Hiroshima y Nagasaki

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Este extracto de «Harry S. Truman: Advancing the Revolution» en John V. Denson, ed., Reassessing the Presidency: The Rise of the Executive State and the Decline of Freedom (Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute, 2001), fue reimpreso con permiso

El episodio más espectacular de la presidencia de Truman nunca será olvidado, pero estará siempre ligado a su nombre: los bombardeos atómicos de Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y de Nagasaki tres días después. Probablemente alrededor de doscientas mil personas fueron asesinadas en los ataques y mediante el envenenamiento radioactivo; la inmensa mayoría eran civiles, incluyendo varios miles de trabajadores Coreanos. Doce pilotos de la marina estadounidense, encarcelados en una prisión de Hiroshima estuvieron también entre los muertos.1

Los bombardeos siempre han sido rodeados de gran controversia. Una cosa en la que Truman insitió desde el principio: la decisión de usar las bombas y la responsabilidad que ellos suponía era suya. A lo largo de los años, Truman dio razones variadas y contradictorias para su decisión. Algunas veces implicaba que había actuado sencillamente por venganza. A un clérigo que lo criticó, Truman le contestó petulantemente:

Nadie está más perturbado por el uso de bombas atómicas que yo, pero yo estaba muy perturbado por el ataque sorpresa japonés sobre Pearl Harbor y su asesinato de nuestros prisioneros de guerra. El único idioma que parecen entender es el que hemos estado usando para bombardearlos.2

Tales razonamientos no impresionarán a alguien que sea incapaz de ver como la brutalidad del ejército japoneses podría justificar represalias mortales contra hombres, mujeres y niños inocentes. Sin duda, Truman sabía de ello, de manera que de vez en cuando proponía otros pretextos. El nueve de agosto de 1945, él afirmó: El mundo notará que la primera bomba atómica fue lanzada sobre Hiroshima, una base militar. Eso fue porque en este primer ataque queríamos evitar en lo posible la matanza de civiles.3

Sin embargo, esto es absurdo. Pearl Harbor era una base militar. Hiroshima era una ciudad, habitada por unas trescientos mil personas, que contenía elementos militares. En cualquier caso, ya que la bahía estaba minada y la Marina y la Fuerza Aérea estadounidenses estaban en control de las aguas alrededor de Japón, cualesquiera tropas estacionadas en Hiroshima habían sido efectivamente neutralizadas.

En otras ocasiones Truman afirmó que Hiroshima fue bombardeada porque era un centro industrial. Pero, tal como se nota en el Sondeo de Bombardeos Estratégicos de los EE.UU. Todas las principales fábricas en Hiroshima estaban ubicadas en la periferia de la ciudad -y escaparon serios daños.4 El objetivo era el centro de la ciudad. Que Truman sabía el tipo de víctimas que los bombardeos consumieron es evidente por sus comentarios a su gbinete el 10 de agosto, explicando su renuencia a lanzar una tercera bomba: La idea de aniquilar otras 100.000 personas era demasiado horrible, dijo; no le gustaba la idea de matar todos esos chicos5 aniquilar otras cien mil personas… todos esos chicos

Además, la noción que Hiroshima era un centro militar e industrial importante es inverosímil a primera vista. La ciudad había permanecido intacta a lo largo de devastadores años de ataques aéreos sobre las islas japonesas y nunca apareció en la lista de los 33 objetivos primarios del Comando de Bombarderos6

De manera que la justificación de los bombardeos atómicos ha venido a descansar sobre una única y colosal mentira, que sorpresivamente ha ganado validez: que los bombardeos fueron necesarios para salvar a medio millón o más de vidas estadounidenses. Estas, supuestamente, son las vidas que se hubiesen perdido en la planificada invasión de Kyushu en diciembre, y luego en la invasión total de Honshu el año siguiente, de ser necesaria esta última. Pero el peor escenario de una invasión a gran escala de las islas japonesas era de cuarenta y seis mil vidas estadounidenses.7 La ridiculamente inflada cifra de medio millón para el saldo potencial de muertos -casi el doble del total de muertes estadounidenses en todos los teatros de la Segunda Guerra Mundial- es repetido ahora rutinariamente en los libros universitarios y de secundaria y propagada por comentaristas ignorantes. No es sorprendente que el premio por fatuidad pura al respecto vaya para el presidente George H.W. Bush, quien en 1991 afirmó que lanzar las bombas salvó millones de vidas estadounidenses8

Aún así, los múltiples engaños y auto-engaños de Truman son comprensibles, considerando el horror que él desató. Es igualmente comprensible que las autoridades estadounidenses de ocupación censuraran los reportes desde las devastadas ciudades y no permitieran que las películas y fotografías de los miles de cadáveres y de los horrorosamente mutilados sobrevivientes alcanzaran al público.9 De lo contrario, los estadounidenses -y el resto del mundo- podrían hacer comparaciones inquietantes con las escenas de los campos de concentración nazis que entonces salían a la luz pública.

Los bombardeos fueron condenados como bárbaros e innecesarios por altos oficiales militares estadounidenses, incluyendo a Eisenhower y MacArthur.10 La opinión del Almirante William D. Leahey, Jefe del Estado Mayor del mismo Truman, era típica:

 

El uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no nos ayudó materialmente en nuestra guerra contra Japón (…) Mis propios sentimientos eran que al ser los primeros en usarla, habíamos adoptado un estándar ético común al de los bárbaros de la Edad Oscura. A mí no enseñaron a librar guerras de esa forma y las guerras no pueden ser ganadas destruyendo mujeres y niños.11

 

La élite política impicada en los bombardeos atómicos temía una reacción violenta que ayudara y estimulara el renacimiento del horrible «aislacionismo» de la pre-guerra. Apologías fueron impresas apresuradamente, no fuera que el asco público por el enfermizo crimen de guerra resultara en erosión del entusiasmo por el proyecto globalista.12 Nada de qué preocuparse. Un cambio abismal había ocurrido en las actitudes del público estadounidense. Entonces y luego, todos los sondeos han mostrado que la gran mayoría apoyba a Truman, creyendo que las bombas eran necesarias para acabar con la guerra y salvar cientos de miles de vidas estadounidenses, o más probablemente, no importándoles ni una cosa ni la otra.

Aquellos que todavía puedan incomodarse por tan espeluznantes ejercicios de análisis de costos y ganancias -vidas inocentes japonesas versus vidas de soldados aliados- pueden reflexionar en el juicio de la filósofa católica G.E.M. Anscombe, quien insitía en la supremacía de las reglas morales.13 Cuando en 1956 Truman recibió un grado honorario la universidad de Anscombe, Oxford, ella protestó.14 Truman era un criminal de guerra, afirmaba ella, pues ¿cuál es la diferencia entre la masacre de civiles desde el aire por el gobierno de los EE.UU., como en Hiroshima y Nagasaki, y el aniquilamiento de los habitantes de algún pueblo polaco o checo por los Nazis?

Vale la pena seguir el argumento de Anscombe. Supóngase que cuando invadimos Alemania a prinicipios de 1945, nuestros líderes hubiesen creído que ejecutar a todos los habitantes de Aquisgrán o Trier, o alguna otra ciudad de Renania, quebraría finalmente la voluntad de los alemanes y los llevaría a la rendición. De esta manera la guerra podría haber terminado rápidamente, salvando las vidas de muchos soldados aliados. ¿Justificaría eso entonces el asesinato de decenas de miles de civiles alemanes, incluyendo mujeres y niños? Pero, ¿cómo es eso diferente de los bombardeos atómicos?

A principios del verano de 1945, los japoneses entendían por completo que estaban perdidos. ¿A pesar de ello, por qué continuaban peleando? Como lo escribió Anscombe: era la insistencia en la rendición incondicional la raíz de todos los males.15

Esa loca fórmula fue acuñada por Roosevelt en la Conferencia de Casablanca y, con la concurrencia entusiasta de Churchill, se convirtió en el idioma Alliado. Después de prolongar la guerra en Europa, hizo lo suyo en el Pacífico. En la Conferencia de Postdam en Julio de 1945, Truman emitió una proclamación a los japoneses, amenazándolos con la «devastación total» de su patria a menos que se rindieran incondicionalmente. Entre los términos aliados, a los cuales «no hay alternativa», estaba el que sería eliminada para siempre la autoridad e influencia de aquellos que han engañado y confundido al Pueblo del Japón para embarcarse en la conquista del mundo. «Justicia severa», advertía la proclamación, sería impartida a todos los criminales de guerra.16 Para los japoneses esto significaba que el Emperador -considerado por ellos como divino, un descendiente directo de la Diosa del Sol- seguramente sería destronado y probablemente puesto a juicio como criminal de guerra y colgado, quizás frente a su palacio.17 De hecho, los EE.UU. no tenía intención de destronar o castigar al Emperador. Pero esta modificación implícita de la rendición incondicional nunca les fue comunicada a los japoneses. Al final, después de Nagasaki, los EE.UU. aceptaron el deseo japonés de mantener la dinastía e inclusive de mantener a Hiroito como emperador.

Durante los meses previos Truman había sido presionado para que clarificara la posición de los EE.UU. por varios altos oficiales dentro y fuera del gobierno. En mayo de 1945, por petición del presidente, Herbert Hoover preparó un memorándum enfatizando la necesidad urgente de terminar la guerra tan pronto como fuese posible. Los japoneses debían ser informados que nosotros no interferiríamos con el Emperador o la forma de gobierno que eligiese. Hoover hasta planteó que la posibilidad que, como parte de los términos a Japón se le podría permitir conservar Formosa (Taiwan) y Corea. Después de reunirse con Truman, Hoover cenó con Taft y otros líderes republicanos para mostrarles su propuesta.18

A los escritores del sistema sobre la Segunda Guerra Mundial frecuentemente les gusta entrar en especualciones escabrosas. Por ejemplo: si los EE.UU. no hubiesen entrado en la guerra, entonces Hitler hubiese «conquistado al Mundo» (parecería una triste subestimación del Ejército Rojo. Además, ¿no era Japón quien estaba tratando de conquistar el Mundo?) y matado incalculables millones. Ahora, si aplicamos al historia conjetural en este caso: supóngase que la guerra en el Pacífico hubiese terminado en la forma que normalmente las guerras terminan -mediante la negociación de las condiciones de rendición. Y supóngase lo peor -que los japoneses hubiesen insistido tercamente en reservar parte de su imperio, digamos, Corea y Formosa, hasta Manchuria. En ese caso, es bastante probable que los japoneses hubiesen estado en una posición de evitar que los comunistas llegasen al poder en China. Y eso pudiese haber significado que las treinta o cuarenta millones de muertes que ahora se le atribuye al régimen Maoista no hubiesen ocurrido.

Pero aun permaneciendo dentro de los límites de la diplomacia posible en 1945, es claro que Truman no agotó todos los medios para terminar la guerra sin recurrir a la bomba atómica. Los japoneses no fueron informados que iban a ser las víctimas del arma más letal por mucho jamás inventada (una con más de dos mil veces el poder de detonación del ‘Grand Slam’ británico, que es la bomba más grande jamás usada en la historia de la guerra, tal como Truman presumió en su anuncio del ataque a Hiroshima). Ni se les dijo que la Unión Soviética estaba preparada para declarar la guerra al Japón, un evento que impresionó más que las bombas a algunos en Tokio.19 Peticiones de algunos de los científicos involucrados en el proyecto para demostrar la potencia de la bomba en una zona deshabitada o evacuada fueron desairadas. Todo lo que importaba era preservar formalmente la fórmula de la rendición incondicional y salvar las vidas de los soldados que podrían haber sido perdidas en el esfuerzo por obtenerla. Pero como escribió el Mayor General J.F.C Fuller, uno de los más grandes historiadores militares del siglo, en relación a los bombardeos atómios:

 

Aunque salvar vidas es loable, de ninguna manera justifica utilizar medios que van en contra de todo precepto de humanidad y las costumbres de la guerra. Si así fuese, entonces con el pretexto de acortar una guerra y salvar vidas, cualquier atrocidad imaginable puede ser justificada.20

 

¿No es eso acaso obvio? ¿Y no es esta la razón por la cual en principio hombres racionales y humanos desarrollaron a lo largo de generaciones las leyes de la guerra?

Mientras los medios de comunicación masiva repetían como loros la línea de elogio por las incineraciones atómicas, prominentes conservadores las denunciaron como crímenes indescriptible. Felix Morley, académico constitucionalista y uno de los fundadores de Human Affairs, llamó la atención al horror de Hiroshima, incluyendo los miles de niños atrapados en las treinta y tres escuelas que fueron destruidas. Llamó a sus compatriotas a compensar por lo que había sido hecho en su nombre y propuso que grupos de estadounidenses fueran enviados a Hiroshima, así como los alemanes eran enviados a atestiguar lo que había sido hecho en los campos de concentración nazis. El cura Paulistas, Padre James Gillis, editor de The Catholic World y otro incondicional de la Vieja Derecha, censuró fuertemente los bombardeos como el más poderoso golpe ddo contra la civilización cristiana y la ley moral. David Lawrence, dueño conservador del U.S. News and World Report, continuó denunciándolos por años.21 Al distinguido filósofo conservador Richard Weaver le daba asco

 

el espectáculo de jóvenes chicos, recientemente sacados de Kansas y Texas, convirtiendo a la no-militar Dresden en un holocausto (…) pulverizando santuarios antiguos como Monte Casino y Nuremberg y trayendo la aniquilación atómica a Hiroshima y Nagasaki.

 

Weaver consideraba tales atrocidades como profundamente antipáticas a las fundaciones sobre las cuales la civilización está basaday.22

Hoy, autodenominados conservadores difaman como «anti-estadounidense» a cualquiera que esté en lo más mínimo incómodo con la masacre de decenas de miles de japoneses desde el aire perpetrada por Truman. Esto muestra tan bien como cualquier otra cosa la diferencia entre los «conservadores» de hoy en día y aquellos que alguna vez merecieron tal nombre.

Leo Szilard era el mundialmente conocido físico que redactó la carta original a Roosevelt que Einstein firmó, instigando el Proyecto Manhattan. En 1960, poco antes de su muerte, Szilard afirmó otra verdad obvia:

 

Si los alemanes hubiesen lanzados bombas atómicas en ciudades en vez de nosotros, hubiésemos definido el lanzamiento de bombas atómicas sobre ciudades como crímenes de guerra y a los alemanes que fuesen culpables de este crimen los habríamos sentenciado a muerte en Nuremberg y los habríamos colgado.23

 

La destrucción de Hiroshima y Nagasaki fue un crimen de guerra, peor que cualquiera por los que generales japoneses fueron colgados en Tokio y Manila. Si Harry Truman no fue un criminal de guerra, entonces nadie nunca lo ha sido.


Notas

[1]Sobre las bombas atómicas, véase Gar Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb and the Architecture of an American Myth (New York: Knopf, 1995); e idem, «Was Harry Truman a Revisionist on Hiroshima?» Society for Historians of American Foreign Relations Newsletter 29, no. 2 (Junio 1998); también Martin J. Sherwin, A World Destroyed: The Atomic Bomb and the Grand Alliance (New York: Vintage, 1977); y Dennis D. Wainstock, The Decision to Drop the Atomic Bomb (Westport, Conn.: Praeger, 1996).

[2]Alperovitz, Decision, p. 563. Truman grega que: Cuando lidias con una bestia, la tienes que tratar como bestia. Es de los más lamentable, mas sin embargo es cierto. Para frases similares de Truman, véase ibid. p. 564. El monumental trabajo de Alperovitz es el resultado de cuatro décadas de estudio de los bombardeos atómicos y es indispensable para comprender la frecuentemente compleja argumentación sobre el asunto

[3]Ibid., p. 521.

[4]Ibid., p. 523.

[5]Barton J. Bernstein, «Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-Known Near Disasters, and Modern Memory,» Diplomatic History 19, no. 2 (Spring 1995): 257. El General Carl Spaatz, comandante de las operaciones de bombardeo estratégico de los EE.UU. en el Pacífico, estaba tan conmovido por la destrucción de Hiroshima que telefoneó a sus superiores en Washington, proponiendo que la siguiente bomba fuese lanzada sobre un área menos poblada, de manera que no fuese tan devastadora para la gente y la ciudad. Su sugerencia fue rechazada. Ronald Schaffer, Wings of Judgment: American Bombing in World War II (New York: Oxford University Press, 1985), pp. 147–48.

[6]Esto también cierto respecto a Nagasaki

[7]Véase Barton J. Bernstein, «A Post-War Myth: 500,000 U.S. Lives Saved», Bulletin of the Atomic Scientists 42, no. 6 (June–July 1986): 38–40; e idem, «Wrong Numbers», The Independent Monthly (July 1995): 41–44.

[8]J. Samuel Walker, «History, Collective Memory, and the Decision to Use the Bomb», Diplomatic History 19, no. 2 (Spring 1995): 320, 323–25. Walker detalla la frenética evasión del Biógrafo de Truman, David McCullough, cuando se le confrontó con los registros inequívocos.

[9]Paul Boyer, Exotic Resonances: Hiroshima in American Memory, Diplomatic History 19, no. 2 (Spring 1995): 299. Sobre el destino de las víctimas de los bombardeos y el restringido conocimiento del público sobre ellos, véase John W. Dower, The Bombed: Hiroshimas and Nagasakis in Japanese Memory en ibid., pp. 275–95.

[10]Alperovitz, Decision, pp. 320–65. Sobre MacArthur y Eisenhower, véase ibid., pp. 352 and 355–56.

[11]William D. Leahy, I Was There (New York: McGraw-Hill, 1950), p. 441. Leahey comparó el uso de la bomba atómica con el trato dado a los civiles por Gengis Kahn y lo denominó indigno de hombres cristianos. Ibid p. 442. Curiosamente, el mismo Truman escribió el prefacio para el libro de Leahey. En una carta privada escrita justo antes de dejar la Casa Blanca, Truman se refirió al uso de la bomba como «asesinato», afirmando que la bomba es peor que el gas y las armas biológicas porque afecta a la población civil y las asesina al por mayor. Barton J. Bernstein, Origins of the U.S. Biological Warfare Program Preventing a Biological Arms Race, Susan Wright, ed. (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1990), p. 9.

[12]Barton J. Bernstein, Seizing the Contested Terrain of Early Nuclear History: Stimson, Conant, and Their Allies Explain the Decision to Use the Bomb, Diplomatic History 17, no. 1 (Winter 1993): 35–72.

[13]Un escritor en nada incomodado por el sacrificio de japoneses inocentes para salvar soldados aliados -de hecho, para salvarlo sólo a él- es Paul Fussell; véase su Thank God for the Atom Bomb and Other Essays (New York: Summit, 1988). La razón para el pequeño Te Deum de Fussell es que él estaba entre aquellos programados para tomar parte en la invasión de Japón, y podía muy bien haber sido matado. Es un misterio por qué Fussell desacarga su fácilmente comprensible terror, en una forma bastante poco cortés, sobre mujeres y niños japoneses, en vez de sobre los hombres en Washington que lo reclutaron para pelear en el Pacífico en primer lugar.

[14]G.E.M. Anscombe, Mr. Truman’s Degree en idem, Collected Philosophical Papers, vol. 3, Ethics, Religion and Politics (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1981), pp. 62–71.

[15]Anscombe, Mr. Truman’s Degree, p. 62.

[16]Hans Adolf Jacobsen y Arthur S. Smith, Jr., eds., World War II: Policy and Strategy. Selected Documents with Commentary (Santa Barbara, Calif.: ABC-Clio, 1979), pp. 345–46.

[17]Para algunos líderes japoneses, otra razón para mantener al emperador era como baluarte contra una posible toma del poder comunista en la post-guerra. Véase también Sherwin, A World Destroyed, p. 236: La procalamción [de Postdam] les dio a los miembros de la línea dura militar en el gobierno más municiones para continuar la guerra, que las que le dio a sus oponentes para terminarla.

[18]Alperovitz, Decision, pp. 44–45.

[19]Cf. Bernstein, Understanding the Atomic Bomb, p. 254: parece muy probable, aunque no definitivo, que una combinación sinérgica de garantizar al Emperador, esperar la entrada soviética en la guerra y continuar con la estrategia de asedio hubiese terminado la guerra a tiempo para evitar la invasión de noviembre. Bernstein, un excelente y escrupuloso académico, sin embargo está en desacuerdo con Alperovitz y la escuela revisionista en varios puntos claves.

[20]J.F.C. Fuller, The Second World War, 1939–45: A Strategical and Tactical History (London: Eyre and Spottiswoode, 1948), p. 392. Fuller, quien fue similarmente mordaz respecto a los bombardeos de terror de las ciudades alemanas, caracterizó los ataques a Hiroshima y Nagasaki como un tipo de guerra que habría desgraciado a Tamerlane. Cf. Barton J. Bernstein, quien concluye, en Understanding the Atomic Bomb, p. 235:

in 1945, los lideres estadounidenses no estaban tratando de evitar el uso de la Bomba A. Su uso no les creaba problemas éticos o políticos. En consecuencia, rechazaron fácilmente o nunca consideraron la mayoría de las llamadas alternativas a la bomba

[21]Felix Morley, The Return to Nothingness, Human Events (August 29, 1945) reimpreso en Hiroshima’s Shadow, Kai Bird and Lawrence Lifschultz, eds. (Stony Creek, Conn.: Pamphleteer’s Press, 1998), pp. 272–74; James Martin Gillis, Nothing But Nihilism, The Catholic World, September 1945, reimpreso en ibid., pp. 278–80; Alperovitz, Decision, pp. 438–40.

[22]Richard M. Weaver, A Dialectic on Total War, en idem, Visions of Order: The Cultural Crisis of Our Time (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1964), pp. 98–99.

[23]Wainstock, Decision, p. 122.


Traducido del inglés por Larry Nieves. El extracto original puede ser consultado como Hiroshima and Nagasaki. Fuente: Liberal Venezolano.

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