aquellos a los que deciden otorgar prestaciones, elimina el sentido común en ambos grupos de personas. Cuando los estados y naciones transfieren prestaciones a sus ciudadanos gratuitamente, como hacía la Unión Soviética hasta hace unas décadas y tanto Grecia como Estados Unidos están haciendo ahora (Eberstadt, 2013, p. A13), acaban desplomándose bajo el peso de su propia deuda.

Sowell (2009) nos advierte de que todas ls prestaciones públicas tienen costes reales y la única pregunta es ¿para quién? Liga el reciente auge y declive inmobiliario al deseo del Congreso de garantizar hipotecas a gente que quería poseer una casa, pero no podía conseguir o pagar hipotecas que pudiera permitirse. Los llamados beneficiarios de la sabiduría y generosidad del gobierno perdieron todo cuando el mercado empezó a ir mal, igual que les pasó a muchos prestamistas.

La devastación financiera en este país ha sido mayor que ninguna desde la Gran Depresión. El Wall Street Journal (13 de julio de 2012, p. A10) opinaba que con los efectos aplastantes del declive inmobiliario sintiéndose aún en todo EEUU, el gobierno federal está ahora presionando a bancos como Wells Fargo a garantizar que no se hacen préstamos dispares a negros o hispanos, comparados con un modelo estadístico de lo que el gobierno estima que debería haber ocurrido con los prestatarios de minorías. Los bancos más pequeños que no son demasiado grandes como para quebrar están respondiendo dejando de dar préstamos hipotecarios a casi todos.

Para que no se nos acuse de poner la única responsabilidad por dar prestaciones económicas a intereses especiales a los pies de los demócratas, Sowell (2006, p. 106) también apunta al hecho de que el presidente George W. Bush impusiera aranceles al acero extranjero en 2002 (para conseguir el apoyo de votantes en Pennsylvania y Virginia Occidental) y esto generó una dislocación directa para miles de empresas pequeñas y medianas que utilizan acero tienen que pagar por el aumento en los precios causado por el arancel. Muchos dijeron que fue el equivalente a las subidas del combustible para las aerolíneas.

La pregunta de los 64.000$, si no la los 4 billones es porqué gente aparentemente inteligente se cree directamente las promesas políticas de cosas gratuitas desde ambos lados del sistema político de Estados Unidos. La respuesta cínica es que el 90% de los estadounidenses debe ser ignorante. Hay una explicación más informada en el fondo. Para responder a esta pregunta ahondamos brevemente en dos ramas de la ciencia: la neuropsicología y la economía del comportamiento. Estas disciplinas no muestra cómo está cableado el cerebro humano y cómo los precios económicos pueden mágicamente transformar incluso a gente inteligente en populacho económico.

Neurociencia

El homo sapiens tiene un cerebro bilateralizado que nos da la capacidad de realizar ejercicios mentales bastante extravagantes. Para la mayoría, el lado izquierdo del cerebro tiende a ser un centro analítico de procesamiento y controla las funciones de la lógica, el lenguaje (gramática, vocabulario y significados literales), la ciencia y las matemáticas (Dehaene, Spelke, Pinel, Stanescu y Tsivkin, 1999). El lado derecho del cerebro es el centro creativo de procesamiento para la mayoría de la gente, que controla las pasiones, el lenguaje metafórico, las habilidades artísticas y musicales, la intuición y la gestalt (Hines, 1987).

El político populista, mediante lenguaje y sofismas, es capaz de apelar a ambos lados del cerebro de tal manera que mucha gente no encuentra ninguna desconexión entre gratuito y atención sanitaria, vivienda, almuerzo en la escuela, educación o teléfonos celulares.[2] Esto ocurre en buena parte de la misma manera en que los mercaderes hábiles convencen a gente inteligente para que crea que un producto es gratuito o puede devolverse sin coste. A veces políticos y mercadotecnia son indistinguibles a la hora de crear y atender una necesidad humana.

Mediante el uso de atractivo creados inteligentemente (atribuidos a sofistas por los antiguos griegos), puede cortocircuitarse la naturaleza escéptica del cerebro izquierdo del hombre (de que nada es realmente gratuito). Se le hace creer que como es tan necesario/humano/justo/moral (elija uno o más), las cosas deben realmente ser gratuitas. Esta prestidigitación retórica fue descrita por primera vez por Aristóteles y se le llama identificación. Juega con nuestro cerebro derecho y rebaja el procesamiento de nuestro cerebro izquierdo. Es también la base de la programación neurolingüística que utiliza el lenguaje y el comportamiento de la gente para ponerlos en un nivel hipnótico más bajo, superando su resistencia a la otra persona (Rossi, Erickson-Klein y Rossi, 2008).

Es precisamente así como responde mucha gente a las promesas publicitarias de  televisión e Internet como “Nuestra oferta gratuita está disponible para todos y te hará más fuerte sano, feliz, delgado, cómodo, escultural, etc.” Para rebajar la resistencia del cerebro izquierdo a la imposibilidad del mensaje, el mercader/político invoca a la oposición, la idea de que “nuestros competidores, o el otro partido, no quieren que tengas fuerza, salud, felicidad, esbeltez, atractivo, comodidad, etc., porque no se preocupan por ti como nosotros y sencillamente te están engañando”.

Economía del comportamiento y otras investigaciones

Ha habido más de una década de investigación sobre cosas “gratuitas” en la literatura de la economía del comportamiento, liderada por Dan Ariely y sus colegas.[3] (Nota del editor: “Economía del comportamiento” es un nombre erróneo, ya que es en realidad una rama de la psicología y no verdadera economía, tal y como la definía Mises, pero sus conclusiones son sin embargo interesantes). Se realizaron experimentos sobre gente inteligente (alumnos de MIT, Berkeley y Duke) verificando el poder exclusivo de “lo gratuito”. El estudio que nos interesa implica resumidamente una prueba a los estudiantes en una cafetería del MIT que estaban comprando comida. El primer test era una oferta en caja para comprar una Hershey’s Kiss por 1¢, una trufa Lindt por 14¢ o nada. Esta primera prueba resultó en que el 30% de los alumnos compran la trufa Lindt por 14¢, un 8% compraron la Hershey’s Kiss por 1¢ y el 62% no compró nada. Después de una pausa de 30 minutos y supuestamente un nuevo grupo de alumnos, los investigadores bajaron el precio ambos dulces en 1¢, una transformación monotónica en los precios. Así que ahora la Hershey’s Kiss costaba 0¢ y la trufa Lindt 13¢. Esta vez el 31% de los alumnos tomaron la Hershey’s Kiss por 0¢, solo un 13% compró la trufa Lindt y un 56% no compró nada. El atractivo de una Hershey’s Kiss “gratis” hizo que los estudiantes brillantes compraran significativamente menos trufas Lindt y eligieran notablemente más Hershey’s Kiss.

Los autores concluyen: “el precio cero tiene un papel especial en el análisis de coste-beneficio de los consumidores. (…) No es sorprendente que, cuando el coste es cero, muchos más alumnos tomen dulces que cuando el precio es positivo” (Shampanier, et. al, 2007, pp. 749-750).

Parece haber magia cognitiva en cosas que se ofrecen “gratuitamente”. Como nos recuerdan Mises y el concepto de oportunidad, lo gratuito no es realmente gratuito y los costes a menudo se extienden a otros que pueden no estar siquiera interesados en la oferta gratuita. Kinsella (2005) explica cómo la idea de lo “gratuito” en el derecho de patente puede alterar los elementos en la transacción, haciendo que los beneficios de la patente en realidad se conviertan en costes. Aunque registrar una patente es un coste legal relativamente mínimo, defender los derechos exclusivos de patente puede ser prohibitivo en costes para quien no sea una gran empresa. Salerno (2012) nos recuerda que a principios de la década de 1970 hubo un grupo de libertarios new age que creían que la “era de la información” presagiaba un mundo sin escasez. Igual que las patentes, Salerno argumenta que tampoco hay nubes de información gratuita: toma un enorme espacio física, energía y conocimiento hacer funcionar la World Wide Web, YouTube, Dropbox y todas las plataformas informáticas que la gente da por sentadas.

A partir de esto podemos ver por qué los políticos populistas dejan esta impresión tan duradera. Volviendo a Ariely (2008) este apunta al hecho de que por nuestra misma naturaleza, la humanidad está destinada a comparar. Indudablemente una atención sanitaria gratuita suena mucho más atractiva que encontrar un trabajo y contratar un seguro médico, especialmente cuando no tienen que pagar impuestos. Bienestar y discapacidad se compran favorablemente con trabajar en un empleo a tiempo completo o incluso con buscar uno seriamente.

Ariely (2008, pp. 4-19) explica el truco de prestidigitación utilizando un “cebo” para hacer que tu alternativa parezca relativamente superior. Un ejemplo de este truco ha sido utilizado por los demócratas (aunque los republicanos sean igual de buenos con él) en la respuesta que han dado al deseo de Paul Ryan de reformar la Seguridad Social y el Medicare. El antiguo jefe de la Oficina Contable del Gobierno, David Walker, un demócrata, ha estado dando presentaciones a los estadounidenses desde 2007. Dice, y debería saberlo, que tanto la Seguridad Social como Medicare/Medicaid están quebrados y la Reserva Federal sencillamente imprime más dinero para mantenerlos. A pesar de esto y de un reportaje de 20/20 sobre Walker, los demócratas gritan que Paul Ryan quiere eliminar la Seguridad Social y el Medicare al reformarlos. Dada esa alternativa, ¿quién entre las decenas de millones de estadounidense que están o van a estar en la Seguridad Social no pensaría que el estado actual, no importa lo que diga Ryan, es una alternativa mejor?

Conclusión

La conclusión es Estados Unidos es que si quieres que la gente adopte tus ideas políticas y vote por ti, dales cosas gratis. No le falló recientemente al dictador venezolano Hugo Chávez cuando ganó una reelección relativamente apretada después de regalar viviendas y electrodomésticos gratuitos (Luhnow y De Cordoba, 2012). Políticos de diversas creencias utilizan prestaciones libres para crearse electorado y extender luego las prestaciones gratuitos a un grupo aún más amplio. Mientras esas prestaciones sean para los aparentemente desfavorecidos o necesitados, la prensa dará a los programas una gran cobertura y los promotores políticos se convertirán el héroes públicos en lugar de en los parias públicos que Mises argumenta que realmente son.

No cabe duda de que estamos despojando al pueblo estadounidense de ambición, trabajo duro y emprendimiento, mientras creamos una mentalidad de derechos entre una creciente número de nuestros ciudadanos. Lo hacemos bajo el atractitov de las cosas gratis y el cobijo de la justicia social, a la que la Casa Blanca se refiere hoy como “sostenibilidad”, un derecho llamativo que crea una identificación incluso mayor con el estado y estilo de vida del bienestar, mientras nos aleja a años luz de los mercados libres y los pueblos libres.


Referencias

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Ariely, D., Lowenstein, G. y Prelec, Drazen (2006). “Tom Sawyer and the construction of value”. Journal of Economic Behavior & Organization, 60, 1-10.

Autor, D. H. y Duggan M. G. (2006). “The growth in the social security disability rolls: A fiscal crisis unfolding”, Journal of Economic Perspectives, 20(3, Verano), 71-96.

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[1] http://www.ftc.gov/bcp/guides/free.htm [36 FR 21517,10 de noviembre de 1971].

[2] http://www.freegovernmentcellphones.net/basics/how-do-i-get-a-free-phone.

[3] La economía del comportamiento es un área interdisciplinar de estudio académico que rechaza el modelo convencional de los tratados de comportamiento económico: racionalidad sin límites, poder de la voluntad sin límites y egoísmo sin límites (Thaler, R. y Mullainathan, D. (2008). “Behavioral Economics”. The Concise Encyclopedia of Economics. Library of Economics and Liberty. 2008, p. 1). Las tres disciplinas más asociadas con la economía del comportamiento son la economía, la psicología y las finanzas.


Publicado el 5 de julio de 2013. Traducido del inlgés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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