Reflexiones sobre la democracia: la enésima elección de nuestras vidas

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“El Gobierno es un intermediario en el saqueo y cada elección es una suerte de subasta anticipada de bienes robados”.

H. L. Mencken.

La democracia es una farsa. Existe un endiosamiento de esta, por lo que es necesario criticarla. Para empezar, la verdad, y por tanto lo correcto, no se alcanza por mayoría simple, absoluta o cualificada. Esta afirmación que estimamos cierta en cualquier otro ámbito de nuestras vidas, como en la ciencia, se vuelve controvertida cuando se refiere a la política. Todo sistema de gobierno no es más que un sistema de asignación de los recursos escasos necesarios para vivir. El capitalismo defiende que los recursos escasos se deben de asignar según normas de apropiación original y transferencia de títulos de propiedad. Para el socialismo está asignación tiene que ser planificada centralmente por un gobierno capaz de repartir según las necesidades de cada individuo. La democracia, por otro lado, es la distribución de esos recursos según la voluntad de la mayoría.

La democracia está injustificada. Nada hace que el resultado mayoritario de un voto esté justificado y pueda sobrepasar cualquier derecho previamente adquirido sobre la propiedad de un bien. Pero así pasa con la democracia. La propiedad privada cesa de existir y nos encontramos ante la propiedad fiduciaria, propiedad que la mayoría —entendida como el agregado a través de mecanismos imperfectos de transmisión de valoraciones como las elecciones o referéndums— posee y sobre la cual permite el uso y disfrute a cada individuo, pudiéndole negar ese derecho en cualquier momento. Este sistema de distribución de bienes sería admisible si sus integrantes lo hubieran aceptado, pero este no es el caso. No existe ningún contrato explícito, implícito o hipotético de aceptación de la democracia. Cualquiera puede justificar la inexistencia del contrato explícito, nadie ha firmado nunca nada. Tampoco existe un contrato implícito, por el mero hecho de residir en un área geográfica, o hipotético, por no poder responder, porque este contrato podría ser fácilmente explicitable —en la siguiente declaración de la renta el Estado nos puede preguntar si preferimos no pagar impuestos y no utilizar ninguno de los servicios del Estado salvo los ya devengados— y aun así, una acción tan sencilla que tanto legitimaría se omite. Porque nadie en su sano juicio firmaría un contrato que te despoja de todo derecho y los convierte en dependientes del contexto. Un día puedes estar trabajando por 100 unidades monetarias al mes y al día siguiente perder tu trabajo porque la mayoría ha decidido que tú no puedes ofrecer tus servicios por menos de 200 unidades monetarias, aunque tu trabajo no se pague tan alto en el mercado y eso implique el desempleo para ti.

La democracia pretende ser una religión. Ninguna institución del ámbito público está tan venerada como la democracia, hasta el punto de asemejarse e intentar sustituir a las religiones. Esto se debe a la capacidad legitimadora de las democracias y el aprovechamiento que hacen de esta las élites demócratas, políticos, periodistas de medios subvencionados y plutócratas, para justificar su expolio a los ciudadanos. Nos hacen creer que todos formamos parte de la democracia, y hasta cierta medida esto es cierto, solo que unos lo hacen como opresores —aquellos capaces de financiar sus vidas mediante lo que Franz Oppenheimer llamaba los medios políticos en The State— y otros como los oprimidos, aquellos que se financian enteramente mediante medios económicos y son saqueados por los primeros. Es decir, existe una desigualdad intrínseca ante la ley entre la ley privada y la pública que permite realizar impunemente acciones que de hacerlas un particular serían consideradas delitos. Una de las mayores hazañas de la democracia ha sido difuminar las líneas entre ambos grupos y dar pellizquitos del botín a muchos para que en ellos nazca un agradecimiento al sistema al ser incapaces de ver más allá: cualquier bien que el Estado reparta ha tenido que ser robado con anterioridad y en mayor medida ya que en el camino del bolsillo del generador de la riqueza al del que la recibe y disfruta hay un camino de funcionarios y políticos que tienen que llevarse su parte.

La democracia carece de sentido. Poca gente diría que es aceptable que Fulano y Mengano apaleen y roben a Zutano por el hecho de haberlo votado y obtenido dos votos a favor y uno en contra; sin embargo, algo así sucede con la democracia. Si son dos a uno, parece estar más claro que las acciones de Fulano y Mengano eran ilegítimas, pero, para mucha gente, esta ilegitimidad se vuelve difusa cuando son cien mil o un millón a favor de expoliar a Zutano y solo él está  en contra. Si estos cien mil están en un partido, esto se considera un sistema unipartidista y autoritario; pero si están en dos, es completamente legítimo independientemente de la decisión que tomen. ¿Cómo puede ser que la diferencia de una a dos opciones en la papeleta completamente legitime un sistema? En el mismo sistema puedes obtener dos resultados —según entienden los votantes— completamente diferentes: Trump o Biden. Y todo esto se hace secretamente y te dicen que así expresas tu opinión.

Además, si aceptamos el principio democrático como base de un sistema, nos encontramos con ciertas contradicciones. Primero, que se debería poder terminar con el sistema democráticamente, por lo que no puede servir como base algo que acepta su contradicción. Segundo, que, de ser correcto el principio democrático y que todo lo decidido mayoritariamente es correcto, deberíamos someter todo a votación por mayoría global porque será necesariamente una mejor decisión y, por tanto, establecer un gobierno mundial; de mantenerse las democracias divididas estamos haciendo una separación arbitraria, y si aceptamos esto, debemos de poder aceptar separaciones arbitrarias indefinidas hasta llegar al individuo, la minoría más pequeña. Y tercero, si utilizamos un sistema arbitrario de división que no permita la secesión del individuo, tenemos que hacer un juicio de valores y poner otro principio por encima del democrático, por lo que este seria independiente del otro.

La democracia mata. Los peores son más propensos a llegar al poder; son más capaces de hacer cualquier cosa para obtenerlo. Y una vez en él, tienes el monopolio de la fuerza que te permite empezar guerras absurdas o entrar en las de otro como proyecto de vanidad por tu psicopatía, para justificar un incremento de impuestos o para presumir delante de los otros líderes mundiales. Una vez en el poder, existe poca rendición de cuentas y los procesos para expulsar al líder de turno son difíciles de seguir con éxito. El líder, una vez en el poder, no arriesga nada llevando a sus hombres a la guerra mientras él reside en el palacio presidencial. Actúa como un agente a cargo temporalmente de unos bienes y personas, pero no tiene ningún incentivo para cuidarlos, sino todo lo contrario, para aprovecharse tanto como pueda de estos. No se juega la piel por las decisiones que toma.

La democracia inciviliza. Las democracias se expanden abarcando cada vez más de nuestras vidas. En cada elección cada vez hay más en juego. Por eso cada vez más nos dicen que esa elección es la elección de nuestras vidas. Cada vez quien se hace con el poder se hace con más poder. Aunque no todo ese poder reside en cargos políticos, gran parte de esta capacidad de conseguir objetivos se encuentra a manos de funcionarios, quienes pueden estar más agradecidos con un partido u otro por subirles el sueldo, las pensiones o conseguirles la plaza. Esto supone una sociedad bajo un proceso constante de polarización debido a que un gobierno puede hacer a un miembro productivo perder poco o mucho y a uno no productivo ganar poco o mucho. Debido a que la producción privada se sigue permitiendo, mayores desigualdades emergerán por lo que se impondrán cada vez más impuestos para igualar las partes. Habrá una menor inversión de uno mismo y una mayor preferencia temporal, por lo que cada vez más gente recurrirá a la política y pasará a ser dependiente de esta y de la redistribución de recursos que se realice. Además, la democracia es más vulnerable a prejuicios y populismos. El coste de tener prejuicios es marginalmente cero por la probabilidad de que tu voto decida una elección. En el mercado se te penaliza por actuar de una manera ilógica, en la democracia no. Y el populismo es intrínseco a cualquier democracia; para llegar al poder tienes que ser elegido y este es el principal objetivo de cualquier político, no cumplir esta o aquella promesa.

La democracia es un bien privado y un mal público. Existen pocos incentivos para informarse debido a que un voto importa poco o nada. Algunos preferirán la satisfacción moral que sienten por votar a una u otra opción antes que el bienestar que pueden dejar de recibir por otro lado. Si alguien se gasta más de mil euros por un móvil que le durará 2 años, ¿por qué no iba a gastar v.g. 500 euros por el sentimiento que le durará cuatro años de que ha votado lo correcto y poder decirlo en cada oportunidad que se le aparezca? Los perjudicados de la democracia somos todos, pero no lo suficiente como para informarnos correctamente. Pero los beneficiados ganan mucho, por lo que tienen un gran interés en mentirnos para conseguir nuestros votos. Además, en una democracia, los menos productivos votarán a favor de repartir la riqueza de los que más lo sean, castigando así la productividad y resultando en una riqueza menor de la que se podría haber obtenido de otra forma.

La democracia es una herramienta socialista. Votar implica sentarse delante de una mesa electoral e imaginar cómo sería el Estado regido por tu partido, es un ejercicio totalitario. Asume que tienes la capacidad de planificar centralmente todo un país y que conoces lo suficiente de las suficientes áreas de las que se encarga el gobierno para poder decidir quién podrá ejercer esos trabajos.

La democracia es peor que el mercado. La alternativa a la democracia no es el fascismo o el comunismo, estos sistemas no son más que democracias en grado —de un partido a más de uno— con cualquier democracia al uso. Existen otras alternativas como la libertad. ¿Por qué he de aceptar tener que votar a un representante en las cámaras legislativas o, peor en el caso español, a un partido entero? ¿Por qué no puedo contratar yo a quien quiero que me represente como en cualquier otro ámbito de mi vida? ¿Por qué tengo que ser representado? Las decisiones en el mercado no se toman por mayoría, sino por valoraciones subjetivas; esto permite que no exista solo una solución. Ford no pregunta a sus trabajadores qué coche debería fabricar y produce solo uno, ni Apple abre sus tiendas haciendo una encuesta a la población mundial. De ser así, ambas empresas perderían mercado. Haciendo un estudio de los usuarios de Apple por kilómetro cuadrado quizás a Apple le saldría más rentable abrir durante los próximos dos años todas sus tiendas en China y la India. Pero al no llevar a cabo un proceso democrático, son capaces de cubrir las necesidades de sus clientes minoritarios, como por ejemplo los residentes de Basilea. Las democracias borran a las minorías y sus voluntades hasta hacerlas desaparecer, cosa que el mercado sí que es capaz de tener en cuenta: sus necesidades y satisfacerlas.

La democracia te vuelve ignorante. Las élites democráticas te quieren poco educado, para que así seas incapaz de cuestionarles y aceptes su propaganda mediática. Los plutócratas como Jeff Bezos o los directivos de Santander, Telefónica y CaixaBank utilizan medios de comunicación como el Washington Post en el caso del primero o el grupo PRISA para los segundos, como sus blogs personales en los que dosifican a los ciudadanos de las llamadas pastillas azules, las pastillas que te ayudan a permanecer ignorante de la cruda realidad del sistema. Contra estas existen las pastillas rojas, las que ayudaron a salir a Neo de Matrix, y vienen dosificadas por figuras de Internet como Mencius Moldbug. Por ejemplo, Moldbug nos dice que el bienestar del que disfrutan las llamadas democracias liberales puede no venir de la democracia sino del imperio de la ley; que la democracia lejos de ser inseparable de la libertad y la ley se encuentra enfrentada a estas; que el Estado no es más que una gran corporación que vela por sus propios intereses, los cuales no tienen por qué estar alineados a los de los ciudadanos; que el Estado consiste en todos aquellos cuyos intereses están alineados con el mismo y va más allá de los políticos y altos cargos visibles, como observatorios, fundaciones, universidades y medios de comunicación; o que el funcionariado tiene más poder del que creemos y que ante cualquier disputa entre políticos y funcionarios, los últimos acabarán ganando.

En conclusión, puede que la democracia no sea el peor de los sistemas —me abstengo de realizar comparaciones interpersonales de valor—, pero desde luego en mi opinión está cerca de serlo. La democracia mata, legitima al Estado, pervierte a los ciudadanos, nos enfrenta y nos saquea en nombre de un concepto, la voluntad de la mayoría, que no existe ontológicamente, debido a que por su naturaleza proteica es incierto y nos impide ser verdaderamente libres. En consecuencia, debemos rechazar la democracia, y con ella también al Estado.

[Breve apunte estilístico. Este texto, más cerca del ensayo que del artículo más académico al que estoy acostumbrado, carece de citas en el texto. No obstante, incluyo el material que me ha inspirado en la bibliografía (que no referencias ya que las obras listadas no se encuentran necesariamente citadas en el texto)].


El artículo original se encuentra aquí.


Referencias

Caplan, Bryan. 2007. The Myth of the Rational Voter. Princeton, Estados Unidos: Princeton University Press.

Hayek, Friedrich August. 1944. The Road to Serfdom. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Hoppe, Hans-Hermann. 1989. A Theory of Socialism and Capitalism. Boston, Estados Unidos: Kluwer Academic Publishers.

—. 1994. “Time Preference, Government, and the Process of De-Civilization: From Monarchy to Democracy.” Journal Des Economistes et Des Etudes Humaines 5 (2/3): 319–51.

Huemer, Michael. 2013. The Problems of Political Authority. Nueva York, Estados Unidos: Palgrave Macmillan.

Malice, Michael. 2014. “Why I Won’t Vote This Year – or Any Year.” The Guardian, Octubre 14, 2014.

Spooner, Lysander. 1972. “No Treason No. VI: The Constitution of No Authority.” En The Right Wing Individualist Tradition in America: Let’s Abolish Government. Nueva York, Estados Unidos: Arno Press & The New York Times.

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