«Himno» y el significado de la prohibición de las bombillas

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La semana pasada releí Himno, de Ayn Rand, un tributo extraordinariamente hermoso a la innovación como la fuerza vital del progreso. Se publicó en 1937, pero fue esbozado en su mayor parte en Rusia, poco después de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Bolchevique. Aun así, prepárese para sentir escalofríos cuando se dé cuenta de que este futuro distópico se está convirtiendo de hecho en realidad, ahora mismo.

Después de que un desastre erradicase de la faz de la tierra todo rastro de civilización, los descendientes humanos supervivientes viven en una sociedad primitiva, aunque totalitaria. En el relato, un cruel comité gubernamental trata con mano de hierro a un joven que ha redescubierto la bombilla. Lo condenan por atreverse a pensar por sí mismo, y por pretender anular la pobreza planificada del orden social. La sociedad regida por el estado totalitario es perfectamente feliz con sus velas, y no puede llevarse a cabo ningún avance que no esté explícitamente aprobado por la clase dirigente.

Rand utiliza el ejemplo de la bombilla, pues se trata de un gran símbolo del poder de la mente humana. Forma parte de nuestro poder el aprovechar la energía que viene del cielo. «Puede hacerse que el poder del cielo cumpla con la voluntad de los hombres», afirma el protagonista. «Sus secretos y su poder no tienen límites, y basta con que elijamos preguntar para que nos conceda cualquier cosa.»

La bombilla liberó finalmente a la humanidad de tener que aceptar que fuese la rotación de la Tierra la que determinase el tiempo de trabajo y el de ocio. Permitió noches de béisbol, hizo que nuestras carreteras fuesen más seguras, e instauró una sociedad que puede funcionar 24 horas al día. La bombilla significa mucho más que lo que engloba su esencia física: fue el amanecer del dominio del mundo por parte de la humanidad. La civilización se mide en luxes.

Estaba pensando en la novela, y dirigí la mirada hacia el ventilador del techo. Tres gloriosas bombillas incandescentes iluminaban la habitación con una luz cálida. Estas bombillas en particular no tienen el glaseado azul y blanco. El vidrio es claro, y el filamento curvo arde como una llama en miniatura, de un modo tan intenso que no puede mirarse hacia él directamente. Y, sin embargo, esa llama esta encapsulada, y se ha logrado que sirva a los sueños y a las aspiraciones humanas.

De pronto se me ocurrió una idea: estas bombillas van a ser difíciles de reemplazar. La última vez que estuve en la sección de bombillas de la ferretería de unos grandes almacenes, había 30 tipos de bombillas, pero resultaba extraordinariamente difícil encontrar la que uno quería. Había una cantidad inmensa de «lámparas fluorescentes compactas». Esas bombillas parecen fragmentos de pasta rizada envueltos con firmeza para que luchen en un pequeño espacio. Hay bombillas halógenas inverosímilmente caras que prometen durar casi una vida entera, pero cuya compra te deja sin blanca, y que se calientan tanto que podrían freír un huevo. Hay también muchas otras opciones, y a menudo puede resultar difícil saber cuál es cuál.

Lo que falta casi por completo son bombillas normales. ¿Dónde están? ¿Y por qué se toma tantas molestias la empresa privada por endilgarnos productos inferiores que no queremos?

La respuesta reside en un intento completamente insidioso por parte de las burocracias junto con una pandilla de políticos (ellos lo saben todo acerca de las bombillas, ¡claro!) para prohibir la bombilla tal y como siempre la hemos conocido. En otras palabras, es la trama de Himno vivida en tiempo real.

Todo comenzó con la Ley de Independencia Energética y Seguridad de 2007, que fijaba el plazo límite de uso para la bombilla incandescente en 2012 (fue profusamente enmendada por el Congreso para retrasar la fecha límite). La ley prohibía las bombillas por potencia, y no por denominación. En la práctica, significaba la muerte para el tipo de luz que hemos disfrutado desde el siglo XIX.

Ya han desaparecido de los estantes las bombillas incandescentes de 100 vatios. Luego, el año pasado, las bombillas incandescentes de 40 y 60 vatios fueron eliminadas. Las fábricas que las producían en el pasado han cerrado. Puede usted conseguir estas bombillas mientras haya existencias, para dentro de unos pocos años, se acabó. Habrán desaparecido.

Hay algunas excepciones. Fotógrafos y escenógrafos pueden seguir utilizándolas. Se pueden seguir fabricando y vendiendo otras luces especiales, pero no es probable que usted y yo nos topemos con ellas en los grandes almacenes. Curiosamente, las bombillas de 3 vías [las bombillas de toda la vida] sobreviven, en teoría porque ahorran energía. Si uno es lo suficientemente rico, puede evitarse la peor parte.

¿Cuál es la idea aquí? Aparentemente, todo tiene que ver con la eficiencia energética, que se relaciona vagamente con la obsesión estadounidense por la seguridad, y de ahí el nombre del proyecto de ley que hace que todo esto suceda. Si uno utiliza bombillas anticuadas, está promoviendo la dependencia energética, y con ella a los extranjeros, y por tanto, al terrorismo. Si uno utiliza bombillas incandescentes, está apoyando a los enemigos de América, por no hablar de la destrucción del planeta.

Cuando uno profundiza un poco más, encuentra algo notable: no había base científica en absoluto para esta prohibición. Considere este análisis de Howard Brandston, un miembro de la Sociedad de Ingeniería Lumínica de Norteamérica, y el cerebro detrás de la restauración de la Estatua de la Libertad en la década de los ochenta.

Brandston sostiene que la métrica de lúmenes por vatio empleada por el gobierno es completamente falaz. No tiene en cuenta la calidad de la luz para un espacio. No tiene en cuenta los costos de los recambios ni el riesgo ambiental que implican más bombillas «eficientes» (las bombillas fluorescentes contienen mercurio), y no tiene en cuenta la razón principal por la que tenemos bombillas desde el principio: para iluminar un espacio. Se centra en una métrica estrecha de miras, a expensas de todas estas consideraciones más amplias.

«Los cálculos empleados por el gobierno y por otros que promulgan o promueven el uso de lámparas fluorescentes compactas,» dice, «son conjeturas estrictamente matemáticas, y no tienen nada que ver con la realidad.»

Entonces, ¿cómo se puede saber qué bombillas son las mejores? Brandston dice que el juicio subjetivo de los consumidores, matizado por una consideración de lo que duran las bombillas, es más que suficiente. No hacen falta burócratas, y no hacen falta expertos, al igual que con cualquier otro producto de consumo básico.

Pero incluso si las nuevas bombillas son horribles, ¿no «ahorran energía»? Brandston dice: «Esperar que la iluminación suponga una diferencia sustancial roza lo ridículo… Nos iría mejor promoviendo sensores de presencia y reguladores/atenuadores de luz, y recomendando que todos los atenuadores se ajusten para proporcionar el 95% de la energía a las fuentes de luz».

La historia que no escucharán es la que se refiere al papel de la industria: todos los principales fabricantes apoyan la prohibición, las nuevas normas, y las bombillas de repuesto. Los márgenes de ganancia eran ridículamente pequeños con las antiguas bombillas, que estaban siendo fabricadas en China por unos pocos centavos. ¿Cómo puede uno detener la competencia y promover una alternativa costosa y altamente rentable? Testificando ante el Congreso y consiguiendo que fuerce a los consumidores a comprar su gama de productos más cara, pero cuyas ventas son escasas.

La evidencia está ahí para todo el que quiera verla. La Asociación Nacional de Fabricantes Eléctricos representa a la industria en todo lo relacionado con las bombillas; todos y cada uno de los principales actores de la industria forman parte de ella. El testimonio ante el Congreso por parte del presidente no sólo tiene que ver con adherirse a la prohibición de las bombillas; la NEMA [Asociación Nacional de Fabricantes Eléctricos, por sus siglas en inglés] urgió positivamente y exigió dicha prohibición, junto con la prohibición de la importación de las bombillas incandescentes. Se trata de un caso claro de cómo funciona un chanchullo promovido por el fabricante. Y resulta del todo descorazonador para un capitalista como yo.

Encaja perfectamente con todo el resto de la política federal durante el último medio siglo, cuyo principal objetivo parece consistir en ayudar a intereses especiales a cambio de incrementar la miseria humana. Es el mismo motivo por el que nuestros inodoros, grifos, detergentes y arandelas han sido destrozados con controles de uso del agua, a pesar de que ninguna de estas políticas supone una diferencia significativa en el uso del agua en general.

Es por eso mismo que nos obligan a reciclar, a pesar de que nadie haya demostrado jamás que las medidas obligatorias ayuden al medio ambiente. Es por eso mismo que pagamos impuestos por cosas que queremos hacer, como conducir coches. Es por eso mismo que ya no podemos medicarnos nosotros mismos de un modo normal sin la autorización de un médico. Es por eso mismo que debemos soportar impuestos especiales, y aún peor, charlas paternalistas por parte de funcionarios públicos acerca de la comida rápida, los dulces o la generación de residuos.

¿Qué tienen en común todas estas políticas? Todas ellas tienen en el punto de mira cosas que disfrutamos y que mejoran nuestra vida. Nos imponen productos y servicios inferiores y más caros. Es el sacrificio que debemos hacer en aras del bien común, sin que importe si el bien común se ve de verdad reforzado en la vida real.

Todo este ethos de la política moderna no es inherente a la naturaleza del gobierno. Hubo un tiempo en que el gobierno pretendía de verdad potenciar las bendiciones materiales que disfrutamos. Lo hizo de pena, sin duda, pero su intención era esa, incluso hasta el New Deal.

Ahora la intención es exactamente la contraria. Si hay algo que nos gusta, que hace que nuestra vida sea encantadora, un producto o servicio que aumenta nuestra felicidad general, algo tan simple, normal y tradicional como una bombilla, puede usted apostar a que está en el punto de mira de alguna burocracia en alguna parte, que busca destruirlo.

Esto nos lleva de nuevo a Rand. Ella tenía una manera profética de ver la horrible verdad sobre el gobierno. Ella creció bajo un régimen que prometía el cielo en la tierra, y que acabó haciendo un infierno para todos aquellos que no formaban parte de la clase dirigente.

Ella se dio cuenta de que los gobiernos no podían producir bienes imaginativos —no podían inventar ni crear— y que al final acabarían celebrando la destrucción y la pobreza que ellos mismos causan, inventando una ética del sacrificio como medio para encubrir sus crímenes. (Basta con escuchar la glorificación de la pobreza «auténtica» para ver esta idea en acción.) Y si uno no está de acuerdo, es un enemigo del pueblo.

El paralelismo resulta casi increíble. Al igual que en Himno, el gobierno de los Estados Unidos ha prohibido en efecto la bombilla tal y como la conocíamos (aunque, a diferencia de lo que ocurre en Himno, lo ha vendido irónicamente como «progreso».) Piense en las terribles implicaciones que ello tiene, y pregúntese por qué lo hemos aceptado.


Publicado originalmente el 20 de abril de 2015. Traducido del inglés por Jon Rouco. El artículo original se encuentra aquí. Puede adquirir una versión de Himno en español por Ayn Rand, traducida por Jon Rouco disponible aquí.

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