Los diez mandamientos y el orden social libertario

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Este es un extracto del ensayo de Hans-Hermann Hoppe titulado The Libertarian Quest for a Grand Historical Narrative.

Una vez explicado esto, ahora puedo ocuparme de la parte falsa de la teoría whig de la historia, que se refiere a la historia social. Mientras que es comparativamente sencillo diagnosticar el progreso tecnológico, y con este también el progreso científico (el progreso se produce cada vez que aprendemos cómo conseguir con éxito algún resultado adicional, mejor o más rápido o mejor en nuestro trato intencionado con el mundo no humano de los objetos materiales, las plantas y los animales), es mucho más difícil definir y diagnosticar el progreso social, es decir, el progreso en el trato interpersonal o las interacciones entre las personas.

Para hacer esto, primero es necesario definir un modelo de perfección social que esté de acuerdo con la naturaleza humana, es decir, con la de los hombres como realmente son, que pueda servir como sistema de referencia para diagnosticar la proximidad o distancia relativa de distintos acontecimientos, periodos y desarrollos históricos respecto a este ideal. Y esta definición de la perfección social y el progreso social debe ser estrictamente distinta, independiente y analíticamente distinguible de la definición del crecimiento y perfección tecnológica y científica (incluso si ambas dimensiones de progreso o crecimiento están empíricamente correlacionadas de manera positiva). Es decir, conceptualmente debe de admitirse que puede haber sociedades que sean (casi) perfectas socialmente pero retrasadas tecnológicamente, como también sociedades que sean tecnológicamente muy avanzadas y aun así socialmente atrasadas.

Para el libertario, este ideal de protección social es la paz, es decir, una interacción normalmente tranquila y sin fricciones entre las personas —y una resolución pacífica de los conflictos ocasionales— dentro de un marco estable de propiedad privada o de varias propiedades (mutuamente exclusivas) y de derechos de propiedad. Sin embargo, no quiero apelar con esto solo a los libertarios, sino a una audiencia potencialmente universal o “católica”, porque el mismo ideal de perfección social es esencialmente también el que prescriben los diez mandamientos bíblicos.

Dejando a un lado los primeros cuatro mandamientos, que se refieren a nuestra relación con Dios como la única autoridad moral definitiva y el juez final de nuestra conducta terrenal y la celebración apropiada de las fiestas, el resto, que se refiere a asuntos mundanos, muestra un espíritu profundamente libertario.

  1. Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor, tu Dios, te lo ha mandado, para que tu vida pueda ser larga y seas feliz en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.
  2. No matarás.
  3. No cometerás adulterio.
  4. No robarás.
  5. No darás falso testimonio contra tu prójimo.
  6. No codiciarás la mujer de tu prójimo; ni desearás su casa, su campo, su sirviente, su sirvienta, su buey, su asno ni ninguna otra cosa que le pertenezca.

Algunos libertarios pueden argumentar que no todos estos mandamientos tienen la misma categoría o estatus. Pueden señalar, por ejemplo, que los mandamientos quinto y séptimo no están a la par ni tienen la misma dignidad que los mandamientos sexto, octavo y décimo; que este también puede ser el caso del mandamiento noveno, que prohíbe el libelo; o que desear la mujer o el sirviente de otro no está a la par de codiciar su casa o su campo. Sin embargo, los diez mandamientos no dicen nada acerca de la severidad y el castigo apropiado de los incumplimientos de sus diversas órdenes. Proscriben todas las actividades y deseos mencionados, pero dejan abierta la cuestión de cuán severamente merece ser castigado cada uno de ellos.

En esto, los mandamientos bíblicos van mucho más allá de lo que muchos libertarios consideran como suficiente para el establecimiento de un orden social pacífico: el mero cumplimiento estricto de los mandamientos sexto, octavo y décimo. Pero esta diferencia entre un libertarismo rígido y estricto y los diez mandamientos bíblicos no implica ninguna incompatibilidad entre ellos. Ambos están en completa armonía si solo se hace una distinción entre las prohibiciones legales por un lado, expresadas en los mandamientos sexto, octavo y décimo, cuyo incumplimiento puede ser castigado por el ejercicio de violencia física, y las prohibiciones morales o extralegales por el otro, expresadas en los mandamientos quinto, séptimo y noveno, cuyo incumplimiento puede ser castigado solamente por medios debajo del umbral de la violencia física, como desaprobación social, discriminación, exclusión u ostracismo. De hecho, interpretados así, los seis mandamientos mencionados pueden ser reconocidos incluso como una mejora respecto a un libertarismo rígido y estricto, dado el objetivo común y compartido de perfección social: de un orden social estable, justo y pacífico.

Porque indudablemente cualquier sociedad de personas que habitualmente no respeten a sus padres y se burlen rutinariamente de la idea de posiciones y jerarquías naturales de autoridad social que subyace la institución de la familia; que rechacen con desprecio la institución del matrimonio y consideren arrogantemente el adulterio como intrascendente, sin defecto o incluso liberador; o que se mofen habitualmente de la idea del honor personal y la honestidad y se dediquen habitualmente o incluso alegremente a la actividad del libelo, es decir, la práctica de “dar falso testimonio contra tu prójimo”: cualquier sociedad así se desintegrará rápidamente en un grupo de personas perturbadas incesantemente por contiendas y conflictos sociales en lugar de disfrutar de una paz persistente y duradera.

Así que, tomando como referencia este ideal bíblico-libertario de perfección social, el siguiente paso en nuestro argumento debe ser el diagnóstico, es decir, la evaluación y clasificación comparativa de los diversos periodos y desarrollos históricos con respecto a su proximidad o distancia relativa a este objetivo ideal y definitivo.

En este sentido, inmediatamente aparece por sí mismo un primer diagnóstico sobre el mundo contemporáneo. Incluso si podemos reconocer que el modelo occidental dominante de “democracia liberal” o “capitalismo democrático” se acerca más al ideal que los modelos de organización social que se siguen actualmente en otros lugares fuera del llamado mundo occidental, sigue quedándose notablemente lejos del ideal. De hecho, contradice e incumple explícita e inequívocamente los mandamientos bíblicos “católicos”, y los partidarios y promotores de este modelo, entonces, niegan y se oponen manifiestamente (incluso si no declaradamente) a la voluntad de Dios y se convierten en cambio en defensores del diablo.

En primer lugar, incluso con las mayores contorsiones intelectuales es imposible deducir la institución de un Estado a partir de estos mandamientos. Si nadie puede robar, asesinar o desear la propiedad de otra persona, entonces no puede se permitir que exista ninguna institución que pueda robar, asesinar o desear la propiedad de otra persona. Pero como todas las demás sociedades actuales, todas las sociedades occidentales actuales son sociedades con Estados, que pueden robar (impuestos), asesinar (ir a la guerra) y codiciar la propiedad de otros (legislar) rutinariamente. Además, en las sociedades occidentales de Estados democráticos en particular, el pecado moral de desear la propiedad de otro hombre no solo no está prohibido estricta y universalmente (sino que se practica habitualmente), sino que en realidad se promueve y “cultiva” este pecado hasta su máximo extremo (diabólico). Con las elecciones democráticas instaladas como la pieza central de la vida social, todo el mundo es “liberado” del mandamiento de Dios y está “libre” de desear lo que quiera de la propiedad de otros y de expresar sus deseos inmorales a través de votaciones anónimas periódicas.

Ciertamente, este modelo liberal-democrático de organización social no puede ser el fin de la historia, ni para un libertario ni para cualquiera que se tome en serio los mandamientos bíblicos. De hecho, la afirmación por lo contrario de Fukuyama (1992) bordea lo blasfemo.

Sin embargo, independientemente de lo desastroso que resulta ser el diagnóstico del mundo contemporáneo, todavía puede ser el caso de que la situación actual represente algún tipo de progreso. Podría no ser el fin de la historia, pero podría ser una aproximación más cercana al objetivo de perfección social que cualquier cosa que le preceda históricamente. Para refutar la teoría whig de la historia en su totalidad, entonces, es además necesario identificar alguna sociedad anterior (y, por tanto, naturalmente, menos avanzada tecnológicamente) que se ajustaba mejor a los mandamientos bíblicos y se acercaba más a la perfección social. Y con el fin de que tenga algún peso en el debate público (en la batalla de las narrativas históricas rivales), el contraejemplo en cuestión debería ser uno “grande”. Es decir, no debería ser algún lugar diminuto durante un corto periodo, sino un fenómeno histórico a gran escala y duradero. Y por la misma razón del atractivo popular potencial, el ejemplo debería estar conectado, tanto geográfica como genealógicamente, como un predecesor histórico del modelo occidental contemporáneo de sociedades Estados democráticos y no debería encontrarse demasiado lejos en el pasado oscuro y distante.

En mis propios intentos de ofrecer un relato revisionista de la historia occidental —en particular en mis dos libros Democracy: The God That Failed (2001) y A Short History of Man (2015)— he identificado la Edad Media europea o lo que a veces es referido también y mejor como la cristiandad latina —el periodo de aproximadamente mil años que va desde la caída de Roma hasta finales del siglo XVI o principios del siglo XVII— como tal ejemplo. No perfecto en muchos sentidos, pero más cercano al ideal de perfección social que cualquier cosa que lo siguiera, y en particular más cercano que el actual orden democrático.

No es sorprendente que este sea también el mismo periodo de la historia occidental que nuestros actuales gobernantes democráticos (ateos) y sus historiadores cortesanos han elegido para retratar con los términos más oscuros. En la sociedad griega y romana pueden ver algo “bueno” y valioso, incluso si supuestamente quedan muy por detrás del nivel de avance social alcanzado con el orden social democrático contemporáneo. Pero la Edad Media es normalmente retratada como oscura, cruel y llena de supersticiones, algo que es mejor olvidar e ignorar en toda historia estándar y narrativa histórica.

¿Por qué este trato tan desfavorable en particular hacia la Edad Media? Porque, como muchos historiadores, antiguos y contemporáneos, también han advertido, por supuesto, la Edad Media representa un ejemplo histórico a gran escala y duradero de una sociedad sin Estado y como tal representa el polo opuesto al actual orden social estatista. De hecho, la Edad Media, a pesar de sus muchas imperfecciones, puede identificarse como un orden social que agrada a Dios (un gott-gefaellige), mientras que el actual orden estatal democrático, a pesar de sus numerosos logros, permanece en violación constante de los mandamientos de Dios y debe identificarse como un orden satánico. Y para responder a la pregunta, entonces, Satán y sus seguidores en la tierra harán evidentemente todo lo posible por hacer que ignoremos y olvidemos a Dios y menospreciemos, mancillemos y denigremos todas y cada una de las cosas que revelen Su plan.

Esta es más de una razón para cualquier libertario y “católico” que contente a Dios para estudiar y sacar inspiración de este periodo histórico de la Edad Media europea; algo que de paso se ha hecho más fácil hoy en día y probablemente encuentre poca oposición de los poderes fácticos y su cada vez más rigurosamente aplicado código de expresión de “corrección política”, porque estos estudios desde hace tiempo han sido relegados al estatus de un interés de nerdos, pintoresco y exótico, muy distante en el tiempo del presente y sin ninguna relevancia contemporánea.

En la historia estándar (ortodoxa) se nos dice, como una verdad casi axiomática, que la institución del Estado es necesaria e indispensable para el mantenimiento de la paz social. El estudio de la Edad Media y la cristiandad latina demuestra que esto no es verdad, un mito histórico, y cómo, durante un largo periodo histórico, se mantuvo con éxito la paz sin un Estado y de este modo sin una renuncia abierta a los preceptos bíblicos y libertarios.


Traducción original revisada y corregida por Oscar Eduardo Grau Rotela. El material original se encuentra aquí.

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