Ideas e intereses

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Marx supone tácitamente que la condición social de una clase determina de forma única sus intereses y que no puede haber duda de qué tipo de política sirve mejor a sus intereses. La clase no tiene que elegir entre distintas políticas. La situación histórica conlleva una política definida. No hay alternativa. De eso se deduce que la clase no actúa, pues actuar implica elegir entre varias posibles forma de proceder. Las fuerzas productivas materiales actúan a través del medio de los miembros de clase.

Pero Marx, Engels y todos los demás marxistas ignoraban este dogma fundamental de su credo tan pronto como abandonaban los límites de la epistemología y empezaban a comentar los asuntos históricos y políticos. Entonces no sólo acusaban a las clases no proletarias de hostilidad a los proletarios, sino que criticaban sus políticas como no conducentes a promover los verdaderos intereses de sus propias clases.

El más importante de los panfletos políticos de Marx es La guerra civil en Francia (1871). Ahí ataca furiosamente al gobierno francés que, apoyado por la inmensa mayoría de la nación, se concentraba en sofocar la rebelión de la Comuna de París. Calumnia imprudentemente a todos los miembros principales de ese gobierno, llamándoles estafadores, falsificadores y malversadores. Jules Favre, acusa, estaba “viviendo en concubinato con la esposa de un dipsomaniaco” y el General de Gallifet se beneficiaba de la supuesta prostitución de su esposa. En resumen, el panfleto abría el camino a las tácticas difamatorias de la prensa socialista, que los marxistas reprendían indignadamente como una de las excrecencias del capitalismo cuando los tabloides la adoptaban.

Aun así, todas estas mentiras difamatorias, aunque reprensibles, pueden interpretarse como estratagemas de partido en la guerra implacable contra la civilización burguesa. Al menos no son incompatibles con los principios epistemológicos marxistas. Pero otra cosa es cuestionar la eficacia de la política burguesa desde el punto de vista de los intereses de clase de la burguesía.

La guerra civil mantiene que la política de la burguesía francesa ha desenmascarado las enseñanzas esenciales de su propia ideología, cuyo único propósito es “retrasar la lucha de clases”, por lo que ya no será posible a la clase dirigente burguesa “esconderse en un uniforme nacionalista”. Por tanto, ya no habrá ninguna posibilidad de paz o armisticio entre los trabajadores y sus explotadores. La batalla se reanudará una y otra vez y no puede haber duda acerca de la victoria de los trabajadores.[1]

Debe advertirse que estas observaciones se hicieron respecto de una situación en la que la mayoría del pueblo francés sólo podía elegir entre la rendición incondicional a una pequeña minoría de revolucionarios o luchar contra ellos. Ni Marx ni nadie habría esperado que la mayoría de una nación cediera sin resistencia a una agresión armada por parte de una minoría.

Más importante aún es el hecho de que Marx en estas observaciones atribuya a las políticas adoptadas por la burguesía francesa una influencia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos. En eso contradice todos sus demás escritos. En el Manifiesto Comunista había anunciado la implacable e incansable lucha de clases sin considerar las tácticas de defensa a las que podía recurrir la burguesía. Había deducido la inevitabilidad de esta lucha de la situación de clase de los explotadores y de los explotados. No hay espacio en el sistema marxista para la suposición de que las políticas adoptadas por la burguesía puedan en modo alguno afectar a la aparición de la lucha de clases como su resultado.

Si es verdad que una clase, la burguesía francesa de 1871, estaba en situación de elegir entre alternativas políticas y, mediante su decisión, influir en el desarrollo de los acontecimientos, lo mismo debe ser cierto en otras clases en otras situaciones históricas. Por tanto, se desmoronan todos los dogmas de materialismo marxista. Por tanto no es verdad que la situación de una clase enseñe a una clase cuáles son sus genuinos intereses de clase. No es verdad que sólo esas ideas conducentes a los intereses reales de una clase cuenten con la aprobación de quienes dirigen las políticas de la clase. Puede ocurrir que haya distintas ideas dirigiendo esas políticas y así obtengan una influencia en el curso de los acontecimientos. Pero entonces no es verdad que lo que cuenta en la historia son sólo los intereses y que las ideas sean meramente una superestructura ideológica, determinada exclusivamente por esos intereses.

Se hace imperativo analizar las ideas con el fin de separar las que son realmente beneficiosas para los intereses de clase afectados de las que no lo son. Se hace necesario discutir las ideas conflictivas con los métodos del razonamiento lógico. Se viene abajo la provisionalidad de los medios con los que Marx intenta impedir esa esta evaluación desapasionada de las ventajas e inconvenientes de ideas concretas. Se reabre la vía hacia un examen de los méritos y deméritos del socialismo, que Marx trataba de impedir como “no científica”.

Otra importante explicación de Marx fue su obra de 1865, Salario, precio y ganancia. En este documento Marx critica las políticas tradicionales de los sindicatos. Deberían abandonar su “lema conservador de “¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!”, [e] inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: «¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!”[2] Esto es evidentemente un disputa acerca de qué tipo de política sirve mejor a los intereses de clase de los trabajadores.

En este caso, Marx se desvía de su procedimiento habitual de calificar de traidores a todos sus oponentes proletarios. Admite implícitamente que pueden prevalecer los disidentes incluso entre los defensores más honrados y sinceros de los intereses de clase de los trabajadores y que esas diferencias deben arreglarse debatiendo sobre el asunto. Quizá pensándolo mejor, descubrió por sí mismo que la forma en que se ocupaba del problema era incompatible con todos sus dogmas, pues no publicó este escrito que había leído el 26 de junio de 1865 en el Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores. Se publicó por primera vez en 1898 por una de sus hijas.

Pero de lo que nos estamos ocupando no es del fracaso de Marx en seguir coherentemente su propia doctrina y sus lapsus en formas de pensamiento incompatibles con ella. Tenemos que examinar la sostenibilidad de la doctrina marxista y por tanto ocuparnos de la connotación particular que tiene el término “intereses” en el contexto de esta doctrina.

Todo individuo, y por consiguiente todo grupo de individuos, intenta al actuar sustituir un estado de cosas que considera poco satisfactorio por uno que le vaya mejor. Sin considerar la cualificación de estos dos estados de cosas desde ningún otro punto de vista, podemos decir en este sentido que persigue su propio interés. Pero la pregunta de qué es más deseable y qué es menos la responde el individuo actor. Es el resultado de elegir entre varias soluciones posibles. Es un juicio de valor. Viene determinado por las ideas del individuo acerca de los efectos que puedan tener esos distintos estados en su propio bienestar. Pero en definitiva depende del valor que atribuya a estos efectos anticipados.

Si recordamos esto, no es sensato declarar que las ideas son producto de los intereses. Las ideas dicen a un hombre cuáles son sus intereses. En el futuro, al revisar sus acciones pasadas, el individuo puede formarse la opinión de que ha errado y que otra forma de actuar habría servido mejor a sus propios intereses. Pero eso no significa que en el instante crítico en que actuó no lo hiciera de acuerdo con sus intereses. Actuó de acuerdo con lo que, en ese momento, consideraba que serviría mejor a sus intereses.

Si un observador imparcial observa la acción de otro hombre puede pensar: “Este tipo se equivoca, lo que hace no servirá para lo que él considera su interés, otra forma de actuar sería más apropiada para alcanzar los fines que busca”. En este sentido, un historiador puede decir hoy, o un contemporáneo juicioso podía decir en 1939: “Al invadir Polonia, Hitler y los nazis cometieron un error, la invasión dañó lo que consideraban sus intereses”.

Una crítica así es sensata siempre que se ocupe sólo de los medios y no de los fines últimos de una acción. La elección de los fines últimos es un juicio de valor sólo dependiente de la valoración del individuo que la juzga. Todo lo que otra persona puede decir es; “Yo habría tomado otra decisión”. Si un romano hubiera dicho a un cristiano condenado a ser devorado por las fieras en el circo: “Servirás mejor a tus intereses humillándote y adorando la estatua de nuestro divino emperador”, el cristiano le habría respondido: “Mi interés principal es cumplir con los preceptos de mi credo”.

Pero el marxismo, como filosofía de la historia que afirma conocer los fines que los hombres están obligados a buscar, emplea la palabra “intereses” con una connotación distinta. Los intereses a los que se refiere no son los elegidos por los hombres basándose en juicios de valor. Son los fines a los apuntan las fuerzas productivas materiales. Estas fuerzas apuntan al establecimiento del socialismo. Usan a los proletarios como medio para la realización de este fin.

Las fuerzas productivas materiales sobrehumanas persiguen sus propios intereses, independientemente de la voluntad de los mortales. La clase proletaria es meramente una herramienta en sus manos. Las acciones de la clase no son suyas, sino las que realizan las fuerzas productivas materiales al usar la clase como un instrumento sin voluntad propia. Los intereses de clase a los que se refiere Marx son de hecho los intereses de las fuerzas productivas materiales, que quieren ser liberadas de “las cadenas a su desarrollo”:

Por supuesto, los intereses de este tipo, no dependen de las ideas de gente corriente. Vienen determinadas exclusivamente por las ideas del hombre Marx, que creó tanto el fantasma de las fuerzas productivas materiales como la imagen antropomórfica de sus intereses.

En el mundo de la realidad, la vida y la acción humana no existen los intereses independientes de las ideas, que les preceden temporal y lógicamente. Cuando un hombre sopesa su interés es una consecuencia de sus ideas.

Si tiene algún sentido la proposición de que los intereses de los proletarios se verían mejor servidos en el socialismo, es éste: los fines que están persiguiendo voluntariamente los proletarios individuales se alcanzarán mejor con el socialismo. Una proposición así requiere una prueba. Es inútil sustituir esa prueba por el recurso a un sistema arbitrariamente concebido de filosofía de la historia.

Esto no le pudo haber pasado a Marx por estar cegado ante la idea de que los intereses humanos sean única y completamente determinados por la naturaleza biológica del cuerpo humano. Marx, tal y como lo veía, está interesado exclusivamente en la consecución de la mayor cantidad de bienes tangibles. No hay un problema cualitativo, sino sólo cuantitativo en el suministro de bienes y servicios. Los deseos no dependen de las ideas, sino solamente de las condiciones fisiológicas. Cegado por esta idea preconcebida, Marx ignoraba el hecho de que uno de los problemas de la producción es decir qué tipo de bienes producir.

Con animales y hombres primitivos al borde de la inanición, es realmente cierto que nada importa, salvo la cantidad de cosas comestibles que puedan conseguirse. No hay necesidad de apuntar que las condiciones son completamente distintas para los hombres, incluso en las primeras etapas de la civilización. El hombre civilizado afronta el problema de elegir entre las satisfacciones de diversas necesidades y entre los diversos modos de satisfacer la misma necesidad. Sus intereses se diversifican y vienen determinados por las ideas que influyen en su elección. Uno no sirve a los intereses de un hombre que quiere un abrigo nuevo dándole un par de zapatos o a los de un hombre que quiere escuchar una sinfonía de Beethoven dándole una entrada para un combate de boxeo. Son las ideas las responsables del hecho de que los intereses de la gente sean diversos.

Por cierto, que puede mencionarse que esta mala interpretación de los deseos e intereses humanos impidió a Marx y otros socialistas entender la distinción entre libertad y esclavitud, entre la condición de un hombre que decide cómo gastar sus ingresos y un hombre a quien una autoridad paternal provee de esas cosas que piensa la autoridad que necesita. En la economía de mercado, los consumidores eligen y por tanto determinan la cantidad y calidad de los bienes producidos. Bajo el marxismo la autoridad se ocupa de esos asuntos. A los ojos de Marx y los marxistas no hay diferencia sustancial entre estos dos métodos de satisfacción de deseos: no importa quién elija, el “mísero” individuo por sí mismo o la autoridad por todos sus súbditos. No se dan cuenta de que la autoridad no da a sus pupilos lo que quieren tener, sino lo que, de acuerdo con la opinión de la autoridad, tendrían que tener. Si un hombre que quiere una Biblia recibe en su lugar un Corán ya no es libre.

Pero incluso si admitiéramos, pongamos por caso, que no hay incertidumbre ni en relación con el tipo de cosas que pide la gente ni en los métodos más avanzados tecnológicamente para producirlas, sigue habiendo un conflicto entre intereses a corto y largo plazo. De nuevo la decisión depende de las ideas. Son los juicios de valor los que determinan la cantidad de preferencia temporal asignada al valor de los bienes presentes respecto de los futuros. ¿Deberíamos consumir o acumular capital? ¿Y hasta dónde debería llegar esa disposición o acumulación de capital?

En lugar de ocuparse de todos estos problemas, Marx se contentaba con el dogma de que el socialismo sería un paraíso terrenal en el que todos tendrían lo que necesitaran. Por supuesto, si se empieza por este dogma, se puede declarar tranquilamente que los intereses de todos, sean los que sean, se verán atendidos bajo el socialismo. En el reino de Jauja la gente ya no necesitará ideas, no tendrá que recurrir a ningún juicio de valor, no tendrá que pensar y actuar. Sólo abrirán sus bocas para dejar entrar en ellas a los pichones asados.

En el mundo de la realidad, cuyas condiciones son el único objeto de investigación científica de la verdad, las ideas determinan lo que la gente considera que son sus intereses. No existen intereses que puedan ser independientes de las ideas. Son las ideas las que determinan lo que la gente considera sus intereses. Los hombres libres no actúan de acuerdo con sus intereses. Actúan de acuerdo con lo que creen que favorece sus intereses.


[1] Marx, Der Bürgerkrieg in Frankreich, ed. Pfemfert (Berlín, 1919), p. 7.
[2] Marx, Salario, precio y ganancia (Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976), p. 75.


Extraído del capítulo 7 de Teoría e historia. Traducido del inglés por Mariano Bas. El artículo original se encuentra aquí.

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