El intento de justificar a Lincoln

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[Vindicating Lincoln: Defending the Politics of Our Greatest President • Thomas L. Krannawitter • Roman & Littlefield, 2008 • Xv + 355 páginas]

Cuando llegué a la página 22 de Vindicating Lincoln, casi tiro el libro contra la pared. Luego leí: “Primero, las últimas iteraciones de la filosofía europea durante el periodo prebélico han de encontrarse en los escritos de G.W.F. Hegel y Charles Darwin, cuyas enseñanzas, cuando se trasladaron a Estados Unidos se interpretaron a menudo como justificaciones, no argumento en contra, de la esclavitud negra”. (cursivas añadidas)

¿Puede Krannawitter ignorar el hecho de que Darwin no explicó la evolución humana hasta El origen del hombre en 1871? Tal vez este pasaje fuera un desliz trivial, que solo destacaría un crítico buscando hacer sangre. Pero varias páginas después, Krannawitter cabalga de nuevo: “En el sur prebélico, el pensamiento religioso incorporó las ideas de Hegel y Darwin para proporcionar una defensa potente de la esclavitud que fue bien recibida por muchos sureños blancos” (p. 234).[1]

Al tratar de entender cómo Krannawitter pudo ser culpable de un error tan burdo, llegamos de una clave del libro. Fue alumno de Harry Jaffa, y su libro defiende hasta el último detalle el análisis de Lincoln por Jaffa.

Creo [Krannawitter] en la honradez al advertir y por tanto comunico al lector que soy alumno de Jaffa. Para ser justo, debería haber concluido casi todos los párrafos con una nota a pie de página reconociendo las enseñanzas de Jaffa, pero sé que el lector se cansaría, así que déjenme decir aquí que la influencia de Jaffa está presente a lo largo del libro. (p. xiii)

Ahora se resuelve el misterio. Jaffa comete exactamente el mismo error y a Krannawitter no se le ha ocurrido verificar las afirmaciones de su reverenciado maestro.[2]

Un error más grave sería sin embargo rechazar el libro de Krannawitter por incompetente; sean cuales sean su defectos, y hay muchos, plantea un tema importante. Si pensamos que la esclavitud es un error sin paliativos, ¿no debemos reconocer que el que Lincoln  iniciara una guerra contra el sur era algo correcto? Al contrario que Lincoln, muchos de los líderes de la Confederación pensaban que la esclavitud era un bien positivo. ¿No deben por tanto todos los libertarios rechazar la postura del sur de que la secesión fuera constitucionalmente justificable? Pensar otra cosa, afirma, es apoyar la esclavitud. ¿Entonces por qué, pregunta Krannawitter, hay una coalición entre escritores libertarios y partidarios del sur, creada para atacar al Gran Emancipador?

La pregunta de Krannawitter se basa en una premisa falsa. Refiriéndose a los críticos de Lincoln, escribe:

Un rechazo de los principios de derecho natural que informa el gobierno de Lincoln aúna sus por otro lado dispares escritos. Buscar envilecer a Lincoln y convencer al pueblo estadounidense para que abandone sus principios y ejemplo. (p. 9)

Krannawitter argumenta así: Lincoln rechazaba la esclavitud; para él, la cláusula de “todos los hombres son creados iguales” de la Declaración de Independencia se aplicaba tanto a los negros como a los blancos y quería decir que nadie por naturaleza podía mandar sobre otro ser humano como su amo. Así que quienes atacan a Lincoln deben rechazar los derechos naturales: o son historicistas o son creyentes en el determinismo económico. Los opositores libertarios de Lincoln, piensa, caen en esta última categoría.

Por supuesto la conclusión de Krannawitter no es correcta. Muchos de los críticos de Lincoln también creen en el derecho natural. Es lo suficientemente amable como para citarme diciendo que importantes liberales clásicos, desde Lord Acton a Murray Rothbard, han defendido a la Confederación (p. 289). ¿No sabe que la autopropiedad y una teoría lockeana de la adquisición de propiedad son las premisas clave de la de la filosofía política de Rothbard? ¿Cree que Lord Acton se oponía a la libertad?

Krannawitter ha estructurado su libro alrededor de una serie de quejas contra Lincoln. No puedo examinar todas las acusaciones y sus respuestas, pero me interesa una especialmente, ya que Krannawitter me incluye entre los críticos. En el capítulo “¿Era Lincoln un racista?” ataca la afirmación de que el rechazo personal indudable de Lincoln a la esclavitud no significaba en modo alguno que defendiera una igualdad política para los negros. Muy al contrario, afirman los críticos, Lincoln compartía completamente las opiniones racistas casi universalmente sostenidas en los Estados Unidos antes de la guerra.

Las evidencias de esto están a mano. En sus famosos debates con Stephen Douglas, Lincoln dijo que había

Una diferencia física entre las razas blanca y negra que creo que impedirá para siempre que vivan juntas en términos de igualdad social y política. Y ya que no pueden vivir así, mientras tengan que permanecer juntas deberá haber una posición superior e inferior y yo, como cualquier otro hombre, estoy a favor de tener la posición superior asignada a la raza blanca. (p. 19)[3]

Hay una línea evidente que podrían seguir los comprometidos con la tesis de la igualdad. Podría afirmarse que Lincoln realmente no creía en lo que decía. Para tener una posibilidad de ganar las elecciones contra Douglas tenía que adular el prejuicio racial de su audiencia. Normalmente quienes dicen esto continúan justificando el engaño.

Para mi sorpresa, Krannawitter no sigue esta vía. Por el contrario, dice que las declaración de Lincoln, si se leen con cuidado, no son racistas en absoluto.

¿Hay una diferencia física entre seres humanos negros y blancos? Por supuesto, los negros son negros y los blancos son blancos. Y aunque esta simple diferencia de color de piel no requiere, en sí misma, una desigualdad política y social, la distinción en color en Estados Unidos se había entrelazado profundamente con la esclavitud y cuestiones de jerarquía racial (…) Lincoln no defendía una jerarquía política basada en raza, pero indicaba que esa jerarquía puede ser “una necesidad”, un resultado inevitable de opiniones y suposiciones raciales extendidas. En tal caso, cualquiera de cualquier color, cuando se le presentara la alternativa de tener a su raza asignada una posición superior o inferior en una sociedad concreta, sin opción de una igual ciudadanía, elegiría tener a su raza en la posición superior (…) Esto no demuestra en modo alguno que Lincoln no creyera en la igualdad de derechos de todos los hombres de todos los colores o que no esperara que la opinión estadounidense algún día se dirigiera hacia una igualdad ciudadana para todos los hombres de todos los colores. (pp. 21, 24)

Krannawitter ha leído descaradamente en el texto de Lincoln lo que quiere que esté presente en él. Lincoln no dice nada que indique que la jerarquía racial se base en prejuicios que él no comparte. ¿Por qué hace esto Krannawitter?

Su razonamiento parece ser este: Lincoln reconocía que los negros tenían derecho a poseer propiedades: junto con la aceptación de la doctrina de Locke de la autopropiedad, tal y como se encuentra en le Declaración de Independencia, también aceptaba la visión de Locke de la propiedad y el contrato social. Si, como Locke, creía que el gobierno político requiere el consentimiento de los gobernados, ¿no se deduce de esto el sufragio universal?

Por tanto, si los negros poseen iguales derechos naturales y si el propósito de la república bajo la que viven es proteger los derechos naturales mediante leyes hechas con su consentimiento, entonces retener el poder de consentir reteniendo el poder de votar viola el contrato social: la lógica del contrato social reclama nada menos que hacer votantes a los negros una vez su humanidad natural e iguales derechos han sido reconocidos. (p. 26)

Tendríamos entonces que leer declaraciones de Lincoln que nieguen claramente esto de una forma que no esté de acuerdo con su significado superficial.

Este argumento se basa en una mala lectura de Locke. Este sí piensa que el gobierno requiere consentimiento, pero de esto no se deduce que todos tengan derecho a votar. Locke en el Segundo tratado sobre el gobierno deja claro que el sufragio depende de la propiedad: solo las partes del público que pagan impuestos tienen derecho a votar, en proporción a la asistencia que prestan al público. Cuando Locke habla de la necesidad de consentimiento del público, esto significa que el gobierno debe actuar de forma que no provoque una revolución contra él, no que todos tengan el derecho a elegir al gobierno.[4]

Para ser justos con Krannawitter, algunos estudiosos interpretan a Locke de forma diferente, pero no parece consciente de que esto sea polémico. En todo caso, ¿por qué la creencia de Lincoln de que los negros tenían derecho a poseer propiedades le comprometería con lo que Krannawitter considera que es completamente lógico en el argumento de Locke? Al basarse en una reconstrucción conjetural, aprendida de Jaffa, de lo que Lincoln “debe” haber pensado, actúa a la desesperada. Es verdad que Lincoln dice que rechaza la igualdad política y social para los negros, pero “nunca negó que esas políticas fueran correctas” (p.32).

Además, el compromiso de Lincoln con los derechos naturales, tan destacado por Krannawitter, en realidad tuvo una aplicación muy atenuada en los negros. Lincoln respaldó la Enmienda Corwin de 1861, que menciona Krannawitter (p. 277) aunque no nos dice que William Seward introdujo la medida en el Senado por orden de Lincoln. Con ella, la Constitución se hubeira blindado con más enmiendas que interfirieran con la esclavitud. No creo que nadie que estuviera a favor de esto, aunque fuera para conservar la Unión, puede haber tenido un sentido fuerte de los derechos naturales de los negros.

Si, como Thomas Woods, no encuentras convincente el embrollo de Lincoln sino que tomas sus comentarios tal y como son, juzgándole una criatura de su época, Krannawitter tiene una notable respuesta:

¿Es Woods una criatura de su época? ¿Cree Woods que su propio juicio (el de que Lincoln era una “criatura de su época”) es meramente un reflejo de la propia cultura histórica de Woods y por tanto sujeto a cambio histórico? ¿O afirma Woods que nos está diciendo algo que cree que es verdad? Sospecho esto último (…) Pero entonces, ¿por qué no deberíamos también suponer que la mente y razón de Lincoln poseían la misma libertad? ¿Por qué (…) es Lincoln una “criatura de su época” si Woods no lo es? (p. 137, cursivas originales)

Krannawitter merece reconocimiento: prestó atención durante su clase de primero de filosofía y aprendió que el relativismo universal no puede justificarse. Si todos los juicios son relativos, ¿es este mismo juicio relativo? Pero Woods no defiende esta postura. No afirma que todos sean una criatura de su época, ni, tampoco, que todo juicio que hiciera Lincoln no reflejara nada más que las creencias de su época. Por el contrario, la afirmación es que en ciertas creencias concretas, por ejemplo, en los prejuicios raciales que ahora consideramos injustificados, Lincoln fue una criatura de su época.  Afirmar eso no es enredarse en los pantanos del relativismo histórico.

Krannawitter está demasiado dispuesto a tribuir falsas filosofías a sus oponentes. Así, como Thomas DiLorenzo, Mark Thornton y Robert Ekelund piensan que el rechazo de Lincoln a aceptar la secesión estaba motivado por su insistencia en recaudar aranceles y derechos de aduana en los puertos del sur, son “deterministas económicos”.

DiLorenzo (…) ve a Lincoln a través de las lentes del determinismo económico, la teoría de que los intereses económicos obligan e informan toda la experiencia humana. Desde este punto de vista, los intereses económicos explican la retórica y las acciones de Lincoln mucho mejor que los principios morales, porque los principios morales simplemente reflejan intereses económicos. (p. 215, cursivas originales)

Repito que afirmar que en un caso concreto alguien estuviera motivado por intereses económico no compromete a todos con una ideología universal que sostiene que los intereses económicos se imponen a todo lo demás. Es precisamente prestando atención a la “retórica” de Lincoln, por ejemplo, a su declaración en su primer discurso de toma de posesión de que no iniciaría fuerza contra estados secesionistas más allá de la que fuera necesaria para proteger la propiedad pública y “recaudar las tasas e impuestos”, por lo que los críticos libertarios de Lincoln llegan a sus opiniones.

Por muy crítico que una sea con Krannawitter, debe agradecérsele que admita una cosa:

En muchos aspectos, el legado de Lincoln depende de la cuestión de si los estados poseían de hecho un derecho constitucional de secesión. Si lo tenían, entonces prácticamente todo lo que hizo Lincoln como presidente era como mínimo ilegal, como máximo inmoral. Si Lincoln no tenía poder legal ni obligación constitucional de mantener la Unión contra movimientos secesionistas, entonces Lincoln bien podría merecer el título de “criminal de guerra” (…) y debería ser visto con desprecio. (p. 147)

Por supuesto, Krannawitter piensa que no había derecho de secesión, pero sus argumentos son débiles. Apunta correctamente que los oponentes anti-federalistas de la Constitución afirmaban que subordinaría los estados al gobierno federal. Luego añade:

Es decir, no solo los defensores de la Constitución de 1787 entendían que formaría un gobierno nacional real y que los estados caerían bajo la jurisdicción de dicho gobierno nacional, sino que incluso los opositores más vehementes de la constitución estaban de acuerdo. (p. 162)

Si todos en el momento de la adopción de la Constitución estaban de acuerdo en que establecía un gobierno central fuerte, en el que los poderes de los estados estaban atenuados radicalmente, ¿no es una prueba concluyente de que la postura del sur en 1806-61 era equivocada?

Krannawitter ha ignorado un hecho importante que socava su respuesta. Precisamente para rebatir las quejas anti-federalistas de que el nuevo gobierno subordinaba inapropiadamente a los estados, los defensores federalistas del documento en la Convención de Ratificación de Virginia de 1788 se apresuraron a asegurar a sus oponentes que si el gobierno federal infringiera las prerrogativas del estado, este no se vería obligado por estas acciones. Es un gran mérito de Virginia’s American Revolution (Lexington Books, 2007), de Kevin Gutzman haber dejado esto claro. Gutzman señala que

Al final de la Convención [de Ratificación] de Richmond, los federalistas creyeron que habían encontrado una solución. ¿Se aplacarían las preocupaciones de los republicanos, preguntaron, si el formulario de ratificación incluyera (…) una declaración del derecho de Virginia a reclamar el control de dichas cuestiones en caso de que se produjeran excesos federales? Después de todo, explicaban los federalistas, cuando dos partes firman un contrato, cualquier condición en la ratificación se entiende que opera como enmienda y las reservas harían aquí lo mismo. (Gutzman, p. 86)

Así que, al contrario de lo que dice Krannawitter, las condiciones de Virginia no eran declaraciones de un derecho general de revolución, sino limitaciones explícitas bajo las que el estado entraba en el nuevo gobierno. ¿Así que no es posible pensar entonces que si el estado juzgaba que el gobierno federal era un persistente violador de sus derechos podía independizarse de la Unión? Además no tendría sentido sostener que algunos estados estaban más firmemente adheridos a la Unión que otros. Las reservas de Virginia se aplicaban también a los demás estados. Krannawitter desgraciadamente fue incapaz de hacer uso del gran trabajo investigador de Gutzman: limita su crítica a los libros de Gutzman escritos para una audiencia popular. Podría alegar hasta el cansancio que el libro de Gutzman apareció demasiado tarde como para que pudiera usarlo, pero las principales conclusiones de aquel sobre la Convención de Richmond se presentaron en su «Edmund Randolph and Virginia Constitutionalism» (The Review of Politics 66 [2004], pp. 469-497).

La investigación de Gutzman nos ayuda a entender mejor las resoluciones de Virginia y Kentucky de 1798 y 1799. Al contrario de lo que dice Krannawitter, estas resoluciones no fueron el producto de la tendencia de Jefferson hacia la exageración. Muy al contrario, Jefferson y Madison seguían fielemente la tradición de la Convención de Richmond:

Las declaraciones gemelas de la postura constitucional republicana adoptadas por los parlamentos de Virginia y Kentucky se corresponden muy de cerca con la explicación de la Constitución federal ofrecida por los federalistas de Virginia en la Convención de Ratificación de Richmond. Cuando aparecieron los problemas en 1798, los virginianos habían insistido en mantener a los federalistas en sus promesas de 1788 durante toda una década. (Gutzman, p. 114)

Krannawitter trata de relacionar la anulación con la posición “historicista” de Calhoun, pero paradójicamente Jefferson, el coautor de las resoluciones, fue también el autor de la Declaración de Independencia, que, según él, constituía la base de las opiniones de Lincoln. Además, supone un motivo de inquietud que aunque Krannawitter cite el rechazo de Madison a la doctrina de la anulación de Calhoun, nunca cite la Resolución de Virginia que escribió Madison. (Sí cita la Resolución de Kentucky, escrita por Jefferson [p. 181]). Si lo hubiera hecho, habría quedado claro que Madison había expresado mal su postura anterior. La Resolución de Virginia decía que los estados tienen el poder de interponerse en contra de la legislación federal y consiguientemente consideraba inconstitucionales de las leyes de extranjería y sedición, apelando a los demás estados a hacer lo mismo.

Krannawitter no ha justificado ni a Lincoln ni a Jaffa. Para que no se me acuse de escribir una crítica inadecuadamente negativa, concluiré recomendando su explicación de los progresistas y el New Deal (pp. 293 y ss.) Si Krannawitter extendiera estos comentarios, escribiría un libro valioso.


[1] Un pasaje anterior (p. 130) podría leerse como cometiendo el mismo error, pero admite otra lectura, así que, por supuesto, concedo al autor el beneficio de la duda. El pasaje afirma que las opiniones de Darwin sugerían a “muchos” que “simplemente no había distintas especies humanas”. Es extraño, ya que en El origen del hombre, Darwin argumenta a favor de la opinión contraria.

[2] Para una explicación del error de Jaffa, ver mi «Jaffa On Equality, Democracy, Morality«, notas 109 y 110 y el texto al que se refieren estas notas.

[3] Aquí Krannawitter me cita preguntándose cómo alguien que dijo esto puede considerarse como un creyente en la igualdad entre negros y blancos.

[4] Para una buena explicación de la opinión de Locke sobre el voto, ver Martin Seliger, «Locke’s Theory of Revolutionary Action», Western Political Quarterly, Vol.16, nº 3 (Septiembre de 1963), pp. 599 y ss.


Publicado el 26 de noviembre de 2008. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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