La abolición de la guerra

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[Capítulo 14  «El Mercado Para la Libertad»].

Hace algunos siglos, la devastación producida por las pestes y las hambrunas periódicas era aceptada, aunque hoy parezca inconcebible, como parte normal e inevitable de la existencia humana; se las consideraba como visitas de un Dios indignado o como una de las formas de la Naturaleza para eliminar el “exceso de población”. Hoy en día, pese a que se han escrito volúmenes enteros llenos de frenéticas y esperanzadas exhortaciones para la paz, mucha gente acepta la necesidad de las guerras de la misma manera irreflexiva; o por lo menos piensa que las guerras serán necesarias por el resto del futuro previsible. ¿Son las guerras una parte ineludible de la sociedad humana? Y si no lo son, ¿por qué los años y años de negociaciones, las páginas y páginas de teorías, los solemnes tratados y uniones de naciones y la corriente ininterrumpida de esperanzadas y piadosas plegarias no han logrado que la paz fuera posible? Después de todas las conversaciones, planificaciones y esfuerzos, ¿por qué nuestro mundo está tan lleno de conflictos, más brutales y peligrosos que nunca?

La guerra es una especie de violencia y la causa fundamental de la violencia es lacreencia de que es correcto, práctico o necesario que los seres humanos inicien el uso de la fuerza unos contra otros; que la coerción es permisible e incluso ineludible en las relaciones humanas. En la medida en que los hombres crean en la practicidad y conveniencia de iniciar la fuerza contra otros hombres, estarán acosados por los conflictos. 

a guerra es una clase muy especial de violencia; es un “conflicto armado, abierto, entre países o facciones dentro del mismo país” (Webster). Significa un uso organizado de la fuerza en la mayor escala posible y una devastación de envergadura y rigurosidad tales que no puede compararse con ninguna otra catástrofe provocada por el hombre. Un conflicto tan cuidadosamente organizado, masivo y deliberadamente destructivo no puede explicarse por la simple creencia de los hombres en la permisibilidad de iniciar el uso de la fuerza unos contra otros. Tiene que haber otro factor en las creencias e instituciones humanas que cause que millones de personas hagan un esfuerzo semejante para la destrucción y el sojuzgamiento de otros millones de personas.

En su búsqueda de las causas de la guerra los hombres le han echado la culpa a todo, desde una supuesta depravación natural humana, hasta las “necesidades dialécticas de la historia”. Por lo común el chivo expiatorio más popular ha sido “El Gran Negocio”. Se habla de especuladores que se benefician con la guerra, de imperialismo económico y del complejo militar-industrial, también se ha dicho que los hombres de negocios necesitan las guerras de conquista para ganar mercados.

Es perfectamente cierto que en nuestra sociedad actual existe una alianza fascista entre el gobierno y muchas empresas y que esta liga tiene, como resultado, el complejo militar-industrial-universitario que apoya firmemente al gobierno y a sus políticas imperialistas. La cuestión es: ¿cuál es la causa de esta alianza non sancta? ¿Es la perversión de un gobierno normalmente pacífico y no agresivo por empresarios codiciosos o es la perversión de las empresas por el gobierno?

El complejo militar-industrial se produjo como resultado del poder gubernamental para usar el método del palo y la zanahoria con el fin de dirigir los negocios (método éste que es simplemente parte de los esfuerzos de los políticos para dirigir a todos). Como palo los políticos usan leyes anti monopolio, leyes de comercio interestatal, leyes que regulan la pureza de ciertos alimentos, leyes sobre medicamentos, leyes para licencias y toda una multiplicidad de otras prohibiciones y legislaciones regulatorias. Hace muchos años, el gobierno logró promulgar una legislación regulatoria tan compleja, contradictoria, vaga y omni abarcadora que los burócratas podían multar y encarcelar a cualquier hombre de negocios y destruir su empresa, sin importar lo que hubiera hecho o lo mucho que hubiera tratado de cumplir la ley. Esta chicana legal les da a los burócratas un control de vida y muerte sobre toda la comunidad empresaria, control que pueden ejercer, y que de hecho ejercen, a su antojo, contra el cual sus víctimas casi no tienen defensa.

La zanahoria que ofrecen los políticos son importantes y lucrativos contratos gubernamentales. Al mutilar la economía con sus regulaciones y al desangrarla  mediante sus impuestos, el gobierno drásticamente ha cercenado del sector privado un número de contratos convenientes y rentables disponibles, lo cual obliga a muchos empresarios a obtener del gobierno dichos contratos gubernamentales o quedarse sin nada. Los empresarios, para permanecer en el negocio, deben obtener ganancias y muchos de ellos han simplemente aceptado esos contratos ya sea sin profundizar en cuestiones éticas o con el reconfortante pensamiento de que están siendo patriotas. El control gubernamental de los negocios usando el método del palo y la zanahoria ha venido sucediendo durante tanto tiempo que la mayoría de los empresarios lo aceptan como normal y necesario (así como la mayoría de la gente considera normales y necesarios los impuestos).

Durante los últimos cien años más o menos, muchos empresarios cortos de vista han contribuido al crecimiento de semejante fascismo. Los grandes industriales que vieron la intervención del gobierno como una forma rápida y fácil de eliminar la amenazadora competencia y obtener ventajas no ganadas, estuvieron a menudo a la vanguardia de las fuerzas que exigían la regulación y el control del mercado. El gobierno, después de todo, es un instrumento de la fuerza. Puede ser utilizado por cualquiera que logre hacerse de su control temporario para extorsionar  y obtener ventajas a expensas de sus semejantes. Los empresarios han hecho uso de este instrumento de fuerza como también lo han hecho los líderes sindicales, los planificadores sociales, los racistas, los religiosos devotos y muchas otras fuerzas sociales. En tanto exista dicha institución de la fuerza organizada, los individuos y los grupos de presión la utilizarán, si no para obtener una ventaja injusta, por lo menos para protegerse de otros buscadores de ventajas.

La actual alianza fascista entre el gobierno y el empresariado, que es definitivamente agresiva e imperialista, es una alianza forzada por el gobierno y por aquellos que utilizan el poder gubernamental para extorsionar y sacar ventaja sobre las víctimas legalmente desarmadas. En el caso de separarlos, ¿cuál de los socios de esta alianza sería el agresivamente malicioso e imperialista? La causa fundamental de las agresiones ¿es el empresariado o es el gobierno? 

El empresariado, cuando se lo separa del gobierno, no sólo no es imperialista sino que se vuelve fuerte e intransigentemente en contra de la coerción. Los hombres que comercian no tienen nada que ganar y todo para perder con la destrucción. Las guerras de conquista no ganan mercados para el empresariado. El efecto más significativo de la guerra sobre los mercados es el daño y la destrucción,  matando y empobreciendo a multitudes de personas y perturbando la vida económica de regiones enteras. La empresa privada gana mercados por la excelencia de sus productos en el comercio competitivo; no tiene nada que ganar con el imperialismo. 

 Tampoco el empresariado en su conjunto gana especulando con la guerra. Las guerras son costosas y la carga de soportarlas cae pesadamente sobre el empresariado, tanto en forma directa o porque quita de los bolsillos del consumidor el dinero dispuesto para ser gastado. La enorme cantidad de dinero derramada para sostener una guerra se va para siempre sin traer ningún retorno económico. Después de haber hecho estallar bombas por valor de cien mil dólares, nada queda para mostrar, excepto otros cien mil dólares de cráteres y escombros. Por consiguiente, las ganancias obtenidas por los fabricantes de municiones y los proveedores del gobierno, son más que absorbidas por las pérdidas que sufre el empresariado en su conjunto. Esos pocos que amasan fortunas inmensas debido a la guerra, no lo hacen porque son empresarios que operan en un mercado libre, sino porque tienen influencias políticas. Las inmensas ganancias que logran especulando con la guerra, perjudican a todos los productores (como también al público consumidor), dañando a la economía en su conjunto.

 El empresariado es un opositor natural a la guerra, porque los empresarios son comerciantes y no se puede comerciar mientras caen bombas. Un industrial no puede ganar nada con las ruinas y la pobreza, que son los principales resultados de la guerra. Además, los empresarios son los productores en una sociedad y son siempre los productores los que tienen que pagar las cuentas.

No es el empresariado el que gana con la guerra, sino el gobierno. Las guerras exitosas dejan a los gobiernos con más poder (sobre sus propios ciudadanos y sobre los de las naciones conquistadas), más dinero (en forma de botín, tributos e impuestos) y más territorio. Cuanto más totalitario es un gobierno, mayor es el botín que intenta obtener a partir de las guerras que emprende. Todos los gobiernos, aun los relativamente limitados, se benefician con grandes cantidades de poder y saqueo provenientes de guerras exitosas. Aparte de esto, la guerra resulta a menudo ideológicamente útil para unir al pueblo en pos del gobierno, con el fin de enfrentar a un “enemigo común”. La gente está dispuesta a hacer más sacrificios y ofrece menos resistencia si cree que está en peligro de ser aplastada por los terribles soviéticos (o los chinos rojos, o los alemanes, o los japoneses ¡o los “enemigos comunes” ad nauseam!).

Las guerras son iniciadas y llevadas adelante por los gobiernos. Los gobiernos, no los individuos privados, provocan conflictos masivos mediante acumulaciones de armamento y tomas territoriales imperialistas. Son los gobernantes, no los hombres de negocios ni los ciudadanos, los que declaran guerras, reclutan soldados y recaudan impuestos para sostenerlas. No hay ninguna organización de la sociedadcapaz de sostener (o financiar) una guerra de agresión, excepto el gobierno. Si nohubiera gobiernos, seguiría habiendo agresores individuales y posiblemente pequeñas bandas, pero no podría haber guerra.   

Cuando uno considera la naturaleza del gobierno, no es sorprendente que los gobiernos sean el origen de una guerra. Un gobierno es un monopolio coercitivo, una institución que debe iniciar la fuerza contra sus propios ciudadanos para poder tan sólo existir. Una institución edificada sobre la fuerza organizada, necesariamente cometerá agresiones y provocará conflictos. Todas las guerras son, en el análisis final, guerras políticas. Se lucha para dirimir quién va a ser el que va a gobernar.

Por lo tanto, para abolir la guerra no es necesario intentar la imposible tarea de cambiar la naturaleza del hombre para que no pueda elegir iniciar la fuerza contra otros; lo único que hace falta es abolir los gobiernos. Esto no significa que con el establecimiento de una o varias sociedades de laissez-faire las guerras se terminarán inmediatamente, porque mientras quede un gobierno potente y viable, la amenaza de guerra permanecerá en pie y las áreas libres necesitarán mantenerse en guardia. Si una sociedad de laissez-faire se hiciera realidad a lo largo del mundo civilizado, la guerra dejaría de existir. ¿Hay alguna esperanza práctica que una situación de este tipo, sin gobiernos y sin guerras, llegue a existir a lo largo del mundo a partir del establecimiento de un área libre? Para responder esta pregunta será necesario examinar los efectos que ejercería una sociedad de laissez-fairesobre el resto del mundo.

Una sociedad de laissez-faire no podría tener “relaciones exteriores” con las naciones del mundo en el mismo sentido en que las tiene un gobierno, porque cada habitante sería un individuo soberano que sólo hablaría por sí mismo y no en nombre de un conjunto colectivo de sus semejantes. A pesar de esto, una sociedad de laissez-faire tendría un efecto profundo e ineludible sobre el resto del mundo como resultado de su mera existencia.

Una sociedad de laissez-faire, por virtud de su libertad, sería superior a cualquier sociedad gubernamental en tres áreas económicas clave: la investigación científica, el desarrollo industrial y el sistema monetario. Es obvio que cuanto más libres sean los hombres para perseguir intereses no coercitivos, para percibir las recompensas de su investigación y para ser dueños plenos de cualquier propiedad así ganada, más esfuerzo inteligente dedicarán a la investigación y más descubrimientos serán realizados. Como el mercado sólo recompensa la investigación productiva, lasociedad libre evitaría el tremendo despilfarro de esfuerzos y recursos inherentes a los programas de investigación patrocinados por el gobierno. De manera similar, la libertad proporciona el mayor incentivo para el desarrollo industrial, porque cualquier interferencia del gobierno constituye una distorsión del mercado. En lo que respecta al sistema monetario, la moneda gubernamental rara vez está exenta de problemas durante mucho tiempo. Cuanto más estrechamente se la controla, más profundos y desconcertantes se tornan esos problemas. No es exagerado decir que en una sociedad industrial moderna, toda entidad bancaria que operara en el mercado libre y emitiera moneda en competencia con otras entidades similares no se atrevería a experimentar con el tipo de políticas fiscales desastrosas y absurdas en que se meten continuamente los gobiernos. En el mercado libre, cualquier empresa que emitiera una moneda tan poco confiable, como las que emite la mayoría de los gobiernos, sería rápidamente expulsada del negocio por sus competidores financieramente más confiables. 

En síntesis, los hombres libres pueden y van a construir una economía más fuerte que aquellos que están gravados, acosados, regulados, legislados, obligados, es decir, sometidos a algún grado de la esclavitud por los gobiernos. Aun hoy puede verse cómo funciona este principio en el contraste entre fuerzas económicas en las naciones totalitarias del bloque comunista, totalmente controladas por el gobierno y las naciones occidentales menos esclavizadas. A pesar de la propaganda soviética en contrario y de las adulaciones de los partidarios occidentales del estatismo, la economía de los países comunistas está continuamente acosada por la mala administración, la escasez crítica, la mala calidad de los productos, las crisis agropecuarias, el desempleo severo y la confusión general. El “rápido crecimiento económico” de Rusia no es más que un mito.1 En realidad, es extremadamente dudoso que la tiranía comunista hubiera podido sobrevivir sin la sustancial ayuda económica de los gobiernos occidentales, en especial, de los Estados Unidos.2

La economía norteamericana, aunque debilitada por las interferencias gubernamentales, estafada por las políticas de “ayuda exterior” en miles de millones de dólares, todavía se las arregla para sobrepasar por lejos a la tambaleante economía de la Unión Soviética, aunque ésta haya obtenido de los países europeos conquistados y de la ayuda gubernamental norteamericana fábricas enteras, multitud de técnicos, ríos de bienes estratégicos y cargamentos de productos alimenticios. Una comparación entre las economías norteamericana y soviética, da una pista de la vasta superioridad que tendría una economía de laissez-faire sobre una economía no libre. Y la fuerza militar está basada necesariamente en la fuerza económica.

Como consecuencia de su fuerza económica, una sociedad de laissez-faireejercería un profundo efecto sobre las naciones del mundo aunque no tuviera un gobierno que formulara y llevara adelante una política exterior. En primer lugar, la existencia de un área libre haría que el resto del mundo experimentara una fuga de cerebros de proporciones tan tremendas que haría que la que corrientemente preocupa a los británicos parezca risible en comparación. A medida que la economía de la sociedad de laissez-faire se expandiera en forma casi explosiva como respuesta a la libertad, generaría una gran demanda de hombres de inteligencia y capacidad y podría ofrecer a dichos hombres más –en términos de dinero, condiciones ideales de trabajo, oportunidades de asociarse con otros hombres capacitados, y, lo más importante, libertad– que cualquier otra sociedad controlada por el gobierno. En todas las naciones, los productores querrían mudarse a la sociedad de laissez-faire. Muchos no se limitarían a ir ellos solamente, sino que trasladarían la totalidad de sus empresas al área libre; se darían cuenta que al evitar los impuestos y las regulaciones podrían obtener mayores ganancias aun si tuvieran que pagar gastos de flete adicionales y mayores salarios. En el área libre, una afluencia de negocios semejante provocaría una elevada demanda de mano de obra competente, lo que haría subir los salarios. También provocaría una dependencia económica de las naciones que perdieron productores y empresas, respecto de la sociedad de laissez-faire, para conseguir los bienes y servicios necesarios y, por tanto, serian reacias a atacarla.

Los gobiernos serían incapaces de ofrecerles a los hombres capacitados de sus países lo suficiente para impedir que emigren masivamente hacia  las excitantes oportunidades de la sociedad de laissez-faire. Si quisieran retenerlos, tendrían que recurrir a la fuerza, tal como hoy en día lo hacen los países que están detrás de la cortina de hierro. La experiencia en estos países ha demostrado que los hombres capacitados no trabajan bien bajo constreñimiento. Una fuga de cerebros de esta magnitud constituiría una verdadera hemofilia que debilitaría a las naciones del mundo. La única respuesta que los gobiernos podrían dar a esta situación sería instituir medidas restrictivas –un pasaje a la tiranía que también sería paralizante– o disolverse (lo cual es improbable, si se tiene en cuenta la naturaleza de la política).

Sin embargo, la fuga de cerebros no es la única hemofilia que experimentarían los gobiernos  del mundo a medida que sus ciudadanos advirtieran las oportunidades que les brindaría el área libre; también habría una fuga de capitales. Los inversores siempre tratan de colocar sus capitales en áreas de máxima ganancia y mínimo riesgo (o sea, mínima incertidumbre futura). Una de las mayores causas de incertidumbre futura es el poder de los burócratas para emitir caprichosamente directivas y regulaciones. Esto significa que los negocios en una sociedad delaissez-faire estarían a la cabeza de la lista de inversiones atractivas para los inversores de todo el mundo. La fuga de capitales, así como la fuga de cerebros, fortalecería al área libre a expensas de las naciones; también en este caso, la única respuesta que podrían dar los gobiernos sería una legislación más restrictiva, lo que debilitaría aún más sus economías, o disolverse.

La existencia de una sociedad de laissez-faire también tendría un profundo efecto sobre los sistemas monetarios gubernamentales. Por lo general, los gobiernos debilitan sus monedas incurriendo en prácticas inflacionarias. Lo hacen porque la inflación es una especie de impuesto encubierto que les permite gastar más de lo que recaudan, al inyectar dinero extra en la economía; de este modo roban una parte del valor real o supuesto de cada unidad monetaria ya existente en ella. A medida que la carga impositiva se hace más opresiva, pocos gobiernos pueden resistir la tentación de eludir las protestas de los ciudadanos recurriendo a la inflación. Entonces protegen sus débiles monedas de la devaluación, en la medida de lo posible, mediante acuerdos internacionales que fijan el valor relativo de las monedas y obligan a las naciones a prestarse ayuda recíproca en las crisis financieras. En cierto sentido, la mejor protección que tiene una moneda inflada es el hecho que todas las demás monedas importantes del mundo también lo están. En una sociedad libre, las monedas, sujetas a las leyes del mercado, no podrían estar infladas (las que lo estuvieran serían expulsadas del libre mercado para ser sustituidas por las sanas). Como es natural, quienes poseen capital desean mantenerlo a cubierto con la moneda más sana disponible, por lo cual venderían las monedas gubernamentales y comprarían las del mercado libre. Esta acción, por sí misma, debilitaría aún más a las economías gubernamentales, porque provocaría una devaluación de facto de sus monedas. Muy bien podría precipitar una serie de crisis financieras casi fatales entre las naciones. En consecuencia, un gobierno tendría que elegir entre mantener una moneda sana, para lo cual se necesita una estricta limitación de las funciones gubernamentales o intentar resguardar su moneda mediante un muro de legislación restrictiva que paralizaría su economía y, a lo sumo, no haría más que posponer su colapso.

Estos ejemplos muestran cómo una sociedad de laissez-faire de tamaño considerable, por su mera existencia, aumentaría las tensiones entre las naciones y las obligaría a moverse rápidamente hacia la libertad absoluta o hacia la tiranía. Estas tensiones no serían creadas por la sociedad de laissez-faire; su presencia meramente agravaría tensiones creadas hace largo tiempo por las políticas irracionales y coercitivas de los gobiernos. Estas tensiones destruirían el precario equilibrio de todas las naciones al mismo tiempo.

En cada nación existe cierto grado de conflicto entre los ciudadanos y el gobierno. En naciones con gobiernos relativamente limitados, este conflicto puede ser menor, en las naciones totalitarias puede equivaler a una guerra civil latente entre gobernados y  gobernantes.3 En la medida en que las personas se dan cuenta que la libertad es práctica y que les es negada, este conflicto se intensifica. También se intensifica por las nuevas medidas restrictivas adicionadas por el gobierno, en especial si éstas se implementan repentinamente, sin una propaganda previa suficiente como para preparar a la ciudadanía. La existencia de una sociedad delaissez-faire exitosa, al mismo tiempo demostraría la practicidad de la libertad y obligaría a los gobiernos a tomar súbitas nuevas medidas restrictivas, lo que amplificaría aún más sus tensiones internas al poner a las personas conscientemente en contra de sus gobiernos.

Al demostrar que el gobierno no sólo es innecesario, sino positivamente perjudicial, una sociedad de laissez-faire exitosa despojaría a todos los gobiernos de su santidad mística a los ojos de sus ciudadanos. La razón por la que la institución “gobierno” ha persistido hasta los tiempos modernos es porque la gente se somete a sus depredaciones y lo hace porque cree que sin un gobierno habría caos. Esta creencia casi universal en la necesidad de un gobierno es la defensa más fuerte de la tiranía. Una vez que la idea de la naturaleza de la libertad plena se haya desatado en el mundo y se haya demostrado su practicidad, los gobiernos perderán el respeto de sus ciudadanos y no podrán provocar en ellos más obediencia que la que puedan obtener por la fuerza. Son las ideas, después de todo, lo que determina cómo los seres humanos van a dar forma a sus vidas y a sus sociedades.

Pero los funcionarios del gobierno no renuncian a su poder y patronazgo fácilmente, incluso cuando hay una gran demanda popular por una reducción del gobierno. En algunos países, la idea de la libertad podría ser lo suficientemente fuerte y el gobierno lo suficientemente débil como para que la opinión popular forzara una serie de recortes en el tamaño y en el poder del gobierno, hasta que éste fuera una figura decorativa y finalmente dejara de existir.  Sin embargo, es probable que la mayoría de los gobiernos se defendiera, haciéndose cada vez más restrictivos y tiránicos; esto ocurriría sobre todo en los países que marchan decididamente  por el camino del control gubernamental. Por lo tanto, la mayoría del mundo no libre degeneraría en diversas combinaciones y grados de tiranía, revuelta y caos social.

Sin embargo, al contrario de lo que se cree popularmente, el grado de tiranía de un gobierno es el grado de su vulnerabilidad, particularmente en la esfera de la economía. Pese a su apariencia exterior de solidaridad invenciblemente masiva, los gobiernos totalitarios están interiormente podridos por la ineptitud, el despilfarro, la corrupción, el temor y una mala administración increíble. Así es, y así debe ser… debido a la naturaleza misma del control gubernamental.

 El control del gobierno es el control por la fuerza, porque el origen de su poder es la coerción. El origen del poder del mercado es la excelencia del producto y del desempeño. Cuanto más totalitario es un país, más motivación requieren sus ciudadanos, no por el incentivo de las recompensas esperadas (el afán de lucro), sino por el temor. Sin libertad para disfrutar de las recompensas de su productividad, un hombre no tiene ningún incentivo para producir, excepto su miedo a las armas del gobierno. Las  amenazas provocarán sólo el rendimiento mínimo necesario para evitar la amenaza de daño, y sólo en la medida en que el que amenaza esté constantemente vigilando.

Aún más incapacitante es el hecho que las amenazas no producen ideas innovadoras. La mente de un hombre sólo le puede pertenecer a él; él es la única persona que puede ordenarle a su mente producir ideas. El miedo es paralizante y, si una amenaza es lo suficientemente fuerte como para motivar a un hombre a tratar de producir una idea innovadora, por lo general le causará demasiado miedo como para que pueda pensar claramente. Ésta es la razón por la que las dictaduras encuentran necesario permitir a sus científicos y a sus otros intelectuales tener un estatus privilegiado con libertades e incentivos adicionales. Están obligadas a hacer esto a pesar que es extremadamente peligroso para una tiranía albergar intelectuales que tienen libertad para pensar y expresar una condena, aunque sea leve, respecto de sus gobernantes. Cualquier dictadura debe caminar sobre una cuerda floja constante entre darles a sus intelectuales demasiada libertad, lo que puede hacer que ellos se vuelven rebeldes o darles demasiado poca, lo que puede propiciar que dejen de producir ideas. Lo que es válido para los intelectuales lo es también, en menor grado, para todos los millones de individuos comunes, duros trabajadores, cuyas pequeñas ideas sobre “cómo hacerlo mejor” tanto contribuyen al avance económico.

Además de los efectos de asfixiar la iniciativa al reemplazar la libertad por el temor, las inevitables normas y regulaciones gubernamentales enredan y estrangulan la economía. Cuando el mercado es libre de interferencias, está siempre en movimiento hacia el equilibrio, es decir, hacia una condición en la que se eliminan la escasez y los excedentes y se reduce al mínimo el desperdicio económico. En la medida en que el mercado es interferido por los controles gubernamentales, éste ya no puede responder a la realidad económica y se distorsiona. Entonces las escaseces, los excedentes, las demoras, el desperdicio, las colas, las libretas de racionamiento, los altos precios y la mercadería de mala calidad están a la orden del día.

La planificación central tampoco es la respuesta a estos problemas. El supuesto que alguien o incluso un grupo de personas, podría regular una economía es absurdamente ingenuo. Ni la más sofisticada computadora jamás construida podría siquiera comenzar a manejar el volumen de datos que es manejado automáticamente por las elecciones individuales hechas cada día en el mercado. Además, estos datos están basados en millones de elecciones individuales de valor, todas realizadas a partir de marcos de referencia individuales separados, por lo cual los ítems no podrían ser medidos y comparados como lo requiere una computadora. Todo lo que logra la “planificación central” es distorsionar el mercado forzándolo a configuraciones que normalmente no asumiría e impidiendo que se auto-corrija. No hay ninguna manera en la cual una economía planificada funcione. Cuanto más completamente se la planifique, será más distorsionada e inflexible y más débil será el país.

La tiranía es contraproducente por su naturaleza misma, y está llena de tensiones internas. La fuerza de la Unión Soviética, por ejemplo, deriva casi enteramente de la ayuda masiva recibida de países occidentales relativamente menos esclavizados, particularmente de los Estados Unidos de América. Sin esta ayuda, proveniente de los impuestos confiscados a los productores en naciones menos tiránicas, la dictadura Soviética se habría derrumbado hace mucho tiempo.4

La tiranía por sí misma es impotente, porque los saqueadores no producen y los productores no pueden producir a menos que sean libres para hacerlo. La creencia que las naciones totalitarias son naturalmente más fuertes que las naciones más libres surge de la dicotomía moral/práctico. Si eso que es moral fuera, a causa de su moralidad, inevitablemente impráctico, entonces el bien estaría necesariamente desamparado y desarmado, dado que el mal tendría toda la practicidad de su lado.

Quienes, pese a todas las evidencias en contrario, persisten en creer que el totalitarismo hace más fuerte a una nación, están revelando su disimulada admiración por la dictadura. Tal admiración surge de una dependencia psicológica que no puede concebir ser libre y estar librado a sus propios e inciertos recursos. El hombre psicológicamente dependiente anhela ser conducido y dirigido para escapar de la responsabilidad que implica la toma de decisiones, o bien ejercer la dictadura sobre otros para convencerse a sí mismo de una eficacia que no posee.

Puesto que la tiranía es necesariamente débil y vulnerable, las tensiones creadas dentro de las naciones gubernamentalmente controladas como consecuencia de la existencia de una sociedad de laissez-faire, las obligarían a ir hacia una situación de plena libertad o bien hacia la impotencia y el caos. Al mismo tiempo, la deslumbrante idea que una libertad real es posible y práctica, crearía una oleada de incontenible demanda popular por tal libertad, en naciones a lo largo y ancho de todo el mundo. Los gobiernos perderían apoyo a medida que sus ciudadanos perdieran su irracional patriotismo. De este modo, la sociedad de laissez-faire, por su mera existencia, debilitaría a sus enemigos y promovería el surgimiento de la libertad fuera de sus fronteras, causando el desmantelamiento de los gobiernos y la aparición de nuevas áreas libres.

Pero la sociedad de laissez-faire difundiría la libertad en el resto del mundo no sólo de manera pasiva a través de las condiciones causadas por su existencia, sino también activamente mediante las relaciones comerciales. Los individuos libres que comerciaran con nativos de países extranjeros no estarían bajo ninguna obligación de reconocer la validez de sus gobiernos, de la misma forma como tampoco reconocerían la de cualquier otra banda de rufianes. En razón a que verían a los gobiernos por lo que realmente son, serían psicológicamente libres de defenderse de ellos. Acatarían las restricciones comerciales impuestas por estados extranjeros sólo en la medida en que estuviera en el interés de ellos hacerlo y las ignorarían y desobedecerían cuando les resultara ventajoso. No tendrían remordimientos en ver a los gobiernos derrumbarse, porque el fin de los gobiernos siempre significa un aumento de la libertad y la prosperidad.  

Cuando los individuos libres hicieran negocios en territorios que se encontrasen todavía bajo el control de gobiernos, querrían que sus tenencias en el extranjero estuvieran protegidas, así como lo estaría el resto de sus propiedades. Las compañías de seguros y las compañías de defensa, siempre a la expectativa de nuevas oportunidades de ventas, ofrecerían esta protección, a precios y con estipulaciones acordes con la cantidad de peligro que involucraría cada nación por separado, por supuesto. Los servicios de protección y defensa podrían aplicarse simplemente a las depredaciones de criminales privados. Si el gobierno no fuera particularmente fuerte, también podrían salvaguardar a la compañía protegida de la amenaza de nacionalización, incluso de los impuestos y regulaciones.

Imaginemos una pequeña dictadura sudamericana, debilitada por las tensiones económicas y por la demanda popular por más libertad, que resulta de la existencia de una sociedad de laissez-faire cercana. ¿Qué haría el dictador de un país semejante si se enfrentara con una compañía de seguros grande y poderosa  con su servicio de defensa (o incluso con una coalición de compañías tales) exigiéndole que retire todos los impuestos, las restricciones comerciales y otras agresiones económicas a, digamos, una empresa minera protegida por la compañía de seguros? Si se niega, se encuentra con una confrontación armada que seguramente lo desalojará de su cómoda posición de poder. Su propio pueblo está inquieto y listo para levantarse con cualquier pretexto. Otras naciones tienen sus manos llenas con problemas similares y  no están dispuestas a invitar a nuevos problemas, apoyando su pequeña dictadura. Además de esto, la compañía de seguros, que no reconoce la validez de los gobiernos, ha declarado que en caso de agresión contra su empresa asegurada exigirá el pago de reparaciones, no al país en su conjunto sino a cada individuo directamente responsable de dirigir y llevar a cabo la agresión. El dictador vacila en asumir un riesgo tan horrible y sabe que sus oficiales y sus soldados serán muy reacios a llevar a cabo sus órdenes. Y, lo que es aún peor, no puede levantar al pueblo contra la compañía de seguros urgiéndolo a defenderse, ya que la compañía de seguros no le plantea amenaza alguna.

Un dictador en posición tan precaria se sentiría fuertemente tentado a ceder a las demandas de la compañía de seguros para salvar lo que pudiera (los gerentes de la compañía aseguradora estaban seguros que él haría eso antes de llevar a cabo el contrato con la empresa minera). Incluso la rendición no salvará por mucho tiempo el gobierno del dictador. Tan pronto como la compañía de seguros pueda forzar la no interferencia con la compañía minera, habrá creado un enclave de territorio libre dentro de la dictadura. Cuando se torne evidente que la compañía de seguros puede cumplir su oferta de protección respecto del gobierno, numerosas empresas e individuos, tanto de la sociedad de laissez-faire como de la dictadura, se apresurarán a comprar una protección similar, que será un lucrativo chorro de ventas, previsto por la compañía cuando tomó  su acción original. En este punto, es sólo cuestión de tiempo hasta que el gobierno se desmorone por falta de dinero y apoyo, facilitando así que todo el país se transforme en un área libre.

De esta manera, tan pronto como sus compañías de seguros y sus agencias de defensa se hicieran suficientemente fuertes, la sociedad de laissez-faire original generaría nuevas sociedades de laissez-faire en diversos lugares del mundo. Como el comercio irrestricto las haría económicamente fuertes, estas nuevas áreas libres proporcionarían a la libertad una base enormemente amplia desde la cual operar y ayudarían a evitar que la libertad pudiera ser aniquilada por un ataque sorpresivo y exitoso contra la sociedad de laissez-faire original. A medida que el mercado libre mundial, interconectado, así formado, se fortaleciera y los gobiernos del mundo se hicieran más tiránicos y caóticos, sería posible para las compañías de seguros y las agencias de defensa crear enclaves libres en más y más naciones generándose asíuna oportunidad de ventas que se apresurarían a aprovechar. 

Es obvio que, si bien una sociedad de laissez-faire podría ser vulnerable en su infancia, ganaría rápidamente fuerza a medida que madurara. Al mismo tiempo, las naciones del mundo se volverían más débiles y más caóticas, abriendo el camino para el establecimiento de enclaves libres que destruirían gobiernos y formarían un mercado libre mundial. En la madurez final de este mercado libre, no quedarían más gobiernos y, entonces… no habría más guerras. La única forma en que esta condición de paz y libertad mundial podría perderse es si un gran número de personas recayera en la superstición que “hace falta un líder” y reclamara el retorno de los gobiernos en todo el mundo. Sin embargo, existen fuertes salvaguardias contra este desastre. No sólo sería difícil que un movimiento semejante pudiera prosperar en un mundo esclarecido, sino que los individuos capaces tenderían a no desear un líder y los incapaces tenderían a ser no-influyentes en el entorno de justicia de una sociedad de laissez-faire.

La duración de la infancia posiblemente vulnerable de una sociedad de laissez-fairey la posibilidad y gravedad ocasionada por las guerras durante este período dependen de factores variables que no se pueden prever en el presente. Por ejemplo, el tamaño y la ubicación del área libre original tendrían gran influencia en su fuerza y consecuentemente en su seguridad y velocidad de propagación. Un país grande, bien industrializado con recursos naturales adecuados es obviamente preferible, mientras que una pequeña isla correría el riesgo de ser invadida antes que la sociedad de laissez -faire se hubiera establecido firmemente.

Otra variable importante  es la magnitud del deterioro económico existente en el mundo en su conjunto en el momento en que se establezca la sociedad de laissez-faire. Las políticas fiscales de los gobiernos están llevando al mundo por el camino sin retorno del desastre económico. Lo ideal sería que los gobiernos fueran económicamente lo más débiles posible, pero al mismo tiempo, si la sociedad delaissez-faire adviniera en un tiempo y en un lugar donde reinara un estado de ruina financiera, sería necesario insumir una gran cantidad de energía valiosa sólo para traer orden  y cordura al desorden social resultante. 

Probablemente las variables más importantes están relacionadas con el grado en que se propague la idea de la naturaleza y el sentido práctico de la libertad. Si el área libre cuenta con una mayoría abrumadora de personas convencidas firmemente de los beneficios personales de la libertad, éstas constituirán, como es obvio, una fuerza digna de ser tomada en cuenta. Además, la difusión de la idea en las naciones más importantes contribuiría muchísimo a socavar su fuerza. Es útil recordar que las ideas no tienen fronteras.

 

Puesto que los gobiernos del mundo están mayormente en manos de hombres que tienen una enorme falta de respeto por la importancia y eficacia de las ideas, es un tanto cuestionable que pudieran reconocer a tiempo la amenaza que representa para ellos la idea de la libertad, como para impedir que se arraigue. Para hombres que viven sobre la base de un pragmatismo del momento, las ideas pueden ser casi invisibles. Además, los líderes del mundo se encuentran paralizados por su cínica lealtad a la filosofía del estatismo, desgastada y teñida de sangre que hace ya mucho tiempo ha demostrado su incapacidad para generar cualquier felicidad humana. No tienen ningún fervor idealista que los estimule y excite a sus seguidores; fatigados y atemorizados, sólo se apegan a un statu quo familiar. La ola del progreso ya los ha dejado atrás. 

Puesto que la vida no ofrece garantías automáticas de seguridad y éxito, no hay ninguna garantía que una sociedad de laissez-faire pueda sobrevivir y prosperar. Sin embargo, la libertad es más fuerte que la esclavitud y una buena idea, una vez difundida, es imposible de erradicar. La idea de la libertad es la inoculación que puede matar gobiernos parasitarios e impedir la enfermedad de la guerra.


1 Para verificar esa afirmación, véase Workers’ Paradise Lost, de Eugene Lyons.

2 Para documentación sobre esta increíble ayuda véase Roosevelt’s Road to Russia, de George N. Crocker.

3 Véase, de Eugene Lyons, Workers’ Paradise Lost, p. 105.

4 Esta afirmación es adecuadamente probada  por Werner Keller en su excelente libro East Minus West Equals Zero.


Traducción por Jorge Trucco.

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