James Champlin: Un defensor temprano del libre comercio

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[ShippingEste artículo está adaptado de un discurso realizado en la Conferencia de Investigación de Economía Austriaca en el Instituto Mises]

Aunque hoy la mayoría de los economistas ven generalmente los beneficios del libre comercio, no es así en el caso del ámbito político. Por ejemplo, los izquierdistas comprometidos con sindicatos apoyan medidas proteccionistas para mantener los votos que vienen de sus mayores votantes. Entretanto, los conservadores son una mezcolanza y los “mejores” conservadores son a menudo los peores en lo que se refiere a libre comercio.

Críticos conservadores del libre comercio

Paul Craig Roberts ha calificado al librecambismo como “un culto sin pensamiento que permite a unos pocos avariciosos destruir la posición económica de Estados Unidos para su propia ganancia”. Afirma que “la condiciones necesarias conocidas para que el libre comercio sea mutuamente beneficioso no se dan en el entorno actual en el que los factores de producción son tan móviles, si no más, que los bienes comerciales”. Tom Fleming, de Chronicles, ha declarado que los librecambistas son “socialistas internacionales hasta el tuétano de sus huesos”. Greg Kaza, que ha acudido a veces a esta conferencia, ha criticado en Chronicles a quienes “ignoran el éxito de la política comercial autárquica de EEUU durante la presidencia de Thomas Jefferson”, que “frustró” y “retrasó” la guerra que llegó en 1812. Otro escritor de la revista lamenta “el compromiso ideológico porfiado con el libre comercio” de los estadounidenses. Mi amigo Pat Buchanan atribuye al proteccionismo en el siglo XIX el hacer de Estados Unidos “la mayor potencia industrial que el mundo haya visto”. El programa del Partido de la Constitución sostiene que “el gobierno de Estados Unidos ha aplicado una política de libre comercio que ha destruido o puesto en peligro a importantes segmentos de nuestra agricultura e industria nacionales, rebajado los salarios de nuestros trabajadores y trabajadoras y destruido o externalizado totalmente los trabajos de cientos de miles de trabajadores”.

Algunos oponentes conservadores al libre comercio afirman que se limitan a hacer una distinción entre libre comercio y acuerdos comerciales dirigidos por el gobierno o el “programa librecambista”.

Esto es especialmente cierto en la revista The New American, una revista en la que he escrito muchos artículos. Los artículos de la revista a menudo lamentan el declive de los trabajos en manufacturas, el estancamiento de los salarios, la pérdida de trabajos bien pagados, el cierre de fábricas, el encogimiento de la clase media, el desvanecimiento del sueño americano, la reducción del nivel de vida y el éxodo de empresas y trabajos a China y México. De esto se acusa a menudo a la convergencia de la globalización, la externalización, la extranjerización, las excesivas regulaciones públicas, los déficits comercialesel gran gobierno, los altos impuestos a las empresas, el Export-Import Bank, la política de inmigración y los acuerdos comerciales multinacionales. Sin embargo, el concepto de libre comercio a veces se desdeña oblicuamente y en ocasiones explícitamente.

Un artículo en particular (aunque disciernen correctamente el estatismo inherente en el mercantilismo) explica cómo los acuerdos comerciales multinacionales como el NAFTA conllevan regulación pública del comercio, describe la teoría de la ventaja comparativa articulada por David Ricardo y señala cómo incluso Adam Smith hizo excepciones a los principios librecambistas que defendía, pero también menosprecia a “los puristas del libre comercio”, el “monstruoso déficit comercial” de Estados Unidos y la “fe ciega en un libre comercio sin restricciones”. Como la mayoría de los consumidores son también trabajadores”, escribe el autor, “no hay garantías de que, bajo el libre comercio, ganen más como consumidores de lo que pierden como trabajadores”. Ni siquiera evita usar la palabra con “P”: “Como no hemos estado dispuestos a proteger diversos sectores manufactureros, Estados Unidos ya no puede producir bienes en cantidades suficientes como para compensar la cantidad de bienes que importa”.

El proteccionismo está vivo y coleando hoy. Igual que lo estaba en el siglo XIX.

La crítica del proteccionismo de Champlin

Mientras Richard Cobden y John Bright defendían entonces el libre comercio en gran Bretaña, el principio fue presentado en Estados Unidos por lo que parece una fuente improbable: un ministro baptista.

James Tift Champlin nació en Colchester, Connecticut, en 1811.Se unió a una iglesia baptista con 14 años. Entró en la Universidad de Brown en 1830, donde su presidente Francis Wayland, le impresionó enormemente. Decía Champlin: “Admiraba enormemente al hombre y recibí una gran inspiración de su vida, sus enseñanzas y especialmente sus sermones en la iglesia y sus discursos cortos y concisos a los alumnos en la capilla”.

Para entender a Champlin, primero debemos echar un vistazo a Francis Wayland.

Wayland era al mismo tiempo un autor, un predicador, un maestro, un pastor y un administrador. Se convirtió en presidente de la Universidad de Brown en Providence, Rhode Island, en 1827, cargo que ocupó hasta 1855. En 1837, Wayland escribió una de las obras más importantes pero olvidadas durante mucho tiempo de economía política del siglo XIX. The Elements of Political Economy se basa en principios económicos sólidos y profundos con un énfasis en la acción humana. Wayland era un defensor radical de la propiedad privada, los mercaderes, los vendedores al por menor, los intermediarios, los prestamistas y el liberalismo clásico.

Después de graduarse en 1834 y probar en la enseñanza, James Champlin volvió a la Universidad de Brown como graduado residente y fue nombrado tutor en la universidad en 1835. En 1838 aceptó el pastorado de la Primera Iglesia Baptista de Portland, Maine, y fue ordenado. En 1841, fue elegido catedrático de leguas extranjeras en el Waterville College en Waterville, Maine, que sigue existiendo hoy como Colby College. Después de publicar varias obras clásicas, recibió el doctorado honorario de divinidad de la Universidad de Rochester en 1855 y lo mismos de la Universidad de Brown en 1860. En 1857, Champlin se convirtió en presidente de la universidad y catedrático de moral y filosofía intelectual. Durante este periodo, publicó libros de filosofía, ética y, lo más notable,  Lessons on Political Economy en 1868. Después de su jubilación, publicó un tomo de Selections from Tacitus y una obra enorme sobre la Constitución de EEUU. Murió en 1882.

Champlin también escribió en periódicos confesionales. Un artículo e particular, “Libre comercio y protección” es la base de este discurso. Fue publicado en The Baptist Quarterly en octubre de 1873. Era una revista trimestral baptista publicada por la American Baptist Publication Society en Philadelphia de enero de 1867 a octubre de 1877. He leído los contenidos de todos los números. La enorme mayoría de los artículos son solo lo que se esperaría encontrar en una revista teológica. Es sorprendente que Champlin fuera capaz de publicar este artículo puramente secular en defensa del libre comercio en una revista así.

Champlin aprecia la peculiar naturaleza de su artículo y justifica su inclusión en una revista religiosa en sus comentarios introductorios. Porque es verdad para las personas que una autoestima ilustrada “con respecto a los derechos de otros, y también a su bien, siempre que su bien no entre en conflicto con el nuestro, es el único principio sólido sobre el que pueden llevarse a cabo los negocios”, esto debe también “ser verdad para las naciones”. Por tanto, “la política pública de un gobierno debería por tanto buscar promover los verdaderos intereses de el mayor número posible de sus súbditos y nunca puede estar justificada en buscar promover los de una mera minoría”. Champlin dice luego que no pide disculpas “por ocupar unas pocas de estas páginas para explicar algunas de las principales doctrinas de la escuela proteccionista de economistas políticas”. Razona: “Si estas doctrinas resultan favor los intereses de la mayoría, que sigan en vigor; si no, que caigan”.

Champlin presenta cuatro “máximas” de la escuela proteccionista:

  1. El estímulo de los impuestos protectivos es necesario para desarrollar ciertas manufacturas y empresas industriales que son esenciales para la independencia nacional y por tanto es una buena política para un gobierno fijar esos impuestos a la importación de aquellos artículos extranjeros que compiten naturalmente con estas manufacturas.
  2. Un arancel protectivo puede al principio aumentar el precio de los artículos protegidos, pero esto se ve más que compensado por la gran reducción en precios que sin duda se producirá debido a esa protección.
  3. Ciertas manufacturas, habiendo aparecido así por los aranceles protectivos, tienden a introducir otras, aumentar el capital desarrollar los recursos del país y dar ocupación para las distintas clases de una comunidad.
  4. Como otras naciones protegen sus manufacturas favoritas poniendo un arancel sobre artículos similares importados de nuestro país, deberíamos en represalia, o por autodefensa, proteger a nuestras manufacturas favoritas de la misma manera.

Con respecto a la primera máxima proteccionista, el argumento de la independencia económica, Champlin reconoce que es “una de las más aceptables” y “una de las más sostenibles” al tener “un poco de verdad en ella”. Incluye en ella, sin mencionarlo concretamente, los que podríamos llamar argumentos de las industrias jóvenes y de la defensa nacional. Sin duda porque el propósito no declarado de proteger a las industrias jóvenes es que pueda lograrse la independencia económica en algún sector, lo que es importante porque un país no quiere encontrarse a merced de otro en tiempo de guerra.

El problema del cálculo económico

Sin embargo, Champlin cree que la intervención pública en algún sector concreto es dañina, antinatural e ineficaz. Pregunta: “¿Puede el pensamiento de un rey o un parlamento ser una guía más segura para un pueblo en sus negocios, que el pensamiento combinado de toda la nación, cada uno familiarizado con su propia esfera de operaciones y teniendo un interés personal directo en el éxito de su propio trabajo?” Dice que “el gobierno no añade nada a la riqueza de la comunidad: solo otorga a unos pocos los que ha obtenido primero de
los muchos”. Champlin también señala la relación entre el libre comercio y la paz: “Al confiar su industria los que pueden producir más barato y mejor e intercambiar sus excedentes con otras naciones, un pueblo está siguiendo el camino más eficaz para evitar la guerra, ya que las naciones que comercian entre sí tienen un interés común en mantener la paz”.

Champlin rechaza la segunda máxima proteccionista por ser un argumento post hoc “poco sólido”. La sucesión temporal no es necesariamente evidencia de relación causal. La reducción del precio de un bien debido “maquinaria mejorada y mayor familiaridad con el negocio” después del aumento inicial en el pecio de un bien debido a la adición de un arancel proteccionista es una posibilidad. “Pero”, dice Champlin, adscribir este proceso de abaratamiento al efecto del arancel es sencillamente absurdo”, porque “el efectivo de un arancel protectivo, en todo periodo subsiguiente, debe ser sustancialmente el mismo” que cuando se “estableció por primera vez”. Los proteccionistas están olvidando que “en el progreso de las artes industriales, casi todos los procesos de producción se abaratan progresivamente, no solo en una, sino en todas las naciones progresistas”. Champlin pregunta si “no cabe suponer” que “aquellas naciones extranjeras que estén familiarizadas con la manufactura” de un bien y “suministraban previamente” al mercado de EEUU antes de que un arancel aumentara el precio del bien “puedan haber abaratado el proceso en al menos una proporción igual de grande”. Concluye que “aquellos interesados en proteger las manufacturas están siempre ansiosos de mantener la protección” porque esto de hecho aumenta el precio del bien a proteger.

¿Es estímulo o mala inversión?

La tercera máxima proteccionista explicaba por Champlin es el argumento del estímulo económico. Empieza cuestionando su premisa básica de que los aranceles pueden introducir manufacturas al principio. “Los aranceles”, argumenta, “no crean deseos, ni aumentan la sagacidad de los hombres”. Aunque reconoce que diversos sectores necesitan y dependen mutuamente unos de otros, y reconociendo las mejoras graduales que han ocurrido en la manufacturación, CHamplin deja claro que ninguna de estas cosas puede atribuirse a los aranceles protectivos. “ya que”, señala, “todas las grandes ramas de las manufacturas ya tuvieron un buen inicio en nuestro país antes de que se pensara en la protección”, “¿cabe suponer que, con un pueblo como el nuestro, no vamos a ir mejorando constantemente sin ninguna ayuda del gobierno?” Los aranceles que “inducen a los hombres a dedicarse a ciertos tipos de manufacturas antes de que sean realmente rentables” no “aumentan el capital del país”. Es la producción rentable la que enriquece una nación” y siempre que cualquier sector de la industria prometa ser rentable, es seguro que los hombres la descubrirán y no necesitarán el estímulo de un arancel protectivo para dedicarse a él”. Decir que el proteccionismo ha aumentado nuestra riqueza “es la cumbre de la tontería”. Suponer que los estadounidenses “con tantos recursos a su alcance puedan haber sido en algún grado considerable dependientes de los aranceles protectivos para su posición avanzada en las artes de la producción, es la cosa más absurda imaginable”. Los estadounidenses han obtenido su posición “a pesar de esos aranceles, que simplemente han transferido dinero de las manos de una clase a las de otra”.

La última máxima proteccionista refutada por Champlin es el argumento de la represalia. Usando el sencillo ejemplo de dos comunidades separadas por un río con el terreno propicio para cultivar fresas a un lado y melones al otro, Champlin explica cómo la introducción de un arancel protectivo, incluso por una comunidad, daña a ambos y como un arancel de represalia solo añade el insulto a la injuria. Concluye que “aunque se reconociera a ambos como un principio natural y encomiable dañar a otros en represalia, difícilmente se consideraría ni natural ni encomiable dañarse a sí mismos, solo por hacerlo”. Y aparte, dice Champlin: “Para hacer cumplir la ley obtener un beneficio tan tentador y evitar el contrabando, habrá que establecer más aduanas a lo largo de las orillas del río que las separa, con funcionarios adicionales y una fuerza de policía mayor a su mando.

Champlin concluye su defensa puramente secular del libre comercio con la reflexión de que todas las máximas proteccionistas “no son sólidas”. Un arancel protectivo “es un método antinatural, innecesario, indirecto y desperdiciador para animar la producción nacional, igualmente hostil para los intereses del país en el que existe y para la armonía del mundo”. Y quiero concluir refiriéndome una vez más al artículo de la revista The New American que destacaba antes, El autor dice que la teoría de la ventaja comparativa es “el eje que mantiene juntos todos los argumentos habituales que apoyan el libre comercio”. Creo más bien que el eje es la libertad. Como escribía Edmund Burke ya en 1795: “El libre comercio no se basa en la utilidad, sino en la justicia.


Publicado originalmente el 12 de mayo de 2016. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

 

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