Cómo avanzar en la libertad

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[Transcripción de una conferencia dada en 1965]

No habría ninguna necesidad de trabajar por la libertad si no se estuvieran perdiendo las libertades. La mayoría de los estadounidenses no es consciente de un declive en la libertad individual y la razón es evidente: el declive raramente adopta la forma de privaciones personales repentinas, sino que, por el contrario, adopta la forma de una erosión imperceptible y así llegamos a considerar, como los rusos cualquier estado como una condición normal.

No es posible esperar que se dé una prioridad máxima al avance en la libertad salvo que se sea claramente consciente de que la libertad es importante y de que está en juego. Cada persona debe hacer su propia evaluación, pero aquí va mi opinión sobre lo precario de la situación: Aunque los resultados de nuestra propia revolución socialista devolución es un término más apropiado) hacia la omnipotencia política sean incompletos y el grado total de infortunio está lejos de ser evidente, la devolución en sí misma es un hecho consumado, agua por encima de la presa. Ya no es un acontecimiento del futuro a temer: es una catástrofe del pasado a remediar… y recordar.

En pocas palabras, la devolución fue; es decir, el objetivo socialista se ha logrado. Poca gente parece apreciar el terrible hecho de que ya estamos sometidos a un gobierno centralizado de poder ilimitado. Ahora cuelga sobre nuestra economía un aparato político con autoridad para ejercitar control sobre la vida de todo ciudadano: puede confiscar todo dólar de nuestra renta. El principio del estatismo es una política nacional aceptada, una especie de contrarrevolución intelectual y moral con éxito. Todo lo que queda es esperar a que se rellenen los detalles autoritarios y sufrir las consecuencias.

Una cosa es afirmar el declive y otra completamente distinta es sin embargo  sugerir la táctica o los métodos que liberen a nuestra sociedad del socialismo. La eliminación del socialismo de entre nosotros restauraría las prácticas del libre mercado y la propiedad privada, siendo estas fundamentales para cualquier concepto sensato de libertad individual. Esto equivale a decir que la libertad no es algo que diseñemos y construyamos, sino, por el contrario, es una situación feliz en la que la gente se encuentra cuando se abandona el autoritarismo. Basta con eliminar la contaminación para tener agua limpia o aire limpio o relaciones humanas pacíficas.

Para ocuparnos del tema de esta conferencia desde una perspectiva adecuada, es necesario que los estudiosos de la libertad aprecien que nuestro problema es doble. La primera tarea es dominar la propia filosofía de libre mercado, propiedad privada y gobierno limitado, siendo esto un prólogo necesario para la desaparición del socialismo. En segundo lugar, debemos decidir la mejor forma de divulgar el conocimiento adquirido. Lo primero tiene que ver con nuestra propia ideología y se refiere a la autoformación. Lo segundo tiene que ver con la táctica, es decir, los métodos a emplear para avanzar en la libertad.

Aunque tiene que haber una filosofía o ideología antes de que haya ninguna necesidad de un método para extenderla, estoy convencido de que el dominio de un buen método (uno que llegue a donde se necesita) se convierte en lo más importante de ambos. Pues una correcta metodología es en sí misma la práctica de la libertad y la práctica es la mejor formación posible. De hecho, si todos emplearan técnicas educativas apropiadas, no habría un problema ideológico, algo que espero se aprecie en el curso de mis comentarios.

Por desgracia, la libertad puede sufrir más por sus amigos que por sus enemigos; pues una filosofía, como una persona, se conoce a menudo por la compañía que mantiene. Una filosofía probablemente se vea con desdén si sus defensores son maleducados, cargantes, fariseos, sabelotodos, delincuentes, currantes; en una palabra, si irradian esa característica que yo llamó sé-como-yo.

Lo que quiero analizar críticamente ahora es una actitud de mente que encuentra expresión en las preguntas demasiado comunes: “¿Cómo puedo introducir mis ideas en un pensamiento así o asá?” o “¿Cómo puedo llegar a las masas?” La libertad nunca prosperará a manos de esos seguidores, pues su método es defectuoso: es lo contrario de lo que se requiere. Tal vez pueda expresarlo de forma opuesta: sus ojos miran en la dirección equivocada. La primera pregunta a la hora de buscar una metodología sólida es en qué dirección o a qué debería mirar el ojo. La respuesta se encuentra en una premisa importante o línea básica de datos o punto de referencia fundamental (y en ningún otro lugar).

Encontrar la respuesta a preguntas como esta: ¿Qué busco? ¿Cuál es el objetivo de mi vida? ¿Mi propósito terrenal? ¿Es ver cuánto puedo vivir? ¿O lo rico que puedo hacerme en bienes terrenales? ¿O cuánta fama puede conseguir entre los hombres? ¿O cuánto poder puedo ejercer sobre otros seres humanos? No condeno a otros buscar objetivos que no sean superiores a estos, pero apenas me inspiran para dedicar un esfuerzo a su favor. Y si la libertad fuera el único medio para lograr estos fines mundanos, no muchos arrimarían el hombro a favor de la libertad: nadie daría su vida por la libertad.

Sin embargo esto debería preocuparnos poco, pues cuando se plantean preguntas como el propósito de la vida en una forma tan escueta, la mayoría dela gente se aleja de respuestas afirmativas, aunque pueda que nunca hayan pensado en una premisa importante. El primer paso en una metodología sólida es encontrar una premisa principal satisfactoria. Francamente, es una tontería discutir cuestiones ideológicas o filosóficas o métodos educativos  salvo que todas las partes conozcan todos los presupuestos de los demás. Por ejemplo, suponed que, una vez anunciados vuestros objetivos vitales, estamos discutiendo sobre seguridad social con alguien cuyo objetivo vital declarado es ver cuántas cabezas humanas puede conseguir. Cuanto más discutas, mayor será la incomprensión. La discusión no puede pasar de un completo sinsentido, como pasa hoy con tantos debates airados e inútiles.

Para empezar, debemos conocer la importancia de una premisa y luego encontrar una, es decir, si queremos trabajar eficazmente en la viña de la libertad. La primera regla, cuando se busca una premisa, es encontrar una que se pueda seguir contra viento y marea. La segunda regla es profundizar en el idealismo tanto como sea posible, pues cualquier premisa superficial solo serviría cuando se discutieran temas periféricos o superficiales. Conseguir una que sirva para cualquier tema que pueda pasar por una mente inquieta, una tan profundamente embebida en un concepto de rectitud que, una vez adoptada, nunca la abandonéis.

Dejadme que comparta mi propia premisa con vosotros, no con la idea de que la toméis como vuestra, sino más bien para que podáis seguir mejor mi razonamiento sobre la metodología. Así, conocer mi premisa dejará claro por qué pienso que el ojo debe ir en dirección opuesta a lo que generalmente se nos pide.

Yo reflexionaba sobre la más difícil de todas las preguntas: ¿Cuál es el fin del hombre en la tierra? No podía encontrar ninguna respuesta sin estrellarme contra tres de mis supuestos fundamentales. El primero se basa en la observación de que el hombre no se creó a sí mismo, pues es fácilmente demostrable que el hombre no conoce prácticamente nada acerca de sí mismo. Así que mi primera premisa  es la primacía y supremacía de un Conciencia Infinita. El segundo supuesto era también demostrable: la expandibilidad de la conciencia individual. Para el individuo, es posible aumentar en consciencia, concienciación y percepción. El tercer supuesto solo se sabe, pero no puede demostrarse: la inmortalidad del espíritu o conciencia individual: este momento terrenal no es todo lo que hay en la existencia.

Con estos supuestos en mente, queda clara la respuesta al propósito terrenal del hombre. Es expandir su propia conciencia, tanto como sea posible, en una armonía con la Conciencia Infinita. O, en palabras llanas, es ver lo cerca que se puede llegar, durante este momento terrenal, a llevar a cabo esas potencialidades creativas propias de cada uno, siendo cada uno de nosotros único respecto de dichas potencialidades. En pocas palabras, mi premisa mayor es crecimiento individual, mejora, evolución en conciencia, percepción, concienciación. Eclosión podría ser una palabra mejor que crecimiento. El filósofo griego Heráclito lo expresó de forma divertida cuando dijo que estamos en la tierra como en un huevo, que no se puede ser siempre un buen huevo, que este debe romperse o pudrirse.

En todo caso, con este objetivo altamente personal como premisa principal, ahora puedo escuchar las propuestas de cualquiera o examinar alguna de las mías y analizar la propuesta o idea a la vista de la premisa. Si resulta ser contraria a este propósito adoptado en la vida, debo, por fuerza, concluir que es errónea. Si, por el contrario, la propuesta o idea resulta promover o se armoniza con mi objetivo, debo concluir que es sensata, moral y adecuada: estoy a favor.

Esto no supone reclamar que todos los demás adopten la premisa que he elegido y la encuentren satisfactoria. Pero sí pido la adopción de una premisa principal por cada estudioso serio de la libertad, pues es un fundamento necesario para un pensamiento claro y coherente. Salvo que uno esté anclado a un objetivo fundamental, su posición sobre cuestiones importantes no puede dejar de estar determinada por los impulsos de la opinión veleidosa, por las modas del momento, por la cháchara popular. Y tratar de encontrar una premisa a la que pueda concederse racionalmente universalidad, es decir, una premisa que estéis contentos de que todos los seres humanos adopten o vivan. Salvo que pueda superar este examen, no está en línea con el crecimiento, la aparición y la evolución humanas.

No necesitamos trabajar el punto de que el crecimiento individual presupone la libertad individual, pues resulta evidente por sí mismo. Por tanto, cualquier premisa que no requiera libertad como condición para su logro puede dejarse aparte como demasiado superficial. Volviendo a mi premisa, el observador casual probablemente piense que es demasiado egocéntrica, que en su énfasis sobre la automejora centra la atención en uno mismo excluyendo a otros. Por el contrario, solo con automejora puede tenerse influencia para mejorar a otros. Este punto puede que nunca quede claro salvo que sepamos por qué tan pocos de nosotros sentimos cualquier necesidad de automejora mientras tantos poseen un ansia insuperable por mejorar a otros. ¿Por qué dedicamos mucho más tiempo a mirar abajo que a mirar arriba?

La respuesta, creo, reside en no poder reconocer nuestra enorme ignorancia. En su notable libro El destino humano, el científico francés du Noüy apunta que la imagen del universo que ha creado el hombre  se basa en reacciones determinadas en él por menos de una billonésima parte de las vibraciones que le rodean, que menos de una vibración entre un billón deja alguna traza en su consciencia.

¿Qué hacemos entonces? En lugar de reconocer la inmensidad de lo desconocido y compararnos con ello, nos comparamos con nuestros iguales ignorantes, lo que, por supuesto, nos hace que quedemos bastante bien, al menos con nosotros mismos. Nadie (ni siquiera aquellos a los que llamamos genios o a quienes les otorgamos doctorados y medallas de premio, o elegimos para altos cargos) ha logrado más que un escape infinitesimal a su ignorancia.

Podemos poner la situación humana en la perspectiva que quiero mostrar pensando en la raza humana a la que pertenecemos como una que no sabe prácticamente nada, como organismos bípedos apenas salidos del cascarón a una estado potencial de conciencia y con algunas nuevas dificultades: el poder de elegir, la posibilidad de percibir ideas abstractas y, de vez en cuando, la aparición de alguien que empieza a dar señales de concebir ideas. Esta opinión, lo reconozco, es una afrenta a la forma tradicional de mirar a la humanidad, pero dejad que el que piense otra cosa demuestre convincentemente su glorificación.

En todo caso, con este retrato del hombre que acaba de escapar de la ignorancia en mente, reflexionad sobre un mundo de individuos imperfectos, todos con un ojo en la imperfección de los demás, es decir, con cada uno dedicando su tiempo y pensamiento a llevar a otros a su propio estado imperfecto. La mejora en sí mismos o en otros está fuera de lugar. El proceso es completamente absurdo. Me viene a la menta una mala poesía:

Así sostengo que no es traición
Aportar una sencilla razón
Para la lamentable falta de progreso que lamentamos.
Es esta: En lugar de sobre sí mismo trabajar
Cada hombre se dedica a esquivar
Y tratar de reformar a otros seres humanos.

Supongamos una premisa mayor de crecimiento individual, superación, salida del cascarón. La automejora se convierte Estrella Polar. Nadie mira hacia abajo sobre esos que se piensa que saben menos, sino hacia arriba sobre los que se piensa que saben más. Cada persona busca esos fragmentos de verdad que no posee actualmente. Cada individuo está siempre superándose, mira “por encima de su cabeza”, como suele decirse, en busca de hechos, ideas, conocimiento, sabiduría. En lugar de tratar de hacer que otros reflexionen sobre sí mismos, trata de obtener una comprensión útil para otros si eligieran buscar lo que él posee.

No piensa en insinuar sus ideas en la conciencia de nadie, pero sí busca crear ideas que otros puedan desear utilizar. Se despoja de cualquier deseo de “regañar a otros”, de forma que puede dedicarse a un programa de investigación. El lugar de asociarse con gente para “enderezarla”, se acerca a quienes puedan darle luz. Ya no se dedica al proyecto inútil de luchar contra la ignorancia de otros, sino que hace todo lo posible por escapar de la ignorancia que encuentra en sí mismo.

Reconozco que esto es poner al hombre en un papel que es casi el opuesto al que observamos a cada paso. Hay numerosas razones por las que se permanece sordo a consejos como este. Una es que los instintos del hombre, nacidos de una sensación injustificada y falsa de omnisciencia, se sublevan ante esta concentración de egoísmo, pues piensan en esto como más allá de su papel terrenal. Se les ha dado una humanidad para arreglar; al cuerno el proyecto menor e innecesario de crecimiento personal.

Y, como mínimo, la mayoría de los hombres no ven cómo quien se concentra en perfeccionarse a sí mismo podría echar una mano en mejorar la situación humana. El Conde de Oropesa, hace más de cuatro siglos, ansiaba reformar el mundo. Un santo español, San Pedro of Alcántara, le dio el tipo de consejo que reclamo a todos los que quieran avanzar en la libertad.

No se atormente su señoría: hay un remedio para este aluvión de crímenes. Seamos, vos y yo, lo que debamos ser. Habrá dos almas menos a convertir. Que cada uno se comporte como nosotros: es la más eficaz de las reformas. El problema es que nadie quiere corregirse y todos tratan de corregir a otros: así está todo como está.

Sin embargo hay más en el lado de la autoperfección que simplemente la salvación de uno mismo. Quien estudia el arte de la mejora individual aprende que compartir ideas con otros desarrolla ideas en uno mismo. Los antiguos eran conscientes de esto. “Vale más dar que recibir” solo significa que dar es una condición previa para recibir.

Esto se relaciona con la naturaleza de la energía. Pensad, por ejemplo, en la energía hidráulica. Pensad en una masa de agua guardada en una presa- Poned ahora una tubería que atraviese la presa para sacar el agua. Si la tubería se cierra en el lado seco, no saldrá ninguna agua, ni entrará en la tubería. Eliminad ahora la tapa. Inmediatamente la tubería hará pasar agua y al otro extremo recibirá agua en la misma cantidad. La energía potencial del agua embalsada se transformará en movimiento, generación de energía, energía cinética. Pero advertid que la entrega es una condición previa para la recepción. Esta es la naturaleza de la energía, ya sea hidráulica, intelectual o espiritual.

Podemos parafrasear la regla de oro: dar a otros como quieras que te den otros. Cuando el interés propio se identifica con el autoperfeccionamiento, el interés propio dicta que uno esté disponible para los demás como le gustaría que los otros estén disponibles para él. Con todos los ojos mirando arriba en el espíritu de la investigación y la búsqueda de la verdad, se avanza en la propia verdad. Solo el proceso de introspección trae la verdad; los dispositivos de empuje hacen que se escape la verdad.

Pero independientemente de las razones anteriores en contrario, muchos a los que les disgusta el socialismo estatal siguen insistiendo en vender o hacer propaganda o proselitismo a favor de la libertad. “¿Cómo puedo llegar a las masas?” o “¿Cómo puedo corregir el pensamiento de esos millones que no pueden ver lo que se entiende tan claramente?”, dice el estribillo. Si ampliamos esta actitud reformista hasta leer la letra pequeña, la falacia se hace evidente.

Suponed que tengo un anillo mágico: solo tengo que ponérmelo en mi dedo para hacer que la postura de todos los ciudadanos sea una copia exacta de mis opiniones de libre mercado, propiedad privada y gobierno limitado. Sin costes de tiempo ni dinero. Todas mis ideas alabadas por todos con un “¡Tienes toda la razón!” ¡Ninguna objeción y solo aceptación! ¿Me pondría automáticamente este anillo con su poder para hacer a todos a mi imagen ideológica? ¡Rotundamente no! Hacerlo acabaría con el crecimiento de los demás y de mí: una afrenta a mi premisa, así como al plan de la Creación de una perpetua eclosión.

Si reformar a las masas fuera una posibilidad (que no lo es), el éxito supondría un desastre. Ningún individuo puede estar nunca seguro en sus creencias libertarias, excepto en que la filosofía de la libertad es un retoño del desarrollo de sus propias facultades intelectuales y espirituales. Lo que no pueda hacerse para inspirar, atraer y generar ese crecimiento debería descartarse no solo como inútil, sino como abiertamente dañino.

Una vez que una persona que quiera avanzar en la libertad haya establecido la autoperfección como el método correcto, el primer hecho a tener en cuenta es que no es un problema de cifras. Si fuera necesario llevar a una mayoría a comprender la filosofía libertaria, la causa de la libertad no tendría ninguna esperanza. Todo movimiento importante en la historia ha sido liderado por uno o unos pocos individuos con una pequeña minoría de vigorosos seguidores. Los líderes han venido de lugares extraños, no se podían haber previsto con anterioridad. Recuerdo que uno nació en un pesebre. Otro, el líder de un movimiento malvado, era un empapelador austriaco.

¿Quién, más que nadie, hará avanzar la libertad en Estados Unidos? Yo no lo sé; vosotros no lo sabéis; esa misma persona no lo sabe, pues cada persona tiene aptitudes y potencialidades de las que no es consciente. Para presentar el problema tal y como lo veo hace falta una carta. Mirad el as de diamantes con la carta puesta a lo largo. Esta carta de diamantes representa a todos los estadounidenses adultos. Hagamos que el símbolo a la izquierda simbolice a los poquísimos defensores elocuentes del autoritarismo y el símbolo ala derecha los poquísimos defensores elocuentes de la economía de mercado y sus respectivas instituciones legales, éticas y espirituales. Entre estos dos tipos opuestos de intelectuales hay muchos millones más o menos indiferentes con respecto a este problema concreto, tan poco interesados en entender la naturaleza de la sociedad y sus instituciones económicas y políticas como la mayoría dela gente en entender la composición de una sinfonía.

Estos millones, en el mejor de los casos, son solo oyentes o seguidores de un bando intelectual u otro. El profesor Ludwig von Mises plantea el problema exactamente tal y como yo lo veo. Cito de su gran obra, La acción humana:

La masas, los grupos de hombres comunes, no conciben ideas, ni buenas ni malas. Solo eligen entre las ideologías desarrolladas por los líderes intelectuales de la humanidad. Pero su decisión es definitiva y determina el curso de los acontecimientos. Si prefieren malas doctrinas, nada puede evitar el desastre.[1]

Por mucho que hayan discrepado el profesor Mises y Lord John Maynard Keynes iban de la mano en esta materia. Keynes escribió:

Las ideas de economistas y filósofos políticos tanto cuando tienen razón como cuando no la tienen, son más poderosas de lo que se entiende por lo general. De hecho, el mundo está gobernado por poco más. Los hombres prácticos, que creen estar bastante libres de cualquier influencia intelectual, son normalmente esclavos de algún economista difunto. Dementes con autoridad, que oyen voces, destilan su histeria de algún juntaletras académico de hace unos años.[2]

Pero, primero, ¿quiénes son estos millones, estos “grupos de hombres comunes”? raramente una persona piensa de sí misma como incluida entre ellos: ¡solo los demás pertenecen a las masas! Una buena cantidad de daño deriva de esta inadecuada autoevaluación. Relacionada con el problema aquí en cuestión, cualquier persona (sea rica o pobre, en doctor o una persona sin educación, un político importante o un votante, un director industrial o un trabajador sin cualificación) resulta ser un miembro de las masas si no concibe ideas, buenas o malas. Inversamente, el estatus financiero o educativo o laboral no es un factor determinante a la hora de conocer “los líderes intelectuales de la humanidad”. Estos líderes son los que conciben las ideas, buenas o malas, y vienes de todos los ámbitos de la vida. Estas definiciones son importantes para lo que sigue.

Hoy las masas escuchan y siguen a los líderes intelectuales de la izquierda. La razón es que los intelectuales de la derecha no han hecho ni están haciendo sus deberes; de hecho, la mayoría tienen poca idea de la necesidad o naturaleza de dichos deberes. Quiero repetir que la estrategia de lograr una economía de libre mercado (o, lo que es lo mismo, de avanzar en la libertad) no requiere “vender a las masas”, es decir, llevar a los “grupos de hombres comunes”, lo que Keynes llamaba “hombres prácticos”, a un estado de comprensión. Si ese fuera el problema, habríamos ahuyentado al fantasma hace mucho tiempo.

En todo caso, a nosotros (a vosotros y a mí) nos preocupa exclusivamente la excelencia de los pocos (los muy pocos) en la derecha, sean quienes sean los que resulten ser. Aunque el verdadero liderazgo se ejerce con ideas y no con personas, las ideas se manifiestan mediante personas y, por tanto, debo personalizar el liderazgo. No cabe duda de que hay tantos niveles de liderazgo como personas que puedan identificarse entre los intelectuales de la derecha, pero, para fines de ejemplo, limitaré mis comentarios a tres categorías ascendentes de liderazgo.

El primer nivel de liderazgo requiere que la persona alcance tal grado de comprensión que le haga imposible unirse o defender de cualquier forma cualquier propuesta socialista; en resumen, refrena todo error ideológico. Solo puede hacer conjeturas obre números, pero sospecho que no hay de 1 entre 400 que puedan pasar de los millones a los pocos, ni siquiera en este nivel inicial. Este nivel de logro no requiere ningún pensamiento, escritura o conversación “original”, pero es más que un paso fortuito. Requiere poner mucho esfuerzo.

Por ejemplo, evitar apoyar cualquier socialismo requiere una comprensión íntima de lo que es el socialismo, de las equívocas etiquetas y apodos bajo los que aparece y las formas sutiles en que se insinúa en la acción y el comportamiento social. Poca gente en Estados Unidos es capaz de reconocer la naturaleza de una práctica socialista una vez se ha americanizado. Solo piensa que una política es socialista si la practican socialistas tan declarados como los rusos.

Para no dificultar la libertad y el mercado libre, hay que identificar y comprender el socialismo local. Cada una de nuestras prácticas tiene que ponerse bajo rigurosa inspección y escrutinio y examinada a la luz de la doble definición del socialismo, que es: propiedad pública y control de los medios o resultados de producción.

Una vez se comprende íntegramente la definición, el iniciado debe verificar todas las prácticas y políticas a la luz de la definición y hacer juicios apropiados respecto de si dichas prácticas y políticas son socialistas, es decir, van contra el libre mercado. Si resultar ser opuestas a la libertad y el libre mercado, no hará nada por promoverlas. El iniciado tiene que limitarse a no hacer nada ideológicamente incorrecto.

Pero no debemos infravalorar las enormes influencias puestas en marcha por la persona que rechaza aprobar o promover acciones insensatas. Pronunciadas cualidades ejemplares tienen poderes propagadores increíbles. La persona que no ataca a los ideales del libre mercado (incluso si está completamente en silencio), atrae emuladores, establece altos estándares para aquellos otros que no hacen más que seguirla.

El segundo nivel de liderazgo requiere que la persona llegue al grado de comprensión y exposición que le resulte natural y sencillo (primero) apuntar las falsedades del socialismo y (segundo) para explicar los principios de la libertad y el libre mercado a quienes entren en su órbita. Las personas que llegan a este nivel son los muy pocos que ascienden del primer nivel, quizá menos de 1 de cada 10.000. Estas personas no solo pueden percibir ideas concebidas por otros, sino que ellos mismos pueden concebir ideas; en resumen, son pensadores, escritores, conferenciantes creativos de la filosofía del libre mercado; esta cualidad está ahora en su interior.

A este nivel, la persona conoce nuestro tema del libre mercado. Puede descubrir las falsedades del socialismo y los principios de la libertad con la misma facilidad con la que puede responder “49” a la pregunta “¿Cuánto son 7 por 7?” En realidad es el verdadero estudioso de la libertad que ha aparecido más allá delpunto en que, para responder a una pregunta, tiene que “pensárselo”. En muchos asuntos, el “pensárselo” ya se ha hecho.

Es en este nivel en el que la postura (la actitud con respecto a otros) adquiere una gran importancia. Está la inevitable tentación, una vez que una persona entra en posesión de ideas nuevas, de imponer su nueva “sabiduría” a otros, para reformarlos. En lo que se refiere al avance de nuestras ideas e ideales, los efectos de esta táctica son los contrarios de los pretendidos. Haría huir no solo a extraños, sino también a amigos. Se consigue poco más que una reputación de pesados.

Si se espera pacientemente que otros reconozcan su competencia recién adquirida (relajarse hasta que otros estén dispuestos a escuchar un compartir opiniones), las mentes cerradas se abren  y se convierten en receptivas, al menos aquellas mentes que sean susceptibles de apertura. De hecho, ninguna persona puede acceder a la mente de otra hasta que esta le deje. Es el otro el que tiene las llaves y abre las puertas a su propia percepción. Antes de que decida dejarnos, estamos indefensos. El “currante” muestra una mala postura y pocas veces es reconocido.

El tercer nivel de liderazgo requiere que la persona alcance el grado de excelencia en comprensión y exposición que inspirará a otros a buscarle como tutor. A este nivel no hay límite respecto de lo lejos que puede llegarse. Un obispo temprano de la iglesia escribió sus Confesiones. Es la autobiografía más vendida hoy en el mundo; muchos miles buscan la tutela de un hombre que murió hace más de 15 siglos. Probablemente ni 1 entre 10 millones llega a una cumbre como esta, aunque puedan aparecer unos pocos del segundo nivel cuyo consejo se búsqueda, su tutela se pretenda, entonces y ahora.

Me apresuro a añadir que no estoy en este nivel pero soy consciente deello y conozco algunos de sus imperativos. Un imperativo es la conciencia de que el objetivo es de un grado superior, el grado superior que debe ser el método. Supongamos, por ejemplo, que tengo en mente un objetivo de grado bajo: tu fallecimiento. Reflexionad sobre los métodos de grado bajo que podría usar para alcanzarlo. Pasad a un objetivo de grado superior: hacer de ti un poeta. El método tendría que ser de un grado superior: el primer requisito sería hacer de mí mismo un poeta.

Si pasamos a un objetivo aún superior (expandir la comprensión de la libertad individual y el libre mercado) no podemos menos que recurrir al método del poder  la atracción, lo opuesto a la técnica de reforma, propaganda e impulso. Para ilustrar el poder de la atracción, consideremos algunos temas menores: Cuando voy al club de golf, los miembros no buscan mi consejo, ya que conocen mi incompetencia. Pero agitad una varita mágica y convertidme en un Arnold Palmer o Sam Snead y todos estarán a mis pies, como se suele decir.

O pensad en la cocina. Supongamos que no sé cómo hacer huevos revueltos. Nadie me pedirá recetas. Sin embargo, si yo fuera tan competente como el gran Escoffier, la mayoría de los aspirantes a chef esperarían mis palabras.

El mismo principio de atracción vale para cualquier materia. Respecto de la libertad y el libre mercado, se buscará el consejo de cualquier maestro real sin ninguna publicidad por su parte. Un buen test de lo bien que se está actuando sobre el objetivo que tenemos en mente es observar cuántos buscan nuestro consejo. ¡Si no hay nadie, se pueden llegar a conclusiones propias!

El poder de atracción, propongo, fluye de quienes desarrollan lo que Hanford Henderson llamaba “el espíritu aristocrático”. ¿En quién se va a encontrar esto? He aquí la respuesta de Henderson:

Puede ser un jornalero, un artesano, un tendero, un profesional, un escritor, un estadista. No depende de nacimiento o profesión o educación. Es una actitud mental llevada a cabo en la acción diaria, es decir, una religión. El espíritu aristocrático es el amor desinteresado y apasionado por la excelencia, en todo y en todo lugar; el aristócrata, para merecer el nombre, debe amarla en sí mismo, en su propia mente alerta, en su propio espíritu ilustrado y debe amarla en otros; debe amarla en todas las relaciones humanas y ocupaciones y actividades; en todas las cosas en el tierra o el mar o el cielo.[3]

Volvamos ahora al antes mencionado grupo de población en forma de diamante y contemplemos la tarea de los pocos a la derecha. Solo mediante la excelencia sin precedentes de estos pocos pueden “las multitudes de hombres comunes” girarse y acudir a ellos. Llevará un enorme poder de atracción producir esto y, por tanto, evitar el desastre. Pero sin ello no se completará nuestra tarea.

Tal vez un modo mejor de expresar la tesis del poder de atracción se: id solo donde se os llame, pero haced todo lo que podáis dentro de vuestra capacidad para conseguir ser llamados. Me refiero a algo más que llamadas para conferencias y seminarios. Esperad la llamada de amigos o enemigos, incluso de vuestro marido o esposa o socio. Si sois fuente de luz, lo que es vuestra responsabilidad, y si otro está buscando luz, lo que es su responsabilidad, estada seguros, os llamará.

Después de muchos años de prueba y error, he aprendido cómo empezar una conversación con un extraño de forma que no pueda sino decir: “¿Me puede decir qué hace?” Esta es la primera llamada (no es mucho, pero es un comienzo). La respuesta a un breve explicación de mi vocación revelará rápidamente si el extraño está interesado o no en avanzar la libertad. Si no, vuelvo a mi lectura, escritura o reflexión; si es afirmativa, hago todo lo que puedo. Este método de descubrir a los pocos potenciales trabajadores en la viña de la libertad es bastante sencilla: evitar decir todo lo que se sabe; dejar espacio a la curiosidad; generar preguntas; estimular el espíritu de investigación. Un poco de práctica y este método se convierte en una segunda naturaleza.

Creo que he demostrado que estas teorías funcionan en la práctica, pero primero dejadme indicar unas pocas señales de peligro que pueden ayudar a evitar el desánimo. Muchos reconocen que la automejora es una buena teoría, pero demasiados lenta; “nos estamos quedando sin tiempo”, dicen. En realidad, el tiempo es elástico; hay más tiempo del que cualquiera sepamos usar de modo rentable. Además, esta objeción del tiempo revela que el objetor está más preocupado por salvar al mundo que a sí mismo.

Si la atención se centra en el crecimiento y la superación individual, solo hay una pregunta apropiada: ¿Estoy trabajando tan diligente e inteligentemente como es posible en avanzar en mi propia comprensión? Si la respuesta es afirmativa, se llega a la conclusión evidente: dar forma a la humanidad es problema de Dios, no mío.

Segundo, a quienes los dioses destruirían, primero los hacen enfadar, decían los griegos. Evitad a toda costa cualquier enfado, depresión, desánimo, frustración, llamadlo como queráis. Mantened siempre una disposición serena. Cualquier trabajo que no sea gozoso tiene defectos que tendrían que identificarse y eliminarse.

Tercero, que no os desvíe del buen camino el hecho de que intelectuales de la escuela autoritaria consiguieran avanzar en el autoritarismo con técnicas de propaganda y venta a las masas. Simplemente, tened en mente que los métodos que han resultado útiles para destruir la libertad no son en absoluto apropiados para crear una sociedad libre. La destrucción se opone a la creación y estos objetivos se logran por fuerzas diferentes, no idénticas.

Cuarto, si todos, incluyendo lo que ahora son autoritarios, adoptáramos la metodología de la automejora, desaparecerían nuestras controversias ideológicas. Pues es evidente que quienes de atienen a mejorarse a sí mismos no se entrometen en los asuntos de otros y si no hubiera entrometidos no habría socialismo de estado. La metodología correcta es importantísima.

Quinto, asumiendo líderes y moderadores competentes en las polémicas, los grupos de estudio y seminarios son excelentes dispositivos de formación para quienes su interés común es el avance de la libertad. Son de composición voluntaria, tomando cada participante de lo que los demás tienen para dar. Esos grupos de estudio tienen posibilidades de mejora, es decir, tienden a preparar a cada participante para que siga su propio ritmo. Nadie puede ser muy útil si tiene que ser llevado de la mano.

Sexto, el hecho de que solo uno de ciento de individuos encontrados muestre algún interés o aptitud para la filosofía del libre mercado o libertaria no debería ser causa de desánimo. Es simplemente una ceguera común; no hay aún un ojo para ver el tema; la ceguera es el problema. Tened en cuenta que la automejora y el hecho relacionado de que el arte de llegar a ser está compuesto por actos de superación. La ceguera, una vez reconocida, es un obstáculo a superar, un estímulo para la automejora.

Pensad, por ejemplo, en animales subterráneos y los que se encuentran en las profundidades del océano, viviendo en una completa oscuridad. No tienen ojos para ver. ¿Qué hace nacer un ojo? ¡Bueno, la propia luz hace nacer un ojo! El tipo de luz que puede medirse en candelas trabaja sobre el mismo principio que esa luz interior: la ilustración. Suficiente ilustración desarrollará ojos para ver la filosofía de la libertad. En una palabra, nuestra tarea es aumentar nuestras candelas. ¿No es para eso nuestra existencia terrenal?

Séptimo, muchos de mis amigos piensan que no son inteligentes o brillantes o no están suficientemente formados como para generar la ilustración que hará nacer el ojo en otros. ¡Ni lo penséis! El mayor generador jamás construido no da luz cuando está apagado; una diminuta luciérnaga da luz cuando activa su aparato. La persona que da luz (independientemente de su nivel intelectual) es l persona que está en un estado de mejora. Cualquiera debería poder entender por qué es así.

Ahora voy a hacer una demostración de cómo funcionan en la práctica estos métodos recomendados. Acababa de escribir una crítica de una reciente huelga de aerolíneas en nuestra revista mensual, The Freeman. Yo afirmaba que no había derecho moral a la huelga, es decir impedir por la fuerza que los otros trabajadores ocuparan voluntariamente los puestos vacantes. Esto provocó una carta de tres páginas de un sindicalista, una feroz diatriba. Utilizando la postura de poner la otra mejilla, mi respuesta no se ocupaba de sus malos modales, en absoluto. Era tan educada como si hubiera escrito al Señor. Su respuesta fue la disculpa más sumisa que yo haya leído nunca. El hombre estaba “abrumado” pensando que había escrito así a alguien que reaccionó como yo.

A esta le seguía una nota de agradecimiento junto con dos pequeños libros, mi Why Not Try Freedom? y Why Wages Rise, de Harper. Su respuesta: “Es lo mejor que he leído nunca. Envíeme más”. Le envié cinco libros. Unas semanas después, escribió: “Le autorizo a ser mi director de lectura. Envíeme cualquier cosa que a su juicio me ayude a pensar, con la factura”. Podría añadir que para entonces había cambiado de trabajo. Después de meses de una interesante y amistosa correspondencia, tuve ocasión de visitar su ciudad. Pasamos la mañana juntos y tras un almuerzo en el que di un discurso, me preguntó si podría llevarme al aeropuerto. Nuestra conversación fue algo así: “Bill, ¿recuerdas tu primera carta?”

“Sí”, contestó ruborizándose.

“Supón que hubiera contestado igual. ¿Estaríamos viajando juntos?”

“Yo diría que no”.

“Bill, déjame explicarte lo que te hice”. Sujetando mi billete de avión contra el parabrisas, le pregunté: “¿Qué lo sostiene?”

Contesto: “La tensión de tu dedo”.

“Tienes razón, Bill. Se conoce como ley de la polaridad o la tensión entre opuestos. Ahora observa lo que pasa cuando se quita la tensión”. Por supuesto, el billete cayó al suelo. “Bill, eso es precisamente lo que te hice. Eliminé la tensión, no te di nada para rascar”. Y luego cité un viejo proverbio árabe: “El que da el segundo golpe es el que empieza la pelea”. “Bill, no vi la necesidad de responder a tu golpe y no ha habido pelea; tu y yo somos amigos”.

Esta historia real tiene una moraleja. Unos dos años después hubo un periodo de tres meses sin noticias de Bill, algo muy raro. Finalmente, una carta me explicaba que había tenido un accidente de automóvil, que seguía en el hospital después de 90días y luego esto: “pero, Mr. Read, debería ver el interés `que están mostrando mis tres doctores por nuestra filosofía”.

Una última cosa: Las ideas, sean buenas o malas, son indestructibles. El único cambio posible es en la actitud de la gente ante ellas. Hay indiferencia o aceptación o rechazo. Las ideas sobre la libertad encuentran más la indiferencia que el rechazo, un actitud que tiende a reforzarse si se deja intacta. Pero cuando tratamos de convertir indiferencia en aceptación por métodos agresivos y entrometidos, solo conseguimos dolorosamente rechazo, y por una buena razón: no son los métodos de la libertad.

La única fuerza que transformará la indiferencia en aceptación es el poder de atracción. Y esto solo puede lograrse si se deja de mirar a la reforma de otros y se dirige a la mejora de uno mismo. Esto, como objetivo, está en armonía con la evolución personal y humana; el esfuerzo demandado de cada individuo no es un sacrificio, sino la mejor inversión que uno puede hacer en el más elevado propósito de la vida.


[1] Human Action, edición de 1963, de Ludwig von Mises. New Haven: Yale University Press, p. 864.

[2] The General Theory of Employment, Interest and Money, de John Maynard Keynes. Nueva York: Harcourt, Brace and Co., p. 383.

[3] Extraído de un artículo de Hanford Henderson, titulado  «The Aristocratic Spirit”, que apareció reimpreso en The North American Review, Marzo de 1920.


Publicado el 3 de agosto de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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