Rothbard, sobre autodefensa y guerra

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Recientemente, el investigador legal liberal clásico Richard Epstein criticaba a los “libertarios radicales”.  Estos extremistas quieren manteneros lejos de “implicaciones extranjeras”. Si, como proponen los extremistas, actuáramos solo cuando haya una amenaza directa a Estados Unidos “puede ser demasiado tarde”. Deberíamos atacar inmediatamente a las “fuerzas de muerte y destrucción”, como el EI. Debemos extender la libertad por todo el mundo en general y en Oriente Medio en particular.

Murray Rothbard indudablemente encaja como un “libertario radical”. ¿Hizo la vista gorda a las amenazas, debido un compromiso con principios no realistas? En modo alguno: pero discrepaba de belicistas contemporáneos acerca de la naturaleza de estas amenazas.

Para entender sus ideas, es mejor poner de momento a un lado las relaciones internacionales y empezar con un derecho individual a la defensa. Al contrario que Robert LeFevre, Rothbard no era un pacifista. Por el contrario, nos dice en La ética de la libertad:

Los pacifistas absolutos que también afirman su creencia en los derechos de propiedad (…) se ven atrapados en una contradicción interna inevitable: pues si un hombre posee una propiedad y aun así se le niega el derecho a defenderse contra un ataque, está claro que se les está negando un aspecto muy importante de esa propiedad.[1]

Por tanto, tenemos el derecho a defender con violencia nuestra persona y propiedades; pero, incluso si nos vemos amenazados, no podemos hacer todo lo que queramos en nombre de la “defensa”. Para empezar, debe haber “una invasión real o amenazada directamente de la propiedad”. Una mera intimidación de que alguien pueda en el futuro actuar de manera hostil contra ti no basta. “Está claro que sería grotesco y criminalmente invasivo disparar a un hombre al otro lado de la calle porque su mirada de enfado te parezca augurar una invasión”.[2]

Además, una respuesta a la invasión debe ser proporcional. No puedes matar a alguien solo por entrar en tu propiedad sin invitación. Rothbard rechaza de plano la opinión de que cualquier violador de derechos le haga ser un forajido que pierde todos sus derechos. “¿Con qué justificación debemos sostener que una minúscula invasión de la propiedad de otro le hace a uno merecer la pérdida total de la suya? Propongo otra regla fundamental respecto del delito: el delincuente o invasor pierde su propio derecho en la medida en que haya privado a otro hombre del suyo”.[3]

El ejercicio del derecho a la autodefensa está sometido a otra restricción y esta, como veremos, será de crucial importancia cuando nos ocupemos de las relaciones exteriores. No puedes, cuando te defiendes, violar los derechos de inocentes. No puedes disparar a un viandante inocente porque bloquee el camino para tu por otro lado justificada respuesta a un agresor.

Supongamos que, en este mundo, Jones descubre que se está atacando su propiedad por parte de Smith. Es legítimo, como hemos visto, que Jones repela esta invasión con el uso de violencia defensiva. Pero ahora debemos preguntarnos: ¿tiene derecho Jones a cometer violencia agresiva contra terceros inocentes en el curso de su legítima defensa frente a Smith? Está claro que la respuesta debe ser “No”. Pues la regla de prohibir la violencia contra las personas o propiedades de hombres inocentes es absoluta; se mantiene independientemente de los motivos subjetivos para la agresión. Es erróneo y criminal violar la propiedad o persona de otro, aunque uno sea Robin Hood o se esté muriendo de hambre o se esté defendiendo frente al ataque de un tercero.[4]

Rothbard somete a las naciones a los mismos límites y el último de estos límites es especialmente importante. La guerra moderna implica necesariamente ataques a los inocentes y Rothbard rechaza aprobar esto. “Todas las consecuencias de una guerra interterritorial hacen casi inevitable que las guerras interestatales impliquen agresión por ambos bandos de civiles inocentes (los individuos privados) del otro”.[5]

Al buscar restringir la conducta de la guerra, Rothbard acude a la teoría tradicional de la guerra justa. Rothbard cita en este sentido a Vitoria, Suárez, Grocio y sus sucesores en siglos posteriores, que especificaron cuidadosamente los límites que edeb tener un estado en la guerra.

Los juristas internacionales clásicos desarrollaron dos ideas, que tuvieron un amplio éxito en conseguir que adoptaran las naciones: Sobre todo, no atacar a los civiles. Si debes luchar, dejar que los gobernantes y sus siervos leales o contratados pelen, pero mantener a los civiles en ambos bandos fuera de ella, tanto como sea posible (…) Preservar los derechos de estados y naciones neutrales. (…) En una teoría que trataba de limitar la guerra, la neutralidad se consideraba no solo justificable, sino una virtud positiva.[6]

Rothbard seguía a las grandes figuras de la tradición de la guerra justa, pero extendía radicalmente su opinión. Para él, el estado no está simplemente sometido a límites comparables a los que restringen a una persona que trata de defenderse.  Lejos de ello: el estado es una organización depredadora. Su crecimiento y apropiación de nuevos poderes, inevitable en el guerra, debe combatirse.

Por tanto, todas las guerras estatales implican una creciente agresión contra los propios contribuyentes del Estado y casi todas las guerras del Estado (todas, en la guerra moderna) implican la máxima agresión (asesinato) contra los civiles inocentes gobernados por el Estado enemigo.[7]

Dados los peligros manifiestos del estado depredador, deberíamos oponernos a la implicación de nuestro propio estado en cualquier disputa en el extranjero. Bajo el disfraz de extender la libertad en el exterior, las intervenciones extranjeras Estados Unidos sirven más bien para extender la tiranía en casa.

¿Pero qué pasa con la afirmación de que una política no intervencionista ignora los peligros potenciales que podrían infligir un daño masivo sobre nuestra población? Es bastante tarde ya para hacer esta afirmación. Hacía falta un “cambio de régimen” en Iraq para protegernos de las “armas de destrucción masiva”. Estas armas no existían, pero el fracaso no ha detenido a los propagandistas de la guerra. Ahora se nos dice que el EI, un pequeño grupo de tiene territorios en Iraq y Siria, supone una amenaza para Estados Unidos: solo los “extremistas” niegan esto. La afirmación sigue un patrón familiar. Es una historia repetida que uno espera que no vuelva a engañar al pueblo estadounidense.


[1] Murry Rothbard, The Ethics of Liberty (Nueva York: New York University Press, 1998), cap. 12, p. 77. [Publicado en España como La ética de la libertad (Madrid: Unión Editorial, 2009)].

[2] Ibíd., p. 80.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd., p. 189.

[5] Ibíd., p. 192.

[6] Murray Rothbard, «America’s Two Just Wars: 1775 and 1861», The Costs of War: America’s Pyrrhic Victories (New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers, 1999), p. 120.

[7] Rothbard, Ethics of Liberty, p. 193.


Publicado el 14 de octubre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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