Leonard Liggio, DEP

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[Este artículo se publicó originalmente en LewRockwell.com]

Leonard Liggio ha muerto a la edad de 81 años.

Fue mi amigo durante casi sesenta años y llegué a conocerle bien. Hoy mi mente está llena de pensamientos y recuerdos de él.

Leonard era católico, intelectual y libertario.

Su fe católica era su norte. Leonard era un “católico por derecho de nacimiento” y desde su infancia hasta la universidad y su trabajo en Georgetown y Fordham y el resto de su vida, Leonard enriqueció su comprensión de la religión y participó en los sacramentos de su iglesia. En los últimos años fue admitido en la Orden de los Caballeros de Malta.

Pero también era un cristiano en otro sentido. Nunca vi a Leonard tratando a otros con algo que no fuera un evidente respeto y su vida estuvo llena de innumerables amabilidades. Un pequeño ejemplo: una vez Leonard me llevó a una reunión del grupo Catholic Worker, de Dorothy Day. Day era una anarquista de izquierdas que tenía opiniones confundidas sobre la economía, pero a él le gustaba por su oposición a la guerra y porque cada año ella y su socio Ammon Hennacy protestaban públicamente por el bombardeo atómico de las ciudades japonesas. Vi a Leonard entregar de forma privada a Day lo que entonces era una contribución notable. También estaba siguiendo la admonición de Jesús: “Cuando hagas un acto de caridad, no lo anuncies con un clamor de clarines, como hacen los hipócritas en la sinagoga y en las calles (…) cuando hagas un acto de caridad, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha”.

Leonard Liggio era un hombre humilde. Nunca juzgó las flaquezas y peculiaridades de sus amigos. Supongo que creía que su trabajo era buscar perfeccionar su propia alma. Pero podía actuar enérgicamente. Una vez que estábamos viajando en Europa, en Alemania, según recuerdo, me sorprendió oír a Leonard decir: “¡Su mano está en mi bolsillo!” Vi que había atrapado a una joven del antebrazo con mano de hierro. La soltó con desdén y la pequeña ladrona huyó a toda prisa.

Leonard era un hombre con una inmensa formación, la persona más erudita que he conocido de su generación, Sin embargo, nadie llevó nunca más a la ligera su erudición. Fue pionero en el estudio de la muy importante escuela de los liberales franceses de principios del siglo XIX, presentándolos en el mundo angloparlante. Nos presentó a Murray Rothbard y a mí el revisionismo histórico, que se ha convertido hoy en un componente habitual del pensamiento libertario. Creo que Murray apreciaba mucho sus muchas sugerencias con respecto a su obra en varios tomos, Conceived in Liberty, sobre corrientes libertarias en la América colonial y revolucionaria.

Leonard fue miembro del Círculo Bastiat, el grupo de amigos que se reunían muy a menudo en el apartamento de Murray y Joey Rothbard en el Upper Westside. Se reunían para intensas discusiones sobre política, tanto teórica como contemporánea, por las bebidas y pequeños aperitivos que preparaba Joaey y para echarse muchísimas risas. Cuando se invitó al círculo a la casa de Ayn Rand después de la publicación de La rebelión de Atlas, los incipientes randroides tuvieron con la dama una entusiasta discusión de muchas horas. Leonard, fuera de juego y no teniendo el más mínimo interés en el “objetivismo”, cerró sus ojos y se echó una siesta.

Como Murray, Leonard seguía de cerca y apasionadamente la escena política estadounidense. De hecho así nos conocimos, durante la campaña presidencial de Robert Taft, en su cuartel general en un hotel del Midtown de Manhattan. Aunque no éramos conscientes por entonces, esa campaña fue la última batalla de la Vieja Derecha. Una vez fuimos a ver a Taft defendiendo su libro, A Foreign Policy for Americans, en el programa de TV de un conocido seguidor de Eisenhower, Tex McCrary, un líder del establishment globalista del Este. Leonard se aseguró de que estuviésemos sentados bajo los micrófonos que caían para capturar el aplauso de la audiencia y de vez en cuando decía con voz firme: “¡Dios le bendiga, senador Taft!” y palabras similares para animar a nuestro adalid.

Leonard fue siempre un libertario, pero, en el contexto de la organización con la que trabajaba, su estilo era distinto del de muchos hoy. No había grandes proclamaciones, sino más bien un silencioso pero muy efectivo estímulo de esto proyectos aquí, de esas personas allí. De esta manera, promovió nuestros ideales a lo largo de los años, como trabajaría un político cristianodemócrata italiano, pero, por supuesto, sin corrupción financiera.

En su lecho de muerte, recibió los últimos sacramentos de la iglesia católica. Confío en que mi amigo Leonard esté pasando la eternidad con el Señor al que adoraba.


Publicado el 17 de octubre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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