Hoppe no es monárquico

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Personas que no son caritativas o que tienen problemas de comprensión lectora acusan repetidamente a Hoppe de ser un “monárquico”. Pero como Lew Rockwell señala, Hoppe “contrastó [la democracia] con la monarquía, no porque favorezca la monarquía, sino para ayudarnos a comprender”. Hoppe sostiene que los incentivos a los que se enfrenta un monarca tenderían a llevarlo a tomar mejores decisiones para resaltar los problemas aún peores de un sistema democrático. No es una defensa de la monarquía.

Y como Hoppe ha escrito explícitamente:

A pesar de mi favorable presentación de la monarquía, al menos en términos comparativos, yo no soy monárquico y aquí no se defiende la forma de gobierno monárquica. La posición que he adoptado frente a la monarquía es, más bien, esta otra: si tiene que haber un Estado, definido como una agencia que ejerce el monopolio territorial coactivo de las decisiones en última instancia (jurisdicción) y la imposición fiscal, resulta económica y éticamente ventajoso elegir la monarquía y no la democracia. Lo cual deja abierta la cuestión sobre si el Estado es necesario o no, es decir, si existe una alternativa a ambas formas de gobierno. Una vez más, la historia no nos proporciona una respuesta. Por definición, no puede existir una «experiencia» de lo contrafáctico y alternativo; al menos en lo que toca al mundo occidental desarrollado, la historia moderna no es otra cosa que la historia del Estado y del estatismo. Sólo la teoría puede pronunciarse, según acabamos de ver, sobre las proposiciones teoréticas referidas a relaciones y hechos necesarios. Además, si la teoría puede emplearse para rechazar ciertas interpretaciones históricas falsas, también resulta válida, por la misma razón, para reconocer la posibilidad de otras ordenaciones de los hechos, incluso si nunca han existido o no se han ensayado todavía.

La teoría social elemental muestra, en contra de la opinión dominante en estos asuntos, que ningún Estado tiene justificación económica o ética. Todo Estado, independientemente de su constitución, es económica y éticamente deficiente. Desde la óptica de los consumidores, cualquier monopolio, incluido el de las decisiones últimas, es «malo». En su sentido clásico, entiendo por monopolio la ausencia de libertad de entrada en una línea de producción determinada: tan sólo una agencia, A, puede producir X. Cualquier monopolista de esta especie, protegido de concurrentes potenciales, perjudica a los consumidores, pues los precios de sus productos serán más altos y su calidad inferior. Nadie estaría conforme con un sistema de provisión que permitiese al monopolista, árbitro y juez en última instancia de los casos litigiosos, fijar unilateralmente y sin consentimiento de los afectados el precio que se debe pagar por el servicio. El poder impositivo es, por tanto, éticamente inaceptable. En efecto, el monopolista de la soberanía revestido del poder fiscal no sólo produce una justicia de calidad decreciente, sino que ocasiona «males» adicionales (injusticia y agresión). Así pues, la alternativa entre monarquía y democracia se refiere a dos tipos imperfectos de orden social. La historia moderna nos ilustra en realidad sobre los desfallecimientos económicos y éticos de todo Estado, sea monárquico o democrático.

Además, la propia teoría social demuestra positivamente la posibilidad de un orden social alternativo, libre de los defectos económicos y éticos de la monarquía y la democracia y de toda otra forma de Estado).

El principal objetivo de Hoppe es mostrar cuán mala es la democracia y demoler el santo y seña comúnmente sostenido incluso entre muchos libertarios de que incluso si la democracia no es perfecta, al menos fue una mejora respecto a la monarquía. Hoppe argumenta que incluso Rothbard y Mises eran susceptibles a esto:

De hecho, aunque fueron conscientes de las deficiencias económicas y éticas de la democracia, sentían debilidad por ella, entendiendo que la transición desde la forma de gobierno monárquica a la democrática constituía un progreso. Por mi parte, explicaré el vertiginoso desarrollo del poder estatal en el siglo pasado, fenómeno del que se lamentaban Mises y Rothbard, como producto de la democracia y de la mentalidad democrática, es decir, la (errónea) creencia en la eficacia y justicia de la propiedad pública y del gobierno popular (sometido a la regla de la mayoría).

Los comentarios de Hoppe sobre la monarquía tienen la intención de ayudar a comprender las deficiencias de la democracia y de los Estados en general.


Traducido del inglés por Oscar Eduardo Grau Rotela. El artículo original se encuentra aquí.

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