Identidad y diversidad

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El Señor nuestro Dios
se deleita en la variedad

– Herman Borchardt

Viéndolo desde un cierto ángulo, todos estamos expuestos a dos impulsos básicos: identidad y diversidad. Nunca en la vida de las personas ni en la historia de las naciones estos impulsos se dan con la misma intensidad ni con la misma proporción.

¿Cómo se manifiestan? Todos nosotros experimentamos la sensación durante la que deseamos estar en compañía de gente de nuestra edad, nuestra clase social, nuestro sexo, nuestras convicciones, nuestra religión o nuestros gustos. Con bastante probabilidad, compartimos este impulso hacia la conformidad con el mundo animal, dado que un fuerte impulso hacia la identidad es similar al instinto gregario, un fuerte sentimiento general hacia la comunidad que nos lleva a observar a los otros grupos con hostilidad. En las luchas raciales y las manifestaciones étnicas, este sentimiento colectivo se despliega con gran fuerza. El instinto conformista de la manada era, por ejemplo, el motor que había detrás de las organizaciones gimnásticas nacionalistas de alemanes y eslavos, que acapararon un gran potencial durante la primera mitad del siglo. Cuando uno observa a cinco o diez mil hombres y mujeres vestidos de manera totalmente idéntica y realizando los mismos movimientos, uno se ve azotado por una abrumadora impresión de homogenidad, sincronización, simetría y uniformidad.

La identidad y sus impulsos tienden a borrar a uno mismo, tienden hacia un “nostrismo” (usness) en el que el ego queda sumerguido. Por supuesto, el nostrismo (término creado por el nacional-socialista austriaco Walther Pembaur) puede y normalmente es una inteligente multiplicación de egoísmos. Quien quiera que adore a una unidad colectiva en la que él mismo participa (una nación, una raza, una clase, un partido) tambiém se está adorando a él mismo. Y, por lo tanto, todo impulso hacia la conformidad se postula favorable no sólo hacia la similitud como opuesto a la diferencia, sino hacia el egoísmo. La homosexualidad tiene un aspecto de similitud en tanto rechaza establecer el, en ocasiones, díficil puente -intelectual, espiritual y psicológico- hacia el sexo contrario. En este sentido, la homosexualidad es una forma de narcisismo, de inmaduridad, que da cuenta de las limitaciones de los simplones.

Afortunadamente, el hombre en su madurez y en la cumbre de sus capacidades, tiene no sólo impulsos hacia la identidad, sino también hacia la diversidad, no sólo hacia el instinto gregario sino hacia el sentimiento romántico. Con frecuencia anhelamos departir con gente de otro sexo, de otro grupo de edad, de otra mentalidad, de otra clase social e, incluso, de otra fe o convicción política. Todas las variedades de curiosidad hacia lo nuevo -la impaciencia por viajar, probar otra comida, oir música diferente, contactar con otras culturas y civilizaciones- se deriva de una tendencia hacia la diversidad. Un perro no tiene ninguna ansia por viajar, ni siquiera se queja por comer siempre lo mismo. Los habitáculos de la hormiga y la termita pueden permanecer inalterados a lo largo de los siglos. Pero el deseo del hombre por el cambio ha generado la historia tal y como la conocemos. Hay algo en nosotros que no puede soportar la repetición. Este hambre por lo nuevo puede ser fatídica, claro está, si no se combina con un elemento de permanencia -y prudencia. En otras palabras, compartimos con las bestias los instintos para buscar la identidad con los otros; y nos convertimos en plenamento humanos en nuestro impulso y entusiasmo por la diversidad.

A pesar del peligro, todas las religiones teístas descansan directamente sobre este anheldo, este amor por lo ajeno. Aunque no suscribiría la máxima de Karl BarthGott als der ganz andere (Dios como el que es absolutamente distinto), ningún teísta negaría la diferencia de dios. Hemos sido creados a Su imagen, pero ello no nos convierte en facscímiles de Dios. Esta es una de las razones por las que la Encarnación conmueve al hombre de una forma tan profunda; de ahí que el primer Concilio Ecuménico discutió con amargura acerca de la exacta naturaleza de Dios, de donde surgieron trágicas herejías y cismas.

Observando estos dos impulsos, identidad y diversidad (ambos tienen fundamentaciones psicológicas, pero sólo el último tiene un corte intelectual), debemos concluir que los tiempos modernos son más favorables al instinto gregario que a la diversidad. Esto podría no ser inmediatamente evidente, ya que de alguna manera parece más bien lo contrario: las ansias de viajar se satisfacen de manera más sencilla y en existe una mayor variedad de gustos y Escuelas en el arte. Pero en otros dominios de mayor importancia, la identidad ha sido adoptada en todos los sentidos, en parte por las pasiones (en su mayoría pasiones animales) y en parte por la tecnología moderna y los procedimientos para crear una nueva civilización. Aunque está de moda hablar hoy en día del pluralismo, de hecho, todas las grandes tendencias en la actualidad apuntan hacia el espectro de una terrorífica, enorme y lamentable conformidad.

En este sentido, identidad es una prima-hermana de la igualdad. Todo aquello que es idéntico es automáticamente igual. Dos monedas de cincuenta centavos procedentes de la misma emisión, no solamente son idénticas, sino también iguales. Dos monedas de veinticincos centavos son iguales a una de cincuenta, pero no son idénticas. La identidad es igualdad: es igualdad a un nivel superficial, una igualdad que no necesita una larguísima reflexión o una dolorosa y concienzuda investigación. Por lo tanto, todos los regímenes políticos o sociales que están inspirados en la idea de iguadad apuntarán casi inevitablemente hacia el concepto de identidad para dar satisfacción a su institno gregario; con la consecuente sospecha, si no odio, hacia todos los que se postulan como distintos o que se creen superiores.

Hoy prevalece un tipo de aburrida y animalística inculcación hacia la conformidad social (identidad) así como un impulso programado y fanático hacia esa misma dirección. Nietzsche se dio cuenta de ello, también Jacob Burckhardt. Su motor es el miedo, formado por un complejo de inferioridad y generador de odio, con la envidia como su hermano de sangre. Este miedo procede del hecho de sentirse inferior a otra persona (o a su situación); el odio es posible sólo a través de un sentimiento de desamparo ante una persona más poderosa. Un esclavo débil y cobarde puede temer y odiar a su maestre; el maestro, por el contrario, no sentirá odio sino más bien desprecio hacia su esclavo. Las personas que odian han cometido horribles y crueles actos (la venganza de los seres inferiores) a lo largo de la historia, mientras que el desprecio -siempre aparejado a un sentimiento de superioridad- rara vez ha dado lugar a la crueldad.

La demanda de igualdad e identidad surge, precisamente, para evitar este miedo, ese sentimiento de inferioridad. Nada es mejor, nadie es superior, nadie se siente desafiado, todo el mundo está seguro. Además, si la identidad, si la similitud ha sido conseguida, entonces, las acciones y reacciones de otras personas pueden ser anticipadas. De manera sorprendente, pero no desagradable, emerge un cálido sentimiento gregario de hermandand. Estos sentimientos -el rechazo a la calidad (que necesariamente diverge entre las personas)- explica muchas cosas en relación con el espíritu de los movimientos de masas de los últimos dos siglos. Simone Weil nos dijo que el “Yo” viene de la carne, pero el “nosotros” del diablo.

El otro factor de la identidad es la envidia. La envidia tiene unas raíces psicológicas muy complejas. Subsiste, en primer lugar, el curioso sentimiento de que cualquier cosa que tenga una persona ha sido de alguna manera sustraída de otra persona: “Soy pobre por el es rico”. Estos sentimientos profundos y, a menudo, secretos descansan sobre la premisa de que todas las cosas buenas de este mundo son finitas. En el caso del dinero, o incluso de la tierra en propiedad, esto podría tener alguna verosimilitud (Así se explica la enorme envidia de los campesinos por los activos de otro). Esto, sin embargo, es a menudo inconscientemente extendido a otros valores que no son finitos. Isabel es bella, Eloísa fea. No obstante, la belleza de Isabel no es resultado de fealdad de Eloisa, ni la inteligencia de Bob consecuencia de la estupidez de Tim. La envidia a menudo utiliza un argumento estadístico: No todas nuestras hermanas pueden ser bellas; no todos nuestros hermanos pueden ser inteligentes. ¡El destino me ha discriminado!

El segundo aspecto de la envidia se basa en la superioridad de otra persona en otras materias. Una irascible envidia aparece por la mera soschea de que otra persona se siente superior en su aspecto, cerebro, fuerza, dinero o cualquier cosa. La única manera de compensarlo es encontrar en el objeto de envidia cualidades inferiores: “Es rico, pero malvado”. “Es un triunfador, pero su familia vive miserablemente” Las carencias de la persona envidiada sirven como consuelo: y en ocasiones sirven como excusa para atacar, especialmente si se trata de carencias morales.

En los últimos dos siglos, la explotación de la envidia -y su efervescencia entre las masas- emparejado con el desprecio a los individuos, pero, incluso con más frecuencia, a las clases, razas, naciones o comunidades religiosas, ha sido la clave para el éxito político. La historia de Occidente desde finales del siglo XVIII no puede entenderse sin esta constante en nuestra cabeza. Todos los ismos izquierdistas han insistido en estos tópicos: el privilegio de algunos grupos, objetos de envidia, y, al mismo tiempo, su inferioridad intelectual o moral. No tienen derecho a su preeminente posición, aseguran los hipócritas. Ellos deberían adaptarse, ser idénticos al “pueblo”, renunciar a sys privilegios, conformarse. Si utilizan otro lenguaje, deberían abandonarlo en favor de la lengua común. Si son ricos, sus riquezas deberían ser gravadas con impuestos o confiscadas. Si siguen una ideología impopular, deberían renunciar a ella. Todo aquello especial, esotérico, que no pueda entenderse con facilidad por la mayoría, deviene sospechoso y maligno (como, por ejemplo, el cada vez más abundante arte moderno y “antidemocrático”). Una clase de minoría impopular, que no puede adaptarse y, por lo tanto, está siempre en peligro de ser exiliada, surpimida o masacrada, es la minoría racial.

Dado que -como siempre- la hipocresía es el cumplido del vicio hacia la virtud, la poco estética exhortación hacia la envidia nunca se efectuará públicamente. Las personas o grupos inconformistas, opositores del sagrado principio de la identidad, serán, en cambio, tratados como traidores, y si no es un traidor, desde luego, la mayoría envidiosa le impulsará a serlo (En 1934 algunos judíos alemanes intentaron formar un grupo nazi por su cuenta; ingenuamente consideraron el antisemitismo como una fase preclusiva. Pero ¿puede alguien imaginarse un judío alemán en 1943 que no implorara la victoria aliada? Fueron forzados en esa dirección)

Por lo tanto, ser indiferencia significa ser tratado como, o convertirse, en un traidor. Incluso si la formula, no-conformista/traidor, es expuesta abiertamente, con frecuencia merodea en el fondo de la mente del hombre moderno, abrece o no de manera pública el totalitarismo. ¿Cuánta gente que sinceramente rechaza todos los credos totaliarios suscribiría la famosa frase de San Esteban, Rey de Hungría, quien escribió en su testamento a su heredero San Emerico: “Un reino con solo una lengua y una costumbre es un cosa frágil y estúpida”? Unidad y uniformidad se han fusionado en nuestras mentes.

El encanto moderno por la similitud ha sido estimulado no sólo por la tecnología que produce objetos idénticos (un tipo de coche poseído por medio millón de personas “corrientes”), sino también por la subconsciente comprensión de que similitud está relacionado con simplicidad, y ello lo hace más inteligible para la mayoría, especialmente para las mentes más estrechas. Leyes idénticas, medidas idénticas, lenguaje idéntico, moneda idéntica, educación idéntica, niveles intelectuales idénticos, poder político idéntico (una persona, un voto), idéntico o cuasi-idéntico ropaje (los vaqueros azules maoístas) -todo ello parece altamente deseable. Simplifica las cuestiones. Es más económico. Para algunas mentes resulta incluso “más justo”.

Pero todas estas tendencias identitarias se enfrentan con dos obstáculos: la naturaleza y el hombre (quien es parte de la naturaleza) De los dos, la naturaleza puede de manera más sencilla adaptarse a los patrones identitarios mediante el esfuerzo humano, tal como atestiguan algunos tipos de jardinería o montes que han sido nivelados. Pero hacer encajar al hombre en un molde idéntitario es una tarea más complicada, aunque no del todo desesperante para aquellos que alegremente declaran que “todos los hombre son iguales” y “todos los hombres tienen más similitudes que diferencias”. Todo ello recuerda a Procrusto, el legendario ladrón y sásico griego, quien colocaba a sus víctima en una cama: los que eran demsiado cortos eran estirados y torturados hasta que encajaban, los que eran demasiado largos eran recortados para que cupieran. Procrusto es el precursos de la tiranía moderna.

Sin embargo, inevitablemente, al nivelador se le opone el misterio de la personalidad. Los seres humanos son distintos. Tienen distintas edades, distintos sexos; distinta fuerza física, inteligencia, educación, ambición. Tienen distintos caracteres, distintas diposiciones, distintas clases de memoria; reaccionan de manera diferente a un mismo trato (todo ello se enfrenta con el nivelador) Mientras que el zapatero asume la diversidad como algo natural, se convierte en un dolor de cabeza para el productor en masa de zapatos. Natural para las institutrices o los padres, se puede convertir en un problema insoluble para el profesor en una gran clase. En efecto, los grupos grandes tienden a abandonar parte de su personalidad. El hombre masa tiende a pensar, actuar y reaccionar en sincronía con la multitud (un fenómeno que podría tener una explicación científica)

Precisamente, en este momento, porque la identidad humana es difícil de conseguir, un pobre sustituto ha sido generalmente utilizado. El sustituto es la igualdad -y es igualmente ineficiente.


Primer capítulo del primer libro de Leftism Revisited. Traducción por Juan Ramón Rallo.

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