No estoy muerto, ¡de verdad que no!

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No estoy muerto, a pesar de que una parte de nuestro magnífico leviatán me mató recientemente. Nuestro maravilloso sistema postal (que mientras he estado viviendo es esta parte de Queens ha insistido en que vivo en otra sección de Queens) empezó recientemente a estampar “fallecido” en todo mi correo.

Y sí, es verdad que montones de personas pensaron que yo estaba muerto: mis empresas de tarjetas de crédito, amigos e incluso mi empleador. (El director de personal de mi empresa empezó una reciente conversación telefónica conmigo diciendo: “Oh, Greg. ¡Gracias a Dios! ¡Sigues vivo! Acabamos de recibir una carta para ti que se ha devuelto por deceso”).

Un emisor de tarjetas de crédito anuló mi tarjeta durante un tiempo. Tuve más que unas pocas dificultades al tratar de explicar a los acreedores por qué no habían recibido mi pago. Debo todo a esos maravillosos bromistas en el sistema postal. Esos payasos, hasta hoy, insisten en que vivo en Richmond Hill, aunque realmente vivo en Kew Gardens.

¿Cómo se produjo este último desastre postal? ¿Cómo fui muerto a una edad relativamente joven (bueno, 50 años realmente no parece tan mayor hoy en día) y luego renací milagrosamente gracias a estos espíritus transportadores de correo? Es difícil de explicar.

Lo haré lo mejor que pueda.

Aparentemente, se informó de que había muerto uno de mis parientes. Era una información engañosa, por cierto, pero ¿debería eso detener a un monopolio legal en librarlo de sus tontas tareas? Así que correos, sin comprobarlo conmigo o con mi pariente más cercano o incluso con alguno de mis compañeros de copas, decidió empezar a marcar todo mi correo como “fallecido”.

Docenas de cartas a mi atención se devolvieron a los remitentes. ¿Cuántas? Es difícil de decir, pues incluso antes de esta excitante experiencia religiosa muchas cosas parecen haberse perdido o retrasado habitualmente. A menudo recibo sobres que parecen haber sido abiertos (No, no soy un terrorista). La gente me envía cosas desde el condado vecino y a veces tardan una semana o más en llegar aquí. Esto es muy conveniente para los que me envían cheques por mi trabajo independiente de contratista.

Ha sido así desde el día en que me mudé a Kew Gardens (Es Kew Gardens, tíos. ¿Lo pilláis? No vivo en Richmond Hill, ¿vale?) hace unos 14 años. Por ejemplo, hace unos diez años, a mi cheque para mantenimiento le llevó una semana ir de una parte del condado a otra, generando una multa de mi gestoría. Después de quejarme por este pésimo servicio postal a mi congresista, Charlie (“Siempre echo el ojo a un puesto superior) Schumer, se envió una carta a los ayatolás del Servicio Postal de Estados Unidos.

MI entonces cartero local, Joe, me abordó posteriormente en el portal de mi casa. Se quejaba de que “había dañado su perfecto historial”. (Bueno esto parecía ser correcto, pensé. Pago impuestos para que se me moleste en mi casa).

Ah, pero en este último “resucité de entre los muertos”, las bromas fueron diferentes. Tenía un nuevo político al que reclamar mi caso con mis responsables postales. (Schumer, del que ahora se rumorea que se presentará a presidente o vicepresidente o a controlador de correo basura por Internet, está en el Senado). Llamé a la oficina del congresista Anthony («Boy Toy») Weiner, el sucesor de Schumer.

Weiner, un protegido de Schumer, y yo nos hemos cruzado en varias ocasiones. Una vez insistió, en una reunión de “ayuntamiento” en Kew Gardens (¡¡¡no en Richmond Hill!!!) que los impuestos al trabajo eran “de solo un 7,65%”. También dijo, cuando alguien en la reunión mencionó algo acerca de una agente de tráfico, que quería asegurarse de dirigirse apropiadamente a esta gente porque “quiero ser políticamente correcto”.

El pequeño Sócrates, al explicar nuestro defectuoso sistema de seguridad social, ignoraba convenientemente el hecho de que nuestro empleador también paga un 7,65% por su cuenta. También apostaba a que no había ningún contratista independiente en la reunión. Podrían decirle una o dos coas acerca de esta falsa cifra del 7,65%. Pero a pesar de nuestro animado diálogo, Weiner seguía insistiendo en que el 7,65% es todo lo que se paga a este sórdido sistema.

Weiner, siempre que parece en cualquier lugar, parece tener un nuevo peinado. Tiene la apariencia de una adorable estrella del rock que muchas de sus electores femeninas no pueden resistir a pesar de que normalmente habla en el lenguaje universal de los políticos: la tontería fluida.

Dije a sus auxiliares que los informes sobre mi muerte se habían exagerado mucho; que, aunque había tomado más que unas pocas Colt 45 en mi vida pecadora, seguía teniendo un corazón que latía. La historia demuestra que Weiner y su personal no tenían nada contra mí porque hiciera más de unos pocos comentarios sarcásticos acerca de su fanfarronería sobre el impuesto al trabajo.

No, señor, fueron a la guerra contra el Servicio Postal de EEUU en nombre de un inculto palurdo (servidor) que no entiende por qué, por ejemplo, Weiner y sus compañeros en el Congreso reprueban gastar miles de millones de dólares en “boletines” que evidentes tonterías políticas o en otras idioteces inútiles que aumentan nuestros impuestos, deuda nacional, tipos de interés y en realidad matan a mucha gente en guerras repugnantes y superfluas en las que nadie resucita.

La oficina de Weiner se lanzó a una presión en toda la cancha a mi favor. Se puede ver también que enviaron una carta a Mr. James Burns, el jefe postal de la Oficina de Correos de Jamaica (Sí, admito que su oficina está realmente en Jamaica. Incluso el Servicio Postal, con el espíritu de los Detroit Tigers de “no puedes perder todo”, lo hace bien de vez en cuando). Finalmente también se puede ver que el representante Weiner escribe algunas cartas extrañas.

“Me ha contactado mi votante Gregory Bresiger”, empezaba su carta, echando sal in la herida al recordarme el payaso que me representa en el Congreso, “con respecto a un servicio postal inadecuado (sic)”.

Boy Toy, o uno de sus grandes auxiliares, continuaba: “Según mi votante, el correo a él enviado se está devolviendo al remitente (sic), incluso cuando se está indicando adecuadamente en el sobre un número de apartamento”-

Esto era incorrecto e incompleto.

El correo llevaba el sello de “fallecido”, fuera cual fuera la dirección que estuviera en él, siempre que el nombre Bresiger estuviera en él. Bueno, al menos estos lerdos postales dejaron de estampar el fallecimiento en mi correo. (Como no tengo nada mejor que hacer que llamar a inútiles burocracias públicas 72 veces al día, me ocupé de llamar al Servicio Postal. Abrieron “un expediente”).

Así que aunque no estoy bastante dispuesto a proclamar que Boy Toy me haya sacado del infierno postal, estoy dispuesto a decir que he estado muerto y he estado vivo. Y he aprendido, en estas pocas semanas de prueba, que esto último es realmente mucho mejor.

A aquellos lectores preocupados que haya por ahí que me estén mandando sus condolencias, quiero decirlo: No tengan miedo. He vuelto demás allá y fue toda una experiencia. Comprensiblemente, ahora me impresionan nuestros Polonios del Potomac, con sus burocracias de vida y muerte. (¡Y pensabais que solo mataban iraquíes!)

Nuestro leviatán y sus ilustrados guardianes platónicos son omnipotentes. Pueden hacer cualquier cosa (no dije que puedan hacer algo bien, pero, Dios mío, ¡pueden hacer cualquier cosa!).

No soy ateo. Estoy de acuerdo con Alexis de Tocqueville en que la religión, en general, hace mucho bien aunque mi propia religión parezca ser la Santísima Trinidad de los New York Yankees, los Boston Bruins y una oferta ilimitada de Colt 45 fría de barril.

Sin embargo estoy obligado por los Weiner y potentados postales a quienes sirvo en esta república antiguamente libre a concederles esto: Ni Dios ni Alá me hicieron resucitar. ¡Lo hizo el gobierno de EEUU!


Publicado el 8 de julio de 2003. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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