El mito del dinero electrónico

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Muchos economistas y comentaristas financieros creen que en el mercado no regulado de la economía de Internet, pueden crearse nuevas formas de dinero que eludan la supervisión del banco central y el gobierno. La última evolución es la aparición de nuevos medios electrónicos de pago. Los expertos sostienen que desplazarán el actual dinero fiduciario. Este desplazamiento abriría una nueva época de banca libre, se afirma, en la que la competencia entre dineros electrónicos de bancos alejará por fin la amenaza de inflación.

El dinero electrónico o dinero digital toma la forma de una tarjeta “inteligente”, que contiene un microchip que el usuario pre-programa con una cantidad concreta de dólares [Ver  David Friedman y Kerry Lynn Macintosh «Technology and the Case for Free Banking», inédito]. Para hacer una compra, la tarjeta se pasa por un lector especial que deduce automáticamente la cantidad de la compra del valor almacenado en ella y acredita la cantidad en la cuenta del vendedor.

Algunos comentaristas creen que los bancos y otras empresas de servicios financieros pueden emitir marcas de dinero electrónico en competencia almacenadas en tarjetas inteligentes. Cada marca, a su vez, se basaría, o bien en dinero fiduciario, o en bancos emitiendo sus propios billetes, que servirían de base para el dinero electrónico.

Cada emisor gestionaría la cantidad de su dinero electrónico para mantener estable su valor en relación con la base monetaria. Al final la competencia enviaría a las monedas inestables fuera del mercado (una afirmación adelantada por Kerry Lynn Macintosh en «How to Encourage Global Electronic Commerce: The Case for Private Currencies on the Internet», Harvard Journal of Law & Technology, 11). Suponen que un aumento en el uso del dinero electrónico contribuiría a rebajar la demanda del dinero público fiduciario y acabaría con su completo reemplazo.

Para ver dónde se equivoca esta opinión, veamos primero cómo se produce el dinero. El dinero deriva de condiciones de trueque para permitir formas más complejas de comercio y cálculo económico. La característica que distingue al dinero es que es el medio general de intercambio, evolucionada de la empresa privada del producto más vendible. Sobre esto, Mises escribía:

Habría una tendencia inevitable de las series de bienes menos comercializables usadas como medios de intercambio a ser rechazadas una a una hasta que quedara finalmente solo un producto, que se emplearía universalmente como medio de intercambio; en una palabra, dinero. (La teoría del dinero y del crédito, pp. 32-33).

En resumen, el dinero es la cosa por la que se intercambian todos los demás bienes y servicios. Además, el dinero debe aparecer como una materia prima. Un objeto no puede usarse como dinero si no posee ya un valor objetivo de intercambio basado en algún otro uso. El objeto debe tener un precio preexistente para que se acepte como dinero.

¿Por qué? La demanda de un bien deriva de su beneficio percibido. Por ejemplo, la gente demanda comida debido a la nutrición que ofrece. Con respecto al dinero, la gente lo demanda, no para su uso directo en el consumo, sino para intercambiarlo por otros bienes y servicios. El dinero no es útil por sí mismo, sino porque tiene un valor de intercambio, es intercambiable en términos de otros bienes y servicios.

El beneficio que ofrece el dinero es su poder adquisitivo, es decir, su precio en términos de bienes y servicios. Consecuentemente, para que algo sea aceptado como dinero, debe tener un poder adquisitivo preexistente: un precio. El precio solo podría haber aparecido si tuviera un valor de intercambio establecido en el trueque.

Una vez algo se convierte en aceptado como medio de intercambio, continuará siendo aceptado aunque desaparezca su utilidad no monetaria. La razón de esta aceptación es que la gente posee ahora información previa acerca de su poder adquisitivo. Esto a su vez le permite formar la demanda de dinero.

En resumen, la clave para la aceptación es el conocimiento del poder adquisitivo previo. Es este hecho el que hizo posible que los gobiernos abolieran la convertibilidad del papel moneda en oro, abriendo así el camino a la introducción del patrón papel. Repito que lo crucial es que un objeto debe tener un poder adquisitivo establecido para que sea aceptado como medio general de intercambio, es decir, como dinero.

En el sistema monetario actual, el núcleo de la oferta monetaria ya no es el oro, sino monedas y billetes emitidos por gobiernos y bancos centrales. Consecuentemente, monedas y billetes constituyen el dinero estándar que conocemos como efectivo y que se emplean en las transacciones. A pesar de esto, es la relación histórica con el oro lo que hace al papel moneda aceptable en el intercambio.

Por qué las monedas en competencia no pueden reemplazar al dinero público

El hecho de que un objeto deba tener un precio preexistente antes de convertirse en dinero elimina la posibilidad de que el dinero pueda emitirse por cualquiera en un mercado libre. De hecho, es absurda la idea de que cualquiera pueda imprimir su propio dinero y que este sea aceptado en intercambios. ¿Por qué iba a aceptar alguien billetes emitidos por Mr. Jones o incluso por un actor famoso? Sin embargo esta posibilidad se deduce de la opinión que apoya la emisión de dinero electrónico basado en billetes emitidos por bancos o empresas privadas.

Además toda la idea de que el dinero electrónico pueda de alguna manera reemplazar al dinero fiduciario no es defendible. El dinero electrónico solo puede funcionar mientras las personas sepan que los pueden convertir en dinero fiduciario, es decir, en efectivo a la vista (ver, por ejemplo, Lawrence H. White «The Technology Revolution And Monetary Evolution», 14ª conferencia monetaria anual del Instituto Cato, 23 de mayo de 1996).

Sin un marco de referencia o vara de medir, no es posible la introducción de nuevas formas de liquidar transacciones. Este marco de referencia no puede ser algo arbitrario, como en el caso de bancos emitiendo sus propios billetes. Por el contrario, debe establecerse de acuerdo con un criterio que todos acepten como válido. Sobre esto, Rothbard escribió:

Al igual que en la naturaleza hay una gran variedad de habilidades y recursos, también hay una variedad en la comerciabilidad de los bienes. Algunos bienes tienen mayor demanda que otros, algunos son más divisibles en unidades más pequeñas sin pérdida de valor, algún duran periodos de tiempo más largos, algunos son más transportables a largas distancias. Todas estas ventajas cuentan para una mayor comerciabilidad. Está claro que en cualquier sociedad, los bienes más comerciables serán gradualmente seleccionados como medios de intercambio. A medida que sean más seleccionados como medios, su demanda se incrementará a causa de este uso y así harán aún más comerciables. El resultado es una espiral que se refuerza: más comerciabilidad ocasiona un uso más extendido que causa más comerciabilidad, etc. Finalmente, uno o dos productos se utilizan como medios generales (en prácticamente todos los intercambios) y éstos son llamados dinero.  (¿Qué ha hecho el gobierno de nuestro dinero?)

Fue a través de un prolongado proceso de selección como la gente estableció el oro como producto más comercializable. Por tanto el oro se ha convertido en el marco de referencia de diversas formas de pagos. El oro formó la base para el valor del dinero fiduciario actual.

Además, el dinero electrónico no es una nueva forma de dinero que reemplace a formas previas, sino más bien una nueva forma de emplear dinero existente en transacciones. Como el dinero electrónico no es dinero real, sino sencillamente una forma distinta de emplear dinero fiduciario, evidentemente no puede reemplazarlo.

Se podría argumentar que un decreto gubernamental podría obligar a usar dinero electrónico y desplazar al actual patrón papel. Sin embargo, no funcionaría. El dinero electrónico es meramente un dispositivo que almacena información respecto de débitos y créditos. No puede adquirir ningún poder adquisitivo independiente; no puede convertirse a sí mismo en dinero. Funciona de la misma forma que los cheques, que no pueden adquirir un poder adquisitivo independiente del dinero.

Tampoco funcionaría el último avance tecnológico que permite a los tenedores de dinero electrónico transferir valor directamente de una tarjeta a otra . Aunque esta nueva tecnología permitiría que los “billetes” electrónicos circularan mucho más tiempo, posiblemente proporcionando mejoras en eficiencia, antes o después seguirán teniendo que volver al emisor para su redención.

El simple hecho de que la gente tenga menos efectivo en sus bolsillos y emplee dinero electrónico en mayor medida no implica una caída en la demanda de dinero fiduciario, como han sugerido algunos comentaristas (ver, por ejemplo, George Selgin «E-Money: Friend or Foe of Monetarism?» 14ª conferencia monetaria anual del Instituto Cato, 23 de mayo de 1996).

Mientras la gente intercambie bienes y servicios entre sí, habrá una demanda de dinero. Una nueva forma de emplear el dinero no significa que sea reemplazado o que haya una disminución en su demanda. Además, si se produjera realmente esta desaparición de demanda, sería el fin de la división del trabajo y la economía de mercado.

En un trabajo reciente, David Friedman y Kerry Macintosh argumentan que la nueva tecnología haría posible implantar un trueque sofisticado. Esto a su vez eliminaría completamente la necesidad de dinero («Technology and the case for free banking», inédito).

Sin embargo, ¿por qué debería alterarse la esencia del trueque debido a una nueva tecnología? ¿Cómo podría ganarse la vida un profesor de economía si a los productores de alimentos no les interesa intercambiar directamente sus bienes por lecciones de economía? Esta nueva tecnología no resuelve esto, igual que la propia tecnología puede crear una nueva forma de dinero para reemplazar las monedas fiduciarias. Entretanto, o hasta que tengamos esfuerzos serios para una reforma monetaria de largo alcance, lo más que puede ofrecer una nueva tecnología son nuevas formas de eficiencia en los pagos y la contabilización. Pero no alterará la esencia del propio dinero.


Publicado originalmente el 23 de junio de 2000. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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