John T. Flynn y el mito de FDR

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[Del prólogo a The Roosevelt Myth, de John T. Flynn]

Albert Jay Nock, distinguido hombre de letras y anarquista filosófico fue inspiración para pensadores tan diversos como Murray Rothbard y Robert Nisbet, Frank Chodorov y Russell Kirk. Amigo personal del padre de William F. Buckley, Jr., fue una especie de gurú también para el joven Buckley. En abril de 1945, Nock escribió una alegre carta a dos de sus amigos, describiendo la muerte de Franklin Roosevelt como “la mayor mejora pública que ha experimentado Estados Unidos desde la aprobación de la Declaración de Derechos” y sugiriendo un almuerzo de celebración en Luchow’s.[1]

Hoy la alegría desatada de Nock se consideraría obscena, un sacrilegio contra la religión cívica de Estados Unidos. Los líderes republicanos, no menos que los demócratas, reverencian e invocan la memoria de Franklin Roosevelt. Sus alabanzas son cantadas desde el Wall Street Journal al New York Times, y rebaños de historiadores (la expresión es de Mencken) indican regularmente que FDR fue uno de nuestros verdaderos “grandes presidentes”. Simbólico de esta apoteosis fue la dedicación, en mayo de 1997 del enorme  Franklin Delano Roosevelt Memorial en Washington, D.C. Como informaba alegremente el Times, es “un memorial lleno de sabor a poder del gobierno”. Los ejecutores actuales de ese poder han dado encantados su rendido apoyo, votando el Congreso 42,5 millones de dólares, con entusiasmo bipartidista. Entre los hosannas que aparecen en todas partes en política y prensa, las pocas voces disidentes resultan inaudibles. La religión dominante es que, como nos ha informado el editor del Wall Street Journal, la crítica a FDR solo es concebible en enemigos “enloquecidos por su odio contra él”.

Aun así es un hecho que a lo largo de su larga presidencia, FDR tuvo la ardiente oposición, e incluso escarnio, por parte de un grupo de hombres y mujeres inteligentes, respetados y patrióticos. El más congruente de sus adversarios formó una vaga coalición conocida hoy como la Vieja Derecha.[2] Hay pocas dudas de que el mejor informado y más tenaz de los enemigos de Roosevelt de la Vieja Derecha era John T. Flynn.

Cuando Flynn escribió su mayor estudio de los cuatro mandatos del presidente, lo tituló apropiadamente The Roosevelt Myth. Los mitos continúan abundando respecto de Roosevelt y su reinado: uno de los más cómodos es que los antagonistas de New Deal eran todos “realistas económicos”, beneficiarios propios y defensores del status quo. En el caso de Flynn, esa acusación es risible. Cuando se convirtió en crítico del New Deal, Flynn disfrutaba de una reputación bien establecida como progresista y aireador de escándalos, con, como escribe Bill Kauffman, “gusto por la sangre de plutócrata”.[3]

John Thomas Flynn nació en 1882 en una familia católica irlandesa de clase media en los suburbios de Washington y se educó primero en escuelas públicas y luego en las escuelas parroquiales de la ciudad de Nueva York. El debate que se produjo en torno a 1900 sobre la anexión de las Filipinas por EEUU parece haber ejercitado una influencia formativa en el joven Flynn: toda su vida se mantuvo como un oponente radical al imperialismo occidental, incluido el estadounidense. Estudió derecho en Georgetown, pero encontraba irresistible el periodismo. Después de trabajar como editor en periódicos en New Haven y Nueva York, trabajó como escritor freelance descubriendo varios acuerdos financieros fraudulentos en Wall Street. A principios y mediados de la década de 1930, Flynn fue autor de una serie de libros atacando a los trusts y a lo que consideraba las fechorías del negocio bursátil. Su God’s Gold: The Story of Rockefeller and His Times (1932) se convirtió en una especie de clásico.[4]

Flynn no era un libertario estricto, ni su pensamiento en economía era notablemente sofisticado. Apreciaba completamente el dinamismo productivo de la economía de mercado de propiedad privada. Pero en su etapa progresista sostuvo que el gobierno tenía un papel esencial a desempeñar en controlar los “excesos” del capitalismo, impidiendo los monopolios, protegiendo a pequeños inversores y asumiendo una reforma social moderada. Pero nunca fue un socialista: para él, las esperanzas de una sociedad libre y próspera se basan en un sistema de empresa privada verdaderamente competitivo.[5] Sobre todo, Flynn siempre desconfió de cualquier relación estrecha entre el estado y la gran empresa, en el interior o el exterior. En 1934, actuó como investigador jefe para el comité Nye del Senado de EEUU, que investigaba en papel de los bancos de Nueva York y el sector armamentista (“los mercaderes de la muerte”) en llevar a Estados Unidos a participar en la Primera Guerra Mundial.

Flynn se opuso al New Deal casi desde el principio. En lugar de abrir la economía a las fuerzas competitivas, Roosevelt parecía inclinado a cartelizarla, principalmente a través de la National Recovery Act (NRA), que Flynn consideraba una copia del Estado Corporativo de Mussolini. Mientras un programa fracasado del New Deal seguía a otro, Flynn sospechaba que Roosevelt trataría de distraer la atención a supuestos peligros extranjeros, un recurso facilitado por los acontecimientos mundiales. El hundimiento por los japoneses una lancha cañonera estadounidense, la Panay, que había estado patrullando el Yangtzé, precipitó una primera crisis. Flynn preguntó por qué teníamos cañoneras patrullando ríos chinos para empezar, y descubrió la respuesta en el hecho de que la Panay estaba llevando cisternas de la Standard Oil Company.[6] Incidentes como este, acusaba Flynn, eran explotados por la administración “para exprimir tanto espíritu bélico como fuera posible”. En 1938, se unió a Norman Thomas y otros para crear el Keep America Out of War Congress, compuesto principalmente por pacifistas y socialistas.

En Country Squire in the White House (1940), Flynn incluía temas que luego desarrollaría más completamente en The Roosevelt Myth. Retrataba al patricio de Hudson Valley como un diletante sin principios propios, un mero buscador de poder con genio para conseguir votos. Roosevelt había renegado de sus promesas de reforma progresista y por el contrario creó un Leviatán federal basado en la cínica política de “gravar y gravar, gastar y gastar, elegir y elegir” (la fórmula que desde entonces se ha convertido en la base sólida de la política estadounidense en nuestro sistema bipartidista). Como era habitual, fue la íntima relación del gobierno con la industria de armamento lo que constituía la censura más dura de Flynn.

Roosevelt, que siempre veía cualquier crítica a su persona como una perversión de la verdadera democracia, estaba furioso. El presidente de Estados Unidos escribió una carta personal a un editor de revistas declarando que Flynn “debería ser expulsado a partir de ahora de las columnas de cualquier periódico diario, revista mensual o trimestral nacional presentable”.[7] Fuera o no consecuencia del resentimiento de FDR, la New Republic eliminó la columna de Flynn que había estado publicando desde 1933, una señal de que las cosas estaban cambiando en los círculos del liberalismo de izquierda. En los siguientes años, FDR usaría el FBI, Hacienda y otras agencias para espiar, acosar e intimidar a sus críticos.[8] Esto (y sus mentiras, sus constantes mentiras), más que cualquier supuesta aflicción mental, explica el odio a Franklin Roosevelt que tenían tantos.

Al irse acercando FDR a la guerra, se sentía la necesidad de una organización anti-intervencionista de masas. En agosto de 1940, Flynn se convirtió en uno de los fundadores del Comité America First y presidente del capítulo de Nueva York. En su apogeo, el Comité America First tenía más de 800.000 afiliados, entre ellos E. E. Cummings, Sinclair Lewis, Kathleen Norris, Alice Roosevelt Longworth e Irene Castle. (La actriz Lillian Gish perteneció durante un tiempo al consejo nacional, pero fue obligada a dimitir esto le llevó a ser vetada en Hollywood y en Broadway). Miembros jóvenes de  America First incluían a John F. Kennedy, Sargeant Shriver, Gerald Ford, y Gore Vidal.[9]

America First estaba pinchando en una vena profunda: encuesta tras encuesta, se demostraba que el 80% de la gente estaba en contra de ir a la guerra contra Alemania. Pronto el Comité se vio sometido a una incansable campaña de difamación y calumnias. Su portavoz más popular, Charles Lindbergh, fue calificado como “el compañero de viaje de los nazis nº 1” en Estados Unidos por Harold Ickes, secretario del interior y principal esbirro de Rooevelt, mientras que Robert Sherwood, redactor de los discursos del presidente, despreciaba al heroico aviador como “simplemente un nazi”.[10] La calumnia del filósofo y socialista John Dewey, de que America First era una “correa de transmisión” para la propaganda nazi, fue repetida por multitud de gacetilleros intervencionistas.[11] Los autonombrados patriotas “antifascistas” en Hollywood y otros lugares retrataron una enorme red (imaginaria) de agitadores y saboteadores nazis trabajando por todo el territorio y ligaron a estos nazis domésticos con los “aislacionistas”, “aliados conscientes o inconscientes de Hitler”.[12]

Flynn califico la campaña de “caza de brujas”. Él y sus camaradas ideológicos recordarían la agresividad del establishment cuando cambiaron brevemente las tornas durante el episodio conocido como “macartismo”.

Al intensificarse la batalla sobre la intervención, Flynn observó que Roosevelt estaba acabando con el equilibrio constituciones en asuntos exteriores, como ya había hecho interiormente. Cuando el presidente envió tropas a ocupar Islandia en julio de 1941, Flynn atacó la ley inconstitucional y el supino Congreso que la permitió: Roosevelt “no podría hacer esto si el Congreso de Estados Unidos no se hubiera reducido al estado de una sombra servil” de lo que pretendía los Fundadores.[13] En la declaración de “cuatro libertades” publicada por Roosevelt y Churchill, en agosto de 1941, Flynn veía prefigurado el programa globalista para Estados Unidos: “el objetivo es que seamos por siempre la policía del mundo, imponiendo nuestras ideologías y nuestros deseos al mundo”.[14]

Roosevelt necesitaba la guerra y quería la guerra, y llegó la guerra.

El Comité America First se autodisolvió, pero Flynn no cesó en sus ataques. En 1944, publicó As We Go Marching, un análisis de la naturaleza del fascismo europeo y los claros paralelismos con tendencias en Estados Unidos. “Mientras marchábamos hacia la salvación del mundo”, advertía Flynn, “se expandía el poder del gobierno, nuestra vida económica y social se militarizaba y nos íbamos asemejando a las mismas dictaduras contra las que estábamos luchando”.[15] Con el fin de la guerra y la muerte de FDR, Flynn estaba listo para su resumen de la carrera del presidente de cuatro mandatos.

Es bastante evidente que el juicio rutinario de los historiadores estadounidenses, de que Roosevelt fue en verdad un “gran presidente”, no tiene nada de objetivo. Los historiadores, como todos los demás, tienen sus propios valores y opiniones personales. Como otros académicos tienden a estar abrumadoramente en la izquierda. Analizando una encuesta reciente, Robert Higgs señala. “Los historiadores liberales de izquierda adoran el poder político e idolatran a quienes lo ejercen más profusamente al servicio de causa liberales de izquierda”.[16] ¿Por qué debería ser sorprendente, o incluso notable que veneren a Roosevelt y traten de hacer que haga lo mismo un público crédulo?

Para una opinión muy diferente, el lector puede acudir ahora a The Roosevelt Myth, de nuevo editado, que era y sigue siendo, después de medio siglo, el mejor desacreditante de Franklin Roosevelt. “Polémico como solo Flynn podría ser polémico”,[17] la obra fue rechazada por todo editor al que se aproximaba el autor. Flynn estaba desesperado: “Por primera vez en mi vida, estoy acarreando un libro como un desconocido (…) Estoy frustrado”. Finalmente, conoció a Devin Garrity, jefe de una pequeña empresa en Nueva york especializada en obras irlandesas y revisionistas y el libro apareció en 1948 bajo la cabecera de Devin-Adair. Pronto se convirtió en el número dos de la lista de superventas del New York Times.[18]

Tomando por turnos cada fase de su presidencia, Flynn es despiadado a a hora de exponer a Roosevelt como un fracaso, un mentiroso y un fraude. Dos mitos subsidiarios que derriba son hoy de particular interés, ya que son los principales apoyos para la supuesta grandeza de FDR: sus papeles en la Depresión y en la segunda Guerra Mundial.

La letanía “Roosevelt arregló la Depresión” exasperaba a Flynn. (Ahora se sustituye a menudo por el banal y mucho más cauto: “Dio esperanza a la gente”). ¿A nadie le preocupan los hechos?, reclamaba. El “primer” New Deal, vino y se fue, luego legó el “segundo” New Deal, en 1935… y la Depresión, al contrario que todas las recesiones anteriores, se ahondaba más y más. Flynn apuntaba que en 1938 el número de personas desempleadas totalizaba “11.800.000, más de los que estaban desempleados cuando fue elegido Roosevelt en 1932” (cursivas suyas). Flynn habla de la impotencia de los sucesivos programas del New Deal y de las condenas de los “planificadores” y “gastadores” en sus capítulos sobre “La depresión olvidada” y “La danza de los filósofos”.

Investigaciones recientes han reforzado el análisis de Flynn. Al estudiar por qué la recesión que empezó en 1929 se convirtió en “la Gran depresión”, la más larga de la historia de EEUU, Robert Higgs identifica un factor crítico: el excepcionalmente bajo porcentaje de inversión privada. una causa principal de esta falta de inversión y creación de trabajos productivos, descubre Higgs, fue la “incertidumbre de régimen”. Por primera vez en nuestra historia, los inversores estaban seriamente preocupados sobre la seguridad de los derechos de propiedad en Estados Unidos. Había habido un

flujo sin precedentes de leyes, regulaciones y sentencias judiciales amenazantes para los negocios, la muy repetida hostilidad del presidente Roosevelt y sus lugartenientes hacia los inversores como clase y el carácter de los zelotes antiempresa que componían los estrategas y administradores del New Deal de 1935 a 1941.[19]

La cómoda mitología decía que los empresarios odiaban a Roosevelt porque era “un traidor a su clase”. La verdad que le temían por ser una amenaza al sistema de propiedad privada y restringieron sus inversiones de acuerdo con ello.

Sobre el papel de FDR antes y después de nuestra entrada en la Segunda Guerra Mundial, Flynn es feroz. Cuando escribió su libro, Thomas A. Bailey, historiador diplomático en Stanford, ya había publicado la defensa de la política probelicista de Roosevelt que se ha convertido ahora en habitual. Reconociendo con indiferencia toda la acusación revisionista de Charles Beard y otros, Bailey escribía:

Franklin Roosevelt engañó repetidamente al pueblo estadounidense durante el periodo anterior a Pearl Harbor (…) Fue como un médico que debe mentir a los pacientes por su propio bien (…) Como las masas son notriamente cortas de vista y generalmente no pueden ver el peligro hasta que está en sus gargantas, nuestros estadistas se ven obligados a engañarlas para que sean conscientes de sus propios intereses a largo plazo. Esto es claramente lo que Roosevelt tuvo que hacer y ¿quién dirá que la posteridad no se lo agradecerá?[20]

Pero Flynn preguntaba: “Si Roosevelt tenía derecho a hacer esto, ¿a quién se le niega el derecho?” En 1948, Flynn estaba hablando en nombre de los “pacientes”, los mentidos, las masas estúpidas y manipuladas, aquellos que fueron una vez conocidos como los ciudadanos libres y soberanos de la República Estadounidense. Hoy, la sabiduría convencional está toda en el lado del mentiroso Roosevelt y contra el pueblo al que engañó.

Sobre otro tema, también ha cambiado el patrón. En nuestro propio tiempo ilustrado, se considera completament dentro del orden natural de las cosas que Estados Unidos debía haber resultado triunfante en la guerra más costosa y la segunda más sangrienta en nuestra historia y luego caído instantáneamente en otra lucha contra un enemigo más poderoso. Pero en 1948 el propio Winston Churchill admitía que: “aún no hemos encontrado paz ni seguridad y (…) estamos al borde de peligros aún peores de los que hemos superado”.[21] Hace medio siglo, sugería esto, bastante razonablemente, que algo había ido gravemente mal en la dirección política de la guerra.

Al explicar para desgracia del  estado del mundo de la posguerra, Flynn se centraba en los fallos de Roosevelt: “Nuestro gobierno puso en  manosd e Stalin los medios para apropiarse de una buena parte del continente de Europa, luego se mantuvo al margen  cuando la tomó y finalmente aceptó sus conquistas”. Cuarenta años después,. Robert Nisbet reforzaba el alegato de Flynn, estableciendo con detalle la necedad de FDR al ver a Stalin (¡Stalin!) como un amigo y un compañero progresista, su principal aliado para construir el Nuevo Orden Mundial.[22] Sin embargo, los hechos hicieron poca impresión en los rebaños de historiadores. Parece que no hay inanidad degradante, ni error catastrófico que no se le permita a un verdadero “gran presidente”.

El impacto de Franklin Roosevelt en Estados Unidos fue inconmensurable. La explicación de Flynn (compuesta con su característico estilo combativo irlandés) sigue siendo el mejor análisis de por qué fue tan profundamente destructivo.

En los años siguientes, Flynn se convirtió en el soporte intelectual de la Vieja Derecha, deshaciéndose de los restos de su viejo progresismo anticuado y haciéndose más claramente constitucionalista y antiestatista. Fue el Flynn de The Road Ahead, otro superventas, que llegó a 4.000.000 de ejemplares en el extracto del Reader’s Digest. El “camino” del que advertía Flynn que estábamos siguiendo era el camino del socialismo fabiano hacia un gobierno omnipotente.

Al meter el nuevo presidente, Harry Truman, a estados Unidos en otra cruzada más, Flynn se puso del lado de quienes permanecieron en el mvomiento anti-interevncionsita, que veía al senador Robert Taft como su líder. Opuestos a compromisos estadounidenses indefinidos, sospechando de los programas de ayuda en el extranjero que conllevaban aceptar el status quo en un mundo rápidamente cambiante, estos conservadores se convirtieron, de nuevo, en el objetivo de los calumniadores intervencionistas. Según Truman, los republicanos que se oponían a esta política exterior eran “activos del Kremlin”, el tipo de bribones que dispararía a “nuestros soldados por la espalda en una guerra caliente”.[23] De nuevo la prensa del régimen se hizo eco de las calumnias de la administración.

Todo esto se ha olvidado hoy, junto con la campaña prebélica de difamación de estadounidenses patriotas como “nazis”. Todo lo que queda en la memoria popular es el cuento perpetuamente retocado de un tiempo de terror conocido como la Er del macartismo. Flynn fue un ferviente defensor de Joseph McCarthy y en varias obras examinó la influencia de comunistas y simpatizantes comunistas sobre la política exterior de EEUU, especialmente sobre China.[24] Aunque está claro que Flynn básicamente entendió mal la revolución china, en otros puntos estuvo más cerca de la verdad que los enemigos de McCarthy, entonces y ahora. Por ejemplo, Owen Lattimore no era el intelectual educado que vivía en una torre de marfil de la mitología de la izquierda liberal, sino un defensor radical de Stalin, en los juicios de las purgas y en el Gulag.[25] Con la continua publicación de documentos de las décadas de 1930 y 1940, de archivos de EEUU y Rusia, la idea recibida respecto del “terror maccartista” merece una revisión.[26]

En la insulsa campaña por la nominación presidencial republicana de 1952, Flynn fue un ferviente partidario de Robert Taft. Veía a Eisenhower como un títere del establishment republicano del Este, centrado en Wall Street, que había impuesto a Willkie y Dewey en el partido; sentía lo mismo por el compañero de lista de Eisenhower, el senador Richard M. Nixon.

Flynn continuó oponiéndose al globalismo hasta su muerte. Luchó contra el intervencionismo estadounidense en Oriente Medio y cuando el senador McCarthy (fiel a su propia inclinación internacionalista) apoyó el ataque franco-británico-israelí a Egipto en 1956, Flynn rompió con él. La creciente implicación estadounidense en Indochina bajo Eisenhower y John Foster Dulles enfurecía a Flynn. Preguntaba enfáticamente: “Me gustaría aber quién en asia va a cruzar el Pacífico y atacarnos”. En el momento de la debacle francesa en Dien Bien Fu, Flynn pidió a Eisenhower que dejara claro que “no vamos a implicarnos en ningún tipo de guerra en Indochina, caliente o templada, fuera de nuestro camino”.[27]

Un objetivo constante de Flynn fue la “política exterior bipartidista”, un engaño que funcionaba para privar a los estadounidenses de alguna alternativa en cuestiones de paz o guerra. Como fuente central de este ardid, identificaba el Consejo de Relaciones Exteriores, señalando que tanto Dean Acheson como John Foster Dulles (secretarios de estado de partidos nominalmente opuestos), así como la mayoría de los demás artífices de la política exterior de EEUU eran miembros de esta organización de Nueva York. Siendo palpablemente un frente de intereses comerciales, el objetivo de consejo era una transformación radical de las actitudes del pueblo estadounidense, su conversión al dogma de que nuestra seguridad requería que “fuéramos la policía de todo el mundo, libráramos las batallas de todo el mundo, hiciéramos a todo país del mundo como Estados Unidos”.[28]

Al destacar Flynn la influencia de las grandes empresas en la política exterior estadounidense, esto ha llevado inevitablemente a algunos escritores a ligar esta visión con el marxismo. Nada podría ser más erróneo. El sacudir a los capitalistas por usar sus relaciones con el estado para defender sus propios intereses siniestros (especialmente sus intereses en ultramar) ha sido una piedra angular del liberalismo clásico al menos desde tiempos de Turgot, Adam Smith y Jeremy Bentham.

En 1956 se produjo un pequeño acontecimiento que, como el despido de Flynn de New Republic in 1938, simbolizó el fin de una era en la política estadounidense. Como Flynn había sido rechazado porque sus opiniones antibelicistas eran incoherentes con el nuevo giro hacia la izquierda, ahora se encontraba en oposición a una incipiente “Nueva Derecha”. William F. Buckley, Jr., criado en el antiestatismo estadounidense de Albert Jay Nock y Frank Chodorov, se había juntado con un grupo de exestalinistas, extrostkistas y emigrantes europeos conservadores. Su postura era ahora que “tenemos que aceptar el Gran Gobierno mientras dure, para que no pueda iniciarse una guerra ofensiva ni defensiva y así evitar la aparición de una burocracia totalitaria  dentro de nuestras orillas”. La cruzada anticomunista requería altos impuestos para enormes ejércitos y armadas, incluso “consejos bélicos de producción y la correspondiente centralización del poder en Washington”.[29]

Como editor de National Review, Buckley encargó un artículo a Flynn. Flynn presnetó una dura crítica al crecimiento hipertrofiado del gobierno central tanto bajo las administraciones republicanas como demócratas, que concluía: “Desde el régimen de Roosevelt, no ha habido plan alguno para restaurar la República Estadounidense en su forma constitucional”.[30] No era algo que Buckley, comprometido con la intervención global y tan indiferente al constitucionalismo estadounidense como cualquier defensor del New Deal, pudiera aceptar. Se devolvió el manuscrito, acabando la relación de Flynn con lo que ahora pasa por ser el movimiento conservador en Estados Unidos.

Gregory Pavlik, editor de una edición reciente de ensayos de Flynn, lo resumía bien: “Cuando murió Flynn en 1964 era un marginado de las variedades entonces de moda del liberalismo y el conservadurismo. Su vida fue testimonio de su carácter: rechazó renunciar a sus convicciones más profundas por el afecto de demagogos de moda de cualquier bando político”.[31]



[1] Albert Jay Nock, Letters from Albert Jay Nock 1924-1945 (Caldwell, Id.: Caxton, 1949), p. 211.

[2] Sheldon Richman, «New Deal Nemesis: The ‘Old Right’ Jeffersonians», The Independent Review, vol. 1, nº 2 (Otoño de 1996), pp. 201-248 y Justin Raimondo, Reclaiming the American Right: The Lost Legacy of the Conservative Movement (Burlingame, Cal.: Center for Libertarian Studies, 1993).

[3] Bill Kauffman, America First! Its History, Culture, and Politics (Amherst, N.Y.: Prometheus, 1995), p. 58.

[4] Michele Flynn Stenehjem, An American First: John T. Flynn and the America First Committee (New Rochelle, N.Y.: Arlington House, 1976), pp. 26-29.

[5] Ronald Radosh, Prophets on the Right: Profiles of Conservative Critics of American Globalism (Nueva York: Simon and Schuster, 1975), pp. 197-201.

[6] Ibíd., p. 205.

[7] Ibid., pp. 204-205.

[8] Ver, por ejemplo, Robert Dallek, Franklin Roosevelt and American Foreign Policy, 1932-1945 (Oxford: Oxford University Press, 1979), pp. 289-290 y Richard Norton Smith, The Colonel: The Lift and Legend of Robert R. McCormick (Boston: Houghton Muffin, 1997), pp. 405-406, 424-428.

[9] Kauffman, America First! Sobre Lillian Gish, ver Justus D. Doenecke, ed., In Danger Undaunted: The Anti-Interventionist Movement of 1940–1941 as Revealed in the Papers of the America First Committee (Stanford, Cal.: Hoover Institution Press, 1990), p. 14.

[10] Wayne S. Cole, Charles A. Lindbergh and the Battle Against American Intervention in World War II (Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1974), pp. 130, 147.

[11] Radosh, Prophets on the Right, p. 219.

[12] John Earl Haynes, Red Scare or Red Menace? American communism and Anti-communism in the Cold War Era (Chicago: Ivan R. Dee, 1996), pp. 17-36. En diciembre de 1942 (en medio de la Guerra), fue el propio Roosevelt el que sacudió las filas de la prensa de Washington presentando despectivamente a John O’Donnell, el columnista anti-intervencionista del Daily News de Nueva York, con un Cruz de Hierro por sus servicios al Reich. Graham J. White, FDR and the Press (Chicago: University of Chicago Press, 1979), pp. 44-45. La calumnia persiste hasta hoy. El profesor Harry Jaffa («In Defense of Churchill», Modern Age, vol. 34, nº 3 [Primavera de 1992], p. 281) se refiere a “Charles Lindbergh y Fritz Kuhn [Führer del pro-nazi German-American Bund] actuando juntos” en advertir que la participación en la guerra sería “principalmente en interés de los judíos”. Jaffa quiere evocar la imagen de Lindbergh junto a Kuhn dirigiendo una campaña contra la guerra. No hace falta decir que nunca ocurrió. Estuvieron “juntos” con Stalin y sus asesinos en masa haciendo campaña para la entrada de EEUU. Lindbergh no mantuvo que fuera “en interés de los judíos” que Estados Unidos entrara en guerra; por el contrario, creía que dañaría la situación de los judíos en Estados Unidos (Cole, Charles A. Lindbergh, pp. 157-185). La causa de la absurda diatriba de Jaffa está claro que es su temor frío a que la voz de America First “se extienda de nuevo en el territorio”.

[13] Cole, Roosevelt and the Isolationists, p. 432.

[14] Ibíd., p. 495.

[15] La militarización e ela vida estadounidense desde 1933 se trata en Michael S. Sherry, In the Shadow of War: The United States Since the 1930s (New Haven, Conn.:Yale University Press, 1995).

[16] Robert Higgs, «No More ‘Great Presidents’ «, The Free Market, vol. 15, nº 3,p. 2. Higgs dice todo lo que tiene que decirse sobre estas encuestas a historiadores inspiradas políticamente, concluyendo: “Dios nos libre de los grandes presidentes”.

[17] Justus D. Doenecke, Not to the Swift: The Old Isolationists in the Cold War Era (Lewisburg, Pa.: Bucknell University Press, 1979), pp. 97-98.

[18] Stenehjem, An American First, pp. 172-173.

[19] Robert Higgs, «Regime Uncertainty: Why the Great Depression Lasted So Long and Why Prosperity Resumed After the War», The Independent Review, vol. 1, nº 4 (Primavera de 1997), p. 586. Ver también el capítulo sobre el New deal en la obra indispensable de Higgs, Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government (Nueva York: Oxford University Press, 1987), pp. 159-195.

[20] Thomas A. Bailey, The Man in the Street: The Impact of American Public Opinion on Foreign Policy. (Nueva York: Macmillan, 1948), p. 13.

[21] Winston S. Churchill, The Gathering Storm (Boston: Houghton Mifflin, 1948), p. v.

[22] Robert Nisbet, Roosevelt and Stalin: The Failed Courtship (Washington, D. C.: Regnery, 1988).

[23] Doenecke, Not to the Swift, p. 216.

[24] Por ejemplo, While You Slept: Our Tragedy in Asia and Who Made It (1951) y The Lattimore Story (1953).

[25] Después de una visita a Kolymá, el más famoso de los campos del Gulag, Lattimore describía la administración del campo como “una combinación de la Hudson Bay Company y la TVA”. Ver Robert Conquest, Kolyma: The Arctic Death Camps (Nueva York: Viking, 1978), pp. 204–205, 208-212.

[26] Ver, por ejemplo, M. Stanton Evans, «McCarthyism: Waging the Cold War in America», Human Events, vol. 53, nº 21 (30 de mayo de 1997), pp. 51-58.

[27] Doenecke, Not to the Swift, pp. 241, 243; Radosh, Prophets on the Right, p. 261.

[28] Radosh, Prophets on the Right, p. 258.

[29] William F. Buckley, Jr., «A Young Republican’s View», Commonweal, 25 de enero de 1952, citado en Murray N. Rothbard, The Betrayal of the American Right, p. 159.

[30] El ensayo fue publicado por primera vez en John T. Flynn, Forgotten Lessons: Selected Essays, Gregory P. Pavlik, ed. (Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1996), pp. 129-134.

[31] Ibíd., p. 4.


Publicado el 1 de marzo de 2008. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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