Europa y la paranoia de la deflación

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Hay un flujo incesante actual de artículos que nos advierten de una segura calamidad económica si se permite que la deflación asome su nariz aunque sea el más mínimo periodo de tiempo. Este ogro de la deflación, se nos dice, debe ser derrotado con la imprenta a toda costa. Por supuesto, el objetivo real de esta creación de miedo es permitir que continúe el robo del gobierno por medio de la devaluación. Todo dólar impreso es un impuesto público sobre los balances de caja.

Hay dos fuentes de deflación principales. La primera proviene de un aumento general en la cantidad de bienes y servicios disponibles. En este tipo de deflación, una reducción en los costes, en un entorno competitivo, lleva a precios menores. El sector de la alta tecnología ha prosperado en este tipo de deflación durante décadas ya que el progreso técnico (por ejemplo, el efecto de la Ley de Moore) ha potenciado las innovaciones y el poder de computación con costes siempre decrecientes. Lo mismo pasó con la mayoría de los sectores durante buena parte del siglo XIX, al aumentar considerablemente el nivel de vida. Todos los hombres se beneficiaron del aumento en los salarios reales resultantes de los precios más bajos.

La segunda fuente de deflación viene de una reducción de la oferta monetaria que se produce por un aumento en el deseo de la gente o de los sectores bancarios de guardar efectivo (es decir, atesorar).[1] Un ejemplo no complicado aclarará este punto. Supongamos que tenemos 10 lapiceros y 10$. Solo a un precio de equilibrio de 1$ no habrá exceso de producción o exceso de dinero.

Supongamos que el coste de producción de un lápiz es de 80 centavos. La tasa de retorno es del 25%. Supongamos ahora que la gente atesora 5$ y pone el dinero en sus colchones en lugar de ahorrarlo. El precio de un lápiz bajaría a la mitad, cayendo de 1$ a 50 centavos, ya que ahora tenemos una oferta monetaria de 5$ en busca de 10 lapiceros. Si los precios de las entradas también bajan 40 centavos por lapicero, no hay problema, ya que la tasa de retorno sigue siendo del 25%. En este ejemplo, una caída en los precios del producto obligaba a un ajuste en los precios de producción.

El miedo keynesiano es que los precios de producción no se ajusten lo suficientemente rápido a una caída en los precios de los productos, de forma que la economía caiga en una espiral de deflación-depresión. La solución keynesiano-monetarista es hacer que el gobierno imprima 5$ para evitar esta deflación.

Aun así, esta creación de dinero es distorsionadora y causará una mala asignación de recursos, ya que el nuevo dinero no se gastará en las mismas áreas o proporciones , ya que el dinero que ahora se está “atesorando” (en definición de los keynesianos). Además, incluso si el gobierno pudiera descubrir las áreas o proporciones correctas, seguirían llevando a malas asignaciones, ya que el atesoramiento refleja un deseo de realinear los precios relativos más cerca delo que la sociedad realmente quiere que se produzca. La impresión de dinero puede en realidad aumentar el deseo de mantener efectivo, como vemos hoy. Mantener efectivo puede ser la opción preferida por encima del consumo o la inversión (ahorro) cuando los precios relativos y absolutos se han distorsionado mediante la imprenta.

Por supuesto, nadie hace realmente las preguntas críticas. ¿Por qué guardar más efectivo cambia la oferta monetaria y por qué la gente y los bancos deciden aumentar sus existencias de efectivo para empezar?[2] Sin banca de reserva fraccionaria, ni la gente ni los bancos podrían cambiar significativamente la oferta monetaria guardando más efectivo, ni los bancos podrían extender crédito más rápido que los ahorros de lento movimiento. El auge y las correspondientes malas inversiones serían algo del pasado y, por tanto, lo mismo pasaría con el deseo de guardar más efectivo durante la fase de declive del ciclo económico. Si los bancos centrales estuvieran realmente preocupados acerca de este tipo de deflación, deberían ocuparse de la causa (la banca de reserva fraccionaria) y del resultado. Decir a un borracho que puede evitar la resaca bebiendo más whisky es simplemente empeorar la situación.[3] La solución real es hacer que deje de beber.

Según Mario Draghi, del Banco Central Europeo:

El segundo inconveniente de la baja inflación (…) es que hace mucho más difícil el ajuste de los desequilibrios. Una cosa es tener que ajustar los precios relativos con una tasa de inflación que esté en torno al 2%, otra es ajustar los precios relativos con una tasa de inflación que esté en torno al 0,5%. Eso significa que el cambio en ciertos precios, para reajustarse, tendrá que convertirse en negativo. Y sabéis que precios y salarios tienen cierta rigidez nominal que hace más complejos estos ajustes.

Draghi está confundiendo la primera fuente de deflación con la segunda. La reciente baja inflación en la Eurozona puede atribuirse principalmente a un fortalecimiento del euro y a una caída en los precios de alimentos y energía.

Los economistas del Bundesbank deben estar silenciosamente furiosos. Evidentemente no están ciegos a las excusas del BCE para monetizar indirectamente la deuda del bloque del sur. El comentario del “cueste lo que cueste” de Draghi dio a los países del bloque del sur un plazo extra. Pero se ha hecho poco para refrenar el tamaño de sector públicos hinchados. La relación entre deuda y PIB sigue aumentando y los mayores impuestos en los países del bloque del sur han causado una contracción aún mayor del sector privado. Muchos bancos en la Europa del sur están técnicamente quebrados. Los préstamos impagados en Italia han pasado de un 5,8% en 2007 a más del 15% hoy. Y la situación está empeorando.

Grecia colocó recientemente un bono a cinco años por debajo del 5%, que fue solicitado en ocho veces la emisión. Esto destaca el grado en que el sector financiero europeo es actualmente dependiente de la “apuesta Draghi”. Como en todas partes del mundo, los tipos de interés en Europa están totalmente distorsionados y ya no sirven a la función crítica de asignar recursos de acuerdo con las preferencias temporales de consumo de la sociedad y ni siquiera reflejan cualquier riesgo real de impago.

El BCE probablemente impondrá pronto tipos negativos, pero descubrirá, como ya hicieron la Fed y otros antes, que puedes llevar a un caballo al agua pero no puedes hacerle beber. Entonces la QE estará sobre la mesa, pero, al contrario que la Fed, el BCE tiene limitados los activos que puede comprar, ya que la compra directa de bonos de gobiernos en euros viola la constitución alemana. Un día, Alemania y el bloque de países del sur, incluyendo a Francia, chocarán  sobre cuál es el papel apropiado de la política monetaria.

Alemania haría bien en planear, hoy, una posible salida del euro.


[1] Los keynesianos ven guardar efectivo, e incluso mantener ahorros en bancos, como “atesoramiento”, pero, en su sentido correcto, solo es atesoramiento el equivalente a guardar dinero en un colchón.

[2] Los préstamos con reserva fraccionaria son inflacionistas, contribuyendo así a auges inflacionistas. A su vez, los bancos mantienen más efectivo cuando temen una crisis de confianza, que es también resultado de un auge.

[3] Como los préstamos con reserva fraccionaria son una fuente del problema, prestar más de la misma manera no es la solución.


Publicado el 29 de abril de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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