Conservadores anarquistas

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Para la mayoría de los conservadores, el término “libertario” evoca visiones de homosexuales fumando marihuana, evasores del servicio militar y lockeanos dogmáticos que exaltan al individuo a expensas de Dios y la familia. Russell Kirk, una autoridad en el conservadurismo tradicionalista, describe al “libertario típico” como alguien “sin sentido del humor, intolerante, arrogante, mal educado y aburrido. Al menos, el anarquista ruso de viejo cuño era audaz, alegre, y sabía a qué sexo pertenecía”. Esto, en su ensayo “A Dispassionate Assessment of Libertarians.[1] Algún ensayo de Kirk, anterior, “Libertarians: the Chirping Sectaries”, era menos caritativo. Los racionalistas podrán argüir que estas críticas son ad-hominem, pero para los conservadores siguen siendo válidas. Al conservadurismo tradicionalista le preocupa el estilo de vida tradicional, de obediencia a la religión, la familia y las normas de la civilización. Los conservadores serios evalúan las políticas y las filosofías políticas de acuerdo a la forma en que propician esas instituciones. Es comprensible, pues, que un movimiento político que busca acabar las prohibiciones contra la droga, la sodomía y la pornografía sea poco atractivo para los conservadores. (Aunque muchos conservadores aprecian el alcohol, las chicas y el “arte”). Los conservadores y los libertarios podrán debatir una y otra vez en FreeRepublic o en el National Review o Modern Age, y podrán discutir sobre los méritos de Locke o de Paine, o sobre la diferencia entre libertad y libertinaje. Todo eso está bien: son discusiones entretenidas y a veces logran cambiar alguna mente. Pero el debate es fundamentalmente erróneo. Si los libertarios tienen razón en algunos puntos, es irrelevante. La cuestión más importante es cómo el Estado moderno afecta a las instituciones -familia, iglesia y comunidad- que los tradicionalistas quieren conservar. El estado moderno, ¿ha hecho algún bien a esas instituciones? Si así fue, ¿lo bueno compensa los daños? El sistema federal de carreteras ha erosionado el sentido de pertenencia a las comunidades, por lo que es más fácil que tú dejes tu comunidad. El Internet desarrollado por el gobierno federal ha hecho tanto por la pornografía, que ni siquiera un ejército de Larry Flynts podría igualarlo. El estado moderno prohíbe el asesinato y el robo, pero el asesinato y el robo fueron controlados con mayor eficacia por las sociedades antiguas, la polis clásica y la cristiandad medieval, las que, bajo los estándares hoy vigentes, serían sociedades prácticamente sin estado. Y es el estado moderno el que da protección legal a esa clase de asesinos conocidos como abortistas. Cualquier examen de los antecedentes del estado, superficial o profundo, mostrará lo mismo: que el estado moderno ha sido implacablemente destructor de la religión, la familia y la comunidad, tanto como de las vidas individuales. Esto ha llevado a algunos conservadores reflexivos del siglo pasado a abrazar el nombre “anarquista”, no en el sentido de oponerse a toda autoridad, pero sí para oponerse específicamente a la autoridad artificial del moderno estado nacional. JRR Tolkien, el novelista británico y católico tradicionalista, escribió en 1943: “Mis ideas políticas se inclinan cada vez más hacia la Anarquía (en sentido filosófico, es decir, la abolición del control, pero nada que ver con hombres barbudos que portan bombas), o hacia la Monarquía ‘inconstitucional'”. Quienes conocieron  a Auberon Waugh, otro inglés conservador de la alta cultura, lo describen como “muy, muy duro con la policía, algo que no muchos conservadores habrían aprobado. Era un anarquista de verdad. Detestaba todas las formas de actividad política y sospechaba de todos los políticos de cualquier partido”. De este lado del Atlántico, antes de 1945 la mayoría de los conservadores eran radicalmente anti-estatistas, y no creían en el mito del “gobierno limitado”. Aquí un pasaje de Albert Jay Nock, en 1928, en “Anarchist’s Progress”:[2]

Todo mundo sabe que el estado proclama y ejerce el monopolio del crimen del que hablé hace un momento, y hace de este monopolio algo tan estricto como puede. Prohíbe el asesinato privado, pero él mismo organiza el asesinato en una escala colosal. Castiga el robo privado, pero sin escrúpulos toma lo que quiere de la propiedad de los ciudadanos o extranjeros. No hay, por ejemplo, ningún derecho humano, natural o constitucional, que no haya sido nulificado por el Gobierno de los Estados Unidos. De todos los crímenes cometidos por ambición o venganza, no hay uno solo que no le hayamos visto cometer: asesinato, caos, incendio, robo, fraude, colusión y complicidad criminal.

Los tradicionalistas no debieran tener dificultad alguna para comprender por qué el estado moderno es tan corrupto y destructivo. Tal es el resultado inevitable de la concentración de poder en manos humanas. Sin el estado, los hombres seguirían siendo peligrosos, pero no tendrían a su disposición toda una institución en la que el poder permanece concentrado y sin control. La reforma del Estado es imposible y utópica: habría que reformar la naturaleza humana. Por el contrario, hay precedentes históricos de la anarquía y la cuasi anarquía (de nuevo, varias formas medievales y clásicas de organización humana), y aún hoy existen comunidades pequeñas e independientes, como Mónaco y Liechtenstein, Singapur y Hong Kong, que son más felices y más prósperas que cualquier estado-nación. El más grande de los conservadores, Aristóteles, pensaba que la forma natural de organización era la ciudad-estado, que es mucho más humana que las sociedades de masas anónimas de los estados nacionales modernos. La enorme riqueza y el poder del estado moderno nunca ha sido utilizada para el bien, y no hay razón para pensar que algún día lo será. Poco a poco algunos conservadores cristianos se dan cuenta de esto. En un discurso de 1998, Paul Weyrich, co-fundador de la Heritage Foundation and Moral Majority , declaró que no hay una mayoría moral en este país, y que tal vez nunca la hubo. Weyrich recomienda la secesión cultural a los conservadores. Pero deja abierta la pregunta: ¿por qué sólo secesión cultural? No importa cuánta educación hayas recibido en casa, o cuántas estaciones de radio cristianas existan, la ley y la autoridad política de la tierra en la que vives siempre te afectarán. La secesión cultural y una actitud defensiva hacia la política no son suficientes. Sino pregunta a los Davidianos. Sea o no verdadero el estereotipo del libertario de Russell Kirk, debería ser obvio que la verdadera amenaza para las instituciones de la Iglesia y de la familia y para todo tipo de decencia humana no proviene de hippies homosexuales fumadores de marihuana: proviene de la implacable centralización y secularización del estado moderno. Con esto en mente, incluso si los conservadores se niegan a ser libertarios, sin duda debieran ser anarquistas.


[1] Kirk, Russell. “A Dispassionate Assessment of Libertarians.”Freedom and Virtue: The Conservative / LibertarianDebate, George W. Carey, ed. Wilmington, DE: ISI Books.
[2] Nock, Albert J. “Anarchist’s Progress.” The Superfluous Men: Conservative Critics ofAmerican Culture 1900-1945, Robert M. Crunden, ed. Wilmington, DE: ISI Books.


Publicado originalmente el 7 de julio de 2001. Traducido del inglés por William Gilmore. El artículo original se encuentra aquí.

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