Todo el mundo necesita libertad para discriminar

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2349235973_e8ce7a571eA raíz de la decisión del Tribunal Supremo que obliga a que los matrimonios del mismo sexo sean legales en todo el país, el New York Times nos dice que «los líderes de los derechos de los homosexuales han vuelto su mirada a lo que ven como la próxima gran batalla: obtener protecciones legales federales, estatales y locales en materia de empleo, vivienda, comercio y otros ámbitos».

En otras palabras, ¡el Estado va a levantar nuevas barreras a la libertad de elección para sustituir a las antiguas que acaban de venirse abajo!

Para oponerse a esas leyes, debería bastar con hacer referencia a la libertad de asociación y a la libertad de usar la propiedad de cada uno como mejor le parezca. Se trata de los principios fundamentales del liberalismo. Una sociedad libre permite todo lo que sea pacífico, y eso incluye el derecho a desvincularse. Por desgracia, estos argumentos parecen estar en vías de desahucio hoy en día.

Así que vamos a profundizar un poco más para entender por qué las leyes contra la discriminación no son beneficiosas para los hombres y mujeres homosexuales, ni para ninguna otra persona. Preservar la capacidad de discriminar permite que el sistema de mercado proporcione retroalimentación [feedback] informativa esencial a una comunidad que pretende utilizar su poder adquisitivo para premiar a sus amigos y, de forma no coercitiva y sin violencia, sancionar a aquellos que no comparten sus valores.

Los consumidores toman decisiones que se basan cada vez más en valores fundamentales. ¿Protege esta compañía el medio ambiente, trata a sus trabajadores de manera justa, apoya las causas políticas correctas? Para tomar estas decisiones —es decir, para discriminar— los consumidores necesitan información.

En el caso de los derechos de los homosexuales, los consumidores necesitan saber quién apoya la inclusión y quién apoya la exclusión. Cortar ese flujo de información mediante una ley anti-discriminación priva a los individuos de datos cruciales para tomar decisiones de compra inteligentes. Por otra parte, dichas leyes eliminan la presión competitiva de las empresas para demostrar (y mejorar) su compromiso con los valores de la comunidad, ya que todas las empresas están, obviamente, obligadas a cumplirlas.

Un mercado que permite la discriminación, incluso la que resulte execrable, permite que el dinero, y consiguientemente el éxito y los beneficios, se dirija hacia aquellos que tienen amplitud de miras, al tiempo que niega el dinero y la rentabilidad a los que no la tienen. De esta forma, el mercado libre estimula actitudes cada vez más tolerantes e incluyentes en la sociedad. El dinero resulta mucho más persuasivo que las leyes.

Tenga en cuenta que estos proyectos de ley sólo le incumben al productor, y no al consumidor. Pero la discriminación es una espada de doble filo. El derecho pueden ejercitarlo aquellos a quienes no les gustan ciertos grupos, pero también éstos últimos pueden ejercitarlo contra los primeros.

Ambos son necesarios y desempeñan una importante función social. Representan formas pacíficas de proporcionar recompensas sociales y económicas a los que dejaron de lado los prejuicios y favorecieron la toma de decisiones inclusiva.

Si yo soy católico y quiero apoyar a las empresas pro-católicas, yo también necesito saber a qué empresas les gustan o no los católicos. Si soy musulmán y quiero que mis dólares apoyen exclusivamente mi fe, necesito saber quién va a servir o no a los musulmanes (o quién dará un mal uso a mis dólares). Si una ley prohíbe que los negocios se nieguen a servir o a contratar a personas en función de su religión, ¿cómo se supone que voy a saber qué empresas merecen mi apoyo?

Es lo mismo con muchas personas gais, que no quieren hacer negocios con empresas que discriminan. Poner en práctica esos valores requiere cierto conocimiento de la conducta empresarial y, a su vez, libertad para discriminar. Nadie sale beneficiado con la aprobación de una ley universal que impone una sola forma de hacer negocios. La obligación vacía de virtud la buena conducta, y permite que las malas motivaciones se oculten bajo el manto de la ley.

Imagine el caso de una capilla de bodas que no aceptase parejas del mismo sexo. Pues bien, esa capilla tampoco obtendría beneficios de esas parejas. Las preferencias mostradas por esa capilla abrirían una oportunidad para la competencia, y una oportunidad de obtener beneficios. Cada capilla encontraría un nicho de mercado, y ahí operaría la ley de la oferta y la demanda. Nadie saldría perjudicado.

Permítanme citar el ejemplo de una experiencia reciente: estaba usando AirBnB para encontrar alojamiento para un amigo que necesitaba una estancia para una semana completa, de modo que estábamos hablando de unos mil dólares. El primer proveedor potencial con el que hablé tenía dudas, y comenzó a hacer una serie de preguntas sobre el país de origen de mi amigo, su etnia y su religión. El propietario del alquiler estaba perfectamente legitimado a hacerlo: es su casa, y no tiene ninguna obligación de abrirla a todos los inquilinos.

Por otro lado, las preguntas me parecieron fastidiosas, incluso ofensivas. Decidí que no quería hacer negocios con aquella persona. Di unos cuantos clics más, cancelé aquella consulta, y encontré otro alojamiento en unos minutos. El nuevo arrendador estaba encantado de alojar a mi amigo.

Yo estaba encantado por dos razones. En primer lugar, mi amigo iba a quedarse en el alojamiento de alguien que realmente lo quería allí, y eso es importante. La imposición nunca es una buena base para las relaciones comerciales. En segundo lugar, pude negarle mil dólares a un hombre que era, en el mejor de los casos, un estrecho de miras y alguien con aversión al riesgo, o, en el peor, un completo fanático.

Declinar hacer negocios con él fue mi pequeña protesta, y me pareció bien. No me gustaría que mi amigo se hubiese quedado en casa de alguien que en realidad no lo quería allí, y yo me sentí bien por no destinar recursos a alguien de cuyos valores desconfiaba.

En esta operación pude ofrecer una recompensa al propietario incluyente y tolerante. Realmente mereció la pena: la propiedad de alquiler ganadora resultó ser perfecta para mi amigo.

Si esto fue posible fue sólo porque el derecho a discriminar en este tipo de transacciones está protegido (por ahora). Quisiera pensar que el hombre que me hizo demasiadas preguntas sintió un poco de remordimiento después de aquello (perdió mucho dinero), e incluso puede que en este momento esté reconsiderando sus actitudes excluyentes. A través de mis propias decisiones de compra, fui capaz de contribuir a la mejora de los valores culturales.

¿Qué habría ocurrido en este caso con las leyes anti-discriminación en vigor? Al hombre no se le habría permitido preguntar por la nacionalidad, la religión y el origen étnico del inquilino. Suponiendo que hubiese mantenido su habitación en el mercado abierto, habría estado obligado por ley a aceptar mi oferta, con independencia de sus propios valores.

En consecuencia, el dinero habría ido a manos de alguien que no siente un gran respeto por mi amigo, a mi amigo se le habría privado de información crucial sobre dónde se estaba metiendo, y yo no hubiera sido capaz de recompensar a alguien por los valores que aprecio.

Esa es precisamente la razón por la que los líderes de los derechos de los homosexuales deberían estar a favor, y no en contra, del derecho a discriminar. Si uno busca crear una sociedad más tolerante, necesita información que sólo una sociedad libre puede proporcionar.

Cada cual necesita saber quién está dispuesto a servir y a contratar a hombres y mujeres homosexuales, de modo que pueda ser recompensado por su amplitud de miras. También necesita saber quién no está dispuesto a contratar y servir, para que la parte de la pérdida en el sistema de pérdidas y ganancias pueda ser usada contra la falta de amplitud de miras. Los empleados y clientes potenciales necesitan saber cómo es presumible que serán tratados por un negocio. Los nuevos productores potenciales necesitan conocer las oportunidades de negocio en nichos de mercado insuficientemente abastecidos.

Si se obliga a todo el mundo a servir y a contratar a los gais, se le niega a la sociedad un importante conocimiento sobre quién tiene o no una mentalidad tolerante en este asunto.

Consideremos el caso prototípico del panadero que no quiere hacer un pastel de bodas para una pareja del mismo sexo. Él está en su derecho. Quien pierde una base de clientes potenciales es él mismo. La pareja también tiene derecho a negarse a dar negocio al panadero. El dinero que podría haber ganado puede redirigirse hacia un panadero que esté dispuesto a hacer ese trabajo. Es igualmente cierto que algunas personas preferirán comerciar con un panadero que esté en contra del matrimonio gay, y también están en su derecho.

Cada acto de discriminación, siempre y cuando sea abierto y legal, ofrece una oportunidad de negocio a otra persona.

¿Cómo funciona todo esto por sí solo en el largo plazo? El comercio tiende a recompensar la inclusión, la amplitud y la liberalidad. Las lealtades tribales, los fanatismos étnicos y religiosos y los prejuicios irracionales son malos para los negocios. Los líderes tribales han solido desconfiar de los comerciantes —desde la antigüedad hasta el mundo moderno— precisamente porque los artesanos y los comerciantes tienden a romper las barreras entre grupos.

Podemos observar esto mismo en la historia de América tras el fin de la esclavitud. Negros y blancos se integraron cada vez más a través del intercambio comercial, especialmente con el avance de la tecnología del transporte y el incremento de los sueldos. Por eso los racistas hicieron cada vez más esfuerzos para que fuese el Estado quien lo prohibiese. Las leyes de zonificación, la regulación del salario mínimo, la segregación obligatoria y la concesión de licencias de trabajo fueron todas estrategias empleadas para mantener las razas separadas, aun cuando el mercado estaba impulsando la integración.

Los mercados provocan una tendencia irresistible a unir a la gente, a romper con los prejuicios y a persuadir a la gente de los beneficios de la cooperación sin distinción de clase, raza, religión, sexo/género, u otras distinciones arbitrarias. Lo mismo es, obvia y especialmente, cierto para el caso de la orientación sexual. Es el mercado el que premia a las personas que dejan a un lado sus prejuicios y buscan ganancias a través del comercio.

Este es el motivo por el que los Estados aficionados a las políticas de odio y racistas siempre recurren a la violencia para controlar el mercado. Ludwig von Mises, que era judío, y que fue víctima de numerosas discriminaciones a lo largo de toda su vida, ha explicado que esta era la base de la política económica nazi. El mercado fue el blanco de los nazis, porque las fuerzas del mercado no saben de raza, religión o nacionalidad.

«Muchas décadas de propaganda antisemita intensiva —escribía Mises en 1944— no lograron impedir que los alemanes arios comprasen en tiendas de dueños judíos, que consultasen a médicos y abogados judíos, y que leyesen libros de autores judíos”. Así que los racistas recurrieron al Estado totalitario —cerrando y confiscando negocios judíos, expulsando académicos judíos y quemando libros judíos— para envilecer las relaciones sociales y económicas entre razas en Alemania.

El mayor enemigo de las poblaciones marginales y discriminadas es, y siempre ha sido, el Estado. La economía de mercado es la mejor esperanza para la promoción de los derechos universales y de la cultura de la tolerancia. El mercado es el arma más poderosa jamás concebida contra el fanatismo —pero, para que funcione correctamente, el mercado necesita sistemas de señales que se basan en la libertad de elección de los individuos para actuar según sus valores.

Y, por supuesto, el mercado también puede proporcionar una opción para las personas que desean retroceder a un conjunto diferente de valores, tal vez arraigado en preocupaciones religiosas tradicionales. Hobby Lobby, Chick-Fil-A e In-and-Out Burger, entre otros muchos, promueven abiertamente su misión religiosa a través de su negocio, y su base de clientes se dirige hacia ellos precisamente por ese motivo. Esto también es algo bueno. Es mucho mejor que estas contiendas tengan lugar en el mercado (donde rige la elección), que en política (donde rige la fuerza).

Tratar de amañar ese mercado eliminando la elección de consumidores y productores perjudica a todo el mundo. Las leyes anti-discriminación proporcionan más opciones, pero a costa de opciones más informadas. Tales leyes convierten el fanatismo en algo forzosamente clandestino, acaban con las oportunidades para recompensar de forma especial la tolerancia, y desactivan el proceso de aprendizaje social que conduce a una sociedad cada vez más inclusiva.

Una ley nueva no supone un atajo hacia la equidad y la justicia; hace que desaparezcan oportunidades para hacer del mundo, paso a paso, un lugar mejor.


Publicado el 4 de julio de 2015 en liberty.me, traducido por Jon Rouco, el artículo original  se encuentra aquí.

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