El hombre invisible y la mano invisible: La crítica del capitalismo de H.G. Wells

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[Este artículo es el capítulo 6 de Literature and the Economics of Liberty: Spontaneous Order in Culture]

Uno podría preguntarse si estos intelectuales no están a veces inspirados por el resentimiento de que a ellos, que saben mejor que nadie lo que tendría que hacerse, se les paga mucho menos que a aquellos cuya formación y actividades guían de hecho los asuntos prácticos. Esos intérpretes literarios de los avances científicos y tecnológicos, de los cuales H.G. Wells sería un excelente ejemplo, debido a la inusual alta calidad de su obra, han hecho mucho más por divulgar el ideal socialista de una economía dirigida centralizadamente en la que a cada uno se le asigna su tarea correcta que los científicos reales de los que han aprovechado muchas de sus ideas. (Friedrich Hayek, La fatal arrogancia)

I.

¡Ciencia! Lo que queremos ahora es socialismo, no ciencia

-H.G. Wells En los días del cometa

Publicada por primera vez en 1897, El hombre invisible, de H.G. Wells ha dado lugar a innumerables imitaciones literarias, adaptaciones cinematográficas e incluso algunas series de televisión, convirtiéndose así en una especie de mito moderno. En manos de Wells, la historia de Griffin, el universitario que encuentra una forma de hacerse invisible, se convierte en una parábola del peligroso poder de la ciencia moderna. Empujado a sus experimentos principalmente por una fiera ambición, Griffin se hace cada vez más megalómano una vez se convierte en invisible. Toma así su lugar en una línea de retratos literarios de científicos locos que se remonta al Victor Frankenstein de Mary Shelley, el prototipo del hombre que se aísla de sus iguales para seguir un ambicioso proyecto y, en el proceso, pierde su humanidad, desatando fuerzas que no puede entender ni controlar. El interés por El hombre invisible ha tendido comprensiblemente a centrarse en los aspectos científicos del relato, especialmente en las preguntas que plantea Wells acerca de la ética de la tecnología moderna.[1]

Pero como pasa a menudo en la obra de Wells, la situación de ciencia ficción en El hombre invisible proporciona una excusa para indagar en una serie mayor de problemas económicos y políticos que le preocuparon a lo largo de su vida. En particular, aunque la invisibilidad de Griffin tiene causas científicas, tiene importantes efectos económicos, sobre todo en el movimiento y transferencia de dinero. Dicho llanamente, el uso principal que hace Griffin de su invisibilidad robar el dinero de la gente:

La historia del dinero volador era cierta. Y por todo ese barrio, incluso desde la August London and Country Banking Company, desde las cajas de tiendas y fondas (…) el dinero había estado silenciosa y diestramente huyendo ese día en fajos y rulos, flotando plácidamente en muros y lugares oscuros, alejándose rápidamente de los ojos de hombres aproximándose. Y había acabado invariablemente su misterioso vuelo, aunque nadie lo viera, en el bolsillo de ese inquieto caballero.[2]

Wells llama la atención sobre la dificultad de seguir el movimiento del dinero. Un nuestra época de banca offshore y todo tipo de sistema de blanqueo de dinero, difícilmente tienen que recordarnos que la circulación del dinero puede ser misteriosa incluso sin un hombre literalmente invisible tras ella. Así que tal vez El hombre invisible de Wells sea una parábola económica además de científica, con el dinero como uno de sus temas centrales.[3]

Para Wells, la invisibilidad de Griffin simboliza el funcionamiento una impersonal, descentralizada y (en opinión de Wells) peligrosamente caótica economía de mercado, que no respeta los dictados ni de los lazos comunitarios tradicionales ni de las autoridades públicas establecidas. En la práctica, lo más importante de Griffin es su mano invisible. En su La riqueza de las naciones, Adam Smith había argumentado que en un economía de mercado no intervenida, una mano invisible guía las acciones egoístas de los empresarios para bien de la comunidad en su conjunto.[4]

Al contrario que Smith, Wells era un socialista. De hecho, fue importante en determinar el rumbo que tomaron la teoría y práctica socialistas en la Gran Bretaña del siglo XX: se le considera generalmente como uno de los arquitectos del estado social moderno. Así que no debería sorprender que Wells use su parábola del hombre invisible para poner en cuestión las teorías económicas de Smith, presentando a Griffin como un monstruo del egoísmo y encontrando caos y catástrofe donde Smith había visto orden y progreso. Así que El hombre invisible ofrece una oportunidad para examinar la crítica del capitalismo de Wells, tanto la sustancia de sus argumentos como los motivos tras su hostilidad al mercado libre. En particular, veremos que Wells tenía, como escritor creativo, razones especiales para criticar la impersonalidad de la economía de mercado y sus invisibles fuerzas ordenadoras.

II.

La clave para entender El hombre invisible es la estructura doble de la historia. La novela en buena parte tiene lugar en la villa rural de Iping y otros lugares rústicos de Inglaterra. Pero en el relato en flashback de Griffin de cómo se convirtió en invisible, el escenario se traslada a la metrópolis urbana de Londres. El hombre invisible muestra el contraste entre la vida de una pequeña villa y la vida en una gran ciudad. De hecho, a pesar de toda la novedad de su premisa de ciencia ficción, El hombre invisible explora un territorio bastante familiar en la literatura británica del siglo XIX, desde William Wordsworth a Thomas Hardy. Como un poeta romántico o un novelista victoriano, Wells yuxtapone la existencia tradicional y orientada a la comunidad de una villa rural con la anomia y el cosmopolitismo despiadado de una metrópoli moderna. Al ir de Londres a un pueblo en el campo, Griffin crea la tensión dramática en la historia, una confrontación entre modos opuestos de vida.

Así describe Wells la situación de Griffin: “Su irritabilidad, aunque podría haber sido comprensible para un trabajador intelectual urbano, era algo asombroso para las gentes de esta tranquila villa de Sussex”.[5] Wells retrata Iping como una comunidad muy unida: todos conocen a todos y de hecho todos se ocupan de los asuntos de los demás. Los ciudadanos de Iping son cerrados de mente y supersticiosos, preocupados fácilmente por cualquier cosa que pudiera perturbar la regularidad de su existencia. En las páginas iniciales de la novela, Griffin llega a Iping como el típico extraño, desconocido por todos en el pueblo y visiblemente extraño debido a su apariencia grotesca con un disfraz pensado para ocultar su invisibilidad (uno de los lugareños llega a pensar que Griffin podría ser distinto racialmente de los habitantes del pueblo).[6]

En estas circunstancias, lo único que hace que Griffin sea aceptado en Iping es el dinero. La novela se abre con una típica transacción de mercado. Griffin toma una habitación en el hotel, no por “caridad” humana”, como sugiere al principio, sino debido a su habilidad de “pillar” una “ganga” y pagar la tarifa correspondiente.[7] El dinero por sí mismo ya confiere a Griffin una especie de invisibilidad. Incluso en un pueblo de metomentodos, consigue permanecer en el anonimato. Por muy cotilla que sea la hotelera, Mrs. Hall, ni siquiera se preocupa de conocer el nombre de Griffin mientras pague sus facturas a tiempo.[8] De hecho el dinero le compra un gran margen de maniobra a Griffin. Sus costumbres extrañas y recluidas despiertan las sospechas de los cerrados pueblerinos, algunos de los cuales creen que debe ser un criminal que se esconde la policía.[9] Pero al menos en el caso de Mrs. Hall, Griffin es capaz de calmarla siempre que esta se queja de daño que ha hecho a sus instalaciones con la simple oferta de pagar por ello: “Póngalo en la factura”.[10] Como dice la propia Mrs. Hall, “Puede ser un poco controlador, pero una factura pagada puntualmente es una factura pagada puntualmente, digas lo que digas”.[11]

Vemos así como el dinero transforma una comunidad tradicional. Los ciudadanos de Iping están acostumbrado a tratar cara a cara con gente a la que conocen; como dice uno de sus habitantes: “Me gusta ver la cara de un hombre cuando entra en mi negocio”.[12] Pero un completo extraño es capaz de vivir entre ellos en virtud del poder del dinero, lo que representa el funcionamiento impersonal del mercado.[13] Uno pensaría que Wells alabaría este poder como una fuerza de progreso. Como él mismo demuestra, una transacción de mercado permite a perfectos desconocidos, que pueden incluso tener razones para ser hostiles entre ellos, a cooperar en su propio beneficio.

El dinero parece ser una manera de expandir mucho el rango de la interacción social. Y en el retrato de Wells, villas como Iping ciertamente perece que podrían usar algo que amplíe sus horizontes. En general, Wells trata cómicamente a los pueblerinos, haciendo que nos riamos de sus convenciones y supersticiones. Sin embargo, parece estar de su lado, aceptando su modo de vida  como patrón de normalidad y presentando al hombre invisible como la figura siniestra, el que con su secreto y preocupación obsesiva por la privacidad interrumpe el funcionamiento pacífico de la comunidad. Wells reserva su crítica verdaderamente ácida para la ciudad moderna, para Londres.

En la parte de Londres del relato, la invisibilidad de Griffin simboliza curiosamente la debilidad y vulnerabilidad del hombre moderno, la forma en que se convierte en una no-entidad bajo la presión de la sociedad de masas, la forma en que se pierde en la muchedumbre urbana, convirtiendo en una especie de “nada”.[14] Al contrario que las posteriores versiones cinematográficas, Wells desde el principio tiende a destacar las desventajas de la invisibilidad. Griffin tiene por supuesto grandes esperanzas sobre lo que la invisibilidad le permitirá hacer, pero una vez se hace realmente invisible, casi la primera cosa que descubre es cuántos problemas le va a causar su nueva condición. Apareciendo triunfantemente en las calles de Londres. Esperando “disfrutar de su extraordinaria ventaja”,[15] Griffin se encuentra por el contrario aplastado por la masa humana en la gran ciudad: “Pero apenas había entrado en Great Portland Street (…) cuando escuché un fuerte golpe y fui golpeado violentamente por la espalda (…) Traté de entrar en la corriente de la gente, pero era demasiado densa para mí y en un momento mis tacones estaban aplastados”.[16]

Esperando ser un dios a los ojos de sus vecinos londinenses, Griffin encuentra al principio que bastante literalmente no es nada para ellos. La invisibilidad de Griffin es simplemente un caso extremo de un problema urbano común. Muchos novelistas del siglo XIX exploraron la ansiedad del individuo amenazado con la pérdida de su identidad en una sociedad de masas. Las Memorias del subsuelo de Dostoievski son tal vez el mejor ejemplo. Como Griffin, el protagonista de Dostoievski sufre la indignidad que la gente ande en torno suyo en una calle de San Petersburgo como si no fuera nada.[17]

Así la invisibilidad de Griffin se convierte en una imagen impactante de todo lo que Wells está tratando de mostrar acerca de la impersonalidad de la economía de mercado. En el pequeño pueblo de Iping, el problema de Griffin es que todos los ojos están puestos en él: todos tratan de meterse en sus asuntos. Su problema en Londres es justamente el contrario: en la gran ciudad es completamente ignorado. El propio Griffin describe elocuentemente el carácter insensible de indiferente de la gran ciudad:

No tenía refugio, ni enseres, ni ningún ser humano en el mundo en que pudiera confiar (…) Estuve a punto de abordar a alguien que pasara por ahí y ponerme a su merced. Pero sabía con demasiada claridad el terror y la brutal crueldad que podían provocar mis experimentos (…) Incluso para mí, un hombre invisible, las hileras de casas de Londres  estaban cerradas, prohibidas y atrancadas de forma impenetrable.[18]

Al contrario que Iping, Londres es una comunidad completamente impersonal en la que nadie conoce a nadie, o al menos un hombre puede ser prácticamente un desconocido para sus vecinos de portal. Wells parece sugerir que incluso son sus diabólicos experimentos; Griffin huera sido invisible en Londres en la práctica. Wells usa la invisibilidad en su sentido metafórico en su posterior novela Tono-Bungay (1908) cuando describe la situación de un joven estudiante que llega a Londres y se encuentra perdido entre la muchedumbre:

En el primer sitio me convertí en invisible. Si holgazaneaba un día entero, nadie lo notaba, excepto mis compañeros de estudios (a los que evidentemente no asombraba). Nadie veía mi recogimiento a media noche, nadie me apuntaba mientras cruzaba la calle como un asombroso fenómeno intelectual.[19]

La metrópoli urbana moderna es una forma especialmente atenuada de comunidad, en la que la gente vive junta pero tiene muy poco en común. Wells destaca esto al dar a Griffin “un viejo judío polaco” como arrendador en Londres,[20] que habla yiddish en un momento clave.[21] Londres no es simplemente una comunidad paradójica de extraños; es de hecho una comunidad de extranjeros, que a veces ni siquiera hablan el mismo idioma.

Así que para Wells ser invisible en Londres es ser un individuo en una enorme e impersonal economía de mercado, que no proporciona ninguna verdadera raíz o comunidad y que por tanto transforma a un hombre en un ser puramente necesitado. A lo largo de la historia, Griffin está sorprendentemente obsesionado con las necesidades humanas básicas: alimento, ropa, alojamiento.[22] Acaba encarnando todo lo que Wells considera malo en la existencia capitalista. Sin nada que estabilice su vida, Griffin está siempre en movimiento, incapaz de encontrar descanso. Está continuamente haciendo planes contra los demás seres humanos, tratando siempre de aprovechar cualquier situación. En particular, encuentra todos los problemas del individuo emancipado en el moderno mundo ilustrado. Griffin es un científico, un hombre que trata de vivir solo con la razón y que rechaza toda creencia religiosa tradicional. La gente del pueblo está especialmente preocupada por el hecho de “no ir nunca a la iglesia en domingo”.[23]

Wells destaca el hecho de que el hombre invisible está en conflicto con los valores tradicionales mediante un giro peculiar y gratuito en la trama: el asesinato simbólico de su padre por Griffin. Para conseguir los fondos que necesita para seguir con sus experimentos, Griffin roba a su padre dinero que no le pertenece; ante la desgracia, el viejo se pega un tiro. La escena del funeral del padre de Griffin es uno de los momentos más poderosos alcanzados en el libro. Wells asocia la muerte del padre de Griffin a las fuerzas modernizadoras que están despojando al campo y destruyendo el modo inglés tradicional de vida:

Recuerdo volver andando a la casa vacía, a través del lugar que una vez fue una villa y estaba ahora parcheado y remendado por malos constructores con el feo aspecto de un pueblo. Todos los caminos pasaban por campos profanados y acababan en montones de escombros y fétidos humedales. Recuerdo (…) la extraña sensación de despego que sentí de la escuálida respetabilidad, del sórdido comercialismo del lugar.[24]

Aquí Wells descubre su mano: el “comercialismo” es “sórdido”; la economía de mercado hace a gran escala y sistemáticamente lo que Griffin hacía indirecta e impulsivamente. Mata al padre, reemplazando el orden tradicional de la villa campesina por la monstruosa funcionalidad de las casas en hileras. Como un poeta romántico, Wells escribe acerca de “campos profanados” y lamenta la urbanización de una Inglaterra en un tiempo predominantemente rural.[25]

Separado de su familia y de cualquier sentimiento de comunidad, el hombre invisible se convierte en un monstruo de egoísmo, dirigido solo por sus propias voluntades y deseos. Tal y como le describe el Dr. Kemp, “Es puro egoísmo. No piensa en nada salvo en su propio provecho, su propia seguridad”.[26] Así, Griffin sirve a Wells como representación del homo economicus, el hombre que busca su propio interés racional excluyendo toda otra consideración.

Esto explica la por otro lado extraña asociación de Griffin con Robinsón Crusoe.[27] Invisible en las calles de Londres, Griffin está tan aislado de sus congéneres humanos como Robinsón en su isla. Ambos hombres están en una especie de estado hobbesiano de naturaleza, buscando obsesivamente un Viernes, cualquier tipo de compañía humana que pueda librarles de una guerra de todos contra todos. El hombre invisible comparte con Robinsón un sentimiento radical de inseguridad, viviendo en un perpetuo estado de ansiedad acerca del futuro. Además, Robinsón es una de las primeras representaciones literarias del lado puramente adquisitivo de la naturaleza humana y Wells quiere explorar el mismo tema. Sin sentimiento de propósito comunal, el hombre invisible se obsesiona con satisfacer sus propios apetitos.

Así que el hombre invisible se convierte en el símbolo de Wells del consumidor puro. En una escena reveladora, Griffin invade el bastión del consumismo burgués, un gran almacén. El fenómeno era lo suficientemente novedoso en tiempos de Wells como para que se sintiera obligado a hacer que Griffin explicara el concepto:

Me encontraba fuera de Omniums, el gran establecimiento en el que se compra de todo (ya conocéis el lugar): carne, comestibles, ropa blanca, ropa, incluso pinturas antiguas, una enorme reunión dispersa de tiendas en lugar de una tienda.[28]

La invisibilidad de Griffin le da acceso a toda la panoplia de bienes de consumo que produce el capitalismo. Pero Wells añade un giro a su mito del hombre invisible para sugerir el carácter autodestructor de la economía de mercado y su carrera por el consumidor. En cierto sentido la invisibilidad de Griffin le hace e consumidor perfecto. Puede adquirir todo lo que quiere; es una máquina constante de consumo: “Nadie podía detenerme. Podía tomar dinero donde lo encontrara. Decidí concederme una fiesta suntuosa y luego hospedarme en un buen hotel y acumular una buena cantidad de propiedad”.[29] Pero en otro sentido Griffin está perpetuamente frustrado como consumidor.

Wells se extiende sobre las dificultades que encuentra Griffin al consumir los bienes que consigue. Si come el alimento ansía, esto le hace temporalmente visible para sus enemigos, hasta que su cuerpo puede asimilarlo. Si se pone la ropa que codicia, se hace igualmente vulnerable. El propio Griffin formula con precisión su problema: “Estaba ahíto de cosas que un hombre estima deseables. Sin duda la invisibilidad hacía posible conseguirlas, pero hacía imposible disfrutarlas cuando se conseguían”.[30] Aquí Wells anticipa posteriores críticas post-marxistas del capitalismo, particularmente las de la Escuela de Frankfurt. El capitalismo puede conseguir permitir que los consumidores adquieran los bienes que quieren, pero impide que la gente los disfrute. De hecho, al generar una infinidad de deseos y envolver a los consumidores en un inacabable proceso de adquisición, la economía de mercado, en esta opinión, les condena a la insatisfacción perpetua.

El hombre invisible empieza con “un par de soberanos (…) arrojados a la mesa”[31] y también acaba con dinero. En un epílogo cómico, Wells revela qué pasó con todo el dinero que robó Griffin. Acaba en manos de su traicionero ayudante, Marvel. Precisamente debido a la no trazabilidad del dinero, Marvel puede quedarse con todo el dinero robado. “Cuando descubrieron que no podían probar de quién era el dinero”,[32] las pérdidas de la sociedad se convierten en ganancia de Marvel en una inversión final del principio de la mano invisible de Smith. Y en un último giro, en el mundo capitalista que está retratando Wells, incluso la historia del propio hombre invisible se comercializa. Con su conocimiento de los entresijos, Marvel se convierte en una celebridad en el escenario: “Y entonces un caballero me dio una guinea una noche para contar la historia en el Empire Music Hall, solo contarla con mis propias palabras”.[33]

Además, Marvel ha sido capaz de explotar su encuentro con Griffin abriendo un hotel propio, en el que el hombre invisible se convierte en una especie de marca de la casa, de hecho en su anuncio principal: “El símbolo del hotel es un armario vacío, salvo por un sombrero y botas y el nombre es el título de esta historia”.[34] Wells llama irónicamente la atención hacia el hecho de que él mismo está vendiendo la historia del hombre invisible. Se convirtió en uno de sus libros más constantemente populares y no renunció a sacar por él tanto dinero como le fue posible. Peleó sagazmente con Hollywood sobre los derechos cinematográficos de la historia y se vio doblemente recompensado al ver las ventas del libro reavivadas por el éxito de la película de la Universal de 1933. En su autobiografía de 1934, Wells se refiere a El hombre invisible como “un cuento, que, gracias en buena parte a la excelente película dirigida por James Whale, se sigue leyendo tanto como siempre. Para muchos jóvenes actuales sencillamente soy el autor de El hombre invisible”.[35] Incluso en un estudio del dinero en El hombre invisible, sería impropio preocuparse por cuánto ganó Wells con la novela, pero su comercialización con éxito de la historia es un buen recordatorio de que, por muy inteligente que pueda haber sido la crítica del capitalismo de Wells, este fue aún más inteligente a la hora de entrar él mismo en el juego del capitalismo.

III.

Así que Wells emplea inteligentemente la figura del hombre invisible para desarrollar una crítica al capitalismo, haciendo así a su novela algo más sutil y más interesante que la sencilla historia del científico loco que los críticos normalmente ven. Sin embargo la crítica del capitalismo de Wells acaba fracasando. Para empezar, no está suficientemente fijado el objetivo. En la mayoría de El hombre invisible, Wells no está criticando al capitalismo en particular, sino a la modernidad en general. Los aspectos de la vida que cuestiona (organización a gran escala, existencia urbana, las masas de gente, el cosmopolitismo, el comportamiento racionalista y antitradicional) caracterizan a todos los regímenes modernos, tanto socialistas como capitalistas.

Si acaso, el capitalismo mitiga los efectos negativos de la sociedad de masas dispersando el poder económico y conservando las bolsas privadas de resistencia al Leviatán del estado. La experiencia de las comunidades socialistas en el siglo XX sugiere que en una economía dirigida y planificada centralizadamente los seres humanos en realidad es más probable que se sientan como ceros, eliminando incluso sus derechos de propiedad e iniciativa privada. Respecto de lo que dice Wells acerca del consumo bajo el capitalismo, se basa en una falsa analogía. Nada en el mundo real se corresponde con las dificultades que encuentra Griffin para disfrutar de lo que adquiere: son completamente peculiares en su situación como un hombre invisible. De hecho, la mayoría de los consumidores bajo el capitalismo quieren que sea visible su consumo; desde Thorstein Veblen, los críticos del capitalismo se han venido quejando acerca del “consumo conspicuo”. Wells puede tener razón en su crítica al consumo capitalista, pero su uso concreto de la ficción para expresarla no hace nada por probarla.

De hecho, su metáfora central del hombre invisible no funciona en un aspecto que es tan esencial que no necesita una refutación detallada y punto por punto. Solo hay un hombre invisible en la historia de Wells. Lejos de funcionar en un sistema de mercado, disfruta de una especie monopolio. Por tanto actúa sin los controles que son esenciales en la idea de la mano invisible de Adam Smith. Smith nunca negó que los seres humanos fueran egoístas. Pero decía que por muy egoístas que fueran los individuos humanos, cuando se hace operar ese egoísmo dentro de un sistema de economía de mercado, se ven obligados a servir al bien común. Así, la parábola de ciencia ficción de Wells no ofrece una prueba justa de los principios económicos de Smith. Smith estaría de hecho de acuerdo en que hacer invisible a un hombre sería convertirlo en un monstruo egoísta, pues le libraría de la disciplina normal del mercado, en el que los empresarios se controlan entre sí precisamente al observar las acciones de otros, siempre en busca de ventajas competitivas. En Smith, el empresario individual no es invisible; de hecho, el funcionamiento de la mano invisible depende completamente de la visibilidad de los empresarios al encontrarse con abierta competencia.

Quiero concentrarme por tanto en analizar, no la lógica de la postura de Wells, que es débil, sino los motivos tras su hostilidad a la economía de mercado. El hecho más sorprendente acerca de El hombre invisible es el atavismo de la postura de Wells. Generalmente se alinea con los pueblerinos atrasados y rudos frente al genio científico que mira al futuro, Griffin. Wells parece de hecho ser culpable de una especie de nostalgia económica y política en El hombre invisible, mirando atrás cariñosamente a una época anterior y más simple, en la que las comunidades eran pequeñas y estaban muy unidas y los seres humanos podían contar con la cooperación directa entre ellos para resolver sus problemas.[36] Wells esencialmente desconfía de la idea central de Smith y economistas posteriores de que el mercado proporciona una forma de ordenar racionalmente las actividades productivas de los seres humanos sin necesidad de una dirección centralizada o siquiera de que los actores se conozcan unos a otros personalmente.

Wells evidentemente comparte las sospechas y miedos al capitalismo que normalmente afectan a los ciudadanos de comunidades pre-modernas y económicamente subdesarrolladas. Para esa gente, el funcionamiento de la economía de mercado parece magia. El mercader, el emprendedor, el financiero, todos estos actores básicos en la economía de mercado aparentemente producen riqueza de la nada y por tanto parecen magos para el hombre común.[37] El retrato de Griffin por Wells confirma todas las sospechas del hombre común sobre el empresario: es improductivo, secreto en sus negocios, todo lo que hace es mover dinero que pertenece a otra gente, sus adquisiciones son esencialmente una forma de robo, vive del trabajo de otros. Como mucha gente, Wells no puede entender o apreciar la contribución especial que hace el empresario al bien de la economía en su conjunto. En su A Modern Utopia, hace la declaración reveladora de que “el comercio es un subproducto y no un factor esencial en la vida social”.[38] De hecho, el empresario, por medio de su conocimiento especial de las condiciones del mercado y su voluntad de asumir riesgos en un mundo incierto, hace posible que estén disponibles los bienes que quiere la gente donde y cuando los quiere. Quien crea que el empresario no se gana sus beneficios está afirmando esencialmente que vivimos en un mundo libre de riesgos.

Como muchos ingleses del siglo XIX con inclinaciones socialistas, a Wells le costaba aceptar la desorganización y el aparente desorden del complejo sistema de la economía de mercado, que funciona precisamente dispersando el conocimiento, el poder y el control económicos. Wells no era abiertamente nostálgico de la Edad Media y su sistema feudal en la forma en que lo eran escritores como Thomas Carlyle y William Morris,[39] pero en la práctica vuelve a modos medievales de pensamiento en su insistencia en que debe imponerse el orden en la sociedad desde arriba, de que solo con líderes dirigiendo centralizadamente la actividad económica puede esta tomar una forma racional. Este principio era el centro del pensamiento utópico de Wells:

Si tenemos que tener alguna utopía, debemos tener un claro propósito común y un movimiento grande y resuelto de voluntad para superar a todos estos disidentes incurablemente egoístas (…) Es manifiesto que esta utopía no podría llegar por casualidad y mediante la anarquía, sino por un esfuerzo coordinado y una comunidad de designios (…) Uno mundo como esta utopía no se produce por cooperaciones ocasionales al azar de hombres con excesos (…) Y una competencia sin límites por las ganancias, un egoísmo ilustrado, eso también nos hace fracasar (…) Detrás de todo este orden material, estas comunicaciones perfeccionadas, servicios públicos perfeccionados y organizaciones económicas, debe haber hombre y mujeres que los deseen (…) Ninguna persona individual ni grupo transitorio de gente podrían ordenar y sostener esta vasta complejidad. Deben tener un objetivo colectivo.[40]

A lo largo de El hombre invisible, queda claro que a Wells no le gusta la idea de un personaje operando sin conocimiento de ninguna autoridad centralizada y por tanto más allá de cualquier control centralizado.[41] El hombre invisible personifica todo aquello de lo que desconfía Wells en el orden espontáneo del mercado. Griffin es el menos predecible de los seres humanos. Puede aparecer en cualquier lugar en cualquier momento y poner palos en el funcionamiento del plan público más complejo. De hecho es la peor pesadilla del burócrata público: por ejemplo ¿cómo pueden gravar a un hombre si ni siquiera puedes verle?

Hacia el final de la historia, Griffin empieza a comportarse como el archienemigo de la autoridad pública, el terrorista.[42] Espera socavar el poder del gobierno por medio de actos de mera violencia que demostrarán su incapacidad de afirmar su autoridad y mantener el orden. Así que El hombre invisible crea lo que equivale a la visión de Wells de una sociedad bien ordenada. Ante la amenaza de violencia asesina de Griffin, la comunidad por fin se organiza… en una enorme cacería humana de la que ni siquiera un hombre invisible puede escapar. Griffin ha sido un reto para lo que Foucault y otros califican como el carácter panóptico del gobierno: su capacidad de ver en todos los rincones de la sociedad y así supervisar todas las actividades de sus ciudadanos. Con una red nacional de búsqueda, las autoridades de Wells se asegurarán de que Griffin ya no pueda eludir su supervisión:

El campo empezó a organizarse con inconcebible rapidez. Hasta las dos en punto podría haber salido del distrito subiéndose a un tren, pero después de las dos eso se hizo imposible. Todo tren de pasajeros dentro de un gran paralelogramo entre Southampton, Winchester, Brighton y Horsham viajaba con puertas cerradas y el tráfico de bienes estaba casi completamente suspendido. En un gran círculo de veinte millas alrededor de Port Burdock, hombres armados con armas de fuego y porras estaban actualmente formando grupos de tres y cuatro, con perros, para batir carreteras y campos. Policía montada patrullaba los caminos rurales, deteniéndose en cada granja.[43]

Wells muestra aquí inadvertidamente sus verdaderas inclinaciones.[44] La visión es profundamente totalitaria; de la hostilidad hacia el hombre invisible pasa fácilmente a la hostilidad al comercio ordinario y de hecho al movimiento libre y espontáneo de cualquier individuo.

La red nacional de búsqueda muestra al desnudo lo que ha sido demasiado a menudo la pesadilla resultado del sueño socialista: convertir a la sociedad en un campamento armado, a lo que el propio Wells describe como un “estado de sitio”.[45] Nada en el país ha de moverse sin que el gobierno lo sepa y se ha suspendido cualquier derecho a la privacidad. En varios momentos anteriores de la historia, Griffin se ve protegido por la tradicional consideración anglosajona de los derechos civiles. Incluso cuando las autoridades sospechan que ha cometido delitos, observan meticulosamente los procedimientos ideados para proteger al individuo frente a la intrusión injustificada del gobierno en su vida, como el requisito de órdenes de registro.[46]

Hacia el final de la historia, todo sentido de los derechos individuales se ha disuelto y el gobierno dirige una guerra total contra uno de sus ciudadanos. Wells es capaz de hacer un alegato a favor del peligro único de un hombre invisible, pero aun así puede sorprender la desproporción entre el poder de un individuo solitario como Griffin y las enormes fuerzas movilizadas para capturarlo y destruirlo. Al final Wells muestra el individuo rebelde literalmente aplastado por el peso de la comunidad dirigido contra él, a lo que Wells llama “la presión de la multitud”.[47]

Justo en el momento en que el hombre invisible amenaza con eludir el control de las autoridades en Inglaterra, también escapa momentáneamente del control de Wells como novelista. En el capítulo 26 Griffin finalmente se convierte en invisible, incluso para su autor.[48] Hasta entonces Wells ha estado en general al mando de sus personajes, capaz de relatar sus movimientos e incluso de darnos acceso a sus pensamiento más íntimos. Pero de repente pierde de vista a su propia creación:

A partir de entonces, el hombre invisible desapareció de las percepciones humanas. Nadie sabe dónde fue ni lo que hizo. Pero uno puede imaginarlo apresurándose en la mañana del cálido junio (…) y escondiéndose (…) entre los matorrales de Hintondean (…) Parece su refugio más probable (…) Uno se pregunta cuál puede haber sido su estado mental durante ese tiempo y qué planes ideó (…) En todo caso, se desvaneció del entendimiento humano en torno a mediodía y ningún testigo vivo puede decir qué hizo hasta alrededor de las dos y media.[49]

Es un momento raro en la ciencia ficción de Wells. Raramente le preocupaban problemas epistemológicos en la ficción y normalmente se contentaba con contar sus historias de una manera directa, sin preocuparse de cómo sus narradores sabían lo que sabían. Pero aquí Wells llama la atención sobre la ficcionalidad de su relato y de hecho a lo largo del resto de este capítulo se presenta como un narrador limitado, que se ve obligado a lanzar especulaciones: “No podemos saber nada de los detalles del encuentro”[50] o “Pero esto es una pura hipótesis”.[51] Wells no controla totalmente su historia: no puede proporcionar la explicación completa de la acción que normalmente da a sus lectores. Gracias a la elusividad del hombre invisible, la propia historia de Wells amenaza con hacerse opaca para él.[52]

En este raro momento en su ciencia ficción, vislumbramos lo que une a H.G. Wells el novelista con H.G. Wells el socialista: ambos creen en la planificación centralizada. Wells solía planificar cuidadosamente sus novelas de tal forma que mantenía un control estricto sobre su estructura. Se distinguía, el menos en sus primeras obras de ciencia ficción, por la sencillez de sus tramas, el hecho de que generalmente excluya asuntos extraños y por centrarse fuertemente en sus preocupaciones temáticas. Casi nunca concede ninguna libertad a sus personajes. Existen solo para desarrollar su trama y expresar sus ideas.[53] Una razón por la que Wells no ha estado entre los favoritos de la crítica es que sus novelas les parecen temáticamente didácticas y técnicamente poco complejas, lo que equivale a decir que Wells no sigue el estilo de la ficción moderna que concede cierta autonomía a los personajes y sus puntos de vista. El mundo de una novela de ciencia ficción de Wells puede estar plagado de caos y cataclismos (soles moribundos, pueblos bestiales rebeldes, marcianos invasores, insectos gigantescos corriendo frenéticamente) pero la propia novela permanece bien ordenada y claramente bajo las órdenes del autor.

Esta obsesión por el control parece haberse trasladado a la actitud de Wells hacia la política y la economía. Esperaba que la sociedad estuviera tan bien ordenada y planificada centralizadamente como una de sus novelas.

Como novelista, Wells estaba siempre buscando un desenlace para la historia ingeniosamente planificada que le diera sentido de una vez por todas.[54] Pero en el mercado libre las historias no se desarrollan con la forma clara y el resultado límpido de las novelas bien escritas. El mercado está en un flujo continuo, adaptándose continuamente a circunstancias cambiantes en el mundo natural y a los deseos y actitudes cambiantes de los consumidores. De ahí el desagrado de Wells con respecto al mercado. Como en muchos artistas, el socialismo de Wells tiene una dimensión estética.[55] Como novelista tenía constantemente delante de sí un modelo de orden: si una novela tiene una forma, parece ser el resultado de una única conciencia planificando la obra. El disgusto estético de Wells por las eventualidades era un prejuicio contra el orden espontáneo de la economía de mercado. Estaba acostumbrado a la perfección estática de una obra de ficción, en la que no se deja nada al azar y en la que el autor asume la responsabilidad de atar todos los cabos sueltos al terminarla.[56] Al hablar de su propio impulso utópico, Wells describe cómo “el mero placer de lo completo, de mantener y controlar todos los hilos, [me] posee”.[57] Este ideal de control puede proporcionar plan de acción excelente para la ficción (una historia tersamente planificada), pero ofrece un mal plan para la sociedad (totalitarismo y la completa subordinación del individuo a la comunidad).[58]

IV.

Para entender de un modo más completo la hostilidad de Wells como escritor creativo al hombre invisible y el orden capitalista que representa, debemos volver a su caracterización de Griffin. En la tradición de Victor Frankenstein, Griffin es un retrato del artista adolescente. Wells elimina deliberadamente todos los aspectos colaborativos de la investigación científica y presenta a Griffin como un genio creativo solitario, actuando como un artista romántico en soledad y en los márgenes de la sociedad. En virtud de su invisibilidad, se convierte en una especie de hombre marcado, una figura de Caín, evidentemente distinta de sus congéneres humanos e incapaz de participar en los placeres normales de la vida social.

Su aislamiento al tiempo alimenta su creatividad y es alimentado por ella y Griffin se convierte en un ejemplo del familiar principio romántico de que para ser un creador debe estar preparado para sufrir por la propia creatividad. Como hemos visto, Wells es muy crítico con su hombre invisible, hasta el punto de alinearse imaginativamente con sus enemigos. Y aun así, como la mayoría de los autores, Wells no puede dejar de simpatizar en cierto modo con su protagonista.[59] De hecho, sería extraño que Wells, es escritor de ciencia ficción visionario, no se identificara de alguna manera con Griffin el científico visionario.

Así, además de ser un símbolo del orden capitalista, el hombre invisible puede verse como un autorretrato de Wells. Como su creador, Griffin es un hombre adelantado a su tiempo, tan adelantado que la gente no aprecia su genialidad. Griffin puede así hacernos vislumbrar el lado oscuro de su creador: el novelista puede haber revelado más de lo que quería acerca de su propia psicología y en particular de su hostilidad a la economía de mercado. Griffin piensa en sí mismo como un dios entre hombres; de hecho da ese papel al sirviente que adopta, Thomas Marvel, que incluso se dirige a él como “Señor”.[60] En concreto, Griffin piensa en sí mismo como una especie de superhombre nietzscheano, elevado por encima de las restricciones morales que los hombres ordinarios se sienten obligados a cumplir.[61] Pero al mismo tiempo, Griffin es un brillante estudio de lo que Nietzsche llama resentimiento. En muchas maneras, su plan de invisibilidad es un intento de compensar sus profundos sentimientos de inferioridad, incompetencia e impotencia.

De orígenes humildes, siempre falto de dinero, Griffin es un caso clásico de un hombre que trata de prosperar en el mundo utilizando su inteligencia: quiere desesperadamente “convertirse en famoso de golpe”.[62] Por su propio relato, siente celos de otros investigadores y paranoia por que le roben y se atribuyan sus descubrimientos.[63] Griffin se revela como obsesionado por pequeñas frustraciones, principalmente la monotonía de carrera como maestro, rodeado por “estudiantes bobos”[64] y bajo la constante presión de publicar o perecer.[65] Cuando finalmente da sus motivos para convertirse en invisible, Griffin revela claramente su psicología:

Y vislumbré, sin sombra de duda, una visión magnífica de todo lo que esa invisibilidad podría significar para un hombre (…) Y yo, un alborotador mezquino, golpeado por la pobreza y acorralado, que enseñaba a idiotas en un colegio provincial, podía convertirse de repente en esto.[66]

En resumen, Griffin se siente tristemente infravalorado por la sociedad. Sabe que es más inteligente que la gente que le rodea, pero muchos ganan más dinero o tienen puestos más honorables. La sociedad no recompensa suficientemente la inteligencia como para conformar a Griffin. Su plan de invisibilidad es un intento de usar finalmente su inteligencia para obtener las recompensas y privilegios que la ha venido negando la sociedad. Griffin trata de probar algo, como dice a los ignorantes habitantes de Iping: “No entendéis”, dijo, “quién soy o qué soy. Os lo enseñaré. ¡Por Dios! Os lo enseñaré”.[67]

Griffin tiene un profundo desprecio por la gente ordinaria, a la que considera muy por debajo de él en la única cualidad que estima: la inteligencia.[68] Por eso está frustrado por el hecho de que un hombre ordinario como Marvel pueda interferir en sus planes: “¡Haber trabajado durante años, haber planificado y pensado y luego tener a un idiota torpe y ciego interponiéndose en tu destino! Todo tipo concebible de criatura estúpida que haya sido nunca creada ha sido enviada a cruzarse en mi camino”.[69] El desdén de Griffin por la estupidez del hombre común significa que desprecia la economía de mercado y la forma en que distribuye la riqueza. Después de todo, es la economía de mercado la que ha negado a Griffin las recompensas que cree merecer tanto. El uso principal que hace Griffin de su invisibilidad es redistribuir riqueza, tomarla de los propietarios establecidos y enviarla en su propia dirección. En la medida en que el hombre invisible busca deshacer la injusticia de una economía de mercado que en su opinión no recompensa adecuadamente el mérito, puede decirse que él mismo es un socialista.

Puede parecer que me contradigo al presentar al hombre invisible de Wells en un momento como un símbolo del capitalismo y en otro del socialismo. Pero creo que esta contradicción está en la propia novela de Wells, que retrata incoherentemente a su personaje principal. En muchos momentos Wells estaba tratando de dar un retrato de la mentalidad capitalista en el personaje del hombre invisible, pero evidentemente invirtió demasiado de sí mismo en su protagonista y acabó retratando simultáneamente la mentalidad de un visionario político, un hombre que trata de rehacer el mundo para ajustarlo a su imagen de un orden social justo. De hecho, en varios momentos de la novela el hombre invisible suena mucho más como un revolucionario radical que como un empresario capitalista. Concibe la idea de un Reino del Terror para establecer y consolidar su poder: “Port Burdock ya no está bajo la Reina (…) está bajo mí, ¡el terror! Es el primer día del primer año de una nueva época: la época del hombre invisible. Soy Hombre Invisible I”.[70] Esto no es el lenguaje del mercado libre. Como indica la proclamación de Griffin de una nueva era, este es de hecho el lenguaje del totalitarismo revolucionario.

Afirmando ser capaz de espiar en cualquier rincón de la sociedad y arrogándose el derecho a ejecutar a quien elija, el hombre invisible se convierte en la imagen reflejada del régimen totalitario panóptico que va contra él. Su modelo de orden no es el mercado libre, sino la monarquía absoluta. Al proclamarse “Hombre Invisible I”, Griffin se limita a llegar a la conclusión lógica de su creencia en su superioridad mental respecto de toda la humanidad. Es más listo que todos los hombres, por tanto tendría que poder gobernarlos y ordenar sus vidas. A su manera, el hombre invisible se convierte en una fuerza profundamente atávica,[71] queriendo devolver a Inglaterra a su pasado no liberal, sustituyendo con un gobierno de un hombre desde arriba a cualquier ordenamiento espontáneo de las fuerzas del mercado desde abajo.[72]

Como un brillante caso de estudio de resentimiento, Griffin nos permite observar la psicología del intelectual moderno alienado y su típica mentalidad anticapitalista.[73] En su sentimiento de que la economía de mercado le trata injustamente al no recompensar suficientemente su talento y su genio, Griffin es realmente el prototipo del intelectual moderno. Esta actitud ayuda a explicar por qué tantos artistas, científicos, académicos y otros miembros de la élite intelectual y cultural han rechazado el capitalismo y abrazado el socialismo. Fantasean con la idea de que un orden socialista desharía las injusticias de la economía de mercado porque, como Griffin, imaginan en secreto que serán los que estén al cargo de la economía planificada centralizadamente y por tanto serán capaces de redirigir el flujo de recompensas como les parezca apropiado.[74]

El propio Wells proporciona un ejemplo perfecto de esta mentalidad, que puede explicar por qué hace tan buen trabajo al retratar a Griffin. Como Griffin, Wells es de origen humilde, pasa tiempo como maestro y utiliza su ingenio (con mucho más éxito) para ascender en el mundo y hacerse famoso.[75] Además, a pesar de sus inclinaciones socialistas, Wells tenía un gran desdén por el hombre común y creía que la sociedad debía estar gobernada desde arriba, por una élite intelectual.[76]

Estas actitudes afloran y son de hecho bastante prominentes en El hombre invisible. Ya hemos visto que, aunque Wells se alinea en definitiva con los habitantes de la villa contra Griffin, los presenta con una perspectiva negativa, ridiculizando su simpleza. Los pueblerinos que retrata Wells no podrían nunca protegerse a sí mismos contra un genio como Griffin. Estarían condenados sin la intervención del Dr. Kemp, el socio médico que Griffin trata de poner de su lado pero que rápidamente se vuelve contra él. Tal y como expone Wells la situación, hace falta un hombre de intelecto que contrarreste los planes perversos de otro hombre de intelecto. Kemp muestra su inteligencia superior en la manera en que inmediatamente evalúa a Griffin y entiende completamente la amenaza que constituye para Inglaterra y la humanidad un hombre invisible.

Además, es Kemp y solo Kemp el que aporta todos los palnes para organizar a la sociedad para capturar a Griffin (capítulo 25). Kemp es una especia de doble de Griffin. Fueron estudiantes universitarios juntos y, a su manera, Kemp comparte las ambiciones científicas de Griffin: “el trabajo en el que estaba le haría, esperaba, convertirse en miembro de la Real Sociedad, tan importante pensaba que era”.[77] Pero Kemp es también un doble del propio Wells, como sugiere un pasaje aparentemente extraño:

Después de cinco minutos, durante los cuales su mente había viajado a una especulación remota sobre las condiciones sociales del futuro y se había perdido por fin en la dimensión temporal, el Doctor Kemp se levantó con un suspiro, volvió a bajar la ventana y retornó a su escritorio.[78]

Kemp parece estar dispuesto a escribir la propia novela de Wells, La máquina del tiempo.[79] Este pasaje sugiere fuertemente que Kemp es el sustituto de Wells en la novela y que cuando presenta a Kemp como el salvador de Inglaterra imagina nada menos a sí mismo en ese papel.[80]

En el papel de Kemp en El hombre invisible vemos cómo en la Inglaterra de finales del siglo XIX el socialismo adoptó una forma peculiarmente aristocrática. La doctrina socialista parecía una vía para reprimir todas las fuerzas productivas que habían desatado las políticas de libre mercado, fuerzas que parecían caóticas y anárquicas a ingleses molestos como Wells y parecían amenazar el persistente ascendiente de las élites culturales restantes del pasado aristocrático.[81] Wells esperaba que se reemplazara a la vieja aristocracia de nacimiento por una nueva aristocracia de talento,[82] particularmente intelectual y artístico, pero su actitud básica siguió siendo sin embargo aristocrática y antidemocrática. Puede detectarse en Wells un elemento fuerte en el socialismo equivalente al “nobleza obliga”: su preocupación por el hombre común se mezcla con una buena parte de condescendencia, si no con un abierto desprecio. En virtud de su intelecto superior y formación, Wells se consideraba a sí mismo con derecho a mostrar a los ingleses cómo debían vivir, cómo debían organizar su existencia social y económica. Es el peculiar nietzscheísmo del socialismo de Wells.[83] Como su contemporáneo, George Bernard Shaw, Wells conseguía combinar su fe en la doctrina socialista con la creencia en que solo una especie de superhombre nietzscheano podía implantarlo con éxito. Creía que si había que salvar a la sociedad, no podía ser por un esfuerzo colectivo, sino solo por el trabajo de solo un gran hombre, o quizá un grupo de grandes hombre, una hermandad de élite.[84] En su última novela, El alimento de los dioses, un grupo de superhombres nietzscheanos en forma de gigantes literales lleva a cabo un orden racional y socialmente justo en Inglaterra.[85]

Luego si parece que he dado una explicación contradictoria de El hombre invisible, la razón es que hay una contradicción fundamental en el centro del pensamiento de Wells. Apoyaba un ideal socialista de comunidad y al mismo tiempo pretendía que una forma de individualismo heroico era la única forma que llegar al socialismo. La vacilación de Wells entre socialismo e individualismo heroico ayuda a explicar su conflictivo retrato del hombre invisible, en realidad, la incoherencia básica del hombre invisible como un símbolo. Pero es precisamente esta incoherencia la que hace que El hombre invisible sea una obra muy gratificante para analizar. Wells puede haber pretendido hacer una crítica del capitalismo, pero en el proceso acaba proporcionando los materiales para una crítica de su propia postura y más generalmente de la predilección de artistas e intelectuales por el socialismo. Por encima de todo, el retrato de Wells del hombre invisible nos enseña cómo el desprecio por el hombre común y por la economía de mercado van en realidad de la mano. El socialismo de Wells es en último término de naturaleza estética y aristocrática, está basado en su convicción de que, como visionario artístico, es superior a la masa ordinaria de la humanidad.


[1]  Ver por ejemplo, Bernard Bergonzi, The Early H.G. Wells: A Study of the Scientific Romances (Manchester: Manchester University Press, 1961), p. 120 y Richard Hauer Costa, H.G. Wells (Boston: Twayne, 1985), pp. 19-21.

[2] H.G. Wells, The Invisible Man [El hombre invisible], David Luke, ed. (Nueva York: Oxford University Press, 1996), p. 70. Todas las citas se toman de esta edición.

[3] Es sorprendente los pocos críticos que han investigado la dimensión económica de El hombre invisible. La única que he conseguido encontrar es Roslynn D. Haynes, quiene, en su H.G. Wells: Discoverer of the Future: The Influence of Science on His Thought (Londres: Macmillan, 1980), hace un comentario de pasada sobre “la manía burguesa de ganancias financieras” de Griffin.

[4] La expresión “mano invisible” en realidad aparece cuatro veces en el relato de Wells (ver pp. 76, 84, 85 y 90). Dada la situación que trata Wells, puede haber sido inevitable, pero podría ser una referencia oculta a lo que hay detrás de la expresión más famosa de Adam Smith. El que Wells estaba familiarizado con Smith es evidente por el hecho de que le menciona en su A Modern Utopia [Una utopía moderna] (Nueva York: C. Scribner’s Sons, 1905), p. 85. El único crítico que he encontrado que menciona a Smith en relación con El hombre invisible es Frank McConnell, The Science Fiction of H.G. Wells (Nueva York: Oxford University Press, 1981), p. 114, pero simplemente se está refiriendo en general a la novela del siglo XIX “como fábula capitalista”. Un precedente de utilizar la invisibilidad para simbolizar el poder del capitalismo puede encontrarse en la ópera de Richard Wagner El oro del Rin. Aquí el malvado Alberich usa la magia del Tarnhelm para hacerse invisible y tiranizar a sus compañeros enanos en Niflheim, obligándoles a amasar para él un tesoro.  Así Alberich se convierte en un símbolo del jefe capitalista que esclaviza y explota a la clase trabajadora. El que esta interpretación de Wagner estaba circulando en la Inglaterra de Wells es evidente desde The Perfect Wagnerite, de George Bernard Shaw, publicado en 1898. Ver especialmente la caracterización de Show del gobierno de Alberich sobre los nibelungos:

En su beneficio, hordas de criaturas iguales a él se vieron desde entonces condenadas a ser esclavos miserables (…) azotados en su trabajo por el invisible látigo del hambre. Nunca le veían, igual que las víctimas de nuestros “comercios peligrosos” nunca ven a los accionistas cuyo poder está sin embargo en todas partes, llevándoles a la destrucción.

Citado de George Bernard Shaw, Major Critical Essays (Harmondsworth, U.K.: Penguin Books, 1986), p. 198. Ver también p. 205.

[5] El hombre invisible, p. 21.

[6] Confundiendo la invisibilidad de Griffin con negritud, uno de los lugareños piensa: “es un tipo de mestizo” (p. 18). Wells anticipa en efecto el uso que Ralph Ellison iba a hacer de la invisibilidad como un símbolo en la novela del mismo título El hombre invisible. Puede que Ellison fuera el primero en darse cuenta de que Wells estaba a usando la invisibilidad de Griffin como un símbolo de la manera en que un individuo puede verse marginado por los prejuicios de sus sociedad. Sobre los paralelismos con Ellison, ver el prólogo de John Sutherland en Luke, ed., El hombre invisible, p. xxii.

[7] El hombre invisible, p. 1.

[8] Ibíd., p. 22.

[9] Ibíd., p. 20.

[10] Ibíd., p. 17.

[11] Ibíd., p. 19.

[12] Ibíd., p. 11.

[13] El dinero es un aspecto en que la gran ciudad ya ha penetrado incluso en esta pequeña villa: el nombre del banco local es la London and Country Banking Company. El dinero enlaza el campo con la ciudad.

[14] El hombre invisible, p. 93.

[15] Ibíd., p. 105.

[16] Ibíd., p. 105-106.

[17] He aquí al hombre del subsuelo de Dostoievski andando por la Avenida Nevsky:

Me deslicé arriba y abajo entra la muchedumbre que paseaba de una manera impropia, apartándome continuamente del camino de generales, oficiales de caballería, húsares, damas. (…) Era un verdadera tortura, una continua sensación intolerable de humillación ante la idea (…) de que yo no era nada sino una mosca ante toda esa buena sociedad.

El hombre del subsuelo es humillado particularmente en un encuentro con un oficial que conoce “También se apartaba del camino de generales y personajes de rango, pero a los hombres de mi calaña (…) simplemente los aplastaba: andaba directamente hacia ellos, como si no hubiera sino un espacio abierto ante él y nunca cedía el paso”. Memorias del subsuelo (Nueva York: Bantam Books, 1974, pp. 60-61). La situación del hombre invisible en Londres literaliza lo que Dostoievski presenta metafóricamente. La idea del hombre invisible de Ralph Ellison también gira en torno a la idea de que sus iguales humanos rechazan reconocerlo: “Soy invisible, entendedlo, simplemente porque rechazan verme. (…) Cuando se aproximan a mí, solo ven mis entornos, a ellos mismos o a productos de su imaginación (…) en realidad, cualquier cosa, excepto a mí”. Ver Ellison, El hombre invisible (Nueva York: New American Library, 1952, p. 7). McConnell  argumenta la posible influencia de El hombre invisible de Wells sobre El agente secreto, de Joseph Conrad, “especialmente en la famosa última escena de la novela, en la que se describe al profesor pasando, sin ser visto, como  una molestia entre los hombres” (Science Fiction, p. 116).

[18] Ibíd., p. 110.

[19] H.G. Wells, Tono-Bungay (Nueva York: Oxford University Press, 1997), p. 112. Para más sobre la invisibilidad como imagen de la existencia urbana modrna, ver el prólogo de Sutherland en Luke, ed., El hombre invisible, p. xxvi.

[20] El hombre invisible, p. 100.

[21] Ibíd., p. 103.

[22] Ver, por ejemplo, ibíd., p. 116.

[23] Ibíd., p. 31.

[24] Ibíd., p. 95.

[25] Sobre la hostilidad de Wells al desarrollo de los suburbios, ver John Carey, The Intellectuals and the Masses: Pride and Prejudice Among the Literary Intelligentsia, 1880-1939 (Chicago: Academy Chicago Publishers, 2002), especialmente pp. 118-120.

[26] El hombre invisible, p. 131. Ver también p. 136: “Era indudablemente un hombre intensamente egoísta y sin sentimientos”.

[27] Ibíd., p. 109.

[28] Ibíd., p. 110. Igual que Wells, Griffin está fascinado por el nuevo fenómeno de los grandes almacenes urbanos; lo compara con los métodos tradicionales de venta, incluyendo sin duda la forma en que se hacía negocios en las tiendas de los pueblos:

Estaba realmente sorprendido al observar lo rápidamente que no jóvenes se llevaban los productos puestos a la venta durante el día. (…) Finalmente todas las sillas se pusieron sobre los mostradores, dejando despejado el suelo. Una vez había terminado cada uno de estos jóvenes, se dirigían rápidamente a la puerta con una expresión de animación como yo raramente había observado antes en un vendedor o vendedora. (pp. 111-112)

Griffin se sorprende por lo mucho más rápidamente que trabaja la gente en un gran almacén, pero también por las muchas cosas que pasan en la trastienda, fuera de la vista de los consumidores. De nuevo Wells destaca la “invisibilidad” en el funcionamiento del capitalismo.

[29] Ibíd., p. 123.

[30] Ibíd., p. 124.

[31] Ibíd., p. 1.

[32] Ibíd., p. 153.

[33] Ibíd.

[34] Ibíd.

[35] Experiment in Autobiography (Nueva York: Macmillan, 1934), p. 475.

[36] Ver Norman y Jeanne MacKenzie, The Life of H.G. Wells: Time Traveller (Londres: Hogarth Press, 1987), p. 127. Friedrich Hayek ofrece un brillante análisis de este modo atávico de pensamiento en The Fatal Conceit: The Errors of Socialism [La fatal arrogancia] (Chicago: University of Chicago Press, 1988).

[37] Sobre este tema, ver el excelente análisis en Hayek, Fatal Conceit, pp. 89-105.

[38] Wells, Utopia, p. 84. En otras indicaciones de su hostilidad hacia las funciones económicos ordinarias, la utopía de Wells prohíbe la usura, a la que define como “el préstamo de dinero a tipos fijos de interés” (p. 287), no como tipos exorbitantes como haría la mayoría de la gente. En un pasaje revelador, Wells escribe: “La idea de que un hombre se haga cada vez más rico por la mera inacción (…) es profundamente desagradable para las ideas utópicas” (p. 287). El orden de los gobernantes en esta utopía, a los que se les llama extrañamente los samuráis, tiene prohibido participar en ninguna actividad empresarial:

Se cree que comprar simplemente para vender genera muchas cualidades humanas asociales: hace que un hombre busque aumentar los beneficios y falsifica valores, así que a los samuráis  se les prohíbe comprar para vender por sí mismos, (…) salvo que un proceso de manufactura cambie la naturaleza del producto (un mero cambio en volumen o empaquetado no basta) y se les prohíbe las ventas y todas sus artes, (p. 287)

Este es exactamente el tipo de pensamiento que Hayek identifica con la incomprensión del hombre común de las actividades mercantiles: “El que un mero cambio de manos deba llevar a una ganancia de valor para todos los participantes, que no tenga que significar la ganancia de uno a costa de otros (…) era y es sin embargo difícil de entender” (Fatal Conceit, p. 93).

[39] Pueden encontrarse a lo largo de los escritos de Wells indicaciones de que estaba en realidad guiado sutilmente por ideas medievales, incluso en la que probablemente sea su declaración más importante de su visión socialista y que se califica explícitamente como una utopía moderna. Al describir la propiedad, dice que el “Estado Mundial” será “el único terrateniente del mundo, con (…) los ayuntamientos estando, por decirlo así, feudalmente bajo este como señores de las tierras” (Wells, Utopia, p. 89). A partir de una idea del Japón feudal, Wells llama samuráis a la clase gobernante de la utopía y los compara con “los caballeros templarios” (pp. 159, 174, 277). Cuando Wells habla de “caballería utópica” (p. 310) empezamos a darnos cuenta de en qué medida la “concepción infantil” (p. 174) del mundo galante de la Edad Media se encuentra detrás de su visión socialista.

[40] Wells, Utopia, pp. 128, 172-173.

[41] Mr. Marvel parece hablar en nombre de Wells cuando dice del hombre invisible:

Me hace sentirme algo incómodo el simple pensamiento de ese tipo vagando por el campo (…) ¡Pensad en las cosas que podría hacer! (…) Supongamos que quiere robar: ¿quién puede impedírselo? ¡Puede entrar en casas, puede desvalijarlas, puede cruzar un cordón policial tan fácilmente como tú o yo podemos dar esquinazo a un ciego! (pp. 67-68)

[42] Antes en la historia se piensa que Griffin era un anarquista, en concreto “preparando explosivos” (p. 20). Sobre Griffin como terrorista, ver el prólogo de Sutherland en Luke, ed., El hombre invisible, p. xxv.

[43] El hombre invisible, p. 134.

[44] Típicamente, la utopía de Wells requiere un plan para mantener a todos los ciudadanos bajo perfecta vigilancia: “Si la utopía moderna ha de ser realmente un mundo de ciudadanos responsables, debe tener algún plan por el que cada persona en el mundo pueda ser reconocida inmediatamente y con seguridad y por el que cualquiera que falte pueda ser buscado y encontrado” (Wells, Utopia, pp. 162–63). Wells continúa pergeñando un plan escalofriante para listar a todas las personas del mundo, con “el registro de sus movimientos de acá para allá, la entrada de diversos hechos materiales, como matrimonio, paternidad, condenas penales y similares” (p. 163). Wells reconoce que a algunas personas este plan les podría parecer repugnante, pero los reprende por ser liberales “anticuados del siglo XIX” (p. 165), que no entienden la benevolencia del gobierno: “El viejo liberalismo suponía un mal gobierno, cuanto más poderoso peor era el gobierno. (…) Pero supongamos que no asumimos que el gobierno sea necesariamente malo (…) entonces alteramos completamente el alegato” (pp. 165-166). La fe de Wells en la bondad del gobierno evidentemente no tiene límites. He aquí su notable descripción de Josif Stalin después de entrevistarse con él en 1934: “Nunca he encontrado un hombre más franco, justo y honrado y es a estas cualidades, y no a nada oculto y siniestro, a las que debe su tremando ascendiente indiscutido en Rusia” (Wells, Autobiografía, p. 689)

[45] El hombre invisible, p. 134. Antes Kemp reclama un “consejo de guerra” contra Griffin (p. 132).

[46] Para varias de estas ocasiones, ver pp. 32, 37, 39, 74 y especialmente pp. 132, donde, incluso en esta etapa final del relato, a uno de los personajes  le preocupa que las medidas tomadas contra Griffin sean “antideportivas”. Al contrario que sus propios personajes, Wells parece desdeñar el tradicional respeto liberal por los derechos del individuo; su narrador hace este comentario sobre la forma escrupulosa en que los habitantes de Iping tratan a Griffin: “El genio anglosajón del gobierno parlamentario se afirmaba a sí mismo: había muchas palabras y ninguna acción decisiva” (p. 32).

[47] El hombre invisible, p. 152.

[48] Para una valoración sagaz, aunque algo diferente de esto, ver McConnell, Science Fiction, pp. 123-124.

[49] El hombre invisible, p. 133.

[50] Ibíd., p. 135.

[51] Ibíd., p. 136.

[52] Por supuesto, Wells es el autor de El hombre invisibley si Griffin escapa momentáneamente de su conocimiento, solo lo hace porque Wells ha decidido que ocurra así. En ese sentido Wells mantiene el control de la historia. Pero ese control toma la forma paradójica de elegir perder el control de uno de sus personajes (algo que Wells apenas hace en su ciencia ficción). Sin embargo, en este caso, la elusividad de Griffin es extrañamente apropiada: después de todo, es un hombre invisible.

[53] Var la formulaciónd e Carey: “La gente que ocupa las utopías y distopías de Wells  son representantes, como la gente en [publicidad]. Ilustran una idea” (Intellectuals, p. 147).

[54] Ver Michael Draper, H.G. Wells (Londres: Macmillan, 1987), p. 123: “Wells no se convirtió en un verdadero científico o político, sino en un esteta, reclamando irracionalmente que la vida debería poseer la coherencia y el desenlace de una obra de arte”.

[55] El propio Wells se preguntaba a veces si consideraciones estéticas gobernaban su compromiso con el socialismo. En Tono-Bungay, hace que su protagonista observe: “tal vez después de todo este socialismo hacia el que he sido dirigido era solo un sueño de locos. (…) Morris los demás jugaban con ello agudamente: daba un regusto, un toque de seriedad, a sus placeres estéticos (p. 149).

[56] Como vimos antes en la sección VI de “La poética del orden espontáneo”, este modelo de ficción no es en modo alguno universal. Algunos escritores de ficción, entre ellos Dostoievski y Tolstoi, han incorporado deliberadamente elementos  de eventualidad en sus narrativas en un esfuerzo por reflejar las eventualidades de la propia vida, creando así una forma de ficción de final abierto, que ha sido brillantemente analizada por Gary Saul Morson en su Narrative and Freedom: The Shadows of Time (New Haven, Conn.: Yale University Press, 1994).

[57] Wells, Utopia, p. 354.

[58] Alexis de Tocqueville llegó a una conclusión similar en su análisis del papel de los hombres de letras en provocar la Revolución Francesa: “Lo que es un méritoen el escritor bien puede ser un defecto en el estadista y las mismas cualidades que hacen gran literatura pueden llevar a revoluciones catas tróficas”. Ver Alexis de Tocqueville, El antiguo régimen y la Revolución Francesa (Garden City, N.Y.: Doubleday Anchor, 1955), p. 147.

[59] Ver, por ejemplo, p. 133, donde Wells escribe de Griffin: “todavía podemos imaginar e incluso simpatizar un poco con la furia que debe haber ocasionado la sorpresa buscada”.

[60] El hombre invisible, p. 48.

[61] Ibíd., p. 120.

[62] Ibíd., p. 93.

[63] Ibíd.

[64] Ibíd.

[65] Ibíd., p. 94.

[66] Ibíd., p. 93-94.

[67] Ibíd., p. 35.

[68] Ver Antonina Vallentin, H.G. Wells: Prophet of Our Day (Nueva York: John Day, 1950), p. 124.

[69] El hombre invisible, p. 125.

[70] Ibíd., p. 138.

[71] Ver Norman y Jeanne MacKenzie, Life, p. 126.

[72] Griffin planea gobernar desde el terror. Curiosamente, su campaña terrorista da al gobierno una excusa para imponer restricciones sin precedentes a libre movimiento de sus ciudadanos. El gobierno es capaz de explotar el pánico que causa Griffin para asumir para sí nuevos poderes. En la práctica, el gobierno acaba copian a Griffin en su plan de gobierno por el terror.

[73] Sobre este tema, ver Ludwig von Mises, The Anti-Capitalistic Mentality [La mentalidad anticapitalista] (Princeton, N.J.: D. Van Nostrand, 1956), especialmente pp. 48-72 y Hayek, Fatal Conceit, especialmente pp. 89-105.

[74] Para ver este punto ilustrado por un contemporáneo de Wells, ver mi ensayo “Oscar Wilde: The Man of Soul Under Socialism”, en James Soderholm, ed., Beauty and the Critic: Aesthetics in an Age of Cultural Studies (Tuscaloosa: University of Alabama Press, 1997), pp. 74-93, especialmente pp. 84-87.

[75] El relato de Wells de su propia experiencia como maestro suena sospechosamente como el de Griffin. Consideremos este pasaje de su Autobiografía, p. 242, que describe su primer trabajo de maestro:

Me di cuenta de que mi carrera estaba en un muy inoportuno callejón sin salida (…) No había entonces nada para mí, salvo aguantar al menos un año, conseguir mejor ropa, ahorrar unas libras, insistir en mis escritos y esperar a alguna oportunidad para escapar. (…) Si el tiempo de ese verano y la vuelta a mi salud y vigor hubieran durado para siempre, habría abandonado lentamente mis fútiles esfuerzos literarios y me hubiera reconciliado completamente con el papel de un profesor de bachillerato de segundo nivel.

Wells suena aún más como Griffin en una carta en respuesta a su segundo trabajo de maestro: “He sufrido como hijo de padres no demasiado adinerados y bastante iletrados a manos de estos piratas escolares y no creo que hubiera podido contenerme ante la posibilidad de clavar un cuchillo bajo las costillas de este sistema de fraude si todos los amigos que tenía hubieran estado en el lado opuesto” (citado en Norman y Jeanne MacKenzie, Life, p. 80).

[76] Para un tratamiento completo del desdén por el hombre común y la promoción de una élite intelectual en Wells y otros autores victorianos y modernos, ver Carey, Intellectuals. Ver también George Watson, The Lost Literature of Socialism (Cambridge, U.K.: Lutterworth, 1998), p. 49.

[77] El hombre invisible, p. 125. Sobre Griffin y Kemp como dobles, ver Draper, Wells, p. 49. Por supuesto, hay diferencias importantes entre Griffin y Kemp. Como se muestra en la referencia a la Real Sociedad, Kemp está más dispuesto que Griffin a trabajar dentro de los canales científicos establecidos. Kemp quiere que Griffin sea como él y siga un camino más convencional como científico profesional: “No seas un lobo solitario. Publica tus resultados; confía en el mundo, o al menos en la nación” (p. 128).

[78] El hombre invisible, p. 77.

[79] Para una interpretación algo distinta, aunque paralela, de este pasaje, ver McConnell, Science Fiction, pp. 125-126.

[80] Ver Norman y Jeanne MacKenzie, Life, Ilustración 12 (explicada en p. 63), para una notable caricatura de sí mismo que dibujó Wells cuando tenía 20 años “meditando sobre su futuro”, que incluye letreros proclamando: “Cómo podría salvar a la nación” y “Diseño de Wells para un nuevo marco para la sociedad”.

[81] Analiza esta evolución en el caso concreto de Oscar Wilde en «Man of Soul», pp. 74-93. Para la relación entre Wilde y Wells, ver McConnell, Science Fiction, pp. 42-43.

[82] Ver Haynes, Wells, p. 83. Por eso Wells define a sus samuráis en A Modern Utopia como una orden de “nobles voluntarios” (p. 121). Wells destaca el aperturismo de su orden aristocrático y aun así acaba llegando a admitir que los samuráis se convertirían “en algo parecido a una clase hereditaria” (p. 299). Es solo una señal más de que el socialismo de Wells nos sacaría del capitalismo solo para devolvernos a las condiciones medievales.

[83] Sobre Nietzsche y Wells, ver  el prólogo de Sutherland’, Luke, ed., El hombre invisible, p. xxv, Carey, Intellectuals, p. 140, Bergonzi, Wells, pp. 9-12, 153, Vallentin, Wells, p. 124, John Reed, The Natural History of H.G. Wells (Athens: Ohio University Press, 1982), pp. 238-239 y John Batchelor, H.G. Wells (Cambridge, U.K.: Cambridge University Press, 1985), p. 5. En En los días del cometa, el narrador de Wells, que es en muchos aspectos un personaje autobiográfico, proclama: “Soy un discípulo de Nietzsche” (Seven Science Fiction Novels of H.G. Wells [Nueva York: Dover, 1934], p. 909; L. I, cap. 4, sec. 4).

[84] La atracción de Wells por los superhombres como líderes da a menudo un tinte fascista a su socialismo. Aunque Wells se opuso al nacionalsocialismo como se desarrolló en Alemania, el socialista liberal George Orwell detectaba afinidades entre la visión de Wells del estado perfecto y la de Hitler: “Mucho de lo que Wells ha imaginado y por lo que ha trabajado está físicamente en la Alemania nazi. El orden, la planificación, el estímulo del Estado a la ciencia, el acero, el hormigón, los aviones, todos están allí”. Ver «Wells, Hitler and the World State» en George Orwell, The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell (Londres: Secker & Warburg, 1968), vol. 2, p. 143.

[85] Ver Carey, Intellectuals, p. 138.


Publicado el 17 de septiembre de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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